Desmond Morris






descargar 0.65 Mb.
títuloDesmond Morris
página1/14
fecha de publicación03.07.2015
tamaño0.65 Mb.
tipoDocumentos
l.exam-10.com > Biología > Documentos
  1   2   3   4   5   6   7   8   9   ...   14


Comportamiento Íntimo





Desmond Morris



Titulo original:

INTIMATE BEHAVIOUR
Traducción de

JOSE Mª M. PARICIO
Portada de

R. MUNTAÑOLA
© 1971, Desmond Morris

1974. PLAZA 8 JANES. S. A. Editores

Virgen de Guadalupe. 21–33

Esplugas de Llobregat (Barcelona)
Printed In Spain

Impreso en España
Deposito Legal 6.629 – 1974

ISBN: S401–44103X
GRÁFICAS GUADA. S. A. – Virgen de Guadalupe, 33

Espluges de Llobregat (Barcelona)

INTRODUCCIÓN



Intimidad significa unión, y quiero dejar bien claro, desde el principio, que empleo esta palabra en su sentido literal. Por consiguiente, de acuerdo con este sentido, la intimidad se produce cuando dos individuos establecen contacto corporal. La naturaleza de este contacto, ya sea un apretón de manos o un coito, una palmada en la espalda o un cachete, una manicura o una operación quirúr­gica, constituye el objeto de este libro. Cuando dos per­sonas se tocan físicamente, algo especial se produce, y es este algo lo que he querido estudiar.

Para ello, he seguido el método del zoólogo experto en etologia, es decir, en la observación y el análisis del com­portamiento animal. En este caso, me he limitado al es­tudio del animal humano, imponiéndome la tarea de ob­servar lo que hace la gente: no lo que dice o lo que dice que hace, sino lo que hace en realidad.

El método es bastante sencillo –simplemente, mirar–, pero la tarea no es tan fácil como parece. Esto se debe a que a pesar de la autodisciplina, hay palabras que se em­peñan en entremeterse e ideas preconcebidas que se cru­zan reiteradamente en el camino. Es difícil, para el hom­bre adulto, observar un fragmento de comportamiento hu­mano como si lo viese por primera vez; pero esto es lo que debe intentar el etólogo, si quiere arrojar una nueva luz sobre el tema. Desde luego, cuanto más conocido y vulgar es el comportamiento, más se agrava el problema; además, cuanto más íntimo es el comportamiento, tanto más se llena de carga emocional, no sólo para sus actores, sino también para el observador.

Tal vez es esta la razón de que a pesar de su impor­tancia e interés, se hayan efectuado tan pocos estudios sobre las intimidades humanas corrientes. Es mucho más cómodo estudiar algo tan ajeno a la intervención huma­na como, por ejemplo, la costumbre del panda gigante de marcar el territorio por el olor, o la del acuchi verde de enterrar la comida, que examinar científica y objetivamente algo tan «conocido» como el abrazo humano, el beso de una madre o la caricia del amante. Pero, en un medio social cada día más apretado e impersonal, impor­ta muchísimo reconsiderar el valor de las relaciones per­sonales intimas, antes de vernos impulsados a formular la olvidada pregunta: « ¿Qué le ha pasado al amor?» Con frecuencia, los biólogos se muestran reacios a emplear la palabra «amor», como si ésta no reflejase más que una especie de romanticismo culturalmente inspirado. Pero el amor es un hecho biológico. Los goces emocionales, sub­jetivos y la angustia que le son inherentes, pueden ser profundos y misteriosos y difíciles de explicar científica­mente; pero los signos extremos del amor –los actos del amor– son perfectamente observables, y no hay ninguna razón para no estudiarlos como otro tipo cualquiera de comportamiento.

A veces se ha dicho que explicar el amor es destruirlo, pero esto es totalmente incierto. Según como se mira, es incluso un insulto al amor, al presumir que, como una cara vieja y maquillada, no puede resistir el escrutinio bajo una luz brillante. Y es que en el vigoroso proceso de formación de fuertes lazos afectivos entre los individuos no hay nada ilusorio. Es algo que compartimos con mi­llares de otras especies animales: en nuestras relaciones paterno-filiales, en nuestras relaciones sexuales y en nues­tras amistades más íntimas.

Nuestros encuentros íntimos incluyen elementos verba­les, visuales e incluso olfatorios, pero, por encima de todo, el amor significa tacto y contacto corporal. Con frecuen­cia hablamos de cómo hablamos, y a menudo tratamos de ver cómo vemos; pero, por alguna razón, raras veces tocamos el tema de cómo tocamos. Quizás el acto es tan fundamental –alguien lo llamó madre de los sentidos– que tendemos a darlo por cosa sabida. Por desgracia, y casi sin advertirlo, nos hemos vuelto progresivamente me­nos táctiles, más y más distantes, y la falta de contacto físico ha ido acompañada de un alejamiento emocional. Es como si el hombre educado moderno se hubiese pues­to una armadura emocional y con su mano de terciopelo en un guante de hierro, empezase a sentirse atrapado y aislado de los sentimientos de sus más próximos compa­ñeros.

Es hora de mirar más de cerca esta situación. Al ha­cerlo, procuraré reservarme mis opiniones y describir el comportamiento humano con la óptica objetiva del zoólo­go. Confío en que los hechos hablarán por sí solos, y que lo harán con bastante elocuencia para que el lector se forme sus propias conclusiones.

1

LAS RAICES DE LA INTIMIDAD
Como ser humano que es, usted puede comunicarse conmigo de muchas maneras. Yo puedo leer lo que usted escribe, escuchar las palabras que pronuncia, oír su risa y su llanto, mirar la expresión de su rostro, observar las ac­ciones que realiza, oler el perfume que lleva, y sentir su abrazo. En lenguaje vulgar, podemos referimos a estas in­teracciones diciendo que «establecemos contacto» o «man­tenemos contacto»; sin embargo, sólo la última involucra un contado corporal. Todas las demás se realizan a distan­cia. El empleo de palabras tales como «contacto» y «tacto» al referirnos a actividades tales con la escritura, la vocalización o las señales visuales, es, si lo consideramos objetivamente, extraño y bastante revelador. Es como si aceptásemos automáticamente que el contacto corporal es la forma más fundamental de comunicación. Hay otros ejemplos de esto. Así, hablamos con frecuen­cia de «tener el corazón en un puño», de –escenas que nos tocan en lo más «vivo» o de «sentimientos heridos», y deci­mos que un orador «tiene al público en la mano». En nin­guno de estos casos hay agarrón, tocamiento, sensación o manejo; pero esto parece no importar. El empleo de metá­foras de contacto físico es un medio eficaz de expresar las diversas emociones implicadas en diferentes contextos.

La explicación es bastante sencilla. En la primera infan­cia, antes de que supiésemos hablar o escribir, el contacto corporal fue un tema dominante. La interacción física directa con la madre tuvo una importancia suprema y nos dejó su marca. E incluso antes, dentro del claustro mater­no, antes de que pudiésemos, no ya hablar o escribir, sino ver u oler, fue un elemento aún más poderoso de nuestras vidas. Si queremos comprender las muchas maneras curiosas, y a veces fuertemente reprimidas, en que establecemos contactos físicos con otros durante la vida adulta, debe­mos empezar por volver a nuestros remotos orígenes, cuan­do no éramos más que embriones dentro del cuerpo de nuestras madres. Las intimidades del útero, que raras ve­ces tomamos en consideración, nos mudarán a comprender las intimidades de la infancia, de las que solemos pres­cindir porque las damos por sabidas, y las intimidades de la infancia nos ayudarán, al ser vistas y examinadas de nuevo, a explicar las intimidades de la vida adulta, que tan a menudo nos confunden, nos intrigan e incluso nos inquietan.

Las primerísimas impresiones que recibimos como se­res vivos, al flotar acurrucados dentro del muro protec­tor del útero materno, son sin duda sensaciones de íntimo contacto corporal. Por consiguiente, la principal ex­citación del sistema nervioso en desarrollo toma, en esta fase, la forma de variadas sensaciones de tacto, presión y movimiento. Toda la superficie de la piel del feto se baña en el tibio líquido uterino de la madre. Al crecer aquel y apretarse el cuerpo en desarrollo contra los teji­dos de la madre, el suave abrazo del saco uterino envol­vente se hace gradualmente más firme, estrechando más y más al feto a cada semana que transcurre. Además, a lo largo de todo este periodo, la criatura que se está de­sarrollando se ve sometida a la presión variable de la rítmica respiración de los pulmones de la madre y a un suave y regular movimiento de balanceo, cuando la ma­dre camina.

Cuando, en los tres últimos meses antes del nacimien­to, el embarazo toca ya a su fin el niño es también capaz de oír. Todavía no puede ver, ni gustar, ni oler; pero cosas que resuenan en la noche del claustro materno pue­den ser claramente detectadas. Si se produce un ruido fuerte y agudo cerca del vientre de la madre, la criatura se sobresalta. Su movimiento puede ser fácilmente regis­trado por instrumentos sensibles, o incluso ser lo bastan­te fuerte para que la madre lo sienta. Esto significa que durante este período, el niño es indudablemente capaz de oír el rítmico latido del corazón de la madre, 72 veces por minuto. Este quedará grabado como la principal se­ñal sonora de la vida intrauterina.

Estas son, pues, nuestras primeras y verdaderas expe­riencias vitales: flotar en un líquido tibio, permanecer acurrucados en un abrazo total, balancearnos con las os­cilaciones del cuerpo en movimiento y escuchar los latidos del corazón de la madre. Nuestra prolongada exposición a estas sensaciones, a falta de otros estímulos, dejan una huella duradera en nuestro cerebro, una impresión de se­guridad, de bienestar y de pasividad.

De pronto, esta dicha intrauterina se ve rápidamente destruida por lo que debe ser una de las experiencias más traumáticas de toda nuestra vida: el acto de nacer. En cuestión de horas, el útero se transforma de nido mulli­do, en violento y opresor saco de músculos, el músculo más vasto y poderoso de todo el cuerpo humano, inclui­dos los brazos de los atletas. El perezoso abrazo que era como un apretón cariñoso se convierte en una constric­ción aplastante. El recién nacido no nos saluda con una sonrisa feliz, sino con la tensa y convulsa expresión facial de una victima desesperada. Su llanto, que suena como música dulcísima a los oídos de los ansiosos padres, es en realidad muy parecido a un grito salvaje de pánico ciego, al perder de pronto su íntimo contacto con el cuer­po de la madre.

En el momento de nacer, el niño aparece fláccido, como de goma blanda y mojada: pero casi inmediatamen­te boquea y absorbe su primer aliento. Después, a los cinco a seis segundos, empieza a llorar. Mueve la cabeza, los brazos y las piernas con creciente intensidad, y, du­rante media hora, sigue protestando, con irregulares sacu­didas de los miembros, jadeos, muecas y gritos, hasta que se sume, generalmente, en un profundo y largo sueño.

De momento, el drama ha terminado; pero cuando el niño se despierta necesita un gran cuidado maternal, con­tacto e intimidad para compensar la perdida comodidad de la matriz. Estos sustitutos post uterinos se los propor­ciona, de muchas maneras, la madre a los que la ayudan. El más natural es remplazar el abrazo del útero por el de los brazos de la madre. El abrazo maternal ideal es el que abarca todo el niño, de modo que la superficie del cuerpo de éste establezca con el de la madre el mayor contacto posible, sin dificultar su respiración. Existe una gran diferencia entre abrazar al niño o simplemente sostenerlo. El adulto que sostiene un niño can el mínimo contacto no tarda en descubrir que esto reduce extraordi­nariamente el valor reconfortante de su acción. El pecho, los brazos y las manos de la madre deben procurar re­producir el abrigo total de la matriz perdida.

A veces, no basta con el brazo, sino que hay que añadir otros elementos similares a los de la matriz. Sin saber muy bien por qué la madre empieza a mecer sua­vemente al niño de un lado a otro. Esto tiene un pode­roso efecto sedante; pero, si no basta, debe levantarse y dar pasos hacia delante y hacia atrás, con el niño acu­nado en los brazos. De vez en cuando, conviene que lo sacuda brevemente arriba y abajo. Todas estas intimidades ejercen una influencia reconfortante sobre el niño inquieto o llorón y, al parecer, esto se debe a que imitan algunos de los ritmos experimentados por la criatura antes de nacer. La presunción más natural es que aquéllas reproducen las suaves oscilaciones sentidas por el niño en el claustro materno cuando la madre caminaba durante su embarazo. Pero esto tiene una falla. Suele equivocarse la rapidez. El ritmo del cuneo es considerablemente más len­to que el de la marcha normal. Además, cuando «se pasea al niño» se hace a un paso mucho más lento que cuando se anda con normalidad.

Recientemente, se han realizado experimentos para averiguar el ritmo ideal de la cuna. Si era demasiado lento o demasiado rápido, el movimiento producía muy poco efecto sedante, si es que producía alguno; pero cuan­do se imprimió a la cuna mecánica de sesenta a setenta oscilaciones por minuto, el cambio fue sorprendente: los niños en observación se tranquilizaron inmediatamente y lloraron mucho menos. Aunque las madres varían en la rapidez con que mecen a sus hijos cuando los llevan en brazos, su ritmo típico es muy parecido al de los experi­mentos, y lo propio puede decirse de cuando «pasea al niño». Sin embargo, en circunstancias normales, la rapi­dez de la marcha suele exceder de los cien pasos por mi­nuto.

Parece, pues, que aunque estas acciones tranquilizado­ras pueden surtir efecto porque reproducen los movi­mientos oscilatorios que siente el niño en el claustro ma­terno, la rapidez con que se efectúa requiere otras expli­caciones. Aparte de la marcha de la madre el feto pasa por otras dos experiencias rítmicas: la respiración regu­lar de la madre y los latidos regulares de su corazón. El ritmo de la respiración –entre diez y catorce respira­ciones por minuto– es demasiado lento para ser tomado en consideración; en cambio, el del corazón –72 latidos por minuto– parece mucho más digno de atención. Parece que este ritmo, oído o sentido, es un consolador vital, que recuerda al niño el paraíso perdido de la matriz.

Existen dos indicios que refuerzan esta opinión. Pri­mera: si registramos en un disco los latidos del corazón y hacemos que el niño lo escuche a la velocidad correcta, observamos un efecto calmante, incluso sin cuneo o movi­mientos oscilatorios. Si tocamos el disco más de prisa, a más de cien latidos por minuto –o sea, la velocidad nor­mal de la marcha–, los efectos calmantes cesan inmedia­tamente. Segundo: como ya refiero en El mono desnudo, cuidadosas observaciones han revelado que la inmensa mayoría de las madres sostienen a sus hijos de modo que apoyen la cabeza sobre su seno izquierdo, cerca del corazón. Aunque estas madres no saben por que lo ha­cen, aciertan al colocar el oído del niño lo más cerca po­sible del lugar en que se producen los latidos. Esto se aplica tanto a las madres normales como a las zurdas, por lo que la explicación de los latidos del corazón parece ser la única adecuada.

Salta a la vista que esto seria susceptible de ser explo­tado comercialmente mediante la confección de una cuna que oscilase mecánicamente a la velocidad de los latidos del corazón, o que estuviese provista de un pequeño apa­rato que reprodujese, ampliado, el sonido normal de aque­llos latidos. Un modelo de lujo que incluyese ambos ingenios sería indudablemente aún más eficaz, y muchas madres atareadas sólo tendrían que apretar un botón y echarse a descansar, para que el aparato tranquilizase e hiciese dormir a su pequeño con la misma facilidad con que la máquina lavadora limpia su ropita sucia.

La aparición de estas máquinas en el mercado es sólo cuestión de tiempo, y sin duda servirán de gran ayuda a las atareadas madres modernas; pero seria peligroso excederse en su utilización. Cierto que un tranquilizador mecánico es mejor que la falta de todo sedante, tanto para los nervios de la madre como para el bienestar del niño, y que aquél tiene grandes ventajas, sobre todo cuan­do la falta de tiempo quita a la madre toda alternativa. Sin embargo, los anticuados procedimientos maternales siempre serán mejores que sus sustitutos mecánicos. Dos razones lo confirman. Primera: la madre hace más de lo que nunca podrá hacer una máquina. Sus acciones con­fortantes son más complejas y tienen rasgos específicos que examinaremos más adelante. Segunda: la íntima in­teracción entre la madre y el hijo, que se produce siempre que aquélla conforta a éste, sosteniéndolo, abrazándolo y meciéndolo, constituye la base fundamental del fuerte lazo afectivo que pronto surgirá entre ambos. Cierto que du­rante los primeros meses el niño responde positivamente a cualquier adulto complaciente; pero, pasado un año, ha­brá aprendido a conocer a su propia madre y a rechazar la intimidad de los extraños. En la mayoría de los niños, este cambio suele producirse al quinto mes, pero no se realiza de la noche a la mañana y varía mucho de un niño a otro. Por consiguiente, es difícil predecir con seguri­dad el momento exacto en que el niño empezará a res­ponder selectivamente a su propia madre. Es un período critico, porque la fuerza y la calidad del lazo afectivo ulterior dependerá de la riqueza y la intensidad del com­portamiento de contacto corporal que se produzca entre la madre y al hijo, precisamente en esta fase inicial.

Evidentemente, el uso excesivo, durante esta fase vital, de procedimientos mecánicos puede ser peligroso. Algunas madres se figuran que el suministro de alimento y de otras recompensas parecidas les granjea el afecto de sus hijos: pero no es así. Observaciones realizadas con niños carentes de aquellas atenciones y experimentos practicados con monos han revelado, sin lugar a dudas, que es esencial el tierno contado con el suave cuerpo de la madre para producir el lazo vital afectivo que tan importante habrá de ser para el comportamiento en ulteriores etapas de la existencia. Es virtualmente imposible dar demasiado amor y contacto durante estos primeros meses críticos, y la madre que ignora este hecho lo lamentara más tarde, lo mismo que su hijo. Es difícil comprender la torcida tra­dición según la cual conviene dejar que el niño llore para que «no se le suba a uno a las barbas», cosa que ocurre con demasiada frecuencia en nuestras culturas civilizadas.

Sin embargo, al combatir esta declaración, hay que añadir que cuando el niño es mayor la situación cambia. Entonces, es posible que la madre exagere su protección y retenga al niño pegado a sus faldas, cuando éste debería empezar a campar por sus respetos y hacerse más inde­pendiente. Lo peor que puede hacer una madre es ser poco protectora y demasiado severa y exigente con un niño pequeño, y después, exagerar su protección y su apego al niño mayor. Esto invierte completamente el orden natural de formación del lazo, aunque, desgraciadamente, es algo muy frecuente en la actualidad. Cuando un niño mayor o un adolescente, «se rebela», es muy probable que encontremos, en el fondo, este equivocado sistema de crianza. Y, cuando esto ocurre, es demasiado tarde para corregir el primitivo error.

La secuencia natural que acabo de esbozar –primero, amor; después, libertad– es fundamental, no sólo para el hombre, sino también para todos los primates superiores. Las madres de los monos mantienen ininterrumpidamente la intimidad del contacto corporal durante muchas sema­nas después del nacimiento. Desde luego, su tarea se ve facilitada por el hecho de que los monitos son lo bas­tante vigorosos para mantenerse agarrados a ellas duran­te largo rato. En los monos más grandes, como el gorila, los pequeños pueden necesitar unos cuantos días para aprender a agarrarse bien, pero una vez conseguido esto, y a pesar de su peso, lo practican con notable tenacidad. Los monos más pequeños se agarran a su madre desde que nacen, e incluso he visto a un monito, en el momento del alumbramiento, agarrarse fuertemente con las patas delanteras al cuerpo de su madre, cuando la parte poste­rior del animalito no había salido aún de la matriz.

El niño es mucho menos atlético. Sus brazos son más débiles, y los pies, de cortos dedos, no son prensiles. Por consiguiente, plantean un problema mayor a la ma­dre humana. Durante los primeros meses, ella sola debe realizar todas las acciones físicas encaminadas a mante­ner el contacto corporal entre ella y su pequeño. Suele subsisten unos pocos restos de los ancestrales hábitos prensiles del recién nacido, rudimentarias huellas de su remoto pasado en el curso de la evolución, pero que de nada le sirven en la actualidad. Duran poco más de dos meses a partir del nacimiento y reciben el nombre de reflejo de asimiento y reflejo de Moro.

El reflejo de asimiento se produce muy pronto; el feto de seis meses lo experimenta ya de un modo muy intenso. Después del nacimiento, un estimulo en la palma de la mano hace que ésta se cierre con tal fuerza que permite al adulto levantar el cuerpo del niño con todo su peso. Sin embargo, a diferencia del mono pequeño, este asi­miento no puede prolongarse mucho rato.

El reflejo de Moro puede observarse si bajamos rápida y bruscamente al niño unos pocos palmos –como si le dejásemos caer–, sosteniéndole por la espalda. El pe­queño extiende inmediatamente los brazos y abre las ma­nos y los dedos. Después, cierra los brazos de nuevo, como para agarrarse a algo. Aquí vemos claramente un reflejo de la ancestral acción de asimiento del primate, practicada eficazmente por todos los monitos normales. Recientes estudios han confirmado esto, aún con mayor claridad. Si el niño se siente caer, sostenido de las manos de modo que estas puedan agarrarse, su primera reacción no es abrir los brazos para volver a cerrarlos, sino, sim­plemente, apretar los dedos con más fuerza. Esto es pre­cisamente lo que haría un monito asustado, si, hallándose flojamente agarrado a la pelambre de su madre, ésta, súbitamente espantada, se levantase de un salto. El mono lo apretaría más los dedos, para que su madre le llevase rápidamente a lugar seguro. El niño, hasta las ocho se­manas, aún conserva lo bastante del mono para mos­trarnos un resto de esta reacción.

Sin embargo, desde el punto de vista de la madre hu­mana, estas reacciones «simiescas» sólo tienen un interés académico. Pueden intrigar al zoólogo, pero, en la prác­tica, no sirven para aliviar la carga de los padres. En­tonces, ¿cómo debe hacer frente a la situación? Hay varias alternativas. En la mayoría de las llamadas culturas primitivas, el niño, durante los primeros meses, está casi constantemente en contacto con el cuerpo de la madre. Cuando ésta descansa, el niño es sostenido continuamente por ella misma o por otra persona. Cuando duerme, el pequeño comparte su lecho. Cuando trabaja o va de un lado a otro, lo lleva firmemente sujeto a su cuerpo. De este modo, mantiene el casi ininterrumpido contacto típico de los primates. Pero las madres modernas no pueden siempre llegar a estos extremos.

Una alternativa es fajar al niño con unos pañales. Si la madre no puede ofrecer al pequeño el abrigado refugio de sus brazos o el íntimo contacto con el cuerpo, de noche y de día, hora tras hora, puede al menos envolverlo en unos pañales finos y calientes que sustituyan al per­dido abrigo de la matriz. En general, pensamos que se abriga a los niños sólo para mantener su calor; pero, en realidad, hay mucho más que esto. El abrazo de la tela en que es envuelto el niño, establece un contacto igual­mente importante con la superficie de mi cuerpo. Si esta envoltura debe ser floja o apretada, es un tema objeto de acaloradas discusiones. La actitud de las diferentes culturas varía mucho sobre el grado ideal de sujeción de este primer abrigo que sustituye a la matriz.

En nuestro mundo occidental, suelen rechazarse los pañales y se prefiere envolver ligeramente al recién nacido, de modo que pueda mover el cuerpo y los miembros a su antojo. Los expertos han expresado el temor de que una mayor sujeción «podría entumecer el espíritu del niño». La inmensa mayoría de los lectores occidentales acepta­rán inmediatamente esta opinión: pero conviene estudiarla más de cerca. Los antiguos griegos y romanos fajaban a sus pequeños; sin embargo, incluso los más ardientes de­tractores de los pañales tienen que admitir que había, en­tre ellos, muy pocos espíritus entumecidos. En cuanto a los niños ingleses, hasta finales del siglo XVIII eran en­vueltos en pañales, y muchos pequeños rusos, yugoslavos, mejicanos, tapones, japoneses e indios americanos lo son aún en la actualidad. Hace poco, se estudió científicamente la cuestión, comprobando, por medio de instrumentos su­mamente sensibles, el grado de incomodidad experimen­tado por niños con pañales y niños sin ellos. Y se llegó a la conclusión de que los que llevaban pañales se sentían menos incómodos, hecho demostrado por un pulso y una respiración más lentas y por la menor frecuencia del llan­to. Además, aumentaban las horas de sueño. Es de pre­sumir que esto es debido a que los pañales apretados reproducen mejor la presión de la matriz experimentada por el feto durante las últimas semanas de gestación.

Pero si esto parece hablar en favor de los pañales, no hay que olvidar que incluso los fetos más voluminosos y que hinchan más el vientre de la madre no están nunca tan apretados por la matriz, que ésta les impida ocasio­nales movimientos y patadas. Cualquier madre que sienta estos movimientos en su interior sabrá que no lleva a su hijo tan fajado como para imponerle una inmovilidad total. Por consiguiente, un fajado moderadamente aislado, después del nacimiento, es probablemente más na­tural que los pañales apretados que se aplican en algunos países. Además, los pañales suelen prolongar innecesaria­mente, mucho más de lo que es recomendable, la estrecha sujeción de los pequeños. Puede ser útil durante las pri­meras semanas, pero si se prolonga durante meses puede entorpecer el proceso de desarrollo muscular y de movi­lidad normales. Así como el feto tiene que abandonar la matriz real, así el recién nacido tiene que abandonar pronto la matriz de tela, si no quiere «llegar con retraso» a su nueva fase de desarrollo. En general, cuando habla­mos de niños prematuros o retrasados nos referimos úni­camente al momento de su nacimiento, pero conviene apli­car los mismos conceptos a fases más avanzadas de su desarrollo. En cada fase, desde la infancia hasta la ado­lescencia, existen importantes formas de intimidad, de con­tacto corporal y de crianza, que deberían producirse entre padres e hijos si se quiere que estos pasen venturosamen­te por las diversas etapas. Si la intimidad brindada por los padres en cada fase particular se adelanta o retrasa demasiado en relación con lo adecuado, pueden surgir ulteriores complicaciones.

Hasta aquí hemos considerado algunas de las maneras en que la madre ayuda a su pequeño a suplir ciertas inti­midades de la vida intrauterina; pero sería erróneo dar la impresión de que los cuidados prestados durante la pri­mera fase que sigue al nacimiento no son más que pro­longación del bienestar del feto. Esto es solo una parte del cuadro. Otras interacciones se producen al mismo tiem­po. La condición del niño tiene sus propias y nuevas for­mas adicionales de satisfacción. Entre estas, figuran las caricias, los besos y palmaditas de la madre, y la limpieza de la superficie del cuerpo del niño mediante cuidadosas manipulaciones, como el lavado y otras fricciones suaves. El abrazo requiere también algo más que un simple abrazo. Además de la presión envolvente de los brazos, la madre suele dar rítmicas palmaditas al pequeño. Esta ac­ción se limita casi siempre a una región del cuerpo del niño, a saber, la espalda. En ella se observa un ritmo característico y un vigor peculiar, ni demasiado débil, ni demasiado fuerte. Sería erróneo considerarlo como una mera acción de «zalamería». Es una reacción de la madre mucho más amplia y fundamental, y no se limita a una forma específica de malestar infantil. Siempre que el niño parece necesitar un poco más de alivio, la madre enriquece su sencillo abrazo con unas palmaditas en la espalda. Con frecuencia, les añade un poco de balanceo simultáneo y unos murmullos cerca de la cabeza del pequeño. La im­portancia de estos primeros actos de consuelo es consi­derable, pues, como veremos más adelante, reaparecen bajo muchas formas, a veces evidentes, a veces muy di­simuladas, en las diversas intimidades de la vida adulta. Son tan automáticos, para la madre, que raras veces se advierten o se discuten, lo cual da por resultado que el papel transformado que representan en la vida ulterior suele pasarse por alto.

En su origen, la acción de dar palmaditas es lo que los especialistas en comportamiento animal califican de movi­miento de intención. Lo comprenderemos mejor con un ejemplo animal. Cuando un pájaro está a punto de em­prender el vuelo, agacha la cabeza como parte de la ac­ción de partida. A lo largo de la evolución, esta inclinación de la cabeza puede exagerarse para indicar a los otros pájaros que se dispone a volar. El animalito sacude la cabeza con fuerza y reiteradamente antes de iniciar el vuelo, como avisándoles de lo que va a hacer e invitándo­les a acompañarle. Dicho con otras palabras, manifiesta su intención de volar, y por eso el movimiento de cabeza se denomina movimiento de intención. Las palmaditas de las madres parecen haber evolucionado de manera parecida, como una señal especial de contacto, como un rei­terado movimiento intencional de apretar fuerte. Cada palmada de la madre es como si dijera: «Mira, así te apre­taré de fuerte para protegerte del peligro; conque, des­cansa, no tienes nada que temer.» Cada palmada repite la señal y contribuye a sosegar al niño. Pero aún hay más. Y de nuevo puede servirnos el ejemplo del pájaro. Si éste se alarma un poco, pero no lo bastante para echar a volar, puede avisar a sus compañeros con unos ligeros movimientos de cabeza, pero sin llegar a levantar el vuelo. En otras palabras, la señal de intención de movimiento puede darse por sí misma, sin llegar a la plenitud de la acción. Lo mismo ocurre con las palmadas humanas. La mano da unas palmadas en la espalda, se detiene, repite su acción y vuelve a detenerse. No llega hasta la plena acción de asimiento como protección contra un peligro. Y así, el mensaje de la madre al niño no dice solamente: «No te­mas, te tendré agarrado así, si amenaza un peligro», sino también: «No temas, no hay peligro; si lo hubiese, te agarraría más fuerte.» Por consiguiente, las palmadas re­petidas son doblemente tranquilizadoras.

La señal de los arrullos o de los murmullos aplaca de otra manera. También aquí nos servirá un ejemplo animal. Cuando ciertos peces se sienten agresivos, lo indican ba­jando la parte del cuerpo correspondiente a la cabeza y levantando la de la cola. Si el mismo pez indica que no tiene propósitos agresivos, hace todo lo contrario, es de­cir, levanta la cabeza y baja la cola. Los suaves murmullos de la madre se rigen por el mismo principio de antítesis. Los sonidos fuertes y roncos son señales de alarma para nuestra especie, como para muchas otras. Los chillidos, los gritos, los gruñidos y los rugidos son, entre los ma­míferos, mensajes de dolor, de peligro, de miedo y de agresión. Empleando matices de fondo que son la antite­sis de estos sonidos, la madre humana puede indicar lo contrario de aquellos mensajes, a saber, que todo marcha bien. Puede transmitir mensajes verbales en su arrullo o en su murmullo, pero, desde luego, las palabras tienen poca importancia. Lo que transmite la señal vital y confor­tante es la suave y dulce calidad del tono del arrullo.

Otra nueva e importante forma de intimidad post uterina es el ofrecimiento del pezón (o del chupete) para que el niño lo succione. La boca de éste siente entrar una forma suave, tibia y elástica de la que puede extraer un líquido dulce y caliente. Su boca siente el calor; su len­gua gusta el dulzor, y sus labios perciben la suavidad. Una nueva y básica satisfacción –una intimidad primaria– ha entrado a formar parte de su vida. Y, bajo muchos disfra­ces, reaparecerá más tarde, en la vida adulta.

Estas son, pues, las intimidades más importantes de la primera fase infantil de la especie humana. La madre abraza a su retoño, lo sostiene, lo mece, le da palmaditas, lo besa, le acaricia, le limpia y le amamanta, y le can­turrea y le murmura. Durante esta primera fase, la única acción realmente positiva de contacto del niño es chupan pero emite dos señales vitales con las que anima a la ma­dre a realizar acciones de intimidad y de estrecho con­tacto. Estas señales son el llanto y la sonrisa. Llanto para iniciar el contacto, y sonrisa para mantenerlo. Al llorar, dice: «Ven», y al sonreír: «Quédate, por favor.»

El llanto es, a veces, mal interpretado. Como el niño llora cuando tiene hambre, se siente incómodo o le duele algo, se presume que éstos son los únicos mensajes que transmite. Cuando el niño llora, la madre saca inmediata­mente la conclusión de que se ha planteado alguno de estos tres problemas; pero esto no es necesariamente cier­to. El mensaje dice solamente: «Ven»; no dice por qué. Un niño bien alimentado, cómodo y sin dolor alguno, pue­de seguir llorando sólo para iniciar un contacto íntimo con la madre. Si la madre le da alimento, se asegura de que se encuentra cómodo y lo deja otra vez, es posible que el niño reanude su llantina. Todo lo que esto signi­fica, en un niño sano, es que no ha tenido toda su ración de íntimo contacto corporal, y que seguirá protestando hasta conseguirla. En los primeros meses, esta exigencia es muy apremiante; pero el niño tiene la suerte de dispo­ner de otra señal, ésta muy atractiva, la sonrisa de gozo, que compensa a la madre de todos sus trabajos.

La sonrisa es una facultad única del niño humano. Los monos y los simios no la tienen. En realidad, no la necesitan, porque son lo bastante vigorosos para agarrarse a la pelambre de su madre y aferrarse a ella por su propio esfuerzo. El niño no puede hacerlo, y necesita algo para atraer a la madre. La sonrisa fue la solución dada por la evolución a este problema.

Tanto el llanto como la sonrisa están respaldados por señales secundarias. El llanto humano empieza como el de los monos. Cuando un monito llora, produce una serie de chillidos rítmicos, pero no vierte lágrimas. Durante las primeras semanas después del nacimiento, el niño llora también sin lágrimas; pero, pasado este periodo inicial, las lágrimas se suman a la señal vocal. Más tarde, en la vida adulta, las lágrimas pueden fluir aisladamente, por si so­las, como una señal muda: pero, en el niño, el llanto es por esencia un acto combinado. Por alguna razón, la singu­laridad del hombre, como primate que vierte lágrimas, ha sido raras veces comentada; pero salta a la vista que esto debe tener alguna significación concreta para nuestra es­pecie. En primer lugar, es, desde luego, una señal visual, acrecentada por las mejillas lampiñas, donde las lágrimas pueden brillar y rodar ostensiblemente. Pero otra clave del problema es la reacción de la madre, que suele «enjugar» los ojos de su hijo. Esto entraña un suave secado de las lágrimas de la piel de la cara, un acto apaciguador de íntimo contacto corporal. Tal vez sea ésta una importante función secundaria de la creciente y espectacular secre­ción de las glándulas lacrimales, que, tan a menudo, inun­dan el rostro del joven animal humano.

Si esto parece rebuscado, conviene recordar que la ma­dre humana, como la de otras muchas especies, siente la fuerte necesidad de limpiar el cuerpo de su retoño. Cuan­do éste se orina, ella lo seca, y casi parece como si las lágrimas copiosas hubiesen llegado a ser una especie de “sustituto de la orina”, para estimular una reacción íntima parecida en momentos de desconsuelo emocional. A di­ferencia de la orina, las lágrimas no sirven para eliminar impurezas del cuerpo. Cuando la secreción es escasa, lim­pia y protege los ojos; pero cuando es abundante su única función parece ser la de transmitir señales sociales, lo cual justifica una interpretación a base únicamente del com­portamiento. Como en el caso de la sonrisa, la invitación a la intimidad parece ser su principal objetivo.

La sonrisa es reforzada por las señales secundarias de los murmullos y el estiramiento de brazos. El niño sonríe, emite sonidos inarticulados y tiende los brazos a su ma­dre en un movimiento intencional de asirse a ella, invi­tándola a levantarlo. La reacción de la madre es recipro­ca. Sonríe a su vez, «balbucea» y le tiende los brazos para tocarlo o asirlo. Como el llanto, la sonrisa compleja no aparece, aproximadamente, hasta el segundo mes. En rea­lidad, en el primer mes podría llamarse «simiesca», pues las primeras señales humanas sólo aparecen después de transcurridas estas primeras semanas.

Al tener el niño tres o cuatro meses, aparecen nuevas muestras de contacto corporal. Las primeras acciones «si­miescas» del reflejo de asimiento y del reflejo de Moro desaparecen siendo remplazadas por formas más refinadas de asimiento y agarrón directos. En el caso del primitivo reflejo de asimiento, la mano del niño se cerraba auto­máticamente sobre cualquier objeto que se pusiese en con­tacto con ella; en cambio, ahora, el agarrón selectivo se convierte en una acción positiva en que el niño coordina los ojos y las manos, estirando los brazos para agarrar un objeto concreto que le llama la atención. En general, este es parte del cuerpo de la madre y sobre todo, sus cabellos. Los agarrones directos de esta clase suelen ser perfectos al quinto mes de vida.

De manera parecida, los automáticos e indirectos mo­vimientos del reflejo de Moro se convierten en un apre­tón deliberado, en que el niño se aferra concretamente al cuerpo de la madre, adaptando sus movimientos a la po­sición de esta. Esta adhesión dirigida se produce normal­mente al sexto mes.

Dejando atrás la primera infancia y pasando al período siguiente, observamos que existe una decadencia gradual en el alcance de la primitiva intimidad corporal. La ne­cesidad de seguridad, satisfecha por el amplio contacto corporal con los padres, tropieza con un competidor cada vez más poderoso, a saber, la necesidad de independen­cia, de descubrir el mundo, de explorar el medio ambiente, Y es natural que esto no puede hacerse desde dentro del cerco de los brazos de la madre. El niño debe lanzarse. La intimidad primera debe sufrir por ello. Pero el mundo es todavía un lugar temible, y el niño necesita alguna forma de intimidad indirecta, a distancia, para conservar la impresión de seguridad, mientras se afirma la indepen­dencia. La comunicación táctil debe ceder paso a una comunicación visual cada vez más sensible. El niño tiene que remplazar el restringido y engorroso refugio del abra­zo y de los mimos por el menos restrictivo artificio del intercambio de expresiones faciales. El abrazo reciproco cede terrino a la sonrisa compartida, a la risa compar­tida y a las demás actitudes faciales de que es capaz el ser humano. La cara sonriente, que antes invitaba al abra­zo, ahora lo sustituye. En efecto: la sonrisa se convierte en un abrazo simbólico, que opera a distancia. Esto per­mite al niño moverse con mayor libertad, pero restablece, con una mirada, el «contacto» emocional con la madre.

La siguiente fase importante de desarrollo llega cuando el niño empieza a hablar. En el tercer año de vida, con la adquisición de un vocabulario básico, el «contacto» ver­bal viene a sumarse al visual. Ahora, el niño y la madre pueden comunicarse sus «sentimientos» recíprocos por me­dio de la palabra.

Al progresar esta fase, las primitivas y elementales in­timidades del contacto corporal directo se restringen forzosamente mucho más. El abrazo es propio del niño «pequeño». La creciente necesidad de exploración, de inde­pendencia y de identidad individual y separada, amortigua el deseo de ser sostenido y abrazado. Si en esta fase, los padres exageran esos contactos corporales primarios, el niño no se siente protegido, sino magullado. El asimiento significa un retroceso, y los padres tienen que adaptarse a la nueva situación.

Sin embargo, el contacto corporal no desaparece por completo. En momentos de dolor, de disgusto, de temor o de pánico, el abrazo será bien recibido o deseado, e in­cluso en momentos menos dramáticos puede producirse algún contacto. Pero la forma de este experimenta impor­tantes cambios. El abrazo total y apretado se transforma en parcial. Y empiezan a aparecer el abrazo a medias, el brazo que rodea los hombros, la palmada en la cabeza y el apretón de manos.

Lo curioso de esta fase de la infancia es que, con todas las tensiones originadas por la exploración, persiste aún una gran necesidad interior de intimidad y contactos cor­porales. Esta necesidad, más que reducirse, se reprime. La intimidad táctil es infantil y tiene que relegarse al pasado, pero el medio sigue pidiéndola. El conflicto resultante de esta situación se resuelve con la introducción de nuevas formas de contacto que proporcionan la requerida inti­midad corporal sin dar la impresión de que el niño sigue en la primera infancia.

La primera señal de estas intimidades disimuladas apa­rece muy pronto y casi vuelve a llevarnos a la primera fase. Empieza en la segunda mitad del primer año de vida y consiste en el empleo de los que han sido llamados «ob­jetos de transición». Éstos son, en efecto, sustitutos ina­nimados de la madre. Tres de ellos son muy corrientes: un biberón predilecto, un juguete blando y un pedazo de tejido suave, generalmente un chal o una pieza particular de los enseres de la cama. En la primera fase infantil, estos fueron experimentados por el niño como parte de sus contactos íntimos con la madre. Desde luego, no los prefería a estos, pero los asociaba intensamente con su presencia corporal. En ausencia de la madre, se con­vierten en sus sustitutos, y muchos niños se niegan a dor­mir sin su consoladora proximidad. El chal o el juguete tienen que estar en la cunita a la hora de acostarse, o habrá mucho jaleo. Y la exigencia es concreta: tiene que ser el juguete o el chal. Otros parecidos, pero desconoci­dos, no sirven.

En esta fase, los objetos se emplean solamente cuando la propia madre no está disponible: por esto adquieren tanta importancia a la hora de acostarse, cuando se rom­pe el contacto con la madre. Pero al crear el niño se produce un cambio. Al independizarse el hijo de la madre, los objetos predilectos se hacen más importantes y con­fortadores. Algunas madres lo interpretan mal y se ima­ginan que el niño se siente extrañamente inseguro por alguna razón. Si el niño muestra un furioso afán de con­tacto con su Teddy o su «chalín» o su «titín» –estos objetos son siempre designados con un apodo especial–, la madre tal vez lo considere como un retroceso. En rea­lidad, es todo lo contrario. Lo que el niño hace es como si dijera: «Quiero estar en contacto con el cuerpo de mi madre, pero esto es propio de un niño pequeño. Ahora, soy demasiado independiente para esto. En cambio, es­tableceré contacto con este objeto, que hará que me sienta seguro sin tenor que arrojarme en brazos de mi madre.» Como dijo un autor, el objeto de transición «es un recor­datorio de los aspectos agradables de la madre, es un sus­tituto de ésta, pero es también una defensa contra un nuevo acaparamiento por parte de la madre».

Al crecer el niño, y con el paso de los años, el objeto confortador puede persistir con notable tenacidad, a veces hasta después de la mitad de la infancia. En raras ocasiones se prolonga hasta la edad adulta. Todos conoce­mos el caso de la muchacha núbil que se duerme abrazada a su gigantesco oso Teddy. He dicho en «raras ocasiones», pero esto requiere una aclaración. Ciertamente, es raro que conservemos una obsesión por el mismo objeto de transición empleado en nuestra infancia. Para la mayoría de nosotros, la naturaleza del acto sería demasiado trans­parente. Lo que hacemos es buscar sustitutos a los sus­titutos: refinados sustitutos de adulto para los sustitutos infantiles del cuerpo de la madre. Cuando el chal de la infancia se transforma en un abrigo de piel, lo tratamos con más respeto.

Otra forma de intimidad disimulada del niño en cre­cimiento se manifiesta en la afición a los juegos violentos. Si subsiste la necesidad de unos abrazos que parecen de niño pequeño, el problema puede resolverse abrazando a los padres de manera que el consiguiente contacto cor­poral no parezca un abrazo. El apretón cariñoso se con­vierte en un abrazo de oso aparentemente agresivo. El abrazo se convierte en lucha. Cuando juega a luchar con los padres, el niño satisface la necesidad de intimidad cor­poral de la primera infancia, pero ocultándola bajo la máscara de una agresividad propia de los adultos.

Este recurso es tan eficaz, que estas luchas fingidas con los padres continúan, a veces, hasta muy avanzada la adolescencia. Y aún más, entre los adultos, suele compri­mirse en un amistoso apretón del brazo o en una palmada a la espalda. Desde luego, la lucha fingida de la infancia involucra algo más que una simple intimidad disimulada.

Contiene una buena dosis de prueba y de contacto cor­porales, de exploración de nuevas posibilidades físicas, junto a la reproducción de las viejas. Pero las viejas siguen estando allí, y son importantes, mucho más de lo que suele pensarse.

Con la llegada de la pubertad surge un nuevo problema. El contacto corporal con los padres se restringe aún más. Los padres descubren que sus hijas son, de pronto, menos juguetonas. Los hijos muestran cierta timidez en sus contactos con la madre. En el caso que sigue a la pri­mera infancia, empieza a manifestarse la acción indepen­diente; pero ahora, en la pubertad, se intensifica esta ne­cesidad, que introduce una nueva y poderosa exigencia: la reserva.

Si el mensaje del niño pequeño era «agárrame fuerte», y el del muchachito, «a ver si me tumbas», el del adoles­cente es «déjame solo». Un psicoanalista describió cómo, en la pubertad, «la joven persona tiende a aislarse, y cómo, a partir de entonces, convive con los miembros de su familia como si le fuesen extraños». Desde luego, esta de­claración es exagerada. Los adolescentes no van por ahí besando a los extraños, y sin embargo, siguen besando a sus padres. Cierto que sus acciones son más comedidas –el beso sonoro se convierte en un roce de la mejilla– pero siguen produciéndose breves intimidades. Sin embar­go, las limitan, como los adultos, a los saludos, las des­pedidas, las celebraciones y los desastres. En realidad, el adolescente es ya un adulto –y a veces un superadulto– en lo que respecta a las intimidades familiares. Los aman­tes padres, con inconsciente ingenuidad, resuelven este problema de muchas maneras. Ejemplo típico de ello es el “arreglo de la ropa”. Si no pueden realizar un contacto cariñoso directo, establecen el contacto corporal disimu­lado bajo la fórmula de «deja que te arregle la corbata», o «deja que te cepille la chaqueta». Si la respuesta es «no te preocupes, madre», o «puedo hacerlo yo mismo», esto significa que el adolescente, también inconsciente­mente, ha comprendido el truco.

Cuando llega la postadolescencia y el joven adulto sale de la familia, es –desde el punto de vista de la intimidad corporal– como si se produjese un segundo nacimiento, porque aquél abandona el claustro familiar de la misma manera que, dos decenios antes, abandonó el claustro ma­terno. Vuelve a empezar la primitiva secuencia de intimi­dades cambiantes «agárrame fuerte, a ver si me tumbas, déjame solo». Los jóvenes amantes dicen, como el niño, «agárrame fuerte». A veces, incluso se llaman «pequeño» cuando dicen tal cosa. Por primera vez desde la primera infancia, las intimidades se extienden hasta el máximo; las señales de contacto corporal empiezan mi tejido mágico y comienza a formarse un poderoso lazo afectivo. Para recalcar la fuerza de este lazo, el mensaje «agárrame fuer­te» se amplía con las palabras «y no me sueltes». Cuando se completa la formación de la pareja y los amantes cons­tituyen una nueva unidad familiar de dos personas, ter­mina la fase de esta repetición de la primera niñez. La se­cuencia de la nueva intimidad continúa, copiando la pri­mera, la primaria. Y viene la repetición de la infancia avanzada. (Es realmente una segunda infancia, que no debe confundirse con la fase senil, que aparece mucho más tarde y que a veces ha sido denominada, equivocadamen­te, segunda infancia.)

Ahora, las absorbentes intimidades del noviazgo empie­zan a debilitarse. En casos extremas, uno o ambos miem­bros de la nueva pareja se sienten atrapados, y amena­zada su independencia de acción. Es una cosa normal; pero parece anormal, y por ello, deciden separarse, pen­sando que todo fue una equivocación. El «suéltame» de la segunda niñez es sustituido por el «déjame solo» de la segunda pubertad, y la separación familiar primaria de la adolescencia se convierte en la separación familiar se­cundaria del divorcio. Pero, si el divorcio crea una segun­da adolescencia, ¿qué va a hacer, solo, el nuevo adolescen­te, sin alguien que le ame? Por esto, después del divorcio, cada uno de los ex cónyuges busca un nuevo amor, pasa una vez más por la segunda fase de la niñez, vuelve a ca­sarse y, de pronto, se encuentra de nuevo en la segunda infancia. Para su asombro, se ha repetido el proceso.

Esta descripción puede ser cínica por su excesiva sen­cillez, pero ayuda a centrar el problema. Para los afortu­nados, que aún abundan en la actualidad, la segunda ado­lescencia no llega nunca. Aceptan la conversión de la se­gunda fase de la primera infancia en la segunda fase de la segunda niñez. Fortalecido por las nuevas intimidades del sexo y por las intimidades compartidas de la pater­nidad, el lazo entre la pareja se mantiene.

Más tarde, la pérdida del factor paternal se mitiga con la llegada de nuevas intimidades con los nietos, hasta que, en definitiva, aparece la tercera y última infancia, con la perspectiva de la senilidad y la impotencia de la ancianidad. Esta tercera parte de la secuencia de la inti­midad dura poco. No hay una tercera niñez avanzada, al menos en este mundo. Terminamos como niños de teta, suavemente encajados en el ataúd, que, como la cuna del recién nacido, está suavemente almohadillado y ador­nado. De la cuna de la infancia pasamos a la cuna de la vejez.

A muchos les resulta difícil aceptar que termine aquí la tercera parte de la intimidad. Se niegan a admitir que a la tercera primera infancia no sigue una tercera segunda infancia, que pueden encontrar en el ciclo, donde no existe el temor de un exceso de cuidados maternales.

Al trazar este esquema de la intimidad, desde el claus­tro materno hasta la tumba, me he demorado en las pri­meras fases de la vida y he pasado rápidamente las etapas ulteriores. Pero expuestas como han sido las raíces de la intimidad, podremos ahora, en los capítulos siguientes, observar mejor el comportamiento de los adultos.

  1   2   3   4   5   6   7   8   9   ...   14

Añadir el documento a tu blog o sitio web





© 2015
contactos
l.exam-10.com