El 12º planeta






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Además de ser jefe de los dioses, a Enlil se le tenía por supremo Señor de Sumer (a veces llamada, simplemente, «El País») y de las «Gentes de Cabeza Negra». Un salmo sumerio habla con veneración de su dios:

El Señor, que conoce el destino de El País,

digno de confianza en su profesión;
Enlil, que conoce el destino de Sumer,
digno de confianza en su profesión;
Padre Enlil,

Señor de todas las tierras;

Padre Enlil,

Señor del Mandato Justo;

Padre Enlil,

pastor de los Cabezas Negras...

de la Montaña del Amanecer

a la Montaña del Ocaso,

no hay otro Señor en la Tierra;

sólo tú eres Rey.
Los sumerios reverenciaban a Enlil tanto por temor como por gratitud. Era él el que se aseguraba de que las sentencias de la Asamblea de es en contra de la Humanidad se llevaran a efecto; era su «viento» el que soplaba tormentas devastadoras contra las ciudades ofensoras. Era él el que buscaba la destrucción de la Humanidad cuando el Diluvio, pero también el que, cuando estaba en paz con el género humano, se convertía en un dios amable que concedía favores, según un texto sumerio, fue Enlil el que dio a la Humanidad el conocimiento de la agricultura, junto con el del arado y el pico.


Enlil elegía también a los reyes que tenían que gobernar a la Humanidad, no como soberanos, sino como servidores del dios a los que se les confiaba la administración de las leyes divinas de justicia. Así pues, los reyes sumerios, acadios y babilonios abrían sus inscripciones de auto adoración describiendo cómo Enlil les había llamado a la Realeza. Estas «llamadas» -promulgadas por Enlil en su propio nombre y en el de su padre, Anu- le concedían legitimidad al gobernante y delimitaban sus funciones. Incluso Hammurabi, que reconocía a Marduk como dios nacional de Babilonia, afirmó en el prefacio de su código legal que «Anu y Enlil me nombraron para promover el bienestar del pueblo... para hacer que la justicia prevalezca en la tierra».


Dios del Cielo y de la Tierra, Primogénito de Anu, Dispensador de Realeza, Jefe Ejecutivo de la Asamblea de Dioses, Padre de Dioses y Hombres, Dador de la Agricultura, Señor del Espacio Aéreo... estos eran algunos de los atributos de Enlil que hablaban de su grandeza y sus poderes. Sus «mandatos llegaban lejos», sus «declaraciones invariables»; él «decretaba los destinos». Disponía del «enlace cielo-tierra», y desde su «impresionante ciudad de Nippur» podía «elevar los rayos que buscan el corazón de todas las tierras» - «ojos que Pueden explorar todas las tierras».


Sin embargo, era tan humano como cualquier joven capaz de dejarse seducir por una belleza desnuda; sujeto a leyes morales impuestas por la comunidad de los dioses, transgresiones que se castigaban con el destierro; y ni siquiera era inmune a las quejas de los mortales. Al menos, que se sepa, consta un caso en la que un rey sumerio de Ur se quejó directamente a la Asamblea de los Dioses de que toda una serie de males que habían caído sobre Ur y sus gentes podían deberse al desafortunado hecho de que «Enlil le había dado la realeza a un hombre indigno... que no era de simiente sumeria».


A medida que avancemos, iremos viendo el papel fundamental que jugaba Enlil en los asuntos divinos y mortales de la Tierra, y cómo sus distintos hijos combatieron entre ellos y con otros por la sucesión divina, dando así origen, sin duda, a relatos posteriores sobre batallas entre dioses.
El tercer Gran Dios de Sumer fue otro hijo de Anu; tenía dos nombres, E.A y EN.KI. Al igual que su hermano Enlil, Ea era, también, un Dios del Cielo y de la Tierra, una deidad de origen celeste que había bajado a la Tierra.


Su llegada a la Tierra está relacionada en los textos sumerios con una época en la que las aguas del Golfo Pérsico entraban en tierra firme mucho más allá de lo que vemos hoy en día, convirtiendo en pantanosa la parte sur del país. Ea (el nombre significa, literalmente, «casa-agua»), que era maestro en ingeniería, planificó y supervisó la construcción de canales, de diques en los ríos, así como el drenaje de los pantanos. Le encantaba salir a navegar por estos cursos de agua y, de modo especial, por los pantanos. Como su nombre indica, las aguas eran su hogar. Construyó su «gran casa» en la ciudad que fundó, al filo de las tierras pantanosas, una ciudad llamada HA.A.KI («lugar de los peces-agua»), aunque también fue conocida como E.RI.DU («hogar de ir desde lejos»).


Ea era «Señor de las Aguas Saladas», los mares y los océanos. Los textos sumerios hablan repetidamente de una época muy antigua en la que los tres Grandes Dioses se repartieron los reinos entre ellos. «Los mares se los dieron a Enki, el Príncipe de la Tierra», dándole así «el gobierno del Apsu» (lo «Profundo»). Como Señor de los Mares, Ea construyó barcos que navegaban hasta tierras lejanas, y, en especial, a lugares desde donde se traían metales preciosos y piedras semipreciosas.


Los sellos cilíndricos sumerios más antiguos representan a Ea como un dios rodeado de ríos fluentes en los que, a veces, se veían peces. Los sellos relacionaban a Ea, como se puede ver aquí, con la Luna (indicada por su creciente), una relación quizás basada en el hecho de que la Luna provoca las mareas. No hay duda, en lo referente a esta imagen astral, de que a Ea se le dio el epíteto de NIN.IGI.KU («señor brillo-ojo»). (Fig. 46)



Según los textos sumerios, entre los que se incluye una asombrosa autobiografía del mismo Ea, éste nació en los cielos y vino a la Tierra antes de que hubiera ninguna población o civilización sobre la Tierra. «Cuando me acerqué al país, estaba inundado en gran parte», afirma. Después, procede a describir la serie de acciones que emprendió para hacer habitable la tierra: llenó el río Tigris con frescas «aguas dadoras de vida»; nombró a un dios para que supervisara la construcción de canales, para hacer navegables el Tigris y el Éufrates; y descongestionó las tierras pantanosas, llenándolas de peces y haciendo un refugio para aves de todos los tipos, y haciendo crecer allí carrizos que pudieran servir como material de construcción.


Centrándose después en la tierra seca, Ea decía que fue él quien «dirigió el arado y el yugo... abrió los sagrados surcos... construyó establos... levantó rediles». Después, el auto adulatorio texto (llamado por los expertos «Enki y la Ordenación del Mundo») dice que fue este dios el que trajo a la Tierra las artes de la elaboración de ladrillos, de la construcción de moradas y ciudades, de la metalurgia, etc.


Presentándolo como al mayor benefactor de la Humanidad, como al dios que trajo la civilización, muchos textos lo tienen también Por el principal defensor de la Humanidad en los consejos de los dioses. En los textos sumerios y acadios sobre el Diluvio, donde se deben buscar los orígenes del relato bíblico, se dice que Ea fue el dios que, desafiando la decisión de la Asamblea de Dioses, permitió escapar del desastre a un seguidor de confianza (el «Noé» mesopotámico).


De hecho, los textos sumerios y acadios, que, como el Antiguo Testamento, se adhieren a la creencia de que un dios o los dioses crearon al Hombre por medio de un acto consciente y deliberado, atribuyen a Ea un papel clave en todo esto. Como científico jefe de los dioses, fue él el que diseñó el método y el proceso por el cual debía ser creado el Hombre. Con tal afinidad con la «creación» o aparición del Hombre, no es de sorprender que fuera Ea el que guió a Adapa -el «hombre modelo» creado por la «sabiduría» de Ea- a la morada de Anu en los cielos, desafiando la determinación de los dioses de negarle la «vida eterna» a la Humanidad.


¿Se puso Ea del lado del Hombre simplemente porque tuvo que ver con su creación, o hubo algún otro motivo más subjetivo? A medida que exploremos los textos, nos encontraremos con que los constantes desafíos de Ea, tanto en temas humanos como divinos, tenían como objetivo principal el frustrar las decisiones o los planes que emanaban de Enlil.
Los archivos están repletos de alusiones a los abrasadores celos que sentía Ea por su hermano Enlil. De hecho, el otro nombre de Ea (y, quizás, el primero) era EN.KI («señor de la Tierra»), y los textos que hablan del reparto del mundo entre los tres dioses sugieren que Ea perdió el dominio de la Tierra en favor de su hermano Enlil por el simple método de echarlo a suertes.

Los dioses habían estrechado las manos,

habían repartido suertes y habían hecho las divisiones.

Entonces, Anu subió al Cielo;

a Enlil, la Tierra se le sometió.

Los mares, rodeados como con un lazo,

se le dieron a Enki, el Príncipe de la Tierra.
Aun con la amargura que pudo sentir Ea/Enki con aquel reparto, parece que esto no hacía más que alimentar un resentimiento mucho más profundo. La razón nos la da el mismo Enki en su autobiografía: era él, y no Enlil, el primogénito, según afirma Enki; era él, por tanto, y no Enlil, el que debía ser heredero de Anu:

«Mi padre, el rey del universo,

me puso delante en el universo...

Yo soy la semilla fértil,

engendrada por el Gran Toro Salvaje;

yo soy el hijo primogénito de Anu.

Yo soy el Gran Hermano de los dioses...

Yo soy el que nació

como primer hijo del divino Anu.»
Si damos por supuesto que los códigos legales que regían la vida de los mortales en el antiguo Oriente Próximo fueron dados por los dioses, tendremos que convenir en que las leyes sociales y familiares que se aplicaban a los hombres eran una copia de aquellas otras que se aplicaban entre los dioses. Archivos judiciales y familiares encontrados en sitios como Mari y Nuzi confirman que las costumbres y las leyes bíblicas por las cuales se guiaban los patriarcas hebreos eran las mismas leyes a las que se sometían reyes y nobles por todo el Oriente Próximo de la antigüedad. Los problemas de sucesión que los patriarcas tuvieron que afrontar son, por tanto, sumamente esclarecedores.


Abraham, privado de sucesión por la aparente esterilidad de su esposa Sara, tuvo un primogénito con su criada. Sin embargo, este hijo (Ismael) fue excluido de la sucesión patriarcal tan pronto como Sara le dio a Abraham un hijo, Isaac.
La esposa de Isaac, Rebeca, quedó embarazada de gemelos. Técnicamente, el primero en nacer fue Esaú, un sujeto rudo y de cabello rojizo. Después, agarrando el talón de Esaú, salió Jacob, más refinado y preferido por Rebeca. Cuando Isaac, anciano y medio ciego, estaba a punto de anunciar su testamento, Rebeca utilizó un ardid para que la bendición de la sucesión recayera sobre Jacob en vez de sobre Esaú.


Por último, los problemas sucesorios de Jacob vinieron como resultado de que, aunque éste sirvió a Labán durante veinte años para conseguir la mano de Raquel, Labán le obligó a casarse primero con la hermana mayor de Raquel, Lía. Fue ésta la que le dio a Jacob su primer hijo, Rubén, y tuvo más hijos con ella -además de una hija- y con dos concubinas. Sin embargo, cuando por fin Raquel le dio su propio primogénito, José, éste se convirtió en el preferido de Jacob.


A la vista de tales costumbres y leyes de sucesión, uno puede comprender las conflictivas relaciones entre Enlil y Ea/Enki. Enlil, según todos los archivos hijo de Anu y de su consorte oficial, Antu, era el primogénito legal. Pero el angustioso lamento de Enki: «Yo soy la semilla fértil... Yo soy el primogénito de Anu», debió ser una declaración de hecho. ¿Quizás era hijo de Anu, pero de otra diosa que fuera una concubina? El relato de Isaac e Ismael, o la historia de Esaú y Jacob, pudieron tener un paralelismo previo en la Morada Celestial.


Aunque Enki parece haber aceptado las prerrogativas sucesorias de Enlil, algunos expertos ven las evidencias suficientes como para mostrar una insistente lucha por el poder entre los dos dioses. Samuel N. Kramer tituló uno de los antiguos textos como «Enki y su Complejo de Inferioridad». Como veremos más adelante, varios relatos bíblicos -el de Eva y la serpiente en el Jardín del Edén, o el del Diluvio- llevan implícitos, en sus versiones originales sumerias, los desafíos de Enki a los edictos de su hermano.


Parece que, en un momento determinado, Enki decidió que su lucha por el Trono Divino no tenía sentido, y puso todo su empeño en hacer que fuera un hijo suyo -en vez de un hijo de Enlil- el sucesor de la tercera generación. Y esto pretendía lograrlo, al menos en un principio, con la ayuda de su hermana NIN.HUR.SAG («dama de la cabeza de la montaña»).


Ella también era hija de Anu, pero, evidentemente, no de Antu, y ahí radica otra norma de la sucesión. Los estudiosos se han estado preguntando durante los últimos años por qué tanto Abraham como Isaac daban cuenta del hecho de que sus respectivas esposas eran también sus hermanas, una afirmación que provoca una enorme confusión, dada la prohibición bíblica de mantener relaciones sexuales con una hermana. Pero, a medida que se iban desenterrando documentos legales en Mari y Nuzi, fue quedando claro que un hombre sí que podía casarse con una hermanastra. Y lo que es más, a la hora de tomar en consideración a los hijos de todas las esposas, el hijo nacido de tal esposa, al tener un cincuenta por ciento más de «simiente pura» que el hijo de una esposa sin parentesco, era el heredero legal, tanto si era el primogénito como si no. Y esto fue, por cierto, lo que llevó (en Mari y en Nuzi) a la práctica de adoptar a la esposa preferida como «hermana», con el fin de hacer de su hijo el heredero legal indiscutible.


Fue con esta hermanastra, Ninhursag, con quien Enki buscó tener un hijo. Ella también era «de los cielos», habiendo llegado a la Tierra en tiempos primitivos. Varios textos dicen que, cuando los dioses se estaban repartiendo la Tierra entre ellos, a ella le dieron la Tierra de Dilmun -«un lugar puro... una tierra pura... un lugar de lo más brillante». Un texto al que los estudiosos llaman «Enki y Ninhursag - un Mito del Paraíso» habla del viaje de Enki a Dilmun con intenciones conyugales. Ninhursag -el texto lo remarca una y otra vez- «estaba sola», es decir, soltera y sin compromiso. Aunque en épocas posteriores se la representaría como a una vieja matrona, debió de ser muy atractiva de joven, pues el texto nos informa sin ningún rubor de que, cuando Enki se acercó a ella, su sola visión «hizo que su pene regara sus represas».


Dando instrucciones para que se les dejara a solas, Enki «derramó el semen en la matriz de Ninhursag. Ella guardó el semen en su matriz, el semen de Enki»; y más tarde, «después de nueve meses de femineidad... ella dio a luz a la orilla de las aguas». Pero resultó ser una niña. Al no conseguir un heredero varón, Enki se decidió a hacer el amor con su propia hija. «La abrazó, la besó; Enki derramó su semen en la matriz». Pero ella, también, le dio una hija. Entonces, Enki fue a por su nieta y la dejó embarazada también; pero, una vez más, su descendencia fue femenina. Decidida a detener estos desmanes, Ninhursag echó una maldición sobre Enki por la cual éste, tras comer unas plantas, cayó mortalmente enfermo. Sin embargo, los otros dioses obligaron a Ninhursag a levantar la maldición.


Mientras que estos hechos tenían mucho que ver con asuntos divinos, otros relatos de Enki y Ninhursag tienen que ver en gran medida con asuntos humanos; pues, según los textos sumerios, el Hombre fue creado por Ninhursag, siguiendo los procesos y las fórmulas que diseñó Enki. Ella fue la enfermera jefe, la encargada de los servicios médicos; fue por ese papel que la diosa recibió el nombre de NIN.TI (<>) (Fig. 47)



Algunos expertos ven en Adapa (el «hombre modelo» de Enki) al bíblico Adama, o Adán. El doble significado del sumerio TI evoca también paralelismos bíblicos, pues ti podía significar tanto «vida» como «costilla», de manera que el nombre de Ninti podía significar tanto «dama de la vida» como «dama de la costilla». La bíblica Eva -cuyo nombre significa «vida»- fue creada a partir de una costilla de Adán, por lo que, también Eva, resultaba ser una «dama de la vida» y una «dama de la costilla».


Como dadora de vida de dioses y del Hombre, se habló de Ninhursag como de la Diosa Madre. Se le apodó «Mammu» -la precursora de «mamá»-, y su símbolo fue el «cortador», el instrumento Que usaban las comadronas en la antigüedad para cortar el cordón umbilical después del parto. (Fig. 48)

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