Prólogo






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Habían recorrido más de la mitad del trayecto cuando divisaron algo que les levantó el ánimo: de un agujero en la base del risco por el que cabalgaban, la Mesnada Real salía a todo galope y se disponía a atravesar una llanura rocosa con gran estruendo. Arquero y su grupo se detuvieron en el encumbrado camino para observar, y él señaló hacia la primera línea de la columna. —El rey Nash va con ellos ¿lo ves? —le indicó a Fuego—. Es el que monta un ruano, cerca del portaestandarte. Y a su lado va el príncipe Brigan, su hermano y comandante del ejército; lleva el arco en la mano y monta una yegua negra. ¿Lo ves? Viste ropas de color marrón. ¡Por Los Vals, que magnífico espectáculo! Fuego no conocía a los hijos de Nax y nunca había visto una tropa tan numerosa como la Mesnada Real; había millares de hombres —cinco mil en esa división, contestó Arquero cuando ella se lo preguntó—; algunos soldados portaban una reluciente cota de malla, y otros, el uniforme gris del ejército; los caballos eran fuertes y rápidos y fluían como un río a través de la planicie. El hombre que llevaba el arco en la mano —el príncipe y comandante— se desplazó hacia la derecha, retrocedió para hablar con un par de jinetes situados en el centro de la columna y, acto seguido, se reincorporó a todo galope al frente de la expedición. Se hallaban tan lejos que parecían pequeños como ratones, pero Fuego oía a la perfección la trápala de los cascos de los cinco mil caballos y sentía la apabullante presencia de, aproximadamente, diez mil conciencias. También distinguía los distintivos de la insignia —un valle arbolado, verdegrisáceo, y un sol rojo como la sangre sobre un cielo anaranjado— que sostenía el portaestandarte, quien se mantenía siempre junto al príncipe dondequiera que éste estuviera. De repente, Brigan se giró en la silla y alzó la vista hacía un punto en las nubes; en ese mismo instante Fuego percibió las aves rapaces. El príncipe hizo volver grupas a la yegua negra y alzó la mano; a su señal, cierto número de hombres salieron de la formación y sacaron flechas de las aljabas. Atraídas por el ruido o por el olor de los caballos, tres rapaces —dos de ellas de plumaje con tonalidades fucsia y violeta, y la tercera de color verde manzana— sobrevolaban en círculos el río de soldados. Arquero y sus guardias también aprestaron los arcos; Fuego sujetó las riendas con una mano, firmemente, y tranquilizó a Corto mientras trataba de decidir si someter el brazo herido al intenso dolor que le reportaría utilizar el arco. Mas no fue necesario, porque los hombres del príncipe eran diestros con esa arma y sólo necesitaron cuatro flechas para derribar a las aves de tonos fucsia; la de color verde era más lista, porque realizaba un trazado irregular en su recorrido, aparte de que volaba a mayor o menor velocidad, descendiendo cada vez más, de manera que se mantenía más y más próxima a la columna de jinetes. La flecha que al fin acabó con ella fue la de Arquero, cuyo rápido disparo voló hacia abajo, por encima de las cabezas de los jinetes lanzados al galope. El ave monstruo se estrelló contra la rocosa llanura; el príncipe guió a su montura para que se girara y escudriñó los senderos de montaña en busca del origen de la flecha sin aflojar la cuerda tensada de su propio arco, por si acaso no le gustaba el aspecto del artífice del disparo; al divisar a Arquero y a los guardias, bajó el arma y alzó el otro brazo como saludo, tras lo cual señaló al ave rapaz verde, que yacía en la llanura, y a continuación señaló a Arquero. Fuego entendió la mímica del príncipe: la presa abatida por su amigo era una carne que le pertenecía. Este respondió con otro gesto que venía a decir: «Quédesela usted.» Brigan alzó los brazos en señal de agradecimiento, y sus soldados echaron el cuerpo del monstruo sobre el lomo de un corcel sin jinete. Al fijarse, Fuego descubrió que había un número indeterminado de caballos cargados con bolsas, pertrechos y cuerpos de otros animales abatidos, algunos de ellos, monstruos, pero sin que nadie los montara. Ella tenía noticia de que cuando el ejército no se encontraba en Burgo del Rey, se abastecía por sí mismo, tanto de víveres como de alojamiento; alimentar a tantos soldados hambrientos debía de ser muy costoso, Enseguida se autocorrigió porque debería haberse referido a «tantos hombres y mujeres hambrientos», puesto que cualquier persona capaz de cabalgar, luchar y cazar era bienvenida a unirse al ejército actual del reino; el rey Nash no ponía como condición que esa persona fuera varón, o para ser más preciso, el príncipe Brigan no ponía tal condición. Porque, aunque llamaban Mesnada Real a ese cuerpo militar, en realidad lo había creado el príncipe; la gente decía que a sus veintisiete años Nash era regio, pero en lo tocante a machacar cabezas, a su hermano menor —de veintitrés años— se le atribuía dicha habilidad. A lo lejos, el río de jinetes desapareció de forma paulatina a través de una grieta abierta en la base de otro risco. —Ahora resulta que viajar hoy por los túneles habría sido seguro como consecuencia del paso de las tropas —comentó Arquero—. Ojalá hubiera sabido que estaban tan cerca, pero mis últimas noticias eran que el rey se hallaba en su palacio de la capital, y que el príncipe andaba por el lejano norte para frenar los desmanes de los pikkianos. A todo esto, en la planicie, el príncipe retrocedió para reunirse con la retaguardia de sus huestes, pero se quedó mirando atentamente la silueta de Fuego. Era imposible que le apreciara los rasgos desde esa distancia, y menos dándole el sol de cara; lo máximo que distinguiría es que se trataba de una amiga de Arquero, vestida como un chico para cabalgar más a gusto, y que llevaba tapado el cabello. A pesar de todo, ella se ruborizó; Brigan sabía quién era, de eso no le cabía duda. La mirada feroz que el príncipe le dirigió mientras se daba la vuelta fue más que fehaciente, como también lo fue la ferocidad con que espoleó a su montura y la que le invadía la mente, gélida y cerrada a cal y canto para ella. Por esa razón Fuego había evitado conocer en persona a Nash y a Brigan; era lógico que los hijos del rey Nax la despreciaran. La vergüenza por el legado de su padre provocó que se ruborizara todavía más.
Capítulo 5

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