¿Por qué no identificamos a primera vista cuáles son las concepciones del mundo?






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fecha de publicación01.07.2015
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La Ideología del Poder y el Sentido Común Popular

Néstor Kohan
Si pretendemos desmontar el relato oficial de la crisis y pasar de la simple descripción de sus efectos y consecuencias al conocimiento de sus causas y razones, tenemos por delante, como mínimo, dos desafíos:
(a) Identificar la concepción social del mundo que, de manera implícita, articula los innumerables intentos mediáticos por convencer a nuestro pueblo de que la crisis latinoamericana no tiene responsables y beneficiarios bien precisos.
(b) Realizar la crítica de esa concepción social del mundo desde un método de estudio y una filosofía propia. ¡La indignación y el enojo son fundamentales... pero no alcanzan!. La intuición tampoco. Hay que estudiar, hay que profundizar, hay que ir hasta las raíces del problema.
Empecemos por el primer desafío (a): Todas las ficciones ideológicas que los monopolios de la TV y otros medios que la complementan difunden día a día para legitimar la dominación de los poderosos y esconder las causas reales de la crisis, no son un conjunto caótico de absurdos, tonterías o mentiras caprichosas. ¡Poseen un orden! ¡Tienen una coherencia!

¿Cuál es la raíz del discurso mediático oficial?


Más allá de los numerosos canales de televisión y de la aparente “pluralidad” que expresan las opiniones de ministros, presidentes, periodistas o empresarios, el discurso de la sociedad oficial responde por detrás a una concepción del mundo que lo sostiene y lo articula.


¿Qué es una concepción del mundo?


Una concepción del mundo es un conjunto articulado, sistemático y coherente de ideas, conceptos, valores y normas de conducta práctica que nos guían en nuestra vida cotidiana. Esa concepción premoldea nuestra visión de cómo debe ser la sociedad y de qué lugar juega en ella el ser humano.

La concepción del mundo (también llamada “ideología” o “filosofía”) le otorga un sentido a la vida de grandes grupos humanos y, al mismo tiempo, de cada sujeto individual.


¿Por qué no identificamos a primera vista cuáles son las concepciones del mundo?

La mayoría de las veces, la concepción del mundo —ideológica y filosófica— está oculta y escondida. Lejos de la inmediatez, no se ve, no toca, no está al alcance de la mano. Por eso se termina aceptando pasivamente. Cuando cualquier persona opina sobre cómo se debe educar a los hijos, o si está mal robar, o sobre qué le pasa a la gente después que se muere, o acerca del supuesto “descubrimiento” de América, etc., etc., etc., se está apoyando en una visión social del mundo.
¡Nadie puede escapar a las concepciones del mundo! ¡Nadie está ajeno a las ideologías! ¡Todos tenemos una filosofía! (lo sepamos o no). Esto significa que nuestro sentido común —el terreno de nuestras opiniones cotidianas— no es ajeno a las ideologías. Es más: el sentido común chorrea ideología por todos sus poros. Cada palabra, cada opinión, está teñida de ideología. Cada observación de la vida cotidiana, por muy “inocente”, accidental, desnuda o ingenua que parezca, está tocada e impregnada de una concepción del mundo. Es imposible una visión directa, desnuda e inmediata de la realidad. Miramos siempre a partir de un filtro, un ángulo y un lente: ese “lente”, ese “ángulo” y ese “filtro” están articulados por la ideología. Podemos tomar conciencia de su existencia o no, pero existe. Si no tomamos conciencia lo terminamos aceptando en forma pasiva.
¿Por qué no lo advertimos? Pues porque la ideología —cuando no la analiza críticamente y no se la somete a discusión— opera de manera oculta, inconsciente y escondida.


¿Qué diferencia existe entre la filosofía y el sentido común?


La visión social “espontánea” de la vida cotidiana, previa a toda reflexión sistemática, se llama sentido común. La visión social coherente, crítica, reflexiva y sistemática, consciente de sus fundamentos y razones, se llama filosofía. La filosofía (sea propia o sea ajena, defienda a los poderosos o a los trabajadores) siempre dirige al sentido común.
Si la concepción filosófica y social del mundo es coherente, articulada y sistemática, ¿cómo es el sentido común? Pues exactamente al revés: contradictorio, no tiene orden, no es sistemático. En el sentido común conviven y se mezclan diversas concepciones del mundo, al mismo tiempo, aunque entre sí sean contradictorias.

Un ejemplo: Una misma persona puede querer un presidente socialista para su país pero se opone a que ese presidente sea obrero. “¡Tiene que ser un «doctor»!”. Los obreros no pueden gobernar..., ni siquiera desde el socialismo.

Otro ejemplo: un señor se opone a la violencia de la policía, le parece terrible…, y al mismo tiempo, le pega a su mujer y a sus hijos y reclama que encarcelen a los niños que viven en la calle. ¡Y lo hace sin ningún problema! ¡Todo en el mismo instante!. ¿Por qué estos ejemplos se repiten al infinito? Porque el sentido común es irremediablemente contradictorio. Puede incluir en su seno una visión progresista de la sociedad y una perspectiva reaccionaria, ambas contradictorias y mezcladas al mismo tiempo. La propaganda burguesa de la TV, los diarios, la escuela y la radio, intenta neutralizar en el pueblo todo lo que sea progresista. Para ello incentiva el prejuicio racista, el machismo, la competencia, la fantasía de un ascenso social individual (a costillas de los demás), la defensa a rajatabla de la propiedad privada y la subordinación a los valores de las clases dominantes.
La política revolucionaria (ideológica y cultural) de los movimientos sociales, los partidos políticos clasistas, los sindicatos, las ligas agrarias, los periódicos obreros, las radios comunitarias, los centros de estudiantes, los cursos de educación popular, los movimientos de mujeres, los movimientos de derechos humanos, los movimientos ecologistas, etc., intentan neutralizar la ideología enemiga. Para ello intentan fomentar en el pueblo la conciencia de clase, la solidaridad, el igualitarismo, la cooperación y muchos otros valores y prácticas anticapitalistas.

¿El sentido común es homogéneo y uniforme?


El sentido común es un CAMPO DE BATALLA entre diversas concepciones del mundo, entre diversas ideologías, entre diversas escalas de valores. La ideología de la burguesía y la ideología de los trabajadores disputan la mente y el corazón del pueblo. Ambas quieren dirigir y marcar el camino que se va a seguir en la vida, pero en direcciones opuestas.
Si los trabajadores organizados se repliegan o no dan esa disputa, ceden terreno al enemigo (que cuenta con un inmenso aparato mediático de propaganda y muchísimo dinero).
Nada crece espontáneamente, excepto las malas hierbas. Sin una lucha por la conciencia y por la hegemonía socialista, el sentido común queda pasivo alimentándose de la ideología enemiga. A lo sumo, puede llegar hasta el límite del… enojo y la furia contra un patrón o un policía. ¡Pero nada más!.

Para pasar del simple enojo a la acción política, hay que sembrar, hay que abonar y hay que regar el sentido común todos los días. Es el único camino para que en su seno florezcan la conciencia socialista y los valores de hombres nuevos y mujeres nuevas. Si queremos pasar del sentido común popular a la filosofía propia que sustenta la ideología de los trabajadores, deberíamos reflexionar críticamente y en forma activa acerca de nuestras propias opiniones cotidianas y nuestras prácticas.
El enojo, la furia y la indignación contra la injusticia del capitalismo son un paso importantísimo en la conciencia popular...¡pero no alcanzan!.
Tenemos que analizar qué hemos tomado prestado —¡ sin darnos cuenta y en forma pasiva!— de la concepción del mundo y de la filosofía de nuestros enemigos. Todas las ficciones, mentiras y tergiversaciones sobre la crisis de la sociedad latinoamericana con que nos bombardea la TV y la dictadura de los medios de comunicación pertenecen a una misma concepción del mundo. La de nuestros enemigos, la de los poderosos, la de quienes viven a costillas del pueblo: las burguesías locales y su socio mayor, el imperialismo.
Este conjunto coherente, articulado y sistemático de ideas, valores y normas de conducta práctica se estructura sobre los siguientes núcleos ideológicos:


  • Lo normal consiste en que la sociedad tenga un orden: los de arriba, arriba y los de abajo, abajo”

  • Cualquier cambio brusco y radical es anormal”

  • La sociedad se basa en una armonía”

  • Cada uno tiene su función en la sociedad: la gente con dinero ordena y dirige, el pueblo acepta y trabaja”

  • La justicia consiste en que cada uno cumpla con esa función: los ricos dirigen, los pobres trabajan. Cada uno tiene lo que le corresponde”

  • La injusticia ocurre cuando: (a) los ricos «se aprovechan» exigiendo más de lo que el pueblo debe trabajar normalmente; (b) algunos del pueblo se rebelan incluso cuando los ricos les pagan normalmente y los tratan normalmente”.

  • Si alguien del pueblo no acepta ser dirigido por la burguesía es un subversivo, un militante, un terrorista, un activista, un infiltrado, un agitador, etc., etc.”.

  • El orden de la sociedad se basa en la paz. si hay conflicto..., eso es una excepción a la regla”

  • Si se produce el conflicto social, es porque algún revoltoso lo introdujo desde afuera: un infiltrado, un activista, un militante, un agitador, un subversivo”

  • Siempre hubo ricos y pobres”

  • Siempre fue así y siempre será.... No hay nada nuevo bajo el sol”

  • El pueblo ignorante no puede gobernar la sociedad ni gobernarse a sí mismo”

  • El que vive mal y pasa hambre es...un perdedor. Nadie es responsable, excepto él mismo”

  • Las ideologías que plantean la Revolución son relatos del pasado”

  • La Revolución es imposible porque desapareció el sujeto de la Revolución” (ya no hay más obreros, ya nadie trabaja… ¿quién va a hacer la Revolución?)

  • Hace falta gente con mucho dinero para gobernar un país”

  • La gente que tiene dinero puede dirigir la sociedad porque ya dirige sus empresas. Si sabe hacer una cosa, seguro que sabe hacer la otra”

  • La política es sucia. Mejor quedarse en casa. Que gobiernen los que saben”


Aunque la variedad de lugares comunes similares es inmensa (se podrían agregar muchísimos otros ejemplos con los que convivimos a diario) todos ellos remiten a una misma concepción social del mundo, la de nuestros enemigos.
Esa concepción ideológica del mundo se expresa no sólo en el terreno mediático y superficial de la televisión y sus discursos fragmentarios sino también en el plano más elaborado de las teorías, los relatos académicos, los libros filosóficos y sociológicos. Han existido y existen diversas teorías filosóficas y sociológicas que, reaccionarias y legitimantes del orden capitalista, intentan apuntalar esa concepción del mundo. Van cambiando y sucediéndose unas a otras a medida que transcurre la historia y se va modificando el paisaje de las ideas, las modas, las corrientes de pensamiento, pero el objetivo continúa siendo el mismo: legitimar el orden social. Algunas de esas muchas teorías filosóficas y sociológicas son:


  • Positivismo: Corriente filosófica fundada en el siglo XIX por Auguste Comte (1789-1857) en Francia y Herbert Spencer (1820-1903) en Inglaterra. Surge cuando el capitalismo y la burguesía ya están consolidados en Europa. Su lema es “Orden y Progreso”. Cree en la evolución y en el progreso lineal de la sociedad y mantiene una fe absoluta en las ciencias naturales, principalmente la biología.

Desprecia completamente a las ciencias sociales, porque piensa que el orden social responde al orden natural y que la sociedad es como un organismo biológico donde cada uno cumple una “función” (los obreros trabajan, los patrones dirigen…). Rebelarse contra esa “función” constituye algo patológico. Sospecha de toda visión crítica de la sociedad. Defiende el culto a “los hechos” (concebidos como cosas) y la subordinación a la realidad tal cual se presenta en la apariencia inmediata del sentido común.


  • Funcionalismo: Corriente sociológica de origen norteamericano que concibe a la sociedad como si estuviera conformada por una armonía subyacente. El funcionalismo clasifica los conflictos sociales y las contradicciones de clase como “anomalías”, “faltas de adaptación” o interrupciones al desarrollo evolutivo y pacífico de la sociedad. Por ejemplo: la pobreza y el atraso latinoamericanos son “efectos de la escasez de desarrollo capitalista”, de la pervivencia de relaciones tradicionales y de la falta de inversiones de capital. Otro ejemplo: las poblaciones negras viven mal y en las cárceles siempre hay más negros que blancos porque “los negros no se han adaptado” a la civilización moderna.




  • Posmodernismo: Corriente filosófica de origen francés que emplea despectivamente la expresión “gran relato” (o gran narrativa) para referirse a las ideologías y concepciones del mundo con pretensiones totalizantes (es decir, aquellas que pretenden explicar no una parcela pequeñita de la realidad, sino un conjunto abarcador y dentro de ese conjunto el papel del ser humano). El marxismo, el psicoanálisis y el cristianismo serían ejemplos de grandes relatos. A partir de los años ’80 el posmodernismo sostuvo que estas grandes ideologías habían “entrado en crisis”. Esa tesis reactualizaba los planteos norteamericanos de Daniel Bell: El fin de la ideología [1960], texto típico de la guerra fría que decretaba “el agotamiento de la política”. Coronando el supuesto fin de la política de Daniel Bell y el escepticismo posmoderno frente a las grandes ideologías, el funcionario del Departamento de Estado norteamericano Francis Fukuyama publicó “El fin de la historia” (1989). Una caricatura “filosófica” que fue ampliamente difundida por todas las agencias de noticias y periódicos capitalistas de Occidente. Con el posmodernismo se acabaría —supuestamente...— la política, la ideología y la historia.


De estas tres corrientes (en realidad existen muchísimas más…) legitimantes del orden social el positivismo logró mayor eco desde fines del siglo XIX hasta la primera mitad del siglo XX mientras el funcionalismo ganó audiencia desde la segunda guerra mundial hasta los ’60. Durante los últimos 20 años —desde la era neoliberal de Ronald Reagan y Margaret Thatcher, a comienzos de los ’80, hasta las recientes rebeliones de Seattle, Davos, Buenos Aires y Génova— es el posmodernismo quien ha logrado mayor éxito en los circuitos académicos.

Con la pérdida de atractivo del positivismo y el funcionalismo, últimamente el discurso posmoderno (difundido a todo vapor desde las universidades norteamericanas y francesas y reproducido en todos los monopolios de la comunicación) ha logrado seducir a algunas corrientes del campo popular. Dicha seducción ha girado en torno al siguiente argumento: “cada movimiento social —por ejemplo las minorías sexuales o los grupos étnicos, entre otros— debe tener reclamos fragmentarios, porque si se articulan con otros movimientos en la lucha anticapitalista…«pierden su especificidad»”. No es casual que ese tipo de discurso haya tenido quien lo escuche en los años ’80 y ’90, justo cuando el neoliberalismo fragmentaba y dispersaba toda resistencia anticapitalista y popular. Tampoco es casual que cuando la resistencia aumenta, el posmodernismo pierde rápidamente popularidad.


¿Toda crítica de la modernidad capitalista tiene que ser, necesariamente, posmoderna?

El marxismo crítico constituye una herramienta sumamente útil y productiva para cuestionar todas las dominaciones de la modernidad eurocéntrica, racista, sexista, colonialista e imperialista (que realizó varios genocidios en la historia…y los sigue realizando). Pero ese cuestionamiento es radicalmente diferente del posmodernismo. Aunque cuestiona la modernidad, la teoría social crítica fundada por Marx no rechaza ni abandona:


  • El proyecto de emancipación humana (que implica liberarse de todas las dominaciones sociales)

  • El “gran relato” (que consiste en una explicación totalizante del capitalismo y de su historia)

  • la utopía (que nos invita y nos propone crear un mundo realmente humano a medida de las personas, no del mercado ni del dinero)


El discurso posmoderno (y sus primos filosóficos, el posestructuralismo y el “posmarxismo”) ha resultado atractivo y seductor porque se presentó de modo sutil como una “defensa de las minorías”, en lugar de mostrarse como una legitimación abierta del capitalismo. No obstante, a pesar de su simplicidad y su efectismo, en la sociedad capitalista contemporánea la lucha contra las diversas dominaciones es mucho más compleja que como la presentan posmodernos, posestructuralistas y “posmarxistas” (en realidad ex marxistas).


¿Puede haber emancipación parcial y fragmentaria

sin luchar contra el conjunto del sistema?




En el mundo actual no hay posibilidad real de llevar a buen puerto los reclamos y las reivindicaciones puntuales contra el patriarcalismo y el machismo, contra la destrucción del medio ambiente, contra el autoritarismo escolar, contra la discriminación racial y sexual, contra la xenofobia o contra cualquier otra dominación cotidiana si no se lucha al mismo tiempo contra la totalidad del modo de producción capitalista.
Sin esta lucha por la emancipación radical contra el conjunto de la sociedad capitalista y sus dominaciones, los movimientos feministas, ecologistas, de los pueblos originarios, juveniles, minorías sexuales, inmigrantes, etc., serán neutralizados e incorporados por el sistema. En nuestros días, los aparatos de represión del imperialismo norteamericano se dan el lujo de tener comandantes de sus Fuerzas Armadas negros y latinos, mujeres negras o de origen asiático como asesoras en temas de “seguridad” e incluso militares homosexuales y torturadoras mujeres. El vocero militar de EEUU en la reciente guerra genocida e imperialista contra el pueblo de Iraq era, precisamente… negro. En las fotografías, tristemente célebres, de la cárcel de Abu Ghraib aparecían mujeres norteamericanas torturando y humillando a los prisioneros iraquíes.
Los discursos posmodernos dejan una peligrosa y tentadora puerta abierta para incorporar y neutralizar la lucha contra cada una de las opresiones sin apuntar al mismo tiempo contra el corazón del sistema capitalista como totalidad. Pero la emancipación anticapitalista será total o ya no será nada. Si no se logra articular a los diversos movimientos sociales contra un enemigo común, las reivindicaciones puntuales de cada uno podrán convertirse, a lo sumo, en válvulas de escape para realizar la modernización (“pluralista”) dentro del orden imperialista, siempre desde arriba y dejando intacto el capitalismo como modo indiscutido de vida.


¿Qué tienen en común estas teorías filosóficas y sociológicas legitimantes?


Lo que comparten el positivismo, el funcionalismo y el posmodernismo, a pesar de sus diferencias recíprocas, es su incapacidad para pensar la sociedad capitalista como un momento transitorio —y por lo tanto superable...— de la historia.
La ausencia de historicidad es la nota común a las diversas teorías que intentan legitimar la concepción del mundo de nuestros enemigos.

Todas congelan, parcelan y segmentan la realidad en movimiento. ¡Para ellos el capitalismo es eterno!. Siempre existió... y siempre existirá. Además, piensan la sociedad invariablemente a partir de armonías. Ocultan o soslayan las violentas contradicciones internas de la sociedad capitalista.

¿Existe alguna concepción social del mundo alternativa, donde la ideología y los intereses de la clase trabajadora sean centrales?



Si acaso existiera (nosotros pensamos y creemos que sí existe), esa concepción filosófica y sociológica tendría que apoyarse precisamente en la historicidad del orden actual y en la contradicción interna como motor del cambio (aquello que niegan las teorías burguesas al unísono). Sólo una concepción social del mundo de ese tipo podría hacer frente, tanto al positivismo, como al funcionalismo y al posmodernismo.
Contando con esa herramienta, se facilita la tarea de disputar la mente y el corazón de nuestro pueblo. De este modo, se vuelve más fácil la crítica del sentido común burgués.
Esa concepción social del mundo existe desde hace tiempo. Se ha formado y se ha difundido a partir de una larga y abnegada historia de lucha. La clase trabajadora latinoamericana, como los trabajadores de otros países del mundo, ya han realizado una heroica experiencia política a partir de ella.



BIBLIOGRAFÍA BÁSICA SUGERIDA:
- Antonio Gramsci: “Apuntes para una introducción y una iniciación en el estudio de la filosofía”

- Louis Althusser: “Ideología y aparatos ideológicos de Estado”. En La filosofía como arma de la revolución.

- Ernest Mandel: “O lugar do marxismo na história.”

- Henri Lefebvre: “El marxismo”.

- Samir Amin: “¿Posmodernismo o utopía neoliberal disfrazada?”.

- Michael Löwy y Daniel Bensaid:“ Marxismo, utopía y modernidad”.

- Néstor Kohan: “Toni Negri y los desafíos de «Imperio»”.

- Néstor Kohan: “Fetichismo y hegemonía en tiempos de rebelión”.

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