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Sandra Hill


El Vikingo Salvaje


Serie Vikingos II, Nº 02

Este libro está dedicado a mi buena amiga Katie

Raiser, que falleció mientras lo escribía.

Su infatigable valentía sirvió de inspiración

a cuantos tuvimos el privilegio de conocerla. Katie

aspiraba a ser escritora de novela romántica, sueño

que truncaron los estragos de una terrible

enfermedad. Tengo la esperanza de que esté en

alguna parte, sentada en una nube, libre al fin de

dolor, puliendo un espléndido manuscrito. O, mejor

aún, ¿verdad que sería bonito que fuera la musa

que, hoy mismo, obra a través de los dedos de

alguna novelista en ciernes?
Que Dios te bendiga, Katie.



La mayoría de los hombres están al borde de caer en la locura

Diógenes, 412-323 a.C.

He capeado de buen grado olas enormes

y luchado con los vientos por espacio de muchas millas

para hacerte esta visita.

Saga de Egil, aprox. siglo XIII



ÍNDICE


Prólogo 5

Capítulo 1 8

Capítulo 2 14

Capítulo 3 23

Capítulo 4 31

Capítulo 5 39

Capítulo 6 51

Capítulo 7 61

Capítulo 8 71

Capítulo 9 81

Capítulo 10 92

Capítulo 11 102

Capítulo 12 112

Capítulo 13 122

Capítulo 14 131

Capítulo 15 141

Capítulo 16 151

Capítulo 17 161

Capítulo 18 171

Capítulo 19 182

Epílogo 190

Carta de la autora 193

RESEÑA BIBLIOGRÁFICA 194




Prólogo


998 a.C, verano en los países nórdicos

Jorund Ericsson contemplaba con la mirada vacía el enorme túmulo funerario, lo bastante grande como para albergar una galera vikinga y todas las pertenencias necesarias para que su ocupante llevara una buena vida en el otro mundo.

Hacía más de un año que había partido hacia Oriente, a luchar en las guerras del emperador de Miklegard, la lejana Bizancio. Soldado de fortuna durante toda su vida, Jorund había formado parte de la élite de la guardia varega, compuesta por vikingos escogidos de entre muchas naciones. En el viaje de regreso a casa había matado el tiempo luchando bajo la bandera del rey noruego Olaf Tryggvason, que había vuelto a la ofensiva en Bretaña esparciendo a su paso el rocío de la espada como una marea sangrienta. Para Olaf (que era, a la sazón, tío paterno de Jorund), aquello no suponía más que un breve alto en sus luchas territoriales con el rey danés Sven Barba Partida.

Algunos decían que la guerra era el modo de vida de los vikingos. Era cierto.

Jorund reconocía sin sonrojo ser un maestro en el arte de la espada; un mercenario, pero no sin escrúpulos: sólo seguía a aquellos caudillos cuyos valores y propósitos podía compartir. Al seguir aquella senda, tenía a la muerte por constante compañera y había perdido hacía tiempo la cuenta de los hombres que habían sucumbido bajo su espada y de los compañeros de armas que moraban ya en el Valhalla.

Pese a todo, no esperaba encontrarse aquello al regresar a casa.

Angustiado, sus ojos se movían de un lado a otro, escudriñando la tumba. Al poco encontró la lápida mortuoria, donde en símbolos rúnicos semejantes a bastones se leía:
Aquí yace Inga Sigrundottir,

esposa del karl Jorund Ericsson de Vestfold,

hija del jarl Anlaf de Lade.

Vivió apenas veintitrés inviernos.

Murió durante la gran hambruna,

en el año 997.
Jorund sofocó un gemido. Inga y él no se habían amado durante los seis años que había durado su matrimonio forzoso. Sin embargo, su muerte, acaecida ocho meses antes, lo llenaba de pena y de vergüenza. Un hombre protegía a los que se hallaban bajo su escudo a menos que fuera un nithing, un hombre sin honor. Debería haber estado allí para proteger el bienestar de su esposa, ya fuera contra los peligros del hombre, ya contra los de la naturaleza.

Su mirada se deslizó entonces hacia la izquierda, hacia las dos estelas funerarias contiguas que rezaban:
Greta y Girta Ingadottir, gemelas primogénitas,

hijas amadas.

Vivieron apenas cinco años.

Que Freya las acoja en su seno eterno.
Jorund cayó de rodillas y ocultó la cara entre las manos. No era hombre dado a las emociones. Una vez, en el fragor de la batalla, había hendido la cabeza de un hombre hasta los dientes con su hacha de guerra y no había sentido ni una punzada de remordimiento. No recordaba la última vez que había caído en la flaqueza femenina del llanto (quizá de niño, cuando uno de sus hermanos le hizo daño mientras jugaban), pero aun así las lágrimas inundaron sus ojos.

Al pensar que Inga yacía en la fría tierra, lamentó que alguien tan joven tuviera que partir prematuramente de este mundo. Lo lamentó..., nada más. Era él quien más había sufrido las célebres maquinaciones de Inga, que lo habían llevado a regañadientes al tálamo nupcial. No le guardaba rencor, a pesar de todo. En el fondo, no era mala mujer.

El recuerdo de sus hijas, sin embargo, le produjo una opresión en la garganta y un violento dolor en el pecho. No había querido casarse. Ni siquiera había querido tener hijos, pero cuando abrazó por primera vez a las niñas después de que emergieran del vientre materno, arrugadas, azules y sanguinolentas..., las quiso a primera vista. Eran semillas de sus entrañas, pero también mucho más que eso.

La última vez que las vio, no habían celebrado aún el cuarto aniversario de su nacimiento. Su drakkar estaba levando anclas en el fiordo, frente a su vasto hogar. Inga permanecía en la orilla, acompañada por su padre, el jarl Eric, su madre, lady Asgar, sus hermanos, Rolf el Hacedor de Barcos y Magnus el de las Grandes Orejas, y los sirvientes de la casa. Greta y Girta bajaron brincando por la ladera de la colina en el último momento, las trenzas rubias oscilaban adelante y atrás, las gunnas arremangadas, arrugadas y sucias por algún juego infantil. Iban riéndose. Era extraño que Jorund recordara eso ahora. Claro que, se dijo, ¿había algún sonido más conmovedor que la risa de un niño, incluso para un guerrero tan curtido como él?

—No olvides traerme cintas, padre —le había gritado Greta como si no se lo hubiera recordado mil veces la noche anterior, entre pegajosos besos y abrazos infantiles—. De todos los colores del arco iris..., por favor —había añadido al ver que su madre la miraba con el ceño fruncido por ser tan maleducada. Inga, hija de un elevado jarl de Lade, en la Noruega del noreste, daba gran importancia a la cortesía.

—Y babuchas de seda de un harén —había dicho Girta alegremente, y acto seguido había agachado la cabeza para esquivar la bofetada con que su madre castigó su impertinencia.

—¡Un harén! —había bufado Inga, pero luego no había podido contenerse y había sonreído ante la osadía de la niña. Girta era conocida por su afilada lengua.

Aquel dulce recuerdo hizo sonreír a Jorund al tiempo que un sollozo estrangulado escapaba de su garganta.

—Hijo mío...

Jorund se incorporó bruscamente al sentir una mano sobre el hombro. Levantándose, se volvió hacia su padre.

—Necesito tu ayuda, Jorund. La tuya y la de tu hermano Magnus.

—Éste no es momento —logró decir con voz sofocada mientras señalaba, sacudiendo una mano, el túmulo funerario.

—No hay otro mejor —dijo su padre cansinamente—. Ya no puedes hacer nada por Inga y las niñas. No, no me mires así. Es la verdad.

Jorund advirtió de pronto lo mucho que había envejecido su padre desde su marcha. ¿Se debía ello al hambre o a tantas pérdidas humanas? ¿O quizás a otra cosa? Arrugó la frente inquisitivamente.

—Tu hermano Geirolf ha desaparecido y tememos que haya muerto.

—¡Vamos, padre! Seguramente se habrá demorado en uno de sus viajes. —Rolf construía barcos y a menudo probaba sus navíos en largas travesías antes de venderlos a encumbrados nobles de diversos países.

—Esta vez, no —insistió su padre—. Mientras estabas fuera, le encomendé una misión confiando en acabar con la hambruna que asolaba Noruega, pero su drakkar se hundió tras una violenta batalla naval con Storr Grimmson, ese perro despreciable. Su cuerpo nunca fue hallado. —Hizo una pausa y añadió—: Necesito estar seguro, para bien o para mal.

—¿Crees que Rolf puede estar vivo aún? —preguntó, poniéndose alerta de inmediato, a pesar de que las noticias que acababa de darle su padre le habían dejado anonadado.

—Algunos marineros de la tripulación de Storr confesaron bajo tortura que Geirolf fue visto por última vez en el agua... vivo. —Su padre se encogió de hombros, lleno de incertidumbre—. Magnus y tú debéis viajar a Islandia, tal vez incluso más allá, hasta Groenlandia, la región donde Geirolf fue visto por última vez.

—¡Islandia! —exclamó Jorund. No era pequeño el favor que le pedía su padre—. ¡No!

—Pero...

Nei pyðir nei —dijo casi gritando. Luego, más suavemente, añadió—: No es no.

Su padre se limitó a mirarlo, haciendo que se sintiera de nuevo como un niño. Como un niño egoísta.

No sabía qué hacer. ¿Debía quedarse allí, en Vestfold, y sufrir la penitencia por haberles fallado a Inga y a sus hijas? ¿O debía abandonar su hogar para ayudar a su padre y expiar quizá su culpa?

—Te lo ruego, hijo mío. Deja a un lado tu pena por ahora y concédeme ese favor. Fui yo quien envió a Geirolf al peligro. Los remordimientos me pesan tanto que apenas puedo pensar o hablar.

Aquélla era una misión que no podía rechazar.


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