Colección andanzas






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calabaza, hueca.

Caída la última gotita, el reptil aflojaba sus ani­llos, sin fuerzas para seguir odiando, o entendien­do que su odio era inútil, y Antonio José Bolívar lo arrojaba con desprecio entre el follaje.

Pagaban bien por el veneno. Cada medio año aparecía el agente de un laboratorio, donde prepa­raban suero antiofídico, a comprar los frascos mor­tales.

Algunas veces el reptil resultó ser más rápi­do, pero no le importó. Sabía que se hincharía como un sapo y que deliraría de fiebres unos días, pero luego vendría el momento del desquite. Es­taba inmune, y gustaba de fanfarronear entre los colonos enseñando los brazos cubiertos de cica­trices.

La vida en la selva templó cada detalle de su cuerpo. Adquirió músculos felinos que con el paso de los años se volvieron correosos. Sabía tanto de la selva como un shuar. Era tan buen rastreador como un shuar. Nadaba tan bien como un shuar. En definitiva, era como uno de ellos, pero no era uno de ellos.

Por esa razón debía marcharse cada cierto tiempo, porque —le explicaban— era bueno que no fuera uno de ellos. Deseaban verlo, tenerlo, y tam­bién deseaban sentir su ausencia, la tristeza de no poder hablarle, y el vuelco jubiloso en el corazón al verle aparecer de nuevo.

Las estaciones de lluvias y de bonanza se su­cedían. Entre estación y estación conoció los ritos y secretos de aquel pueblo. Participó del diario ho­menaje a las cabezas reducidas de los enemigos muertos como guerreros dignos, y acompañando a sus anfitriones entonaba los anents, los poemas cantos de gratitud por el valor transmitido y los de­seos de una paz duradera.

Compartió el festín generoso ofrecido por los viejos que decidían llegada la hora de «marchar­se», y cuando éstos se adormecían bajo los efec­tos de la chicha y de la natema, en medio de feli­ces visiones alucinadas que les abrían las puertas de futuras existencias ya delineadas, ayudó a lle­varlos hasta una choza alejada y a cubrir sus cuer­pos con la dulcísima miel de chonta.

Al día siguiente, entonando anents de saludos hacia aquellas nuevas vidas, ahora con forma de peces, mariposas o animales sabios, participó del reunir huesos blancos, limpísimos, los innece­sarios despojos de los ancianos transportados a las otras vidas por las mandíbulas implacables de las hormigas añango.

Durante su vida entre los shuar no precisó de las novelas de amor para conocerlo.

No era uno de ellos y, por lo tanto, no podía tener esposas. Pero era como uno de ellos, de tal manera que el shuar anfitrión, durante la estación de las lluvias, le rogaba aceptar a una de sus muje­res para mayor orgullo de su casta y de su casa.

La mujer ofrendada lo conducía hasta la orilla del río. Ahí, entonando anents, lo lavaba, adorna­ba y perfumaba, para regresar a la choza a retozar sobre una estera, con los pies en alto, suavemente entibiados por una fogata, sin dejar en ningún mo­mento de entonar anents, poemas nasales que des­cribían la belleza de sus cuerpos y la alegría del placer aumentado infinitamente por la magia de la descripción.

Era el amor puro sin más fin que el amor mismo. Sin posesión y sin celos.

—Nadie consigue atar un trueno, y nadie con­sigue apropiarse de los cielos del otro en el mo­mento del abandono.

Así le explicó una vez el compadre Nushiño.

Viendo pasar el río Nangaritza hubiera podi­do pensar que el tiempo esquivaba aquel rincón amazónico, pero las aves sabían que poderosas len­guas avanzaban desde occidente hurgando en el cuerpo de la selva.

Enormes máquinas abrían caminos y los shuar aumentaron su movilidad. Ya no permanecían los tres años acostumbrados en un mismo lugar, para luego desplazarse y permitir la recuperación de la naturaleza. Entre estación y estación cargaban con sus chozas y los huesos de sus muertos alejándo­se de los extraños que aparecían ocupando las ri­beras del Nangaritza.

Llegaban más colonos, ahora llamados con pro­mesas de desarrollo ganadero y maderero. Con ellos llegaba también el alcohol desprovisto de ri­tual y, por ende, la degeneración de los más débi­les. Y, sobre todo, aumentaba la peste de los bus­cadores de oro, individuos sin escrúpulos venidos desde todos los confines sin otro norte que una riqueza rápida.

Los shuar se movían hacia el oriente buscan­do la intimidad de las selvas impenetrables.

Una mañana, Antonio José Bolívar descubrió que envejecía al errar un tiro de cerbatana. Tam­bién le llegaba el momento de marcharse.

Tomó la decisión de instalarse en El Idilio y vivir de la caza. Se sabía incapaz de determinar el instante de su propia muerte y dejarse devorar por las hormigas. Además, si lo conseguía, sería una ceremonia triste.

El era como ellos, pero no uno de ellos, así que no tendría ni fiesta ni lejanía alucinada.

Un día, entregado a la construcción de una canoa resistente, definitiva, escuchó el estampido proveniente de un brazo de río, la señal que ha­bría de precipitar su partida.

Corrió al lugar de la explosión y encontró a un grupo de shuar llorando. Le indicaron la masa de peces muertos en la superficie y al grupo de extraños que desde la playa les apuntaban con armas de fuego.

Era un grupo integrado por cinco aventureros, quienes, para ganar una vía de corriente, habían volado con dinamita el dique de contención don­de desovaban los peces.

Todo ocurrió muy rápido. Los blancos, ner­viosos ante la llegada de más shuar, dispararon al­canzando a dos indígenas y emprendieron la fuga en su embarcación.

El supo que los blancos estaban perdidos. Los shuar tomaron un atajo, los esperaron en un paso estrecho y desde ahí fueron presas fáciles para los dardos envenenados. Uno de ellos, sin embargo, consiguió saltar, nadó hasta la orilla opuesta y se perdió en la espesura.

Recién entonces se preocupó de los shuar caí­dos.

Uno había muerto con la cabeza destrozada por la perdigonada a corta distancia, y el otro ago­nizaba con el pecho abierto. Era su compadre Nushiño.

—Mala manera de marcharse —musitó, en una mueca de dolor, Nushiño, y con mano tembloro­sa le indicó su calabaza de curare—. No me iré tranquilo, compadre. Andaré como un triste pá­jaro ciego, a choques con los árboles mientras su cabeza no cuelgue de una rama seca. Ayúdame, compadre.

Los shuar lo rodearon. El conocía las costumbres de los blancos, y las débiles palabras de Nu­shiño le decían que llegaba el momento de pagar la deuda contraída cuando lo salvaron luego de la mordedura de la serpiente.

Le pareció justo pagar la deuda, y armado de una cerbatana cruzó a nado el río, lanzándose por primera vez a la caza del hombre.

No le costó dar con el rastro. El buscador de oro, en su desesperación, dejaba huellas tan níti­das que ni siquiera precisó buscarlas.

A los pocos minutos lo encontró aterrorizado frente a una boa dormida.

—¿Por qué lo hicieron? ¿Por qué dispararon?

El hombre le apuntó con su escopeta.

—Los jíbaros. ¿Dónde están los jíbaros?

—Al otro lado. No te siguen.

Aliviado, el buscador de oro bajó el arma y él aprovechó la situación para acertarle un golpe con la cerbatana.

Le dio mal. El buscador de oro vaciló sin lle­gar a desplomarse, y no tuvo más remedio que echársele encima.

Era un hombre fuerte, pero finalmente, tras forcejear, logró arrebatarle la escopeta.

Nunca antes tuvo un arma de fuego en sus manos, pero al ver cómo el hombre echaba mano al machete intuyó el lugar preciso donde debía poner el dedo y la detonación provocó un revo­loteo de pájaros asustados.

Asombrado ante la potencia del disparo, se acercó al hombre. Había recibido la doble perdi­gonada en pleno vientre y se revolcaba de dolor. Sin hacer caso de los alaridos le ató por los tobi­llos, lo arrastró hasta la orilla del río, y al dar las primeras brazadas sintió que el infeliz ya estaba muerto.

En la ribera opuesta lo esperaban los shuar. Se apresuraron en ayudarle a salir del río, mas al ver el cadáver del buscador de oro irrumpieron en un llanto desconsolado que no atinó a expli­carse.

No lloraban por el extraño. Lloraban por él y por Nushiño.

El no era uno de ellos, pero era como uno de ellos. En consecuencia, debió ultimarlo con un dardo envenenado, dándole antes la oportunidad de luchar como un valiente; así, al recibir la pará­lisis del curare, todo su valor permanecería en su expresión, atrapado para siempre en su cabeza re­ducida, con los párpados, nariz y boca fuertemen­te cosidos para que no escapase.

¿Cómo reducir aquella cabeza, aquella vida de­tenida en una mueca de espanto y de dolor?

Por su culpa, Nushiño no se iría. Nushiño permanecería como un papagayo ciego, dándose golpes contra los árboles, ganándose el odio de quienes no lo conocieron al chocar contra sus cuerpos, molestando el sueño de las boas dor­midas, ahuyentando las presas rastreadas con su revoloteo sin rumbo.

Se había deshonrado, y al hacerlo era respon­sable de la eterna desdicha de su compadre.

Sin dejar de llorar, le entregaron la mejor ca­noa. Sin dejar de llorar lo abrazaron, le entrega­ron provisiones, y le dijeron que desde ese mo­mento no era más bienvenido. Podría pasar por los caseríos shuar, pero no tenía derecho a dete­nerse.

Los shuar empujaron la canoa y enseguida borraron sus huellas de la playa.

Capítulo cuarto

Luego de cinco días de navegación, arribó a El Idilio. El lugar estaba cambiado. Una veintena de casas se ordenaba formando una calle frente al río, y al final una construcción algo mayor ense­ñaba en el frontis un rótulo amarillo con la pala­bra ALCALDÍA.

Había también un muelle de tablones que An­tonio José Bolívar evitó, y navegó algunos metros más aguas abajo hasta que el cansancio le indicó un sitio donde levantó la choza.

Al comienzo los lugareños lo rehuyeron mi­rándolo como a un salvaje al verle internarse en el monte, armado de la escopeta, una Remington del catorce heredada del único hombre que mata­ra y de manera equivocada, pero pronto descubrie­ron el valor de tenerlo cerca.

Tanto los colonos como los buscadores de oro cometían toda clase de errores estúpidos en la selva. La depredaban sin consideración, y esto conseguía que algunas bestias se volvieran feroces.

A veces, por ganar unos metros de terreno plano talaban sin orden dejando aislada a una quebrantahuesos, y ésta se desquitaba eliminándoles una acémila, o cometían la torpeza de atacar a los saínos en época de celo, lo que transformaba a los pequeños jabalíes en monstruos agresivos. Y es­taban también los gringos venidos desde las insta­laciones petroleras.

Llegaban en grupos bulliciosos portando armas suficientes para equipar a un batallón, y se lanza­ban monte adentro dispuestos a acabar con todo lo que se moviera. Se ensañaban con los tigrillos, sin diferenciar crías o hembras preñadas, y, más tarde, antes de largarse, se fotografiaban junto a las docenas de pieles estacadas.

Los gringos se iban, las pieles permanecían pu­driéndose hasta que una mano diligente las arro­jaba al río, y los tigrillos sobrevivientes se desqui­taban destripando reses famélicas.

Antonio José Bolívar se ocupaba de mantener­los a raya, en tanto los colonos destrozaban la selva construyendo la obra maestra del hombre ci­vilizado: el desierto.

Pero los animales duraron poco. Las especies sobrevivientes se tornaron más astutas, y, siguiendo el ejemplo de los shuar y otras culturas amazóni­cas, los animales también se internaron selva aden­tro, en un éxodo imprescindible hacia el oriente.

Antonio José Bolívar Proaño se quedó con todo el tiempo para sí mismo, y descubrió que sabía leer al mismo tiempo que se le pudrían los dientes.

Se preocupó de lo último al sentir cómo la boca expelía un aliento fétido acompañado de per­sistentes dolores en los maxilares.

Muchas veces presenció la faena del doctor Ru­bicundo Loachamín en sus viajes semestrales, y nunca se imaginó ocupando el sillón de los pade­cimientos, hasta que un día los dolores se hicie­ron insoportables y no tuvo más remedio que subir a la consulta.

—Doctor, en pocas palabras, me quedan pocos. Yo mismo me he sacado los que jodian demasia­do, pero con los de detrás no puedo. Límpieme la boca y discutamos el precio de una de esas pla­cas tan bonitas.

En esa misma ocasión el Sucre desembarcó a una pareja de funcionarios estatales, quienes al ins­talarse con una mesa bajo el portal de la alcaldía fueron tomados por recaudadores de algún nuevo impuesto.

El alcalde se vio obligado a usar todo su esca­so poder de convicción para arrastrar a los es­curridizos lugareños hasta la mesa gubernamental. Ahí, los dos aburridos, emisarios del poder reco­gían los sufragios secretos de los habitantes de El Idilio, con motivo de unas elecciones presidencia­les que habrían de celebrarse un mes más tarde.

Antonio José Bolívar llegó también hasta la mesa.

—¿Sabes leer? —le preguntaron.

—No me acuerdo.

—A ver. ¿Qué dice aquí?

Desconfiado, acercó el rostro hasta el papel que le tendían, y se asombró de ser capaz de des­cifrar los signos oscuros.

—El se-ñor-señor-can-di-da-to-candidato.

—¿Sabes?, tienes derecho a voto.

—¿Derecho a qué?

—A voto. Al sufragio universal y secreto. A ele­gir democráticamente entre los tres candidatos que aspiren a la primera magistratura. ¿Entiendes?

—Ni una palabra. ¿Cuánto me cuesta ese de­recho?

—Nada, hombre. Por algo es un derecho.

—¿Y a quién tengo que votar?

—A quién va a ser. A su excelencia, el candi­dato del pueblo.

Antonio José Bolívar votó al elegido y, a cam­bio del ejercicio de su derecho, recibió una bote­lla de Frontera.

Sabía leer.

Fue el descubrimiento más importante de toda su vida. Sabía leer. Era poseedor del antídoto con­tra el ponzoñoso veneno de la vejez. Sabía leer. Pero no tenía qué leer.

A regañadientes, el alcalde accedió a prestarle unos periódicos viejos que conservaba de manera visible, como pruebas de su innegable vinculación con el poder central, pero a Antonio José Bolívar no le parecieron interesantes.

La reproducción de párrafos de discursos pronunciados en el Congreso, en los que el honora­ble Bucaram aseguraba que a otro honorable se le aguaban los espermas, o un artículo detallando cómo Artemio Mateluna mató de veinte puñala­das, pero sin rencor, a su mejor amigo, o la cró­nica denunciando a la hinchada del Manta por haber capado a un arbitro de fútbol en el estadio, no le parecían alicientes tan grandes como para ejercitar la lectura. Todo eso ocurría en un mundo lejano, sin referencias que lo hicieran entendible y sin invitaciones que lo hicieran imaginable.

Cierto día, junto a las cajas de cerveza y a las bombonas de gas, el Sucre desembarcó a un aburri­do clérigo, enviado por las autoridades eclesiás­ticas con la misión de bautizar niños y terminar con los concubinatos. Tres días se quedó el fraile en El Idilio, sin encontrar a nadie dispuesto a lle­varlo a los caseríos de los colonos. Al fin, aburri­do ante la indiferencia de la clientela, se sentó en el muelle esperando a que el barco lo sacara de allí. Para matar las horas de canícula sacó un viejo libro de su talego e intentó leer hasta que la vo­luntad del sopor fuese mayor que la suya.

El libro en las manos del cura tuvo un efecto de carnada para los ojos de Antonio José Bolívar. Pacientemente, esperó hasta que el cura, vencido por el sueño, lo dejó caer a un costado.

Era una biografía de san Francisco que revisó furtivamente, sintiendo que al hacerlo cometía un latrocinio deleznable.

Juntaba las sílabas, y a medida que lo hacía las ansias por comprender todo cuanto estaba en esas páginas lo llevaron a repetir a media voz las palabras atrapadas.

El cura despertó y miró divertido a Antonio José Bolívar con la nariz metida en el libro.

—¿Es interesante? —preguntó.

—Disculpe, eminencia. Pero lo vi dormido y no quise molestarlo.

—¿Te interesa? —repitió el cura.

—Parece que habla mucho sobre los animales —contestó tímidamente.

—San Francisco amaba a los animales. A todas las criaturas de Dios.

—Yo también los quiero. A mi manera. ¿Co­noce usted a san Francisco?

—No. Dios me privó de tal placer. San Francisco murió hace muchísimos años. Es decir, dejó la vida terrenal y ahora vive eternamente junto al Creador.

—¿Cómo lo sabe?

—Porque he leído el libro. Es uno de mis pre­feridos.

El cura enfatizaba sus palabras acariciando el gastado empaste. Antonio José Bolívar lo miraba embelesado, sintiendo la comezón de la envidia.

—¿Ha leído muchos libros?

—Unos cuantos. Antes, cuando todavía era joven y no se me cansaban los ojos, devoraba toda obra que llegara a mis manos.

—¿Todos los libros tratan de santos?

—No. En el mundo hay millones y millones de libros. En todos los idiomas y tocan todos los temas, incluso algunos que deberían estar ve­dados para los hombres.

Antonio José Bolívar no entendió aquella cen­sura, y seguía con los ojos clavados en las manos del cura, manos regordetas, blancas sobre el em­paste oscuro.

—¿De qué hablan los otros libros?

—Te lo he dicho. De todos los temas. Los hay de aventuras, de ciencia, historias de seres virtuo­sos, de técnica, de amor...

Lo último le interesó. Del amor sabía aquello referido en las canciones, especialmente en los pa­sillos cantados por Julito Jaramillo, cuya voz de guayaquileño pobre escapaba a veces de una radio a pilas tornando taciturnos a los hombres. Según los pasillos, el amor era como la picadura de un tábano invisible, pero buscado por todos.

—¿Cómo son los libros de amor?

—De eso me temo que no puedo hablarte. No he leído más de un par.

—No importa. ¿Cómo son?

—Bueno, cuentan la historia de dos personas que se conocen, se aman y luchan por vencer las dificultades que les impiden ser felices.

El llamado del
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