Utopía de Tomás Moro, el filósofo José Luis Galimidi explica que el adjetivo ‘utópica’ se utiliza con frecuencia para “cualificar una situación que se considera valiosa, deseable y factible, aunque de realización muy difícil o improbable”






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títuloUtopía de Tomás Moro, el filósofo José Luis Galimidi explica que el adjetivo ‘utópica’ se utiliza con frecuencia para “cualificar una situación que se considera valiosa, deseable y factible, aunque de realización muy difícil o improbable”
fecha de publicación07.07.2015
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Rebelión en la Granja: La degeneración de una utopía revolucionaria
1. De la utopía a la distopía
En la introducción a una de las ediciones argentinas de Utopía de Tomás Moro, el filósofo José Luis Galimidi explica que el adjetivo ‘utópica’ se utiliza con frecuencia para “cualificar una situación que se considera valiosa, deseable y factible, aunque de realización muy difícil o improbable”.1 Justamente, ‘utopía’ podría traducirse literalmente como ‘no lugar’, es decir que lo utópico encierra lo imposible o inexistente. De todos modos, en el uso habitual, como bien señala Galimidi, esa imposibilidad intrínseca a la acepción original de la palabra suele trastocarse por una alta improbabilidad que implica, aunque sea mínima, la posibilidad de alcanzar ese ‘no lugar’ ideal, paradigma superador de la defectuosa realidad cotidiana.

Es así que, al proponer, siguiendo el ejemplo del autor, una ‘utopía revolucionaria’, la factibilidad de ésta dependerá de:
Querer significar que se debe tratar de cambiar radicalmente el orden de las cosas para lograr una sociedad óptima, que hoy, por el peso oprimente de lo establecido, distorsiona la percepción de las relaciones de fuerza y, en general, del potencial humano, y entonces aparece como irrealizable.2
Puede afirmarse que Rebelión en la Granja trata, precisamente, de una utopía revolucionaria o, más bien, de la degeneración de una utopía revolucionaria. Cuando, poco antes de morir, el cerdo Mayor, por edad y sabiduría una suerte de líder entre los animales, los alecciona sobre cuán injusto es el orden imperante de explotación de parte del ser humano hacia las bestias y cómo, mediante la revolución, el deshacerse del hombre los llevaría a una época dorada en la que serían libres y ricos, lo que hace es instalar con fuerza la idea de que aquello que se da por verdadero, es decir, la explotación y el maltrato, el “peso oprimente de los establecido”, en realidad es una sombra que impide a los animales darse cuenta de su propio potencial, alcanzar la autoconciencia por medio de la cual lo inimaginable e irrealizable pasará a ser deseable y posible.

Es así como, con los cerdos a la cabeza, los animales adquieren esa conciencia que, indirectamente, los lleva a sublevarse. Si bien el levantamiento ocurre luego de que Jones, dueño de la Granja Manor, donde transcurren los hechos, olvidara alimentarlos, no puede decirse que esa sea la causa de la rebelión, en tanto hay razones de sobra para creer que no era la primera vez que Jones no les daba de comer. ¿Qué cambió, entonces, respecto a todas las anteriores vejaciones a las que los animales habían sido sometidos? Sin dudas, el discurso de Mayor, la educación promovida por los inteligentes cerdos, la comprensión del significado detrás de los versos de Bestias de Inglaterra, les hizo entender, en muchos casos, tal vez, de una forma casi visceral, impulsiva, que no tenían por qué seguir soportando la humillación y el maltrato porque la que había sido su realidad hasta entonces ya no era la única realidad.

La mención a una “casi visceralidad” en la reacción revolucionaria de buena parte de los animales se debe a que no todos ellos lograron el mismo nivel de conciencia de sí mismos como clase sustancialmente distinta de los humanos. Son los cerdos los que comprenden en su totalidad el mensaje final de Mayor, los autores de la doctrina del Animalismo, de los siete Mandamientos de cumplimiento obligatorio; son ellos quienes se erigirán como administradores de la ahora llamada Granja Animal. En definitiva, los cerdos son los encargados de adoctrinar a los demás animales, no sin ciertas dificultades:
Al comienzo encontraron mucha estupidez y apatía. Algunos animales hablaron del deber de lealtad hacia el señor Jones, a quien llamaban ‘Amo’, o hacían observaciones elementales como: ‘El señor Jones nos da de comer’; ‘Si él no estuviera nos moriríamos de hambre’. (…)

Los discípulos más leales eran los caballos de tiro Boxer y Clover. Ambos tenían gran dificultad en formar su propio juicio, pero desde que aceptaron a los cerdos como maestros, asimilaban todo lo que se les decía y lo transmitían a los demás animales mediante argumentos sencillos.3
Este punto es esencial ya que los cerdos adquieren una posición dominante que, en general, las demás bestias no cuestionan (es obvio que los puercos son más inteligentes), lo que, en consecuencia, las coloca en una situación de dependencia respecto a aquellos: dependen de los cerdos para comprender cabalmente las enseñanzas de Mayor, y por ende, para alcanzar esa conciencia de sí que los libere, primero intelectualmente, luego físicamente, del yugo del statu quo, por lo que esa conciencia termina tamizada y, en parte, impuesta por los cerdos. Esto explica por qué fracasa la utopía-Granja Animal, por qué degenera en una nueva tiranía.
2. Círculo vicioso

Platón plantea como fin en La República una convivencia pacífica entre las clases, compuestas por individuos con cualidades naturales que los definen como pertenecientes a tal o cual estamento:
Sois, pues, hermanos todos cuantos habitáis en la ciudad (…); pero, al formaros los dioses, hicieron entrar oro en la composición de cuantos de vosotros están capacitados para mandar, por lo cual valen más que ninguno; plata, en la de los auxiliares, y bronce y hierro en la de los labradores y demás artesanos.4
Es por ello que el filósofo concibe a la aristocracia, el ‘gobierno de los mejores’, aquellos con oro en sus almas, como la forma ideal. El problema es que, en el mundo real, mientras no se elimine la discordia entre clases, se producirá siempre un círculo vicioso de tipos de gobierno. Así, la aristocracia degenera en oligarquía (ricos oprimen a los pobres), que a su vez, a causa de la opresión, trae una democracia, en la que, según Platón, los pobres viven de los más poderosos y están en situación de gobernar personas naturalmente no aptas. La salida es a través de una tiranía la cual, por su brutalidad, lleva otra vez a la discordia y al punto de partida, la oligarquía, donde el ciclo vuelve a comenzar.

Rebelión en la Granja produce su propio círculo vicioso (con variantes respecto al platónico), aunque se trata de uno incompleto. La tiranía del granjero Jones (que, en un contexto más amplio, podría ser considerada una oligarquía: los granjeros son los ‘ricos’, los dueños de la tierra y de los medios de producción. No es casual que los dueños de granjas vecinas intentaran recuperar para los humanos la Granja Animal: defendían sus intereses como clase gobernante oligárquica, los cuales se veían atacados aunque no fueran ellos los que perdieran sus posesiones en manos de los animales) conduce de a poco a una situación intolerable para aquellos a quienes oprime, los animales, y así se produce la revolución y el pasaje a una democracia en la que no hay, en principio, grupos privilegiados, según reza el séptimo mandamiento: “Todos los animales son iguales”.5

Sin embargo, esa democracia (despojada aquí de la significación negativa que le atribuye Platón) va degenerando en la oligarquía de los cerdos, quienes se aprovechan de su mayor educación, van acaparando la mejor y más abundante comida, las mejores camas, los trabajos menos duros; y ante cualquier indicio de duda o protesta de parte de las demás bestias, recurren al poder coercitivo de la jauría de feroces perros amaestrados por el puerco-líder Napoleón, aunque siempre se busca persuadir antes por medio de la palabra del orador Squealer.

El semi-analfabetismo de las mayorías (y la apatía en el caso del inteligente burro Benjamín) les permite modificar la historia, creencias y reglas de la granja según su conveniencia como nueva clase dominante. De esta forma, cuando la vieja yegua Clover empieza a darse cuenta de las contradicciones de los cerdos, le pide a Benjamín que le lea la pared donde estaban inscriptos los siete mandamientos. Pero ahora, sólo había uno: “Todos los animales son iguales, pero algunos animales son más iguales que otros”.6

El círculo no se completa en tanto el final queda abierto: con asombro, los animales ven cómo los cerdos (que habían dejado de ser animales en tanto clase) se mimetizan con los humanos. Lo que no sabemos es qué ocurre después. ¿Será posible una nueva revolución y el pasaje a una nueva democracia?
3. Clases en pugna
En uno de sus múltiples aspectos, como se ha visto, la novela de Orwell puede entenderse según la lógica de la lucha de clases típica del marxismo. Aunque el proletariado que lucha contra la burguesía es, en este caso, campesinado y no clase obrera industrial, al igual que en la Revolución Rusa, de la cual Rebelión en la Granja es metáfora sin por ello reducirse sólo a eso.

Escriben Marx y Engels: “Estos obreros (…) son una mercancía como cualquier otro artículo de comercio, sujeta, por tanto, a todas las vicisitudes de la competencia, a todas las fluctuaciones del mercado”.7 Este carácter de los trabajadores queda explícito cuando se trata de animales de granja, que se compran y venden como cosas. Sin embargo, son varias las diferencias entre lo que exponen los teóricos del comunismo en el Manifiesto y cómo se dan las situaciones en la granja del libro, aparte de la ya mencionada, es decir, que la clase revolucionaria no es el proletariado industrial sino el campesinado.

En primer lugar, no se cumplen las etapas de desarrollo del proletariado en su lucha contra la burguesía. El alzamiento en lo de Jones se produce de improviso y, en buena medida, es por eso que es exitoso. En cambio, Marx y Engels plantean un levantamiento paulatino: al comienzo, unos pocos obreros aislados; después, los de una misma fábrica; luego, los del mismo oficio y localidad. Son, por lo tanto, una masa diseminada y disgregada que sólo se tornará compacta cuando la burguesía, para alcanzar sus fines políticos, ponga en movimiento al proletariado con el fin de combatir a sus enemigos (los de la burguesía). Entonces, el desarrollo industrial trae aparejado un aumento en la cantidad y concentración de los obreros, quienes están en una posición de alienación cada vez mayor respecto a la máquina; los choques entre ambos grupos se parecen cada vez más a conflictos de clase; se forman coaliciones de obreros en defensa del salario y la lucha estalla en sublevación.

También es interesante señalar que la revolución no se expande por otras granjas (países): si bien la idea original de Snowball, cerdo líder de la sublevación junto a Napoleón, era la de llevarla a las granjas vecinas y luego a toda Inglaterra (el mundo), una vez echado éste, se impone la idea de Napoleón y no se producen revoluciones análogas en otras granjas. El comercio y los buenos negocios que los cerdos establecieron con los establecimientos vecinos manejados por humanos de forma tan despótica como Jones lo hacía con la ex Granja Manor, fortalecieron la posición de los hombres dificultando (y desalentando) aún más la posibilidad de que otras bestias pudieran liberarse. Por consiguiente, queda demostrado que la ambición personal de los cerdos se impuso, al final, por encima de cualquier interés de clase o género (animal).

Otra diferencia importante pasa por la supuesta supresión de los antagonismos de clase al convertirse el proletariado en grupo dominante:
El Poder político, hablando propiamente, es la violencia organizada de una clase para la opresión de otra. Si en la lucha contra la burguesía el proletariado se constituye indefectiblemente en clase; si mediante la revolución se convierte en clase dominante, suprime por la fuerza las viejas relaciones de producción, suprime al mismo tiempo que estas relaciones de producción las condiciones para la existencia del antagonismo de clase y de las clases en general, y, por tanto, su propia dominación como clase.8
Por el contrario, en Rebelión en la Granja, cuando el proletariado (campesinado) se convierte en clase dominante, de manera paulatina se remarcan diferencias preexistentes que terminan en la transformación de uno de los grupos antes explotados, los cerdos, en explotadores de los demás animales, debido a que la ‘masa proletaria’ era en efecto muy heterogénea y, aunque bajo el anterior régimen coincidían en su carácter de explotados, siempre existieron diferencias entre las distintas bestias y aún dentro de cada especie (por ejemplo, cerdos como Mayor tenían el privilegio de llegar a viejos y ser reproductores, mientras que otros menos afortunados eran castrados y/o sacrificados por su carne); diferencias que se hicieron más patentes cuando se apoderaron de la granja.
4. Un contrato
Asimismo, ¿puede que exista alguna clase de pacto implícito entre las bestias que justifique el predominio de la raza porcina? Se ha visto que la ignorancia de las mayorías animales, sumada a la habilidad oratoria y, eventualmente, al poder coercitivo de los cerdos a través de los perros, ayuda a explicar la dominación de unos sobre otros.

Pero si nos atenemos a la concepción weberiana de la dominación, entendida como:
Un estado de cosas por el cual una voluntad manifiesta (‘mandato’) del ‘dominador’ o de los ‘dominadores’ influye sobre los actos de otros (del ‘dominado’ o de los ‘dominados’), de tal suerte que en un grado socialmente relevante estos actos tienen lugar como si los dominados hubieran adoptado por sí mismos y como máxima de su obrar el contenido del mandato (‘obediencia’).9
Entonces, los dominados, en algún punto, deben aceptar la autoridad de los cerdos basados en algo más que el temor a ser despedazados por los perros o en la simple admiración por su evidente mayor inteligencia. Ahí es donde aparece el ‘contrato’.

Los cerdos garantizan el funcionamiento ordenado de la granja, su administración, lo que a su vez es condición indispensable para la prosperidad de todos, para no morir de hambre; porque son los cerdos los únicos con la inteligencia y el conocimiento como para saber cómo y cuándo se debe sembrar y cosechar, cómo hacer para comerciar con las granjas vecinas y así obtener los insumos necesarios para el funcionamiento de la propia estancia. Los demás animales lo comprenden así (no sin la ‘ayuda’ de Squealer) y por eso ceden el control y, en consecuencia, parte de su libertad, a los cerdos, a cambio de la seguridad de que no morirán de hambre y de que Jones no regresará.

Se tiene, de este modo, “la transferencia mutua de un derecho”10 que es lo que los hombres llaman ‘contrato’, en palabras de Thomas Hobbes. Sólo que aquí se produce un abuso, debido a que las bestias, tras un primer período de prosperidad, terminan sometidos a una vida de duras labores y mala alimentación similar a la que padecían en tiempos de la Granja Manor.

Si se sigue al filósofo inglés, el pacto queda nulo, porque los puercos no cumplen con su parte. En este caso, no existe poder coercitivo común a ambas partes superpuesto “con el suficiente derecho y fuerza para obligar al cumplimiento”11: el poder coercitivo recae en manos de los cerdos, quienes construyen así un régimen basado, sólo en parte, como se ha visto, en el temor, pero sin libertad (Hobbes admite la posibilidad de un sistema fundamentado en el temor y que a su vez tenga libertad, siempre y cuando el poder represivo sea común y superpuesto a ambos pactantes), porque adquieren el rol doble como parte del contrato y, a la vez, como monopolio del poder establecido.
5. Falsa igualdad
Pese a todo, incluso a ciertas dudas que se van manifestando, como en el caso ya citado de la yegua Clover, los no-cerdos aceptan las circunstancias, convencidos de que la vida no puede ser peor que en la era Jones: ahora trabajan para sí mismos, para los animales, no para los humanos. Además, con el paso del tiempo, ya casi no quedan criaturas que hubieran participado de la rebelión, y las jóvenes generaciones no conocen otra realidad que la del dominio de los cerdos, así como los animales no conocían otra realidad que la del dominio de Jones (y de los seres humanos) antes de la revelación de Mayor.

Se produce, en definitiva, la degeneración de la utopía: el antiguo orden se reproduce; ya no es el hombre sino el cerdo el amo y señor, pero el cerdo se mimetiza con el hombre, camina en dos pies, usa ropa, bebe alcohol, duerme en cama, ya no es igual a los demás animales (como tampoco lo es el ser humano que, recuérdese, no deja de ser otro animal, desde el punto de vista biológico), ya no respeta los Mandamientos, los principios del Animalismo.

El secreto, tal vez, esté en que la igualdad nunca existió. Como se dijo antes, los no-humanos tenían en común ser parte del conjunto de los oprimidos y explotados por los humanos. Pero eso no quiere decir que fueran iguales: profundas diferencias marcaban a los distintos grupos (especies), diferencias que se hicieron más evidentes una vez que Jones, y con éste el poder del hombre, fue desalojado.

Los intereses individuales se impusieron por sobre una pretendida igualdad, una ficción bienpensante que soslayó el secreto de la convivencia entre distintos sin que haya explotados: la hospitalidad y el respeto hacia las diferencias.


1 Galimidi, José Luis. “Otras sociedades del pensamiento”. En: Moro, Tomás. Utopía. Buenos Aires: Colihue, 2009. XXXIX.

2 Op. cit. XL.

3 Orwell, George. Rebelión en la granja. Buenos Aires: Booket, 2010. 60 y 62.

4 Platón. La República, tomo II. Madrid: Instituto de Estudios Políticos, 1949. 55.

5 Orwell, George, op. cit. 68.

6 Op. cit. 171.

7 Marx, Karl y Friedrich Engels. Manifiesto Comunista. s/l, s/e, s/f. 30.

8 Op. cit. 50.

9 Weber, Max. “IX. Sociología de la dominación”. Economía y Sociedad. Buenos Aires: Fondo de Cultura Económica, 1964. 699.

10 Hobbes, Thomas. Leviatán 1. Buenos Aires: Página 12/Losada, s/f. 132.

11 Op. cit. 135.

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