La necedad, el error, el pecado, la tacañería






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títuloLa necedad, el error, el pecado, la tacañería
fecha de publicación30.06.2016
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Charles Baudelaire
Al lector
La necedad, el error, el pecado, la tacañería,

Ocupan nuestros espíritus y trabajan nuestros cuerpos,

Y alimentamos nuestros amables remordimientos,

Como los mendigos nutren su miseria.
Nuestros pecados son testarudos, nuestros arrepentimientos cobardes;

Nos hacemos pagar largamente nuestras confesiones,

Y entramos alegremente en el camino cenagoso,

Creyendo con viles lágrimas lavar todas nuestras manchas.
Sobre la almohada del mal está Satán Trismegisto

Que mece largamente nuestro espíritu encantado,

Y el rico metal de nuestra voluntad

Está todo vaporizado por este sabio químico.
¡Es el Diablo quien empuña los hilos que nos mueven!

A los objetos repugnantes les encontramos atractivos;

Cada día hacia el Infierno descendemos un paso,

Sin horror, a través de las tinieblas que hieden.
Cual un libertino pobre que besa y muerde

el seno martirizado de una vieja ramera,

Robamos, al pasar, un placer clandestino

Que exprimimos bien fuerte cual vieja naranja.
Oprimido, hormigueante, como un millón de helmintos,

En nuestros cerebros bulle un pueblo de Demonios,

Y, cuando respiramos, la Muerte a los pulmones

Desciende, río invisible, con sordas quejas.
Si la violación, el veneno, el puñal, el incendio,

Todavía no han bordado con sus placenteros diseños

El canevás banal de nuestros tristes destinos,

Es porque nuestra alma, ¡ah! no es bastante osada.
Pero, entre los chacales, las panteras, los podencos,

Los simios, los escorpiones, los gavilanes, las sierpes,

Los monstruos chillones, aullantes, gruñones, rampantes

En la jaula infame de nuestros vicios,
¡Hay uno más feo, más malo, más inmundo!

Si bien no produce grandes gestos, ni grandes gritos,

Haría complacido de la tierra un despojo

Y en un bostezo tragaríase el mundo:
¡Es el Tedio! -los ojos preñados de involuntario llanto,

Sueña con patíbulos mientras fuma su pipa,

Tú conoces, lector, este monstruo delicado,

-Hipócrita lector, -mi semejante, -¡mi hermano!


Correspondencias
La Natura es un templo donde vividos pilares

Dejan, a veces, brotar confusas palabras;

El hombre pasa a través de bosques de símbolos

que lo observan con miradas familiares.
Como prolongados ecos que de lejos se confunden

En una tenebrosa y profunda unidad,

Vasta como la noche y como la claridad,

Los perfumes, los colores y los sonidos se responden.
Hay perfumes frescos como carnes de niños,

Suaves cual los oboes, verdes como las praderas,

Y otros, corrompidos, ricos y triunfantes,
Que tienen la expansión de cosas infinitas,

Como el ámbar, el almizcle, el benjuí y el incienso,

Que cantan los transportes del espíritu y de los sentidos.

Los faros
Rubens, río de olvido, jardín de la pereza,

Almohada de carne fresca donde no se puede amar,

Pero donde la vida afluye y se agita sin cesar,

Como el aire en el cielo y la mar en el mar;
Leonardo da Vinci, espejo profundo y sombrío,

Donde los ángeles encantadores, con dulce sonrisa

Toda llena de misterio, aparecen en la sombra

De los ventisqueros y los pinos que cierran su paisaje;
Rembrandt, triste hospital lleno de murmullos,

Y por un gran crucifijo decorado solamente,

Donde la plegaria llorosa se exhala de las inmundicias,

Y de un rayo invernal atravesado bruscamente;
Miguel Ángel, lugar impreciso do vénse los Hércules

Mezclarse a los Cristos, y elevarse muy erguidos

Fantasmas pujantes que en los crepúsculos

Desgarran su sudario estirando sus dedos;
Cóleras de boxeador, impudicias de fauno,

Tú que supiste recoger la belleza de los granujas,

Gran corazón henchido de orgullo, hombre débil y amarillo,

Puget, melancólico emperador de los forzados;
Watteau, este carnaval en el que no pocos corazones ilustres,

Como mariposas, flotan relucientes,

Decoraciones frescas y leves iluminadas por lámparas

Que vierten la locura en este baile vertiginoso;
Goya, pesadilla llena de cosas desconocidas,

Fetos que se hacen cocer en medio de los sabats,

Viejas ante el espejo y niñas todas desnudas,

Para tentar los demonios ajustando bien sus medias;
Delacroix, lago de sangre obsedido por malvados ángeles,

Sombreado por un bosque de pinos siempre verde,

Donde, bajo un cielo triste, fanfarrias extrañas

Pasan, cual un suspiro ahogado de Weber;
¡Estas maldiciones, estas blasfemias, estos lamentos,

Estos éxtasis, estos gritos, estos llantos, estos Te Deum,

Son un eco repetido por mil laberintos;

Es para los corazones mortales un divino opio!
Es un grito repetido por mil centinelas,

¡Una orden transmitida por mil portavoces.

Es un faro encendido sobre mil ciudadelas,

Un clamor de cazadores perdidos en los inmensos bosques!
¡Porque verdaderamente, Señor, el mejor testimonio

Que podencos dar de nuestra dignidad

Es este ardiente sollozo que rueda de edad en edad

Y viene a morir al borde de vuestra eternidad!

El perro y el frasco
-Lindo perro mío, buen perro, chucho querido, acércate y ven a respirar un excelente perfume, comprado en la mejor perfumería de la ciudad.
Y el perro, meneando la cola, signo, según creo, que en esos mezquinos seres corresponde a la risa y a la sonrisa, se acerca y pone curioso la húmeda nariz en el frasco destapado; luego, echándose atrás con súbito temor, me ladra, como si me reconviniera.

-¡Ah miserable can! Si te hubiera ofrecido un montón de excrementos los hubieras husmeado con delicia, devorándolos tal vez. Así tú, indigno compañero de mi triste vida, te pareces al público, a quien nunca se ha de ofrecer perfumes delicados que le exasperen, sino basura cuidadosamente elegida.

El albatros
Por distraerse, a veces, suelen los marineros

Dar caza a los albatros, grandes aves del mar,

Que siguen, indolentes compañeros de viaje,

Al navío surcando los amargos abismos.
Apenas los arrojan sobre las tablas húmedas,

Estos reyes celestes, torpes y avergonzados,

Dejan penosamente arrastrando las alas,

Sus grandes alas blancas semejantes a remos.
Este alado viajero, ¡qué inútil y qué débil!

Él, otrora tan bello, ¡qué feo y qué grotesco!

¡Éste quema su pico, sádico, con la pipa,

Aquél, mima cojeando al planeador inválido!
El Poeta es igual a este señor del nublo,

Que habita la tormenta y ríe del ballestero.

Exiliado en la tierra, sufriendo el griterío,

Sus alas de gigante le impiden caminar.

El gato
Ven, bello gato, a mi amoroso pecho;

Retén las uñas de tu pata,

Y deja que me hunda en tus ojos hermosos

Mezcla de ágata y metal.
Mientras mis dedos peinan suavemente

Tu cabeza y tu lomo elástico,

Mientras mi mano de placer se embriaga

Al palpar tu cuerpo eléctrico,
A mi señora creo ver. Su mirada

Como la tuya, amable bestia,

Profunda y fría, hiere cual dardo,
Y, de los pies a la cabeza,

Un sutil aire, un peligroso aroma,

Bogan en torno a su tostado cuerpo.

El alma del vino
Cantó una noche el alma del vino en las botellas:

«¡Hombre, elevo hacia ti, caro desesperado,

Desde mi vítrea cárcel y mis lacres bermejos,

Un cántico fraterno y colmado de luz!»
Sé cómo es necesario, en la ardiente colina,

Penar y sudar bajo un sol abrasador,

Para engendrar mi vida y para darme el alma;

Mas no seré contigo ingrato o criminal.
Disfruto de un placer inmenso cuando caigo

En la boca del hombre al que agota el trabajo,

y su cálido pecho es dulce sepultura

Que me complace más que mis frescas bodegas.
¿Escuchas resonar los cantos del domingo

y gorjear la esperanza de mi jadeante seno?

De codos en la mesa y con desnudos brazos

Cantarás mis loores y feliz te hallarás;
Encenderé los ojos de tu mujer dichosa;

Devolveré a tu hijo su fuerza y sus colores,

Siendo para ese frágil atleta de la vida,

El aceite que pule del luchador los músculos.
Y he de caer en ti, vegetal ambrosía,

Raro grano que arroja el sembrador eterno,

Porque de nuestro amor nazca la poesía

Que hacia Dios se alzará como una rara flor!»

Spleen
Yo soy como ese rey de aquel país lluvioso,

rico, pero impotente, joven, aunque achacoso,

que, despreciando halagos de sus cien concejales,

con sus perros se aburre y demás animales.

Nada puede alegrarle, ni cazar, ni su halcón,

ni su pueblo muriéndose enfrente del balcón.

La grotesca balada del bufón favorito

no distrae la frente de este enfermo maldito;

en cripta se convierte su lecho blasonado,

y las damas, que a cada príncipe hallan de agrado,

no saben ya encontrar qué vestido indiscreto

logrará una sonrisa del joven esqueleto.

el sabio que le acuña el oro no ha podido

extirpar de su ser el humor corrompido,

y en los baños de sangre que hacían los Romanos,

que a menudo recuerdan los viejos soberanos,

reavivar tal cadáver él tampoco ha sabido

pues tiene en vez de sangre verde agua del Olvido.

El muerto alegre
En una tierra estéril, batida por los vientos,

quiero cavar yo mismo un sepulcro profundo

donde instale a mis anchas mis huesos polvorientos

y duerma en pleno olvido como un pez moribundo.
Odio las bellas tumbas y odio los testamentos,

y, antes de mendigar una lágrima al mundo,

llamaría viviente a los cuervos hambrientos

a devorar los restos de mi esqueleto inmundo.
¡Oh gusanos!, amigos sin orejas ni ojos:

un muerto alegre y libre baja a su sepultura,

¡vividores filósofos, gastrónomos expertos!
Id sin remordimientos por entre mis despojos

y decidme si espera aún otra tortura

a este cuerpo sin alma y muerto entre los muertos.
Cuando el cielo bajo y grávido…
Cuando el cielo bajo y grávido

pesa como una losa

Sobre el gimiente espíritu

presa de largos tedios,

Y el horizonte abarcando todo el círculo

Nos depara un día negro má

s triste que las noches;
Cuando la tierra se ha convertido

en un húmedo calabozo,

Donde la Esperanza, como un murciélago,

Se va dando golpes contra las paredes

con sus tímidas alas

Y chocando la cabeza con los techos podridos;
Cuando la lluvia esparciendo

sus inmensos regueros

Imita los barrotes de una vasta prisión

Y un pueblo mudo de infames arañas

Viene a tender sus trampas en el foondo de nuestros cerebros,
Unas campanas empiezan de pronto

a tocar furiosamente

Y lanzan al cielo un aullido espantoso,

Como los espíritus errantes y sin patria

Que se ponen a gemir con porfía.

Letanías de Satán

Oh tú, el Ángel más bello y asimismo el más sabio

Dios privado de suerte y ayuno de alabanzas,
¡Oh Satán, ten piedad de mi larga miseria!
Príncipe del exilio, a quien perjudicaron,

Y que, vencido, aún te alzas con más fuerza,
¡Oh Satán, ten piedad de mi larga miseria!
Tú, que todolos sabes, oh gran rey subterráneo,

Familiar curandero de la angustía del hombre,
¡Oh Satán, ten piedad de mi larga miseria!
Tú, que incluso al leproso y a los parias más bajos

Sólo por amor muestras el gusto del Edén,
¡Oh Satán, ten piedad de mi larga miseria!
Oh tú, que de la Muerte, tu vieja y firme amante,

Engendras la Esperanza - ¡esa adorable loca!
¡Oh Satán, ten piedad de mi larga miseria!
Tú que das al proscrito esa altiva mirada

Que en torno del cadalso condena a un pueblo entero
¡Oh Satán, ten piedad de mi larga miseria!
Tú sabes las guaridas donde en tierras lejanas

El celoso Dios guarda toda su pedrería,
¡Oh Satán, ten piedad de mi larga miseria!
Tú, cuyos claros ojos saben en qué arsenales

Amortajado el pueblo duerme de los metales,
¡Oh Satán, ten piedad de mi larga miseria!
Tú, cuya larga mano disimula el abismo

Al sonámbulo errante sobre los edificios,
¡Oh Satán, ten piedad de mi larga miseria!
Tú que, mágicamente, ablandas la osamenta

Del borracho caído al pie de los caballos,
¡Oh Satán, ten piedad de mi larga miseria!
Tú, que por consolar al débil ser que sufre

A mezclar nos enseñas azufre con salitre,
¡Oh Satán, ten piedad de mi larga miseria!
Tú que imprimes tu marca, ¡oh cómplice sutil!

En la frente del Creso vil e inmisericorde
¡Oh Satán, ten piedad de mi larga miseria!
Tú, que en el corazón de las putas enciendes

El culto por las llagas y el amor a los trapos
¡Oh Satán, ten piedad de mi larga miseria!
Báculo de exiliados, lámpara de inventores,

Confidente de ahorcados y de conspiradores,
¡Oh Satán, ten piedad de mi larga miseria!
Padre adoptivo de aquellos que, en su cólera,

Del paraíso terrestre arrojó Dios un día,
¡Oh Satán, ten piedad de mi larga miseria!
Oración
Gloria y loor a ti, Satán, en las alturas

Del cielo donde reinas y en las profundidades

Del infierno en que sueñas, vencido y silencioso.

Haz que mi alma, bajo el Arbol de la Ciencia,

Cerca de ti repose, cuando, sobre tu frente,

Como una iglesia nueva sus ramajes se expandan.


El extranjero
-¿A quién quieres más, hombre enigmático, dime, a tu padre, a tu madre, a tu hermana o a tu hermano?
-Ni padre, ni madre, ni hermana, ni hermano tengo.
-¿A tus amigos?
-Empleáis una palabra cuyo sentido, hasta hoy, no he llegado a conocer.
-¿A tu patria?
-Ignoro en qué latitud está situada.
-¿A la belleza?
-Bien la querría, ya que es diosa e inmortal.
-¿Al oro?
-Lo aborrezco lo mismo que aborrecéis vosotros a Dios.
-Pues ¿a quién quieres, extraordinario extranjero?
-Quiero a las nubes..., a las nubes que pasan... por allá.... ¡a las nubes maravillosas!

Las muchedumbres
No a todos les es dado tomar un baño de multitud; gozar de la muchedumbre es un arte; y sólo puede darse a expensas del género humano un atracón de vitalidad aquel a quien un hada insufló en la cuna el gusto del disfraz y la careta, el odio del domicilio y la pasión del viaje.
Multitud, soledad: términos iguales y convertibles para el poeta activo y fecundo. El que no sabe poblar su soledad, tampoco sabe estar solo en una muchedumbre atareada.
Goza el poeta del incomparable privilegio de poder a su guisa ser él y ser otros. Como las almas errantes en busca de cuerpo, entra cuando quiere en la persona de cada cual. Sólo para él está todo vacante; y si ciertos lugares parecen cerrársele, será que a sus ojos no valen la pena de una visita.
El paseante solitario y pensativo saca una embriaguez singular de esta universal comunión. El que fácilmente se desposa con la muchedumbre, conoce placeres febriles, de que estarán eternamente privados el egoísta, cerrado como un cofre, y el perezoso, interno como un molusco. Adopta por suyas todas las profesiones, todas las alegrías y todas las miserias que las circunstancias le ofrecen.
Lo que llaman amor los hombres es sobrado pequeño, sobrado restringido y débil, comparado con esta inefable orgía, con esta santa prostitución del alma, que se da toda ella, poesía y caridad, a lo imprevisto que se revela, a lo desconocido que pasa.
Bueno es decir alguna vez a los venturosos de este mundo, aunque sólo sea para humillar un instante su orgullo necio, que hay venturas superiores a la suya, más vastas y más refinadas. Los fundadores de colonias, los pastores de pueblos, los sacerdotes misioneros, desterrados en la externidad del mundo, conocen, sin duda, algo de estas misteriosas embriagueces; y en el seno de la vasta familia que su genio se formó, alguna vez han de reírse de los que les compadecen por su fortuna, tan agitada, y por su vida, tan casta.






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