Tan solo llevaba dos días en ese lugar de mala muerte y ya deseaba marcharme. Además, esa entrevista de trabajo había sido un auténtico fracaso y el trabajo por






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fecha de publicación27.01.2016
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Tan solo llevaba dos días en ese lugar de mala muerte y ya deseaba marcharme. Además, esa entrevista de trabajo había sido un auténtico fracaso y el trabajo por el que había viajado hasta allí se me había esfumado.

Era la primera vez en mi vida que dormía en un lugar tan inhóspito, tan desagradable, y tan alejado de todo aquello que siempre había perseguido.

El hostal estaba en el barrio más sucio de una ciudad obrera, y era un edificio viejo. Su olor era aún peor. Seguramente jamás había estado en un sitio igual, a pesar de haber pasado la noche ya en muchos tugurios. Si hasta los servicios de los trenes o de las viejas estaciones eran más limpios que la propia habitación donde descansaba. Al menos era barata – increíblemente barata. No en todos lados se podía dormir por dieciocho euros la noche.

El tren había llegado de noche, como me gusta llegar a la ciudad, y apenas si me había dado tiempo de buscar nada mejor. Además, estaba cansado de ir de un lugar a otro, sin rumbo, y decidí quedarme en el primer lugar que encontré porque era muy tarde y a la mañana siguiente, bien temprano, tenía que acudir a mi entrevista de trabajo.

Así que pernocté allí, en la pensión el antonio. Tal cual, con minúscula y artículo.

Como ni siquiera tenía recepción solo tuve que pagar la habitación por adelantado, sin necesidad de dejar documentación alguna.

La habitación se paga por adelantado – me dijo ese viejo, casi ciego, sentado en una silla junto a la puerta y las escaleras – y solo un día. Mañana, si quiere quedarse, tiene que pagar otra vez ¿entendido?

-¿y hay descuentos si me quedo más de un día? – pregunté. Su risa macabra valió como respuesta. Cuando llegué a mi habitación aún podía escuchar su risa, manchada de tos seca con extractos de tabaco y alcohol.

La habitación no llegaría a los ocho metros cuadrados - ¿tantos? - y solo tenía lugar para una pequeña cama sin sábanas, para una ducha y un váter. Ni siquiera había una mesa o una silla. Allí no cabía nada más, ni siquiera yo, que tenía que andar casi de puntillas y adelantando un pie, y luego el otro. Por suerte tenía una ventana que daba a un patio interior, repleto de ventanitas como la mía, casi todas cerradas y sucias. Abajo, en el fondo, toda la basura que se pueda uno imaginar, depositada allí durante años y años.

Después de dos noches allí, la habitación parecía menos sucia, y hasta más grande.

Era ya muy de noche, y ese sería el momento que aprovecharía para salir de la pensión y pasear por la ciudad para despedirme de ella en el calor de la noche. Siempre me gustó pasear por las ciudades desconocidas bajo la luz de las farolas porque era la forma de pasar inadvertido, de no ser nadie, si acaso una sombra más.

Estaba tirando la colilla por la ventanita de mi habitación cuando me fijé en la luz encendida de una habitación situada más abajo, y a través de ella pude ver a esa extraña mujer que llamó mi atención esa misma mañana.

Al verla subiendo la escalera, cargada de bolsas, me llamó la atención. Iba vestida con uniforme de limpieza, sucio y viejo, y con el pelo recogido bajo una gorra negra del Real Madrid.

Caminando tras ella me fijé en su bonito trasero, que se dibujaba redondo y suave tras ese vestido pegado a su cuerpo, y fue entonces cuando comprendí que era más joven de lo que su aspecto presentaba. Me sorprendió el brillo de su pelo, y lo limpio que parecía.

-Permita que le ayude – le dije, al ver que esas bolsas pesaban demasiado.

La pobre mujer, poco acostumbrada a encontrar un caballero por esos lares, se sorprendió, e incluso se asustó, y no me hizo mucho caso. Fue entonces cuando insistí, arrebatándole todas las bolsas mientras le sonreía.

-No te voy a robar – le dije sonriendo – me estoy quedando aquí a dormir

-ya lo sé – dijo ella, ruborizándose – te vi ayer cuando llegaste.

Frente a la puerta de su habitación cogió sus bolsas, me sonrió tímidamente, y me agradeció la ayuda. Yo esperé que abriera la puerta, pero ella era desconfiada y no lo hizo hasta que no comprobó que me había alejado de su planta.

Nada buscaba mirando por la ventana, sin embargo, no pude evitar el mirarla, aun pensando en las consecuencias que tendría si alguien me descubriera.

Agazapado en mi ventana pude observar su silueta en penumbra, y algo me hizo esperar. De pronto la luz del baño se encendió y pude verla mientras se miraba en el espejo.

Sin duda acababa de llegar de su trabajo pues aún llevaba ese viejo uniforme de rayas verdes y blancas. Ella se miraba la cara, recogiendo con sus dedos unas arrugas que para nada le satisfacían. Para mi sorpresa, ella se despojó de sus ropas.

Ver cómo se quitaba el estrecho vestido de rayas fue algo extraño. La cansada mujer desabrochó los cinco botones traseros con delicadeza, dejando aparecer las tiras negras de un sujetador que oprimía con fuerza. La piel de sus hombros se dibujó blanquecina y con muchas pecas, y parecía suave como la seda. Lenta y trabajosamente consiguió bajar todo el vestido y me mostró un cuerpo hermoso que para nada esperaba. Verla tan solo vestida con su ropa interior fue como presenciar una colorida y estruendosa traca de fuegos de artificio. Y eso, en un lugar como ese, fue algo sorprendentemente agradable que me hizo sentir de nuevo persona, y no animal como me sentía.

Ella, sin saber que un furtivo acechaba desde cerca – ¿o sí lo sabía? - siguió mirándose en el espejo, y pude comprobar que su habitación era mucho más grande que la mía. También mucho más limpia.

Su gesto serio denotaba zozobra, cansancio, y, sobre todo, hastío. Se miraba directamente a los ojos, sin lágrimas visibles pero que yo pude ver dentro de sus ojos. Mientras acariciaba su cuello, intentando ocultar esas arrugas que tenía, su tristeza se hacía mayor, y ese gesto me emocionó.

Desde mi guarida podía verla de espaldas, con las tiras del sujetador apretadas a su piel, y una braga negra rota, descosida, y muy holgada. Su cuerpo era mucho más bonito de lo que ella parecía ver a través de ese espejo.

Sensualmente – yo creo que sabía que estaba siendo espiada - se quitó el sujetador, desabrochando el botón trasero con delicadeza y dejando dentro de mi campo de visión dos preciosos pechos. Estaban perfectamente formados, y se dibujaban turgentes y redondos, ligeramente caídos. A mí me parecieron tan majestuosos como excitantes. Parecían dos preciosas manzanas relucientes ante las que permanecí absorto, mientras mi mirada flanqueaba sus contornos redondeados, su piel blanca alcalina y esos botones rosáceos que delimitaban el centro exacto de su circunferencia irregular. De pronto los imaginé repletos de leche caliente. Aún no sé por qué.

Mientras mis ojos devoraban esos pletóricos pechos que hicieron que hasta su cara pareciera más bella, ella se acercó a la ducha, tocó el agua que caía del grifo y, después, se quitó graciosamente las bragas blancas que no hacían juego con el sujetador que ya pisaba en el suelo.

Y, observándola desde la mediana y terrorífica distancia, un beso comenzó a pelear con mi boca sellada, venciendo finalmente, y recorriendo el aire hasta llegar a su piel marchita. Fue entonces cuando todo cambió de nuevo, y cuando su cuerpo se cubrió de pinturas calientes que me asombraron. Miles de besos más escaparon por la comisura de mis labios aprovechando el descuido de mi sonrisa boba.

Con una delicadeza absoluta – esa mujer no parecía la misma que me había cruzado en la escalera – calzó sus dedos sobre las tiras de la braga haciéndola caer lentamente, como si quisiera ponerle emoción al hecho compartido.

Ver esa tela descosida deslizarse por entre sus muslos blancos liberando su desnudez la convirtió en una mujer diferente, en una de las protagonistas de esos cuadros extraños que a veces me gustaba ver en las revistas aunque apenas los comprendiera. Esa mujer era ya otra ante mis atónitos y enamorados ojos.

Me quedé absorto ante tan hermosa desnudez, y empecé a creer que estaba leyendo todo, y no viéndolo con mis propios ojos. No podía creer que esa mujer, otrora tan normal, pareciera de pronto tan perfecta, tan pura, tan mujer y tan cercana.

Verla desnuda de esa manera tan natural e inocente me hizo ver a una auténtica diosa mitológica paseando libremente por los jardines del paraíso donde un mortal como yo paseaba furtivamente, sabedor de que no era mi sitio, y a la espera de que alguien me descubriera y me echara.

Esa mujer que estaba viendo en su madurez no era la misma que yo había visto antes. Y no era solo su cuerpo el que parecía diferente… ¡Hasta su cara parecía otra!

Esa mujer era una descarga brutal de sensualidad, y se convirtió en un castigo para quien, como yo pudiera observarla pero no tocarla. Era todo y era más que todo... Allí comprendí, una vez más, que la perfección absoluta existía, y que, además, tenía forma de mujer y que nada podría comparársele jamás.

Fue entonces cuando esa mujer, tan desnuda como la noche que nos acompañaba, se hizo sirena de pronto. Su cuerpo se emborronó bajo el agua como el dibujo de un niño, mientras otras manos invisibles le daban color, alejando de ella todas esas imperfecciones que ya no existían. Su cuerpo relucía y brillaba como un diamante o cualquier otra piedra preciosa, y su brillo iluminaba tanto que hasta llegué a creer que pudiera salir por la ventana y delatar mi presencia.

Yo parecía hipnotizado y excitado, aunque puedo asegurar que no era mi deseo juvenil el que estaba sintiéndose complacido en esos momentos. Más bien era mi propio corazón el que se sentía feliz y dichoso por poder contemplar a través de sus ojos tanta belleza junta. Verla completamente desnuda, algo prohibido y que nunca había imaginado desde allí, me hizo sentir de pronto inmortal, importante y hombre por primera vez en mucho tiempo.

¿A quién le amarga un dulce? – pensé, mientras debatía conmigo mismo acerca de permanecer allí o cerrar la ventana y no invadir su privacidad. En esos momentos no podía saber lo que sentía, tampoco quería saberlo. Tan sólo me conformaba con saber que lo que estaba viendo era aún mejor que lo imaginado.

Cada movimiento de sus manos bajo el agua, cada roce de cualquier parte de su cuerpo parecía un canto a la alegría, un tributo a los dioses, un poema de amor que yo mismo estaba escribiendo con palabras que no reconocía y que escapaban de mi subconsciente, sin necesidad de mencionar palabra alguna. El tono de la carne de esa mujer se hizo más cálido con toda una gama de rojos y naranjas que bañaban el lienzo de su cuerpo.

De pronto me enamoré perdidamente. No podía creer lo que estaba viendo. Ante mí tenía la más auténtica de las perfecciones y me conformaba con estar allí, siendo un espectador de lujo. Para nada deseaba estar junto a ella debajo de ese ardiente agua, para nada deseaba besarla o abrazarla. Verla desde allí me hacía ver realmente como era... era como descubrirla, como llegar a conocerla infinitamente.

Cada curva de su cuerpo, cada poro de su piel, cada uno de los dedos que tocaban tan maravilloso cuerpo parecía algo anormal, algo místico, algo prohibido que esa noche sólo me pertenecería a mí. Su cara podía verla con total nitidez a pesar de la distancia, y también parecía entonces más hermosa y femenina, más alegre y viva...

Cada vez más emocionado no podía dejar de observarla con todo detenimiento. Sabía que, posiblemente, nunca más volvería a presenciar algo así, y tenía que grabar cada uno de los rincones de su cuerpo, cada una de sus excesivas formas femeninas, cada uno de sus movimientos, cada uno de sus gestos, cada uno de sus roces...

Mi miedo había desaparecido ya, y ahora la observaba sin miedo alguno. Nada que tenía que perder si me descubría. ¿Quién era ella? ¿Quién era yo? ¿Quiénes éramos los dos? Dos desconocidos que podían ayudarse en un momento delicado de sus vidas.

Entonces ella salió de la ducha y comenzó a secar sus piernas. Yo seguía mirándola, observando su arrebatadora desnudez, y ella levantó la vista y su mirada se cruzó con la mía.

Intenté esconderme, huir, pero… ¿Para qué? ¿Por qué? Yo no había hecho nada malo. Era ella quien había dejado la ventana abierta. No yo. Ya sabía que eso no era una invitación, sino un descuido, pero a veces, los descuidos son oportunidades únicas que hay que saber aprovechar.

Nos miramos. No bajé la mirada. Ella tampoco, aunque cubriera su cuerpo con esa toalla roja. Fueron unos segundos extraños, dolorosos incluso, pero fueron haciéndose amenos conforme su gesto iba cambiando. Le sonreí. Ella me sonrió tímida, y su toalla calló . Sí, esa toalla roja calló su cuerpo, y también su boca, cuando cayó sobre el suelo, invitándome sin necesidad de mencionar palabra alguna.

-Ven – me dijo susurrante, pero el viento trajo claramente su sonido hasta mis oídos.

Ella era una solitaria como yo – pensé emocionado mientras bajaba la sucia escalera, tropezando con un borracho que no había conseguido llegar hasta su habitación. En esos estrechos y sucios pasillos no había luz. El dueño ya se había cansado de que le robaran las bombillas.

Estaba nervioso – lo reconozco – y respiré varias veces antes de golpear en la puerta.

- Está abierta – dijo suavemente.

Cuando entré en la habitación olía bien. Olía a limpio y eso por allí era algo raro. La luz estaba apagada pero la ventana abierta me permitió verla tumbada en penumbras.

-No enciendas la luz, por favor. Ven conmigo y no hables…

Al acercarme a ella pude ver que aún estaba mojada. Su piel era sedosa, casi dulce, y no tardé en desnudarme con ella, en abrazarla y en besarla mientras ella lloraba.

No quise preguntarle nada. Tampoco me importaba. Casi lo imaginaba, y de pronto supe que esa noche sería la última de sus noches de tristeza.

¡Nunca más! – pensé mientras acariciaba sus huesudos tobillos y mis labios ya besaban su cara caliente

Casi sin darnos cuenta, debido sin duda a la pasión despertada por los muchísimos días de abstinencia, estábamos desnudos, el uno sobre el otro, recogiendo todos los gritos y gemidos que nos regalábamos mientras nuestros cuerpos viajaban a ese país al que nunca llegarían.

Mientras observaba el dulce y ágil baile del cuerpo de esa mujer sobre el mío, me pareció escuchar el grave y celestial sonido de campanas ondeando, arriba y abajo, a un lado y al otro, mientras podía sentir toda la fuerza y la vitalidad del cuerpo que acariciaba, y que me hacía estremecer.

Ese cuerpo era duro, fuerte, enérgico… Tanto que a veces parecía masculino, pero era su suavidad y la tersura de su piel las que me hacían sentir que podría taparme con él durante todos los días de mi vida.

Fue allí, entre las sábanas de su cuerpo, cuando recordé el motivo de mi tristeza, de mi exilio a ese lugar, y volví a recordar a aquella mujer que amé hacía bien poco, y que me abandonó, como hicieron todas las otras.

Permanecer junto al fuego de ese volcán con forma de mujer fue como recibir una panacea, como tomar un calmante para el dolor provocado por la soledad y la incomprensión de mi vida. Era como el agua que regara mi jardín en los últimos días de verano, cuando el asfixiante calor ya se marchaba, o como el alimento que recibe el cachorro en boca de la madre que le ha parido momentos antes. ¡Qué bien me sentí dentro de ella!

Flotando entre las sábanas, bailando un prohibido baile del que sólo nosotros conocíamos los pasos, la miraba emocionado mientras su cuerpo, que no su boca, profería incontrolables gritos de frenesí. Ella también parecía inmensamente dichosa.

Después, mis ojos, lloraron de rabia por la prontitud del final no deseado ni buscado, pero sí encontrado.

- No te alejes, no te alejes – gritó ella con el alma, mientras la boca parecía sellada, y un insólito y estruendoso silencio se apoderó de su aún convulsivo cuerpo, al sentir cómo me iba retirando de su interior.

-No te alejes, por favor – dijo entonces, intentando besarme, y apretándome con sus piernas sobre sí, para que no nos separáramos aún – quédate dentro de mí.

Yo, en cambio, sí parecía disfrutar cuando abandonaba su cálida guarida. Para mí ese fue siempre el momento más íntimo, el que más me unía a ellas, ya que era cuando podía abrazar toda esa madurez y exageración del cuerpo que ya había hecho mío sin necesidad de controlar mis impulsos y mi propio cuerpo.

Acariciar toda la piel de su anatomía y sentir cómo se iba erizando al contacto de mi dedo, era como tocar el cielo, como saber que iba a vivir para siempre y que nadie podría arrebatarme nunca tanta felicidad.

Yo mismo era consciente de que posiblemente nunca más estaría con esa mujer, pero para mí era muy importante porque ella era ya la única de ese momento. ¿Y por qué no podría enamorarme de ella? ¿Acaso no lo estaba en ese momento?

Después, tumbados el uno junto al otro, volví a besar los cálidos labios de mi misteriosa acompañante mientras acariciábamos nuestros cuerpos, unos cuerpos que sabíamos que tendríamos que abandonar en muy corto espacio de tiempo, y, quién sabe, sin para siempre.

A nadie podía envidiar mientras estuviera acariciando y contemplando esas exageradas curvas femeninas y escuchando tan enigmática y sensual voz. En esos momentos me sentía poderoso, invencible, y sobre todo, me sentía plena y excesivamente vivo.

-Hazme el amor otra vez – dijo ella, abrazándome a mí, llorando de nuevo, ahora con más fuerza. Sus suspiros eran profundos y sus lágrimas no tardaron en mojar mi cara

-¿por qué lloras? – le pregunté, intentando secar sus lágrimas

- por nada – dijo

- ¿por nada? ¿se puede llorar por eso? – le pregunté, besando su frente

- ese es el motivo por el que más se llora

-¿cuál? – pregunté sin entender

- el nada… el no tener nada

- no lo entiendo

- ¿no? Qué suerte tienes

- no te creas. Yo también estoy solo siempre

- qué triste es no tener quien te quiera… ¿Me quieres tú?

-¿Yo? – balbucí, mientras ella serpenteaba sobre mi cuerpo, buscando el otorgador de mi masculinidad

-miénteme por favor, dime que me quieres, dime que yo podría ser tu esposa algún día

-yooooo…. Yo…. – no supe qué decir, y ella me besó violentamente, comenzando un nuevo ritual amoroso que los dos disfrutamos pero que no recuerdo con claridad.

Sé que esa mujer besó mi cuerpo – todo mi cuerpo – sé que yo besé el suyo – todo el suyo – y sé que sudamos en silencio, que mojamos nuestros cuerpos en la oscuridad y que gritamos como dos lobos en mitad de la noche.

Con mi enérgica arma penetré en ella, rasgando su interior, derrotando sus defensas, notando como la muralla que ella misma había construido caía ante mi ejército de muerte.

Entramos y salimos de ella una y mil veces, mi arma y yo… Cada vez con más fuerza, devolviendo a mí mis deseos de amar otra vez, y ella, que se sabía indefensa, se dejó vencer ante el brillo y la fuerza de mi lanza.

Aún hoy tengo grabados en mi mente sus gritos desgarradores, placenteros, y también dolorosos. ¡Dios, cómo gritaba!

Y sus gritos se convirtieron en cantos maravillosos que me deleitaba y turbaban a la vez… Todo era tan carnal, tan salvaje, tan pasional, tan alejado de mi vida monótona, que volví a sentirme hombre feliz y libre.

Cansado por el esfuerzo, y borracho de placer y lujuria, me tumbé sobre ella, inmerso en su silencio y su oscuridad… Y todo se hizo oscuro.

Era aún de noche cuando desperté sobre ese precioso cuerpo desnudo de mujer. Mi cara estaba posada sobre el vello caoba de su sexo. Mis dedos acariciaron sus piernas limpias de pelo, y mi otra mano subió por encima de mi cabeza apoyándose en su pecho.

Quise preguntarle algo, saber si había aliviado su dolor, pero no me atreví.

De pronto me asusté. Ese silencio me era conocido, y no me gustaba.

Cerré los ojos y me incorporé. Al abrirlos pude ver mis manos manchadas de sangre.

Al encender la luz pude ver su cuerpo mutilado sobre la cama. Tenía cortes por todo el cuerpo, en su pecho, en su cuello, y la sangre manchaba toda la sábana.

Junto a mí estaba el arma que había utilizado – una vez más – para acabar con una mujer que podía haberme dado mucho más de lo que merecía.

Su hoja afilada estaba manchada de sangre, incluso de restos de piel…

¡Dios mío! – grité mientras lloraba horrorizado - ¿por qué otra vez?

Todo empezó a dar vueltas y sentí que mis piernas perdían su fuerza. Me caía y no podía controlar mi cuerpo. Corriendo como pude me adentré en el baño y vomité. Mis manos apoyadas en la taza estaban manchadas de sangre seca ya, y volví a vomitar una vez más… Y otra… Y otra.

Al levantarme me acerqué al lavabo y dejé correr el agua con violencia. El líquido transparente no tardó en tintar todo de rojo y volví a sentir naúseas.

Al mirarme en el espejo me vi. Volvía a no estar solo.

Tras de mí estaba ella, esa mujer misteriosa que siempre me acompañaba, sin cuerpo, sin rostro casi, pero con esos ojos negros que sonreían sin necesidad de boca.

-Tú eres mío – me dijo de forma macabra – a nadie más perteneces.

Una vez más la maldita dama de la soledad volvía a aparecer para separarme de una de esas que llegaron solo a ser mis futuras esposas.

Y ahora… A huir de nuevo.

El último de mi especie. El último romántico. Cap. III

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