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Darwin, ¿parricida?
¿Qué fue lo que convirtió a un hombre intrépido y lleno de vitalidad, tal y como fue en el Beagle el joven Darwin, en una persona enfermiza y retraída? ¿Tal vez contrajo alguna enfermedad grave e incapacitante?

Se ha postulado que el origen de los males de Darwin fue el llamado mal de Chagas (nombrado así en honor del médico brasileño Carlos Chagas). Se trata de una trepanosomiasis, una infección producida por un protozoo, el Trypanosoma cruzi transmitido a los humanos por insectos chupadores de sangre. Uno de ellos es la vinchuca (Triatoma infestans), que Darwin conoció y padeció en su viaje. En el Diario del viaje de un naturalista alrededor del mundo, Darwin anota: «No pude descansar por haberme visto atacado (empleo a propósito esta palabra) por un numeroso y sanguinario grupo de las grandes chinches negras de las Pampas, pertenecientes al género Benchuca, una especie de Reduvius. Es imposible imaginarse algo más desagradable que sentir correr por el cuerpo estos insectos, blandos y sin alas, de cerca de una pulgada de largos.»

El mal de Chagas es una enfermedad endémica en amplias regiones rurales de América central y del sur. Tras un periodo de enfermedad aguda que empieza una semana después de la inoculación, el mal de Chagas se puede llegar a convertir en una enfermedad crónica, que provoca principalmente arritmias cardíacas. A veces se produce la muerte por fallo cardíaco, cuando el parásito infesta el músculo del corazón. No tiene cura. En cierta ocasión, el famoso médico y paleoantropólogo sudafricano Philip Tobias nos dijo que le parecía probable que Darwin hubiera padecido ese mal.

Pero hay otra explicación más inquietante. Lo que padecía Darwin podría también ser una neurosis producida por el choque ocasionado entre sus descubrimientos científicos, que le acercaban paso a paso a la verdad, y la figura paterna. Charles Darwin sentía hacia su enorme padre un gran aprecio, pero también un cierto resentimiento. «Mi padre me dijo una vez algo que me mortificó profundamente: "No te gusta más que la caza, los perros y coger ratas, y vas a ser una desgracia para ti y para toda tu familia." Mi padre, que era el hombre más cariñoso que he conocido jamás, y cuya memoria adoro con todo mi corazón, debía estar enfadado y fue algo injusto cuando utilizó estas palabras.»

Es un hecho que el padre de Charles era un hombre autoritario, como también parecen evidentes los sentimientos ambivalentes del hijo hacia él. El padre hubiese desaprobado sin duda la teoría de la evolución que Charles estaba elaborando, lo que crearía el conflicto en su mente, que además se vería agravado por las convicciones religiosas muy firmes y ortodoxas de su querida esposa Emma, a la que por nada del mundo querría Charles Darwin lastimar.

Resulta curioso que Robert Darwin, el padre de Charles, hubiese tenido a su vez una difícil relación con su no menos autoritario padre, Erasmus, que era evolucionista como el nieto (y tal vez Robert no lo fuera como reacción frente a su padre). Por otro lado, Charles Darwin tenía antecedentes familiares dignos de consideración en relación con su posible neurosis. El tío Erasmus se suicidó a los cuarenta años. El abuelo materno sufría depresiones nerviosas, y el hermano de su madre tenía depresiones con fuertes problemas abdominales.

Pero hay autores que cuando utilizan la metáfora del parricidio perpetrado (psicológicamente) por Darwin apuntan más alto. Cuando Charles Darwin murió, el 19 de abril de 1882, veinte parlamentarios dirigieron una carta al deán de la abadía de Westminster para que fuera enterrado allí al lado de Newton. Por cierto que el embajador de España asistió a la ceremonia. En su excelente biografía de Darwin, Julian Huxley y H. D. B. Kettlewel escriben: «De esta manera acabaron unidos los dos mayores científicos de la historia de Inglaterra: Newton, que había acabado con los milagros en el mundo físico y había reducido a Dios al papel de un creador del cosmos que el día de la creación había puesto en marcha el mecanismo del Universo, sometido a las leyes inevitables de la naturaleza; y Darwin, que había acabado no sólo con los milagros, sino también con la creación, despojando a Dios de su papel de creador del hombre, y al hombre, de su origen divino.»

Pero, a decir verdad, lo único que hizo Darwin fue llevar hasta las últimas consecuencias el programa de la Revolución Científica del Barroco, que consiste en explicar los fenómenos naturales por medio de causas naturales, sin excluir al ser humano. La diferencia fundamental de la biología de Darwin respecto de la física de Newton es que la biología sí puede ahora contestar a las preguntas del tipo por qué, como ¿por qué existen los seres vivos?, ¿por qué existen los humanos?, ¿por qué las aves tienen alas?, o ¿por qué los humanos poseen la facultad de pensar? Desde Darwin, la respuesta a estas preguntas es histórica, está en la evolución, y se puede contar en forma de una narración que describa cómo fueron surgiendo las diversas especies que hoy pueblan la Tierra, incluida la nuestra, y de qué modo aparecieron sus adaptaciones.

En materia religiosa, según cuenta su hijo Francis, Darwin era muy reservado y creía que era ésta una cuestión personal que pertenecía a la intimidad de cada uno. Darwin no deseaba, además, herir la sensibilidad de nadie, y por otro lado pensaba que no tenía nada que decir en un tema sobre el que no había reflexionado suficientemente. En consecuencia, con su humildad característica, Darwin no consideraba que su opinión en materia de religión tuviera algún valor especial, ni que su autoridad científica se extendiese a ese campo. En una carta de 1879 se pronuncia con franqueza acerca de sus sentimientos: «Cuáles sean mis propias opiniones es una cuestión que no importa a nadie más que a mí. Sin embargo, puesto que me lo pide, puedo afirmar que mi criterio fluctúa a menudo [...]. En mis fluctuaciones más extremas, jamás he sido ateo en el sentido de negar la existencia de un Dios. Creo que en términos generales (y cada vez más, a medida que me voy haciendo más viejo), aunque no siempre, agnóstico sería la descripción más correcta de mi actitud espiritual.»

La creencia en la existencia de Dios y su papel como creador del Universo está fuera del terreno de la ciencia, y probablemente no puede ser demostrada ni descartada a partir de nuestro conocimiento, por muy perfecto que llegue a ser, del mundo material. Pero nada de lo que la ciencia ha descubierto se opone a que el creyente pueda pensar que Darwin sólo completó la tarea que se había propuesto Galileo: leer el libro de la naturaleza, encontrando que además de en términos matemáticos, ese libro también estaba escrito en lenguaje biológico.

Bolas de billar
A partir de la publicación de El origen de las especies en 1859, la teoría de la evolución fue admitida universalmente en el mundo científico, y la biología se liberó de la pesada losa que le impedía avanzar. Como ha escrito un famoso biólogo evolucionista, Theodosius Dobzhansky (1900 1975), nada tiene sentido en biología sin la evolución, hasta el punto de que todo lo descubierto antes de Darwin puede considerarse irrelevante. Pero, en contra de lo que suele pensarse, la gran aportación de Darwin no fue el descubrimiento de la evolución, sino el mecanismo de la selección natural que la explica —y de la que fue coautor independiente otro gran científico: Alfred Russel Wallace (1823 1975).

A finales del siglo XIX, Darwin era ensalzado como uno de los grandes genios de la Humanidad, pero, curiosamente, el mecanismo de la selección natural, la verdadera causa de la evolución, apenas era tenida en cuenta. Otros mecanismos competían con éxito con la selección natural.

Uno de ellos era el finalismo: la evolución guiada por Dios. Aunque el finalismo no está bien visto en el mundo académico de la biología, no se puede decir que haya desaparecido, ni mucho menos, de las mentes de muchos pensadores y de las ideas de la gente normal. Y es que el finalismo, a diferencia del darwinismo (la teoría de la evolución por medio de la selección natural), da un sentido a nuestra presencia en este mundo. Un paleontólogo finalista, el jesuita francés Pierre Teilhard de Chardin (1881 1955), tuvo una gran acogida en nuestro país en los años sesenta del siglo XX, aunque hoy apenas se lo mencione dentro de los círculos académicos. Pero hay científicos que opinan en voz alta que la cuestión de si hay o no propósito en la evolución no es de carácter científico, sino metafísico, y que está fuera del alcance de la ciencia el descifrarla; los que así dicen, lo confiesen o no, son todos finalistas.

Desde el campo materialista, también había autores que sostenían que la evolución obedecía a causas internas de los organismos, y no a la selección natural, que es la acción que ejerce el ambiente sobre los organismos poniéndolos a prueba y dejando que subsistan sólo los más idóneos. Los paleontólogos observaban en el registro fósil líneas evolutivas que seguían trayectorias rectas, que ellos explicaban como resultado de inercias evolutivas. El ambiente era demasiado cambiante, decían, como para producir esas evoluciones lineales que detectaban los paleontólogos muy a menudo, y que denominaban tendencias evolutivas.

Otra fuente de discrepancia con el seleccionismo de Darwin era el lamarckismo. Se trataba de una teoría evolucionista anterior a la de Darwin, que había sido propuesta por el francés Jean Baptiste de Monet, barón de Lamarck (1744 1829). Según Lamarck la adaptación es la consecuencia de una actividad determinada desarrollada por un organismo: la jirafa, por ejemplo, tendría el cuello tan largo de tanto estirarlo para comer los brotes más tiernos de los árboles. Esos cambios eran heredados por los descendientes, que se beneficiaban de ellos.

Muchas personas instruidas, que admiten el hecho de la evolución, piensan en términos lamarckianos sin saberlo. Es posible que haya un planeta donde las modificaciones que se producen durante la existencia se hereden, y así los órganos más usados se desarrollen y los menos utilizados se atrofien, pero desde luego tal fenómeno no pasa en nuestro mundo. Ello se debe al tipo de herencia biológica de los habitantes de la Tierra, que reside en los genes, que a su vez están en los cromosomas, dentro de las células; no hay forma de que los genes de los espermatozoides y de los óvulos se enteren de qué músculos o de qué órganos usa más el individuo que los produce.

Uno de estos días, leíamos en las páginas de Salud de un periódico español un reportaje sobre medicina aeroespacial. Un catedrático de Fisiología se preguntaba qué cambios se producirían en el futuro en el hombre del espacio, que vivirá en ausencia de gravedad. Posiblemente, decía, con el paso de las generaciones se atrofiarán las extremidades inferiores hasta desaparecer, porque serán innecesarias en condiciones de ingravidez. Pero, ¿cómo podría producirse esa evolución? Según el principio lamarckiano, simplemente por la falta de uso de las piernas. Pero la explicación según el mecanismo darwiniano es muy diferente; consistiría en que muy pocos de los humanos nacidos en el espacio llegarían a reproducirse; los individuos que dejaran hijos serían precisamente aquellos que tuvieran las piernas más cortas (aunque es difícil imaginar por qué los astronautas paticortos habrían de tener más posibilidades de llegar a adultos y perpetuarse en sus hijos; si se mantienen los cánones de belleza actuales más bien les sucedería lo contrario, y esta consideración no carece de importancia, porque según Darwin además de la selección natural que adapta a los organismos a su medio también funciona en la naturaleza la selección sexual, basada en la competencia para la reproducción). Explicado en términos deportivos, el lamarckismo quiere decir que a fuerza de jugar al baloncesto, generación tras generación, los jugadores serían cada vez más altos gracias a sus esfuerzos por llegar al aro. El darwinismo, en cambio, defiende que cuanto más alto sea antes de empezar a jugar al baloncesto un indivi­duo (por constitución), más posibilidades tendrá luego de llegar a ser figura en ese deporte.

Aunque el lamarckismo duro no tiene defensores, porque está claro que los cambios producidos durante la vida en el fenotipo (el físico) no se heredan (no pasan al genotipo), persiste su influencia en el campo del evolucionismo en una forma blanda. Son muchos los que piensan que es la iniciativa de los organismos, más que la acción del medio sobre ellos, la principal fuerza de la evolución. Mientras que en el darwinismo es el ambiente el protagonista, en el lamarckismo lo son los organismos. El lamarckismo resulta por ello más atractivo que el darwinismo, porque también le da un cierto sentido a nuestros orígenes: somos el resultado de los esfuerzos de nuestros antepasados; ellos nos han creado. Autores importantes como Jacques Monod y Stephen Jay Gould se niegan a aceptar que los organismos sean meras bolas de billar en el juego de la evolución, la arcilla que la selección natural moldea. Estos autores creen que son las acciones de los organismos las que determinan el curso futuro de la evolución (se entiende que nos referimos a comportamientos no programados genéticamente, sino a los que aparecen espontáneamente en un individuo o en varios). En palabras de Jacques Monod: «Si los vertebrados tetrápodos han aparecido y han podido dar la maravillosa expansión que representan los anfibios, los reptiles, las aves y los mamíferos, es porque en el origen, un pez primitivo "eligió" el ir a explorar la Tierra donde no podía sin embargo desplazarse más que saltando dificultosamente. Él creó así, como consecuencia de una modificación de comportamiento, la presión de selección que debía desarrollar los poderosos miembros de los tetrápodos.»

Stephen Jay Gould ofrece una versión parecida del mismo fenómeno: «En un caso clásico reciente, varias especies de herrerillos aprendieron a abrir las botellas de leche inglesas y a beberse la nata. Es fácil imaginarse una evolución siguiente de la forma del pico para hacer más fácil el pillaje (aunque probablemente se vea abortada por los cartones y el cese del reparto domiciliario). ¿Acaso no es esto algo lamarckiano en el sentido de que una innovación activa de la conducta, no genética, sienta las bases para reforzar la evolución? ¿Acaso no piensa el darwinismo que el entorno es una especie de crisol de refinamiento y que los organismos son entidades pasivas ante él?»

Y Kenneth Kardong lo expresa así: «El ejemplo del vuelo de las aves también nos recuerda que un nuevo papel biológico generalmente precede la aparición de una nueva estructura. Con un cambio en los papeles, el organismo experimenta nuevas presiones selectivas en un nicho ligeramente diferente. [...] Este cambio inicial en los papeles expuso la estructura a nuevas presiones selectivas, favoreciendo las mutaciones que consolidan una estructura en su nuevo papel. Primero aparece la nueva conducta, a la que sigue el nuevo papel biológico. Finalmente se establece un cambio en una estructura para llevar a cabo la nueva actividad.»

La discusión de qué fue antes, el cambio de comportamiento o la mutación, parece la disputa del huevo y la gallina, pero es verdaderamente importante cuando se trata de las grandes transiciones evolutivas, las que determinan la aparición de un tipo de organismo realmente nuevo, y no una mera variante de lo anterior, en un tiempo relativamente breve. ¿También en esos casos, que cambian el curso de la evolución, el cambio morfológico vino precedido de un cambio en el comportamiento? ¿Hay en el origen de los tetrápodos, de los mamíferos, de los primates, de los homínidos o de los humanos un cambio en la conducta o un cambio en el genotipo? El importante paleontólogo George Gaylord Simpson (1902 1984) pensaba que era necesario que se produjera primero un cambio anatómico (una preadaptación); luego los individuos dotados de nuevas características podrían pasar a comportarse de modo diferente y ocupar un nicho ecológico nuevo, viviendo de una manera diferente.

Otro enemigo mortal del darwinismo era el saltacionismo, la idea de que la evolución se produce a base de grandes mutaciones. Pierde entonces todo su protagonismo la selección natural, que deja de ser esa paciente artesana que va cambiando muy poco a poco (despacio pero sin pausa) a los organismos a lo largo de muchísimo tiempo. Las grandes transiciones evolutivas se habrían producido, según los saltacionistas, de una sola vez, y la selección natural se las habría encontrado ya hechas. Aunque en sus formas extremas el saltacionismo es incompatible con la genética moderna, han perdurado hasta nuestros días versiones modificadas del saltacionismo.

Los grandes descubrimientos de la nueva ciencia de la genética en el primer cuarto del siglo XX tampoco le eran favorables al darwinismo, pero en los años cuarenta se produjo una convergencia entre genéticos y darwinistas que dio luz a una síntesis entre las aportaciones de Gregor Mendel (1822 1884) y de Darwin, que fue conocida como neodarwinismo o teoría sintética de la evolución.

El neodarwinismo es la escuela hegemónica en el campo del pensamiento evolutivo, pero en el último cuarto del siglo XX ha surgido entre paleontólogos (Niles Eldredge y Stephen Jay Gould son sus creadores) una doctrina llamada el equilibrio puntuado que pone en duda el protagonismo absoluto de la selección natural en la historia de la vida. En esencia, el equilibrio puntuado viene a decir que mientras que la selección natural actúa sobre los individuos en el interior de las especies (lo que se conoce como microevolución), la historia de la vida (la macroevolución) es también consecuencia de algo parecido a una selección entre especies. Esto se debe a que las especies aparecen de manera rápida (siempre en términos de tiempo geológico, lo que supone miles de años) y luego permanecen sin grandes cambios, por lo que se comportan como individuos, con su fecha de nacimiento, su fecha de defunción y la posibilidad, que no siempre se realiza, de dejar vástagos en forma de especies hijas. Por decirlo de una manera un poco esquemática, las especies normalmente no evolucionan, y cuando lo hacen sólo es una pequeña parte de la especie la que cambia; entonces es cuando aparece una especie hija, como si fuera una yema en la rama de un árbol. El neodarwinismo tiende a pensar que las especies están evolucionando todo el tiempo, porque la selección natural es un mecanismo que nunca se detiene. Para el neodarwinismo las especies se están modificando permanentemente; para el equilibrio puntuado el cambio se reduce al breve periodo en torno a la aparición de una especie. El neodarwinismo tiende a ver la geometría de la evolución como esencialmente lineal, mientras que para el equilibrio puntuado predomina la ramificación, y de todas las ramas sólo algunas producirían nuevos retoños, mientras que la mayoría de las especies se extinguirá sin descendencia.

Años después de descubrir el mecanismo de la selección natural, Darwin se dio cuenta de que si no hubiera actuado en el pasado un proceso complementario, sólo existiría hoy una especie sobre la Tierra, que habría ido cambiando a lo largo del tiempo desde que la vida apareció (hace unos 3.800 millones de años). La historia de la vida no es sólo cambio, sino también diversificación. ¿Qué hace que las líneas evoluti­vas se dividan y que las especies se multipliquen? Darwin no tenía una solución muy precisa para este problema, y lo resolvía suponiendo que la evolución tendía a ocupar todas las formas de vida posibles, todos los nichos ecológicos como se dice ahora. En palabras de Darwin: «Pero en aquel tiempo pasé por alto un problema de gran importancia; y a no ser por el principio del huevo de Colón, me resulta sorprendente cómo pude olvidar esta cuestión y su solución. Este problema es la tendencia en seres orgánicos descendientes del mismo tronco a divergir a medida que se modifican. Que han llegado a diferenciarse mucho es obvio, por la manera en que las especies de todas las clases pueden ser clasificadas en géneros, los géneros en familias, las familias en subórdenes y así sucesivamente, y aún recuerdo el lugar exacto del camino en que, yendo en mi coche, y para mi contento, se me ocurrió la solución; esto fue mucho después de haber venido a Down. La solución, según creo, es que los vástagos modificados de todas las formas dominantes y crecientes tienden a adaptarse a los muchos y altamente diversificados lugares en la economía de la naturaleza.» Este principio de divergencia de Darwin no es, a diferencia de la selección natural, un verdadero mecanismo, sino una vaga intuición. ¿Qué hace, en realidad, que los descendientes de las especies que tienen éxito y se multiplican, tiendan a adaptarse a todos los nichos posibles y se diversifiquen? Las pretendidas tendencias de la naturaleza no son nunca explicaciones científicas.

Todavía no se entiende bien cómo se produce habitualmente una nueva especie a partir de una población de la especie antecesora. Se sabe que tiene que aparecer de alguna manera el aislamiento genético, es decir, la imposibilidad de que los miembros de esa población puedan cruzarse con los de las demás poblaciones y tener descendientes fértiles. Hay para ello varias posibilidades y se duda de cuál es la más frecuente; esta duda es comprensible porque los científicos todavía no hemos tenido tiempo de presenciar en directo cómo nace una especie (hacen falta miles de años para ello). De todos modos, se piensa que en la mayor parte de los casos la población que se convirtió en una nueva especie estaba previamente aislada geográficamente (aunque, en cualquier caso, el aislamiento geográfico no sería la causa, sino un condición necesaria).

Ya que nada tiene sentido en biología sin la perspectiva de la evolución, todo lo que se ha elaborado históricamente en relación con el origen del hombre, en particular, ha estado influido por las diferentes ideas que los autores tenían sobre cómo funciona la evolución en general. Por poner un ejemplo, se han defendido actitudes racistas basándose en ciertas concepciones del proceso evolutivo.

Pero los viejos debates siguen todavía vigentes, y el papel que la selección natural, la causa de la evolución para Darwin, ha tenido en nuestro origen y características es aún materia de controversia. Según algunos autores la selección natural al modo ordinario, es decir, tal y como suponía Darwin (y luego los neodarwinistas) que funcionaba, no sería la responsable de algunas de nuestras características más importantes.

Los procesos de heterocronía, es decir, las alteraciones en el desarrollo, podrían, según algunos, explicar nuestro gran cerebro, el cráneo redondo y la cara pequeña, e incluso, según otros, hasta la postura bípeda y nuestra actitud inquisitiva e investigadora. Se trata de la teoría de la neotenia, que sostiene que somos seres inacabados porque nuestro desarrollo no se ha completado; dramatizando un poco: enormes fetos con capacidad reproductora.

Si la selección natural es despiadada y favorece sólo a los más aptos en la competición de unos individuos con otros, ¿cómo es posible que haya evolucionado el altruismo en las sociedades animales, incluida la humana? Ésta es una pregunta a la que debe enfrentarse el neodarwinismo, y lo ha hecho dando a luz a una especialidad llamada sociobiología que aspira a explicar, por medio de la selección natural darwiniana, el comportamiento social, que incluye el altruismo, la cooperación y las limitaciones a la agresión. El creador de la sociobiología es el americano Edward O. Wilson. El método de esta nueva escuela consiste en adoptar en el análisis la perspectiva del gen, una especie de gencentrismo que ha sido popularizado por el inglés Richard Dawkins como la teoría del gen egoísta.

En esencia, la explicación del altruismo consiste en negarlo. Lo que nos parece un acto altruista por parte de un individuo resulta ser egoísta en el nivel de los genes. Por poner un ejemplo, puesto que una madre comparte la mitad de sus genes con cada hijo, hay dos copias completas de sus genes en cuatro hijos, por lo que en caso de peligro le resulta rentable a sus genes que la madre muera si a cambio se salvan los cuatro hijos. De ahí sólo hay un paso a decir, como afirma Dawkins, que los genes utilizan a los cuerpos en su beneficio propio, no «dudando» en sacrificarlos, ya que los genes son eternos y los cuerpos meros vehículos temporales. Una gallina sería el medio que tiene un huevo de producir otro huevo. Como se discutirá ampliamente más adelante, la sociobiologIa llevada al terreno del comportamiento humano es objeto hoy de críticas acaloradas porque muchos ven un error y un peligro en cualquier forma de determinismo de la conducta humana.

Otro desafío importante al protagonismo de la selección natural lo tenemos en el origen de nuestra propia mente. La inteligencia humana no sería, para toda una corriente de pensamiento (que arranca del propio Alfred Russel Wallace), un resultado directo de la selección natural, sino uno colateral o indirecto. Nuestro cerebro no evolucionó para leer, escribir y hacer operaciones matemáticas, ni nuestra voz para cantar ópera, como nuestras manos no evolucionaron para tocar el piano; esto es obvio, pero hay quien dice que nuestro cerebro ni siquiera evolucionó para pensar (para manipular símbolos), ni nuestra laringe para hablar (para comunicarse por medio de símbolos), sino que la selección natural desarrolló estos órganos para otros cometidos, aunque bruscamente, en nuestra especie, cambiaran de función.

Nosotros participamos de la idea de que el papel de la selección natural en la historia de la vida merece ser estudiado a fondo, y que algunas de las críticas al neodarwinismo, por ejemplo las procedentes del campo de la paleontología, tienen una buena base. La selección natural podría no constituir la totalidad de la explicación. Pero no tenemos duda de que Darwin, como el Edipo del mito griego, liberó a la biología de la opresión de su particular enigma: ¿cómo es posible que haya diseño sin diseñador?

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