Prólogo






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Corto la despertó al darle hocicadas, y ella detectó al instante que no se hallaba sola, pues oyó una voz masculina de barítono, muy cerca, muy queda. —Combato a estos saqueadores y contrabandistas porque se oponen a la autoridad del rey, mas ¿qué derecho a gobernar tenemos en realidad? —Me asustas cuando hablas así. —Era Roen la que hablaba ahora, y Fuego se pegó contra la puerta de la cuadra de Corto. —¿Qué hizo el rey en treinta años para merecer lealtad? —Brigan... —Comprendo mejor las motivaciones de algunos de nuestros enemigos que las mías propias. —Brigan, es el cansancio lo que te hace hablar así. Sabes que tu hermano es justo e imparcial, y gracias a tu influencia, lo está haciendo bien. —Pero manifiesta algunas de las tendencias de nuestro padre. —Bien, pues, ¿qué piensas hacer? ¿Permitir que asaltantes y contrabandistas se salgan con la suya? ¿O tal vez dejar el reino en manos de lord Mydogg y de su pendenciera hermana, o en manos de lord Gentian? Preservar el reinado de Nash es la mejor esperanza para Los Vals. Por otro lado, si rompes con él provocarás una guerra civil a cuatro bandas: tú, Nash, Mydogg y Gentian. Me aterra pensar quién saldría vencedor, porque no serías tú, teniendo en cuenta que la lealtad de la Mesnada Real estaría dividida entre tu hermano y tú. Fuego no tendría que estar escuchando aquella conversación bajo ningún concepto, por nada del mundo; lo comprendió perfectamente, pero era imposible evitarlo porque dar a conocer su presencia habría sido desastroso. De modo que se quedó muy quieta, casi sin respirar, y a su pesar escuchó con atención, pues el hecho de que la duda alentara en el corazón del comandante del rey era sorprendente. Brigan habló entonces en tono apacible, suave, contemporizador: —Exageras, madre. Jamás rompería con mi hermano, tú lo sabes. Y también sabes que no deseo la corona. —A vueltas con lo mismo, aunque esa posición tuya no me tranquiliza nada, porque si mataran a Nash, tendrías que ser rey. —Los gemelos son mayores que yo. —Esta noche te muestras obtuso de forma deliberada, ¿verdad? Garan está enfermo, Clara es mujer, y ambos son ilegítimos. En los tiempos en que vivimos, Los Vals no superarían las dificultades sin un soberano apropiado para el cargo. —Yo no lo soy. —Con veintidós años estás al mando de la Mesnada Real y lo haces tan bien como Brocker. Tus soldados se arrojarían sobre su propia espada por ti. Eres más que apropiado. —De acuerdo, pero quiera el cielo que nunca me llamen rey. —Hubo un tiempo en que esperabas no tener que ser soldado nunca. —No me lo recuerdes —dijo, hastiado—. Mi vida es una continua disculpa a causa de la vida que llevó mi padre. Hubo un largo silencio en el que Fuego contuvo la respiración: una vida que era una disculpa a causa de la vida que llevó su padre... Qué bien entendía ese planteamiento, más allá de las palabras y del razonamiento; lo captaba igual que la música. A todo esto, Corto se rebulló y asomó la cabeza por encima de la puertecilla de la cuadra para examinar a los visitantes que hablaban en voz baja. —Prométeme que cumplirás con tu deber, Briganval —exigió Roen, que utilizó a propósito el nombre principesco de su hijo. En la voz del comandante hubo un cambio; se notaba que se reía entre dientes: —Me he convertido en un guerrero tan sensacional que crees que recorro las montañas ensartando a la gente con mi espada porque disfruto haciéndolo. —Cuando hablas así, no sé por qué te extraña que me preocupe. —Cumpliré con mi deber, madre, como lo he hecho toda mi vida. —Nash y tú haréis de Los Vals un reino merecedor de ser defendido. Tú restablecerás el orden y la justicia que Nax y Cansrel destruyeron con su negligencia. —No me gusta esa monstruo —manifestó él de pronto, de cuya voz había desaparecido todo rastro de humor. —Nashval no es Naxval, y Fuego tampoco es su padre —argumentó Roen, enternecida. —No, es peor, porque se trata de una mujer. Y no creo que Nash sea capaz de resistírsele. —Brigan —le espetó su madre con firmeza—, Fuego no tiene interés alguno en Nash, ella no seduce hombres para subyugarlos. —Confío en que tengas razón, madre, porque, por muy buena opinión que tengas de ella, le partiré el cuello si es como Cansrel. Fuego se incrustó en el rincón de la cuadra; estaba acostumbrada a ser odiada, pero a pesar de todo era una sensación que siempre la dejaba fría y cansada. El simple pensamiento acerca de las defensas que tendría que levantar contra ese hombre la agotaba. A todo esto, tuvo lugar algo incongruente: Brigan alargó la mano y acarició el hocico de Corto. —Pobre animal, te hemos despertado —dijo mientras lo acariciaba—. Anda, vuelve a dormirte. —Es su caballo —informó Roen—. El caballo de la monstruo a la que amenazas. —Qué se le va a hacer —le dijo Brigan a Corto quitándole importancia—. Pero tú eres una preciosidad y no es culpa tuya tener esa dueña. Corto hociqueó la mano de su nuevo amigo, y cuando él y la reina se hubieron marchado, Fuego apuñó los vuelos de la falda con todas sus fuerzas, tragándose un indignante sentimiento de afecto porque era inconciliable con lo demás. Si al final decidía hacerle daño a ella, por lo menos tendría la seguridad de que no se lo haría a su caballo.
Capítulo 6

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