El 12º planeta






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Como en el resto de panteones, la deidad suprema, físicamente presente entre los amurru, era un dios del clima o de las tormentas al que llamaban Adad -el equivalente del cananeo Baal («señor»)-y apodaban Hadad. Su símbolo, como sería de esperar, era el rayo.


En los textos cananeos, a Baal se le suele llamar el «Hijo del Dragón». Los textos de Mari hablan también de una deidad aún más antigua llamada Dagan, un «Señor de la Abundancia» que, al igual que El, se le tenía por un dios retirado, que se quejaba de cierta ocasión en que no se le había consultado cómo había que conducirse en determinada guerra.


Entre otros miembros del panteón estaban también el Dios Luna, al que los cananeos llamaban Yerah, los acadios Sin y los sume-rios Nannar; el Dios Sol, comúnmente llamado Shamash; y otras deidades cuyas identidades no dejan lugar a dudas de que Mari fue un puente (geográfico y cronológico) que conectó las tierras y los pueblos del Mediterráneo oriental con las fuentes mesopotámicas.


Entre los descubrimientos hechos en Mari, como en cualquier otra parte de las tierras de Sumer, había docenas de estatuas de las mismas gentes: reyes, nobles, sacerdotes, cantantes.


Se les representaba invariablemente con las manos entrelazadas en oración y con la mirada, helada para siempre, dirigida hacia sus dioses. (Fig. 42)



¿Quiénes fueron esos Dioses del Cielo y de la Tierra, divinos y, sin embargo, humanos, encabezados siempre por un panteón o círculo interno de doce deidades?


Hemos entrado en los templos de los griegos y los arios, de los hititas y los hurritas, de cananeos, egipcios y amoritas. Hemos seguido senderos que nos han llevado a través de continentes y mares, y hemos seguido pistas que nos han llevado varios milenios atrás.


Y los corredores de todos los templos nos han llevado hasta una única fuente: Sumer

4 - SUMER: LA TIERRA DE LOS DIOSES
No hay duda de que las «palabras de antaño», que durante miles de años constituyeron la lengua de las enseñanzas superiores y las escrituras religiosas, era la lengua de Sumer. Y tampoco hay duda de que los «dioses de antaño» eran los dioses de Sumer; en ninguna parte se han encontrado registros, relatos, genealogías e historias de dioses más antiguos que los de Sumer.


Si nombramos y contamos a estos dioses (en sus formas originales sumerias o en las posteriores acadias, babilonias o asirías), la lista asciende a centenares. Pero, en el momento en que se les clasifica, queda claro que aquello no era un amasijo de divinidades. Estaban encabezados por un panteón de Grandes Dioses, gobernados por una Asamblea de Deidades, y estaban relacionados entre ellos. En el momento en que se excluye a sobrinas, sobrinos, nietos y demás, emerge un grupo de deidades mucho más pequeño y coherente donde cada una juega un papel, con determinados poderes y responsabilidades.


Los sumerios creían que había dioses que eran «de los cielos». Los textos que hablan de los tiempos de «antes de que las cosas fueran creadas» citan a algunos de estos dioses celestiales, como Apsu, Tiamat, Anshar, Kishar. En ningún momento se dice que estos dioses aparecieran nunca sobre la Tierra. Y, si miramos más de cerca a estos «dioses», que existieron antes de que se creara la Tierra, nos daremos cuenta de que eran los cuerpos celestes que componen nuestro sistema solar; y, como demostraremos, los así llamados mitos sumerios referentes a estos seres celestes eran, de hecho, conceptos cosmológicos precisos y científicamente admisibles sobre la creación de nuestro sistema solar.


También hubo dioses menores que eran «de la Tierra». Sus centros de culto eran, en su mayor parte, ciudades de provincias; no eran más que deidades locales. En el mejor de los casos, estaban encargados de algunas operaciones limitadas -como, por ejemplo, la diosa NIN.KASHI («dama-cerveza»), que supervisaba la preparación de bebidas. De estas deidades no existe ningún relato heroico. No disponían de armas impresionantes, y los demás dioses no se estremecían ante sus órdenes. Le recuerdan a uno a aquel grupo de dioses jóvenes que desfilaban los últimos en la procesión pétrea de la hitita ciudad de Yazilikaya.


Entre los dos grupos estaban los Dioses del Cielo y de la Tierra, los llamados «dioses antiguos». Éstos eran los «dioses de antaño» de los relatos épicos, y, según las creencias sumerias, habían bajado a la Tierra desde los cielos. No eran simples deidades locales. Eran dioses nacionales -o, mejor aún, dioses internacionales. Algunos de ellos estaban presentes y activos en la Tierra, aun antes de que hubiera Hombres en ella. De hecho, se estimaba que la existencia del Hombre había sido el resultado de una deliberada empresa creadora por parte de estos dioses. Eran poderosos, capaces de hazañas que estaban más allá de las capacidades o de la comprensión de los mortales. Y, sin embargo, estos dioses no sólo tenían aspecto humano, sino que, también, comían y bebían como ellos, y exhibían todo tipo de emociones humanas, desde el amor y el odio hasta la lealtad y la infidelidad.


Aunque los papeles y la posición jerárquica de algunos de los principales dioses pudo cambiar con los milenios, algunos de ellos nunca perdieron su encumbrada posición y su veneración nacional e internacional. A medida que observemos más de cerca este grupo central, veremos emerger una dinastía de dioses, una familia divina, estrechamente relacionados entre ellos y, sin embargo, amargamente divididos.


A la cabeza de esta familia de Dioses del Cielo y de la Tierra estaba AN (o Anu en los textos babilonios/asirios). Él era el Gran Padre de los Dioses, el Rey de los Dioses. Su reino era la inmensidad de los cielos, y su símbolo era una estrella.
En la escritura pictográfica sumeria, el signo de una estrella tenía también el significado de An, de «cielos» y de «ser divino» o «dios» (descendiente de An). Este cuádruple significado del símbolo se mantuvo a través de las eras, a medida que la escritura pasó de su forma pictográfica sumeria hasta la cuneiforme acadia y la estilizada babilonia y asiría. (Fig. 43)



Desde los primeros tiempos hasta que la escritura cuneiforme se desvaneció -desde el cuarto milenio a.C. hasta casi la época de Cristo-, este símbolo precedía los nombres de los dioses, indicando que el nombre escrito en el texto no era el de un mortal, sino el de una deidad de origen celeste.


La morada de Anu, y la sede de su Realeza, estaba en los cielos. Ahí era adonde iban los otros Dioses del Cielo y de la Tierra cuando necesitaban consejos o favores personales, o donde se reunían en asamblea para zanjar disputas entre ellos mismos o para tomar decisiones importantes. Numerosos textos describen el palacio de Anu (cuyos pórticos estaban custodiados por un dios del Árbol de la Verdad y un dios del Árbol de la Vida), así como su trono, el modo en que los demás dioses se aproximaban a él y cómo se sentaban en su presencia.


Los textos sumerios también recogieron casos en que incluso a los mortales se les permitió subir a la morada de Anu, la mayoría de las veces con el objeto de escapar a la mortalidad. Uno de estos relatos es el de Adapa («modelo de Hombre»). Fue tan perfecto y tan leal al dios Ea, que le había creado, que Ea lo dispuso todo para que fuera llevado hasta Anu. Es en ese momento cuando Ea le describió a Adapa lo que se debía esperar.

Adapa,
vas a ir ante Anu, el Rey;

tendrás que tomar el camino hacia el Cielo.

Cuando hayas ascendido hasta el Cielo,

y te hayas acercado al pórtico de Anu,

el «Portador de Vida» y el «Cultivador de la Verdad»

estarán de pie en el pórtico de Anu.
Guiado por su creador, Adapa «hasta el Cielo fue... ascendió al Cielo y se acercó al pórtico de Anu». Pero cuando se le ofreció la posibilidad de hacerse inmortal, Adapa se negó a comer el Pan de la Vida, pensando que el enfurecido Anu le estaba ofreciendo alimentos envenenados. Así pues, se le devolvió a la Tierra como sacerdote ungido, pero todavía mortal.

La afirmación sumeria de que también los humanos podían ascender a la Morada Divina en los cielos encuentra su eco en los relatos del Antiguo Testamento sobre el ascenso a los cielos de Enoc y del profeta Elias.


Aunque Anu vivía en una Morada Celeste, los textos sumerios hablan de ocasiones en las que bajó a la Tierra -bien en tiempos de alguna crisis importante o con ocasión de visitas ceremoniales (en las que iba acompañado por su esposa ANTU), o bien (al menos, una vez) para celebrar los desposorios de su bisnieta IN.ANNA en la Tierra.


Dado que no vivía de forma permanente en la Tierra, no parecía necesario darle exclusividad a su propia ciudad o centro de culto; y la morada, o «alta casa» erigida para él se encontraba en Uruk (la bíblica Erek), dominio de la diosa Inanna. En la actualidad, en las ruinas de Uruk, hay un inmenso montículo artificial donde los arqueólogos han encontrado rastros de la construcción y reconstrucción de un gran templo, el templo de Anu; aquí se han descubierto no menos de dieciocho estratos o escalones distintos, lo cual habla de razones convincentes para mantener el templo en este sagrado lugar.


Al templo de Anu se le llamó E.ANNA («casa de An»). Pero este sencillo nombre se le aplicaba a una estructura que, al menos en algunos de sus niveles, bien merece que la contemplemos. Aquel era, según los textos sumerios, «el santo E-Anna, el santuario puro». Según la tradición, los mismos Grandes Dioses «habían dado forma a sus partes». «Su cornisa era como de cobre», «sus paredes tocaban las nubes -una noble morada»; «era una Casa de un encanto irresistible, con un atractivo infinito». Y los textos también dejan claro el propósito del templo, pues lo llaman «la Casa para descender del Cielo».


Una tablilla que perteneció a un archivo de Uruk nos aporta luz cubre la pompa y el boato que acompañaban la llegada de Anu y de su esposa en una «visita de estado». Debido al deterioro de la tablilla, solamente podemos leer lo relativo a la segunda mitad de las ceremonias, cuando Anu y Antu estaban ya sentados en el patio del templo. Los dioses, «exactamente en el mismo orden que antes», formaban entonces una procesión delante y detrás del portador del cetro. Ahí, el protocolo daba las siguientes instrucciones:

La gente del País encenderá fuegos en sus casas,

y ofrecerá banquetes a todos los dioses...

Los guardianes de las ciudades encenderán fuegos

en las calles y en las plazas.
La partida de los dos Grandes Dioses también estaba planificada, no sólo al día sino también al minuto.

En el decimoséptimo día,

cuarenta minutos después de salir el sol,

se abrirá la puerta ante los dioses Anu y Antu,

llegando a su fin su estancia, tras pasar la noche.
Aunque el final de esta tablilla está roto, hay otro texto que describe con toda probabilidad la partida: la comida de la mañana, los ensalmos, los apretones de manos («agarrarse de las manos») de los otros dioses. Después, los Grandes Dioses eran llevados a su punto de partida sobre literas con forma de tronos sobre los hombros de los funcionarios del templo. Existe una representación asiría de una procesión de dioses que, si bien es bastante posterior en el tiempo, nos puede dar una buena idea de la forma en la que Anu y Antu eran llevados durante su procesión en Uruk. (Fig. 44)



Se recitaban ensalmos especiales cuando la procesión atravesaba «la calle de los dioses»; luego, se cantaban otros salmos e himnos cuando se acercaban «al muelle sagrado» y cuando llegaban «al dique del barco de Anu». Se procedía a las despedidas y se recitaban y cantaban más ensalmos aún, «con gestos de levantar las manos».


Después, todos los sacerdotes y funcionarios del templo que habían llevado a los dioses, dirigidos por el sumo sacerdote, ofrecían una «oración de partida» especial. «¡Gran Anu, que el Cielo y la Tierra te bendigan!» entonaban siete veces. Oraban por la bendición de los siete dioses celestes e invocaban a los dioses que estaban en el Cielo y a los dioses que estaban en la Tierra. En conclusión, les daban la despedida a Anu y Antu de este modo:

¡Que los Dioses de lo Profundo

y los Dioses de la Morada Divina

os bendigan!

¡Que os bendigan a diario,

cada día, de cada mes, de cada año!
Entre las miles y miles de representaciones de los antiguos dioses que se han descubierto, ninguna parece representar a Anu. Y, sin embargo, nos observa desde cada estatua y cada retrato de cada rey que ha habido, desde la antigüedad hasta nuestros días. Pues Anu no era sólo el Gran Rey, Rey de los Dioses, sino también aquel por cuya gracia los demás podían ser coronados como reyes. Según la tradición sumeria, la soberanía emanaba de Anu; y el término para designar la «Realeza» era Anutu («Anu-eza»). Las insignias de Anu eran la tiara (el divino tocado), el cetro (símbolo del poder) y el báculo (símbolo de la guía que proporciona el pastor).


En la actualidad, el báculo del pastor se puede encontrar más en manos de obispos que de reyes, pero la corona y el cetro los siguen llevando todos aquellos reyes que la Humanidad ha dejado en sus tronos.


La segunda deidad en poder del panteón sumerio era EN.LIL. Su nombre significa «señor del espacio aéreo», prototipo y padre de los posteriores Dioses de las Tormentas que encabezaban los panteones del mundo antiguo.


Era el hijo mayor de Anu, nacido en la Morada Celeste de su Padre. Pero, en algún momento de los tiempos más antiguos, descendió a la Tierra y se convirtió así en el principal Dios del Cielo y la Tierra. Cuando los dioses se reunían en asamblea en la Morada Celeste, Enlil presidía las reuniones en compañía de su padre. Cuando los dioses se reunían en asamblea en la Tierra, se encontraban en la corte de Enlil, en el recinto divino de Nippur, la ciudad dedicada a Enlil, además de ser el sitio donde se encontraba su principal templo, el E.KUR («casa que es como una montaña»).


No sólo los sumerios tenían a Enlil por supremo, sino también los dioses de Sumer. Éstos le llamaban Soberano de Todas las Tierras, y dejaban claro que «en el Cielo - él es el Príncipe; En la Tierra - él es el Jefe». Sus «palabras (mandatos), en las alturas, hacen temblar los Cielos; abajo, hacen que la Tierra se estremezca»:

Enlil,
cuyos mandatos llegan lejos;

cuya «palabra» es noble y santa;

cuyas declaraciones son invariables;

que decreta destinos hasta el distante futuro...

Los es de la Tierra se inclinan gustosamente ante él;

los dioses Celestiales que están en la Tierra

se humillan ante él;

Permanecen fielmente junto a él, según las instrucciones.
Enlil, según las creencias sumerias, llegó a la Tierra mucho antes de que la Tierra se adecuara y se civilizara. Un «Himno a Enlil, el Caritativo» narra los muchos aspectos de la sociedad y la civilización que no habrían llegado a existir de no ser por las instrucciones de Enlil para «ejecutar sus órdenes en todas partes».


No se construirían ciudades, ni se fundarían poblados; no se construirían establos, ni se levantarían rediles; ni reyes serían coronados, ni sumos sacerdotes nacidos.


Los textos sumerios dicen también que Enlil llegó a la Tierra antes de que las «Gentes de Cabeza Negra» -el apodo sumerio para designar a la Humanidad- fueran creados. Durante estos tiempos previos a la Humanidad, Enlil levantó Nippur como centro particular suyo o «puesto de mando», al cual Cielo y Tierra estaban conectados a través de algún tipo de «enlace». Los textos sumerios llamaban a este enlace DUR.AN.KI («enlace cielo-tierra») y usaban el lenguaje poético para relatar las primeras acciones de Enlil en la Tierra:

Enlil,
cuando señalaste los poblados divinos en la Tierra,

Nippur levantaste como tu propia ciudad.

La Ciudad de la Tierra, la noble,

tu lugar puro cuya agua es dulce.

Fundaste el Dur-An-Ki

en el centro de las cuatro esquinas del mundo.
En aquellos primeros días, cuando sólo los dioses habitaban Nippur y el Hombre aún no había sido creado, Enlil conoció a la diosa que acabaría convirtiéndose en su esposa. Según una versión, Enlil vio a su futura novia mientras se estaba bañando en el riachuelo de Nippur -desnuda. Fue un amor a primera vista, pero no necesariamente con matrimonio en mente:

El pastor Enlil, que decreta los destinos,

el del Brillante Ojo, la vio.

El señor le habla a ella de relaciones sexuales;

ella no está dispuesta.

Enlil le habla a ella de relaciones sexuales;

ella no está dispuesta:

«Mi vagina es demasiado pequeña (dice ella),

no sabe de la cópula;

mis labios son demasiado pequeños,

no saben besar.»
Pero Enlil no aceptó un no por respuesta. Le reveló a su chambelán Nushku su ardiente deseo por «la joven doncella», que se llamaba SUD («la niñera»), y que vivía con su madre en E.RESH («casa perfumada»). Nushku le sugirió un paseo en barca y le trajo una barca Enlil persuadió a Sud para salir a navegar con él y, una vez estuvieron en la barca, la violó.


El antiguo relato cuenta entonces que, aunque Enlil era el jefe de los dioses, éstos se enfurecieron tanto por lo que había hecho que lo detuvieron y lo desterraron al Mundo Inferior. «¡Enlil, el inmoral!», le gritaban. « ¡Vete de la ciudad!» En esta versión, Sud, embarazada con el hijo de Enlil, siguió a éste y se casó con él. Otra versión dice que Enlil, arrepentido, buscó a la joven y envió a su chambelán para que le pidiera a su madre la mano de la hija. De un modo o de otro, Sud se convirtió en la esposa de Enlil, y éste le otorgó el título de NIN.LIL («señora del espacio aéreo»).


Pero lo que no sabían ni él ni los dioses que le desterraron es que no fue Enlil el que sedujo a Ninlil, sino al revés. Lo cierto es que Ninlil se bañó desnuda en el riachuelo siguiendo las instrucciones de su, madre, con la esperanza de que Enlil, que solía pasear junto al arroyo, se percatara de la presencia de Ninlil y deseara «abrazarte y besarte».


A pesar de la forma en la que se enamoraron, Ninlil fue tenida en muy alta estima a partir del momento en que Enlil le dio «la prenda de la señoría». Con una única excepción, que, según creemos, tuvo que ver con la sucesión dinástica, no se conocen más indiscreciones de Enlil. Una tablilla votiva encontrada en Nippur muestra a Enlil y a Ninlil en su templo mientras se les sirven alimentos y bebida. La tablilla fue encargada por Ur-Enlil, el «Criado de Enlil». (Fig. 45)

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