El 12º planeta






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Los textos médicos sumerios tratan del diagnóstico y de las recetas. No dejan lugar a dudas de que los médicos sumerios no recurrían a la magia o a la brujería. Recomendaban la higiene y la limpieza, los baños de agua caliente y disolventes minerales, la aplicación de derivados vegetales y las fricciones con compuestos del petróleo.


Se hacían medicinas de plantas y compuestos minerales, y se mezclaban con líquidos o disolventes según el método de aplicación. Si era por vía oral, se mezclaban los polvos con vino, cerveza o miel; si «se vertían a través del recto» -si se administraban como enema-, se mezclaban con aceites vegetales. El alcohol, que jugaba un papel muy importante en la desinfección quirúrgica y como base de muchas medicinas, llegó hasta nuestros idiomas a través del árabe kohl, del acadio kuhlu.


Los modelos de hígado encontrados nos indican que se enseñaba medicina en algún tipo de escuelas médicas, con la ayuda de modelos de arcilla de los órganos humanos. Debieron de estar bastante avanzados en anatomía, pues los rituales religiosos nos hablan de elaboradas disecciones de los animales sacrificiales, sólo un escalón por debajo de un conocimiento comparable en anatomía humana.


En diversas representaciones sobre sellos cilindricos o tablillas de arcilla se muestra a personas yaciendo sobre algún tipo de mesa quirúrgica, rodeadas por equipos de dioses o personas. Sabemos por la épica y por otros textos heroicos que los sumerios y sus sucesores en Mesopotamia estaban muy interesados en temas como la vida, la enfermedad y la muerte. Hombres como Gilgamesh, un rey de Erek, buscaban el «Árbol de la Vida» o algún mineral (una «piedra») que pudiera darles la eterna juventud. También existen referencias a esfuerzos por resucitar a los muertos, en especial si resultaban ser dioses:

Sobre el cadáver, colgado del poste,

ellos dirigieron el Pulso y el Resplandor;

Sesenta veces el Agua de la Vida,

Sesenta veces el Alimento de la Vida,

ellos rociaron sobre aquél;

E Inanna se levantó.
¿Se conocerían y utilizarían en estos intentos de resurrección algunos métodos ultramodernos de los que sólo podemos especular? El conocimiento y la utilización de materiales radiactivos en el tratamiento de determinadas dolencias queda, ciertamente, sugerido en una escena médica representada en un sello cilíndrico que data de los comienzos de la civilización sumeria. En él, se muestra, sin ningún tipo de dudas, a un hombre yaciendo sobre una cama especial, con el rostro protegido con un máscara y recibiendo algún tipo de radiación. (Fig. 15)
Una de las consecuciones materiales más antiguas de Sumer fue el desarrollo de la industria textil y de la ropa.


Se considera que nuestra revolución industrial comenzó con la introducción de máquinas hiladoras y tejedoras en Inglaterra en la década de 1760, y la mayoría de las naciones en vías de desarrollo han venido aspirando desde entonces al despliegue de la industria textil como paso previo hacia la industrialización. Las evidencias muestran que éste ha sido el proceso seguido, no sólo desde el siglo XVIII hasta aquí, sino desde la primera gran civilización del ser humano. El Hombre no pudo hacer tejidos antes de la aparición de la agricultura, que fue la que le proporcionó el lino, y de la domesticación de los animales, que le proveyeron de lana. Grace M. Crowfoot (Textiles, Basketry and Mats in Antiquity) expresaba el consenso académico al afirmar que el arte de tejer apareció en Mesopotamia alrededor del 3800 a.C


Además, Sumer era famosa en la antigüedad no sólo por sus tejidos, sino también por su ropa. En el Libro de Josué (7:21) se dice que, durante el asalto a Jericó, cierta persona no pudo resistir la tentación de guardarse «un hermoso manto de Senaar» que había encontrado en la ciudad, aun cuando el castigo era la muerte. Tan apreciadas eran las prendas de Senaar (Sumer), que la gente estaba dispuesta a arriesgar su vida con tal de hacerse con ellas.


Una rica terminología existía ya en tiempos sumerios para describir tanto a las prendas de vestir como a sus elaboradores. La prenda básica recibía el nombre de TUG -sin duda alguna, la precursora, tanto en estilo como en nombre, de la toga romana. Estas prendas eran TUG.TU.SHE, que en sumerio quiere decir «prenda que se lleva envuelta alrededor». (Fig. 16)

Las antiguas representaciones no sólo revelan una sorprendente variedad y opulencia en cuestión de ropa, sino también de elegancia, donde prevalecían el buen gusto y la combinación de prendas, peinados, tocados y joyas. (Fig. 17,18)



Otra importante consecución sumeria fue la agricultura. En una tierra en la que sólo se dan

lluvias estacionales, los ríos eran los que proporcionaban el agua para hacer crecer cosechas a lo largo de todo el año por medio de un vasto sistema de canales de irrigación.


Mesopotamia -la Tierra Entre los Ríos- era, ciertamente, una cesta de alimentos en la antigüedad. El albaricoquero, que en español se llama damasco («árbol de Damasco»), lleva el nombre latino de armeniaca, una palabra prestada del acadio, armanu. La cereza -kerasos en griego, kirsche en alemán- proviene de la acadia karshu. Todas las evidencias sugieren que éstas y otras frutas y verduras llegaron a Europa desde Mesopotamia, al igual que muchas semillas y especias. Nuestra palabra azafrán viene del acadio azupiranu; croco, una variedad de azafrán, viene de kurkanu (a través de krokos, en griego), comino viene de kamanu, hisopo de zupu, mirra de murru. La lista es larga; y, en muchos casos, fue Grecia la que proporcionó el puente físico y etimológico a través del cual estos productos de la tierra llegaron a Europa. Cebollas, lentejas, judías, pepinos, coles y lechuga eran ingredientes habituales en la dieta sumeria.


Pero también impresiona mucho la amplitud y la variedad de los métodos de preparación de los alimentos en la antigua Mesopotamia, es decir, su cocina.


Textos y representaciones confirman que los sumerios sabían convertir los cereales que cultivaban en harina, de la que hacían gran variedad de panes, gachas, pastas, pasteles y bollos, con y sin levadura. También se fermentaba la cebada para hacer cerveza, y se han encontrado entre sus textos «manuales técnicos» para la producción de cerveza. Obtenían vino de la uva y de los dátiles, y leche de ovejas, cabras y vacas, que utilizaban para beber, cocinar y transformar en yogurt, mantequilla, nata y queso. El pescado también era habitual en la dieta. También disponían de carneros, y la carne de cerdo, animal que pastoreaban en grandes piaras, estaba considerada como un bocado exquisito. Gansos y patos pudieron estar reservados para las mesas de los dioses.


Los antiguos textos no dejan lugar a dudas sobre la alta cocina que desarrolló la antigua Mesopotamia en los templos y en el servicio de los dioses. Uno de estos textos prescribe la ofrenda a los dioses de «hogazas de pan de cebada... hogazas de pan de trigo silvestre; una pasta de miel y nata; dátiles, pastas... cerveza, vino, leche... savia de cedro, nata». También se ofrecía carne asada con libaciones de las «primicias de cerveza, vino y leche». Una parte concreta de toro se preparaba según una estricta receta en la que se precisaba de «harina fina... amasada con agua y con las primicias de la cerveza y el vino», y mezclada con grasas animales, «ingredientes aromáticos elaborados con el corazón de las plantas», nueces, malta y especias. Las instrucciones para «el sacrificio diario a los dioses de la ciudad de Uruk» precisaban que había que servir cinco bebidas diferentes con las comidas, y especificaban lo que debían hacer «los molenderos en la cocina» y «el chef trabajando en la tabla de amasar».


Nuestra admiración por el arte culinario sumerio no puede dejar de crecer a la vista de los poemas que entonan sus alabanzas a los buenos alimentos. Y la verdad es que, ¿qué puede uno decir cuando lee una milenaria receta de «coq au vin»?

En el vino de la bebida,

en el agua perfumada,

en el óleo de la unción-

el ave que he cocinado,

y he comido.
Una economía próspera, una sociedad con tan extensas empresas materiales, no se podría haber desarrollado sin un eficaz sistema de transportes. Los sumerios utilizaban sus dos grandes ríos y la red artificial de canales para el transporte por agua de personas, bienes y ganado. Algunas de las representaciones más antiguas que se tienen muestran lo que, sin ninguna duda, fueron las primeras embarcaciones del mundo.


Sabemos por muchos textos primitivos que los sumerios también se metieron en aventuras marineras de aguas profundas, usando diversos tipos de barcos para llegar a tierras lejanas en busca de metales, maderas y piedras preciosas y otros materiales que no podían conseguir en la propia Sumer. En un diccionario acadio de la lengua sumeria se encontró una sección sobre navegación en la que había una lista de 105 términos sumerios sobre diferentes barcos en función de su tamaño, destino o propósito (de carga, de pasajeros o para el uso exclusivo de ciertos dioses). Otros 69 términos sumerios, relacionados con el manejo y la construcción de barcos, fueron traducidos al acadio. Sólo una larga tradición marinera podría haber generado unas naves tan especializadas y una terminología tan técnica.


Para el transporte por tierra, fue en Sumer donde se utilizó por primera vez la rueda. Su invención y su introducción en la vida diaria hicieron posible la aparición de una amplia variedad de vehículos, desde los carros de transporte hasta los de guerra, y no cabe duda de que también le concedió a Sumer la distinción de ser la primera en emplear la «energía bovina», así como la «energía caballar», en la locomoción. (Fig. 19)



En 1956, el profesor Samuel N. Kramer, uno de los grandes sumerólogos de nuestro tiempo, hizo una revisión del legado literario encontrado bajo los montículos de Sumer. Sólo el índice de From the Tablets of Sumer es ya, en sí, una joya, por cada uno de los 25 capítulos en los que se describe alguna de esas cosas en las que los sumerios fueron «los primeros», como en ser los que hicieron las primeras escuelas, el primer congreso bicameral, el primer historiador, la primera farmacopea, el primer «almanaque del agricultor», las primeras cosmogonía y cosmología, el primer «Job», los primeros proverbios y refranes, los primeros debates literarios, el primer «Noé», el primer catálogo de biblioteca, la primera Época Heroica del Hombre, su primer código legal y sus primeras reformas sociales, su primera medicina, su primera agricultura y su primera búsqueda de la paz y la armonía mundial.


Y esto no es una exageración.


Las primeras escuelas se crearon en Sumer como consecuencia directa de la invención y la introducción de la escritura. Las evidencias, tanto arqueológicas -se han encontrado edificios donde se ubicaban las escuelas- como escritas -se han encontrado tablillas con ejercicios-, indican la existencia de un sistema educativo formal hacia comienzos del tercer milenio a.C. Literalmente, había miles de escribas en Sumer, que iban desde los escribas subalternos hasta los altos escribas, escribas reales, escribas de los templos y escribas que asumían altos cargos del estado. Algunos hacían de maestros en las escuelas, y aún podemos leer sus ensayos sobre las escuelas, sus objetivos y metas, su currículo y sus métodos de enseñanza.


En las escuelas, no sólo se enseñaba la lengua y la escritura, sino también las ciencias de la época -botánica, zoología, geografía, matemáticas y teología. Se estudiaban y se copiaban las obras literarias del pasado, y se creaban obras nuevas.
Las escuelas estaban dirigidas por el ummia («profesor experto»), y entre el profesorado se incluía, invariablemente, no sólo un «hombre encargado del dibujo» y un «hombre encargado del sumerio», sino también un «hombre encargado del azote». Parece ser que la disciplina era estricta; un alumno escribió en una tablilla de arcilla que había sido azotado por no asistir a clase, por falta de higiene, por vago, por no guardar silencio, por mala conducta e, incluso, por su mala caligrafía.


Un poema épico que trata de la historia de Erek habla de la rivalidad entre Erek y la ciudad-estado de Kis. El texto épico narra cómo los enviados de Kis se acercan hasta Erek para ofrecer un acuerdo pacífico en su disputa. Pero el soberano de Erek en aquel momento, Gilgamesh, prefería luchar en vez de negociar. Lo que resulta interesante es que Gilgamesh tuvo que poner el asunto a votación en el Consejo de Ancianos, el «Senado» de Erek:

El señor Gilgamesh,

ante los ancianos de la ciudad expuso el asunto,

buscando una decisión:

«No nos vamos a rendir ante la casa de Kis,

la vamos a golpear con las armas».
Sin embargo, el Consejo de Ancianos estaba por las negociaciones. Impertérrito, Gilgamesh expuso el caso ante gente más joven, el Consejo de los Luchadores, que votaron por la guerra. Lo significativo de este cuento estriba en la revelación de que un soberano sume-no tenía que someter la pregunta de guerra o paz ante el primer congreso bicameral, hace unos 5.000 años.


El título de Primer Historiador se lo otorgó Kramer a Entemena, rey de Lagash, que registró en cilindros de arcilla su guerra contra la vecina Umma. Mientras que otros textos eran obras literarias o poemas épicos cuyos temas eran sucesos históricos, las inscripciones de Entemena eran de una prosa directa, escritas únicamente como un registro fáctico de la historia.


Debido a que las inscripciones asirías y babilonias fueron descifradas bastante antes que los textos sumerios, se creyó durante mucho tiempo que el primer código legal fue compilado y decretado por el rey babilonio Hammurabi, alrededor del 1900 a.C. Pero, a medida que se fue descubriendo la civilización de Sumer, fue quedando claro que «los primeros» en un sistema legal, en concep-tos de orden social y en la administración de justicia fueron los sumenos.


Bastante antes que Hammurabi, un soberano sumerio de la ciudad-estado de Eshnunna (al noreste de Babilonia) hizo un código de leyes que establecía los precios máximos de los comestibles y del alquiler de carros y barcas, con el fin de que los pobres no fueran oprimidos. También hizo leyes que trataban de los agravios contra la persona y la propiedad, y regulaciones relativas a temas familiares y a las relaciones entre amo y sirviente.


Aún antes, Lipit-Ishtar, un soberano de Isin, promulgó un código del que sólo quedan legibles en la tablilla parcialmente preservada (copia de un original que fue grabado sobre una estela de piedra) 38 leyes, que tratan de las propiedades inmobiliarias, de esclavos y sirvientes, del matrimonio y la herencia, del contrato de embarcaciones, del alquiler de bueyes y de las penas por no pagar los impuestos. Tal como hizo Hammurabi tiempo después, Lipit-Ishtar explicaba en el prólogo de este código que actuaba por mandato de «los grandes dioses», que le habían ordenado «llevar el bienestar a los sumerios y los acadios».


Aún así, ni siquiera Lipit-Ishtar fue el primer sumerio en hacer un código legal. Se han encontrado fragmentos de tablillas en los que aparecen copias de un código promulgado por Urnammu, soberano de Ur en los alrededores del 2350 a.C. -más de medio milenio antes que Hammurabi. Las leyes, promulgadas por mandato del dios Nan-nar, pretendían detener y castigar «a los que arrebatan los bueyes, las ovejas y los asnos a los ciudadanos», para que «los huérfanos no sean víctimas de los ricos, las viudas no sean víctimas de los poderosos, el hombre de un shekel no sea víctima del hombre de 60 shekels». Urnammu decretó también «pesos y medidas honestos e invariables». Pero el sistema legal sumerio y la aplicación de justicia se remontan aún más allá en el tiempo.


Hacia el 2600 a.C. ya tenían que haber sucedido demasiadas cosas en Sumer para que el ensi Urukagina tuviera que instituir reformas. Los estudiosos citan una larga inscripción suya como un testimonio precioso de la primera reforma social del hombre basada en el sentido de la libertad, la igualdad y la justicia -una «Revolución Francesa» impuesta por un rey 4.400 años antes del 14 de Julio de 1789.


El reformador decreto de Urukagina hacía, en primer lugar, una lista de los males de su época para, después, hacer una relación de las reformas. Los males consistían principalmente en el uso indebido de los poderes asignados a los supervisores, poderes que utilizaban en beneficio propio; el abuso de la condición de funcionario; la extorsión que suponían los altos precios marcados por grupos monopolizadores.


Todas estas injusticias, y muchas más, fueron prohibidas por el reformador decreto de Urukagina. Un funcionario ya no podía poner el precio que le viniera en gana «por un buen asno o una casa». Un «hombre grande» ya no podría coaccionar a un ciudadano común. Se restablecieron los derechos de los ciegos, los pobres, las viudas y los huérfanos, y a cualquier mujer divorciada se le concedía la protección de la ley -hace casi 5.000 años.


¿Durante cuánto tiempo venía existiendo ya la civilización sumeria para requerir tan importante reforma? Está claro que durante mucho tiempo, pues Urukagina afirmaba que había sido su dios Ningirsu el que le había convocado para «restablecer los decretos de los primeros días», una llamada implícita para volver a unos sistemas aún más antiguos y a unas leyes aún más lejanas en el tiempo.


Las leyes sumerias se apoyaban en un sistema judicial en el que los procedimientos y los juicios, así como los contratos, eran meticulosamente registrados y preservados. Los magistrados actuaban más como jurados que como jueces; el tribunal estaba compuesto normalmente por tres o cuatro jueces, uno de los cuales era un «juez real» profesional, mientras los demás eran extraídos de un grupo de 36 hombres.


Mientras que los babilonios se dedicaron a hacer reglas y regulaciones, los sumerios estaban más interesados en la justicia, pues creían que los dioses señalaban a los reyes, principalmente, para asegurar la justicia en la tierra.


Se puede establecer más de un paralelismo entre los conceptos de justicia y de moralidad que aparecen aquí y los del Antiguo Testamento. Aun antes de que los hebreos tuvieran reyes, fueron gobernados por jueces; los reyes no eran juzgados por sus conquistas o sus riquezas, sino por la medida en la cual «hacían lo que era justo». En la religión judía, el Año Nuevo marca un período de diez días durante el cual los hechos de los hombres se pesan y evalúan para determinar su destino en el año que comienza. Probablemente sea algo más que una coincidencia el hecho de que los sumerios creyeran en una deidad llamada Nanshe, que juzgaba a la Humanidad una vez al año del mismo modo; después de todo, el primer patriarca hebreo, Abraham, vino de la ciudad sumeria de Ur, la ciudad de Ur-Nammu y su código.


La preocupación sumeria por la justicia, o por la ausencia de ésta, encuentra expresión también en lo que Kramer llamó «el primer 'Job' «. Emparejando fragmentos de tablillas de arcilla en el Museo de Antigüedades de Estambul, Kramer pudo leer buena parte de un poema sumerio que, como el bíblico Libro de Job, habla de los males de un hombre justo que, en vez de ser bendecido por los dioses, sufrió todo tipo de pérdidas y de ignominias. «Mi justa palabra se ha convertido en mentira», gritaba en su angustia.


En la segunda parte, el anónimo padecedor suplica a su dios de un modo muy similar a como se expresan algunos versos de los Salmos hebreos:

Dios mío, tú que eres mi padre,

que me engendraste, eleva mi rostro...

¿Por cuánto tiempo más me vas a tener abandonado,

me vas a tener desprotegido...

me vas a dejar sin tu guía?
Después, viene un final feliz. «Las palabras justas, las palabras puras que pronunció, fueron aceptadas por su dios; ...su dios retiró la mano de la declaración del mal».


Precediendo en dos milenios al bíblico Libro de Eclesiastés, los proverbios sumerios expresaban muchos de los mismos conceptos e ideas.

Si estamos condenados a morir, gastemos;

si hemos de vivir una vida larga, ahorremos.


Cuando un hombre pobre muere, no intentes revivirlo.


Aquel que posee mucha plata, puede ser feliz.

Aquel que posee mucha cebada, puede ser feliz.

¡Pero el que no tiene nada de nada, puede dormir!


Hombre: para su placer: matrimonio;

cuando deja de pensar en ello: divorcio.


No es el corazón el que lleva a la enemistad;

es la lengua la que lleva a la enemistad.


En una ciudad donde no hay perros guardianes,

el zorro es el supervisor.
Los logros materiales y espirituales de la civilización sumeria vinieron acompañados también por un amplio desarrollo de las artes interpretativas. Un equipo de expertos de la Universidad de California en Berkeley se convirtió en noticia en Marzo de 1974, cuando anunciaron que habían descifrado la canción más antigua del mundo. Lo que consiguieron los profesores Richard L. Crocker, Anne D. Kilmer y Robert R. Brown fue leer e interpretar las notas musicales escritas en una tablilla cuneiforme de los alrededores del 1800 a.C. encontrada en Ugarit, en la costa mediterránea (actualmente en Siria).


«Sabíamos ya», explicó el equipo de Berkeley, «que hubo música en la primitiva civilización asirio-babilonia, pero hasta que desciframos esta canción no hemos sabido que aquella música utilizaba la misma escala heptatónica-diatónica característica de la música occidental contemporánea y de la música griega del primer milenio a.C.» Hasta entonces se creía que la música occidental se había originado en Grecia; a partir de ahí, quedó demostrado que nuestra música, así como cualquier otra música de la civilización occidental, tuvo su origen en Mesopotamia. Esto no debería de sorprendernos, pues el erudito griego Filón ya dijo que los mesopotámicos fueron conocidos por «buscar el unísono y la armonía por todo el mundo a través de los tonos musicales».


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