El 12º planeta






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Y Anu, como veremos, era el Padre de los Dioses sumerio.


¿Y qué hay de la otra avenida por la cual llegaron a Grecia los relatos y el culto de los dioses, la que llegó desde las costas orientales del Mediterráneo, vía Creta y Chipre?


Las tierras que forman hoy Israel, Líbano y el sur de Siria, y que formaban la franja sudoeste del antiguo Creciente Fértil, estaban habitadas por pueblos que podríamos agrupar bajo el nombre de cananeos. Una vez más, todo lo que se sabía de ellos hasta hace poco aparecía en referencias (normalmente adversas) del Antiguo Testamento y de inscripciones fenicias dispersas. Los arqueólogos estaban empezando a conocer a los cananeos cuando, de pronto, dos descubrimientos salieron a la luz: ciertos textos egipcios de Luxor y Saqqara, y, mucho más importante, unos textos históricos, literarios y religiosos desenterrados en un importante centro cananeo. El lugar, llamado en la actualidad Ras Shamra, en la costa siria, era la antigua ciudad de Ugarit.


La lengua de las inscripciones de Ugarit, el cananeo, era lo que los expertos llaman el semita occidental, una rama del grupo de lenguas entre las que se incluyen el primitivo acadio y el actual hebreo. De hecho, cualquiera que conozca el hebreo puede leer las inscripciones cananeas con relativa facilidad. El lenguaje, el estilo literario y la terminología muestran reminiscencias del Antiguo Testamento, y la escritura es la misma que la del hebreo israelita.


El panteón que se revela en los textos cananeos tiene muchas similitudes con el posterior panteón griego. A la cabeza del panteón cananeo, cómo no, hay un dios supremo llamado El, una palabra que era, al mismo tiempo, el nombre personal del dios y el término genérico de «alta deidad». El era la autoridad última en todo tipo de asuntos, tanto humanos como divinos. Ab Adam («padre del hombre») era su título; el Bondadoso, el Misericordioso era su epíteto. Era el «creador de todo lo creado, y el único que podía conceder la realeza».


Los textos cananeos («mitos» para la mayoría de los expertos) representaban a El como a un sabio, un dios anciano que se mantenía al margen de los asuntos cotidianos. Su morada era remota, en la «cabecera de los dos ríos», el Tigris y el Eufrates. Allí debía de estar, sentado en su trono, recibiendo emisarios y contemplando los problemas y las disputas que los otros dioses le presentaban.


Una estela encontrada en Palestina representa a un dios anciano sentado en un trono al que una deidad más joven le sirve una bebida. El dios que está sentado lleva un tocado cónico adornado con cuernos -una marca de los dioses, como ya vimos, desde tiempos prehistóricos- y la escena está dominada por una figura simbólica, una estrella alada, un emblema omnipresente que nos vamos a ir encontrando cada vez más. En términos generales, los expertos aceptan que este relieve escultórico representa a El, el dios supremo cananeo. (Fig. 35)



Sin embargo, El no fue siempre un señor de antaño. Uno de sus epítetos era Tor (que significa «toro»), que, según creen los estudiosos, vendría a hablarnos de sus proezas sexuales y de su papel como Padre de los Dioses. Un poema cananeo titulado «El Nacimiento de los Dioses Benévolos» nos representa a El en la costa (probablemente desnudo), mientras dos mujeres están totalmente hechizadas por el tamaño de su pene. Después, mientras un ave se asa en la playa, El mantiene relaciones sexuales con las dos mujeres. De este episodio nacen dos dioses, Shahar («amanecer») y Shalem («finalización» o «crepúsculo»).


Éstos no fueron sus únicos hijos, ni siquiera los más importantes (de los que, parece ser, había siete). Su hijo principal fue Baal -una vez más, el nombre personal de la deidad, además del término general que significa «señor». Al igual que hacían los griegos en sus relatos, los cananeos hablaban de los desafíos que solía plantear el hijo a la autoridad y la soberanía de su padre. Al igual que El, su padre, Baal era lo que los estudiosos llaman un Dios de las Tormentas, un Dios del Trueno y del Rayo. El sobrenombre de Baal era Hadad («el agudo»). Sus armas eran el hacha de guerra y la lanza-rayo; su animal de culto, al igual que el de El, era el toro, y, también como El, se le representaba con un tocado cónico adornado con un par de cuernos.


A Baal también se le llamaba Elyon («supremo»), es decir, el príncipe reconocido, el evidente heredero. Pero no había conseguido este título sin luchar, en primer lugar con su hermano Yam («príncipe del mar»), y después con su hermano Mot. Un largo y conmovedor poema, recompuesto a partir de numerosos fragmentos de tablillas, comienza con la llamada al «Maestro Artesano» ante la morada de El «en las fuentes de las aguas, en medio de las cabeceras de los dos ríos»:

A través de los campos de El llega,

entra en el pabellón del Padre de los Años.

Ante los pies de El se inclina, cae,

se postra, rindiendo homenaje.
Se le ordena al Maestro Artesano que erija un palacio para Yam como señal de su ascenso al poder. Envalentonado con esto, Yam envía sus mensajeros a la asamblea de los dioses, para pedir que Baal se postre ante él. Yam da instrucciones a sus emisarios para que se muestren desafiantes y los dioses de la asamblea claudiquen. Hasta El acepta la nueva alineación entre sus hijos. «Ba'al es tu esclavo, Oh Yam», declara.


Sin embargo, la supremacía de Yam no iba a durar demasiado. Armado con dos «armas divinas», Baal lucha con él y lo derrota, para, inmediatamente, ser retado por Mot (su nombre significa «el que hiere»). En este combate, Baal resulta vencido; pero su hermana Anat se niega a aceptar la muerte de Baal como final. «Ella agarró a Mot, el hijo de El, y con una espada lo hendió».


La destrucción de Mot lleva, según el relato cananeo, a la milagrosa resurrección de Baal. Los estudiosos han intentado racionalizar el hecho sugiriendo que el relato era sólo alegórico, que no representaba otra cosa que la lucha anual en Oriente Próximo entre los veranos cálidos y sin lluvias que resecan la vegetación y la llegada de la época de lluvias con el otoño, que revive o «resucita» la vegetación. Pero no hay duda de que el relato cananeo no estaba pensado como una alegoría, que narraba lo que, por aquel entonces, se tenía por hechos ciertos: de qué modo habían luchado entre ellos los hijos de la deidad suprema, y cómo uno de ellos, desafiando a la derrota, se convirtió en el heredero aceptado, provocando la alegría de El:

El, el bondadoso, el misericordioso, se alegra.

Pone los pies en el escabel.

Abre la garganta y ríe;

levanta la voz y grita:

«¡Me sentaré y me pondré cómodo,

reposará el alma en mi pecho;

pues Ba'al el poderoso esta vivo,

pues el Príncipe de la Tierra existe!»
Así pues, Anat, según las tradiciones cananeas, se pone del lado de su hermano el Señor (Baal) en su combate a vida o muerte con el malvado Mot. No deja de ser obvio el paralelismo entre este relato y el de la tradición griega de la diosa Atenea, al lado del dios supremo Zeus en su lucha a vida o muerte con Tifón. Como ya vimos, a Atenea se le llamó «la doncella perfecta», a pesar de haber tenido multitud de amoríos ilícitos.


Del mismo modo, las tradiciones cananeas (que precedieron a las griegas) empleaban el epíteto de «la Doncella Anat», y, a pesar de esto, también hablaban de sus diversos amoríos, en especial, el que mantenía con su propio hermano Baal. Uno de estos textos describe la llegada de Anat a la morada de Baal en el Monte Zafón, y cuenta cómo Baal se apresura en despedir a sus esposas para, después, echarse a los pies de su hermana; ambos se miran a los ojos; se ungen mutuamente los «cuernos»...

Él coge y se aferra a su matriz...

Ella coge y se aferra a sus «piedras»...

La doncella Anat... está hecha para concebir y dar a luz.
No resulta extraño, por tanto, que a Anat se la representara tan a menudo completamente desnuda, para remarcar sus atributos sexuales, como en la impresión de este sello, en el que vemos a Baal, con casco, combatiendo con otro dios. (Fig. 36)



Como en el caso de la religión griega y de sus precursoras directas, el panteón cananeo tiene también una Diosa Madre, consorte oficial del dios supremo. En este caso, se llamaba Ashera, en un evidente paralelismo con la griega Hera. Astarté (la bíblica Ashtoreth) era la homologa de Afrodita; su consorte frecuente era Athtar, que estaba relacionado con un brillante planeta, y que, probablemente, tenía su homólogo en Ares, el hermano de Afrodita. Había otras deidades jóvenes, masculinas y femeninas, cuyos paralelismos astrales o griegos son fácilmente conjeturables.


Pero, junto a estas deidades jóvenes, estaban los «dioses de antaño», alejados de los asuntos mundanos, pero accesibles cuando los mismos dioses se metían en problemas serios. Algunas de sus esculturas, aun estando parcialmente dañadas, los muestran con rasgos autoritarios, reconocibles como dioses por su tocado de cuernos. (Fig. 37)



Pero, ¿de dónde sacaron su religión y su cultura los cananeos?


El Antiguo Testamento los considera parte de la familia de naciones camitas, con raíces en las tierras cálidas (que es lo que cam significa) de África, hermanos de los egipcios. Los objetos» y los registros escritos desenterrados por los arqueólogos confirman la estrecha afinidad entre ambos, así como las muchas similitudes entre las deidades cananeas y egipcias.


A primera vista, los dioses de Egipto dan la sensación de ser una incomprensible masa de actores sobre un escenario extraño, si nos atenemos a la multitud de dioses nacionales y locales, al ingente número de nombres y epítetos, y a la gran diversidad de sus roles, emblemas y mascotas animales. Pero, si miramos más de cerca, nos daremos cuenta de que, en esencia, no se diferenciaban de los dioses de otras tierras del mundo antiguo.


Los egipcios creían en los Dioses del Cielo y de la Tierra, en Grandes Dioses que se distinguían fácilmente de las multitudes de deidades menores. G. A. Wainwright (The Sky-Religion in Egypt) resumió las evidencias al demostrar que la creencia de los egipcios en Dioses del Cielo que habían descendido a la Tierra era «sumamente antigua». Algunos de los epítetos de estos Grandes Dioses -el Más Grande de los Dioses, Toro del Cielo, Señor/Señora de las Montañas- resultan familiares.

Aunque los egipcios utilizaban el sistema decimal en sus cálculos, sus asuntos religiosos estaban gobernados por el sexagesimal sesenta sumerio, y los temas celestiales estaban sujetos al divino número doce. Los cielos fueron divididos en tres partes, con doce cuerpos celestiales en cada una de ellas. El más allá se dividió en doce partes. El día y la noche se dividieron en doce horas. Y todas estas divisiones se equipararon con «compañías» de perros que, a su vez, constaban de doce perros cada una.


A la cabeza del panteón egipcio estaba Ra («creador»), que presidía una Asamblea de Dioses que ascendía a doce. Él había llevado a cabo sus increíbles obras de creación en tiempos primitivos, creando a Geb («Tierra») y Nut («cielo»). Después, hizo que crecieran plantas en la Tierra, así como las criaturas que se arrastran; y, finalmente, hizo al Hombre. Ra era un dios celestial invisible que sólo se manifestaba de vez en cuando. Su manifestación era el Aten, el Disco Celestial, representado como un Globo Alado. (Fig. 38)



Según la tradición egipcia, la aparición y las actividades de Ra en la Tierra estaban directamente relacionadas con el trono. Según esta tradición, los primeros soberanos de Egipto no fueron hombres sino perros, y el primer dios que reinó en Egipto fue Ra. Después, Ra dividió el reino, dándole el Bajo Egipto a su hijo Osiris y el Alto Egipto a su hijo Set. Pero Set hizo un plan para derrocar a Osiris y, al final, consiguió darle muerte. Isis, hermana y esposa de Osiris, recuperó el cuerpo mutilado de éste y lo resucitó. Después, Osiris atravesó «las puertas secretas» y se unió a Ra en su sendero celestial; su lugar en el trono de Egipto lo ocupó su hijo Horus, al que, en ocasiones, se le representaba como un dios con alas y cuernos. (Fig. 39)



Aunque Ra era el más elevado en los cielos, en la Tierra era el hijo del dios Ptah («el que desarrolla», «el que forja las cosas»). Los egipcios creían que Ptah había elevado la tierra de Egipto desde debajo de las aguas haciendo diques en el punto donde el Nilo asciende. Decían que este Gran Dios había llegado a Egipto desde algún otro lugar, y que no sólo se estableció en Egipto, sino también en «la tierra montañosa y en la lejana tierra extranjera». De hecho, los egipcios tenían por cierto que todos sus «dioses de antaño» habían venido en barco desde el sur, y se han encontrado muchos dibujos prehistóricos en roca que muestran a estos dioses de antaño -a los que se les distingue por su tocado con cuernos- llegando a Egipto en un barco. (Fig. 40)



La única ruta marítima que llega a Egipto desde el sur es la que viene por el Mar Rojo, y resulta significativo que el nombre egipcio de este mar fuera el de Mar de Ur. En su expresión jeroglífica, el signo de Ur significa «la lejana tierra extranjera en el este», por lo que no se puede descartar que, en realidad, también se estuvieran refiriendo a la sumeria Ur, que se encontraba en esa misma dirección.


La palabra egipcia para «ser divino» o «dios» era NTR, que significa «el que vigila». Curiosamente, éste es el significado exacto del nombre de Sumer: la tierra de «los que vigilan».


La antigua idea de que la civilización pudo haber comenzado en Egipto está descartada en la actualidad. En estos momentos, existen muchas evidencias que indican que la organizada sociedad y civilización egipcia, que comenzó medio milenio o más después de la sumeria, extrajo su cultura, su arquitectura, su tecnología, su escritura y otros muchos aspectos de una elevada civilización de Sumer. Y el peso de la evidencia demuestra también que los dioses de Egipto se originaron también en Sumer.


Los cananeos, parientes culturales y sanguíneos de los egipcios, compartieron con ellos los mismos dioses. Pero, situados en la franja de tierra que sirvió de puente entre Asia y África desde tiempos inmemoriales, los cananeos también se vieron sometidos a fuertes influencias semitas o mesopotámicas. Como los hititas en el norte, los hurritas en el nordeste y los egipcios en el sur, los cananeos no podían hacer alarde de un panteón original. Ellos, también, adquirieron su cosmogonía, sus dioses y sus leyendas en otra parte. Sus contactos directos con la fuente sumeria fueron los amoritas.


La tierra de los amoritas se encuentra entre Mesopotamia y las tierras mediterráneas del occidente de Asia. Su nombre deriva de la acadia amurru y de la sumeria martu («occidentales»), y no se les trataba como a extraños, sino como a parientes que vivían en las provincias occidentales de Sumer y Acad.


En las listas de funcionarios de los templos en Sumer han aparecido nombres de origen amorita, y cuando Ur cayó ante los invasores elamitas en los alrededores del 2000 a.C, un martu llamado IshbiIrra reestableció la monarquía sumeria en Larsa y se propuso, como primer objetivo, recuperar Ur y restaurar allí el gran santuario al dios Sin. «Jefes» amoritas establecieron la primera dinastía independiente en Asiría alrededor del 1900 a.C, y Hammurabi, que le dio grandeza a Babilonia en los alrededores del 1800 a.C, fue el sexto sucesor de la primera dinastía de Babilonia, que era amorita.


En la década de 1930, los arqueólogos se encontraron con la capital de los amoritas, conocida como Mari. En un meandro del Eufrates, donde la frontera de Siria corta el río en la actualidad, las excavadoras sacaron a la luz una importante ciudad cuyos edificios se habían construido y reconstruido una y otra vez entre el 3000 y el 2000 a.C, sobre cimientos que datan de siglos atrás. Entre las ruinas más antiguas había una pirámide escalonada y templos dedicados a las deidades sumerias Inanna, Ninhursag y Enlil.


El palacio de Mari, sólo, ocupaba más dos hectáreas, y disponía de una sala del trono pintada con los más sorprendentes murales, de trescientas habitaciones diferentes, de cámaras de escribas y (lo más importante para un historiador) más de veinte mil tablillas en escritura cuneiforme, con asuntos que van desde la economía, el comercio, la política y la vida social de aquellos tiempos, hasta asuntos militares y de estado, así como, claro está, de la religión de la tierra y de sus gentes. Una de las pinturas murales del gran palacio de Mari representa la investidura del rey Zimri-Lim a manos de la diosa Inanna (a la que los amoritas llamaban Ishtar). (Fig. 41)

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