Colección andanzas






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títuloColección andanzas
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fecha de publicación01.09.2015
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Los hombres movían la cabeza conmovidos por la suerte del animal, y el gordo recargaba su arma sin atinar a pronunciar nada en su defensa.

Pasado el mediodía, vieron el desteñido letrero de Alkasetzer identificando el puesto de Miranda. Era un rectángulo de latón azul con caracteres casi ilegibles que el puestero había clavado muy arriba del árbol junto al que se elevaba su choza.

Al colono lo encontraron a escasos metros de la entrada. Presentaba la espalda abierta en dos zar­pazos que comenzaban en los omóplatos y se pro­longaban hasta la cintura. El cuello espantosamen­te abierto dejaba ver la cervical.

El muerto estaba de bruces y todavía empu­ñaba un machete.

Ignorando la maestría arquitectónica de las hor­migas, que durante la noche construyeron un puen­te de hojas y ramitas para faenar el cadáver, los hombres lo arrastraron hasta el puesto. Adentro ardía débilmente una lámpara de carburo y apes­taba a grasa quemada.

Al acercarse a la hornilla de queroseno descu­brieron la fuente del olor. El artefacto estaba aún tibio. Había consumido la última gota de com­bustible y luego chamuscó las mechas. En una sar­tén quedaban dos colas de iguanas carbonizadas.

El alcalde miraba el cadáver.

—No lo entiendo. Miranda era veterano aquí y en ningún caso puede hablarse de él como de un hombre miedoso, pero parece que sintió tal pá­nico, que ni siquiera se preocupó de apagar la co­cinilla. ¿Por qué no se encerró al escuchar a la tigrilla? Ahí está colgada la escopeta. ¿Por qué no la usó?

Los demás se hacían preguntas similares.

El alcalde se despojó del impermeable de hule y una cascada de sudor contenido le mojó hasta los pies. Mirando al muerto, fumaron, bebieron, uno se entregó a la reparación de la hornilla, y, autori­zados por el gordo, abrieron unas latas de sardinas.

—No era un mal tipo —dijo uno.

—Desde que lo dejó la mujer vivía más solo que bastón de ciego —agregó otro.

—¿Tenía parientes? —preguntó el alcalde.

—No. Llegó con su hermano, pero se murió de malaria hace varios años. La mujer se le fue con un fotógrafo ambulante y dicen que ahora vive en Zamora. Tal vez el patrón del barco sepa su paradero.

—Supongo que el puesto le dejaba alguna ga­nancia. ¿Saben qué hacía con el dinero? —inter­vino de nuevo el gordo.

—¿Dinero? Se lo jugaba a los naipes, dejando apenas lo necesario para reponer las mercancías. Aquí es así, por si todavía no lo sabe. Es la sel­va que se nos mete adentro. Si no tenemos un punto fijo al que queremos llegar, damos vueltas y vueltas.

Los hombres asintieron con una especie de or­gullo perverso. En eso entró el viejo.

—Afuera hay otro fiambre.

Salieron apresuradamente y, bañados por la llu­via, encontraron al segundo muerto. Estaba de es­paldas y con los pantalones abajo. Mostraba las huellas de las garras en los hombros y la garganta abierta con características que empezaban a hacer­se familiares. Junto al cadáver, el machete en­terrado a poca distancia decía -que no alcanzó a ser utilizado.

—Creo entenderlo —dijo el viejo.

Rodeaban el cuerpo, y en la mirada del alcal­de veían cómo el gordo buscaba febrilmente lle­gar a la misma explicación.

—El muerto es Plascencio Punan, un tipo que no se dejaba ver mucho, y parece que se apres­taban a comer juntos. ¿Vio las colas de iguana chamuscadas? Las trajo Plascencio. No hay tales bichos por aquí y debió de cazarlas a varias jorna­das monte adentro. Usted no lo conoció. Era un picapiedras. No andaba tras oro como la mayoría de los dementes que se acercan a estas tierras, y aseguraba que muy adentro se podía encontrar es­meraldas. Recuerdo haberle escuchado hablar de Colombia y de las piedras verdes, grandes como una mano empuñada. Pobre tipo. En algún mo­mento sintió ganas de vaciar el cuerpo y salió a hacerlo. Así lo pilló la bestia. Acuclillado y afir­mado en el machete. Se nota que lo atacó de fren­te, le hundió las garras en los hombros y le zampó los colmillos en el gaznate. Miranda ha de haber escuchado los gritos y debió de presenciar la peor parte de todo, entonces se preocupó nada más que de ensillar a la acémila y largarse. No llegó muy lejos, como hemos visto.

Uno de los hombres dio vuelta al cadáver. Tenía restos de excrementos pegados a la espalda.

—Menos mal que alcanzó a pegarse la cagada —dijo el hombre, y dejaron el cadáver boca abajo, para que la lluvia implacable lavase los vestigios de su último acto en este mundo.

Capítulo octavo

El resto de la tarde lo ocuparon con los muer­tos.

Los envolvieron en la hamaca de Miranda, frente a frente, para evitarles entrar a la eternidad como extraños, luego cosieron la mortaja y le ata­ron cuatro grandes piedras a las puntas.

Arrastraron el bulto hasta una ciénaga cerca­na, lo alzaron, lo mecieron tomando impulso y lo lanzaron entre los juncos y rosas de pantano. El bulto se hundió entre gorgoteos, arrastrando ve­getales y sorprendidos sapos en su descenso.

Regresaron al puesto cuando la oscuridad se adueñó de la selva y el gordo dispuso las guardias.

Dos hombres se mantendrían en vela, para ser relevados a las cuatro horas por el otro par. El dormiría sin interrupciones hasta el amanecer.

Antes de dormir cocinaron arroz con lonjas de banano, y luego de cenar Antonio José Bolívar limpió su dentadura postiza antes de guardarla en el pañuelo. Sus acompañantes le vieron dudar un momento, y se sorprendieron al verlo acomo­dándose la placa nuevamente.

Como formaba parte del primer turno, el viejo se apropió de la lámpara de carburo.

Su compañero de vigilia lo miraba, perplejo, re­correr con la lupa los signos ordenados en el libro.

—¿Verdad que sabes leer, compadre?

-Algo.

—¿Y qué estás leyendo?

—Una novela. Pero quédate callado. Si hablas se mueve la llama, y a mí se me mueven las letras.

El otro se alejó para no estorbar, mas era tal la atención que el viejo dispensaba al libro, que no soportó quedar al margen.

—¿De qué trata?

—Del amor.

Ante la respuesta del viejo, el otro se acercó con renovado interés.

—No jodas. ¿Con hembras ricas, calentonas?

El viejo cerró de sopetón el libro haciendo va­cilar la llama de la lámpara.

—No. Se trata del otro amor. Del que duele.

El hombre se sintió decepcionado. Encogió los hombros y se alejó. Con ostentación se echó un largo trago, encendió un cigarro y comenzó a afilar la hoja del machete.

Pasada la piedra, escupía sobre el metal, repa­saba y medía el filo con la yema de un dedo.

El viejo seguía en lo suyo, sin dejarse impor­tunar por el ruido áspero de la piedra contra el acero, musitando palabras como si rezara.

—Anda, lee un poquito más alto.

—¿En serio? ¿Te interesa? —Vaya que sí. Una vez fui al cine, en Loja, y vi una película mexicana, de amor. Para qué le cuento, compadre. La de lágrimas que solté.

—Entonces, tengo que leerte desde el comien­zo, para que sepas quiénes son los buenos y quié­nes los malos.

Antonio José Bolívar regresó a la primera pá­gina del libro. La había leído varias veces y se la sabía de memoria.

«Paul la besó ardorosamente en tanto el gondo­lero, cómplice de las aventuras de su amigo, simu­laba mirar en otra dirección, y la góndola, provis­ta de mullidos cojines, se deslizaba apaciblemente por los canales venecianos. »

—No tan rápido, compadre —dijo una voz. El viejo levantó la vista. Lo rodeaban los tres hombres. El alcalde reposaba alejado, tendido sobre un hato de costales.

—Hay palabras que no conozco —señaló el que había hablado.

—¿Tú las entiendes todas? —preguntó otro. El viejo se entregó entonces a una explicación, a su manera, de los términos desconocidos.

Lo de gondolero, góndola, y aquello de besar ardorosamente quedó semiaclarado tras un par de horas de intercambio de opiniones salpicadas de anécdotas picantes. Pero el misterio de una ciu­dad en la que las gentes precisaban de botes para moverse no lo entendían de ninguna manera.

—Vaya uno a saber si no tendrán mucha lluvia.

—O ríos que se salen de madre.

—Han de vivir más mojados que nosotros.

—Imagínese. Uno se echa sus tragos, se le ocurre salir a desaguar fuera de casa, ¿y qué ve? A los ve­cinos mirándolo con caras de pescado.

Los hombres reían, fumaban, bebían. El alcal­de se revolvió molesto en su lecho.

—Para que sepan, Venecia es una ciudad cons­truida en una laguna. Y está en Italia —bramó desde su rincón de insomne.

—¡Vaya! O sea que las casas flotan como bal­sas —acotó uno.

—Si es así, entonces, ¿para qué los botes? Pue­den viajar con las casas, como barcos —opinó otro.

—¡Si serán cojudos! Son casas firmes. Hay hasta palacios, catedrales, castillos, puentes, calles para la gente. Todos los edificios tienen cimientos de piedra —declaró el gordo.

—¿Y cómo lo sabe? ¿Ha estado allá? —pregun­tó el viejo.

—No. Pero soy instruido. Por algo soy alcalde.

La explicación del gordo complicaba las cosas.

—Si lo he entendido bien, excelencia, esa gente tiene piedras que flotan, como las piedras pómez han de ser, pero, así y todo, si uno construye una casa con piedras pómez no flota, no señor. Segu­ro que le meten tablones por debajo.

El alcalde se agarró la cabeza con las manos.

—¡Si serán cojudos! ¡Ay, si serán cojudos! Piensen lo que quieran. A ustedes se les ha contagia­do la mentalidad selvática. A ustedes no los saca ni Cristo de sus cojudeces. Ah, una cosa: la van a cortar con eso de llamarme excelencia. Desde que escucharon al dentista se agarraron de la palabrita.

—¿Y cómo quiere que lo llamemos? Al juez hay que decirle usía; al cura, eminencia, y a usted tenemos que llamarlo de alguna manera, exce­lencia.

El gordo quiso agregar algo, pero un gesto del viejo lo detuvo. Los hombres comprendieron, echa­ron mano a las armas, apagaron las lámparas y es­peraron.

De afuera llegó el tenue ruido de un cuer­po moviéndose con sigilo. Las pisadas no produ­cían sonidos, pero aquel cuerpo se pegaba a los ar­bustos bajos y a las plantas. Al hacerlo detenía el chorrear del agua, y cuando avanzaba, el agua de­tenida caía con renovada abundancia.

El cuerpo en movimiento trazaba un semi­círculo en torno a la choza del puestero. El alcalde se acercó a gatas hasta el viejo.

—¿El bicho?

—Sí. Y nos ha olido.

El gordo se incorporó súbitamente. Pese a la oscuridad, alcanzó la puerta y vació el revólver, disparando a ciegas contra la espesura.

Los hombres encendieron la lámpara. Movían las cabezas sin proferir comentarios y miraban al alcalde recargando el arma.

—Por culpa de ustedes se me fue. Por pasarse la noche hablando cojudeces como maricas en vez de cumplir con los turnos de guardia.

—Cómo se nota que usted es instruido, exce­lencia. El bicho las tenía todas en contra. Era cues­tión de dejarlo pasear hasta calcular a qué distan­cia estaba. Dos paseos más y lo hubiéramos tenido a tiro.

—Ya. Ustedes se las saben todas. A lo mejor le di —se justificó el gordo.

—Vaya a ver, si quiere. Y si lo ataca un mos­quito no lo mate a tiros porque nos va a espantar el sueño.

Al amanecer, aprovechando la mortecina luz filtrada por el techo selvático, salieron a rastrear las proximidades. La lluvia no borraba el rastro de plantas aplastadas dejado por el animal. No se veían muestras de sangre en el follaje, y las hue­llas se perdían en la espesura del monte.

Regresaron a la choza y bebieron café negro.

—Lo que menos me gusta es que el bicho anda rondando a menos de cinco kilómetros de El Idilio. ¿Cuánto tarda un tigrillo en hacer esa distancia? —preguntó el alcalde.

—Menos que nosotros. Tiene cuatro patas, sabe saltar sobre los charcos y no calza botas —con­testó el viejo.

El alcalde comprendió que ya se había desa­creditado demasiado frente a los hombres. Perma­necer más tiempo junto al viejo envalentonado

por sus sarcasmos sólo conseguiría aumentar su fama de inútil, y acaso de cobarde.

Encontró una salida que sonaba lógica y de paso le cubría la espalda.

—Hagamos un trato, Antonio José Bolívar. Tú eres el más veterano en el monte. Lo conoces mejor que a ti mismo. Nosotros sólo te servimos de estorbo, viejo. Rastréala y mátala. El Estado te pagará cinco mil sucres si lo consigues. Te quedas aquí y lo haces como te dé la gana. Entretanto, nosotros nos regresamos a proteger el poblado. Cinco mil sucres. ¿Qué me dices?

El viejo escuchó sin parpadear la propuesta del gordo.

En realidad, lo único verdaderamente sensato que cabía hacer era regresar a El Idilio. El animal, a la caza del hombre, no tardaría en dirigirse al poblado, y allá sería fácil tenderle una trampa. Ne­cesariamente la hembra buscaría nuevas víctimas y resultaba estúpido pretender disputarle su pro­pio territorio.

El alcalde deseaba zafarse de él. Con sus res­puestas agudas hería sus principios de animal au­toritario, y había dado con una fórmula elegante de quitárselo de encima.

Al viejo no le importaba mayormente lo que pensara el gordo sudoroso. Tampoco le importa­ba la recompensa ofrecida. Otras ideas viajaban por su mente.

Algo le decía que el animal no estaba lejos.

Tal vez los miraba en esos momentos, y recién empezaba a preguntarse por qué ninguna de las víctimas le molestaba. Posiblemente su vida pasa­da entre los shuar le permitía ver un acto de jus­ticia en esas muertes. Un cruento, pero ineludi­ble, ojo por ojo.

El gringo le había asesinado las crías y quién sabe si también el macho. Por otra parte, la con­ducta del animal le permitía intuir que buscaba la muerte acercándose peligrosamente a los hombres, como lo hiciera la última noche, y antes, al ulti­mar a Plascencio y a Miranda.

Un mandato desconocido le dictaba que ma­tarla era un imprescindible acto de piedad, pero no de aquella piedad prodigada por quienes están en condiciones de perdonar y regalarla. La bestia buscaba la ocasión de morir frente a frente, en un duelo que ni el alcalde ni ninguno de los hom­bres podrían comprender.

—¿Qué me respondes, viejo? —repitió el alcalde.

—Conforme. Pero me dejan cigarros, cerillas y otra porción de cartuchos.

El alcalde respiró aliviado al oír la aceptación y le entregó lo pedido.

El grupo no tardó demasiado en preparar los detalles del regreso. Se despidieron, y Antonio José Bolívar se dio a la tarea de asegurar la puerta y la ventana de la choza.

A media tarde oscureció, y bajo la luz tacitur­na de la lámpara retomó la lectura mientras esperaba rodeado por los ruidos del agua deslizándo­se entre el follaje.

El viejo repasaba las páginas desde el comienzo.

Estaba molesto de no conseguir apropiarse del argumento. Repasaba las frases memorizadas y sa­lían de su boca carentes de sentido. Sus pensa­mientos viajaban en todas direcciones buscando un punto determinado en el cual detenerse.

—A lo mejor tengo miedo.

Pensó en un proverbio shuar que aconsejaba esconderse del miedo, y apagó la lámpara. En la oscuridad se tendió sobre los costales con la es­copeta preparada descansando encima del pecho, y dejó que los pensamientos se aquietaran como las piedras al tocar el lecho del río.

Vamos viendo, Antonio José Bolívar. ¿Qué te pasa?

No es la primera vez que te enfrentas a una bestia enloquecida. ¿Qué es lo que te impacienta? ¿La espera? ¿Preferirías verla aparecer ahora mismo derribando la puerta y tener un desenlace rápido? No ocurrirá. Sabes que ningún animal es tan necio como para invadir una guarida extraña. ¿Y por qué estás tan seguro de que la hembra te buscará a ti, precisamente? ¿No piensas que la bestia, con toda la inteligencia que ha demostrado, puede decidir­se por el grupo de hombres? Puede seguirlos y eli­minarlos uno por uno antes de que lleguen a El Idilio. Sabes que puede hacerlo y debiste advertír­selo, decirles: «No se separen ni un metro. No duerman, pernocten despiertos y siempre a la ori­lla del río». Sabes que aun así para la bestia sería fácil emboscarlos, dar el salto, uno al suelo con el gaznate abierto, y antes de que los demás se repongan del pánico ella estará oculta, preparan­do el siguiente ataque. ¿Crees que la tigrilla te siente un ser igual? No seas vanidoso, Antonio José Bolívar. Recuerda que no eres un cazador, porque tú mismo has rechazado siempre ese cali­ficativo, y los felinos siguen al verdadero cazador, al olor a miedo y a verga parada que los cazadores auténticos emanan. Tú no eres un cazador. Mu­chas veces los habitantes de El Idilio hablan de ti llamándote el Cazador, y les respondes que eso no es cierto, porque los cazadores matan para ven­cer un miedo que los enloquece y los pudre por dentro. ¿Cuántas veces has visto aparecer grupos de individuos afiebrados, bien armados, internán­dose en la selva? A las pocas semanas reaparecen con fardos de pieles de osos hormigueros, nutrias, mieleros, boas, lagartos, pequeños gatos de monte, pero jamás con los restos de un verdadero con­trincante como la hembra que esperas. Tú los has visto emborracharse junto a los hatos de pieles para disimular el miedo que les inspira la certeza de saber que el enemigo digno los vio, los olió y los despreció en la inmensidad selvática. Es cierto que los cazadores son cada día menos porque los animales se han internado hacia el oriente cruzan­do cordilleras imposibles, lejos, tan lejos que la última anaconda vista habita en territorio brasile­ño. Pero tú viste y cazaste anacondas no lejos de aquí.

La primera fue un acto de justicia o de ven­ganza. Por más que le das vueltas no llegas a la diferencia. El reptil había sorprendido al hijo de un colono mientras se bañaba. Tú estimabas al chico. No pasaba de los doce años y la anaconda lo dejó blando como una bolsa de agua. ¿Te acuer­das, viejo? En canoa seguiste el rastro hasta des­cubrir la playa donde se soleaba. Entonces dejaste varias nutrias muertas como cebo y esperaste. En ese tiempo eras joven, ágil, y sabías que de esa agilidad dependía no convertirte en otro banque­te para la diosa del agua. Fue un buen salto. El machete en la mano. El corte limpio. La cabeza de la serpiente cayendo a la arena, y antes de que la tocara tú saltabas a protegerte entre la vegeta­ción baja, mientras el reptil se revolcaba azotan­do su cuerpo vigoroso una y otra vez. Once o doce metros de odio. Once o doce metros de piel oliva pardo con anillos negros intentando matar cuando ya estaba muerta.

La segunda fue un homenaje de gratitud al brujo shuar que te salvó la vida. ¿Lo recuerdas? Repetiste el truco de dejar carnada en la playa y esperaste arriba de un árbol hasta verla salir del río. Esa vez fue sin odio. La mirabas engullir los roedores mientras preparabas el dardo, envolvien­do la aguda punta en telaraña, untándolo en el curare, introduciéndolo en la boquilla de la cer­batana, y apuntaste buscando la base del cráneo.

El reptil recibió el dardo, se irguió elevando casi tres cuartas partes del cuerpo, y desde el árbol donde te emboscabas viste sus ojos amarillos, sus pupilas verticales buscándote con una mirada que no te alcanzó porque el curare actúa rápido.

Luego vino la ceremonia de deshollar, cami­nar quince, veinte pasos, en tanto el machete la abría y su carne fría y rosada se impregnaba de arena.

¿Lo recuerdas, viejo? Al entregar la piel, los shuar declararon que no eras de ellos, pero que eras de ahí.

Y los tigrillos tampoco te son extraños, salvo que jamás diste muerte a un cachorro, ni de tigri­llo ni de otra especie. Sólo ejemplares adultos, como indica la ley shuar. Sabes que los tigrillos son animales extraños, de comportamiento impredecible. No son tan fuertes como los jaguares, pero en cambio dan muestras de una inteligencia refinada.

«Si el rastreo es demasiado fácil y te hace sen­tir confiado, quiere decir que el tigrillo te está mi­rando la nuca», dicen los shuar, y es cierto.

Una vez, requerido por los colonos, pudiste medir la astucia del gran gato moteado. Un ejem­plar muy fuerte se cebaba con las vacas y las acémilas, y te pidieron echarles una mano. Fue un rastreo difícil. Primero, el animal se dejó seguir, guiándote hasta los contrafuertes de la cordillera del Cóndor, tierras de vegetación baja, ideales para la emboscada a ras del suelo. Al verte metido en una trampa trataste de salir de ahí para regresar a la espesura, y el tigrillo te cortaba el paso mos­trándose, pero sin darte tiempo a que te echaras la escopeta a los ojos. Disparaste dos o tres veces sin alcanzarlo, hasta entender que el felino quería cansarte antes del ataque definitivo. Te comunicó que sabía esperar, y acaso también que tus muni­ciones eran pocas.

Fue una lucha digna. ¿Lo recuerdas, viejo? Es­perabas sin mover un músculo, dándote manota­zos de vez en cuando para ahuyentar el sueño. Tres días de espera, hasta que el tigrillo se sintió seguro y se lanzó al ataque. Fue un buen truco ése de esperar tendido en el suelo y con el arma percutada.

¿Por qué recuerdas todo esto? ¿Por qué la hem­bra te llena los pensamientos? ¿Tal vez porque ambos saben que están parejos? Luego de cuatro asesinatos sabe mucho de los hombres, tanto como tú de los tigrillos. O tal vez tú sabes menos. Los shuar no cazan tigrillos. La carne no es comesti­ble y la piel de uno sólo alcanza para hacer cien­tos de adornos que duran generaciones. Los shuar; ¿te gustaría tener a uno de ellos contigo? Desde luego, a tu compadre Nushiño.

—Compadre, ¿me sigues el rastro?

El shuar se negará. Escupiendo muchas veces para que sepas que dice la verdad, te indicará des­interés. No es su asunto. Tú eres el cazador de los blancos, el que tiene una escopeta, el que viola la muerte emponzoñándola de dolor. Tu compa­dre Nushiño te dirá que los shuar sólo buscan matar a los perezosos tzanzas.

—¿Y por qué, compadre? Los tzanzas no hacen más que dormir colgando de los árboles.

Antes de responder, tu compadre Nushiño se largará un sonoro pedo para que ningún perezo­so tzanza lo escuche, y te dirá que hace mucho tiempo un jefe shuar se volvió malo y sanguina­rio. Mataba a buenos shuar sin tener motivos y los ancianos determinaron su muerte. Tñaupi, el jefe sanguinario, al verse acorralado, se dio a la fuga transformado en perezoso tzanza, y como los micos son tan parecidos es imposible saber cuál de ellos esconde al shuar condenado. Por eso hay que matarlos a todos.

—Así dicen que ha sido —dirá escupiendo por última vez el compadre Nushiño antes de mar­charse, porque los shuar se alejan al finalizar una historia, evitando las preguntas engendradoras de mentiras.

¿De dónde vienen todos estos pensamientos? Vamos, Antonio José Bolívar. Viejo. ¿Bajo qué planta se esconden y atacan? ¿Será que el miedo te ha encontrado y ya nada puedes hacer para esconderte? Si es así, entonces los ojos del miedo pueden verte, de la misma manera como tú ves las luces del amanecer entrando por los resquicios de caña.

Luego de beber varios tazones de café negro, se entregó a los preparativos. Derritió unas velas y sumergió los cartuchos en el sebo licuado. En­seguida les permitió gotear hasta que estuvieran cubiertos por una fina película. De esa manera se conservarían secos aunque cayeran al agua.

El resto del sebo derretido se lo aplicó en la frente cubriendo especialmente las cejas hasta for­mar una suerte de visera. Con ello el agua no le estorbaría la vista en caso de enfrentar al animal en un claro de selva.

Finalmente, comprobó el filo del machete y se echó a la selva en busca de rastros.

Comenzó trazando un radio de doscientos pasos contados desde la choza en dirección orien­te, siguiendo las huellas encontradas el día anterior.

Al llegar al punto propuesto inició una variante semicircular en pos del suroeste.

Descubrió un lote de plantas aplastadas, con los tallos enterrados en el lodo. Ahí se agazapó el animal antes de avanzar hacia la choza, y las formaciones de vegetales humillados se repetían cada ciertos pasos desapareciendo en una ladera de monte.

Olvidó esas huellas antiguas y siguió buscando.

Al hacerlo bajo grandes hojas de banano sil­vestre encontró estampadas las patas del animal. Eran patas grandes, tal vez como puños de hom­bre adulto, y junto al rastro de pisadas encontró otros detalles que le hablaron de la conducta del animal.

La hembra no cazaba. Tallos quebrados a los costados de las huellas de las patas contradecían el estilo de caza de cualquier felino. La hembra movía el rabo, frenética hasta el descuido, excita­da ante la cercanía de las víctimas. No, no caza­ba. Se movía con la seguridad de saberse enfren­tada a especies menos dotadas.

La imaginó ahí mismo, el cuerpo flaco, la res­piración agitada, ansiosa, los ojos fijos, pétreos, todos los músculos tensos, y batiendo la cola con sensualidad.

—Bueno, bicho, ya sé cómo te mueves. Ahora me falta saber dónde estás.

Le habló a la selva recibiendo la única respues­ta del aguacero.

Ampliando el radio de acción se alejó de la choza del puestero hasta alcanzar una leve eleva­ción de terreno, que pese a la lluvia le permitía un buen punto de observación de todo lo recorri­do. La vegetación se volvía baja y espesa, en con­traste con los árboles altos que lo protegían de un ataque a ras del suelo. Decidió abandonar la lomita avanzando en línea recta hacia el poniente, en pos del río Yacuambi que corría no muy lejos.

Poco antes del mediodía cesó de llover y se alarmó. Tenía que seguir lloviendo, de otra ma­nera comenzaría la evaporación y la selva se su­miría en una niebla densa que le impediría respi­rar y ver más allá de su nariz.

De pronto, millones de agujas plateadas per­foraron el techo selvático iluminando intensa­mente los lugares donde caían. Estaba justo bajo un claro de nubes, encandilado con los refle­jos del sol cayendo sobre las plantas húmedas. Se frotó los ojos maldiciendo y, rodeado por cientos de efímeros arco iris, se apresuró en sa­lir de allí antes que comenzara la temida eva­poración.

Entonces la vio.

Alertado por un ruido de agua caída de im­proviso, se volvió, y pudo verla moviéndose hacia el sur, a unos cincuenta metros de distancia.

Se movía con lentitud, con el hocico abierto y azotándose los costados con el rabo. Calculó que de cabeza a rabo medía sus buenos dos metros, y que parada sobre dos patas superaba la estatu­ra de un perro pastor.

El animal desapareció tras un arbusto y casi enseguida se dejó ver nuevamente. Esta vez se movía en dirección norte.

—Ese truco lo conozco. Si me quieres aquí, bueno, me quedo. Entre la nube de vapor tú tampoco vas a ver nada —le gritó, y se parapetó apo­yando la espalda en un tronco.

La pausa de lluvia convocó de inmediato a los mosquitos. Atacaron buscando labios, párpados, rasmilladuras. Las diminutas arenillas se metían en los orificios nasales, en las orejas, entre el pelo. Rápidamente se metió un cigarro en la boca, lo masticó, deshizo, y se aplicó la pasta salivosa en el rostro y en los brazos.

Por fortuna, la pausa duró poco y se largó a llover con renovada intensidad. Con ello regresó la calma y sólo se escuchaba el ruido del agua pe­netrando entre el follaje.

La hembra se dejó ver varias veces, siempre moviéndose en una trayectoria norte-sur.

El viejo la miraba estudiándola. Seguía los mo­vimientos del animal para descubrir en qué punto de la espesura realizaba el giro que le permitía vol­ver al mismo punto del norte a recomenzar el paseo provocativo.

—Aquí me tienes. Yo soy Antonio José Bolí­var Proaño y lo único que me sobra es paciencia. Eres un animal extraño, no hay dudas de eso. Me pregunto si tu conducta es inteligente o desespe­rada. ¿Por qué no me rodeas e intentas simula­cros de ataque? ¿Por qué no te metes hacia el oriente, para seguirte? Te mueves de norte a sur, giras al poniente y retomas el camino. ¿Me tomas por un cojudo? Me estás cortando el camino al río. Ese es tu plan. Quieres verme huir selva adentro y seguirme. No soy tan cojudo, amiga. Y tú no eres tan inteligente como supuse.

La miraba moverse y en algunas ocasiones es­tuvo a punto de disparar, pero no lo hizo. Sabía que el tiro debía ser definitivo y certero. Si sola­mente la hería, la hembra no le daría tiempo para recargar el arma, y por una falla de los percutores se le iban los dos cartuchos al mismo tiempo.

Las horas pasaron y cuando la luz disminuyó supo que el juego del animal no consistía en em­pujarlo hacia el oriente. Lo quería ahí, en ese sitio, y esperaba la oscuridad para atacarlo.

El viejo calculó que disponía de una hora de luz, y en ese tiempo debía largarse, alcanzar la ori­lla del río y buscar un lugar seguro.

Esperó a que la hembra terminase con uno de los desplazamientos hacia el sur y diera el rodeo que la regresaba al punto de partida. Entonces, a toda carrera se lanzó en pos del río.

Llegó a un antiguo terreno desbrozado que le permitió ganar tiempo y lo atravesó con la es­copeta apretada contra el pecho. Con suerte alcan­zaría la orilla del río antes que la hembra descu­briese su maniobra evasoria. Sabía que no lejos de allí encontraría un campamento abandonado de buscadores de oro en el que podría refugiarse.

Se alegró al escuchar la crecida. El río estaba cerca. No le quedaba más que bajar una pen­diente de unos quince metros cubierta de heléchos para alcanzar la ribera, cuando el animal atacó.

La hembra debió de moverse con tal velocidad y sigilo, al descubrir el intento de fuga, que consi­guió correr paralela sin que lo notase, hasta situar­se a un costado del viejo.

Recibió el empujón propinado con las patas delanteras y rodó dando volteretas pendiente abajo. Mareado, se hincó blandiendo el machete con las dos manos y esperó el ataque final.

Arriba, al borde de la pendiente, la hembra movía el rabo frenética. Las pequeñas orejas vi­braban captando todos los ruidos de la selva, pero no atacaba.

Sorprendido, el viejo se movió lentamente hasta recuperar la escopeta.

—¿Por qué no atacas? ¿Qué juego es éste? Abrió los martillos percutores y se echó el arma a los ojos. A esa distancia no podía fallar.

Arriba, el animal no le despegaba los ojos de encima. De improviso, rugió, triste y cansada, y se echó sobre las patas.

La débil respuesta del macho le llegó muy cerca y no le costó encontrarlo.

Era más pequeño que la hembra y estaba ten­dido al amparo de un tronco hueco. Presentaba la piel pegada al esqueleto y un muslo casi arran­cado del cuerpo por una perdigonada. El animal apenas respiraba, y la agonía se veía dolorosísima. —¿Eso buscabas? ¿Que le diera el tiro de gra­cia? —gritó el viejo hacia la altura, y la hembra se ocultó entre las plantas.

Se acercó al macho herido y le palmoteo la ca­beza. El animal apenas alzó un párpado, y al exa­minar con detención la herida vio que se lo empe­zaban a comer las hormigas.

Puso los dos cañones en el pecho del animal.

—Lo siento, compañero. Ese gringo hijo de la gran puta nos jodio la vida a todos. —Y disparó.

No veía a la hembra pero la adivinaba arriba, oculta, entregada a lamentos acaso parecidos a los humanos.

Cargó el arma y caminó despreocupado hasta alcanzar la deseada ribera. Había sacado unos cien metros de distancia cuando vio a la hembra ba­jando al encuentro del macho muerto.

Al llegar al puesto abandonado de los busca­dores de oro estaba casi oscuro, y encontró que el aguacero había derribado la construcción de cañas. Dio un rápido vistazo al lugar y se alegró de en­contrar una canoa de vientre rasgado volcada sobre la playa.

Encontró también un costal con lonjas de ba­nano seco, se llenó los bolsillos y se metió bajo el vientre de la canoa. Las piedras del suelo esta­ban secas. Suspiró aliviado al tenderse boca arri­ba, con las piernas estiradas y seguro.

—Tuvimos suerte, Antonio José Bolívar. La caí­da era para romperse más de un hueso. Suerte lo del colchón de helechos.

Dispuso el arma y el machete a sus costados. El vientre de la canoa ofrecía altura suficiente para ponerse a horcajadas si deseaba avanzar o retroce­der. La canoa medía unos nueve metros de largo y mostraba varias rasgaduras producidas por las afi­ladas piedras de los rápidos.

Acomodado, comió unos puñados de banano seco y encendió un cigarro que fumó con verda­dero deleite. Estaba muy cansado y no tardó en quedarse dormido.

Lo acometió un sueño curioso. Se veía a sí mismo con el cuerpo pintado con los tonos tor­nasolados de la boa, y sentado frente al río para recibir los efectos de la natema.

Frente a él, algo se movía en el aire, en el follaje, sobre la superficie del agua quieta, en el fondo mis­mo del río. Algo que parecía tener todas las formas, y nutrirse al mismo tiempo de todas ellas. Cambiaba incesantemente, sin permitir que los ojos alucina­dos se acostumbrasen a una. De pronto asumía el volumen de un papagayo, pasaba a ser un bagre guacamayo saltando con la boca abierta y se traga­ba la luna, y al caer al agua lo hacía con la brutali­dad de una quebrantahuesos desplomándose sobre un hombre. Ese algo carecía de forma precisa, defi­nible, y tomara lo que tomara siempre permane­cían en él los inalterables brillantes ojos amarillos.

—Es tu propia muerte disfrazándose para sor­prenderte. Si lo hace, es porque todavía no te llega el momento de marcharte. Cázala —le ordenaba el brujo shuar, masajeando su aterrado cuerpo con puñados de ceniza fría.

Y la forma de ojos amarillos se movía en todas direcciones. Se alejaba hasta ser tragada por la di­fusa y siempre cercana línea verde del horizonte, y al hacerlo los pájaros volvían a revolotear con sus mensajes de bienestar y plenitud. Pero pasado un tiempo reaparecía en una nube negra bajan­do rauda, y una lluvia de inalterables ojos amarillos caía sobre la selva prendiéndose de los ramajes y las lianas, encendiendo la jungla con una tonali­dad amarilla incandescente que lo arrastraba de nuevo al frenesí del miedo y de las fiebres. El que­ría gritar, pero los roedores del pánico le destro­zaban a dentelladas la lengua. El quería correr, pero las delgadas serpientes voladoras le ataban las piernas. El quería llegar a su choza y meterse en el retrato que lo mostraba junto a Dolores Encar­nación del Santísimo Sacramento Estupiñán Otavalo y abandonar esos parajes de ferocidad. Pero los ojos amarillos estaban en todas partes cortán­dole el camino, en todas partes al mismo tiempo, como ahora, que los sentía arriba de la canoa, y ésta se movía, oscilaba con el peso de aquel cuer­po caminando sobre su epidermis de madera.

Contuvo la respiración para saber qué ocurría.

No. No permanecía en el mundo de los sue­ños. La hembra estaba efectivamente arriba, paseán­dose, y como la madera era muy lisa, pulida por el agua incesante, el animal se valía de las garras para sujetarse caminando de proa a popa, entregándole el cercano sonido de su respiración ansiosa.

El paso del río, la lluvia y el paseo del animal eran toda su referencia del universo. La nueva ac­titud del animal lo obligaba a pensar acelerada­mente. La hembra había demostrado ser demasia­do inteligente como para pretender que él aceptara el desafío y saliera a enfrentarla en plena oscu­ridad.

¿Qué nueva treta era ésa? ¿Tal vez era cierto lo que decían los shuar respecto del olfato de los felinos? «El tigrillo capta el olor a muerto que muchos hombres emanan sin saberlo. »

Algunas gotas y luego unos chorros pestilen­tes se mezclaron con el agua que entraba por las rasgaduras de la canoa.

El viejo entendió que el animal estaba enlo­quecido. Lo meaba. Lo marcaba como su presa, considerándolo muerto antes de enfrentarlo.

Así pasaron largas y densas horas, hasta que una débil claridad se invitó a pasar hasta el refugio.

El, abajo, comprobando de espaldas la carga de la escopeta, y arriba la hembra, en un paseo incansable que se tornaba más corto y nervioso.

Por la luz dedujo que era cerca del mediodía cuando sintió bajar al animal. Atento, esperó por los nuevos movimientos, hasta que un ruido a un costado le advirtió que la hembra cavaba entre las piedras sobre las que se asentaba la embarcación.

La hembra decidía entrar a su escondite ya que él no respondía al desafío.

Arrastrando el cuerpo de espaldas, retrocedió hasta el otro extremo de la canoa, justo a tiempo para evitar la garra aparecida lanzando zarpazos a ciegas.

Alzó la cabeza con la escopeta pegada al pecho y disparó.

Pudo ver la sangre saltando de la pata del ani­mal, al mismo tiempo que un intenso dolor en el pie derecho le indicaba que calculó mal la abertu­ra de las piernas, y varios perdigones le habían pe­netrado en el empeine.

Estaban iguales. Los dos heridos.

La escuchó alejarse, y ayudado por el mache­te levantó un poco la canoa, el espacio suficiente para verla, a unos cien metros, lamiéndose la pata herida.

Entonces, recargó el arma y con un movimien­to dio vuelta a la canoa.

Al incorporarse, la herida le produjo un dolor enorme, y el animal, sorprendido, se tendió sobre las piedras calculando el ataque.

—Aquí estoy. Terminemos este maldito juego de una vez por todas.

Se escuchó gritando con una voz desconoci­da, y sin estar seguro de haberlo hecho en shuar o en castellano, la vio correr por la playa como una saeta moteada, sin hacer caso de la pata herida.

El viejo se hincó, y el animal, unos cinco me­tros antes del choque, dio el prodigioso salto mos­trando las garras y los colmillos.

Una fuerza desconocida le obligó a esperar a que la hembra alcanzara la cumbre de su vuelo. Entonces apretó los gatillos y el animal se de­tuvo en el aire, quebró el cuerpo a un costado y cayó pesadamente con el pecho abierto por la do­ble perdigonada.

Antonio José Bolívar Proaño se incorporó len­tamente. Se acercó al animal muerto y se estre­meció al ver que la doble carga la había destroza­do. El pecho era un cardenal gigantesco y por la espalda asomaban restos de tripas y pulmones des­hechos.

Era más grande de lo que había pensado al verla por primera vez. Flaca y todo, era un ani­mal soberbio, hermoso, una obra maestra de ga­llardía imposible de reproducir ni con el pensa­miento.

El viejo la acarició, ignorando el dolor del pie herido, y lloró avergonzado, sintiéndose indigno, envilecido, en ningún caso vencedor de esa batalla.

Con los ojos nublados de lágrimas y lluvia, empujó el cuerpo del animal hasta la orilla del río, y las aguas se lo llevaron selva adentro, hasta los territorios jamás profanados por el hombre blanco, hasta el encuentro con el Amazonas, hacia los rá­pidos donde sería destrozado por puñales de pie­dra, a salvo para siempre de las indignas alimañas.

Enseguida arrojó con furia la escopeta y la vio hundirse sin gloria. Bestia de metal indeseada por todas las criaturas.

Antonio José Bolívar Proaño se quitó la dentadura postiza, la guardó envuelta en el pañuelo y, sin dejar de maldecir al gringo inaugurador de la tragedia, al alcalde, a los buscadores de oro, a todos los que emputecían la virginidad de su ama­zonia, cortó de un machetazo una gruesa rama, y apoyado en ella se echó a andar en pos de El Idi­lio, de su choza, y de sus novelas que hablaban del amor con palabras tan hermosas que a veces le hacían olvidar la barbarie humana.

Artatore, Yugoslavia, 1987 Hamburgo, Alemania, 1988






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