Colección andanzas






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títuloColección andanzas
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fecha de publicación01.09.2015
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Sucre anunció el momento de zarpar y no se atrevió a pedirle al cura que le de­jase el libro. Lo que sí le dejó, a cambio, fueron mayores deseos de leer.

Pasó toda la estación de las lluvias rumiando su desgracia de lector inútil, y por primera vez se vio acosado por el animal de la soledad. Bicho astuto. Atento al menor descuido para apropiarse de su voz condenándolo a largas conferencias huér­fanas de auditorio.

Tenía que hacerse de lectura y para ello pre­cisaba salir de El Idilio. Tal vez no fuera necesa­rio viajar muy lejos, tal vez en El Dorado habría alguien que poseyera libros, y se estrujaba la ca­beza pensando en cómo hacer para conseguirlos.

Cuando las lluvias amainaron y la selva se pobló de animales nuevos, abandonó la choza y, premunido de la escopeta, varios metros de cuer­da y el machete convenientemente afilado, se aden­tró en el monte.

Allí permaneció por casi dos semanas, en los territorios de los animales apreciados por los hom­bres blancos.

En la región de los micos, región de vegeta­ción elevada, vació unas docenas de cocos para preparar las trampas. Lo aprendió con los shuar y no era difícil. Bastaba con vaciar los cocos hacién­doles una abertura de no más de una pulgada de diámetro, hacerles en el otro lado un agujero que permitiera pasar una cuerda y asegurarla por den­tro mediante un apretado nudo ciego. El otro extremo de la cuerda se ataba a un tronco y final­mente se metían algunos guijarros en la calabaza. Los micos, observándolo todo desde la altura, apenas esperarían a que se marchara para bajar a com­probar el contenido de las calabazas. Las toma­rían, las agitarían, y al escuchar el sonido de so­najero producido por los guijarros meterían una mano tratando de sacarlos. En cuanto tuvieran una piedrecita en la mano, la empuñarían, los muy avaros, y lucharían inútilmente por sacarla.

Dispuso las trampas, y antes de dejar la re­gión de los micos buscó un papayo alto, uno de los con razón llamados papayos del mico, tan altos, que solamente ellos conseguían llegar hasta los frutos deliciosamente asoleados y muy dulces.

Meció el tronco hasta que cayeron dos frutos de pulpa fragante, y se encaminó hasta la región de los loros, papagayos y tucanes.

Cargaba los frutos en el morral y caminaba buscando los claros de selva, evitando encuentros con animales no deseados.

Una serie de quebradas lo condujeron hasta una zona de vegetación frondosa, poblada de avis­peros y panales de abejas laboriosas, veteada de mierda de pájaros por todas partes. En cuanto se in­ternó en esa espesura se produjo un silencio que duró varias horas, hasta que las aves se acostum­braron a su presencia.

Con lianas y bejucos fabricó dos jaulas de te­jido cerrado, y al tenerlas listas buscó plantas de yahuasca.

Entonces desmenuzó las papayas, mezcló la olorosa pulpa amarilla de los frutos con el zumo de las raíces de yahuasca conseguido a golpes de mango de machete, y, fumando, esperó a que la mezcla fermentase. Probó. Sabía dulce y fuerte. Sa­tisfecho, se alejó hasta un riachuelo, donde acam­pó hartándose de peces.

Al día siguiente comprobó el éxito obtenido con las trampas.

En la región de los micos encontró a una do­cena de animales fatigados por el estéril esfuerzo de liberar sus manos empuñadas, atrapadas en las calabazas. Seleccionó tres parejas jóvenes, las metió en una de las jaulas y liberó al resto de los micos.

Más tarde, donde había dejado los frutos fer­mentados encontró una multitud de loros, papa­gayos y otras aves durmiendo en las posiciones más inimaginables. Algunos intentaban caminar con pasos vacilantes o trataban de levantar el vue­lo batiendo las alas sin coordinación.

Metió en una jaula una pareja de guacamayos oro y azul, y otra de loritos shapul, apreciados por habladores, y se despidió de las demás aves de­seándoles un buen despertar. Sabía que la borra­chera les duraría un par de días.

Con el botín a la espalda regresó a El Idilio, y esperó a que la tripulación del Sucre terminara con las faenas de carga para acercarse al patrón.

—Sucede que tengo que viajar para El Dorado y que no tengo dinero. Usted me conoce. Me lleva, y le pago más allá, en cuanto venda los bichitos.

El patrón echó una mirada a las jaulas y se rascó la barba de varios días antes de responder.

—Con uno de los loritos me doy por pagado. Hace tiempo le prometí uno a mi hijo.

—Entonces le separo una pareja y queda tam­bién cubierto el pasaje de regreso. Además, estos pajaritos se mueren de tristeza si se les separa.

Durante la travesía charló con el doctor Rubi­cundo Loachamín y lo puso al tanto de las razones de su viaje. El dentista lo escuchaba divertido.

—Pero, viejo, si querías disponer de unos libros, ¿por qué no me hiciste antes el encargo? De seguro que en Guayaquil te los hubiera conseguido.

—Se le agradece, doctor. El asunto es que to­davía no sé cuáles libros quiero leer. Pero en cuan­to lo sepa le cobraré la oferta.

El Dorado no era, en ningún caso, una ciudad grande. Tenía un centenar de viviendas, la mayoría de ellas alineadas frente al río, y su importancia radi­caba en el cuartel de policía, en un par de oficinas del Gobierno, en una iglesia y una escuela pública poco concurrida. Para Antonio José Bolívar, luego de cuarenta años sin abandonar la selva, era regre­sar al mundo enorme que antaño conociera.

El dentista le presentó a la única persona capaz de ayudarle en sus propósitos, la maestra de es­cuela, y consiguió también que el viejo pudiera pernoctar en el recinto escolar, una enorme habi­tación de cañas provistas de cocina, a cambio de ayudar en las tareas domésticas y en la confección de un herbario.

Una vez vendidos los micos y los loros, la maestra le enseñó su biblioteca.

Se emocionó de ver tanto libro junto. La maes­tra poseía unos cincuenta volúmenes ordenados en un armario de tablas, y se entregó a la placentera tarea de revisarlos ayudado por la lupa recién ad­quirida.

Fueron cinco meses durante los cuales formó y pulió sus preferencias de lector, al mismo tiem­po que se llenaba de dudas y respuestas.

Al revisar los textos de geometría se pregun­taba si verdaderamente valía la pena saber leer, y de esos libros guardó una frase larga que soltaba en los momentos de mal humor: «La hipotenusa es el lado opuesto al ángulo recto en un triángulo rectángulo». Frase que más tarde causaba estu­por entre los habitantes de El Idilio, y la recibían como un trabalenguas absurdo o una abjuración incontestable.

Los textos de historia le parecieron un corola­rio de mentiras. ¿Cómo era posible que esos seño­ritos pálidos, con guantes hasta los codos y apre­tados calzones de funámbulo, fueran capaces de ganar batallas? Bastaba verlos con los bucles bien cuidados, mecidos por el viento, para darse cuen­ta de que aquellos tipos no eran capaces de matar una mosca. De tal manera que los episodios his­tóricos fueron desechados de sus gustos de lector.

Edmundo D'Amicis y Corazón lo mantuvieron ocupado casi la mitad de su estadía en El Dorado. Por ahí marcha el asunto. Ese era un libro que se pegaba a las manos y los ojos le hacían quites al cansancio para seguir leyendo, pero tanto va el cántaro al agua que una tarde se dijo que tanto sufrimiento no podía ser posible y tanta mala pata no entraba en un solo cuerpo. Había de ser muy cabrón para deleitarse haciendo sufrir de esa ma­nera a un pobre chico como El Pequeño Lombar­do, y, por fin, luego de revisar toda la biblioteca, encontró aquello que realmente deseaba.

El Rosario, de Florence Barclay, contenía amor, amor por todas partes. Los personajes sufrían y mezclaban la dicha con los padecimientos de una manera tan bella, que la lupa se le empañaba de lágrimas.

La maestra, no del todo conforme con sus pre­ferencias de lector, le permitió llevarse el libro, y con él regresó a El Idilio para leerlo una y cien veces frente a la ventana, tal como se disponía a hacerlo ahora con las novelas que le trajera el den­tista, libros que esperaban insinuantes y horizon­tales sobre la alta mesa, ajenos al vistazo desor­denado a un pasado sobre el que Antonio José Bolívar Proaño prefería no pensar, dejando los pozos de la memoria abiertos para llenarlos con las dichas y los tormentos de amores más prolon­gados que el tiempo.

Capítulo quinto

Con las primeras sombras de la tarde se desa­tó el diluvio y a los pocos minutos era imposible ver más allá de un brazo extendido. El viejo se tendió en la hamaca esperando la llegada del sueño, mecido por el violento y monocorde murmullo del agua omnipresente.

Antonio José Bolívar Proaño dormía poco. A lo más, cinco horas por la noche y dos a la hora de la siesta. Con eso le bastaba. El resto del tiem­po lo dedicaba a las novelas, a divagar acerca de los misterios del amor y a imaginarse los lugares donde acontecían las historias.

Al leer acerca de ciudades llamadas París, Lon­dres o Ginebra, tenía que realizar un enorme es­fuerzo de concentración para imaginárselas. Una sola vez visitó una ciudad grande, Ibarra, de la que recordaba sin mayor precisión las calles empedra­das, las manzanas de casas bajas, parejas, todas blancas, y la plaza de Armas repleta de gentes pa­seándose frente a la catedral.

Esa era su mayor referencia del mundo, y al leer las tramas acontecidas en ciudades de nombres lejanos y serios como Praga o Barcelona, se le antojaba que Ibarra, por su nombre, no era una ciudad apta para amores inmensos.

Durante el viaje a la amazonia, él y Dolores Encarnación del Santísimo Sacramento Estupiñán Otavalo pasaron por otras dos ciudades, Loja y Za­mora, pero las vieron muy fugazmente, de mane­ra que no podía decir si en ellas el amor encon­traría territorio.

Pero, sobre todo, le gustaba imaginar la nieve.

También de niño la vio como una piel de cor­dero puesta a secar en los bordes del volcán Imbabura, y en algunas ocasiones le parecía una extravagancia imperdonable que los personajes de las novelas la pisaran sin preocuparse por si la ensuciaban.

Cuando no llovía, abandonaba la hamaca de noche y bajaba hasta el río para asearse. Ensegui­da cocinaba las porciones de arroz para el día, freía lonjas de banano verde, y si disponía de carne de mono acompañaba las comidas con unos buenos pedazos.

Los colonos no apreciaban la carne de mono. No entendían que esa carne dura y apretada pro­veía de muchísimas más proteínas que la carne de los puercos o vacas alimentadas con pasto elefante, pura agua, y que no sabía a nada. Por otra par­te, la carne de mono requería ser masticada largo tiempo, y en especial a los que no tenían dientes propios les entregaba la sensación de haber comido mucho sin cargar innecesariamente el cuerpo.

Bajaba las comidas con café cerrero tostado en una callana de fierro y molido a piedra, el que endulzaba con panela y fortalecía con unos chorritos de Frontera.

En la estación de las lluvias las noches se pro­longaban y se daba el gusto de quedarse en la ha­maca hasta que los deseos de orinar o el hambre lo impulsaban a abandonarla.

Lo mejor de la estación de las lluvias era que bastaba con bajar al río, sumergirse, mover unas piedras, hurgar en el lecho fangoso, y ya se dis­ponía de una docena de camarones gordos para el desayuno.

Así lo hizo esa mañana. Se desnudó, se ató a la cintura una cuerda cuyo otro extremo estaba firmemente atado a un pilote, no fuera cosa que llegara una crecida súbita o un tronco a la deri­va, y con el agua en las tetillas se sumergió.

El río corría espeso hasta en el fondo, pero sus manos expertas tantearon el fango luego de mover una piedra, hasta que los camarones se le prendieron de los dedos con sus vigorosas tenazas.

Emergió con un puñado de bichos moviéndo­se frenéticos, y se aprestaba. a salir del agua cuan­do escuchó los gritos.

—¡Una canoa! ¡Viene una canoa!

Agudizó la vista tratando de descubrir la em­barcación, mas la lluvia no permitía ver nada. El manto de agua caía sin descanso perforando la superficie del río, con tal intensidad que ni siquiera alcanzaban a formarse aureolas.

¿Quién podría ser? Sólo un demente se atre­vería a navegar en medio del aguacero.

Escuchó cómo los gritos se repetían y divisó unas inciertas figuras corriendo hacia el muelle.

Se vistió, dejó los camarones tapados con un tarro a la entrada de la choza y, cubriéndose con un manto de plástico, se dirigió también al lugar.

Los hombres se hicieron a un lado al ver lle­gar al alcalde. El gordo venía sin camisa y, prote­gido bajo un amplio paraguas negro, soltaba agua por todo el cuerpo.

—¿Qué demonios pasa? —gritó el alcalde acer­cándose a la orilla.

Por toda respuesta le indicaron la canoa atada a uno de los pilares. Era una de aquellas embar­caciones mal construidas por los buscadores de oro. Llegó semisumergida, flotando nada más que por ser de madera. A bordo se mecía el cuerpo de un individuo con la garganta destrozada y los brazos desgarrados. Las manos, asomadas a los costa­dos de la embarcación, mostraban los dedos mordis­queados por los peces, y no tenía ojos. Los gallos de peña, esos pequeños y fuertes pájaros rojos, los únicos capaces de volar en medio del diluvio, se habían encargado de quitarle toda expresión.

El alcalde ordenó que subieran el cuerpo, y al tenerlo sobre las tablas del muelle lo reconocie­ron por la boca.

Era Napoleón Salinas, un buscador de oro al que la tarde anterior había atendido el dentista. Salinas era uno de los pocos individuos que no se sacaban los dientes podridos, y prefería que se los parcharan con pedazos de oro. Tenía la boca llena de oro y ahora enseñaba los dientes en una sonrisa que no provocaba admiración, mientras la lluvia le alisaba los cabellos.

El alcalde buscó al viejo con la mirada.

—¿Y? ¿La gata de nuevo?

Antonio José Bolívar Proaño se inclinó junto al muerto sin dejar de pensar en los camarones que había dejado prisioneros. Abrió la herida del cuello, examinó los desgarros de los brazos, para asentir finalmente con un movimiento de cabeza.

—Qué diablos, uno menos. Tarde o temprano, se lo iba a llevar la parca —comentó el alcalde.

El gordo tenía razón. Durante la época de llu­vias los buscadores de oro permanecían encerra­dos en sus chozas mal construidas, esperando por las pocas pausas que no duraban demasiado y eran más bien respiros que se daban las nubes para luego dejar caer su carga con mayores bríos.

Se tomaban muy al pie de la letra aquello de «el tiempo es oro», y si las lluvias no se daban un descanso jugaban a los cuarenta con naipes gra­sientos, de figuras a menudo irreconocibles, odián­dose, deseando ser dueños del garrote del rey de bastos, codiciándose mutuamente, y al finalizar el diluvio era normal que varios de ellos desaparecieran, quién sabe si tragados por la corriente o por la voracidad de la selva.

A veces, desde el muelle de El Idilio miraban pasar un cuerpo hinchado entre las ramas y tron­cos arrastrados por la crecida, y nadie se preocu­paba de echarle un lazo.

Napoleón Salinas tenía la cabeza colgando y sólo los brazos desgarrados indicaban que trató de defenderse.

El alcalde vació los bolsillos. Encontró un des­teñido documento identificatorio, algunas mone­das, restos de tabaco y una bolsita de cuero. La abrió, y contó veinte pepitas de oro, pequeñas como granos de arroz.

—¿Y bien, experto, qué opinas?

—Lo mismo que usted, excelencia. Salió de aquí tarde, bastante borracho, lo sorprendió el aguace­ro y se arrimó a la orilla para pernoctar. Ahí lo atacó la hembra. Herido y todo, consiguió llegar hasta la canoa, pero se desangró rápidamente.

—Me gusta que estemos de acuerdo —dijo el gordo.

El alcalde ordenó a uno de los reunidos que le sostuviera el paraguas para tener las manos li­bres, y repartió las pepitas de oro entre los presen­tes. Tras recobrar el paraguas, empujó al muerto con un pie hasta que cayó de cabeza al agua. El cuerpo se hundió pesadamente y la lluvia impidió Ver dónde volvió a salir a flote.

Satisfecho, el alcalde sacudió el paraguas en ademán de marcharse, pero al ver que ninguno lo secundaba y que todos miraban al viejo, escupió malhumorado.

—Bueno, se acabó la función. ¿Qué esperan?

Los hombres seguían mirando al viejo. Lo obli­garon a hablar.

—El caso es que si uno navega y lo sorprende la noche, ¿a cuál lado se arrima para pernoctar?

—Al más seguro. Al nuestro —respondió el gordo.

—Usted lo ha dicho, excelencia. Al nuestro. Siempre se busca este lado, porque, si en una de ésas se pierde la canoa, queda el recurso de regre­sar al poblado abriéndose sendero a machete. Eso mismo pensó el pobre Salinas.

—¿Y? ¿Qué importa ahora?

—Mucho importa. Si lo piensa un poco, des­cubrirá que el animal también se encuentra a este lado. ¿O cree que los tigrillos se meten al río con este tiempo?

Las palabras del viejo produjeron comentarios nerviosos, y los hombres deseaban oír algo del al­calde. Después de todo, la autoridad tenía que ser­vir para algo práctico.

El gordo sentía la espera como una agresión y simulaba meditar encogiendo el obeso cogote bajo el paraguas negro. La lluvia arreció de pronto, y las bolsas plásticas que cubrían a los hombres se les pegaron como una segunda piel.

—El bicho anda lejos. ¿No vieron cómo venía el fiambre? Sin ojos y medio comido por los ani­males. Eso no ocurre en una hora, ni en cinco. No veo motivos para cagarse en los pantalones —bravuconeó el alcalde.

—Puede ser. Pero también es cierto que el muer­to no venía del todo tieso, y no apestaba —agregó el viejo.

No dijo nada más ni esperó otro comentario del alcalde. Dio media vuelta y se marchó pen­sando en si comería los camarones fritos o cocidos.

Al entrar en la choza, por entre la capa de llu­via pudo ver sobre el muelle la solitaria y obesa silueta del alcalde bajo el paraguas, como un enor­me y oscuro hongo recién crecido sobre las tablas.

Capítulo sexto

Luego de comer los sabrosos camarones, el viejo limpió prolijamente su placa dental y la guar­dó envuelta en el pañuelo. Acto seguido, despejó la mesa, arrojó los restos de comida por la venta­na, abrió una botella de Frontera y se decidió por una de las novelas.

Lo rodeaba la lluvia por todas partes y el día le entregaba una intimidad inigualable.

La novela empezaba bien.

«Paul la besó ardorosamente en tanto el gondo­lero, cómplice de las aventuras de su amigo, simu­laba mirar en otra dirección, y la góndola, provista de mullidos cojines, se deslizaba apaciblemente por los canales venecianos. »

Leyó el pasaje varias veces, en voz alta.

¿Qué demonios serían las góndolas?

Se deslizaban por los canales. Debía tratarse de botes o canoas, y, en cuanto a Paul, quedaba claro que no se trataba de un tipo decente, ya que besaba «ardorosamente» a la niña en presencia de un amigo, y cómplice por añadidura.

Le gustó el comienzo.

Le pareció muy acertado que el autor definiera a los malos con claridad desde el principio. De esa manera se evitaban complicaciones y simpatías inmerecidas.

Y en cuanto a besar, ¿cómo decía? «Ardorosa­mente. » ¿Cómo diablos se haría eso?

Recordó haber besado muy pocas veces a Do­lores Encarnación del Santísimo Sacramento Estupiñán Otavalo. A lo mejor en una de esas con­tadas ocasiones lo hizo así, ardorosamente, como el Paul de la novela, pero sin saberlo. En todo caso, fueron muy pocos besos porque la mujer, o respondía con ataques de risa, o señalaba que podía ser pecado.

Besar ardorosamente. Besar. Recién descubrió que lo había hecho muy pocas veces y nada más que con su mujer, porque entre los shuar besar era una costumbre desconocida.

Entre hombres y mujeres existían las caricias, por todo el cuerpo, y no les importaba si había otras personas. En el momento del amor tampo­co besaban. Las mujeres preferían sentarse encima del hombre argumentando que en esa posición sentían más el amor, y por lo tanto los anents que acompañaban el acto resultaban mucho más sen­tidos.

No. Los shuar no besaban.

Recordó también cómo, en una oportunidad, vio a un buscador de oro tumbando a una jíbara, una pobre mujer que deambulaba entre los colonos y los aventureros implorando por un buche de aguardiente. El que tuviera ganas la arrincona­ba y la poseía. La pobre mujer, embrutecida por el alcohol, no se daba cuenta de lo que hacían con ella. Esa vez, el aventurero la montó sobre la arena y le buscó la boca con la suya.

La mujer reaccionó como una bestia. Desmon­tó al hombre, le lanzó un puñado de arena a los ojos y se largó a vomitar con un asco indisimulable.

Si en eso consistía besar ardorosamente, enton­ces el Paul de la novela no era más que un puerco.

Al caer la hora de la siesta había leído y re­flexionado unas cuatro páginas, y estaba molesto ante su incapacidad de imaginar Venecia con los rasgos adjudicados a otras ciudades también des­cubiertas en novelas.

Al parecer, en Venecia las calles estaban ane­gadas y, por eso, las gentes precisaban movilizar­se en góndolas.

Las góndolas. La palabra «góndola» consiguió seducirlo finalmente, y pensó en llamar así a su canoa. La Góndola del Nangaritza.

En medio de tales pensamientos lo envolvió el sopor de las dos de la tarde y se tendió en la hamaca sonriendo socarronamente al imaginar per­sonas que abrían las puertas de sus casas y caían a un río apenas daban el primer paso.

Por la tarde, luego de darse una nueva panza­da de camarones, se dispuso a continuar la lectura, y se aprestaba a hacerlo cuando un griterío lo distrajo obligándolo a asomar la cabeza al aguacero.

Por el sendero corría una acémila enloquecida entre estremecedores rebuznos, y lanzando coces a quienes intentaban detenerla. Picado por la cu­riosidad, se echó un manto de plástico sobre los hombros y salió a ver qué ocurría.

Tras un gran esfuerzo, los hombres consiguie­ron rodear al esquivo animal y, evitando las pata­das, fueron cerrando el cerco. Algunos caían para levantarse cubiertos de lodo, hasta que por fin lo­graron tomar el animal por las bridas e inmovili­zarlo.

La acémila mostraba profundas heridas a los costados y sangraba copiosamente por un des­garro que empezaba en la cabeza y terminaba en el pecho de pelambre rala.

El alcalde, esta vez sin paraguas, ordenó que la tumbaran y le despachó el tiro de gracia. El ani­mal recibió el impacto, lanzó un par de patadas al aire y se quedó quieto.

—Es la acémila de Alkasetzer Miranda —dijo al­guien.

Los demás asintieron. Miranda era un colono afincado a unos siete kilómetros de El Idilio. Ya no cultivaba sus tierras arrebatadas por el monte y regentaba un miserable puesto de venta de aguar­diente, tabaco, sal y alkasetzer —de ahí le venía el mote—, en el que se proveían los buscadores de oro cuando no querían llegar hasta el poblado.

La acémila llegó ensillada, y eso aseguraba que el jinete debía estar en alguna parte.

El alcalde ordenó prepararse para salir al otro día temprano hasta el puesto de Miranda, y en­cargó a dos hombres que faenaran el animal.

Los machetes actuaron certeros bajo la lluvia. Entraban en las carnes famélicas, salían ensangren­tados y, al disponerse a caer de nuevo, venciendo la resistencia de algún hueso, estaban impecable­mente lavados por el aguacero.

La carne troceada fue llevada hasta el portal de la alcaldía y el gordo la repartió entre los pre­sentes.

—Tú. ¿Qué parte quieres, viejo?

Antonio José Bolívar respondió que sólo un trozo de hígado, entendiendo que la gentileza del gordo lo inscribía en la partida.

Con el pedazo de hígado caliente en la mano regresó a la choza, seguido por los hombres que car­gaban la cabeza y otras partes indeseadas del ani­mal para botarlas al río. Ya oscurecía, y entre el rumor de la lluvia se escuchaba el ladrido de los perros disputándose las enlodadas tripas de la nueva víctima.

Mientras freía el hígado tirándole palitos de romero, maldijo el incidente que lo sacaba de su tranquilidad. Ya no podría concentrarse en la lec­tura, obligado a pensar en el alcalde como cabeza de expedición al otro día.

Todos sabían que el alcalde le tenía ojeriza, y con seguridad la bronca había aumentado luego del incidente con los shuar y el gringo muerto.

El gordo podría causarle problemas, y se lo había hecho saber antes.

Malhumorado, se puso la dentadura postiza y masticó los secos pedazos de hígado. Muchas veces escuchó decir que con los años llega la sabiduría, y él esperó, confiando en que tal sabiduría le en­tregara lo que más deseaba: ser capaz de guiar el rumbo de los recuerdos y no caer en las trampas que éstos tendían a menudo.

Pero, una vez más, cayó en la trampa y dejó de sentir el rumor monótono del aguacero.

Hacía varios años desde la mañana en que al muelle de El Idilio arribó una embarcación nunca antes vista. Una lancha plana de motor que per­mitía viajar cómodamente a unas ocho personas, sentadas de dos en dos, no como en la entumece-dora fila india de los viajes en canoa.

En la novedosa embarcación llegaron cuatro norteamericanos provistos de cámaras fotográficas, víveres y artefactos de uso desconocido. Permane­cieron adulando y atosigando de whisky al alcal­de varios días, hasta que el gordo, muy ufano, se acercó con ellos hasta su choza, señalándolo como el mejor conocedor de la amazonia.

El gordo apestaba a trago y no dejaba de nom­brarlo su amigo y colaborador, mientras los grin­gos los fotografiaban, y no sólo a ellos, a todo lo que se pusiera frente a sus cámaras.

Sin pedir permiso entraron a la choza, y uno de ellos, luego de reír a destajo, insistió en com­prar el retrato que lo mostraba junto a Dolores Encarnación del Santísimo Sacramento Estupiñán Otavalo. El gringo se atrevió a descolgar el retra­to y lo metió en su mochila, dejándole a cambio un puñado de billetes encima de la mesa.

Le costó sobreponerse a la bronca y sacar el habla.

—Dígale al hijo de puta que, como no deje el retrato en donde estaba, le meto los dos cartu­chos de la escopeta y le vuelo los huevos. Y conste que siempre la tengo cargada.

Los intrusos entendían castellano, y no preci­saron que el gordo les detallara las intenciones del viejo. Amistoso, les pidió comprensión, argüyó que los recuerdos eran sagrados en esas tierras, que no lo tomaran a mal, que los ecuatorianos, y especial­mente él, apreciaban mucho a los norteamericanos, y que si se trataba de llevarse buenos recuerdos él mismo se encargaría de proporcionárselos.

En cuanto tuvo el retrato colgado en el lugar de siempre, el viejo accionó los percutores de la escopeta y los conminó a marcharse.

—Viejo pendejo. Me estás haciendo perder un gran negocio. Los dos estamos perdiendo un gran negocio. Ya te devolvió el retrato. ¿Qué más quie­res?

—Que se marchen. No hago negocios con quie­nes no saben respetar la casa ajena.

El alcalde quiso agregar algo, mas al ver cómo los visitantes hacían un mohín de desprecio antes de emprender el regreso, se enfureció.

—El que se va a marchar eres tú, viejo de mierda.

—Yo estoy en mi casa.

—¿Ah, sí? ¿Nunca te has preguntado a quién pertenece el suelo en donde levantas tu inmunda covacha?

Antonio José Bolívar se sintió verdaderamen­te sorprendido con la pregunta. Alguna vez tuvo un papel membreteado que lo acreditaba como poseedor de dos hectáreas de tierra, pero estaban varias leguas río arriba.

—Esto no es de nadie. No tiene dueño.

El alcalde rió triunfante.

—Pues te equivocas. Todas las tierras junto al río, desde la orilla hasta los cien metros tierra adentro, pertenecen al Estado. Y, por si se te ol­vida, aquí el Estado soy yo. Ya hablaremos. De ésta que me hiciste no me olvido, y yo no soy de los que perdonan.

Sintió deseos de oprimir los gatillos y des­cargarle la escopeta. Incluso imaginó la doble perdigonada entrándole por la voluminosa barri­ga, impulsándolo hacia atrás al tiempo que la descarga salía llevándose el triperío y parte de la espalda.

El gordo, al ver los ojos encendidos del viejo, optó por alejarse rápido y al trote alcanzó al grupo de norteamericanos.

Al día siguiente la embarcación plana dejó el muelle con tripulación aumentada. A los cuatro norteamericanos se agregaron un colono y un jí­baro recomendados por el alcalde como conoce­dores de la selva.

Antonio José Bolívar Proaño se quedó espe­rando la visita del gordo con la escopeta preparada.

Pero el gordo no se acercó a la choza. Quien sí lo hizo fue Onecen Salmudio, un octogenario oriundo de Vilcabamba. El anciano le prodigaba simpatía por el hecho de ser ambos serranos.

—¿Qué hubo, paisano? —saludó Onecen Sal­mudio.

—Nada, paisano. ¿Qué va a haber?

—Yo sé que hay algo, paisano. La Babosa se me acercó también pidiéndome que acompañara a los gringos monte adentro. Apenas logré con­vencerlo de que a mis años no llego muy lejos. Cómo me aduló la Babosa. Me repetía a cada rato que los gringos se sentirían felices conmigo, con­siderando que también tengo nombre de gringo.

—¿Cómo así, paisano?

—Pero sí. Onecen es el nombre de un santo de los gringos. Aparece en sus moneditas y se es­cribe separado con una letra «te» al final. One cent.

—Algo me dice que no vino para hablarme de su nombre, paisano.

—No. Vengo a decirle que tenga cuidado. La Babosa le agarró tirria. Delante mío les pidió a los gringos que cuando vuelvan a El Dorado hablen con el comisario para que éste le mande una pa­reja de rurales. Piensa botarle la casa, paisano.

—Tengo munición para todos —aseguró sin con­vencimiento. Y en las noches siguientes no conci­lio el sueño.

El bálsamo contra el insomnio le llegó una se­mana más tarde al ver aparecer la embarcación plana. No fue un arribo elegante el que hicieron. Chocaron contra los pilotes del muelle y ni se preocuparon de subir la carga. Venían sólo tres norteamericanos, y apenas saltaron a tierra partie­ron disparados en busca del alcalde.

Al poco rato lo visitó el gordo, en son de paz.

—Mira, viejo, hablando se entienden los cris­tianos. Lo que te dije es cierto. Tu casa se levanta en terrenos del Estado y no tienes derecho a se­guir aquí. Es más, yo debería detenerte por ocu­pación ilegal, pero somos amigos, y, así como una mano lava la otra y las dos lavan el culo, tene­mos que ayudarnos.

—¿Y qué quiere ahora de mí?

—En primer lugar, que me escuches. Voy a contarte lo ocurrido. A la segunda acampada se les arrancó el jíbaro con un par de botellas de whisky. Tú sabes cómo son los salvajes. No pien­san más que en robar. Y, bueno, el colono les dijo que no importaba. Los gringos querían llegar bien adentro y fotografiar a los shuar. No sé qué les gusta tanto de esos indios en pelotas. El asunto es que el colono los guió sin problemas hasta las inmediaciones de la cordillera del Yacuambi, y dicen que ahí los atacaron los monos. No les en­tendí todo, porque vienen histéricos y todos hablan al mismo tiempo. Dicen que los monos mataron al colono y a uno de ellos. No puedo creerlo. ¿Cuán­do se ha visto que los micos maten a las perso­nas? Además, de una sola patada se despacha a una docena. No puedo entenderlo. Para mí que fueron los jíbaros. ¿Qué opinas?

—Usted sabe que los shuar evitan meterse en problemas. Seguro que no vieron ni a uno. Si, como dicen, el colono los llevó hasta la cordille­ra del Yacuambi, sepa que hace tiempo que los shuar se marcharon de ahí. Y sepa también que los monos atacan. Es cierto que son pequeños, pero mil de ellos destrozan un caballo.

—No lo entiendo. Los gringos no iban de ca­cería. Ni siquiera llevaban armas.

—Hay demasiadas cosas que usted no entien­de, y yo tengo muchos años de monte. Escuche. ¿Sabe cómo hacen los shuar para entrar al terri­torio de los monos? Primero dejan todos los adornos, no portan nada que pueda picarles la cu­riosidad, y los machetes los empavonan con corte­za de palmera quemada. Piense. Los gringos, con sus máquinas fotográficas, con sus relojes, con sus cadenas de plata, con sus hebillas, cuchillos platea­dos, fueron una provocación brillante para la cu­riosidad de los monos. Conozco sus regiones y sé cómo actúan. Puedo decirle que si a uno se le olvida un detalle, si lleva consigo algo, cualquier cosa que atraiga la curiosidad de un mico y éste baja de los árboles para tomarlo, ese algo, lo que sea, es mejor dejárselo. Si por el contrario uno pre­senta resistencia, el mico se largará a chillar y en cosa de segundos caerán del cielo cientos, miles de pequeños demonios peludos y furiosos.

El gordo escucha, secándose el sudor.

—Te creo. Pero tú tienes la culpa por haberte negado a acompañarles, a servirles de guía. Con­tigo no les hubiera pasado nada. Y traían una carta de recomendación del gobernador. Estoy metido hasta el cogote en el lío y tienes que ayudarme a salir.

—A mí tampoco me hubieran hecho caso. Los gringos se las saben siempre todas. Pero hasta ahora no me dice qué quiere de mí.

El alcalde sacó del bolsillo una botella culera de whisky y le ofreció un trago. El viejo aceptó nada más que por conocer el sabor, y se avergon­zó enseguida de esa curiosidad de mico.

—Quieren que alguien vaya a recoger los res­tos del compañero. Te juro que nos pagan un buen precio por hacerlo, y tú eres el único capaz de conseguirlo.

—Está bien. Pero yo no me meto en sus nego­cios. Le traigo lo que quede del gringo y usted me deja en paz.

—Desde luego, viejo. Como dije, hablando se entienden los cristianos.

No le significó un gran esfuerzo llegar hasta el lugar donde los norteamericanos habían acam­pado la primera noche, y abriéndose camino a ma­chete alcanzó la cordillera del Yacuambi, la selva alta, rica en frutos silvestres en la que varias colo­nias de monos establecían su territorio. Ahí, ni siquiera hubo de buscar un rastro. Los norteameri­canos dejaron tal cantidad de objetos abandona­dos en su fuga, que le bastó con seguirlos para encontrar los restos de los desdichados.

Primero encontró al colono. Lo reconoció por la calavera desdentada, y a los pocos metros al norteamericano. Las hormigas realizaron su traba­jo de manera impecable dejando huesos mondos que parecían de yeso. El esqueleto del norteameri­cano recibía la última atención de las hormigas. Trasladaban su cabellera pajiza de pelo en pelo, como diminutas leñadoras de árboles cobrizos, para fortalecer con ellos el cono de entrada del hormiguero.

Moviéndose lentamente, encendió un cigarro y fumó mirando la labor de los insectos, indiferen­tes a su presencia. Al escuchar un ruido prove­niente de la altura, no pudo evitar una carcajada. Un mico pequeñito cayó de un árbol arrastrado por el peso de una cámara fotográfica que insistía en cargar.

Terminó el cigarro. Con el machete ayudó a las hormigas rapando la calavera, y metió los hue­sos en un costal.

Un solo objeto del infortunado norteameri­cano logró llevar consigo: el cinturón de hebilla plateada en forma de herradura que los micos no consiguieron desabrochar.

Regresó a El Idilio, entregó los restos, y el al­calde lo dejó en paz, en esa paz que debía cuidar porque de ella dependían los momentos placente­ros frente al río, de pie ante la mesa alta, leyendo pausadamente las novelas de amor.

Y esa paz se veía de nuevo amenazada por el alcalde que lo obligaría a participar de la expedi­ción, y por unas afiladas garras ocultas en algún lugar de la espesura.

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