El 12º planeta






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Ciertamente, había otros dioses presentes, no sólo sobre la Tierra sino entre los hititas, actuando como soberanos supremos de la tierra, nombrando a los reyes humanos e instruyéndolos en cuestiones de guerra, tratados y otros temas internacionales.


Encabezando a los físicamente presentes dioses hititas había una deidad llamada Teshub, que significaba «el que sopla el viento». Era, por consiguiente, lo que los expertos llaman un Dios de las Tormentas, relacionado con los vientos, el trueno y el rayo. Se le apodaba también Taru («toro»). Al igual que los griegos, los hititas representaban también algún tipo de culto al toro; y, al igual que Júpiter más tarde, Teshub era representado como Dios del Trueno y del Rayo, montado sobre un toro. (Fig. 32)
Los textos hititas, como las posteriores leyendas griegas, relatan la batalla que tuvo que afrontar su deidad jefe con un monstruo para consolidar su supremacía. Un texto, llamado por los expertos «El Mito de la Muerte del Dragón», identifica al adversario de Teshub como el dios Yanka. No pudiendo derrotarle en la batalla, Teshub recurre a los otros dioses en busca de ayuda, pero sólo una diosa viene le presta asistencia, y se deshace de Yanka emborrachándolo en una fiesta.


Los expertos, reconociendo en estos cuentos los orígenes de la leyenda de San Jorge y el Dragón, se refieren al adversario herido por el dios «bueno» como «el dragón». Pero lo cierto es que Yanka significa «serpiente», y que los pueblos de la antigüedad representaban al dios «malo» de este modo -como se puede ver en el bajorrelieve hitita de la (Fig. 33).



Como ya dijimos, Zeus también combatió no con un «dragón» sino con un dios-serpiente. Como mostraremos más adelante, a estas antiguas tradiciones sobre la lucha entre un dios de los vientos y una deidad serpentina se les atribuía un profundo significado. Aquí, sin embargo, sólo podemos recalcar que las batallas entre dioses por la divina corona se relataban en los textos antiguos como hechos que, incuestionablemente, habían tenido lugar.


Un largo y bien conservado relato épico hitita titulado «La Realeza del Cielo» trata de este tema, el del origen celeste de los dioses. El narrador de aquellos sucesos anteriores a los mortales invoca en primer lugar a los doce «poderosos dioses de antaño», para que escuchen su relato y sean testigos de su veracidad:

¡Que escuchen los dioses que están en el Cielo,

y aquellos que están sobre la oscura Tierra!

Que escuchen los poderosos dioses de antaño.
Quedando establecido así que los dioses de antaño eran tanto del Cielo como de la Tierra, la epopeya hace una lista de los doce «poderosos de antaño», los antepasados de los dioses; y, una vez asegurada su atención, el narrador procede a relatar los sucesos que llevaron a que el dios que era «rey del Cielo» viniera a «la oscura Tierra»:

Antes, en los días antiguos, Alalu era rey del Cielo;

Él, Alalu, estaba sentado en el trono.

El poderoso Anu, el primero entre los dioses, de pie ante él,

se inclinaba ante sus pies, y ponía la copa en su mano.

Durante un total de nueve períodos, Alalu fue rey en el Cielo.

En el noveno período, Anu le dio batalla a Alalu.

Alalu fue derrotado, huyó ante Anu.

Descendió a la oscura Tierra.

Abajo, a la oscura Tierra fue;

en el trono se sentó Anu.
Así pues, la epopeya atribuye a la usurpación del trono la llegada de un «rey del Cielo» a la Tierra. Un dios llamado Alalu fue obligado a abandonar su trono (en algún lugar de los cielos), y a huir para salvar su vida, «descendió a la oscura Tierra». Pero ése no fue el final. El texto sigue relatando cómo Anu, a su vez, fue destronado por un dios llamado Kumarbi (hermano de Anu, según algunas interpretaciones).

No cabe duda de que esta epopeya, escrita mil años antes de que se crearan las leyendas griegas, fue la precursora del relato del destronamiento de Urano a manos de Crono, y del destronamiento de Crono a manos de Zeus. Incluso el detalle de la castración de Crono por parte de Zeus se encuentra en el texto hitita, pues eso es exactamente lo que Kumarbi le hizo a Anu:

Durante un total de nueve períodos, Anu fue rey en el Cielo;

En el noveno período, Anu tuvo que hacer batalla con Kumarbi.

Anu consiguió soltarse de Kumarbi y huyó.

Huyó Anu, elevándose hacia el cielo.

Kumarbi salió tras él, y lo agarró por los pies;

tiró de él hacia abajo desde los cielos.

Le mordió los genitales, y la «Virilidad» de Anu,

al combinarse con las tripas de Kumarbi, se fundió como el bronce.
Según este antiguo relato, la batalla no terminó con una victoria total. Aunque castrado, Anu se las apañó para huir hasta su Morada Celeste, dejando a Kumarbi con el control de la Tierra. Mientras tanto, la «Virilidad» de Anu produjo varias deidades en las tripas de Kumarbi, deidades que, como Crono en las leyendas griegas, se vio obligado a liberar. Uno de estos dioses fue Teshub, el dios supremo de los hititas.


Sin embargo, iba a haber una batalla épica más antes de que Teshub pudiera reinar en paz.


Al saber de la aparición de un heredero de Anu en Kummiya («morada celestial»), Kumarbi preparó un plan para «crear un rival para el Dios de las Tormentas». «Tomó el báculo con la mano y se puso en los pies un calzado que le hacía rápido como los vientos», y fue desde su ciudad Ur-Kish hasta la morada de la Dama de la Gran Montaña. Cuando llegó,

Se le despertó el deseo;

durmió con la Dama Montaña;

su virilidad fluyó dentro de ella.

Cinco veces la tomó...

Diez veces la tomó.
¿Acaso Kumarbi era un rijoso? Tenemos razones para creer que había muchas más cosas implicadas en ello. Suponemos que las leyes sucesorias de los dioses eran de tal tipo que un hijo de Kumarbi con la Dama de la Gran Montaña se hubiera podido reivindicar como heredero legítimo al Trono Celestial; y eso explicaría que Kumarbi «tomara» a la diosa cinco y diez veces, con el fin de asegurar la concepción; como, de hecho, así fue, pues tuvo un hijo al que Kumarbi llamó simbólicamente Ulli-Kummi («supresor de Kummiya» -la morada de Teshub).


Kumarbi preveía que la batalla por la sucesión se entablaría en los cielos. Al haber destinado a su hijo para eliminar a los de Kummiya, Kumarbi diría de él:

¡Que ascienda hasta el Cielo por su realeza!

¡Que venza a Kummiya, la hermosa ciudad!

¡Que ataque al Dios de las Tormentas

y lo haga pedazos, como a un mortal!

Que derribe a todos los dioses del cielo.
¿Acaso estas batallas de Teshub en la Tierra y en los cielos tuvieron lugar cuando comenzaba la Era de Tauro, alrededor del 4000 a.C? ¿Era ésta la razón por la cual al vencedor se le concedió la asociación con el toro? Y, por último, ¿hubo alguna conexión entre estos sucesos y el comienzo, por la misma época, de la repentina civilización de Sumer?


No cabe duda de que el panteón y los relatos de los dioses hititas tienen sus raíces, ciertamente, en Sumer, en su civilización y en sus dioses.


La historia del desafío de Ulli-Kummi al Trono Divino prosigue con el relato heroico de batallas que, sin embargo, no resultan decisivas. Incluso se da el caso de que la esposa de Teshub, Hebat, intenta suicidarse ante el fracaso de su marido en derrotar a su adversario. Al final, se hace una llamada a las deidades para que medien en la disputa, y se convoca una Asamblea de Dioses, encabezada por un «dios de antaño» llamado Enlil, y otro «dios de antaño» llamado Ea que es convocado para que presente «las viejas tablillas con las palabras del destino», unos antiguos registros que, según parece, ayudarían a zanjar la disputa sobre la sucesión divina.


Pero estos registros no consiguen resolver el conflicto, y Enlil aconseja entonces otra batalla con el aspirante, si bien con la ayuda de algunas armas muy antiguas. «Escuchad, dioses de antaño, vosotros que conocéis las palabras de antaño», dice Enlil a sus seguidores:

¡Abrid los antiguos almacenes

de los padres y los abuelos!

Sacad la lanza de Cobre Viejo

con la que se separó el Cielo de la Tierra;

y que corten los pies de Ulli-Kummi.
¿Quiénes eran los «dioses de antaño»? La respuesta es obvia, pues todos ellos -Anu, Antu, Enlil, Ninlil, Ea, Ishkur- llevan nombres sumerios. Incluso el nombre de Teshub -así como los nombres de otros dioses hititas- se solía escribir con escritura sumeria para denotar su identidad. Por otra parte, los nombres de algunos de los lugares citados en la acción eran también los de antiguos lugares sumerios.


Los estudiosos cayeron en la cuenta de que los hititas adoraban, de hecho, un panteón de origen sumerio, y de que el ruedo en el que se desarrollaban los relatos de los «dioses de antaño» era Sumer. Sin embargo, esto era sólo parte de un descubrimiento mucho mayor. No sólo resultaba que la lengua hitita estaba basada en diversos dialectos indoeuropeos, sino que también estaba sujeta a una sustancial influencia acadia, tanto en la manera de hablarla como de escribirla. Dado que el acadio era el idioma internacional del mundo antiguo en el segundo milenio a.C, su influencia sobre el hitita se puede racionalizar de algún modo.


¡Pero lo que provocó un profundo asombro entre los expertos fue el descubrir, durante el transcurso de las labores de desciframiento del hitita, la amplia utilización de signos pictográficos, sílabas e, incluso, palabras completas sumerias! Además, resultaba obvio que el sumerio era el idioma que utilizaban para las enseñanzas superiores. El sumerio, en palabras de O. R. Gurney (The Hittites), «se estudiaba intensivamente en Hattu-Shash (la capital), donde se han encontrado diccionarios sumerio-hitita... Muchas de las sílabas asociadas con los signos cuneiformes en el período hitita son en realidad palabras sumerias de las que (los hititas) habían olvidado el significado... En los textos hititas, los escribas solían cambiar palabras comunes hititas por sus correspondientes sumerias o babilonias».


Ahora bien, cuando los hititas llegaron a Babilonia, en algún momento antes del 1600 a.C, hacía ya mucho que los sumerios habían desaparecido de la escena de Oriente Próximo. ¿Cómo, entonces, su lengua, su literatura y su religión pudieron dominar otro gran reino en otro milenio y en otra parte de Asia?


El puente, según han descubierto recientemente los expertos, lo estableció otro pueblo: los hurritas.


Citados en el Antiguo Testamento como horitas o joritas («pueblo libre»), dominaron los extensos territorios que se abren entre Sumer y Acad, en Mesopotamia, y el reino de los hititas, en Anatolia. En la parte norte de sus tierras estaban las antiguas «tierras de los cedros», de donde países limítrofes y lejanos obtenían sus mejores maderas. En el este, ocupaban los actuales campos petrolíferos de Iraq; sólo en una ciudad, Nuzi, los arqueólogos no sólo encontraron las habituales estructuras y construcciones, sino también miles de documentos legales y sociales de gran valor. En el oeste, la soberanía y la influencia de los hurritas se extendía hasta la costa mediterránea, y abarcaba a los grandes centros del comercio, la industria y la enseñanza de la época, como Carchemish y Alalakh.


Pero las sedes de su poder, los principales centros de las antiguas rutas comerciales y sus más venerados santuarios se encontraban en el corazón que había «entre los dos ríos», en la bíblica Naharayim. Su capital más antigua (aún por descubrir) estaba en algún lugar a orillas del río Khabur. Su principal centro comercial, junto al río Balikh, era la bíblica Jarán, la ciudad en la que la familia del patriarca Abraham se estableció en su camino desde Ur, en el sur de Mesopotamia, hasta la Tierra de Canaán.


Documentos reales egipcios y mesopotámicos se referían al reino hurrita como Mitanni, y lo trataban en pie de igualdad, como una potencia cuya influencia iba más allá de sus fronteras inmediatas. Los hititas llamaban a sus vecinos hurritas «Hurri». Sin embargo, algunos expertos han señalado que esta palabra también se podría leer como «Har» y (como G. Contenau en La Civilisation des Hittites et des Hurrites du Mitanni) han sugerido la posibilidad de que, en el nombre «Harri», «uno ve el nombre 'Ary' o arios de este pueblo».


No hay duda de que los hurritas eran de origen ario o indoeuropeo. En sus inscripciones, invocaban a varias de sus deidades por sus nombres védicos «arios», sus reyes llevaban nombres indoeuropeos y su terminología militar y caballeresca derivaba del indoeuropeo. B. Hrozny, que en la década de 1920 dirigió un trabajo para desentrañar los registros hititas y hurritas, fue incluso más lejos al llamar a los hurritas «los más antiguos de los hindúes».


Los hurritas dominaron cultural y religiosamente a los hititas. Los textos mitológicos hititas han resultado ser de procedencia hurrita, e incluso los relatos épicos de los héroes prehistóricos semidivinos eran de origen hurrita. Ya no existen dudas: los hititas adquirieron de los hurritas su cosmología, sus «mitos», sus dioses y su panteón de doce.
Esta triple conexión, la que hay entre los orígenes arios, el culto hitita y las fuentes hurritas de estas creencias, está notablemente bien documentada en la oración hitita de una mujer por la vida de su marido enfermo. Dirigiendo sus súplicas a la diosa Hebat, esposa de Teshub, la mujer rezaba:

Oh, diosa del Disco Naciente de Arynna,

mi Señora, Dueña de las Tierras de Hatti,

Reina del Cielo y de la Tierra..

En el país de Hatti, tu nombre es

«Diosa del Disco Naciente de Arynna»;

pero en la tierra que tú hiciste,

en la Tierra del Cedro,

portas el nombre de «Hebat».
Aun con todo esto, la cultura y la religión adoptada y transmitida por los hurritas no era indoeuropea. Ni siquiera su lengua era, realmente, indoeuropea. Indudablemente, había elementos acadios en la lengua, la cultura y las tradiciones hurritas. El nombre de su capital, Washugeni, era una variante del semita resh-eni («donde comienzan las aguas»). Al Tigris le llamaban Aranzakh, que, según creemos, procedería de la frase acadia «río de los cedros puros». Los dioses Shamash y Tashmetum se convirtieron en los hurritas Shimiki y Tashimmetish, y así con otras cosas.


Pero, dado que la cultura y la religión acadias no eran más que una evolución de las tradiciones y creencias originales sumerias, lo que los hurritas absorbieron y transmitieron, de hecho, fue la religión de Sumer. Que éste fuera el caso, se hace evidente por el uso frecuente de nombres divinos, epítetos y signos escritos sumerios.


Los relatos épicos, ya ha quedado claro, eran los relatos de Sumer; los «lugares donde moraban» los dioses de antaño eran ciudades sumerias; la «lengua de antaño» era la lengua de Sumer. Incluso el arte hurrita era un duplicado del arte sumerio, tanto en formas como en temas y símbolos.


¿Cuándo y cómo «mutaron» los hurritas a causa del «gen» sumerio?


Las evidencias sugieren que los hurritas, que eran los vecinos septentrionales de Sumer y Acad en el segundo milenio a.C, se mezclaron en realidad con los sumerios durante el milenio anterior. Es un hecho demostrado que los hurritas estaban presentes y activos en Sumer en el tercer milenio a.C, y que tenían posiciones importantes en Sumer durante su último período de gloria, es decir, durante la tercera dinastía de Ur. Existen evidencias que indican que los hurritas dirigían y manejaban la industria del tejido por la cual Sumer (y, en especial, Ur) era famosa en la antigüedad. Los renombrados mercaderes de Ur debieron ser hurritas en su mayoría.


Durante el siglo XIII a.C, por la presión de vastas migraciones e invasiones (entre las que habría que incluir la de los israelitas desde Egipto hasta Canaán), los hurritas se retiraron a la zona septentrional de su reino, establecieron su nueva capital cerca del Lago Van y le pusieron a su reino el nombre de Urartu («Ararat»). Allí adoraron a un panteón encabezado por Tesheba (Teshub), representándolo como a un dios vigoroso, con un casquete con cuernos, de pie sobre el símbolo de su culto, el toro. (Fig. 34) Su principal santuario tuvo por nombre Bitanu («casa de Anu») y se consagraron a construir su reino, «la fortaleza del valle de Anu».

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