El 12º planeta






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Enlil, el hermano y rival de Enki, tuvo la buena fortuna de conseguir ese «heredero legítimo» a través de su hermana Ninhursag. El más joven de los dioses en la Tierra que había nacido en los cielos, tenía por nombre NIN.UR.TA («señor que completa la fundación»). Fue «el heroico hijo de Enlil que partió con red y rayos de luz» para luchar por su padre; «el hijo vengador... que lanzaba rayos de luz». (Fig. 49) Su esposa BA.U fue también enfermera o médico; su epíteto era el de «dama que a los muertos devuelve a la vida».



Las antiguas representaciones de Ninurta le muestran sujetando un arma única -sin duda, la que podía disparar «rayos de luz». Los textos antiguos lo aclaman como a un poderoso cazador, un dios luchador famoso por sus habilidades marciales. Pero su combate más heroico no lo entabló en nombre de su padre, sino en el suyo propio. Fue una batalla a gran escala con un dios malvado llamado ZU («sabio»), y que tenía como precio nada menos que el liderazgo de los dioses en la Tierra; pues Zu había capturado ilegalmente las insignias y los objetos que Enlil había ostentado como Jefe de los Dioses.


Las tablillas que describen estos sucesos están en los inicios del relato, y la narración sólo se hace legible a partir del punto en el que Zu llega al E-Kur, el templo de Enlil. Parece ser que es conocido y que debe de ostentar algún rango, pues Enlil le da la bienvenida, «confiándole la custodia de la entrada a su santuario». Pero el «malvado Zu» iba a pagar su confianza con una traición, la de «la sustracción de la Enlildad» -la toma de posesión de los divinos poderes-«que él albergaba en su corazón».


Para ello, Zu tenía que tomar posesión de determinados objetos, incluida la mágica Tablilla de los Destinos. El astuto Zu dio con la oportunidad cuando Enlil se desvistió para meterse en la piscina en su baño diario, dejando descuidada toda aquella parafernalia.

A la entrada del santuario,

que él había estado observando,

Zu espera el comienzo del día.

Cuando Enlil se estaba lavando con agua pura,

habiéndose quitado la corona

y habiéndola depositado en el trono,

Zu cogió en sus manos la Tablilla de los Destinos,

se llevó la Enlildad.
Mientras Zu estaba huyendo en su MU (traducido «nombre», pero indica una máquina voladora) hasta un escondrijo lejano, las consecuencias de su audaz acción comenzaron a tener efecto.

Se suspendieron las Fórmulas Divinas;

la quietud se esparció por todas partes; el silencio se impuso...

La brillantez del Santuario se desvaneció.
«El Padre Enlil enmudeció». «Los dioses de la tierra se fueron reuniendo uno a uno con las noticias». El asunto era tan grave que incluso se informó a Anu en su Morada Celestial. Anu analizó la situación y concluyó que Zu tenía que ser capturado para que devolviera las fórmulas. Volviéndose «a los dioses, sus hijos», Anu preguntó: «¿Cuál de los dioses castigará a Zu? ¡Su nombre será el más grande de todos!»


Varios dioses, conocidos por su valor, fueron convocados. Pero todos ellos señalaron que, habiéndose hecho con la Tablilla de los Destinos, Zu poseía ahora los mismo poderes que Enlil, de modo que «el que se le enfrente se convertirá en arcilla». Entonces, Ea tuvo una gran idea: ¿Por qué no llamar a Ninurta para que acepte tan desesperado combate?


Los dioses reunidos se percataron de la ingeniosa picardía de Ea. Estaba claro que las posibilidades de que la sucesión cayera en su propia descendencia se incrementarían si Zu era derrotado; pero también resultaría beneficiado si Ninurta resultaba muerto en el proceso. Para sorpresa de los dioses, Ninhursag (en los textos llamada NIN.MAH -«gran dama») se mostró de acuerdo, y, dirigiéndose a su hijo Ninurta, le explicó que Zu no sólo le había robado a Enlil la Enlildad, sino también a él. «Con chillidos de dolor di a luz», gritó, y fue ella la que «aseguré para mi hermano y para Anu» la continuidad de la «Realeza del Cielo». Para que sus dolores no fueran en vano, Ninurta tenía que salir y luchar por la victoria:

Lanza tu ofensiva... captura al fugitivo Zu...

Que tu aterradora ofensiva se ensañe con él...

¡Córtale la garganta! ¡Vence a Zu!...

Que tus siete Vientos del mal vayan contra él...

Genera todo el Torbellino para atacarle...

Que tu Resplandor vaya contra él...

Que tus Vientos lleven sus Alas hasta un lugar secreto...

Que la soberanía vuelva a Ekur;

que las Fórmulas Divinas vuelvan

al padre que te engendró.
Las diversas versiones de este relato épico nos proporcionan, después, emocionantes descripciones de la batalla que vino a continuación. Ninurta le disparó «flechas» a Zu, pero «las flechas no se podían acercar al cuerpo de Zu... mientras llevara en la mano la Tablilla de los Destinos de los dioses». Las armas lanzadas «se detenían en mitad» de su vuelo. Pero, mientras se desarrollaba la incierta batalla, Ea le aconsejó a Ninurta que añadiera un til-lum a sus armas, y que le disparara en los «piñones», o pequeñas ruedas dentadas, de las «alas» de Zu. Siguiendo su consejo, y gritando «Ala con ala», Ninurta disparó el til-lum en los piñones de Zu. Así alcanzado, los piñones empezaron a desmontarse y las «alas» de Zu cayeron dando vueltas. Zu fue vencido, y las Tablillas del Destino volvieron a Enlil.


¿Quién era Zu? ¿Era, como algunos expertos sostienen, un «ave mitológica»? Evidentemente, podía volar, pero también puede hacerlo hoy en día cualquier persona que coja un avión, o cualquier astronauta que se suba a una nave espacial. También Ninurta podía volar, tan hábilmente como Zu (y, quizás, mejor). Pero él no era un ave de ninguna clase, como dejan patente muchas representaciones que han quedado de él, solo o con su consorte BA.U (llamada también GULA). Más bien, volaba con la ayuda de una extraordinaria «ave», que se guardaba en el recinto sagrado (el GIR.SU) de la ciudad de Lagash.

 

Zu no era un «ave»; parece ser que tenía a su disposición un «ave» en la que pudo huir para esconderse. Más bien, fue desde dentro de estas «aves» que los dioses se enfrentaron en su batalla en el cielo. Y no debería de haber duda en cuanto a la naturaleza del arma que, finalmente, hirió al «pájaro» de Zu. Llamada TIL en sumerio y til-lum en asirio, se escribía pictóricamente así:>--->--, y debió significar entonces lo que til significa, hoy en día, en hebreo: «misil».


Así pues, Zu era un dios -uno de los dioses que intrigó para usurpar la Enlildad; un dios al que Ninurta, como legítimo sucesor, tenía todos los motivos para combatir.


¿Quién era Zu? ¿No sería MAR.DUK («hijo del montículo Puro»), el primogénito de Enki y de su esposa DAM.KI.NA, impaciente por apropiarse, mediante un ardid, de algo que no era legalmente suyo?


Existen razones para creer que, no habiendo podido tener un hijo con su hermana para generar así un contendiente legal para la En-lildad, Enki echó mano de su hijo Marduk. De hecho, cuando a comienzos del segundo milenio a.C. toda la zona de Oriente Próximo se vio sacudida por grandes agitaciones sociales y militares, Marduk fue elevado en Babilonia al estatus de dios nacional de Sumer y Acad. A Marduk se le proclamó Rey de los Dioses, en lugar de Enlil, y se requirió al resto de dioses que le prometieran fidelidad a él y que fueran a residir en Babilonia, donde sus actividades podrían ser fácilmente supervisables. (Fig. 50)
Esta usurpación de la Enlildad (mucho después del incidente con Zu) vino acompañada por un importante esfuerzo babilonio por falsificar los antiguos textos. Se reescribieron y se alteraron los textos más importantes para hacer aparecer a Marduk como Señor de los Cielos, el Creador, el Benefactor, el Héroe, en vez de Anu, Enlil o, incluso, Ninurta. Entre los textos alterados estaba el «Relato de Zu»; y, según la versión babilonia, fue Marduk (no Ninurta) el que luchó con Zu. En esta versión, Marduk alardeó: «Mahasti moh il Zu» («He aplastado el cráneo del dios Zu»). Así pues, Zu no pudo haber sido Marduk.


Ni tampoco hubiera tenido sentido que Enki, «Dios de las Ciencias», le hubiera dado indicaciones a Ninurta en cuanto a la elección y uso de la mejor arma, si el oponente hubiera sido su propio hijo, Marduk. Enki, a juzgar por su conducta, así como por su recomendación a Ninurta de «corta la garganta de Zu», esperaba ganar algo con el combate, ya que no le importaba quién perdiera. La única conclusión lógica es que también Zu debía de ser, de algún modo, un contendiente legal para la Enlildad.


Esto sólo nos sugiere a un dios: Nanna, el primogénito de Enlil, el que tuvo con su consorte oficial, Ninlil. Pues, si Ninurta fuera eliminado, Nanna sería el siguiente en la línea sucesoria.


Nanna (diminutivo de NAN.NAR -«el brillante») nos resulta más conocido por su nombre acadio (o «semita»): Sin.
Como primogénito de Enlil, se le concedió la soberanía sobre la más conocida ciudad-estado de Sumer, UR («La Ciudad»). Su templo en Ur recibió el nombre de E.GISH.NU.GAL («casa de la semilla del trono»). Desde esa morada, Nanna y su consorte NIN.GAL («gran dama») llevaban los asuntos de la ciudad y sus gentes con gran benevolencia. El pueblo de Ur sentía un gran afecto por sus divinos soberanos, llamando amorosamente a su dios «Padre Nanna», así como con otros apodos cariñosos.


La gente atribuía la prosperidad de Ur a Nanna. Shulgi, un gobernante de Ur (por la gracia del dios) de finales del tercer milenio a.C, describía la «casa» de Nanna como «un gran establo henchido de abundancia», un «lugar opulento de ofrendas de pan», donde se multiplicaban las ovejas y se sacrificaban bueyes, un lugar de dulce música donde sonaban el pandero y el tambor.


Bajo la administración de su dios protector, Nanna, Ur se convirtió en el granero de Sumer, el suministrador de grano, así como de ovejas y ganado vacuno, de templos de todas partes. Un «Lamento por la Destrucción de Ur» nos informa, en negativo, de lo que pudo ser Ur antes de su hundimiento:

En los graneros de Nanna no había grano.

Las comidas nocturnas de los dioses se suprimieron;

en sus grandes comedores, se terminaron el vino y la miel...

En el noble horno del templo, ya no se preparaban bueyes y ovejas;

el rumor ha cesado en el gran Sitio de los Grilletes de Nanna:

la casa donde se gritaban las órdenes para el buey-

su silencio es sobrecogedor...

El agobiante mortero y su mano yacen inertes...

Las barcas de las ofrendas ya no llevan ofrendas...

No llevan ofrendas de pan a Enlil en Nippur.

El río de Ur está vacío, ya no hay gabarras en él...

No hay pies que recorran sus riberas; grandes hierbas crecen allí.
Otro lamento, donde se duele por los «rebaños que han sido entregados al viento», por los abandonados establos, por los pastores y vaqueros que se fueron, es de lo más inusual: no fue escrito por la gente de Ur, sino por el mismo dios Nanna y su esposa Ningal. Estos y otros lamentos sobre la caída de Ur desvelan el trauma de un suceso inusual. Los textos sumerios nos informan que Nanna y Ningal dejaron la ciudad antes de que su ruina fuera completa. Fue una salida precipitada, descrita de forma conmovedora.

Nanna, que amaba su ciudad,

partió de la ciudad.

Sin, que amaba a Ur,

no pudo seguir en su Casa.

Ningal...
huyendo de su ciudad por territorio enemigo,

se puso precipitadamente un vestido,

partió de su Casa.
La caída de Ur y el exilio de sus dioses se explicaron en los lamentos como la consecuencia de una decisión deliberada de Anu y Enlil. Fue a estos dos a los que Nanna apeló para que cesara el castigo.

Que Anu, el rey de los dioses,

pronuncie: «Es suficiente»;

Que Enlil, el rey de las tierras,

decrete un destino favorable.
Apelando directamente a Enlil, «Sin llevó su dolido corazón a su padre; hizo una reverencia ante Enlil, el padre que le engendró» y le imploró:

Oh, padre mío que me engendraste,

¿hasta cuándo verás con hostilidad

mi reparación?

¿Hasta cuándo?...

Sobre el corazón oprimido que tú has hecho

vacilar como una llama,

por favor, deposita una mirada amable.
En ninguna parte desvelan los lamentos la causa de la ira de Anu y de Enlil. Pero, si Nanna era Zu, el castigo habría justificado su crimen por usurpación. Pero, de verdad, ¿era Zu?


Ciertamente, pudo haber sido Zu, porque Zu poseía algún tipo de máquina voladora -el «ave» en la cual escapó y con la cual combatió a Ninurta. Los salmos sumerios hablan con adoración de su «Barco del Cielo».

Padre Nannar, Señor de Ur...

cuya gloria en el sagrado Barco del Cielo está...

Señor, hijo primogénito de Enlil.

Cuando en el Barco del Cielo asciendes,

tú eres glorioso.

Enlil ha adornado tu mano

con un cetro eterno

cuando, sobre Ur, en el Barco Sagrado te subes.
Existen evidencias adicionales. El otro nombre de Nanna, Sin, se deriva de SU.EN, que era otra forma de pronunciar ZU.EN. El mismo significado complejo de una palabra de dos sílabas se podía obtener poniendo las sílabas en cualquier orden: ZU.EN y EN.ZU eran palabras «espejo» una de otra. Nanna/Sin como ZU.EN no era otro que EN.ZU («señor Zu»). Así pues, tenemos que llegar a la conclusión de que fue él el que intentó hacerse con la Enlildad.


Ahora podemos comprender por qué, a pesar de la sugerencia de Ea, el señor Zu (Sin) fue castigado, no con la ejecución, sino con el exilio. Tanto los textos sumerios como las evidencias arqueológicas indican que Sin y su esposa huyeron a Jarán, la ciudad hurrita protegida por varios ríos y terrenos montañosos. Vale la pena apuntar que, cuando el clan de Abraham, dirigido por su padre, Téraj, dejó Ur, también se dirigieron a Jarán, donde estuvieron por muchos años en su camino hacia la Tierra Prometida.


Aunque Ur siguió siendo durante todo el tiempo una ciudad dedicada a Nanna/Sin, Jarán debió ser su residencia durante bastante tiempo, pues se hizo a semejanza de Ur; sus templos, sus edificios y sus calles eran casi exactamente iguales. André Parrot (Abraham et son temps) resume las similitudes diciendo que «todas las evidencias indican que el culto de Jarán no fue más que una réplica exacta del de Ur».


Cuando se descubrió el templo de Sin en Jarán -construido y reconstruido a lo largo del milenio-, durante unas excavaciones que duraron más de cincuenta años, se encontraron dos estelas (dos pilares de piedra conmemorativos) en los que sólo había una inscripción. Era un registro dictado por Adadguppi, una suma sacerdotisa de Sin, sobre cómo rezaba y organizaba el retorno de Sin, pues, algún tiempo antes,

Sin, el rey de todos los dioses,

se enfureció con su ciudad y su templo,

y subió al Cielo.
El hecho de que Sin, disgustado o desesperado, simplemente, «hiciera las maletas» y subiera al Cielo» viene corroborado por otras inscripciones. En éstas, se nos cuenta que el rey asirio Assurbanipal recobró de ciertos enemigos un sagrado «sello cilindrico del más costoso jaspe» y que «lo mejoró dibujando sobre él una imagen de Sin». Después, inscribió sobre la sagrada piedra «un elogio a Sin, y lo colgó alrededor del cuello de la imagen de Sin». Ese sello pétreo de Sin debió de ser una reliquia de antaño, pues se dice más adelante que «es el sello en el cual su rostro fue dañado en aquellos días, durante la destrucción llevada a cabo por el enemigo».


Se cree que la suma sacerdotisa, que había nacido durante el reinado de Assurbanipal, era también de sangre real. En sus súplicas a Sin, le proponía un práctico «acuerdo»: restablecer los poderes de Sin sobre sus adversarios a cambio de ayudar al hijo de ella, Nabunaid, a convertirse en soberano de Sumer y Acad. Los archivos históricos confirman que, en el año 555 a.C, Nabunaid, entonces comandante de los ejércitos babilonios, fue nombrado por sus colegas militares para el trono. Para esto, se decía que había sido ayudado directamente por Sin. Sucedió, según nos dicen las inscripciones de Nabunaid, «en el primer día de su aparición» que Sin, utilizando «el arma de Anu», fue capaz de «tocar con un rayo de luz» los cielos y aplastar a los enemigos abajo en la Tierra.


Nabunaid mantuvo la promesa que su madre había hecho al dios. Reconstruyó el templo de Sin, el E.HUL.HUL («casa de la gran alegría»), y declaró a Sin como Dios Supremo. Es entonces cuando Sin pudo haber tomado en sus manos «el poder del cargo de Anu, esgrimir todo el poder del cargo de Enlil, asumir el poder del cargo de Ea, tomando así en sus propias manos todos los Poderes Celestiales». Así, derrotando al usurpador Marduk, incluso haciéndose con los poderes del padre de Marduk, Ea, Sin asumía el título de «Creciente Divino» y establecía su reputación como el llamado Dios Luna.


¿Cómo pudo Sin, del que se dice que había vuelto al Cielo disgustado, realizar tales hazañas de vuelta a la Tierra?


Nabunaid, al confirmar que Sin se había «olvidado de su ira... y había decidido volver al templo Ehulhul», confirmó el milagro. Un milagro «que no ha sucedido en el País desde los días de antaño» había tenido lugar: una deidad «ha bajado del Cielo».

Éste es el gran milagro de Sin,

que no ha sucedido en el País

desde los días de antaño;

Que la gente del País

no ha visto, ni ha escrito

sobre tablillas de arcilla, para conservarlo para siempre:

que Sin,

Señor de todos los dioses y diosas,

residiendo en el Cielo,

ha bajado desde el Cielo.
Lamentablemente, no se aportan detalles del lugar y la manera en la cual Sin aterrizó de regreso a la Tierra. Pero sabemos que fue en los campos que rodean Jarán que Jacob, en su viaje desde Canaán para encontrar una novia en el «viejo país», vio «una escalera apoyada en tierra, y cuya cima tocaba los cielos, y he aquí que los ángeles del Señor subían y bajaban por ella».


Al mismo tiempo que Nabunaid restauraba los poderes y los templos de Nanna/Sin, restauró también los templos y el culto de los hijos gemelos de Sin, IN.ANNA («dama de Anu») y UTU («el resplandeciente»).


Ambos eran hijos de Sin y de su esposa oficial, Ningal, siendo, así, por nacimiento, miembros de la Dinastía Divina. Inanna era, técnicamente, la primogénita, pero su hermano gemelo, Utu, era el hijo primogénito, y, por tanto, el heredero dinástico legal. A diferencia de la rivalidad que existía en el caso, similar, de Esaú y Jacob, los dos niños divinos crecieron muy unidos entre sí. Compartían experiencias y aventuras, se ayudaban mutuamente, y cuando Inanna tuvo que elegir marido entre dos dioses, fue a su hermano en busca de consejo.


Inanna y Utu habían nacido en tiempos inmemoriales, cuando sólo los dioses habitaban la Tierra. La ciudad-dominio de Utu, Sippar, estaba entre las primeras ciudades que habían establecido los dioses en Sumer. Nabunaid decía en una inscripción que, cuando emprendió la reconstrucción del templo de Utu, E.BABBARA («casa resplandeciente»), en Sippar:

Busqué su antigua plataforma-cimiento,

y profundicé dieciocho codos en el suelo.

Utu, el Gran Señor de Ebabbara...

me mostró personalmente la plataforma-cimiento

de Naram-Sin, hijo de Sargón, que durante 3.200 años

ningún rey antes que yo había visto.
Cuando la civilización floreció en Sumer, y el Hombre se unió a los dioses en el País Entre los Ríos, Utu estaba relacionado, principalmente, con la ley y la justicia. Varios códigos legales primitivos, aparte de acogerse a Anu y a Enlil, se presentaron también en busca de aceptación y adhesión, porque fueron promulgados «de acuerdo con la palabra verdadera de Utu». El rey babilonio Hammurabi inscribió su código legal en una estela en cuya parte superior se le representó a él recibiendo las leyes de manos del dios. (Fig. 51)
Muchas tablillas descubiertas en Sippar atestiguan la reputación de la ciudad en tiempos antiguos como lugar de leyes justas y buenas. Algunos textos representan al mismo Utu juzgando a dioses y hombres; Sippar fue, de hecho, la sede del «tribunal supremo» de Sumer.


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