O sea Crítica del libelo infamatorio, que con el nombre de Censura dio Don Juan María Lacunza en los diarios de esta Capital 20, 21 y 22 de Diciembre de 1811. Contra el autor de ésta, José Joaquín Fernández de Lizardi






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títuloO sea Crítica del libelo infamatorio, que con el nombre de Censura dio Don Juan María Lacunza en los diarios de esta Capital 20, 21 y 22 de Diciembre de 1811. Contra el autor de ésta, José Joaquín Fernández de Lizardi
fecha de publicación19.09.2015
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Quien llama al toro sufra la cornada.

O sea Crítica del libelo infamatorio, que con el nombre de Censura dio Don Juan María Lacunza en los diarios de esta Capital 20, 21 y 22 de Diciembre de 1811. Contra el autor de ésta, José Joaquín Fernández de Lizardi
Señor Público: Creo en el [Señor Editor] todas las prendas, que le supone Don Juan María Lacunza (a quien Dios perdone) y por lo mismo puede decir, si es cierto, había llevado yo a su casa una respuesta algo amarga para [Don Manuel Gordoño] autor de la censura estampada en su periódico (9 de Diciembre número 2259) creyendo que lo era el bueno de Don Juan María Lacunza (objeto de la presente), pues no hizo más aquel que copiar, lo que ésta había mal producido; pero cerciorado yo de la falsedad de mi concepto; le supliqué por medio de una atenta carta no diese a luz la expresada respuesta, pues Don Juan María Lacunza no era digno de ella. Esto prueba mi modo de pensar.

Hoy 20 de Diciembre he visto el libelo, que sin razón llama crítica su autor el dicho Don Juan María Lacunza pues sus objeciones son fútiles, y despreciables, y su estilo demasiado insultante, ordinario, y soez, no sólo ajeno de uno que presume de literato, sino de cualquier hombre bien nacido.

Pudiera yo, Señor Público, valerme del consejo del mismo Iriarte, que él cita, pues dice en la fábula 30.

Bien hace quien su Crítica modera;

pero usarla conviene ciertamente

contra censura injusta, y ofensiva,

cuando no hablar con sincero denuedo

poca razón arguye o mucho miedo.

Ningún miedo, y mucha razón tengo: y así podría escribirle con tinta corrosiva: ¿tan difícil es decirle burro a quien me dice Caballo? ¿tan difícil es argüir con improperios, y no con justicia? No por cierto: cada día vemos usado este dialecto en los bodegones, y tabernas: yo no he cursado esas Aulas, y por lo mismo desdeño sus ejemplos: pero con la venia de Usted diré algo al caballero Don Juan María Lacunza aunque en estilo diverso al suyo.

Más notables son los yerros en el impugnador de un libro, que en el Escritor. No es loable el que merece ser impugnado, ¿qué diremos del que le impugna mal, o incurre impugnándole en nuevos motivos de reprensión? El Kemp. de los literatos, página 194.

Sí mi Señor: Agradezco a Usted los expresivos elogios con que me honra sin mérito alguno, sino por sola la bondad de Usted que dice, ser yo un ignorante, es verdad; pero orgulloso y engreído, a otros les viene mejor, y lo tienen probado, y no lo digo por Usted pero vamos espulgando por encima y superficialmente su libelo.

Dice que la cocinera, el aguador y el muchacho aprecian mis mamarrachos, y que ¿el sabio E.L.B. [¿José Rafael Larrañaga?]* es algo de esto? Responde mihi; Pues este literato caballero hace una enérgica y desinteresada defensa de algunos papeles míos (dos de ellos impugnados por Usted; el testamento del gato, y bueno es hacerse el tupé, etcétera). ¿Sí será este Señor más ignorante que los más ignorantes? Se deduce, porque los más ignorantes conocen los defectos crasos de mis papeles, y E.L.B. [¿José Rafael Larrañaga?] no: luego es más ignorante que los más ignorantes. Responde illi.

Dice Usted que ¿cuál es la cuestión? La cuestión es sobre si estos defectos son tan crasos, que los más ignorantes los conocen; y en ella nos quedamos, y vuelvo a ganar la apuesta, y Usted se contradijo, y no le vales la especiosa solución de que quiso decir, los descubriría al público: ¡gracioso efugio! Usted dijo los más ignorantes, sin expresar si de los frailes, Clérigos Abogados [sic], trinitarios, etcétera: los más ignorantes ha dicho generalmente delante de Dios, y todo el mundo: luego yo debo entender, que pues no expresa, habla de los más ignorantes de México: luego del Público: luego si necesita explicárselos se contradijo: luego si está en esa necesidad no son tan crasos: luego si no son tan crasos es Usted un impostor: luego si es un impostor merece el desprecio de los literatos, y de los más ignorantes. ¿Qué tal Señor Juan María Lacunza, creyó encontrar con un Juan lanas, y parece que se le va volviendo la criada respondona? Ahora empezamos:

¿Conque el aguador, la cocinera, y el muchacho sólo se diferencian de los brutos, por lo común, en la cualidad risible? ¿Conque obran por puro mecanismo? ¿Conque el aguador sabe remendar su chochocol (si estará este nombrecillo en el diccionario de Usted) por la cualidad risible, la cocinera guisa por la cualidad risible, y el muchacho llora por no ir a la escuela por la cualidad risible? Pues Señor mío, la ignorancia, o sabiduría no disminuye, ni aumenta la esencia constitutiva del hombre: tan hombre es, y tan distinto del bruto el más estúpido salvaje, como el más erudito cortesano: la falta de uso de su razón no prueba carencia: ¿sí me entenderá Usted? Pero si no, lea los discursos filosóficos sobre el hombre, y en ellos verá citado a un Arriano, que se explica con más piedad que Usted en el particular: oiga Usted algunas de sus palabras: Muchas cosas tienen lugar en sólo el hombre por ser precisas a un animal dotado de razón: y muchas hallarás también en él, que le son comunes a los brutos. ¿Pero estos acaso tienen el conocimiento de las criaturas que perciben? De ningún modo: porque una cosa es el uso, y otra el conocimiento.

Pero anduvo Usted tan escaso que no se contentó con hacerlos sólo risibles; sino locos: ¿qué quiere decir, que se ríen por capricho, por antojo, y poquísimas veces con fundamento? Señor mío, siempre que el hombre libremente se ríe es con fundamento, porque se le representa una idea festiva, que le excita la alegría, cuya pasión desahoga riendo, así como la tristeza llorando. Dije libremente, para exceptuar la risa sardónica, y la de las cosquillas, y aun éstas tienen su causa física que no explicaré a Usted porque creo no entiende cosa de fibras, diafragma, contracciones, etcétera, y no es del caso; pero ¿es posible que Usted tan celoso por el honor de su Patria haya de igualar a sus paisanos los aguadores, cocineras, etcétera, con los brutos? ¿Qué dirán de esto los extranjeros? ¡O dii inmortales, ubinam gentium sumus! Entre brutos risibles ¿no es eso?

Me he detenido en esto, más de lo que pensaba porque me da lástima el que se tengan por casi brutos a los pobres, que Usted nombra, y porque menos me duele que Usted me harte de injurias, que no que compare tan impíamente a mis hermanos, sean los que fueren. Vamos conmigo.

Los versos míos: pero ahora verán no los critica Usted sino los traslada, para eso ya se lo sabían los que los leyeron: la temeridad, que dice Usted en su notita tuve de aplicar el epíteto de trompeta, etcétera, a los Poetas buenos en mi papel: quejas de algunas mujeres, es de Usted de ponerse a censurar, lo que no entiende: una de las obligaciones del poeta es revestirse del carácter de la persona, que finge: ese papel es una sátira contra las mujeres profanas descontentas con los poetas, que les descubren sus faltas: está bien claro: léalo Usted despacio: en boca de una de estas mujeres está la tal expresión; conque tan libre está de la injusta censura de Usted cuanto que demuestra bien el carácter, y modo de explicarse de una mujer enojada con los poetas, que manifiestan sus defectos.

Que la crítica Extranjera es partidaria siempre de las glorias de su país, y rival de las ajenas: distingo: si es como la de Usted concedo, si es juiciosa, e imparcial (como debe ser toda buena crítica) niego.

Que el decir yo, que era criollo sea impertinencia puede ser; pero es mayor criticar lo que no se entiende (y van dos), ni tamaña ironía: fue decir a Usted que yo estoy contento con ser criollo, y jamás he apostatado de mi nación en mis papeles disfrazándome de Ruso, ni de Inglés como Usted ¿a qué viene esa mentira? ¿tendrán más mérito sus versos, porque se ponga: Inglés Canazul, o gran Tamerlán de Persia? La bondad, o maldad de una producción está intrínsecamente en ella misma, etcétera, ¿sí me entenderá Usted?

Dice Usted que unos de los más crasos defectos de la poesía es truncar, etcétera, y si le cito a Usted autor poético, que defienda lo contrario, ¿qué dirá? Por ahora basta que sepa Usted que hacerlo una que otra vez (como yo) no es defecto: muchos, casi todos los autores, que he leído truncan algunas veces. ¿Qué dijera Usted si yo truncara una dicción? Me quisiera matar: pues mire al gran Horacio:

…, mirabor si sciet internoscere mendacem… Arte poética versos 424 y 425

Ya vio Usted esto en latín, pues véalo en castellano, y no es su autor mal pollo: el Padre Maestro Fray Luis de León.

Y mientras miserablemente se están… página 4

¿Conque si el poeta puede cortar una dicción alguna vez, por qué no, un periodo? Porque no quiere Don Juan María Lacunza y basta: amigo lea Usted bien la décima de Iriarte, que me cita, y verá que dice arriba, que este autor burló en la suya a un poeta que acostumbraba truncar: qué va de costumbre, a un aliquando. ¿Usted sabe qué es costumbre? Creo que no.

La décima, con que Usted me injuria está famosa: dígame: ¿qué tal este versito de Usted?

Conocerlo, e irse a.

Vamos, ingenuamente responda: ¿está cabal? Pues así no se imita a Iriarte: y el castellano, que sale de la décima: y el pobre según que en sus obras no hay ningún mérito, parece al que usó el cochero, que riñó con Don Quijote: se deja ver, que Usted desciende de Vizcaíno: yo también; pero no sé el estilo.

Embriaguez consonante de que es, y virtuosos de mozos.*

Si éste es defecto, tiene autoridades que lo apadrinen; y aunque no, valga el que los criollos pronunciamos iguales la c, la s y la z, y leyendo Usted mismo (sin afectación) los versos, que murmura, no le han de disonar a ninguno; pero de paso, dígame, ¿por qué me levanta tamaño testimonio, y dice, que en mi papel el crítico, y el poeta, yo me hago crítica, y me supongo el poeta? ¿Es Usted santo, o se lo dijo el Diablo? ¿cómo adivinó que yo me quise hacer el poeta; y no el crítico? A más, que yo no me supongo ser el uno, ni el otro: yo introduzco en el poemita dos hombres, y ellos hablan lo que quieren sin meterme en nada, ¿o dice allí el crítico: tal es Usted compadra Joaquín Fernández de Lizardi de caballo? Ellos hablan sin decir sus nombres; pero Usted quiere que sea yo precisamente el poeta, y basta.

¿No sabe Usted qué quiere decir: y comprar porque algo ataje, un plumaje? Dios libre a Usted de saberlo si es casado; pero tenga Usted la satisfacción de que sólo Usted ignora el sentido de la frasecilla, ni escueza a Usted mucho el algo ataje, refrancillo vulgar de nuestros días; sepa que quien le dio licencia a Quevedo, Cervantes, etcétera, etcétera, para usar en sus versos los dicharachos vulgares de su tiempo, me la dio a mí, …Vates ususque docebunt. ¿Sí me entenderá Usted?

¿Conque en su diccionario de Usted después de haber andado a las vueltas, sobre la palabrita cangilones, sólo halló: que era yo el poeta que puso Quevedo en las zahúrdas de Pultón? ¡qué mezquino, y qué grosero es su diccionario de Usted: el que yo he visto, que es el de la Academia Española, dice, que cangilones son unos vasos para medir vino, y otros licores: ¿y Usted ha visto de qué son fuera de México las medidas del pulque, y vino mezcal? Pues son de cuerno, tatita, y por eso aquí se les dice cangilones a los cuernos: bien que no todo cuerno es cangilón; aunque los más cangilones sean de cuerno; pero con ese argumento al público: todos, todos, todos saben qué quiere decir cangilones, en mi versito, menos Usted, éste es defecto suyo, no mío: dígale Usted al hombre, que se le antoje: ¿quiere Usted que una mujer le ponga cangilones? A ver qué le responde.

Muy fuera de propósito cita Usted los versitos de Quevedo, éste lo que impugna es la impropiedad de la palabra traída, como dicen, de los cabellos sólo por el consonante (yo también ridiculizo lo mismo en mi crítico, y poeta: léalo Usted sin enojo), y por eso comienza:

Dije que una Señora era absoluta,

y siendo más honrada que Lucrecia,

por dar fin al cuarteto la hice p…

¿Sí me entenderá Usted? ¿Se versa igual impropiedad en mi versito? ¡qué crítica! Esto ya no es dormitar aliquando el buen Homero; sino roncar a pierna suelta.

Que los hombres se pelen no es notable, que nunca el pedo como adorno han visto, digo yo en mi furiosa, y pelona, y Usted espantado de aquel nunca exclama en un tono terrible: ¿conque nunca, anticuario miserable? ¿No sabe Usted qué es hipérbole? ¿conque aquel nunca lo ha de entender Usted literal, y el trompeta de las quejas de las mujeres irónico? ¡qué bueno! Respective a las mujeres, y generaliter loquendo, repito, que los hombres, todos los hombres del mundo, esto es generalmente, nunca han visto como adorno el pelo así como las mujeres, que lo han estimado como una parte necesarísima a la belleza. ¿Sí me entenderá Usted?

Dice Usted que es regla no multiplicar consonantes, ni asonantes, etcétera, pues, quiso decir, las mismas palabras consonantes, porque hacer un poema (no de verso suelto) sin muchos consonantes, o asonantes iguales sería la misma gracia, que hacer una mesa con los cuatro pies disparejos: pero le hago a Usted el favor de explicarlo, y le respondo: que lea las poesías de Quevedo, las de Cervantes, desahogos líricos de Celio, etcétera, etcétera. Acerca de los agudos digo, que si es falta, se ve cometida por celebres autores: ¿Sí me entenderá Usted?

Las objeciones: de que falta texto para probar que el gato, después de harto, comiera conserva, y la otra de que este animal no come dulce, son graciosas: para hacer ver que el gato era glotón, era menester hacerlo comer manjar no común para él, y esto después de saciado su apetito (son palabras mías), de lo contrario, probaría hambre; no gula, que era lo que se intentaba. ¿Es esto entender lo que se critica? Sepa Usted que los gatos, y otros animales comen lo que les enseñan a comer: ¿No ha visto Usted Caballos que beben pulque, y drak? ¿No vio a la Elefanta comer bizcochos, y fruta, y beber aguardiente? Fuera de esto, en mi casa tengo dos gatos, que comen dulce muy bien, venga Usted a verlos, tráigales un par de cubiertitos, que no me dejarán mentir.

Dice Usted que el asunto de la Muralla de México está tratado indecorosamente: ¿y lo hemos de creer sólo porque Usted lo dice? Esto no es criticar sino hablar mal. He leído las páginas cuarta y quinta que Usted cita: en la primera hay un yerro que se deja ver, es de imprenta: en la segunda nada advierto; en la séptima está querubines consonante de nubes (y ésta se le fue a Usted). Que estos yerros sean de imprenta lo manifiesta su misma crasitud; pero yo no quiero que Usted me crea sobre mi palabra, vaya a la oficina de Jáuregui, y pida el original de ese papel, y se lo entregarán sin las erratas dichas, y firmado por el Bachiller Don Manuel Sartorio como aprobante. Así se satisface a una objeción.

Hará Usted bien en ceder al imperio de sus ocupaciones; y no al de sus pasiones, dejándose de escribir críticas, que le granjeen el común desprecio.

Para probar que todos mis papeles son malos, me cita la autoridad de Boyleau, mal traída, y peor traducida: mal traída, porque para que estuviera bien aplicada, era menester que mis versos en lo general fueran como el de Usted que repito: conocerlo, e irse a. Peor traducida, porque el Verbo francés Blesser significa herir, llagar, lastimar: lea Usted el diccionario de Capmany. En el sentido metafórico, que lo toma Boyleau, dice ofende al oído, no hiere el oído como Usted escribe: lea Usted las traducciones de sus cantos por Madramany, y Arriaza, y verá cómo el primero en la página 11 dice al oído ofende, y el segundo en la página 7 al oído ofende, no hiere, porque por herir el oído entendemos la afectación en él por cualquiera vibración del aire sea suave, o áspera, y en ese sentido tanto hiere el oído el verso bueno como el malo. Ahora me toca a mí: ¿entiende Usted el francés?

En aquellos versitos de Horacio, que me cita, falta una comita antes del qui, y aquel quen, póngalo Usted si puede, con m, porque ninguna dicción latina se acaba en n, sino en m. ¿Los impresores no, es verdad…? Si digo yo, que los impresores malos, son el mismísimo…

Después de todo: ¿Estos son los defectos crasos, que Usted prometió descubrir? ¿para esto tamaño libelo, y tanta injuria contra mi persona, y no contra mis versos? Concluyo con Horacio,

Quid dignum feret hic promisor hiatu?

Parturient montes; nascetur ridiculus mus.

Arte poética versos 138 y 139

¿Entiende Usted latín? Está clarito.

Por no dejar de faltar a la verdad, lo hace Usted hasta en su último renglón donde firma: borre Usted el atento, y el amigo, que esos epítetos en Usted son falsos: sepa que el cardillo me ha contado que si Usted no responde ésta, es porque no tiene qué, y si busca padrino que defienda sus yerros, no se encargará de la comisión ningún sensato. Es de Usted lo que Usted mismo quisiere, José Joaquín Fernández de Lizardi.

Post Data. Por consulta Señor Público: Don Juan María Lacunza me dice en su libelo: ignorante, necio, sandio, orgulloso, engreído, pobre hombre, miserable, vil, bajo, alma media, trompeta, bárbaro, burro, coplero, idiota, oráculo de tontos, cuervo, guajolote, simple, insensato, arrastrado, ratero, etcétera, etcétera, después de este aguacero dice, que me honra mucho: pregunto, ¿si así honra este Caballero, cómo deshonrará? Pregunto: ¿el plebeyo más soez usará más corteses expresiones contra su mayor enemigo? Pregunto por fin: después que los sabios de México lean su libelo, y mi Crítica, ¿de quién de los dos, formarán mejor concepto, a lo menos en cuanto a la conducta moral de cada uno? Por Dios, Señor Público, no deje de responderme, así el Eterno le conserve a Usted la vida el tiempo que para sí desea su atento Servidor que besa su mano, José Joaquín Fernández de Lizardi.
Se hallará en el Portal de Mercaderes puesto de la gaceta.
En México: Imprenta de Doña María Fernández de Jáuregui, año de 1811.

* Vid. María Isabel Terán Elizondo, Orígenes de la crítica literaria en México: la polémica entre Alzate y Larrañaga, 2ª ed., México, El Colegio de Michoacán, Universidad Autónoma de Zacatecas, 2009, p. 340-341 (N. del E.).

* Todos los poetas españoles consuenan labio con agravio, y son distintas consonantes la b- y la v- y ¿por qué no se les nota? Porque no las distingue su pronunciación: pues así el Americano no distingue la z de la s.

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