Colección andanzas






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Capítulo séptimo


El grupo de hombres se reunió con las prime­ras difusas luces del alba adivinada sobre los nu­barrones. De uno en uno llegaron dando saltos por el sendero enlodado, descalzos y con los pan­talones subidos hasta las rodillas.

El alcalde ordenó a su mujer servirles café y patacones de banano verde, en tanto él repartía cartuchos para las escopetas. Tres cargas dobles para cada uno, además de un atado de cigarros, cerillas y una botella de Frontera por nuca.

—Todo esto es con cargo al Estado. Al regreso me tienen que firmar un recibo.

Los hombres comían y se echaban los prime­ros tragos del día entre pecho y espalda.

Antonio José Bolívar Proaño permanecía algo alejado del grupo y sin tocar el plato de hoja­lata.

Había desayunado temprano y sabía de los in­convenientes de cazar con el cuerpo pesado. El cazador ha de ir siempre un poco hambriento, pues el hambre agudiza los sentidos. Le daba pie­dra al machete escupiendo a ratos sobre la hoja, y luego, mirando con un solo ojo, comprobaba la perfección del acero afilado.

—¿Tiene un plan? —preguntó uno.

—Primero iremos hasta lo de Miranda. Ense­guida, ya se verá.

El gordo no era, por cierto, un gran estrate­ga. Tras comprobar aparatosamente la carga de su Smith and Wesson, «mitigüeso» para los lugare­ños, se enfundó en un impermeable de hule azul que resaltaba su cuerpo amorfo.

Ninguno de los cuatro hombres hizo el menor comentario. Gozaban viéndolo sudar como a un oxidado grifo interminable.

«Ya verás, Babosa. Ya verás qué tibiecito es el impermeable. Se te van a cocer hasta los huevos ahí dentro. »

Exceptuando al alcalde, iban todos descalzos. Habían forrado los sombreros de paja con bolsas plásticas, y en morrales de lona engomada pro­tegían los cigarros, las municiones y las cerillas. Las escopetas descargadas viajaban terciadas a la espalda.

—Si me permite. Las botas de goma le van a estorbar la marcha —apuntó uno.

El gordo simuló no haber oído y dio la orden de partir.

Abandonaron la última casa de El Idilio y se internaron en la selva. Adentro llovía menos pero caían chorros más gruesos. La lluvia no conseguía traspasar el tupido techo vegetal. Se acumulaba en las hojas y al ceder las ramas bajo el peso se pre­cipitaba aromatizada por todas las especias.

Caminaban lento a causa del lodazal, de las ramas y plantas que cubrían con renovadas fuer­zas el estrecho sendero.

Para avanzar mejor se dividieron. Adelante, dos hombres abrían brecha a machete, en medio iba el alcalde respirando agitadamente, mojado por dentro y por fuera, y detrás los dos hombres res­tantes cerraban la marcha desmochando los vegeta­les escapados a los macheteros de vanguardia.

Antonio José Bolívar era uno de los que viaja­ban detrás del alcalde.

—Monten las escopetas. Más vale andar prepa­rados —ordenó el gordo.

—¿Para qué? Es mejor llevar los cartuchos secos en las bolsas.

—Yo doy las órdenes aquí.

—A su orden, excelencia. Total, los cartuchos son del Estado.

Los hombres simularon cargar las escopetas.

A las cinco horas de caminata habían avanza­do algo más de un kilómetro. La marcha se in­terrumpió repetidamente por causa de las botas del gordo. Cada cierto tiempo, hundía los pies en el lodazal burbujeante y parecía que el fango se tra­gara aquel cuerpo obeso. Enseguida venía la lucha por sacar los pies moviéndose con tal torpeza que sólo lograba hundirse más. Los hombres lo saca­ban jalándolo de los sobacos, y unos cuantos pasos más adelante otra vez estaba el alcalde hundido hasta las rodillas.

De pronto, el gordo perdió una de las botas. El pie libre apareció blanco y liviano, pero, para conservar el equilibrio, lo hundió de inmediato junto al hueco donde había desaparecido la bota.

El viejo y su compañero lo ayudaron a salir.

—La bota. Búsquenme la bota —mandó.

—Le dijimos que iban a estorbarle. Ya no apare­ce más. Camine como nosotros, pisando las ramas caídas. Descalzo va mucho más cómodo y avan­zamos mejor.

El alcalde, furioso, se hincó y trató de apartar porciones de lodo con las manos. Tarea inútil. Apartaba un puñado de crema oscura y chorrean­te sin conseguir alterar la superficie.

—En su lugar, no haría eso. Vaya uno a saber qué bicharracos estarán durmiendo felices allá abajo —comentó uno.

—Cierto. Escorpiones, por ejemplo. Se entierran hasta que pasan las lluvias y no les gusta ser mo­lestados. Tienen un humor de la gran puta —agre­gó el viejo.

El alcalde, hincado, los miraba con odio.

—¿Se creen que me trago esas pendejadas? ¿Me quieren asustar con cuentos de vieja?

—No, excelencia. Espere un resto.

El viejo cortó una rama, le abrió una punta en horquilla y la hundió repetidas veces en el lodo burbujeante. Al fin la retiró, la limpió cuidadosamente con el machete, y al suelo cayó un escor­pión adulto. Venía cubierto de lodo, pero aun así dejaba ver su ponzoñosa cola levantada.

—¿Ve? Y usted, que traspira tanto, todo saladito, es una invitación para estos bichos.

El alcalde no respondió. Con la mirada perdi­da en el escorpión tratando de sumergirse de nuevo en la tranquilidad del lodazal, sacó el revólver y lo descargó disparando los seis tiros sobre el bi­cho. Entonces se quitó la otra bota y la arrojó entre el follaje.

Con el gordo descalzo, la marcha se hizo un poco más ágil, pero siempre perdían tiempo en las subidas. Todos trepaban sin dificultades y se de­tenían para mirar al alcalde a cuatro patas, avanzan­do un par de metros y retrocediendo cuatro.

—Pise con el culo, excelencia. Fíjese cómo lo hacemos nosotros. Abra bien las piernas antes de posar la pata. Usted las abre no más de las rodi­llas para abajo. Eso es caminar como monja pa­sando frente a una gallera. Ábralas bien y pise con el culo —le gritaban.

El gordo, con los ojos enrojecidos de furia, in­tentaba subir a su manera, pero su cuerpo amor­fo lo traicionaba una y otra vez, hasta que los hombres formaban una cadena de brazos y tira­ban de él hasta la altura.

Los descensos eran rápidos. El alcalde los hacía sentado, de espaldas o boca abajo. Llegaba siem­pre primero, envuelto en barro y restos de plantas.

A media tarde nuevos y gruesos nubarrones se condensaron en el cielo. No podían verlos, pero los adivinaban en la oscuridad, que volvía impe­netrable la selva.

—No podemos seguir. No se ve nada —dijo el alcalde.

—Eso suena sensato —respondió el viejo.

—Bueno, entonces aquí nos quedamos —orde­nó el alcalde.

—Ustedes se quedan. Voy a buscar un lugar se­guro. No me tardo. Fumen para orientarme el re­greso —dijo el viejo, y le entregó su escopeta a uno de los hombres.

El viejo desapareció tragado por la oscuridad y los hombres se quedaron fumando sus cigarros de hoja dura, protegiéndolos con las manos ahue­cadas.

No le llevó mucho tiempo dar con un terre­no plano. Lo recorrió midiéndolo por pasos y con la hoja del machete palpó la textura de las vegeta­ciones. De pronto, el machete le devolvió un so­nido metálico y el viejo respiró satisfecho. Regre­só hasta el grupo orientándose por el olor a tabaco y les comunicó que había encontrado un lugar para pasar la noche.

El grupo llegó al terreno plano y dos hom­bres se dieron a la tarea de cortar hojas de bana­nos silvestres. Con ellas alfombraron el suelo y se sentaron satisfechos a echarse un merecido trago de Frontera.

—Lástima no poder hacer una fogata. Estaría­mos más seguros junto a un buen fuego —se quejó el alcalde.

—Es mejor así —opinó uno de los hombres.

—No me gusta esto. No me gusta la oscuridad. Hasta los salvajes se protegen con el fuego —alegó el gordo.

—Mire, excelencia, estamos en un lugar segu­ro. Nosotros no podemos ver a la bestia, si es que anda cerca, y ella no puede vernos a nosotros. Si encendemos una fogata le estaríamos regalando la ocasión de vernos, y nosotros no la veríamos a ella porque el fuego nos encandilaría. Quéde­se tranquilo y trate de dormir. A todos nos hace falta echar un sueño. ¡Ah!, y, sobre todo, evite­mos hablar.

Los hombres secundaron las palabras del viejo y, tras una breve consulta, acordaron los turnos de guardia. El viejo haría el primero y se encarga­ría de despertar a su relevo.

El cansancio de la caminata se adueñó pronto de los hombres. Dormían encogidos, abrazándose las piernas y cubriéndose los rostros con sombre­ros. Sus respiraciones tranquilas no interrumpían el ruido de la lluvia.

Antonio José Bolívar estaba sentado, con las piernas cruzadas, apoyando la espalda en un tron­co. Acariciaba a ratos la hoja del machete y reci­bía, atento, los sonidos de la selva. Los repetidos golpes de algo voluminoso cayendo en el agua le indicaron que estaban cerca de un brazo de río o de un arroyo crecido. En las épocas de lluvia el aguacero arrastraba miles de insectos desde las ramas y los peces se daban festines. Saltaban de felicidad, ahitos y satisfechos.

Recordó la primera vez que vio un verdadero pez de río. Hacía ya muchos años de aquello. Fue cuando todavía era un aprendiz en la selva.

Una tarde de cacería, sintió que el cuerpo le hedía ácido de tanto sudar y al llegar a un arroyo se aprestó a darse un chapuzón. Quiso la suerte que un shuar lo viera a tiempo y le lanzara el grito de advertencia.

—No te metas. Es peligroso.

—¿Pirañas?

El shuar le indicó que no. Las pirañas se agru­pan en las aguas mansas y profundas, jamás en las cerrentosas. Son peces torpes y adquieren ve­locidad solamente impulsados por el hambre o el olor a sangre. Nunca tuvo problemas con las pi­rañas. De los shuar aprendió que basta con un­tarse el cuerpo con leche de caucho para ahuyen­tarlas. La leche de caucho pica, arde, amenaza con levantar la piel, pero la comezón se marcha al en­trar en contacto con el agua fresca y las pirañas huyen apenas sienten el olor.

—Peor que las pirañas —dijo el shuar, y le hizo seguir el movimiento de su mano indicando la su­perficie del arroyo. Vio una mancha oscura de más de un metro de largo deslizándose rápida.

—¿Qué es?

—Un bagre guacamayo.

Un pez enorme. Más tarde, pescó algunos ejem­plares que alcanzaban los dos metros, superando los setenta kilos de peso, y también supo que eran inofensivos pero mortalmente amistosos.

Al ver a un ser humano en el agua se acerca­ban para jugar, propinando tales coletazos de apre­cio que fácilmente partían un espinazo.

Oía repetirse los golpes pesados en el agua. Tal vez se trataba de un bagre guacamayo hartándose de comejenes, catza machos, palitos vivientes, lan­gostas, grillos, arañas, o delgadas culebras volado­ras arrastradas por el aguacero.

Era un ruido vital en medio de la oscuridad. Era como dicen los shuar: «De día, es el hombre y la selva. De noche, el hombre es selva».

Lo escuchó complacido hasta que dejó de re­petirse.

El relevo se le adelantó. El hombre hizo sonar los huesos al estirarse y se le acercó.

—Ya dormí suficiente. Anda, tiéndete en mi cama. Te la dejé tibiecita.

—No estoy cansado. Prefiero dormir cuando aclare.

—Algo saltaba en el agua, ¿no?

El viejo se disponía a hablarle de los peces, pero lo interrumpió un ruido nuevo llegando desde la espesura.

-¿Oíste?

—Callado. Callado.

—¿Qué será?

—No sé. Pero es bastante pesado. Despierta a los otros sin hacer ruido.

El hombre no alcanzó a levantarse y ambos se vieron atacados por un destello de plata que hería la vegetación húmeda aumentando el efecto enceguecedor.

Era el alcalde, alarmado por el ruido, y se acer­caba con la linterna encendida.

—Apague eso —ordenó enérgico el viejo sin alzar la voz.

—¿Por qué? Hay algo ahí y quiero ver de qué se trata —respondió el gordo, moviendo el chorro de luz en todas direcciones y accionando al mismo tiempo el martillo del revólver.

—Le dije que apague esa mierda. —El viejo le botó la linterna de un manotazo.

—Qué te has creído...

Las palabras del gordo fueron ahogadas por un intenso batir de alas y una cascada fétida cayó sobre el grupo.

—Buena la hizo. Tenemos que marcharnos aho­ra mismo o las hormigas vendrán a disputarnos la mierda fresca.

El alcalde no supo cómo reaccionar. A tien­tas buscó la linterna, y a tientas siguió al gru­po desplazándose del lugar donde habían pernoc­tado.

Los hombres maldecían la necedad del gordo con palabras masticadas para que no percibiera la magnitud de los insultos.

Caminaron hasta un claro de selva y allí reci­bieron con plenitud el aguacero.

—¿Qué pasó? ¿Qué fue eso? —preguntó el gor­do al detenerse.

—Mierda. ¿No huele?

—Ya sé que es mierda. ¿Estábamos bajo una manada de monos?

Una tenue luminosidad hizo visibles las silue­tas de los hombres y los contornos selváticos.

—Por si le sirve de algo, excelencia, cuando se pernocta en la jungla hay que arrimarse a un árbol quemado o petrificado. Ahí cuelgan los murciéla­gos, la mejor señal de alarma con que se puede contar. Los bichos se preparaban para volar en di­rección contraria al ruido que escuchamos y hu­biéramos sabido dónde estaba. Pero usted, con su lucecita y sus gritos, los espantó y nos lanzaron la chorrera de mierda. Como todos los roedores, son muy sensibles y a la menor señal de peligro sueltan todo lo que tienen adentro para volverse livianos. Ande, frótese bien la cabeza si no quiere que se lo coman los mosquitos.

El alcalde imitó al resto del grupo sacándose los apestosos excrementos. Al terminar, ya tenían luminosidad suficiente para continuar la marcha.

Caminaron tres horas, siempre hacia el orien­te, sorteando riachuelos crecidos, quebradas, cla­ros de selva que cruzaban mirando al cielo con la boca abierta para recibir el agua fresca, y al arri­bar a una laguna hicieron alto para comer algo.

Reunieron frutos y camarones que el gordo se negó a comer crudos. El gordo, enfundado en el impermeable de hule azul, tintaba de frío y con­tinuaba lamentándose de no poder encender una fogata.

—Estamos cerca —dijo uno.

—Sí. Pero haremos un rodeo para llegar por atrás. Sería fácil bordear el río y llegar de frente, pero se me ocurre que el bicho es inteligente y podría darnos una sorpresa —señaló el viejo.

Los hombres manifestaron su acuerdo y baja­ron la comida con unos buches de Frontera.

Al ver cómo el gordo se alejaba, no demasia­do, y se perdía oculto tras un arbusto, se dieron codazos.

—Su señoría no quiere mostrarnos el culo.

—Es tan cojudo que va a sentarse en un hor­miguero creyendo que es una letrina.

—Apuesto que pide papel para limpiarse —soltó otro entre risas.

Se divertían a espaldas de la Babosa, como siempre lo nombraban en su ausencia. Las risas fueron cortadas, primero por el grito aterrorizado del gordo, y enseguida por la serie de disparos apurados. Seis tiros del revólver, vaciado con ge­nerosidad.

El alcalde apareció subiéndose los pantalones y llamándolos a gritos.

—¡Vengan! ¡Vengan! La he visto. Estaba detrás mío punto de atacarme, y parece que le metí un par de balas. ¡Vengan! ¡Todos a buscarla!

Prepararon las escopetas y se lanzaron a buscar en la dirección que el gordo les indicara. Siguien­do un notorio rastro de sangre que aumentaba la euforia del alcalde, llegaron hasta un hermoso ani­mal de hocico alargado dando los últimos ester­tores. La bella piel amarilla moteada se teñía de sangre y lodo. El animal los miraba con los ojos muy abiertos y desde su hocico de trompeta esca­paba un débil jadeo.

—Es un oso mielero. ¿Por qué no mira antes de disparar con su maldito juguete? Trae mala suerte matar a un oso mielero. Eso lo saben todos, hasta los tontos. No existe otro animal más ino­fensivo en toda la selva.
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