Memorias del Oratorio






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LOS SUEÑOS DE

SAN JUAN BOSCO
TRADUCCIÓN DEL

P. FRANCISCO VILLANUEVA, S.D.B.
PARTE I

SUEÑOS 1>49
LA MISIÓN FUTURA1
SUEÑO 1.—AÑO DE 1824.2
(M. B.3 Tomo 1, págs. 122-126.—M. O. págs. 22-26)
Este primer sueño que se ha de considerar como el «gran sue­ño», como el «sueño-clave», de los muchos con que la Divina Pro­videncia ilustró la vida de San Juan Bosco, tuvo lugar en el año 1824, cuando el santo apenas contaba nueve años de edad; sien­do su escenario la aldeíta de Becchi, perteneciente al partido de Castelnuovo de Asti, en el Piamonte. Vivía a la Sazón el niño Juanito Bosco con su madre Margarita Occhiena, con la abuela paterna y con dos hermanos más: Antonio, fruto del primer ma­trimonio del padre difunto, y José, primogénito de Margarita y de Francisco Bosco.
He aquí el texto del sueño, tal como nos lo ofrecen las Me­morias Biográficas en el tomo y páginas arriba indicados.

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[[ 1. Como observará el lector, cada «sueño» va dividido en tres partes: La primera es una especie de introducción o ambientación. La segunda, la narración del «sueño», y la tercera, el cumplimiento, explicación, comentarios..., del mismo.
El empleo de los caracteres cursivos en la primera y tercera parte y de los redondos en la segunda, no tiene otro fin que el hacer mas patente la separación de dichas partes. El lector sabrá valorarlas fácilmente, si bien las preciosas enseñanzas de los «sueños» casi siempre van repartidas a lo largo de las tres partes. Naturalmente las palabras de los misteriosos personajes y las de Don Bosco interpretando lo visto u oído en sus «sueños» son las que merecen la máxima atención y estudio por parte del lector.
2. Con la denominación general de «sueño», como ya se advierte en la Introducción, exponemos no sólo los fenómenos extraordinarios que tuvieron lugar durante el sueño, sino también aquellos que se realizaron estando Don Bosco despierto, mientras trabajaba en su despacho, confesaba, viajaba, etc.
3. M. B. Memorias Biográficas de San Juan Bosco, dieciocho tomos, por los PP. Lemoyne, Amadei, Ceria, todos ellos salesianos. (Societá Editrice Internazionale, Torino.)
M. O. Memorias del Oratorio, por San Juan Bosco.

Las páginas citadas corresponden solamente al texto del sueño. ]]
«Apenas contaba nueve años —dice el mismo Don Bosco— cuan­do tuve un sueño que me quedó profundamente impreso durante toda la vida.
Me pareció estar cerca de mi casa; en un amplio patio en el que una gran muchedumbre de niños se divertía. Unos reían, otros jugaban y no pocos blasfemaban. Al oír aquellas blasfemias me arrojé inmediatamente en medio de ellos, empleando mis puños y mis pala­bras para hacerlos callar. En aquel momento apareció un Hombre de aspecto venerado, de edad viril, noblemente vestido. Un manto blanco cubría toda su persona y su rostro era tan resplandeciente, que yo no podía mirarlo con fijeza. Me llamó por mi nombre y me ordenó que me pusiese al frente de aquellos muchachos añadiendo estas palabras:
—No con golpes, sino con la mansedumbre y la caridad deberás ga­narte a estos amigos tuyos. Ponte, pues, inmediatamente a hacerles una instrucción sobre la fealdad del pecado y sobre la belleza de la virtud.
Confuso y aturdido le repliqué que yo era un pobre niño ignorante; incapaz de hablar de religión a aquellos jovencitos. En aquel momento los muchachos cesaron en sus riñas, gritos y blasfemias, rodeando al que hablaba. Yo, sin saber lo que me decía, añadí:

—¿Quién es Usted que me manda cosas imposibles?
—Precisamente porque te parecen imposibles, debes hacerlas posibles con la obediencia y con la adquisición de la ciencia.
—¿Dónde y con qué medios podré adquirir la ciencia?
—Yo te daré la Maestra bajo cuya guía podrás llegar a ser sabio y con la cual toda ciencia es necedad.
—Pero ¿quién es Usted que me habla de esa manera?
—Yo soy el Hijo de Aquella a quien tu madre te ha enseñado a saludar tres veces al día.
—Mi madre me ha dicho que no me junte con quien no conoz­co sin su permiso; por eso, dime tu nombre.
—Mi nombre, pregúntaselo a mi Madre.
En aquel momento vi junto a Él, a una Señora de majestuoso aspec­to, vestida con un manto que resplandecía por todas partes como si cada punto de él fuese una fulgidísima estrella. Al verme cada vez más con­fuso en mis preguntas y respuestas, me indicó que me acercara a Ella; y tomándome de la mano bondadosamente:
—¡Mira! —Me dijo.
Observé a mi alrededor y me di cuenta de que todos aquellos ni­ños habían desaparecido y en su lugar vi una multitud de cabritos, perros, gatos, osos y otros animales diversos.
He aquí el campo en el que debes trabajar —continuó diciendo la Señora—. Hazte humilde, fuerte y robusto, y lo que veas en este momento que sucede a estos animales, tendrás tú que hacerlo con mis hijos.
Volví entonces a mirar y he aquí que, en lugar de los animales fero­ces aparecieron otros tantos corderillos que, retozando y balando, corrían a rodear a la Señora y al Señor como para festejarles.
Entonces, siempre en sueños, comencé a llorar y rogué a Aque­lla Señora que me explicase el significado de todo aquello, pues yo nada comprendía. Entonces Ella, poniéndome la mano sobre la cabe­za, me dijo:
—A su tiempo lo comprenderás todo.
Dicho esto, un ruido me despertó y todo desapareció.

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Yo quedé desconcertado. Me parecía que me dolían las ma­nos por los golpes que había dado y la cara por las bofetadas re­cibidas de aquéllos golfillos. Además, la presencia de Aquel Personaje y de Aquella Señora; las cosas dichas y oídas, me ab­sorbieron la mente de tal modo, que en toda la noche no me fue posible volver a conciliar el sueño. A la mañana siguiente conté inmediatamente el sueño, en primer lugar, a mis hermanos, que comenzaron a reír; después, a mi madre y a la abuela. Cada uno lo interpretó a su manera. Mi hermano José dijo:
Sin duda serás pastor de cabras, de ovejas y de otros ani­males.
Mi madre:

¡Quién sabe si algún día llegarás a ser sacerdote!
Antonio dijo con acento burlón:
Tal vez llegues a ser capitán de bandoleros.
Pero la abuela, que sabía mucha teología aunque era analfa­beta, dio la sentencia definitiva diciendo:
No hay que hacer caso de los sueños.
Yo era del parecer de la abuela; con todo, no me fue posible borrar de la mente aquel sueño.
Lo que expondré a continuación prestará alguna aclaración a lo que antecede. Nunca más volví a contar este sueño; mis pa­rientes no le dieron importancia; pero cuando en el año 1858 fui a Roma para tratar con el Papa Beato Pío IX de ¡a Congregación Salesiana, él Sumo Pontífice me hizo contarle minuciosamente todo aquello que tuviese, aunque sólo fuese apariencias de sobrena­tural. Entonces narré por primera vez el sueño que tuve a la edad de nueve años. El Papa me ordenó que lo consignase todo por escrito en su sentido literal y de forma detallada, para ma­yor estímulo de los hijos de la Congregación, en cuyo interés había yo realizado aquel viaje a Roma».
AMONESTACIÓN DEL CIELO
SUEÑO 2.—AÑO DE 1830.
(M. B. Tomo I, pág. 218.—M. O. Década 1 -4, págs. 43-44)
El presente sueño está solamente esbozado en las Memorias del Oratorio con estas palabras:

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«Por aquel tiempo tuve otro sueño, en el cual fui severamente amonestado, por haber puesto mi esperanza en los hombres y no en el Padre Celestial».

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Para comprender el significado de estas palabras, hemos de recordar un hecho decisivo de la niñez del soñador.
Era una tarde del año 1825; volvía Juan de Butigliera, alegre aldea próxima a Becchi. Había ido sólo con el piadoso fin de asistir a una Misión que allí se daba, para disponer a ¡os fieles a lucrar el Jubileo del Año Santo, concedido por León XII y exten­dido ya al orbe católico.
Su porte era grave y sereno; su compostura y recogimiento, llamaron poderosamente la atención de un sacerdote que le se­guía: Don José Calosso, capellán a la sazón de la aldea de Murialdo. El sacerdote, haciendo al niño señal de que se le acercara, le preguntó quién era, de dónde venía y por qué siendo de tan corta edad acudía a los sermones de la Misión, añadiendo:
Seguramente tu madre te habría hecho una plática mejor y más adecuada a tu edad y condición.
Juanito afirmó que, en efecto, las pláticas de su madre eran muy provechosas, pero que a él le agradaba oír a los misioneros; a los cuales entendía perfectamente, y para demostrarlo fue repi­tiendo al sacerdote, casi literalmente, los sermones oídos punto por punto.
Maravillado el virtuoso capellán de las dotes de ingenio del pequeño, le preguntó emocionado:

¿Te gustaría estudiar?
¡Mucho! replicó Juanito—. Pero no puedo.
¿Quién te lo impide?
—Mi hermano Antonio, pues dice que estudiar es perder el tiempo; que es mejor que me dedique a las faenas del campo.
¿Y tú, para qué querrías estudiar?
Para ¡legar a ser sacerdo­te.
¿Y para qué deseas ser sacerdote?
Para poder instruir a muchos de mis compañeros que no son malos, pero que llegarán a serlo si nadie se ocupa de ellos.
Don Calosso, conmovido ante semejante manera de razonar, tomó bajo su protección al niño, dándole clase durante ¡os in­viernos de 1827 y 1828.
Mas una mañana de otoño de 1830, mientras Juan se encon­traba en su aldea nativa visitando a su madre, recibe aviso de volver rápidamente a Murialdo, pues su buen maestro Don Calosso, atacado repentinamente de enfermedad mortal, le llama con urgencia. Voló Juan al lado de su bienhechor, al que encon­tró desgraciadamente en el lecho, perdido ya el uso de la pala­bra. El moribundo pudo reconocer al amado discípulo a quien hizo señal de aproximarse, y haciendo un esfuerzo supremo le consignó una llave que guardaba debajo de ¡a almohada, seña­lando a ¡a vez la mesa de su escritorio. El discípulo tomó la lla­ve, se arrodilló junto al lecho de su bienhechor y allí permaneció afligido y suplicante hasta que el maestro, el amigo de su alma hubo espirado, sin haber podido articular palabra.
Muerto Don Calosso, llegaron los sobrinos; Juan les entregó la llave recibida de su maestro diciendo:
Vuestro tío me entregó esta llave indicándome que no se la diera a nadie. Varias personas me aseguran que es mío cuanto bajo ella se contiene, pero Don Calosso nada me dijo expresa­mente. Prefiero mi pobreza a ser causa de disgustos. Ellos toma­ron la llave y cuanto bajo ella había.
La muerte del bienhechor fue un verdadero desastre para Juan. Amaba a Don Calosso tiernamente. Su recuerdo quedó grabado para siempre en su alma, dejando consignados estos sentimientos en sus Memorias con estas palabras:
«Siempre he rogado a Dios por este bienhechor mío, y, mien­tras viva, no dejaré de rezar por él».
Conocido este episodio y el estado de ánimo del joven estu­diante, es fácil comprender el significado y alcance de este sueño.
MIRANDO HACIA EL PORVENIR
SUEÑO 3.—AÑO DE 1831.
(M. B. Tomo I, págs. 243-244.—M. O. Década 1, pág. 4.)
Estando Juan como estudiante en Castelnuovo, entabló rela­ciones amistosas con un joven llamado José Turco, que lo puso en contacto con su familia. Esta poseía una viña situada en un paraje denominado Renenta, próximo a la aldehuela de Susambrino. A dicha viña solíase retirar Juan con frecuencia, por ser lugar apartado del camino que atravesaba el valle y, por tanto, más tranquilo. Desde un altozano podía darse cuenta de quién entraba en la viña de los Turco, y, sin ser visto, defendía las uvas contra cualquier agresión, sin dejar por eso los libros de ¡a mano.
El padre de José Turco, que profesaba gran estima al amigo de su hijo, encontrándose en cierta ocasión con Juan, le dijo mientras le ponía una mano sobre la cabeza:
Animo, Juanito, sé bueno y estudioso y verás cómo la Vir­gen te protege.
En Ella he puesto toda mi confianza replicó el muchacho— ; pero me asaltan frecuentes dudas. Desearía seguir los cursos de latín y hacerme sacerdote, pero mi madre no tiene medios para ayudarme.
No temas, muchacho, ya verás cómo el Señor te allana el camino.
—Así lo espero concluyó Juan—. Y despidiéndose de su interlocutor fue a ocupar su puesto, en actitud pensativa, mien­tras iba repitiendo:
¿Quién sabe si...?
Mas he aquí que algunos días después, el señor Turco y su hijito vieron a Juan atravesar la viña y venir alegre y presuroso al encuentro de ambos dando visibles muestras de satisfacción.
¿Qué novedades hay?, preguntóle el propietario—; pues estás tan alegre, siendo así que hace algunos días te mostrabas tan preocupado.
¡Buenas noticias! ¡Buenas noticias!, exclamó Juan—.

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Esta noche he tenido un sueño, según el cual continuaré mis estudios, llegaré a ser sacerdote y me pondré al frente de numero­sos niños, dedicándome a la educación de los mismos durante toda la vida.

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Así que todo está arreglado y pronto seré sacerdote.
Pero, eso no es más que un sueño observó el señor Tur­co— y ya sabes que del dicho al hecho hay un gran trecho.
¡Oh! Lo demás nada me interesa. Sí; concluyó Juan—, seré sacerdote; me pondré al frente de muchísimos jovencitos, a ¡os que haré mucho bien.
Y así diciendo, muy contento, se dirigió a ocupar su puesto de vi­gía.
A ¡a mañana siguiente, a¡ regresar de ¡a parroquia, donde había estado oyendo Misa, fue a visitar a ¡a familia de Turco; y la señora Lucía, llamando a sus hermanos, con los cuales Juan solía hablar frecuentemente, preguntó al muchacho sobre el motivo de la alegría que se le reflejaba en el semblante. Juan entonces aseguró a sus oyentes que había tenido un hermoso sueño. Como le pidiesen que lo contase dijo:

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Que había visto venir hacia sí a una majestuosa Señora que con­ducía un rebaño numerosísimo y que acercándosele y llamándole por su nombre, le había dicho:
—Juanito, aquí tienes este rebaño; a tus cuidados lo confío.
—¿Y cómo haré yo para guardar y cuidar tantas ovejas y tantos corderillos? ¿Dónde encontraré pastos suficientes?

La Señora le respondió:

—No temas; yo estaré contigo.

Y desapareció.

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Don Juan Bautista Lemoyne, biógrafo de San Juan Bosco, escribe en las Memorias: «Esta narración la oímos de labios del señor Turco y está perfectamente de acuerdo con la siguiente de­claración consignada por Don Bosco en las Memorias del Orato­rio:
«A los dieciséis años tuve otro sueño».
Y concluye don Lemoyne: «Tengo la seguridad de que supo y vio muchas cosas de las narradas por él y que conservaba en su corazón como premio de su perseverante confianza. En efecto: la asistencia que la Madre Celestial le prodigó en este mismo año, hubo de hacerse muy sensible».
EL TEMA MENSUAL
SUEÑO 4.—AÑO DE 1831.
(M. B. Tomo I, pág. 253)
Durante sus cuatro años de estudiante en Chieri, Juan dio muestras de que, además de su prodigiosa memoria y de su ingenio, ayudaba le en sus estudios alguna otra secreta virtud. Tal es la opinión de muchos de sus antiguos condiscípulos que dieron fe del hecho siguiente:

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Una noche soñó que el profesor había señalado el tema para determinar los puestos de mérito de la clase y que él estaba haciéndolo.

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Apenas se despertó, saltó del lecho y escribió el trabajo seña­lado, que era un dictado en lengua latina; después, comenzó a traducirlo, haciéndose ayudar de un sacerdote amigo suyo. A la mañana siguiente el profesor dictó el tema en la clase para seña­lar el orden de mérito entre los alumnos, trabajo que era precisa­mente el mismo con que Juan había soñado; de forma que, sin necesidad del diccionario y en muy breve tiempo, lo escribió inmediatamente tal como recordaba haberlo hecho en el sueño, con las oportunas correcciones que le hiciera el amigo, consi­guiendo un completo éxito. Interrogado por el maestro, expuso ingenuamente lo sucedido, causando en éste verdadera admiración.
En otra ocasión Juan entregó la página de su trabajo tan pronto, que al profesor no le parecía posible que hubiese podi­do superar, en tan breve tiempo, tantas, dificultades de orden gramatical; por eso leyó atentamente el tema que Juan le había entregado. Dudando del origen de aquel trabajo, le pidió que le presentase el borrador. Juan obedeció causando nuevo estu­por en el profesor. Este había preparado el tema la tarde ante­rior y como lo considerase demasiado largo, había dictado a los alumnos solamente la mitad. En el cuaderno de Juan lo encontra completo; ni una sílaba más, ni una sílaba menos. ¿Cómo se podía explicar aquel fenómeno? No era posible que en tan poco tiempo el alumno hubiese copiado el original, ni que hubie­se penetrado en su habitación, pues ¡a pensión en que se hospe­daba Juan estaba muy lejos de la casa del profesor. ¿Por tanto? Bosco puso las cosas en claro:
He tenido un sueño en el que vi el tema.
Por éste y por otros acontecimientos semejantes, los compa­ñeros de la pensión le llamaban el soñador.
ENFERMEDAD DE ANTONIO BOSCO
SUEÑO 5.—AÑO DE 1832.
(M. B. Tomo I, pág. 269)
En una ocasión Don Bosco soñó que su hermano Antonio, mientras hacía el pan en casa de la señora Damevino, próxima a la suya, fue asaltado por la fiebre, y que habiéndolo encontrado en el camino y al preguntarle sobre el particular, le había dicho:
—Hace un momento ha comenzado a darme fiebre; no puedo mantenerme en pie. Tendré que irme a la cama.

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Al día siguiente contó este sueño a sus compañeros, que ex­clamaron:
Puedes tener la seguridad de que ha sucedido como nos has referido.
Y así fue, en efecto. En la tarde siguiente llegó a Chieri el hermano José, al cual preguntó Juan inmediatamente:
¿Y Antonio, está mejor?
José, maravillado de aquella pregunta, replicó:
Pero ¿sabías que estaba enfermo?
—Sí, que lo sabía contestó Juan.
Creo que no es cosa de importancia continuó José—. Ayer comenzó a darle un poco de fiebre mientras hacía el pan en casa de ¡a señora Damevino; pero ya está mejor.
Sin dar gran importancia a este sueño, haremos notar cómo en él el Santo de Dios pone de manifiesto los sentimientos más íntimos de su corazón; más adelante dio nuevas pruebas intere­sándose por la familia de su hermanastro, apenas tuvo oportuni­dad de hacerlo, según atestigua Don Rúa.
SOBRE LA ELECCIÓN DE ESTADO
SUEÑO 6.—AÑO DE 1834.
(M. B. Tomo I, págs. 301-302. —M. O. Década 1,14; págs. 79-81)
Se acercaba el final del Curso de humanidades 1833-34, épo­ca en la que los estudiantes que terminan dichos estudios suelen deliberar sobre el rumbo de su vocación.
«El sueño de Murialdo escribe Don Bosco en sus Memo­riasperduraba grabado en mi mente, de tal manera que la visión del mismo se renovaba en mí, cada vez con mayor claridad. Por tanto, si quería prestarle fe, debía elegir el estado eclesiástico, al cual sentía verdadera inclinación; mas al encontrarme falto de las virtudes necesarias, mi decisión se hacía difícil y dudosa. ¡Oh, si hubiese tenido entonces un guía que se cuidase de mi vocación! Dispo­nía de un confesor que quería hacer de mí un buen cristiano, pero quejamos quiso mezclarse en los asuntos de mi vocación.
Consultando conmigo mismo y después de leer algún libro que trataba sobre la elección de estado, me decidí a entrar en la Orden Franciscana. Si me hago clérigo secular me decía a mí mismomi vocación corre grande riesgo de naufragio. Abrazaré el estado religioso, renunciaré al mundo, entraré en un claustro, me entregaré al estudio, a la meditación y en el retiro podré com­batir las pasiones, especialmente la soberbia, que había echado hondas raíces en mi corazón. Hice, por tanto, la petición al Convento de Reformados; sufrí examen; fui aceptado, quedando todo preparado para mi ingreso en el Convento de La Paz, en Chieri.
Pocos días antes de la fecha establecida para mi entrada, tuve un sueño de lo más extraño».

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Me pareció ver una multitud de religiosos de dicha Orden con los hábitos sucios y desgarrados, corriendo en sentido contrario unos de otros. Uno de ellos se acercó a mí para decirme:
—Tú buscas la paz y aquí no encontraras la paz. Ya ves la situación de tus hermanos. Dios te tiene preparado otro lugar y otra mies.
Quise hacer algunas preguntas a aquel religioso, pero un ruido me despertó y no volví a ver cosa alguna.
Lo expuse todo a mi director que no quiso oír hablar ni de sue­ños ni de frailes:

—En este asunto —me dijo— es necesario que cada uno siga sus inclinaciones y no los consejos de los demás.

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Tal es la traducción del texto de las Memorias de Don Bosco.
Don Lemovne se expresa en estos términos en las Memorias Biográficas al relatar el mismo sueño:
«Aproximándose la fiesta de Pascua, cuenta el mismo Don Bosco, que en aquel año de 1834 cayó en 30 de marzo, hice la petición para ser admitido entre los Franciscanos Reformados. Mientras aguardaba la respuesta y sin haber manifestado a nadie mis propósitos, he aquí que un buen día se me presenta un com­pañero llamado Eugenio Meco, con el cual tenía poca familiari­dad y me pregunta:
¿Qué, has decidido hacerte franciscano?
Lo miré maravillado y le dije:
¿Quién te ha dicho eso?
Y enseñándome una carta, replicó:
Me comunican que te aguardan en Turín para rendir exa­men juntamente conmigo, pues yo también he decidido abrazar el estado religioso en esta Orden.
Fui pues, al Convento de Santa María de los Ángeles, de Tu­rín; hice el examen y fui aceptado para la mitad de abril, que­dando todo preparado para ingresar en el Convento de La Paz, de Chieri. Pero poco antes de la fecha señalada para mi ingreso en dicho Convento, tuve un sueño de lo más extraño».

Y a continuación sigue el relato del mismo tal y como lo he­mos consignado anteriormente, traducido de las Memorias per­sonales de Don Bosco.
Los Padres Franciscanos conservan un certificado relaciona­do con este hecho que dice así:

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«Anno 1834 receptus fuit in conventu S. Mariae Angelorum Ord. Reformat. S. Francisci, juvenis Joannes Bosco, a Castronovo, natus die 17 augusti 1815, baptizatus, et confirmatus. Habet requisita et vota omnia.Die 18 aprilis.
Ex libro II, in quo describuntur juvenes postulantes ad Ordinem acceptati et aprobati ab anno 1638 ad annum 1838. Padre Constantino de Valcamonica».
SACERDOTE Y SASTRE
SUEÑO 7.—AÑO DE 1836.
(M. B. Tomo I, págs. 381-382)
Mientras se entregaba al ejercicio de las más sólidas virtudes y a los estudios de la filosofía, Juan sentía crecer siempre más y más en su corazón el deseo de dedicarse a los jóvenes que acudían a su alrededor para aprender el Catecismo y ejercitarse en la oración; aprovechando para ello las ocasiones en que los superiores lo en­viaban a la Catedral para intervenir en las funciones religiosas.
La divina bondad, que tenía los ojos puestos en él con amoro­sos designios, comenzó a manifestarle en forma más detallada el género de apostolado que había de ejercer en medio de la juventud.

Así ¡o hizo saber él mismo en el Oratorio, en forma reserva­da, a algunos de los suyos, entre los que se encontraban Don Juan Turchi y Don Domingo Ruffino.

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—¿Quién iba a imaginar —decía— la manera cómo me vi cuan­do estudiaba el primer curso de filosofía?
Y uno de los presentes le preguntó:
—¿Dónde, en sueño o en la realidad?
—Eso no hace al caso—replicó Don Bosco.
Lo cierto es que me vi ya sacerdote, con roquete y estola y qué así revestido trabajaba en un taller de sastrería; pero, no haciendo prendas nuevas, sino zurciendo algunas ropas muy deterioradas y uniendo entre sí una gran cantidad de pequeñas piezas de paño. De momento no pude comprender el significado de todo aquello, ni dije nada a nadie de cuanto había visto, hasta que siendo ya sacerdote se lo conté a mi consejero Don Cafasso.

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Este sueño escribe Don Lemoynequedó indeleble en la mente de Don Bosco. Con él se le quiso significar que su misión no se limitaría simplemente a seleccionar jóvenes virtuosos ayu­dándoles a conservarse en la virtud, sino que también habría de reunir a su alrededor a otros jovencitos descarriados y amenaza­dos por los peligros del mundo, los cuales, merced a sus cuida­dos se trocarían en buenos cristianos, cooperando ellos, después, a la reforma de la sociedad.
EL SUEÑO A LOS VEINTIÚN AÑOS
SUEÑO 8.—AÑO DE 1831.

(M. B. Tomo I. págs. 423-425)
Hasta llegar al sacerdocio, el clérigo Bosco solía subir todos los días a la colina que dominaba la viña propiedad del señor Turco, pa­sando muchas horas a la sombra de los árboles que la coronaban.
En dicho lugar se dedicaba a estudiar las materias que no ha­bía podido ver durante el año escolástico; especialmente la His­toria del Antiguo y del Nuevo Testamento de Calmet, la Geografía de los Santos Lugares y los rudimentos de la lengua hebrea, consiguiendo notables conocimientos sobre cada una de estas disciplinas.
Aún en el 1884 se recordaba de los estudios hechos sobre di­cha lengua y así lo oímos en Roma, con gran estupor, discutir so­bre esta materia con un sacerdote profesor de hebreo y hablar sobre el valor gramatical y el significado de ciertas frases de los Profetas, confrontando varios textos paralelos de diversos libros de la Biblia. Ocupábase también de la traducción del Nuevo Tes­tamento del griego y de preparar algunos sermones. Previendo la necesidad que tendría en el futuro de las lenguas modernas, se dio en este tiempo al estudio de la lengua francesa. Después del latín y del italiano, profesó una predilección especial a los idiomas hebreo, griego y francés. Muchas veces le oímos decir:
Mis estudios los hice en la viña de José Turco, en la Renenta.
Y la finalidad que perseguía al estudiar, era hacerse digno de su vocación, capacitándose para instruir y educar a la juventud.

En efecto, como un día se acercase a José Turco, con el cual le unía una estrecha amistad, mientras trabajaba en la viña, éste comenzó a decirle:
Ahora eres clérigo y pronto serás sacerdote. ¿Que harás entonces?
Juan le contestó:
No siento inclinación hacia el cargo de párroco o de vicario-coadjutor; en cambio me gustaría congregar a mí alrededor a mu­chos jovencitos abandonados para instruirlos y educarlos cristianamente.

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Habiéndose encontrado otro día con el mismo, Juan le confió que había tenido un sueño en el cual se le indicaba que al correr de los años se establecería en cierto lugar, donde recogería un gran nú­mero de jovencitos para instruirlos y orientarlos por el camino de la salvación. Nada dijo del sitio que le había sido indicado, pero parece ser que aludiese a cuanto contó por primera vez a sus hijos del Ora­torio en el año de 1858, entre los cuales se hallaban presentes Cagliero, Rúa, Francesia y otros. Le pareció ver el valle que se extendía al pie de la granja de Susambrino convertido en una gran ciudad, por cuyas calles y plazas discurrían grupos de muchachos al­borotando, jugando y blasfemando.
Como sentía un gran horror a la blasfemia y estaba dotado de un carácter un poco vivo e impetuoso, se acercó a aquellos mucha­chos echándoles en cara su proceder y amenazándoles con pasar a los hechos si no cesaban de proferir blasfemias. Y como en efecto, aquellos jovenzuelos prosiguiesen en sus insultos contra Dios y con­tra la Santísima Virgen, Juan comenzó a golpearlos. Más ellos reac­cionaron y arrojándose sobre él lo abrumaron a pescozones y puñetazos. Juan entonces se dio a la fuga; pero al punto le salió al encuentro un Personaje, que le intimó a que se detuviese, ordenán­dole que volviese entre aquellos rapazuelos y les persuadiese de que fuesen buenos y evitasen el mal. Hizo después referencia a los golpes que había recibido, objetando que si volvía entre aquellos mu­chachos tal vez le sucediera algo peor. Entonces el Personaje le pre­sentó a una nobilísima Señora, que en aquellos momentos se acercaba hacia ellos, y le dijo:
—Esta es mi Madre; aconséjate con Ella.
La Señora, fijando en él una mirada llena de bondad, le habló así:
—Si quieres ganarte a esos rapazuelos, no debes hacerles frente con los golpes, sino que los has de tratar con dulzura y has de usar de la persuasión.
Y entonces, como en el primer sueño vio a los jóvenes trasformados en fieras y después en ovejas y corderillos, al frente de los cuales se, puso como pastor por encargo de aquella Señora.

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Este sueño tuvo lugar en las vacaciones del 1838, cuando Juan acababa de terminar el primer curso de Teología; contaba, pues, entonces Don Bosco, veintiún años, por eso a este sueño se le conoce con el nombre de "El sueño de los veintiún años", no siendo otra cosa que ¡a confirmación del que había tenido a los nueve años. Manifestándole así la Providencia de una mane­ra superabundante la finalidad y el carácter de su futura misión.

Don Lemoyne, después de hacer el relato del sueño, añade estas palabras: "Probablemente fue en esta ocasión cuando Don Bosco vio el Oratorio con todas sus dependencias, preparadas para acoger a sus muchachos.
En efecto: Don Bosio, natural de Castagnole, párroco de Levone Canavés, compañero de Don Bosco en el Seminario de Chieri, habiendo visitado por primera vez el Oratorio en 1890, al llegar al patio central del Oratorio y estando rodeado de los miembros del Capítulo Superior de la Pía Sociedad de San Fran­cisco de Sales, girando la vista a su alrededor y observando el conjunto de los edificios, exclamó:
"De todo esto que ahora estoy viendo, nada me resulta nue­vo. Don Bosco, cuando estábamos en el Seminario me lo descri­bió todo, como si estuviese viendo con sus propios ojos cuanto describía y como yo lo estoy viendo ahora, comprobando al mismo tiempo la exactitud de sus palabras». Y al decir esto se sintió presa de una profunda emoción al recordar al compañero y al amigo.
También el teólogo Cinzano aseguraba a Don Joaquín Berto y a otros sacerdotes, que el joven Bosco le había asegurado, ple­namente convencido de ello, que en el porvenir tendría a su dis­posición numerosos sacerdotes, clérigos, jóvenes estudiantes y artesanos y una hermosa banda de música.
He aquí las palabras con que cierra Don Lemoyne el Capítulo XLVII del primer tomo de las Memorias Biográficas:

"Al llegar aquí no podemos por menos de echar una mirada retrospectiva al progresivo y racional sucederse de los varios y sorprendentes sueños. A los nueve años se le da a conocer la grandio­sa misión que le será confiada; a los dieciséis se le prometen los medios materiales, indispensables para albergar y alimentar a innu­merables jovencitos; a los diecinueve, una orden imperiosa le hace saber que no es libre de aceptar o rechazar la misión que se le enco­mienda; a los veintiuno se le manifiesta claramente la clase de jóve­nes de cuyo bien espiritual deberá cuidarse; a ¡os veintidós se le señala una gran ciudad, Turín, en la cual deberá iniciar sus apostó­licas tareas y sus funciones. No finalizando aquí estas misteriosas indicaciones, sino que continuarán de una manera intermitente hasta que la obra de Dios quede establecida".
LA PASTORCILLA Y EL REBANO
SUEÑO 9.—AÑO DE 1844.
(Tomo II, págs. 243-245. —M. O. Déc. II, págs. 134-136)
Cuenta Don Bosco en sus Memorias:
«El segundo domingo de octubre de aquel año de 1884, tenía que comunicar a mis muchachos que el Oratorio había de ser trasladado a Valdocco. Pero la incertidumbre del lugar, de las personas, de los medios con que había de contar me tenían gran­demente preocupado. La noche precedente fui a descansar con el corazón lleno de inquietud. Durante toda ella tuve un sueño que me pareció como un apéndice del que tuve por primera vez en Becchi cuando apenas contaba nueve años.
Mi deseo es exponerlo aquí literalmente».
«Soñé que me encontraba en medio de una gran cantidad de lo­bos, de cabras, cabritos, corderos, ovejas, cameros, pájaros, pe­rros... Todos al mismo tiempo hacían un ruido, un estrépito, o mejor dicho, un estruendo diabólico, capaz de infundir espanto al más animoso. Yo quise huir, cuando una Señora, admirablemente vestida de pastorcilla, me indicó que siguiese y acompañase a aque­lla extraña grey, mientras Ella iba delante. Anduvimos vagando de un lugar a otro: hicimos tres estaciones o paradas; en cada una de ellas muchos de aquellos animales se trocaban en corderos, cuyo número iba progresivamente en aumento. Después de haber cami­nado mucho, me encontré en un prado, en el que aquellas bestezuelas comenzaron a triscar y a comer al mismo tiempo, sin que las unas molestasen a las otras.
Abrumado por el cansancio, quise sentarme al borde de un camino cercano, pero la Pastorcilla me invitó a que prosiguiese adelante. Des­pués de recorrer un breve espacio de terreno, me encontré en un am­plio patio con un pórtico alrededor, en cuyo extremo había una iglesia. Entonces me di cuenta de que las cuatro quintas partes de aquellos ani­males se habían convertido en corderos. Su número se había hecho grandísimo. En aquel momento llegaron algunos pastorcillos para cus­todiarlos, pero después de detenerse un poco, se marcharon. Después sucedió algo maravilloso. Muchos corderos se trocaban en pastores, que, al crecer en número, cuidaban de los demás. Al aumentar tan considerablemente el número de los pastores, se dividieron en grupos y marcharon a diversos lugares, para reunir á otros animales extraños y guiarlos a distintos rediles.
Yo quise marcharme porque me parecía que era la hora de cele­brar la Santa Misa, pero la Pastorcilla me invitó a dirigir la mirada al mediodía. Entonces vi un campo sembrado de maíz, patatas, repo­llos, remolachas, lechugas y otras hortalizas.
—Mira otra vez, —me dijo la Pastorcilla.
Y al dirigir mi vista a aquel mismo lugar, vi una magnífica iglesia.
Una orquesta y una banda de música instrumental y una agrupa­ción coral me invitaron a cantar la Misa. En el interior de aquella iglesia se veía una franja blanca, en la cual se leía escrito con carac­teres cubitales: Hic domus mea, inde gloria mea.
Continuando el sueño, quise preguntar a la Pastora dónde me encontraba; qué significaban aquella caminata, las paradas, la casa, la primera iglesia y la segunda.
—Todo lo comprenderás —me dijo— cuando con los ojos mate­riales veas cuanto has podido apreciar con los ojos de la mente.
Pero, pareciéndome que estaba despierto, dije:
—Yo lo veo todo claramente con mis ojos materiales; sé adonde voy y lo que hago.
En aquel momento sonó la campana del Ángelus de la iglesia de San Francisco de Asís y me desperté.

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Este sueño me ocupó casi toda la noche; vi durante él otros mu­chos detalles. Entonces comprendí poco de su significado, pues, des­confiando de mí daba poco crédito a cuanto había visto; pero todo ¡o fui comprendiendo cuando se impuso la realidad de los hechos.

Las tres paradas indicadas en este sueño representan el tras­lado del Oratorio al Refugio de la Marquesa Barolo, donde se instaló la primera capilla dedicada a San Francisco de Sales; la marcha de este lugar a San Martín de los Molinos Dora y, por últi­mo, la ida a la Casa Moretta, alquilada por San Juan Bosco en noviem­bre del 1845 y ocupada hasta la primavera del año siguiente.
El patio con sus pórticos y con la iglesia que vio en el sueño, son los del Oratorio instalado ya definitivamente en el cobertizo Pinardi; nos referirnos a la primera iglesia contemplada en la visión.
La segunda iglesia, a laque califica de magnífica, no es otra que lá de San Francisco de Sales, consagrada el 20 de junio de 1852.
La frase latina que aparece en el sueño, fue vista por San Juan Bosco en tres ocasiones y formas distintas.
La primera en la "magnífica iglesia" del sueño que acabamos de narrar en la que pudo ver escrito en caracteres cubitales «HlC DOMUS MEA, INDE GLORIA MEA». La segunda vez le pareció contem­plar un mote parecido en la Capilla Pinardi: «HAEC EST DOMUS MEA, INDE GLORIA MEA». La tercera vez leyó en la fachada de una casa capaz para dar acogida a varios centenares de jovencitos, casa que aún no existía: «HlC NOMEN MEUM, HINC INDE EXIBIT GLO­RIA MEA».
EL PORVENIR DEL ORATORIO
SUEÑO 10.--- AÑO DE 1845.
(M. B. Tomo II, págs. 298-300)

Al presente sueño se le conoce también con el título de "El sueño de ¡a cinta mágica". He aquí el texto del mismo tal como nos lo ofre­cen las Memorias Biográficas en el tomo y página anteriormente cita­dos:

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Pareció encontrarme en una gran llanura ocupada por una in­mensa multitud de jóvenes. Unos reñían entre sí, otros blasfemaban.
Acá se robaba, allá se ofendían las buenas costumbres. Una nube de piedras surcaba los aires, lanzadas por los que hacían gue­rrillas los unos contra los otros. Eran, pues, jóvenes corrompidos, abandonados por sus padres. Yo estaba para alejarme de aquel lu­gar cuando vi junto a mí a una Señora que me dijo:
—Ponte en medio de esos jóvenes y trabaja.
Yo obedecí, pero ¿qué hacer? No había local alguno para acogerlos; deseaba hacerles un poco de bien y me dirigí a algunas personas que me contemplaban desde lejos y que me habrían podi­do ayudar muy eficazmente; pero nadie me hacía caso, ni me quería socorrer. Entonces me dirigí a aquella Matrona, la cual me dijo:
—Aquí tienes el local, —y me señaló un prado.
—Pero, esto no es más que un prado —observé yo.

Ella me respondió:
—Mi Hijo y los Apóstoles no tuvieron un palmo de terreno don­de reclinar la cabeza.
Comencé, pues, a trabajar en aquel prado, amonestando, predicando, confesando, pero comprobé que con la mayor parte de aquellos jóvenes mis esfuerzos eran inútiles si no encontraba un lu­gar cerrado y algunos edificios para albergarlos; sobre todo para los que habían sido abandonados por sus padres y repudiados y despreciados por la sociedad. Entonces aquella Señora me condujo un poco más hacia el septentrión y me dijo:
—¡Mira!
Y al dirigir mi vista hacia el lugar indicado, vi una iglesia peque­ña y baja, un trozo de patio y muchos jóvenes. Recomencé mi la­bor. Pero como la iglesia era insuficiente, recurrí de nuevo a la Señora y Ella me hizo ver un templo mayor y junto a él una casa. Después, llevándome hacia un lado, a un trozo de terreno cultivado, casi frente a la fachada de la segunda iglesia, añadió:
—En este lugar, donde los Santos Mártires de Turín, Aventor y Octavio sufrieron el martirio, sobre esta tierra bañada y santificada ron su sangre, deseo que Dios sea honrado de un modo especialísimo.
Y al decir esto, adelantó un pie señalando el lugar donde dichos santos fueron martirizados, indicándomelo con toda precisión. Yo quise colocar alguna señal para recordarlo cuando volviese a aquel lugar, pero no encontré nada a mi alrededor; ni un palo, ni una pie­dra; con todo, se me quedó fijo en la memoria con toda precisión. Corresponde dicho lugar exactamente al ángulo interno de la capilla de los Santos Mártires, antes de Santa Ana, situada al lado del Evangelio en la iglesia de María Auxiliadora.
Entretanto me vi rodeado de un número cada vez más creciente de jovencitos; pero dirigiendo la mirada a aquella Señora, aumenta­ban también los medios y el local. Vi después una grandísima igle­sia, precisamente en el lugar en que me había dicho haber sufrido el martirio los santos de la Legión Tebea y alrededor de ella numero­sos edificios y un monumento en el centro.
Mientras sucedían estas cosas, yo siempre en sueños, vi que me ayudaban en mi labor algunos sacerdotes y clérigos, que después de es­tar conmigo algún tiempo, me abandonaban. Yo procuraba con gran empeño atraérmelos, pero ellos poco a poco se marchaban dejándome solo.
Entonces me dirigí a la Señora nuevamente, la cual me dijo:
—¿Quieres saber lo que has de hacer para que no te abando­nen? Toma esta cinta y átales con ella la frente.
Tomé con toda reverencia una cinta blanca de la mano de la Se­ñora y vi que en ella estaba escrita esta palabra: OBEDIENCIA.
Probé a hacer inmediatamente lo que Ella me había indicado y co­mencé a atar la cabeza de mis auxiliares voluntarios con la cinta, com­probando que se producía seguidamente un efecto maravilloso; efecto que iba en aumento mientras yo continuaba entregado a la misión que me había sido señalada, pues aquellos sacerdotes y clérigos desechaban el pensamiento de marcharse a otra parte, quedándose conmigo ayudándome en mi labor. Así quedó constituida la Congregación.
Vi también otras muchas cosas que no es del caso relatar en es­tos momentos; baste decir que desde entonces proseguí la ruta emprendida con seguridad, ya respecto al Oratorio, ya respecto a la Congregación; bien sobre la manera de conducirme en mis relacio­nes con las personas externas revestidas de alguna autoridad. Las grandes dificultades que sobrevendrán están todas previstas y conoz­co los medios que he de emplear para superarlas. He visto detalla­damente cuanto nos sucederá y prosigo adelante a plena luz. Después de haber contemplado iglesias, casas, patios, jóvenes en gran número, clérigos y sacerdotes que me ayudaban y la manera de llevarlo todo adelante, comencé a dar a conocer a algunos ciertas cosas como si ya existiesen, por eso muchos llegaron a creer que yo había perdido la cabeza.
Uno de los detalles que más llama la atención en este sueño es el relacionado con el lugar indicado por la Santísima Virgen como escenario del martirio de ¡os Santos Adventor y Octavio. Nuestra Señora no menciona a Solutor, porque parece ser que este santo mártir al ser herido por una lanza logró escapar, yendo después a morir a Ivrea.
Sobre esta circunstancia de la designación del sitio preciso en que sufrieron el martirio Adventor y Octavio, San Juan Bosco dejó consignado lo siguiente: «Jamás quise contar este sueño a nadie y mucho menos dar a conocer mi fundada opinión sobre el lugar exacto del glorioso martirio de Adventor y Octavio».
«Más tarde, en 1865, sugerí al Canónigo Gastaldi la idea de que escribiese las vidas de los tres santos mártires de la Legión Tebea e hiciese indagaciones para encontrar el lugar preciso de su martirio, sirviéndose de los datos suministrados por la historia, la tradición y la topografía. El docto eclesiástico aceptó la idea; redactó y dio a la imprenta unas memorias sobre el martirio de los intrépidos confe­sores de la fe, sacando como conclusión de su documentado estu­dio que se ignoraba el lugar preciso del mismo, pero que se sabía con toda certeza que se habían refugiado fuera de la ciudad, cerca del río Dora y que fueron descubiertos y sacrificados por sus perse­guidores en las proximidades del lugar en que se habían escondido.
El gran trecho existente entre los muros de la ciudad y el río Dora, hacia el occidente del barrio de este nombre, fue conocido en la antigüedad con la denominación latina de Vallis
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