Adaptación juvenil, Felipe Guzmán






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El señor presidente

(Adaptación juvenil, Felipe Guzmán)

I. En el Portal del Señor. ¡… Alumbra, lumbre de alumbre, luzbel del piedralumbre! Como zumbido de oídos persistía el rumor de las campanas a la oración, maldoblestar de la luz en la sombra, de la sombra en la luz. ¡Alumbra, lumbre de alumbre, luzbel de piedralumbre, sobre la podredumbre! ¡Alumbra, lumbre de alumbre, sobre la podredumbre, luzbel de piedralumbre! ¡Alumbra, alumbra lumbre de alumbre..., alumbre..., alumbra..., alumbra, lumbre de alumbre..., alumbra, alumbre...! Los pordioseros se reunían por las noches para dormir en el Portal del Señor (de la catedral) reñían entre sí. A veces, en lo mejor de sueño, les despertaban los gritos de un idiota que se sentía perdido en la plaza de armas. A veces, el sollozar de una ciega que se soñaba cubierta de moscas, colgando de un clavo, como la carne en las carnicerías. A veces, los pasos de una patrulla que a golpes arrastraba a un prisioneros políticos, seguido de mujeres que limpiaban las huellas de sangre con los pañuelos empapados en llanto... pero el director del idiota era el más triste.

Los domingos caía en medio de aquella sociedad extraña un borracho que, dormido, reclamaba a su madre llorando como un niño. Al oír el idiota la palabra madre, que en boca del borracho era imprecación a la vez que lamento, se incorporaba, volvía a mirar a todos lados de punta a punta del Portal, enfrente, y tras descartarse bien y despertar a los compañeros con los gritos, lloraba de miedo juntando su llanto al del borracho. Al idiota lo apodaban el Pelele y se volvía frenético al escuchar la palabra madre. Había también un mendigo al que apodaban mosco: un ciego al que le faltaban las dos piernas y que afirmaba: ¡yo, que pasé la infancia en un cuartel de artillería, donde las patadas de las mulas y de los jefes me hicieron hombre con oficio de caballo, lo que me sirvió de joven para jalar por las calles la música de carreta! ¡Yo, que perdí los ojos en una borrachera sin saber cómo, la pierna derecha en otra borrachera sin saber cuándo, y la otra en otra borrachera, víctima de un automóvil, sin saber ónde! Esa noche un bulto se acercó al pelele y le gritó ¡madre! El pelele no le dio tiempo de usar sus armas y se le fue encima. No dijo más. Arrancado del suelo por el grito, el pelele se le fue encima y, sin darle tiempo a que hiciera uso de sus armas, le enterró los dedos en los ojos, le hizo pedazos la nariz al dentelladas y le golpeó las partes con las rodillas hasta dejarlo inerte. El pelele se dio a la fuga. Una fuerza ciega acababa de quitar la vida al coronel José Parrales Sonriente, Alias el Hombre de la Mulita.

II. La muerte del mosco. Frente a la sección de policía mucha gente esperaba. En eso unos policías entran con el mosco y más tarde con otros prisioneros y los encierran en una de las tres Marías, Bartolina estrechísima y oscura, donde se encuentra un estudiante y un sacristán. Éste último por haber quitado el anuncio del jubileo de la madre del Señor Presidente, el lugar de quitar el aviso de la virgen de la o. Por la noche sacan a los mendigos y se les preguntó acerca del autor o autores del asesinato de un coronel del ejército, perpetrado en el Portal. Todos aseguraron que había sido el pelele y refirieron detalles. El auditor de guerra dio una señal a los policías que esperaban y éstos comenzaron a golpear a los mendigos. Luego colgaron a uno de los pordioseros y como éste continuaba asegurando que el pelele era el culpable, el auditor de guerra le dijo: ¡eso les aconsejaron que me dijeran, pero conmigo no valen mentiras! ¡La verdad o la muerte...! El mendigo continuo asegurando que había sido el pelele y el auditor le dijo: ¡mentiras...! ¡Mentira, embustero...! Yo le voy a decir, a ver si se atreve a anegarlo, como quiénes asesinaron al coronel José Parrales Sonriente; yo se lo voy a decir... ¡el general Eusebio canales y el Lic. Abel Carvajal...! Luego hubo un silencio y el colgado dijo si. Cayó el Viudo, un mendigo, de bruces, sin conciencia. Luego interrogaron al resto y todos afirmaron las palabras del auditor, menos el mosco, que afirmaba que sus compañeros mentían al inculpar a extraños en un crimen que había cometido el pelele. Fue colgado y asaltado hasta morir, más y yo sosteniendo la verdad. -- ¡Viejo embustero, de nada habría servido su declaración, porque era ciego! - Exclamó el auditor al pasar junto al cadáver.

III. Fuga del pelele. El pelele huyó por las calles intestinales, estrechas y retorcidas de los suburbios de la ciudad, sin turbar con sus gritos desaforados la respiración del cielo ni el sueño de los habitantes, iguales en el espejo de la muerte, como desiguales en la lucha que reanudarían al salir el sol... Después de caminar y correr, se desploma en un montón de basura y se duerme. Un ave de rapiña le clava su pico en el labio superior y otras se disputaban sus ojos. En su desesperación rodó por un despeñadero de basura, quebrándose una pierna.

IV. Cara de Angel. El pelele continuaba soñando entre la basura y se le presentó su madre, la querida de un gallero. Ella lo acariciaba y el gallero le canturreaba:

¡cómo no...

cómo no...

cómo no, comfite liolio,

como yo soy gallo liolio

que al meter la pata liolio,

arrastro el a la liolio!

Más tarde, mientras aún dormía el pelele, aparece un leñador y su perro y éste corre hacia el pelele. Llegó también el leñador que lo consideró un cadáver al principio; pero no siendo así le ayuda a levantarse. En eso aparece a alguien que le habla a leñador y colabora a levantar al pelele. El que le hablaba era un Angel: tez de dorado mármol, cabellos rubios, boca pequeña y aire de mujer en violento contraste con la negrura de sus ojos varoniles... --¡Un ángel!- exclamó el leñador. Juntos se llevaron al herido, mientras el leñador le hablaba al Angel de su mujer y de su condición de pobre. Luego el aparecido se marcha echando unas monedita al bolsillo del herido. Más tarde el leñador abandona al herido al llegar a las primeras casas, contando a su mujer, a llegar a su casa, que había visto un Angel.

V. ¡Ese animal!. El doctor barreño explica al secretario del presidente que había sido arrestado injustamente. Todo porque descubrió que muchos soldados morían a causa del sulfato de soda que se les daba como purgante, y como se negó a opinar al igual que sus colegas: para ellos se trataba de una enfermedad nueva que había que estudiar. Fue arrestado; mientras sus colegas quedaban en libertad. También le explicaba el doctor Barreño que el jefe de sanidad militar había sacrificado la vida de 140 hombres por robarse algunos pesos. En esta conversación se hallan cuando el ayudante presidencial le grita al doctor Barreño, quien pronto estuvo frente al presidente, y éste le dijo: Yo le diré, don Luis (doctor Barreño), ¡y eso sí!, que no estoy dispuesto a que por chismes de mediquetes se menoscabe el crédito de mi gobierno en lo más mínimo. ¡Deberían saberlo mis enemigos para no descuidarse, porque a la primera, les boto la cabeza! ¡Retirase! ¡Salga...! y ¡llame a ese animal! Esto último lo dijo refiriéndose al secretario. El doctor Luis Barreño le contó al secretario que estaba perdido y se marchó con el temor en sus espaldas. En su habitación recordó la muerte de su padre, en la que posiblemente tuvo que ver Parrales Sonriente, según un anónimo. Barreño habla con su mujer, quien le reprocha su precaria condición; le cuenta que fue a ver al presidente y que lo trató mal. Le muestra, hablando de la muerte de su padre, un anónimo que dice así: Doctos; aganos el fabor de consolar a su mujer, ahora que el Hombre de la Mulita pasó a mejor bida. Consejo de unos amigos y amigas que le quieren. La mujer se echó a reír.

En palacio, el presidente firmaba el despacho asistido por el secretario (¡Ese animal!), que nerviosamente, por secar deprisa, derramó el tintero sobre el pliego. ¡Animal! exclamó el presidente y le mandó a dar 200 palos. El general encargado de cumplir la orden vuelve y le explica al presidente: señor, vengo a darle parte de ese animal que no aguantó los 200 palos.

VI. La cabeza de un general. Miguel Cara de Angel, el hombre de toda la confianza del presidente, entró de sobremesa.

-- ¡Mis excusas, Señor Presidente! - Dijo al asomar a la puerta del comedor (era bello y malo como Satán)-. ¡Mis excusas, Señor Presidente, si vengoooo... pero tuve que ayudar a un leñatero con un herido que recogió de la basura y no me fue posible venir antes! ¡Informo al Señor Presidente que no se trataba de persona conocida, sino de uno así como cualquiera! Entra el general y el Señor Presidente le entrega 300 pesos para que la viuda entierre a su marido. El general se marcha, llevando en su cargo el féretro que encerraba el cuerpo de ése animal. Cara de Angel adulaba al presidente: -... Francia sobre todo... ¡ Usted sería el hombre ideal para guiar los destinos del gran pueblo de Gambetta y Víctor Hugo! El presidente explica a Cara de Angel que se ha ordenado la captura del general Eusebio canales, involucrado en la muerte del coronel Parrales Sonriente, y será prendido por la mañana. Le pide que necesita su fuga esa misma noche, pues no conviene que vaya a la cárcel: puedes prestarle ayuda para que lo haga, pues, como todo militar de escuela, cree en el honor, se va a querer pasar de vivo y si lo agarran mañana le quitó la cabeza. Mi él debe saber esta conversación; solamente tú y yo... Y tú ten cuidado que la policía no se entere que andas por ahí; mira como te las arreglas para no dar cuerpo y que éste pícaro se largue. Puedes retirarte. El favorito, Cara de Angel, llegó a la casa del general en el barrio La Merced. Pensó tocar, pero la presencia de gendarmes que rondaban le hizo desistir. Entró a un fondín en la esquina opuesta. Pagó con uno de a cien y la fondera se marchó a buscar cambio. En eso salió una señorita de la casa del general Canales y Cara de Angel le entregó una tarjeta para que el general lo visitara en su casa cuanto antes. Cara allá del volvió por el cambio y encontró que alguien intentaba besar forzadamente a la fondera: era Lucio Vázquez, un policía. La fondera suponía que Cara de Angel era el novio de la señorita que persiguió y esto le dio a Miguel la idea de fingir un rato y se los hizo saber: - y por eso-explicó Cara de Angel-he pensado sacármela su casa. Ella está de acuerdo. Cabalmente acabamos de hablar y lo vamos hacer esta noche. Y les pidió su colaboración. Pero Vázquez no podría después de las 11, debía deberse con un amigo (Genaro Rodas). La fondera, la Masacuata, explica que la mujer de Genaro, Fedina, cuenta que la hija del general será la madrina de su hijo.

VII. Absolución arzobispal. Genaro y Lucio Vázquez se juntan y decide irse a tomar un trago, pero antes, Vázquez, sugiere pasar por el Portal constantemente vigilado por la policía secreta y pronto será pintado por los turcos que tenían ahí sus basares. Vázquez y Rodas llegaron a la cantina el despertar del León y le cuenta Vázquez que el chance de entrar a la policía secreta se lo habían dado a un ahijado del director. Pero le asegura que muy pronto habrá nuevas plazas, pues seguramente se aumentará la policía, dado que los pordioseros ya volaron lengua y se sabe que a Parrales Sonriente lo pepenaron el general Eusebio Canales y el Lic. Abel Carvajal. También le cuenta Vázquez que la secreta espera en el Portal al mudo, al que le gritaban madre, a quien le darán chorizo, pues tiene rabia. También le cuenta de aquel que le pidió ayuda para robarse esa noche a la hija del general canales y que sospecha que sabe algo de la captura del general. Más tarde se retiran de la cantina y Vázquez encuentra en el Portal al pelele que hacía poco había llegado. No dudó. Con dos disparos le cortó la vida. Y nadie vio nada, pero en una de las ventanas del palacio arzobispal, los ojos de un santo ayudaban a bien morir al infortunado y en el momento en que su cuerpo rodaba por las gradas, su mano como esposa de amatista, le absolvía abriéndole el Reino de Dios.

VIII. El titiritero del Portal. Doña Venjamón, la mujer de Benjamín, el titiritero, empujaba a éste hacia la puerta para que tratara de averiguar si habían matado a algún turco. Doña Venjamón salió a ver. Benjamín dio como que llevaban una camilla. Más tarde cuatro hombres llevaban en camilla el cuerpo del muerto. El titiritero hace con sus títeres una comedia de aquella tragedia, haciendo reír a los niños.

IX. Ojo de vidrio. Genaro y Vázquez se despiden y el primero base rápido para procurar darle una manita al traido de la hija del general. Rodas de marcha hacia su casa donde su mujer, Fedina, lo interroga con relación a su amistad con Lucio. Rodas descubre un faldoncito en una caja y su mujer se sienta a comentarle que era obsequio de la hija del general canales, a quien tenía hablada para madrina de su primogénito. Mientras tanto Genaro comenzaba a ponerse nervioso y agitado, imaginando un ojo, hasta que, de rodillas, le contó a su mujer lo que había visto: -sobre las gradas, sí, para abajo, rodó chorreando sangre al primer disparo, y no cerró los ojos. Las piernas abiertas, la mirada inmóvil...¡Una mirada fría, era cosa, no sé...! ¡Una pupila que como un relámpago lo abarcó todo y se fijó en nosotros! ¡Un ojo pestañudo que no se me quita de aquí, de aquí de los dedos, de aquí, Dios mío, de aquí...! Le cuenta que Lucio terciopelo había sido el asesino y también que había orden de captura contra canales y que alguien, conocido de Lucio, se iba a robar a la hija del general.

X. Príncipes de la milicia. El general abandona la casa de Cara de Angel y aunque se considera inocente, decide hacerle caso. A su hija la dejaría en casa de su hermano, además, Cara de Angel, se había ofrecido para llevarla ésa misma noche o mañana por la mañana. El general va recordando la vez que divo en un discurso: Los generales son los príncipes de la milicia! Se reprocha su actitud: ¡qué imbécil! ¡Cuánto me ha costado ésa frasecita! El presidente no me perdonará nunca eso de los príncipes de la milicia, y como ya me tenía en la nuca, ahora sale de mi achacándome la muerte de un coronel que dispensó siempre a mis canas cariñoso respeto. Por otro lado, alguien envía una carta al presidente: conforme a instrucciones recibidas, síguese minuciosamente al general Eusebio canales. A última hora tengo el honor de informar al Señor Presidente que se le vio en casa de uno de los amigos de su excelencia, el señor don Miguel Cara de Angel. Allí, la considera que espía al amo y a la de adentro, y la de adentro que espía al amo y a la considera, me informan en este momento que Cara de Angel se encerró en su habitación con el general canales aproximadamente tres cuartos de hora. Agregan que el general se marchó agitadísimo. Conforme instrucciones se ha redoblado la vigilancia de la casa de canales, reiterándose las órdenes de muerte al menor intento de fuga. La de adentro, y esto no lo sabe la considera, completa el parte. El amo le dejó entender, me informa por teléfono, que canales había venido a ofrecerle a su hija a cambio de una eficaz intervención en su favor cerca del presidente. La considera, y esto no lo sabe la de adentro, esa respeto más explícita: dice que cuando se marchó el general, el amo estaba muy contento y que le encargó que en cuanto abrieran los almacenes se aprovisionara de conservas, licores, galletas, bombones, pues iba a venir a vivir con él una señorita de buena familia.

Es cuánto tengo el honor de informar al Señor Presidente de la república...

XI. El rapto. Lucio se despidió de Genaro y se marchó hacia donde la masacuata con la idea de colaborar con el rapto. La Masacuata lo recibe amablemente y sellan su amor ésa noche. Cara de Angel camina acompañado de otros; es detenido por la policía, pero con un billete de a cien pone fin a la dificultad. Cara de la red y sus amigos quedan de reunirse con sus amigos en el Tus-Tep (el negocio de la Masacuata ). El plan de la fuga es el siguiente: al dar el reloj de la merced las dos de la mañana, subirían a casa del general canales uno o más hombres mandados por Cara de Angel, y tan pronto como éstos empezaran a andar por el tejado, la hija del general saldrían por una de las ventanas del frente de la casa a pedir auxilio contra los ladrones a grandes voces, a fin de atraer hacia allí a los gendarmes que vigilaban la manzana, y de ese modo, aprovechando la confusión, permitir a canales la salida por la puerta de la cochera. En este plan absurdo comunicado al presidente por Cara de Angel, vio canales la oportunidad de la fuga bajo la protección del favorito. Pero Cara de Angel, repentinamente sintió que colaboraba aún asesinato y le pareció abominable alzarse después con la hija del muerto. Llega hasta donde Vázquez y otros y él se ofrece a ayudarlo. Miguel, lejos del grupo, recordaba aquella anécdota de aquel reo político condenado a muerte que, 12 horas antes de la ejecución recibe la visita del Auditor de Guerra, enviado de lo alto para que pida una gracia, incluso la vida, con tal que se reporte en su manera de hablar. Pues la gracia que pido es dejar un hijo-responde el reo a quemarropa. Concedida-le dice el auditor y, tentándoselas derivó, hace venir una mujer pública. El condenado, sin tocar a la mujer, la despide y al volver aquél le dice: ¡Para hijos de puta basta con los que hay...! Se escucharon dos campanadas y todos a la calle. Canales abraza a su hija. Se escuchan ruidos en la azotea, Camila grita, llegan policías. Ya en el interior cada quien busca qué robar. La Chabelona ocultaba a Camila en el comedor, entre la pared y uno de los aparadores. El favorito la hizo rodar de un empellón. La vieja se llevó en las trensas enredado el agarrador de la gaveta de los cubiertos, que se esparcieron por el suelo. Vázquez la calló de un barretazo. Pegó al bulto. No se veían ni las manos.

Segunda parte.

24, 25,26 y 27 de abril.

XII. Camila. Camila hace una larga recordación de sus sueños anteriores; de sus quince años. De la vez que conoció el mar, de cuando jugaba Tuero, etc. mientras tanto, en el presente, Cara de Angel asomaba con la hija del general en brazos y la llevó hasta el Tus-Tep. Cuando ella recobró la voz habló:

-- ¿y mi papá?- fue lo primero que dijo.

--Tranquilícese, no tenga pena; beba más agüita de brasa, al general no le ha sucedido nada-le contestó Cara de Angel.

-- ¿Lo sabe usted?

-- Lo supongo...

-- y una desgracia...

-- ¡Isht, no la llame usted!
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