Cerraré ahora los ojos, me taparé los oídos, suspenderé mis sentidos; hasta borraré de mipensamiento toda imagen de las cosas corpóreas, o, al menos, como eso






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fecha de publicación07.07.2015
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Meditación tercera

De Dios; que existe

Cerraré ahora los ojos, me taparé los oídos, suspenderé mis sentidos; hasta borraré de mipensamiento toda imagen de las cosas corpóreas, o, al menos, como eso es casi imposible, las

reputaré vanas y falsas; de este modo, en coloquio sólo conmigo y examinando mis adentros,

procuraré ir conociéndome mejor y hacerme más familiar a mí propio. Soy una cosa que piensa, es

decir, que duda, afirma, niega, conoce unas pocas cosas, ignora otras muchas, ama, odia, quiere, no

quiere, y que también imagina y siente, pues, como he observado más arriba, aunque lo que siento e

imagino acaso no sea nada fuera de mí y en sí mismo, con todo estoy seguro de que esos modos de

pensar residen y se hallan en mí, sin duda. Y con lo poco que acabo de decir, creo haber enumerado

todo lo que sé de cierto, o, al menos, todo lo que he advertido saber hasta aquí. Consideraré ahora

con mayor circunspección si no podré hallar en mí otros conocimientos de los que aún no me haya

apercibido. Sé con certeza que soy una cosa que piensa; pero )no sé también lo que se requiere para

estar cierto de algo? En ese mi primer conocimiento, no hay nada más que una percepción clara y

distinta de lo que conozco, la cual no bastaría a asegurarme de su verdad si fuese posible que una

cosa concebida tan clara y distintamente resultase falsa. Y por ello me parece poder establecer desde

ahora, como regla general, que son verdaderas todas las cosas que concebimos muy clara y

distintamente. Sin embargo, he admitido antes de ahora, como cosas muy ciertas y manifiestas,

muchas que más tarde he reconocido ser dudosas e inciertas. )Cuáles eran? La tierra, el cielo, los

astros y todas las demás cosas que percibía por medio de los sentidos. Ahora bien: )qué es lo que

concebía en ellas como claro y distinto? Nada más, en verdad, sino que las ideas o pensamientos de

esas cosas se presentaban a mi espíritu. Y aun ahora no niego que esas ideas estén en mí. Pero había,

además, otra cosa que yo afirmaba, y que pensaba percibir muy claramente por la costumbre que

tenía de creerla, aunque verdaderamente no la percibiera, a saber: que había fuera de mí ciertas cosas

de las que procedían esas ideas, y a las que éstas se asemejaban por completo. Y en eso me

engañaba; o al menos si es que mi juicio era verdadero, no lo era en virtud de un conocimiento que

yo tuviera. Pero cuando consideraba algo muy sencillo y fácil, tocante a la aritmética y la geometría,

como, por ejemplo, que dos más tres son cinco o cosas semejantes, )no las concebía con claridad

suficiente para asegurar que eran verdaderas? Y si más tarde he pensado que cosas tales podían

ponerse en duda, no ha sido por otra razón sino por ocurrírseme que acaso Dios hubiera podido

darme una naturaleza tal, que yo me engañase hasta en las cosas que me parecen más manifiestas.

Pues bien, siempre que se presenta a mi pensamiento esa opinión, anteriormente concebida, acerca

de la suprema potencia de Dios, me veo forzado a reconocer que le es muy fácil, si quiere, obrar de

manera que yo me engañe aun en las cosas que creo conocer con grandísima evidencia; y, por el

contrario, siempre que reparo en las cosas que creo concebir muy claramente, me persuaden hasta el

punto de que prorrumpo en palabras como éstas: engáñeme quien pueda, que lo que nunca podrá

será hacer que yo no sea nada, mientras yo esté pensando que soy algo, ni que alguna vez sea cierto

que yo no haya sido nunca, siendo verdad que ahora soy, ni que dos más tres sean algo distinto de

cinco, ni otras cosas semejantes, que veo claramente no poder ser de otro modo, que como las

concibo. Ciertamente, supuesto que no tengo razón alguna para creer que haya algún Dios

engañador, y que no he considerado aún ninguna de las que prueban que hay un Dios, los motivos de

duda que sólo dependen de dicha opinión son muy ligeros y, por así decirlo, metafísicos. Mas a fin

de poder suprimirlos del todo, debo examinar si hay Dios, en cuanto se me presente la ocasión, y, si

resulta haberlo, debo también examinar si puede ser engañador; pues, sin conocer esas dos verdades,

no veo cómo voy a poder alcanzar certeza de cosa alguna. Y para tener ocasión de averiguar todo

eso sin alterar el orden de meditación que me he propuesto, que es pasar por grados de las nociones

que encuentre primero en mi espíritu a las que pueda hallar después, tengo que dividir aquí todos

mis pensamientos en ciertos géneros, y considerar en cuáles de estos géneros hay, propiamente,

verdad o error. De entre mis pensamientos, unos son como imágenes de cosas, y a éstos solos

conviene con propiedad el nombre de idea: como cuando me represento un hombre, una quimera, el

cielo, un ángel o el mismo Dios. Otros, además, tienen otras formas: como cuando quiero, temo,

afirmo o niego; pues, si bien concibo entonces alguna cosa de la que trata la acción de mi espíritu,

añado asimismo algo, mediante esa acción, a la idea que tengo de aquella cosa; y de este género de

pensamientos, unos son llamados voluntades o afecciones, y otros, juicios. Pues bien, por lo que toca

a las ideas, si se las considera sólo en sí mismas, sin relación a ninguna otra cosa, no pueden ser

llamadas con propiedad falsas; pues imagine yo una cabra o una quimera, tan verdad es que imagino

la una como la otra. No es tampoco de temer que pueda hallarse falsedad en las afecciones o

voluntades; pues aunque yo pueda desear cosas malas, o que nunca hayan existido, no es menos

cierto por ello que yo las deseo. Por tanto, sólo en los juicios debo tener mucho cuidado de no errar.

Ahora bien, el principal y más frecuente error que puede encontrarse en ellos consiste en juzgar que

las ideas que están en mí son semejantes o conformes a cosas que están fuera de mí, pues si

considerase las ideas sólo como ciertos modos de mi pensamiento, sin pretender referirlas a alguna

cosa exterior, apenas podrían darme ocasión de errar. Pues bien, de esas ideas, unas me parecen

nacidas conmigo, otras extrañas y venidas de fuera, y otras hechas e inventadas por mí mismo. Pues

tener la facultad de concebir lo que es en general una cosa, o una verdad, o un pensamiento, me

parece proceder únicamente de mi propia naturaleza; pero si oigo ahora un ruido, si veo el sol, si

siento calor, he juzgado hasta el presente que esos sentimientos procedían de ciertas cosas existentes

fuera de mí; y, por último, me parece que las sirenas, los hipogrifos y otras quimeras de ese género,

son ficciones e invenciones de mi espíritu. Pero también podría persuadirme de que todas las ideas

son del género de las que llamo extrañas y venidas de fuera, o de que han nacido todas conmigo, o

de que todas han sido hechas por mí, pues aún no he descubierto su verdadero origen. Y lo que

principalmente debo hacer, en este lugar, es considerar, respecto de aquellas que me parecen

proceder de ciertos objetos que están fuera de mí, qué razones me fuerzan a creerlas semejantes a

esos objetos. La primera de esas razones es que parece enseñármelo la naturaleza; y la segunda, que

experimento en mí mismo que tales ideas no dependen de mi voluntad, pues a menudo se me

presentan a pesar mío, como ahora, quiéralo o no, siento calor, y por esta causa estoy persuadido de

que este sentimiento o idea del calor es producido en mí por algo diferente de mí, a saber, por el

calor del fuego junto al cual me hallo sentado. Y nada veo que me parezca más razonable que juzgar

que esa cosa extraña me envía e imprime en mí su semejanza, más bien que otra cosa cualquiera.

Ahora tengo que ver si esas razones son lo bastante fuertes y convincentes. Cuando digo que me

parece que la naturaleza me lo enseña, por la palabra Anaturaleza@ entiendo sólo cierta inclinación

que me lleva a creerlo, y no una luz natural que me haga conocer que es verdadero. Ahora bien, se

trata de dos cosas muy distintas entre sí; pues no podría poner en duda nada de lo que la luz natural

me hace ver como verdadero: por ejemplo, cuando antes me enseñaba que del hecho de dudar yo

podía concluir mi existencia. Porque, además, no tengo ninguna otra facultad o potencia para

distinguir lo verdadero de lo falso, que pueda enseñarme que no es verdadero lo que la luz natural

me muestra como tal, y en la que pueda fiar como fío en la luz natural. Mas por lo que toca a esas

inclinaciones que también me parecen naturales, he notado a menudo que, cuando se trataba de

elegir entre virtudes y vicios, me han conducido al mal tanto como al bien: por ello, no hay razón

tampoco para seguirlas cuando se trata de la verdad y la falsedad. En cuanto a la otra razón Cla de

que esas ideas deben proceder de fuera, pues no dependen de mi voluntadC, tampoco la encuentro

convincente. Puesto que, al igual que esas inclinaciones de las que acabo de hablar se hallan en mí,

pese a que no siempre concuerden con mi voluntad, podría también ocurrir que haya en mí, sin yo

conocerla, alguna facultad o potencia, apta para producir esas ideas sin ayuda de cosa exterior; y, en

efecto, me ha parecido siempre hasta ahora que tales ideas se forman en mí, cuando duermo, sin el

auxilio de los objetos que representan. Y en fin, aun estando yo conforme con que son causadas por

esos objetos, de ahí no se sigue necesariamente que deban asemejarse a ellos. Por el contrario, he

notado a menudo, en muchos casos, que había gran diferencia entre el objeto y su idea. Así, por

ejemplo, en mi espíritu encuentro dos ideas del sol muy diversas; una toma su origen de los sentidos,

y debe situarse en el género de las que he dicho vienen de fuera; según ella, el sol me parece

pequeño en extremo; la otra proviene de las razones de la astronomía, es decir, de ciertas nociones

nacidas conmigo, o bien ha sido elaborada por mí de algún modo: según ella, el sol me parece varias

veces mayor que la tierra. Sin duda, esas dos ideas que yo formo del sol no pueden ser, las dos,

semejantes al mismo sol; y la razón me impele a creer que la que procede inmediatamente de su

apariencia es, precisamente, la que le es más disímil. Todo ello bien me demuestra que, hasta el

momento, no ha sido un juicio cierto y bien pensado, sino sólo un ciego y temerario impulso, lo que

me ha hecho creer que existían cosas fuera de mí, diferentes de mí, y que, por medio de los órganos

de mis sentidos, o por algún otro, me enviaban sus ideas o imágenes, e imprimían en mí sus

semejanzas. Mas se me ofrece aún otra vía para averiguar si, entre las cosas cuyas ideas tengo en mí,

hay algunas que existen fuera de mí. Es a saber: si tales ideas se toman sólo en cuanto que son

ciertas maneras de pensar no reconozco entre ellas diferencias o desigualdad alguna, y todas parecen

proceder de mí de un mismo modo; pero, al considerarlas como imágenes que representan unas una

cosa y otras otra, entonces es evidente que son muy distintas unas de otras. En efecto, las que me

representan substancias son sin duda algo más, y contienen (por así decirlo) más realidad objetiva, es

decir, participan, por representación, de más grados de ser o perfección que aquellas que me

representan sólo modos o accidentes. Y más aún: la idea por la que concibo un Dios supremo,

eterno, infinito, inmutable, omnisciente, omnipotente y creador universal de todas las cosas que

están fuera de él, esa idea CdigoC ciertamente tiene en sí más realidad objetiva que las que me

representan substancias finitas. Ahora bien, es cosa manifiesta, en virtud de la luz natural, que debe

haber por lo menos tanta realidad en la causa eficiente y total como en su efecto: pues )de dónde

puede sacar el efecto su realidad, si no es de la causa? )Y cómo podría esa causa comunicársela, si

no la tuviera ella misma? Y de ahí se sigue, no sólo que la nada no podría producir cosa alguna, sino

que lo más perfecto, es decir, lo que contiene más realidad, no puede provenir de lo menos perfecto.

Y esta verdad no es sólo clara y evidente en aquellos efectos dotados de esa realidad que los

filósofos llaman actual o formal, sino también en las ideas, donde sólo se considera la realidad que

llaman objetiva. Por ejemplo, la piedra que aún no existe no puede empezar a existir ahora si no es

producida por algo que tenga en sí formalmente o eminentemente todo lo que entra en la

composición de la piedra (es decir, que contenga en sí las mismas cosas, u otras más excelentes, que

las que están en la piedra); y el calor no puede ser producido en un sujeto privado de él, si no es por

una cosa que sea de un orden, grado o género al menos tan perfecto como lo es el calor; y así las

demás cosas. Pero además de eso, la idea del calor o de la piedra no puede estar en mí si no ha sido

puesta por alguna causa que contenga en sí al menos tanta realidad como la que concibo en el calor o

en la piedra. Pues aunque esa causa no transmita a mi idea nada de su realidad actual o formal, no

hay que juzgar por ello que esa causa tenga que ser menos real, sino que debe saberse que, siendo

toda idea obra del espíritu, su naturaleza es tal que no exige de suyo ninguna otra realidad formal

que la que recibe del pensamiento, del cual es un modo. Pues bien, para que una idea contenga tal

realidad objetiva más bien que tal otra, debe haberla recibido, sin duda, de alguna causa, en la cual

haya tanta realidad formal, por lo menos, cuanta realidad objetiva contiene la idea. Pues si

suponemos que en la idea hay algo que no se encuentra en su causa, tendrá que haberlo recibido de

la nada; mas, por imperfecto que sea el modo de ser según el cual una cosa está objetivamente o por

representación en el entendimiento, mediante su idea, no puede con todo decirse que ese modo de

ser no sea nada, ni, por consiguiente, que esa idea tome su origen de la nada. Tampoco debo suponer

que, siendo sólo objetiva la realidad considerada en esas ideas, no sea necesario que la misma

realidad esté formalmente en las causas de ellas, ni creer que basta con que esté objetivamente en

dichas causas; pues, así como el modo objetivo de ser compete a las ideas por su propia naturaleza,

así también el modo formal de ser compete a las causas de esas ideas (o por lo menos a las primeras

y principales) por su propia naturaleza. Y aunque pueda ocurrir que de una idea nazca otra idea, ese

proceso no puede ser infinito, sino que hay que llegar finalmente a una idea primera, cuya causa sea

como un arquetipo, en el que esté formal y efectivamente contenida toda la realidad o perfección que

en la idea está sólo de modo objetivo o por representación. De manera que la luz natural me hace

saber con certeza que las ideas son en mí como cuadros o imágenes, que pueden con facilidad ser

copias defectuosas de las cosas, pero que en ningún caso pueden contener nada mayor o más

perfecto que éstas. Y cuanto más larga y atentamente examino todo lo anterior, tanto más clara y

distintamente conozco que es verdad. Mas, a la postre, )qué conclusión obtendré de todo ello? Ésta,

a saber: que, si la realidad objetiva de alguna de mis ideas es tal que yo pueda saber con claridad que

esa realidad no está en mí formal ni eminentemente (y, por consiguiente, que yo no puedo ser causa

de tal idea), se sigue entonces necesariamente de ello que no estoy solo en el mundo, y que existe

otra cosa, que es causa de esa idea; si, por el contrario, no hallo en mí una idea así, entonces careceré

de argumentos que puedan darme certeza de la existencia de algo que no sea yo, pues los he

examinado todos con suma diligencia, y hasta ahora no he podido encontrar ningún otro. Ahora bien:

entre mis ideas, además de la que me representa a mí mismo (y que no ofrece aquí dificultad alguna),

hay otra que me representa a Dios, y otras a cosas corpóreas e inanimadas, ángeles, animales y otros

hombres semejantes a mí mismo. Mas, por lo que atañe a las ideas que me representan otros

hombres, o animales, o ángeles, fácilmente concibo que puedan haberse formado por la mezcla y

composición de las ideas que tengo de las cosas corpóreas y de Dios, aun cuando fuera de mí no

hubiese en el mundo ni hombres, ni animales, ni ángeles. Y, tocante a las ideas de las cosas

corpóreas, nada me parece haber en ellas tan excelente que no pueda proceder de mí mismo; pues si

las considero más a fondo y las examino como ayer hice con la idea de la cera, advierto en ellas muy

pocas cosas que yo conciba clara y distintamente; a saber: la magnitud, o sea, la extensión en

longitud, anchura y profundidad; la figura, formada por los límites de esa extensión; la situación que

mantienen entre sí los cuerpos diversamente delimitados; el movimiento, o sea, el cambio de tal

situación; pueden añadirse la substancia, la duración y el número. En cuanto las demás cosas, como

la luz, los colores, los sonidos, los olores, los sabores, el calor, el frío y otras cualidades perceptibles

por el tacto, todas ellas están en mi pensamiento con tal oscuridad y confusión, que hasta ignoro si

son verdaderas o falsas y meramente aparentes, es decir, ignoro si las ideas que concibo de dichas

cualidades son, en efecto, ideas de cosas reales o bien representan tan sólo seres quiméricos, que no

pueden existir. Pues aunque más arriba haya yo notado que sólo en los juicios puede encontrarse

falsedad propiamente dicha, en sentido formal, con todo, puede hallarse en las ideas cierta falsedad

material, a saber: cuando representan lo que no es nada como si fuera algo. Por ejemplo, las ideas

que tengo del frío y el calor son tan poco claras y distintas, que mediante ellas no puedo discernir si

el frío es sólo una privación de calor, o el calor una privación de frío, o bien si ambas son o no

cualidades reales; y por cuanto, siendo las ideas como imágenes, no puede haber ninguna que no

parezca representarnos algo, si es cierto que el frío es sólo privación de calor, la idea que me lo

represente como algo real y positivo podrá, no sin razón, llamarse falsa, y lo mismo sucederá con

ideas semejantes. Y por cierto, no es necesario que atribuya a esas ideas otro autor que yo mismo;

pues si son falsas Ces decir, si representan cosas que no existenC la luz natural me hace saber que

provienen de la nada, es decir, que si están en mí es porque a mi naturaleza Cno siendo perfectaC le

falta algo; y si son verdaderas, como de todas maneras tales ideas me ofrecen tan poca realidad que

ni llego a discernir con claridad la cosa representada del no ser, no veo por qué no podría haberlas

producido yo mismo. En cuanto a las ideas claras y distintas que tengo de las cosas corpóreas, hay

algunas que me parece he podido obtener de la idea que tengo de mí mismo; así, las de substancia,

duración, número y otras semejantes. Pues cuando pienso que la piedra es una substancia, o sea, una

cosa capaz de existir por sí, dado que yo soy una substancia, y aunque sé muy bien que soy una cosa

pensante y no extensa (habiendo así entre ambos conceptos muy gran diferencia), las dos ideas

parecen concordar en que representan substancias. Asimismo, cuando pienso que existo ahora, y me

acuerdo además de haber existido antes, y concibo varios pensamientos cuyo número conozco,

entonces adquiero las ideas de duración y número, las cuales puedo luego transferir a cualesquiera

otras cosas. Por lo que se refiere a las otras cualidades de que se componen las ideas de las cosas

corpóreas Ca saber: la extensión, la figura, la situación y el movimientoC, cierto es que no están

formalmente en mí, pues no soy más que una cosa que piensa; pero como son sólo ciertos modos de

la substancia (a manera de vestidos con que se nos aparece la substancia), parece que pueden estar

contenidas en mí eminentemente.

Así pues, sólo queda la idea de Dios, en la que debe considerarse si hay algo que no pueda proceder

de mí mismo. Por ADios@ entiendo una substancia infinita, eterna, inmutable, independiente,

omnisciente, omnipotente, que me ha creado a mí mismo y a todas las demás cosas que existen (si es

que existe alguna). Pues bien, eso que entiendo por Dios es tan grande y eminente, que cuanto más

atentamente lo considero menos convencido estoy de que una idea así pueda proceder sólo de mí. Y,

por consiguiente, hay que concluir necesariamente, según lo antedicho, que Dios existe. Pues,

aunque yo tenga la idea de substancia en virtud de ser yo una substancia, no podría tener la idea de

una substancia infinita, siendo yo finito, si no la hubiera puesto en mí una substancia que

verdaderamente fuese infinita. Y no debo juzgar que yo no concibo el infinito por medio de una

verdadera idea, sino por medio de una mera negación de lo finito (así como concibo el reposo y la

oscuridad por medio de la negación del movimiento y la luz): pues, al contrario, veo

manifiestamente que hay más realidad en la substancia infinita que en la finita y, por ende, que, en

cierto modo, tengo antes en mí la noción de lo infinito que la de lo finito: antes la de Dios que la de

mí mismo. Pues )cómo podría yo saber que dudo y que deseo, es decir, que algo me falta y que no

soy perfecto, si no hubiese en mí la idea de un ser más perfecto, por comparación con el cual

advierto la imperfección de mi naturaleza? Y no puede decirse que acaso esta idea de Dios es

materialmente falsa y puede, por tanto, proceder de la nada (es decir, que acaso esté en mí por

faltarme a mí algo, según dije antes de las ideas de calor y frío, y de otras semejantes); al contrario,

siendo esta idea muy clara y distinta y conteniendo más realidad objetiva que ninguna otra, no hay

idea alguna que sea por sí misma más verdadera, ni menos sospechosa de error y falsedad. Digo que

la idea de ese ser sumamente perfecto e infinito es absolutamente verdadera; pues, aunque acaso

pudiera fingirse que un ser así no existe, con todo, no puede fingirse que su idea no me representa

nada real, como dije antes de la idea de frío. Esa idea es también muy clara y distinta, pues que

contiene en sí todo lo que mi espíritu concibe clara y distintamente como real y verdadero, y todo lo

que comporta alguna perfección. Y eso no deja de ser cierto, aunque yo no comprenda lo infinito, o

aunque haya en Dios innumerables cosas que no pueda yo entender, y ni siquiera alcanzar con mi

pensamiento: pues es propio de la naturaleza de lo infinito que yo, siendo finito, no pueda

comprenderlo. Y basta con que entienda esto bien, y juzgue que todas las cosas que concibo

claramente, y en las que sé que hay alguna perfección, así como acaso también infinidad de otras que

ignoro, están en Dios formalmente o eminentemente, para que la idea que tengo de Dios sea la más

verdadera, clara y distinta de todas. Mas podría suceder que yo fuese algo más de lo que pienso, y

que todas las perfecciones que atribuyo a la naturaleza de Dios estén en mí, de algún modo, en

potencia, si bien todavía no manifestadas en el acto. Y en efecto, estoy experimentando que mi

conocimiento aumenta y se perfecciona poco a poco, y nada veo que pueda impedir que aumente

más y más hasta el infinito, y, así acrecentado y perfeccionado, tampoco veo nada que me impida

adquirir por su medio todas las demás perfecciones de la naturaleza divina; y, en fin, parece

asimismo que, si tengo el poder de adquirir esas perfecciones, tendría también el de producir sus

ideas. Sin embargo, pensándolo mejor, reconozco que eso no puede ser. En primer lugar, porque,

aunque fuera cierto que mi conocimiento aumentase por grados sin cesar y que hubiese en mi

naturaleza muchas cosas en potencia que aún no estuviesen en acto, nada de eso, sin embargo, atañe

ni aun se aproxima a la idea que tengo de la divinidad, en cuya idea nada hay en potencia, sino que

todo está en acto. Y hasta ese mismo aumento sucesivo y por grados argüiría sin duda imperfección

en mi conocimiento. Más aún: aunque mi conocimiento aumentase más y más, con todo no dejo de

conocer que nunca podría ser infinito en acto, pues jamás llegará a tan alto grado que no sea capaz

de incremento alguno. En cambio, a Dios lo concibo infinito en acto, y en tal grado que nada puede

añadirse a su perfección. Y, por último, me doy cuenta de que el ser objetivo de una idea no puede

ser producido por un ser que existe sólo en potencia Cel cual, hablando con propiedad, no es nadaC,

sino sólo por un ser en acto, o sea, formal. Ciertamente, nada veo en todo cuanto acabo de decir que

no sea facilísimo de conocer, en virtud de la luz natural, a todos los que quieran pensar en ello con

cuidado. Pero cuando mi atención se afloja, oscurecido mi espíritu y como cegado por las imágenes

de las cosas sensibles, olvida fácilmente la razón por la cual la idea que tengo de un ser más perfecto

que yo debe haber sido puesta necesariamente en mí por un ser que, efectivamente, sea más perfecto.

Por ello pasaré adelante, y consideraré si yo mismo, que tengo esa idea de Dios, podría existir, en el

caso de que no hubiera Dios. Y pregunto: )de quién habría recibido mi existencia? Pudiera ser que

de mí mismo, o bien de mis padres, o bien de otras causas que, en todo caso, serían menos perfectas

que Dios, pues nada puede imaginarse más perfecto que Él, y ni siquiera igual a Él. Ahora bien: si

yo fuese independiente de cualquier otro, si yo mismo fuese el autor de mi ser, entonces no dudaría

de nada, nada desearía, y ninguna perfección me faltaría, pues me habría dado a mí mismo todas

aquellas de las que tengo alguna idea: y así, yo sería Dios. Y no tengo por qué juzgar que las cosas

que me faltan son acaso más difíciles de adquirir que las que ya poseo; al contrario, es, sin duda,

mucho más difícil que yo Cesto es, una cosa o substancia pensanteC haya salido de la nada, de lo que

sería la adquisición, por mi parte, de muchos conocimientos que ignoro, y que al cabo no son sino

accidentes de esa substancia. Y si me hubiera dado a mí mismo lo más difícil, es decir, mi existencia,

no me hubiera privado de lo más fácil, a saber: de muchos conocimientos de que mi naturaleza no se

halla provista; no me habría privado, en fin, de nada de lo que está contenido en la idea que tengo de

Dios, puesto que ninguna otra cosa me parece de más difícil adquisición; y si hubiera alguna más

difícil, sin duda me lo parecería (suponiendo que hubiera recibido de mí mismo las demás cosas que

poseo), pues sentiría que allí terminaba mi poder. Y no puedo hurtarme a la fuerza de un tal

razonamiento mediante la suposición de que he sido siempre tal cual soy ahora, como si de ello se

siguiese que no tengo por qué buscarle autor alguno a mi existencia. Pues el tiempo todo de mi vida

puede dividirse en innumerables partes, sin que ninguna de ellas dependa en modo alguno de las

demás; y así, de haber yo existido un poco antes no se sigue que deba existir ahora, a no ser que en

este mismo momento alguna causa me produzca y Cpor decirlo asíC me cree de nuevo, es decir, me

conserve. En efecto, a todo el que considere atentamente la naturaleza del tiempo, resulta clarísimo

que una substancia, para conservarse en todos los momentos de su duración, precisa de la misma

fuerza y actividad que sería necesaria para producirla y crearla en el caso de que no existiese. De

suerte que la luz natural nos hace ver con claridad que conservación y creación difieren sólo respecto

de nuestra manera de pensar, pero no realmente. Así pues, sólo hace falta aquí que me consulte a mí

mismo, para saber si poseo algún poder en cuya virtud yo, que existo ahora, exista también dentro de

un instante; ya que, no siendo yo más que una cosa que piensa (o, al menos, no tratándose aquí, hasta

ahora, más que de esta parte de mí mismo), si un tal poder residiera en mí, yo debería por lo menos

pensarlo y ser consciente de él; pues bien, no es así, y de este modo sé con evidencia que dependo de

algún ser diferente de mí. Quizá pudiera ocurrir que ese ser del que dependo no sea Dios, y que yo

haya sido producido, o bien por mis padres, o bien por alguna otra causa menos perfecta que Dios.

Pero ello no puede ser, pues, como ya he dicho antes, es del todo evidente que en la causa debe

haber por lo menos tanta realidad como en el efecto. Y entonces, puesto que soy una cosa que

piensa, y que tengo en mí una idea de Dios, sea cualquiera la causa que se le atribuya a mi

naturaleza, deberá ser en cualquier caso, asimismo, una cosa que piensa, y poseer en sí la idea de

todas las perfecciones que atribuyo a la naturaleza divina. Ulteriormente puede indagarse si esa

causa toma su origen y existencia de sí misma o de alguna otra cosa. Si la toma de sí misma, se

sigue, por las razones antedichas, que ella misma ha de ser Dios, pues teniendo el poder de existir

por sí, debe tener también, sin duda, el poder de poseer actualmente todas las perfecciones cuyas

ideas concibe, es decir, todas las que yo concibo como dadas en Dios. Y si toma su existencia de

alguna otra causa distinta de ella, nos preguntaremos de nuevo, y por igual razón, si esta segunda

causa existe por sí o por otra cosa, hasta que de grado en grado lleguemos por último a una causa

que resultará ser Dios. Y es muy claro que aquí no puede procederse al infinito, pues no se trata

tanto de la causa que en otro tiempo me produjo, como de la que al presente me conserva. Tampoco

puede fingirse aquí que acaso varias causas parciales hayan concurrido juntas a mi producción, y que

de una de ellas haya recibido yo la idea de una de las perfecciones que atribuyo a Dios, y de otra la

idea de otra, de manera que todas esas perfecciones se hallan, sin duda, en algún lugar del universo,

pero no juntas y reunidas en una sola {causa} que sea Dios. Pues, muy al contrario, la unidad,

simplicidad o inseparabilidad de todas las cosas que están en Dios, es una de las principales

perfecciones que en Él concibo; y, sin duda, la idea de tal unidad y reunión de todas las perfecciones

en Dios no ha podido ser puesta en mí por causa alguna, de la cual no haya yo recibido también las

ideas de todas las demás perfecciones. Pues ella no puede habérmelas hecho comprender como

juntas e inseparables, si no hubiera procedido de suerte que yo supiese cuáles eran, y en cierto modo

las conociese. Por lo que atañe, en fin, a mis padres, de quienes parece que tomo mi origen, aunque

sea cierto todo lo que haya podido creer acerca de ellos, eso no quiere decir que sean ellos los que

me conserven, ni que me hayan hecho y producido en cuanto que soy una cosa que piensa, puesto

que sólo han afectado de algún modo a la materia, dentro de la cual pienso estar encerrado yo, es

decir, mi espíritu, al que identifico ahora conmigo mismo. Por tanto, no puede haber dificultades en

este punto, sino que debe concluirse necesariamente, del solo hecho de que existo y de que hay en

mí la idea de un ser sumamente perfecto (esto es, de Dios), que la existencia de Dios está

demostrada con toda evidencia. Sólo me queda por examinar de qué modo he adquirido esa idea.

Pues no la he recibido de los sentidos, y nunca se me ha presentado inesperadamente, como las ideas

de las cosas sensibles, cuando tales cosas se presentan, o parecen hacerlo, a los órganos externos de

mis sentidos. Tampoco es puro efecto o ficción de mi espíritu, pues no está en mi poder aumentarla o

disminuirla en cosa alguna. Y, por consiguiente, no queda sino decir que, al igual que la idea de mí

mismo, ha nacido conmigo a partir del momento mismo en que yo he sido creado. Y nada tiene de

extraño que Dios, al crearme, haya puesto en mí esa idea para que sea como el sello del artífice,

impreso en su obra; y tampoco es necesario que ese sello sea algo distinto que la obra misma. Sino

que, por sólo haberme creado, es de creer que Dios me ha producido, en cierto modo, a su imagen y

semejanza, y que yo concibo esta semejanza (en la cual se halla contenida la idea de Dios) mediante

la misma facultad por la que me percibo a mí mismo; es decir, que cuando reflexiono sobre mí

mismo, no sólo conozco que soy una cosa imperfecta, incompleta y dependiente de otro, que tiende

y aspira sin cesar a algo mejor y mayor de lo que soy, sino que también conozco, al mismo tiempo,

que aquel de quien dependo posee todas esas cosas grandes a las que aspiro, y cuyas ideas encuentro

en mí; y las posee no de manera indefinida y sólo en potencia, sino de un modo efectivo, actual e

infinito, y por eso es Dios. Y toda la fuerza del argumento que he empleado para probar la existencia

de Dios consiste en que reconozco que sería imposible que mi naturaleza fuera tal cual es, o sea, que

yo tuviese la idea de Dios, si Dios no existiera realmente: ese mismo Dios, digo, cuya idea está en

mí, es decir, que posee todas esas altas perfecciones, de las que nuestro espíritu puede alcanzar

alguna noción, aunque no las comprenda por entero, y que no tiene ningún defecto ni nada que sea

señal de imperfección. Por lo que es evidente que no puede ser engañador, puesto que la luz natural

nos enseña que el engaño depende de algún defecto. Pero antes de examinar esto con más cuidado, y

de pasar a la consideración de las demás verdades que pueden colegirse de ello, me parece oportuno

detenerme algún tiempo a contemplar este Dios perfectísimo, apreciar debidamente sus maravillosos

atributos, considerar, admirar y adorar la incomparable belleza de esta inmensa luz, en la medida, al

menos, que me lo permita la fuerza de mi espíritu. Pues, enseñándonos la fe que la suprema felicidad

de la vida no consiste sino en esa contemplación de la majestad divina, experimentamos ya que una

meditación como la presente, aunque incomparablemente menos perfecta, nos hace gozar del mayor

contento que es posible en esta vida.

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