Miguel de Unamuno del sentimiento trágico de la vida






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and das Verhtitniss des Physischen zum Psychischen), nos dice en una nota (1. L., § 12), que también el investigador, el sabio, der Forscher, lucha en la batalla por la existen­cia, que también los caminos de la ciencia llevan a la boca, y que no es todavía sino un ideal en nuestras actua­les condiciones sociales el puro instinto de conocer, der reine Erkenntnisstrieb. Y así será siempre, primum vi­vere, deinde philosophari, o mejor acaso primum super­vivereo superesse.

Toda posición de acuerdo y de armonía persistente en­tre la razón y la vida, entre la filosofía y la religión, se hace imposible. Y la trágica historia del pensamiento hu­mano no es sino de una lucha entre la razón y la vida, aquella empeñada en racionalizar a esta haciéndola que se resigne a lo inevitable, a la mortalidad; y esta, la vida, empeñada en vitalizar a la razón obligándola a que sirva de apoyo a sus anhelos vitales. Y esta es la historia de la filosofía, inseparable de la historia de la religión.

El sentimiento del mundo, de la realidad objetiva, es necesariamente subjetivo, humano, antropomórfico. Y siempre se levantará frente al racionalismo el vita­lismo, siempre la voluntad se erguirá frente a la razón. De donde el ritmo de la historia de la filosofía y la suce­sión de períodos en que se impone la vida produciendo formas espiritualistas, y otros en que la razón se impone produciendo formas materializadas, aunque a una y otra clase de formas de creer se las disfrace con otros nombres.

Ni la razón ni la vida se dan por vencidas nunca. Mas so­bre esto volveremos en el próximo capítulo.

La consecuencia vital del racionalismo sería el suici­dio. Lo dice muy bien Kierkegaard: «El suicidio es la consecuencia de la existencia del pensamiento puro... No elogiamos el suicidio, pero sí la pasión. El pensador, por el contrario, es un curioso animal, que es muy inteli­gente a ciertos ratos del día; pero que por lo demás, nada tiene en común con el hombre» (Afsluttende uvidenska­belig Ebterskrigt, cap. 3, § 1).

Como el pensador no deja, a pesar de todo, de ser hom­bre, pone la razón al servicio de la vida, sépalo o no. La vida engaña a la razón; y esta a aquella. La filosofía esco­lástico-aristotélica al servicio de la vida, fraguó un sis­tema teológico-evolucionista de metafísica, al parecer ra­cional, que sirviese de apoyo a nuestro anhelo vital. Esa filosofía, base del sobrenaturalismo ortodoxo cristiano, sea católico o sea protestante, no era, en el fondo, sino una astucia de la vida para obligar a la razón a que la apo­yase. Pero tanto la apoyó esta que acabó por pulverizarla.

He leído que el ex carmelita Jacinto Loyson decía po­der presentarse a Dios tranquilo, pues estaba en paz con su conciencia y con su razón. ¿Con qué conciencia? ¿Con la religiosa? Entonces no lo comprendo. Y es que no cabe servir a dos señores, y menos cuando estos dos señores, aunque firmen treguas y armisticios y componendas, son enemigos por ser opuestos sus intereses.

No faltará a todo esto quien diga que la vida debe so­meterse a la razón, a lo que contestaremos que nadie debe lo que no puede, y la vida no puede someterse a la razón. «Debe, luego puede», replicará algún kantiano. Y le con­trarreplicaremos: «No puede, luego no debe.» Y no lo puede porque el fin de la vida es vivir y no lo es com­prender.

Ni ha faltado quien haya hablado del deber religioso de resignarse a la mortalidad. Es ya el colmo de la aberra­ción y de la insinceridad. Y a esto de la sinceridad vendrá alguien oponiéndonos la veracidad. Sea, mas ambas co­sas pueden muy bien conciliarse. La veracidad, el respeto a lo que creo ser lo racional, lo que lógicamente llama­mos verdad, me mueve a afirmar también que no me re­signo a esa otra afirmación y que protesto contra su vali­dez. Lo que siento es una verdad, tan verdad por lo menos como lo que veo, toco, oigo y se me demuestra -yo creo que más verdad aún-, y la sinceridad me obliga a no ocultar mis sentimientos.

Y la vida que se defiende, busca el flaco de la razón y lo demuestra en el escepticismo, y se agarra de él y trata de salvarse asida a tal agarradero. Necesita de la debili­dad de su adversaria.

Nada es seguro; todo está en el aire. Y exclama, hen­chido de pasión, Lamennais (Essai sur l'indifférence en matiére de religion, III partie, chap. 67): «Qué, ¿iremos a hundirnos, perdida toda esperanza y a ojos ciegas, en las mudas honduras de un escepticismo universal? ¿Dudare­mos si pensamos, si sentimos, si somos? No nos lo deja la naturaleza; oblíganos a creer hasta cuando nuestra razón no está convencida. La certeza absoluta y la duda abso­luta nos están igualmente vedadas. Flotamos en un medio vago entre dos extremos, como entre el ser y la nada, por­que el escepticismo completo sería la extinción de la inte­ligencia y la muerte total del hombre. Pero no le es dado anonadarse; hay en él algo que resiste invenciblemente la destrucción, yo no sé qué fe vital, indomable hasta para su voluntad misma. Quiéralo o no, es menester que crea, porque tiene que obrar, porque tiene que conservarse. Su razón, si no escuchase más que a ella, enseñándole a du­dar de todo y de sí misma, la reduciría a un estado de inacción absoluta; perecería aun antes de haberse podido probar a sí mismo que existe.»

No es, en rigor, que la razón nos lleve al escepticismo absoluto, ¡no! La razón no me lleva ni puede llevarme a dudar de que exista; adonde la razón me lleva es al escep­ticismo vital; mejor aún, a la negación vital; no ya a dudar, sino a negar que mi conciencia sobreviva a mi muerte. El escepticismo vital viene del choque entre la razón y el de­seo. Y de este choque, de este abrazo entre la deses­peración y el escepticismo, nace la santa, la dulce, la sal­vadora incertidumbre, nuestro supremo consuelo.

La certeza absoluta completa, de que la muerte es un completo y definitivo e irrevocable anonadamiento de la conciencia personal, una certeza de ello como estamos ciertos de que los tres ángulos de un triángulo valen dos rectos, o la certeza absoluta, completa, de que nuestra conciencia personal se prolonga más allá de la muerte en estas o las otras condiciones haciendo sobre todo entrar en ello la extraña y adventicia añadidura del premio o del castigo eternos, ambas certezas nos harían igualmente imposible la vida. En un escondrijo, el más recóndito del espíritu, sin saberlo acaso el mismo que cree estar con­vencido de que con la muerte acaba para siempre su conciencia personal, su memoria, en aquel escondrijo le queda una sombra, una vaga sombra de sombra de incer­tidumbre, y mientras él se dice: «ea, ¡a vivir esta vida pa­sajera, que no hay otra!», el silencio de aquel escondrijo le dice: «¡quién sabe!...». Cree acaso no oírlo, pero lo oye. Y en un repliegue también del alma del creyente que guarde más fe en la vida futura, hay una voz tapada, voz de incertidumbre, que le cuchichea al oído espiritual: «¡quién sabe!...». Son estas voces acaso como el zumbar de un mosquito cuando el vendaval brama entre los árboles del bosque; no nos damos cuenta de ese zumbido y, sin em­bargo, junto con el fragor de la tormenta, nos llega al oírlo. ¿Cómo podríamos vivir, si no, sin esa incertidumbre?

El «¿y si hay?» y el «¿y si no hay?» son las bases de nuestra vida íntima. Acaso haya racionalista que nunca haya vacilado en su convicción de la mortalidad del alma, y vitalista que no haya vacilado en su fe en la inmortali­dad; pero eso sólo querrá decir, a lo sumo, que así como hay monstruos, hay también estúpidos afectivos o de sen­timiento, por mucha inteligencia que tengan, y estúpidos intelectuales por mucha que su virtud sea. Mas en lo nor­mal no puedo creer a los que me aseguren que nunca, ni en un parpadeo el más fugaz, ni en las horas de mayor so­ledad y tribulación se les ha aflorado a la conciencia ese rumor de la incertidumbre. No comprendo a los hombres que me dicen que nunca les atormentó la perspectiva del allende la muerte, ni el anonadamiento propio les in­quieta; y por mi parte no quiero poner paz entre mi cora­zón y mi cabeza, entre mi fe y mi razón; quiero más bien que se peleen entre sí.

En el capítulo IX del Evangelio, según Marcos, se nos cuenta cómo llevó uno a Jesús a ver a su hijo preso de un espíritu mudo, que dondequiera le cogiese le despeda­zaba, haciéndole echar espumarajos, crujir los dientes e irse secando, por lo cual quería presentárselo para que lo curara. Y el Maestro, impaciente de aquellos hombres que no querían sino milagros y señales, exclamó: «¡Oh, generación infiel! ¿Hasta cuándo estaré con vosotros? ¿Hasta cuándo os tengo de sufrir? ¡Traédmele!» (v. 19), y se lo trajeron; le vio el Maestro revolcarse por tierra, pre­guntó a su padre cuánto tiempo hacía de aquello, contestóle este que desde que era su hijo niño, y Jesús le dijo: «Si puedes creer, al que cree todo es posible» (v. 23). Y entonces el padre del epiléptico o endemoniado contestó con estas preñadas y eternas palabras: «¡Creo, Señor, ayuda mi incredulidad!» 17tazsvco, icvpte, ao4SEi z~ áziaTía Mov (v. 24).

¡Creo, Señor: socorre a mi incredulidad! Esto podrá parecer una contradicción, pues si cree, si confía, ¿cómo es que pide al Señor que venga en socorro de su falta de confianza? Y, sin embargo, esa contradicción es lo que da todo su más hondo valor humano a ese grito de las entra­ñas del padre del endemoniado. Su fe es una fe a base de incertidumbre. Porque creer, es decir, porque quiere creer, porque necesita que su hijo se cure, pide al Señor que venga en ayuda de su incredulidad, de su duda de que tal curación puede hacerse. Tal es la fe humana; tal fue la heroica fe que Sancho Panza tuvo en su amo el caballero Don Quijote de la Mancha, según creo haberlo mostrado en mi Vida de Don Quijote y Sancho, una fe a base de in­certidumbre, de duda. Y es que Sancho Panza era hom­bre, hombre entero y verdadero y no era estúpido, pues sólo siéndolo hubiese creído, sin sombra de duda, en las locuras de su amo. Que a su vez tampoco creía en ellas de ese modo, pues tampoco, aunque loco, era estúpido. Era, en el fondo, un desesperado, como en esa mi susomen­tada obra creo haber mostrado. Y por ser un heroico de­sesperado, el héroe de la desesperación íntima y resig­nada, por eso es el eterno dechado de todo hombre cuya alma es un campo de batalla entre la razón y el deseo in­mortal. Nuestro señor Don Quijote es el ejemplar del vitalista cuya fe se basa en incertidumbre, y Sancho lo es del racionalismo que duda de su razón.

Atormentado Augusto Hermann Francke por tortura­doras dudas, decidió invocar a Dios, a un Dios en que no creía ya, o en quien más bien creía no creer, para que tu­viese piedad de él, del pobre pietista Francke, si es que existía. Y un estado análogo de ánimo es el que me ins­piró aquel soneto titulado «La oración del ateo», que en mi Rosario de sonetos líricos figura y termina así:
Sufro yo a tu costa,

Dios no existente, pues si tú existieras

existiría yo también de veras.
Sí, si existiera el Dios garantizador de nuestra inmorta­lidad personal, entonces existiríamos nosotros de veras. ¡Y si no, no!

Aquel terrible secreto, aquella voluntad oculta de Dios que se traduce en la predestinación, aquella idea que dictó a Lutero su servum arbitrium y da su trágico sen­tido al calvinismo, aquella duda en la propia salvación, no es en el fondo sino la incertidumbre, que aliada a la desesperación forma base de la fe. La fe -dicen algu­nos- es no pensar en ello; entregarse confiadamente a los brazos de Dios, los secretos de cuya providencia son inescudriñables. Sí, pero también la infidelidad es no pensar en ello. Esa fe absurda, esa fe sin sombra de incer­tidumbre, esa fe de estúpidos carboneros, se une a la in­credulidad absurda, a la incredulidad sin sombra de incer­tidumbre, a la incredulidad de los intelectuales atacados de estupidez afectiva, para no pensar en ello.

¿Y qué sino la incertidumbre, la duda, la voz de la ra­zón era el abismo, el gouffre terrible ante que temblaba Pascal? Y ello fue lo que le llevó a formular su terrible sentencia: il faut s'abétir, ¡hay que entontecerse!

Todo el jansenismo, adaptación católica del calvi­nismo, lleva este mismo sello. Aquel Port Royal que se debía a un vasco, el abate de Saint-Cyram, vasco como íñigo de Loyola, y como el que estas líneas traza, lleva siempre en su fondo un sedimento de desesperación reli­giosa, de suicidio de la razón. También íñigo la mató en la obediencia.

Por desesperación se afirma, por desesperación se niega, y por ella se abstiene uno de afirmar y de negar. Ob­servad a los más de nuestros ateos, y veréis lo que son por rabia, por rabia de no poder creer que haya Dios. Son enemigos personales de Dios. Han sustantivado y perso­nalizado la Nada, y su no Dios es un Antidiós.

Y nada hemos de decir de aquella frase abyecta e inno­ble de «si no hubiera Dios habría que inventarlo». Esta es la expresión del inmundo escepticismo de los conserva­dores, de los que estiman que la religión es un resorte de gobierno, y cuyo interés es que haya en la otra vida in­fierno para los que aquí se oponen a sus intereses munda­nos. Esa repugnante frase de saduceo es digna del incré­dulo adulador de poderosos a quien se atribuye.

No, no es ese el hondo sentido vital. No se trata de una policía trascendente, no de asegurar el orden -¡vaya un orden!- en la tierra con amenazas de castigos y halagos de premios eternos después de la muerte. Todo esto es muy bajo, es decir, no más que política, o si se quiere ética. Se trata de vivir.

Y la más fuerte base de la incertidumbre, lo que más hace vacilar nuestro deseo vital, lo que más eficacia da a la obra disolvente de la razón, es el ponernos a considerar lo que podría ser una vida del alma después de la muerte. Porque aun venciendo, por un poderoso esfuerzo de fe, a la razón que nos dice y enseña que el alma no es sino una función del cuerpo organizado, queda luego el imaginar­ nos que pueda ser una vida inmortal y eterna del alma. En esta imaginación las contradicciones y los absurdos se multiplican y se llega, acaso, a la conclusión de Kierke­gaard, y es que si es terrible la mortalidad del alma, no menos terrible es su inmortalidad.

Pero vencida la primera dificultad, la única verdadera, vencido el obstáculo de la razón, ganada la fe, por dolo­rosa y envuelta en incertidumbre que esta sea, de que ha de persistir nuestra conciencia personal después de la muerte, ¿qué dificultad, qué obstáculo hay en que nos imaginemos esa persistencia a medida de nuestros deseos? Sí, podemos imaginárnosla como un eterno rejuvene­cimiento, como un eterno acrecentarnos e ir hacia Dios, hacia la Conciencia Universal, sin alcanzarle nunca, po­demos imaginárnosla... ¿Quién pone trabas a la imagina­ción, una vez ha roto la cadena de lo racional?

Ya sé que me pongo pesado, molesto, tal vez tedioso; pero todo es menester. Y he de repetir una vez más que no se trata ni de policía trascendente, ni de hacer de Dios una gran juez o guardia civil; es decir, no se trata de cielo y de infierno para apuntalar nuestra pobre moral mun­dana, ni se trata de nada egoísta y personal. No soy yo, es el linaje humano todo el que entra en juego; es la finali­dad última de nuestra cultura toda. Yo soy uno, pero to­dos son yos.

¿Recordáis el fin de aquel Cántico del gallo salvaje, que en prosa escribiera el desesperado Leopardi, el víc­tima de la razón, que no logró llegar a creer? «Tiempo llegará -dice- en que este Universo y la Naturaleza misma se habrán extinguido. Y al modo de grandísimos reinos e imperios humanos y sus maravillosas acciones que fueron en otra edad famosísimas, no queda hoy ni se­ñal ni fama alguna, así igualmente del mundo entero y de las infinitas vicisitudes y calamidades de las cosas creadas no quedará ni un solo vestigio, sino un silencio des­nudo y una quietud profundísima llenarán el espacio in­menso. Así este arcano admirable y espantoso de la exis­tencia universal, antes de haberse declarado o dado a entender, se extinguirá y perderáse.» A lo cual llaman ahora, como un término científico y muy racionalista, la
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