Lección 3: claves para el éxito






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fecha de publicación30.06.2015
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Centro de Armonización Integral

Curso: ENERGOTONÍA

Prof.: Gustavo Fernández
Lección 3: CLAVES PARA EL ÉXITO
Pasamos el tiempo tan ocupados en ganarnos la vida que no tenemos tiempo de hacernos millonarios”

Napoleón Hill
¿Qué es el éxito?. ¿Cuándo, cómo y porqué podemos decir que somos exitosos?. Cada uno, seguramente tendrá su propia escala de valores. Para unos, habré triunfado si he acumulado sustanciosas sumas de dinero. Para otros, si mi fama y popularidad ha trascendido las fronteras. Para mí, cuando estoy en paz y disfruto lo que hago, cómo lo hago y porqué lo hago y, también, todo ello me da la paz de permitirme cumplir mis obligaciones, sustentar a los que amo y vivir cómodamente.
Consecuentemente con la aproximación que hemos venido haciendo no sólo en este curso sino –y muy especialmente- a través de nuestros trabajos y cursos dentro del vasto dominio de la Parapsicología en particular y las Ciencias Herméticas en general, nos queda claro que, siendo el dinero apenas un conjunto de símbolos y lo que a través de él se manifiesta un flujo de energía, y teniendo en cuenta el principio del Mentalismo que volveremos a repasar después pues es condición sine qua non para comprender los fundamentos perfectos sobre los cuales funciona este proceso, es evidente que el manejo psíquico o, mejor aún, la interacción psíquica que podamos hacer sobre ese flujo de energía moldeará la realidad –financiera y económica, en este caso- al concierto de nuestra Voluntad. Por consiguiente, debemos fortalecer ciertos engramas1 que , como símbolos arquetípicos que son –y recordemos la definición del doctor Litvinoff: “un símbolo es una máquina psicológica generadora de energía”- transmutarán ese flujo, acrecentándolo, normalizándolo o haciéndole cumplir el comportamiento más conveniente a nuestros intereses.

En consecuencia, debemos reflexionar sobre dos preceptos que son inobjetables para aplicar en nuestra vida material cotidiana:
Cuando el enemigo es demasiado grande, el no presentar batalla es en sí una pequeña victoria.

La razón de ser de este precepto es sencilla: definida la dimensión del obstáculos o enemigo, busquemos quizás rodearlo o esperar pacientemente a que nuestras fuerzas se acrecienten, en eso ya habremos ganado algo.
La Fe es la certeza del inconsciente.

Es una vieja discusión la de responder a la pregunta ¿Qué es la Fe?. Bien, propongo ésta. Con el valor agregado de saber que si tenemos fe en un camino de acción económica o laboral dado, ello estará revelando que nuestro inconsciente está aportando su concurso –por ende, su energía- a la consecución del objetivo buscado.
El miedo nace de la ignorancia. Cuando se conocen temas espirituales se tienen respuestas que al combatir la ignorancia hacen desaparecer al miedo.

Y es el miedo, en definitiva, el que abre orificios en nuestros escudos mentales y energéticos, el que hace cumplir las leyes de _Murphy. El que nos autosabotea, disfrazando de realismo el pesimismo, y de prudencia la autodestrucción.

LA ESTRATEGIA DE LOS CICLOS Y PERÍODOS



Es muy significativo descubrir que algunas enseñanzas esotéricas –en el caso que expondremos a continuación, de los Rosacruces- han sido no sólo divulgadas sino lo que es más contundente, empleadas en su vida cotidianas por algunos adeptos de esas órdenes que además habían reiteradamente triunfado en el campo de los negocios o de sus respectivas profesiones. Un análisis escéptico puede tildarlas de meras “creencias” y por lo tanto poco “serias y científicas”, pero el sentido común dicta que si quienes creyeron en ellas y las aplicaron realmente tuvieron éxito –de lo que no hay ninguna duda- pues evidentemente esas técnicas deben ser efectivas y concretamente prácticas. Spencer Lewis, Carnegie, Hill eran esoteristas y millonarios, y no amasaron sus fortunas escribiendo libros de autoayuda –tan vapuleados por una crítica pseudo progresista que, de todos modos, vegeta en la mediocridad económica aunque se de lustre de intelectual- sino que volcaron en sus libros su experiencia en las altas finanzas aunada a su trayectoria espiritualista.

Los antiguos filósofos aceptaban la declaración que dice que en el comienzo de toda la creación, Dios geometrizó. Cuando más buscamos el origen y funcionamiento de las leyes espirituales y naturales, más vemos que el plan total del universo y el plan incidental de cada cosa individual del universo, funcionan y se manifiestan de acuerdo con los principios de la Geometría. Así, Dios es el gran Arquitecto y como tal Matemático, y el mapa muy complicado de diseños y movimientos geométricos para la acción y existencia de todas las cosas es comprendido por el hombre sólo muy lentamente. Pudiéramos no conocer nunca el origen y el plan general de todo el universo, y pudiéramos no conocer nunca la razón del progreso matemático de todos los sucesos. Pero podemos conocer por medio de la observación y por medio de la prueba, el efecto de este progreso matemático en nuestra vida. Cada acontecimiento empieza en un punto de partida que es el comienzo de una línea de progreso, y esta línea constituye su ciclo matemático, equivalente a una curva que comienza en la concepción y nacimiento del suceso, que alcanza la cumbre de la curva en la madurez y declina en su curva hasta el último punto o finalidad. Así es como vemos que dentro del desarrollo de un suceso hay momentos ideales que, si uno no está atento y los “deja pasar”, más tarde “no es lo mismo” (decimos, para referirnos que a la calidad del resultado obtenido es inferir al que habríamos logrado si hubiéramos actuado en otro momento; suele ocurrir cuando advertimos –tarde- la declinación de la curva de un suceso). Llamaremos a estas curvas “ciclos de vida”.

Los “ciclos de vida” constituyen verdaderamente un mapa geométrico o diseño matemático por medio del cual podemos planear mecánica y exactamente nuestra vida y las influencias externas, aprovechar estas cosas o ignorarlas pero no someternos inocentemente a ellas.

Pero primero y para comprender nuestra incidencia en las mismas, repasemos la Ley Fundamental.

Ley del Mentalismo


Primera y fundamental. Se enuncia diciendo: “En el Todo, Todo es mental”. Pero no en el sentido de un subjetivismo kantiano dieciochesco, donde se sostenga que lo único “real”, objetivo, soy yo y que todo lo que me rodea es sólo producto de mi percepción y mi mente, seguramente subjetivo y posiblemente irreal. No. El mentalismo ocultista sostiene que todo lo que existe en el Universo es expresión cada vez más grosera, más material, más densa, de un Primer Principio extremadamente sutil y elevado, que podemos llamar Dios, Consciencia Cósmica, Brama, inmanente en el Cosmos, y que se manifiesta en la naturaleza en distintos planos de vibración cada vez más densa, ora como psiquis, ora como espíritu, ora como materia. Vale decir que las cosas del Cosmos no son de naturaleza distinta entre sí, sino que esa Esencia Universal adopta en ocasiones la característica de la energía, en otra circunstancia la de la materia, en una tercera la del pensamiento.

Para que esto sea más entendible, imaginemos un río. Un río que nace en una cascada, donde el agua fluye rápidamente y es cristalina, desplazándose luego por la llanura formando meandros, donde aquella se torna lenta y turbia para morir en un pantano, donde el agua está quieta y oscura. A primer golpe de vista, ustedes pueden dividir el río en tres partes bien diferenciadas: aquí el agua es cristalina, más allá turbia, finalmente negra. Pero, ¿ustedes podrían decir dónde termina un tipo de agua y comienza la otra?. No, porque en un punto cualquiera el agua es más rápida y transparente que unos metros río abajo, pero todavía más lenta y turbia que otro tanto río arriba... y así en progresión infinita. Es decir, la única diferencia es de grado, de densidad, pero no de naturaleza, y en un análisis pormenorizado todos los “sectores” del río son indistinguibles entre sí.

Lo mismo ocurre en el Cosmos. Todo es una sola cosa. Y, sugestivamente, la ciencia moderna viene a demostrar que las antiguas afirmaciones esotéricas eran ciertas. De Einstein para aquí, sabemos que materia y energía no son dos cosas distintas sino esencialmente los mismos elementos comunes manifestados de distinta forma. Tengo un pedazo de carbón y sé que es materia. Lo caliento y emite calor, es decir, energía. El calor no surge de la nada, ya que se genera a partir de los elementos constituitivos del carbón. Un poco de calor inicial (el fósforo) excita y libera los átomos que coherentemente estructurados formaban la materia y, a partir de esa excitación inicial, aquellos, cumpliendo la ley de entropía, se disipan en forma de calor. Materia y energía, energía y materia son sólo dos caras de la misma moneda, son sólo una. Un trozo de uranio con un peso atómico 238 chocando con otro de peso 235, genera fisión atómica. Una explosión. Energía.

Trescientos años atrás, los científicos creían que el Universo estaba poblado por distintos tipos de energías y de fuerzas. Que el calor nada tenía que ver con el magnetismo, ni éste con la electricidad, ni aquellos con la gravedad. Pero en el siglo XIX un físico inglés, Maxwell, descubrió que electricidad y magnetismo no son dos cosas distintas sino dos aspectos particulares de un mismo principio que él llamó electromagnetismo. Y esta reducción y unificación de fuerzas continuó al punto que con el advenimiento de este siglo los físicos sostenían que sólo cuatro eran las fuerzas que interactuaban en el Cosmos: el electromagnetismo, la gravedad, la interacción nuclear débil y la interacción nuclear fuerte (estas dos últimas responsables de las relaciones atómicas entre sí). Pero aparece nuevamente Einstein –cuándo no- y enuncia la teoría del campo unificado, tan maltratada por los escritores de ciencia ficción y tan poco comprendida por el público. Einstein teoriza que gravedad y electromagnetismo no son dos fuerzas distintas, sino dos manifestaciones específicas y particulares de un principio vinculado a la deformación geométrica del espacio, que a veces se presenta como electromagnetismo y a veces como gravedad. Es decir, unifica (de allí el término) en una sola teoría de campo ambas fuerzas, con lo que las universales quedan reducidas a tres. Hasta que en 1985 un astrofísico inglés llamado Paul Davies afirma que aún estas tres fuerzas son sólo aspectos de una única universal, que él denomina Superfuerza.

Finalmente, las investigaciones parapsicológicas contemporáneas han demostrado que la mente es energía, en el sentido de fuerza. Actúa sobre la materia física (telekinesis), altera, como veremos más adelante, la emulsión química de una película fotográfica en condiciones ideales experimentales (“psicofotografía” o “escotofotografía”). Así que por simple carácter transitivo concluímos que, si todas las energías son sólo una (incluso el pensamiento), si todas las fuerzas son sólo una, y si materia y energía son la misma cosa (recordemos que la materia es energía organizada y la energía, materia desorganizada) ... ¿qué diferencia, qué distancia hay de la sutileza de la psiquis a la densidad de la materia sino únicamente diferencias de grado, de condensación?.

Para que esto sea más entendible, imaginemos una gigantesca olla repleta de polenta mal preparada. En algunos lugares, está grumosa; en otros, líquida. Más allá, tendrá una consistencia media. A golpe de vista, puede decirse que allá la materia es grumosa (sólida), aquí muy líquida y acullá intermedia, pero en definitiva todo es polenta. Así ocurre en el Universo.

En otro sentido, esto expresaban los antiguos ocultistas cuando enseñaban que el Cosmos se dividía en siete planos de distinta densidad, en donde las entidades –como el ser humano- vibran en algunos de esos planos, y ciertas energías inteligentes (los “haiöth-hakodesch”) en otros, tan reales y tangibles para sí mismos como nosotros los somos para nuestros congéneresw. Estos planos son, de mayor densidad a mayor sutilidad, “material”, “mental inferior”, “mental superior”, “astral”, “etéreo”, “búddhico” y “átmico”. Dios tiene consciencia átmica, y sus manifestaciones se desprenden “hacia abajo”, hacia la materialidad. El hombre existe en los planos material, mental inferior, mental superior, astral y etéreo. El animal, en el material, mental inferior, astral y etéreo. Los entes a los que ludiéramos, en el astral y mental superior, o astral y mental inferior (las larvas astrales que estudiáramos en un viejo trabajo sobre “Autodefensa Psíquica”), los hombres y mujeres elevados, además de los planos mencionados, en el búddhico, etcétera.

Esta categorización de la Naturaleza es asimismo afín con el principio khabbalístico de los sephirot. Un “sephira” (“sephirot” es plural), es una de las maneras que tiene Dios de manifestarse en la naturaleza (una “emanación”) y los diez niveles de manifestación (“Kether” o Espíritu, “Binah” o Sabiduría, “Chokmah” o Belleza, “Pechod” o Inteligencia, “Chesed”o Bondad, “Tipheret” o Equilibrio, “Hod” o Justicia, “Nitzach” o Valor, “Yesod” o Reflexión y “Malkuth” o Materia) señalan las diez virtudes que debe alcanzar el hombre si quiere entrar en comunión (común unión) con Dios, mediante uno de los treinta y dos “senderos” que comunican estos diez frutos del Arbol de la Vida, o Arbol de la Sabiduría, como también lo llamaban los esoteristas hebreos. Dios aparece como lo Supremo, Omnisciente, Omnipresente y Omnisapiente, llamado Ain Soph Aur (“La Corona Aurea”) y sus emanaciones van descendiendo hasta irradiar Malkuth, caracterización de lo material.

Por supuesto, un lector escéptico –si ha sobrevivido a la lectura de estas páginas hasta aquí- puede argumentar que esta disquisición, si se quiere filosóficamente aceptable, peca por un defecto: la indemostrabilidad de ciertos principios que aquí damos como ciertos, por ejemplo, la existencia del llamado “mundo astral”. En efecto, ¿qué evidencia podemos aducir nosotros, los ocultistas, de que lo “astral” existe?. ¿Qué hablar de “cuerpos astrales” o sucedáneos es más que un gratuito ejercicio de la imaginación?. Puedo aportar seguramente referencias de índole vivencial, místicas o paranormales pero, para un observador exterior al tema y objetivo, ¿cómo le demostraremos científicamente –una vez más- la existencia de lo astral?.

Es más fácil de lo que parece.

En 1988, astrofísicos norteamericanos descubrieron un fenómeno cósmico extrañísimo: estudiando la rotación de los cuerpos de nuestra galaxia (ese conglomerado de estrellas, espeso en el centro y raleado en la periferia, en uno de cuyos barrios suburbanos se encuentra nuestro Sistema Solar y que sabemos rota a gran velocidad en conjunto alrededor de su centro), observaron que los sistemas ubicados casi en el centro de aquella demoran el mismo tiempo en completar una rotación que los ubicados cerca de la periferia, es decir, los que están más alejados. ¿Qué tiene esto de extraño?. Mucho. Por ejemplo, si ustedes, en una palangana llena de agua, arrojan un puñado de papelitos y luego con un dedo comienzan a hacer girar a gran velocidad el agua, van a observar que los papelitos próximos al centro se desplazan más rápidamente que los más alejados, pues al ser independientes unos de otros, sus velocidades varían por el mayor o menor tiempo que emplean para recorrer su trayecto circular. Es el caso de los planetas de nuestro sistema solar, donde la Tierra, por ejemplo, tarda un año en completar una órbita alrededor del Sol, mientras que Plutón, el más alejado, demora 288 años de los nuestros. Para que la periferia de un círculo o disco –que eso es la Galaxia- rote a la misma velocidad que su centro, se necesitaría que todo el conjunto fuese sólido; es lo que pasa con un disco compacto en un centro musical, donde el borde gira a la misma velocidad que el centro pues es una masa homogénea, compacta. El fenómeno deducido por los astrofísicos requeriría que todos los cuerpos de la galaxia se encontraran “pegados” entre sí por algún tipo de lazo material para que la velocidad de rotación nos acelere a algunos y la inercia retrase a otros. Pero los instrumentos científicos no detectan ningún tipo de materia, que necesariamente debe existir como aglutinante. Entonces, los astrónomos han creado la expresión “materia oscura” para definirla (pues es “oscura”, es decir, invisible a nuestros más sensibles aparatos) y referirse así a ese pegamento cósmico. Y yo pregunto: ¿qué diferencia hay, conceptualmente, entre esta “materia oscura”, una clase de materia que no es materia, que no se comporta como la misma, que forzosamente debe existir aunque no la detectemos, y la “materia astral” (excepto el cambio de nombres), si lo “astral” es, precisamente, una forma de la materia distinta a las cuatro que conocemos (sólido, líquido, gaseoso y plasma), e indetectable físicamente pero que ejerce sus efectos sensibles sobre el mundo material que vemos y sentimos?.

Ley de Correspondencia


Tres mil doscientos años antes de Cristo, según cuentan los antiguos relatos egipcios, finalizó el reinado de dioses y semidioses sobre la Tierra. En el valle del Alto Nilo un rey de pastores, Menes, ascendió en ese entonces al faraonato con el título de Menes I, El Tinita (por ser oriundo de la ciudad de Thinis).

Menes desarrolló, en su prolongado reinado, una vasta tarea de conquista y culturalización para sacar a su pueblo de la condición pastoril y agrícola que hasta entonces la caracterizaba. Hizo contratar especialistas en las más variadas disciplinas provenientes de los más alejados puntos del mundo conocido y, muy especialmente, agregó a su corte a un sabio caldeo, arquitecto, médico, astrónomo y –lógicamente para ese entonces- mago, conocido como Toth. Hasta avanzada su ancianidad, Toth se dedicó a volcar sus conocimientos en diversos libros, algunos perdidos para siempre, otros conservados fragmentariamente como el llamado “Libro de Toth”, compendio de Teurgia o Alta Magia Blanca del que sólo sobrevivieron a la primera de las siete destrucciones de la Biblioteca de Alejandría sus láminas ilustrativas, exactamente setenta y ocho, y que conformaron al paso del tiempo la baraja del Tarot o, en egipcio, “tarah ha’ Toth” (de donde por deformación proviene el vocablo “Tarot”) y la “Tábula Esmeragdina”, o “Tabla de Esmeralda”, una sucesión de aforismos que guardaban memoria del conocimiento filosófico de los contemporáneos de este Toth que, al morir, fue elevado a la categoría de dios –apoteosis común en esos tiempos- e, incluso, adoptado tardíamente por los griegos con el nombre de Hermes Trimegisto (“el tres veces grande”). Precisamente, lo de “filosofía hermética” proviene de su nombre helenizado.

El primer aforismo de la “Tabla de Esmeralda” expresaba el Principio de Correspondencia, que enseguida explicaremos, con estas palabras: “Es verdad, muy cierto y verdadero, que lo que es arriba es como lo que es abajo, y lo que es abajo es como lo que es arriba, para hacer el milagro de una sola gran cosa bajo el Sol”. En otros términos, la total identificación entre lo macrocósmicamente grande y lo microcósmicamente pequeño.

La estructura de un átomo es, microcósmicamente, como el Sistema Solar macrocósmico que lo contiene. La parte del todo refleja el Todo. Un ser humano es 70% agua y 30 % materia sólida y vive, casualmente, en un planeta que es 70 % agua y 30 % materia sólida. Además, su sangre tiene exactamente la misma proporción de sal que la del agua del planeta. El iris de una persona permite conocer el funcionamiento de todo su organismo porque, como siempre, la parte de un Todo refleja ese Todo. Una carta natal astrológica resume en su microcosmos, el macrocosmos de la vida y la personalidad del sujeto al que pertenece. Las líneas de mi mano reflejan mi personalidad y mi vida también, pues mi mano, como parte de un Todo integrado por mí y por mi devenir, refleja el Todo. Una persona carismática y de fuerte carácter concita a su alrededor a las personas de temperamento más débil, que imitan sus poses, su manera de ser y tratan de vivir en función de aquél, lo que llamaríamos una conducta heliocéntrica, donde hasta “la luz del Sol” (y recordemos que en Astrología el Sol significa la personalidad manifestada) es “reflejada” por quienes giren a su alrededor, actuando microcósmicamente como un sistema planetario lo hace macrocósmicamente.

En Matemáticas es conocida una curiosidad llamada serie de Fibonacci, planteada por el sabio homónimo, donde cada número resulta de la suma de los dos anteriores. Tal el caso de la secuencia 1, 2, 3, 5, 8, 13, 21, 34, 56, 90... etc. Pues bien, una figura que se repite en la naturaleza universal es la espiral de Fibonacci, donde cada una de las espiras (vueltas) se distancia de la anterior de acuerdo a esa progresión numérica. Esto es tan así, que lo encontramos desde en la espiral macrocósmica de una galaxia, hasta la microcósmica de un caracol e, incluso, si toman ustedes un repollo colorado y lo cortan transversalmente, comprobarán que no sólo su disposición es en espiral sino que respeta la serie de Fibonacci.

¿Un experimento práctico?. Supongamos que en casa alguien se lastima, se corta, pierde sangre en cualquier accidente hogareño. Tenga preparada una bolsita con sulfato de cobre (unas piedritas color verde azuladas que, entre otros usos, se emplean para clorificar piscinas de natación) y rápidamente diluyan en un vaso lleno de agua el mismo hasta el punto de saturación, es decir, cuando por más que sigan agregando sulfato de cobre éste no se diwulve más, o, por lo menos, cuatro o cinco cucharadas soperas colmadas. Entonces introduzcan en él un trocito de algodón sucio de la sangre del herido, dejándolo allí. Atención: no se trata de mojar la herida con la solución del sulfato, ya que (a) si bien observarían efectos cicatrizantes, aquí la acción sería comúnmente química –es el principio de las sulfamidas- y no esotérico, que es lo que tratamos de probar, y (b) el ardor subsiguiente en la herida haría que la víctima recordara el árbol genealógico del frustrado enfermero hasta la octava generación.

Observaremos entonces un hecho fascinante: sin ningún tipo de acción química en contacto con la herida, ésta cicatrizará varias veces más rápido de lo que haría cualquier compuesto medicinal aplicado directamente sobre aquella, actuando a distancia. Tan es así, que aunque se pongan centenares de kilómetros entre el herido y su “muestra testigo” sumergida en la dilución, seguirá actuando, y aún lo hará aunque el sujeto del experimento nada sepa del mismo o no crea en él, lo que invalida la hipótesis de la sugestión. Personalmente, además de haberlo empleado numerosas veces, cuento con el testimonio de un odontólogo especializado en cirugía maxilofacial y otro profesional de la salud, urólogo y cirujano, que desde hace años y por mi recomendación vienen empleándolo con éxito en sus intervenciones quirúrgicas. Es tanto como afirmar que la acción (química o energética, lo mismo da) sobre la muestra de sangre se copia, se duplica en el original del cual proviene porque, obviamente, la parte del todo (la muestra de sangre) refleja al Todo del cual fue obtenida.

1 Engrama: en Energotonía, una estructura psicológica, natural o concertada por acción de la voluntad, con energía y naturaleza propia que nuclea –si positiva o negativamente, eso queda al discernimiento de cada individuo- las experiencias e ideas que son formal o simbólicamente asociables a la esencia de esa estructura.




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