Simon Kress vivía solo en una gran mansión situada entre montañas áridas y rocosas a unos cincuenta kilómetros de la ciudad. Y así, cuando tuvo que ausentarse






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Los Reyes de la Arena
Simon Kress vivía solo en una gran mansión situada entre montañas áridas y rocosas a unos cincuenta kilómetros de la ciudad. Y así, cuando tuvo que ausentarse inesperadamente por asuntos de negocios, no dispuso de vecinos de los que pudiera aprovecharse para dejarles al cuidado de sus mascotas. El halcón no era problema. Descansaba en el campanario inutilizado y, de todas formas, solía alimentarse por sus propios medios. En cuanto al shambler, Kress se limitó a echarlo fuera de la casa y dejar que se las arreglara como pudiera. El pequeño monstruo se alimentaría de babosas, pájaros y ratas. Pero la pecera, surtida de pirañas genuinas de la Tierra, planteó una dificultad. Finalmente arrojó una pierna de carnero al inmenso tanque. Las pirañas siempre podrían devorarse unas a otras si le retenían más tiempo del que esperaba. Ya lo habían hecho otras veces. Un detalle que le divertía.

Por desgracia, le retuvieron mucho más tiempo del que esperaba. Cuando regresó al fin, todos los peces habían muerto. Igual que el halcón. El shambler había trepado al campanario y se lo había comido. Kress se enfadó.

El día siguiente voló con su helicóptero hasta Asgard, un trayecto de unos doscientos kilómetros. Asgard era la ciudad más importante de Baldur y ostentaba también el puerto estelar de mayor antigüedad y extensión. A Kress le gustaba impresionar a sus amigos con animales que fueran raros, divertidos y caros. Asgard era el lugar apropiado para comprarlos.

En esta ocasión, sin embargo, tuvo escasa fortuna. Xenomascotas había cerrado sus puertas, t’Etherane, el vendedor de Mascotas, trató de timarle con otro halcón y Aguas Extrañas no le ofreció nada más exótico que pirañas, tiburones luciérnagas y calamares araña. Kress ya había tenido de todo eso. Quería algo nuevo, algo que destacara.

Casi al anochecer se encontró recorriendo el Bulevar Arco Iris, buscando lugares que no hubiese frecuentado antes. Cerca del puerto estelar, la calle estaba llena de locales comerciales de importadores. Los grandes bazares poseían escaparates impresionantemente largos en los que descansaban extraños y costosos artefactos sobre cojines de fieltro ante las oscuras cortinas que hacían un misterio del interior de las tiendas. Entre éstos se hallaban los puestos de chatarra: lugares estrechos y desagradables que ofrecían a la vista una confusión de curiosidades no identificables. Kress probó en ambos tipos de lugares, con idéntico descontento.

Entonces llegó a un lugar que era distinto.

Se encontraba muy cerca del puerto. Kress no había estado allí con anterioridad. El local ocupaba un pequeño edificio de un solo piso situado entre un bar de euforia y un templo burdel de la Hermandad Femenina Secreta. En esta zona, el Bulevar Arco Iris parecía vulgar. El mismo comercio era inusual. Llamativo.

El escaparate estaba llena de neblina, ahora rojo pálida, ahora gris, como la niebla auténtica, ahora chispeante y dorada. La neblina formaba remolinos y resplandecía débilmente. Kress vislumbró algunos objetos en la vidriera —máquinas, obras de arte, otras cosas que no reconoció—, pero no pudo mirar en detalle uno solo de ellos. La neblina fluía sensualmente, rodeaba los objetos, mostraba un trozo de uno, luego de otro, finalmente los ocultaba todos. Un hecho intrigante.

Mientras observaba, la neblina empezó a formar letras. Una palabra detrás de otra. Kress se quedó inmóvil y leyó:
WO. Y. SHADE. IMPORTADORES. ARTEFACTOS. ARTE.

FORMAS DE VIDA. Y VARIOS.
Las letras dejaron de formarse. Kress vio que algo se movía entre la niebla. Eso le bastó. Eso, y las «FORMAS DE VIDA» del anuncio. Se echó la capa hacia atrás y entró en la tienda.

En el interior, Kress se sintió desorientado. La sala parecía inmensa, mucho mayor de lo que él habría supuesto en base a la fachada relativamente modesta. El interior estaba tenuemente iluminado y reflejaba sosiego. El techo era un paisaje estelar, rematado por nebulosas en espiral, muy oscuro y realista, muy agradable. Todos los mostradores brillaban suavemente, para exhibir mejor las mercaderías que contenían. Los espacios entre ellos se encontraban alfombrados por una niebla baja que de vez en cuando llegaba casi a las rodillas de Kress y se arremolinaba en torno a sus pies mientras avanzaba.

—¿En qué puedo servirle?

La mujer pareció surgir de la niebla. Alta, delgada y pálida, vestía un práctico traje gris y una extraña gorra pequeña que se apoyaba bastante detrás de la cabeza.

—¿Es usted Wo o Shade? —preguntó Kress—. ¿O sólo una dependiente?

—Jala Wo, lista para servirle —replicó ella—. Shade no atiende a los clientes. No tenemos dependientes.

—Su establecimiento es francamente grande —dijo Kress—. Me extraña no haber oído hablar antes de ustedes.

—Acabamos de inaugurar este local en Baldur —dijo la mujer—. Pero disponemos de autorización de venta en otros mundos. ¿Qué puedo ofrecerle? ¿Arte, quizá? Su aspecto es el de un coleccionista. Tenemos algunas excelentes tallas de cristal Nor T’alush.

—No —dijo Kress—. Ya tengo todas las tallas de cristal que deseo. Estoy en busca de una mascota.

—¿Una forma de vida?

—Sí.

—¿Extraña?

—Por supuesto.

—Tenemos un imitador en existencia. Procede del Mundo de Celia. Un simio pequeño e inteligente. No sólo aprenderá a hablar, sino que imitará su voz, inflexiones, gestos e incluso expresiones faciales.

—Encantador —dijo Kress—. Y vulgar. No me servirá de nada, Wo. Quiero algo exótico. Inusual. Y no encantador. Detesto los animales encantadores. De momento ya tengo un shambler importado de Cotho, en ningún sentido costoso. De vez en cuando lo alimento con algunos gatitos inútiles. Eso es lo que entiendo por encantador. ¿Me explico?

Wo sonrió enigmáticamente.

—¿Ha tenido alguna vez un animal que le adorara? —preguntó.

—Oh, alguna que otra vez. —Kress hizo una mueca—. Pero no me hace falta adoración, Wo. Sólo diversión.

—No me entiende —dijo Wo, todavía mostrando su extraña sonrisa—. Hablo de adorar literalmente.

—¿A qué se refiere?

—Creo que tengo lo que usted necesita —dijo Wo—. Sígame.

Wo le hizo pasar entre los radiantes mostradores y le condujo a lo largo de un largo pasillo cubierto de niebla bajo una falsa luz estelar. Cruzaron una pared de niebla para entrar en otra sección del local y se detuvieron frente a un gran tanque de plástico. Un acuario, pensó Kress.

Wo le hizo una seña. Kress se acercó más y vio que estaba equivocado. Se trataba de un terrario. En su interior yacía un desierto en miniatura, un cuadrado de dos metros de lado. Arena descolorida teñida de escarlata por una empañada luz roja. Rocas: basalto, cuarzo y granito. En todas las esquinas del tanque se levantaba un castillo.

Kress parpadeó, atisbó y se corrigió: en realidad sólo había tres castillos en pie. El cuarto había caído, era una ruina desmoronada. Los otros tres eran toscos, pero seguían intactos; estaban tallados en piedra y arena. Diminutas criaturas trepaban y gateaban por sus almenas y redondeados pórticos. Kress apretó su rostro contra el plástico.

—¿Insectos? —preguntó.

—No —replicó Wo—. Una forma de vida mucho más compleja. Y también más inteligente. Mucho más sagaz que su shambler, mucho más. Los llaman los reyes de la arena.

—Insectos —dijo Kress, apartándose del tanque—. No me importa cuán complejos ellos sean. —Arrugó la frente—. Y, por favor, no trate de embaucarme con esta propaganda de inteligencia. Estos seres son demasiado pequeños para tener otra cosa que no sean cerebros muy rudimentarios.

—Comparten mentes-colmena —explicó Wo—. Mentes-castillo, en este caso. Sólo hay tres organismos en el tanque, en realidad. El cuarto murió. Como puede usted ver su castillo ha caído.

Kress volvió a observar el tanque.

—¿Mentes-colmena, eh? Interesante. —Arrugó la frente de nuevo—. De todas maneras, sólo es un hormiguero de tamaño anormal. Había esperado algo mejor.

—Guerrean entre ellos.

—¿Guerras? Hmmm.

Kress volvió a mirar.

—Fíjese en los colores, si usted tiene la intención —dijo Wo.

La mujer señaló las criaturas que bullían en torno al castillo más cercano. Una de ellas estaba rascando la pared del tanque. Kress la examinó. A sus ojos, seguía teniendo el aspecto de un insecto. Apenas tan larga como una uña, con seis patas y seis ojos diminutos dispuestos en torno a su cuerpo. Un desagradable juego de mandíbulas se abría y cerraba visiblemente, mientras dos largas y delicadas antenas trazaban figuras en el aire. Antenas, mandíbulas, ojos y patas estaban ennegrecidos, pero el color dominante era el naranja encendido de su blindaje.

—Es un insecto —repitió Kress.

—No es un insecto —insistió Wo sin alterarse—. El esqueleto exterior acorazado muda cuando los reyes de la arena aumentan de tamaño. En un tanque de este tamaño no lo hará. —Wo tomó a Kress del brazo y lo llevó hasta el siguiente castillo—. Fíjese en los colores ahora.

Así lo hizo. Eran distintos. Los reyes de la arena tenían aquí un caparazón rojo brillante. Antenas, mandíbulas, ojos y patas eran amarillos. Kress miró al otro lado del tanque. Los habitantes del tercer castillo eran blancuzcos, con bordes rojos.

—Hmmm —dijo Kress.

—Guerrean entre ellos, tal como dije —explicó Wo—. Incluso conciertan treguas y alianzas. El cuarto castillo de este tanque fue destruido como resultado de una alianza. Los negros estaban haciéndose demasiado numerosos, así que los otros unieron sus fuerzas para acabar con ellos.

Kress siguió sin estar muy convencido.

—Divertido, es indudable. Pero también los insectos luchan entre ellos.

—Los insectos no adoran —dijo Wo.

—¿Eh?

Wo sonrió y señaló el castillo. Kress lo miró fijamente. Un rostro había sido esculpido en el muro de la torre más elevada. Lo reconoció. Era el de Jala Wo.

—¿Cómo...?

—Proyecté un holograma de mi rostro en el tanque y lo dejé durante algunos días. El rostro de dios, ¿comprende? Yo les doy de comer, siempre estoy cerca. Los reyes de la arena poseen un rudimentario sentido psiónico. Telepatía de proximidad. Me perciben y me adoran, usan mi cara para decorar sus edificios. Todos los castillos lo tienen, ¿ve? Ellos lo hicieron.

Así era. En el castillo, el semblante de Jala Wo estaba sereno, sosegado y era muy vívido. Kress se maravilló ante aquella muestra de destreza.

—¿Cómo lo hacen?

—Las patas delanteras se doblan como si fueran brazos. Incluso tienen una especie de dedos, tres zarcillos pequeños y flexibles. Y cooperan perfectamente, tanto en la construcción como en la batalla. Recuérdelo, todos los seres de un mismo color comparten una sola mente.

—Dígame más —pidió Kress.

Wo sonrió.

—El vientre habita en el castillo. Vientre es el nombre que yo he elegido para ella... Un juego de palabras, más bien. Ese ser es madre y estómago al mismo tiempo. Hembra, grande como su puño, inmóvil. En realidad, rey de la arena es un nombre algo inadecuado. Las criaturas móviles son campesinos y guerreros. El gobernante real es una reina. Pero esta analogía tampoco es correcta. Un castillo, considerado como un todo, es una sola criatura hermafrodita.

—¿Qué comen?

—Los seres móviles comen una especie de papilla, alimento previamente digerido que obtienen en el interior del castillo. Lo consiguen del vientre después que esta criatura lo haya elaborado durante varios días. Sus estómagos no soportan otra cosa. Si el vientre muere, ellos no tardan mucho en hacer lo propio. El vientre..., el vientre come de todo. No le representará gasto extra alguno. Restos de comida servirán perfectamente.

—¿Alimento vivo? —preguntó Kress.

Wo hizo un gesto de indiferencia.

—Todos los vientres comen seres móviles de los otros castillos, sí.

—Estoy intrigado —admitió Kress—. Si tan sólo no fueran tan pequeños...

—Los suyos pueden ser mayores. Estos reyes de la arena son pequeños porque el tanque es pequeño. Al parecer, limitan su crecimiento para amoldarse al espacio disponible. Si los cambiara a un tanque de mayor tamaño, seguirían creciendo.

—Hmmm. Mi tanque de pirañas es dos veces mayor que este y está vacío. Podría limpiarlo, llenarlo de arena...

—Wo y Shade se encargarían de la instalación. Será un placer hacerlo.

—Por supuesto —dijo Kress—. Espero que me venderán cuatro castillos intactos.

—Ciertamente —dijo Wo.

Empezaron a discutir el precio.

Tres días más tarde, Jala Wo se presentó en la mansión de Kress con reyes de la arena en estado latente y los trabajadores que se encargarían de la instalación. Los ayudantes de Wo eran de un tipo de alienígena con el que Kress no estaba familiarizado: bípedos regordetes de amplia cintura, cuatro brazos y ojos saltones y multifacéticos. Su piel era gruesa, correosa, retorcida hasta formar cuernos, espinas y prominencias en raros lugares del cuerpo. Pero eran muy fuertes y excelentes trabajadores. Wo les dio órdenes en una lengua musical que Kress desconocía.

Acabaron el mismo día. Trasladaron el tanque de pirañas al centro de la espaciosa sala, dispusieron sofás a ambos lados para permitir una mejor visión, limpiaron el depósito y lo llenaron de arena y piedras en sus dos terceras partes. Luego instalaron un sistema especial de iluminación que daba la tenue luz roja preferida por los reyes de la arena y permitía la proyección de imágenes holográficas en el interior del tanque. En la parte superior montaron una sólida cubierta de plástico equipada con un dispositivo de alimentación.

—De esta forma —explicó Wo—, usted podrá alimentar a sus reyes de la arena sin sacar la cubierta del tanque, sin correr el riesgo que los seres móviles escapen.

La cubierta también incluía mecanismos para controlar el clima, para condensar la cantidad exacta de humedad del aire.

—El ambiente ha de ser seco, pero no demasiado —dijo Wo.

Finalmente, uno de los trabajadores de cuatro brazos entró al tanque y excavó profundos agujeros en las cuatro esquinas. Unos de sus compañeros le entregó los vientres aletargados, sacándolos uno por uno de sus embalajes criónicos.

No parecían gran cosa. Kress pensó que sólo podía compararlos a trozos de carne cruda moteada y medio podrida. Todos tenían una boca.

El trabajador los enterró, uno en cada rincón del tanque. A continuación, el equipo de instalación cerró el equipo y se despidió.

—El calor hará que los vientres se despierten —dijo Wo—. En menos de una semana los seres móviles habrán nacido y empezarán a salir a la superficie. Asegúrese de darles mucha comida. Necesitarán toda su fuerza hasta que se hallen bien establecidos. Supongo que usted tendrá los castillos erigidos en, aproximadamente, tres semanas.

—¿Y mi rostro? ¿Cuándo esculpirán mi rostro?

—Proyecte su holograma una vez que haya transcurrido un mes —le aconsejó Wo—. Y tenga paciencia. Si tiene dudas, llámenos, por favor. Wo y Shade están a su servicio.

Wo saludó con una inclinación de cabeza y se fue.

Kress volvió junto al tanque y encendió un cigarrillo. Impaciente, tamborileó con sus dedos en el plástico y arrugó la frente.


El cuarto día Kress creyó vislumbrar movimiento bajo la arena. Sutiles agitaciones subterráneas.

El quinto día vio a su primer móvil, un blanco solitario.

El sexto día contó una docena de ellos, blancos, rojos y negros. Los anaranjados se retrasaban. Kress introdujo una taza con restos de comida en mal estado. Los móviles la percibieron al instante, se precipitaron hacia ella y comenzaron a arrastrar trozos hacia sus respectivas esquinas. Todos los grupos de color mostraron una elevada organización. No pelearon. Kress se desilusionó un poco, pero decidió darles tiempo.
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