Traducción de Javier Guerrero






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nightclub, Fire, al final del festival. Fue así como descubrí que Adam era el arquitecto de Braden, de manera que cuando Braden estaba ocupado, Adam también lo estaba. Las pocas veces que quedamos para encontrarnos —una vez para ver a un cómico, otra solo para tomar unas copas y en la última ocasión para una cena familiar— Braden excusó su presencia, demostrando que me equivocaba: de verdad trabajaba por su dinero.

Empezaba a ver su ausencia como algo positivo. Me sentía más relajada de lo que lo había estado en semanas y Ellie y yo nos habíamos hecho más amigas. Me había confesado todo el fiasco de Adam...

Ellie, que estaba enamorada de Adam desde niña, finalmente había reunido el valor para hacer algo al respecto después de que él le diera un puñetazo al capullo que la había engañado para sacarle información sobre Braden. Fue a su apartamento y casi se le tiró encima. Y como Adam era un tío y Ellie era preciosa, él había aceptado la oferta. Eso fue hasta que ella estuvo casi completamente desnuda debajo de él. Adam retrocedió, explicando que no podía hacerle eso a Braden o a ella, y que Braden nunca le perdonaría ni él se perdonaría a sí mismo. Al darse cuenta de que Adam pensaba que se trataba de un rollo de una noche, Ellie se fue a cuidar en silencio su corazón roto y su ego magullado. Yo nunca habría imaginado que había ocurrido eso entre ellos. Ellie era encantadora a su alrededor. Decía que no quería que las cosas cambiaran y se esforzaba al máximo por estar bien pese a las circunstancias. Lo había visto en acción. Ellie lo intentaba con fuerza, pero en ocasiones algo más, algo tierno, aparecía en su expresión cuando lo miraba. Y al pensar en ello me di cuenta de que también había algo más en la forma en que Adam la miraba a ella. La cuestión es que no podía distinguir si simplemente se trataba de deseo o si los sentimientos de Adam eran un poco más profundos. Estaba muerta de curiosidad, pero también sabía que no era asunto mío, así que no metía las narices donde no me llamaban.

Después de sincerarse conmigo, Ellie había intentado que yo hablara otra vez de mi familia, de mi pasado.

Me cerré en banda.

La doctora Pritchard dijo que tardaría tiempo. Por el momento, no podía soltarme, y no importaba lo que dijera la buena doctora, todavía no estaba segura de si podría soltarme alguna vez.

—¿Bloqueo de escritora otra vez?

Me volví en la silla y encontré a Ellie en el umbral agitando un sobre tamaño A4.

Hice una mueca, cerrando mi portátil.

—Debería estamparme eso en una camiseta.

—Ya pasará.

Mi única respuesta fue un gruñido.

—En fin, detesto pedírtelo, pero...

—¿Qué pasa?

Agitó otra vez el sobre.

—Braden se pasó anoche cuando estabas trabajando y dejó estos documentos. Acaba de llamarme para pedirme que se los lleve a su oficina, porque los necesita para una reunión dentro de dos horas, pero tengo una clase...

Mi estómago dio un vuelco.

—Y quieres que se los lleve yo.

Ellie puso sus adorables ojos como platos.

—Por favor —me rogó.

Mierda, mierda, mierda. Gruñendo, me levanté y cogí el sobre que me entregaba.

—¿Dónde está su oficina?

Ella me dio la dirección y descubrí que estaba al final del muelle, lo cual significaba que tenía que coger un taxi para llegar hasta allí y que tardaría un buen rato porque tenía que ducharme antes de salir.

—Te lo agradezco de verdad, Joss. —Sonrió, y empezó a retroceder—. Tengo que salir corriendo. Te veo después.

Al cabo de un instante se había ido.

Y yo iba con destino a Braden. Maldición. Tratando de no hacer caso del manojo de nervios que era mi estómago, fui murmurando entre dientes enfurruñada mientras me duchaba y me vestía. Me puse unos vaqueros y un suéter fino. Hacía bastante calor en la calle y llevar chaqueta en Escocia cuando el termómetro marcaba por encima de cero te identificaba como turista. No es broma. A la que sale un poco el sol, en Escocia se quitan la camisa.

Contemplé mi reflejo en el espejo. Muy poco maquillaje, el pelo recogido en un moño. El suéter era bonito y mostraba un poco de escote, pero mis vaqueros eran viejos y descoloridos. Por supuesto, me pregunté qué pensaría Braden de mi aspecto, pero no iba a dejar que eso me cambiara. Nunca me vestía para impresionar a nadie que no fuera a mí misma, y desde luego no iba a hacerlo por un tío al que le gustaban las mujeres con las piernas más largas, las tetas más pequeñas y el pelo más rubio.

El viaje en taxi pareció durar eternamente y, como siempre, me estaba sintiendo un poco mareada cuando llegué allí después de Dios sabe cuántas calles adoquinadas. El taxista me dejó en Commercial Quay y caminé junto al arroyo artificial. Había un aparcamiento a mi derecha, y a mi izquierda varios establecimientos comerciales. Encontré la oficina de Braden en el mismo edificio que el estudio de un arquitecto, el despacho de un contable y la consulta de un dentista. Después de que me abrieran, y de dar vueltas penosamente en un ascensor en el que salías por el lado contrario al que entrabas, me encontré en una elegante zona de recepción.

La recepcionista rubia no era lo que había esperado en absoluto. Tendría la edad de Elodie, pero cargaba con al menos diez kilos más, y estaba sonriéndome con expresión muy amistosa. La etiqueta con el nombre decía «Morag». Me había estado preparando para una mujer alta, delgada y hermosa que se burlaría de mis vaqueros y trataría de echarme del edificio. ¿Me había equivocado de oficina?

—¿Puedo ayudarle? —Morag todavía me estaba sonriendo.

—Eh... —Miré a mi alrededor, buscando una señal de que esa era la oficina de Braden—. Estoy buscando a Braden Carmichael.

—¿Tiene una cita?

Vale, así que era su oficina. Me acerqué al mostrador y le enseñé el sobre.

—Ha dejado estos documentos en la casa de su hermana (mi compañera de piso) y, eh, le ha pedido que se los trajera. Como ella no podía, he venido yo.

Si era posible, la sonrisa de Morag se hizo todavía mayor.

—Oh, qué amable, ¿puede decirme su nombre?

—Joss Butler.

—Un segundo. —Cogió el teléfono de su escritorio y no tuvo que esperar mucho—. Tengo aquí a Joss Butler con unos documentos para usted, señor Carmichael. —Hizo un sonido gutural—. Lo haré. —Colgó y me sonrió—. La acompañaré a la oficina del señor Carmichael, Jocelyn.

Apreté los dientes.

—Es Joss.

—Ajá.

Ya era bastante irritante que Braden se negara a llamarme de otra manera que Jocelyn, ¿de verdad tenía que hacer que otra gente hiciera lo mismo? Seguí a la jovial recepcionista de mediana edad por un estrecho pasillo hasta que llegamos a una oficina en esquina. Morag llamó a la puerta y una voz profunda contestó «adelante». Temblé ante la voz y me pregunté por un segundo si se me habían pasado las últimas dos semanas.

—Jocelyn para usted, señor —anunció Morag al abrir la puerta.

Yo pasé al lado de ella y oí que la puerta se cerraba al dejarnos solos.

La oficina era más grande de lo que había esperado, con un gran ventanal que daba al muelle. Era muy masculina, con un enorme escritorio de nogal, sillón de cuero, sofá de piel negro y estantes de madera maciza con carpetas y libros de tapa dura. Había también unos pocos archivadores de metal almacenados en la esquina. Una enorme pintura de Venecia adornaba la pared de encima del sofá, y en las estanterías había más de una fotografía enmarcada de Braden con Ellie y con Adam y con la familia de Ellie. En la esquina de detrás de mí había una cinta de correr y un banco de pesas.

Braden estaba recostado en su escritorio, con las largas piernas extendidas delante de él mientras me observaba. Sentí esa patada en las entrañas otra vez al verlo y el familiar cosquilleo entre las piernas. Joder, estaba aún más bueno de lo que recordaba.

Mierda, mierda, mierda.

—Eh. —Le mostré el sobre. «Brillante apertura, Joss, brillante apertura.»

Braden me sonrió y yo me quedé de piedra cuando sus ojos recorrieron todo mi cuerpo, tomándose su tiempo para asimilarme. Tragué saliva y mi corazón subió una marcha... No me había mirado así desde esa noche en el bar con Holly.

—Me alegro de verte, Jocelyn. Parece que hace siglos.

Sin hacer caso de la ola de placer que esas palabras produjeron, caminé hacia él con el sobre.

—Ellie dijo que necesitarías esto enseguida.

Asintió, todavía mirándome mientras cogía los documentos.

—Te agradezco que me los hayas traído. ¿Cuánto te debo por el taxi?

—Nada. —Negué con la cabeza—. No ha sido problema. Tenía que levantar la cabeza del escritorio de todos modos.

—¿Bloqueo del escritor?

—Ciénaga del escritor.

Sonrió.

—¿Tan mal?

—Tan mal.

Se levantó con una sonrisa compasiva, poniendo nuestros cuerpos a distancia de tocarse. Sentí el silbido de la respiración saliendo de mí al inclinar la cabeza hacia atrás para encontrar su mirada.

—Lamento no haber tenido tiempo para quedar contigo las últimas veces.

Hizo que sonara como si hubiera cancelado una cita. Me reí, confundida.

—Vale.

—Me pasé anoche, pero no estabas.

—Estaba trabajando. Turnos extra.

Di un paso atrás, con la esperanza de que cuanto menos proximidad tuviera con él, más se reduciría el calor que sentía en la sangre.

Tuve la impresión de que lo había visto sonreír al volverse y poner los documentos en su escritorio.

—La última vez que nos vimos creo que te dije algo que te hizo salir corriendo. ¿O quizá fue por alguien que estaba conmigo?

Capullo arrogante. Lancé una risotada.

—¿Vicky?

Su sonrisa era de gallito ahora al volver a mirarme.

—¿Estabas celosa?

¿De verdad estábamos teniendo esa conversación? No lo había visto en dos semanas y, y... ¡uf! Sonriendo de asombro por su egoísmo, crucé los brazos sobre el pecho.

—¿Sabes?, me cuesta creer que haya podido meterme en esta oficina con tu enorme ego ocupando todo el espacio.

Braden rio.

—Bueno, saliste corriendo por algo, Jocelyn.

—Uno: para de llamarme Jocelyn. Es Joss. Jota, o, ese, ese. Joss. Y dos: acababas de insinuar que era en cierto modo «familia» después de solo unas semanas de conocerme.

Su ceño se arrugó al procesar lo que acababa de decirle. Se apoyó otra vez en el escritorio, cruzando los brazos bajo su amplio pecho como si pensara en ello.

—¿Lo hice?

—Lo hiciste.

De repente, sus ojos estaban escrutando mi cara, cargados con toda clase de preguntas.

—Ellie me contó lo de tu familia. Lo siento.

Mis músculos se bloquearon y el calor que él había creado se evaporó como si acabara de poner el aire acondicionado a tope. ¿Qué podía decir? No quería que hiciera una montaña de eso, ni tampoco quería que me psicoanalizara.

—Fue hace mucho tiempo.

—No me di cuenta de que insinuara eso sobre la familia. Pero las cosas están empezando a tener sentido. La cena en casa de Elodie... cuando echaste a correr.

—No —lo interrumpí, dando tres pasos hacia él—. Braden, no... —Mi voz se calmó al tratar de contener la urgencia de morderle como un animal herido—. No hablo de eso.

Al ver que él me estudiaba, no pude evitar preguntarme qué estaba pensando. ¿Pensaba que estaba loca? ¿Que era patética? ¿Me importaba? Y entonces él se limitó a asentir.

—Lo entiendo. No hemos de...

El alivio me inundó y di un paso atrás solo para que Braden avanzara hacia mí, de manera que estuvo casi tocándome otra vez.

—Estaba pensando en hacer un pícnic en The Meadows este sábado si hace buen tiempo, para compensar a Ellie por no estar muy disponible últimamente. Sé que también echa de menos a Adam. ¿Vendrás?

—Eso depende. —Encontré mi camino de vuelta al comentario mordaz en un intento de sentirme menos vulnerable—. ¿Vas a insinuar que estoy celosa del sándwich que te estés comiendo?

Se echó a reír, una risa de cuerpo completo que endulzó las cosas en mi interior.

—Me lo merezco. —Se aventuró a acercarse y yo tuve que dar un paso atrás—. Pero ¿me perdonarás y vendrás? ¿Como amigos?

Sin embargo había algo deliberadamente sarcástico en la forma en que dijo «amigos».

Lo miré con suspicacia.

—Braden...

—Solo amigos. —Su mirada bajó a mi boca y se oscureció—. Te lo dije. Puedo disimular si tú también puedes hacerlo.

—Yo no estoy disimulando. —¿Era mi voz la que sonaba tan caliente y jadeante?

Braden se limitó a esbozar una sonrisita como si no me creyera.

—Sabes que estás poniendo realmente presión a mis talentos teatrales.

—¿Talentos teatrales?

—Disimular, Jocelyn. —Dio otro paso adelante, con los ojos entrecerrados de intención—. Nunca he sido bueno con eso.

Oh, Dios mío, iba a besarme. Estaba de pie en su oficina con unos vaqueros penosos, con el pelo hecho un asco y él iba a besarme.

—Señor Carmichael, el señor Rosings y la señora Morrison están aquí para verle. —La voz de Morag hizo eco en la oficina desde el intercomunicador, y Braden se tensó.

Me inundó una extraña mezcla de alivio y decepción y di un paso atrás, volviéndome con nerviosismo hacia la puerta.

—Dejaré que te ocupes.

—Jocelyn.

Me volví, mirando a cualquier sitio menos a sus ojos.

—¿Sí?

—¿El pícnic? ¿Vendrás?

La sangre estaba agolpándose en mis oídos y mi cuerpo todavía estaba tenso con la anticipación de su beso, pero dejé todo eso de lado, recordando quién era y lo mucho que me asustaba. Levanté la barbilla para sostener su mirada.

—Como la compañera de piso de tu hermana pequeña, sí. Estaré allí.

—¿No como mi amiga? —me provocó.

—No somos amigos, Braden. —Abrí la puerta de su oficina.

—No, no lo somos.

No tuve que volverme para ver su expresión. La sentía en sus palabras. Apresurándome por el pasillo, apenas logré hacer un gesto de saludo a Morag antes de precipitarme en el ascensor que me alejaría de él. ¿Qué había ocurrido? ¿Dónde había ido a parar el platónico y «amistoso» Braden y por qué había vuelto el Braden del taxi? Pensaba que no era su tipo. Pensaba que estaba a salvo.

«No, no lo somos.» Esas palabras resonaban en mi cabeza al salir al aire fresco desde el edificio de la oficina. No eran las palabras. Era el tono en que las había envuelto. Y aquellas palabras estaban cargadas de intención sexual.

Joder.

10
No fui al pícnic de Braden.

Bueno, fui, pero no fui.

Estupefacta por su transformación de nuevo en el Braden sexy del taxi que no podía apartar los ojos de mí, no sabía qué pensar. Estaba desconcertada. Y muerta de miedo. Así que tomé la vía del cobarde y pedí ayuda a Rhian —al tiempo que también le mentía sobre la razón— para salir del berenjenal sin que pareciera que quería salir del berenjenal...

Llegó el sábado y amaneció un día sorprendentemente caluroso. The Meadows —un gran parque situado al otro lado de la ciudad, junto a la universidad— estaba repleto de gente que tomaba el sol o hacía deporte. Braden había logrado hacerse con un sitio a la sombra.

Adam, Jenny, Ed y el propio Braden ya estaban allí cuando nos acercamos Ellie y yo, entre los sonidos de risas, niños gritando y perros ladrando que creaban una feliz banda sonora de la escena. Era un día perfecto, y la atmósfera en The Meadows rezumaba una satisfacción casi eléctrica. Por un minuto deseé quedarme.

—Vaya... —Miré las dos cestas que había traído Braden. Eran tan elaboradas que no me habría sorprendido que las hubiera robado de un escaparate de Fortnum & Mason—. ¿Llamas pícnic a esto?

Braden, que se había levantado al ver que nos acercábamos y estaba abrazando a Ellie en su costado, hizo un gesto orgulloso hacia las cestas que descansaban sobre una preciosa manta de felpilla. Parecía desconcertado.

—Sí. —Puso ceño—. ¿Cómo lo llamarías?

—Un restaurante de tres estrellas en la hierba.

La comisura de su labio se curvó en un gesto de irónica diversión.

—Le pedí al personal del restaurante que lo cocinara.

—¿Y qué restaurante sería ese? ¿El de tres estrellas?

—Creo que se está burlando de ti y de todo tu dinero, Braden. —Ellie le sonrió—. Es un poco demasiado.

Braden soltó un ruido de descontento.

—Es un maldito pícnic. Siéntate. Y come y calla.

Ellie rio y se dejó caer al lado de Adam, que le pasó un brazo por el hombro y la apretó contra su costado.

—Me alegro de verte, Els.

—Sí, yo también. —Le sonrió, pero se separó un poco, haciéndome que levantara una ceja. ¿Qué pasaba con eso?

—¿Y bien?

Levanté la mirada a Braden y lo vi tendiéndome una mano, con un deseo no disimulado en sus pupilas.

Y Rhian me salvó con una sincronización perfecta.

Mi teléfono sonó, y puse cara de disculpa al sacarlo del bolsillo.

—Rhian, hola.

Me volví y di unos pocos pasos para impedir que pudieran oírla al otro lado de la línea.

—Tengo una emergencia —respondió en tono monocorde—. Cancela el pícnic.

—Oh, no, estás de broma. —Le seguí la corriente, sonando maternal y tranquilizadora—. ¿Estás bien?

—Cielo santo, Joss, pensaba que sabías mentir. —Rhian refunfuñó—. Estas hablando como un alienígena que ha oído el concepto humano de estar preocupado, pero no sabe cómo ejecutarlo.

Apreté los dientes, sin hacer caso.

—Claro, puedo hablar. Espera un segundo.

Me tomé un momento, tratando de exudar preocupación humana al volverme hacia Braden y el resto del grupo. Tuve la sensación de que estaba poniendo más cara de poco amigos que de preocupación, pero bueno.

—Lo siento, chicos, pero por desgracia tengo que irme.

Ellie se incorporó, preocupada.

—¿Todo va bien? ¿Necesitas que venga?

—No, estoy bien. Rhian solo necesita alguien con quien hablar. No puede esperar. Lo siento. —Aventuré una mirada a Braden y descubrí que no solo me estaba mirando, sino que me estaba estudiando con suspicacia. Bajé rápidamente la vista—. Hasta luego.

Me alejé de sus frases de despedida y volví a pegar el teléfono a mi oído.

—Estaba haciéndome la preocupada —protesté a Rhian.

—Cualquiera que te conozca, sabe que no es así como suenas cuando estás preocupada.

—Bueno, con suerte, no me conocen. —O tal vez... Braden me estaba mirando raro.

—Bueno, ¿entonces no te gusta este Ed?

Me estremecí al recordar mi mentira. En un intento de no explicar toda la historia de Braden a Rhian, había mentido y le había dicho que el prometido de Jenna, la amiga de Ellie, era un intolerante y no me gustaba estar a su lado. Y claro, tampoco quería herir los sentimientos de Ellie diciendo que no quería ir al pícnic. Me sentía mal por malignizar a Ed, pero no creía que importara mucho, porque no esperaba que él y Rhian se conocieran nunca.

—No.

—Sabes que no me lo trago, ¿verdad?

Casi tropecé.

—¿Tragarte qué?

—Hablas de Ellie todo el tiempo, Joss. Creo que puedo decir con seguridad que conozco lo bastante bien a esa mujer para saber que no sería amiga de un puto intolerante. Ya te he dicho que no sabes mentir.

Eh. Eso no era cierto.

—Yo sé mentir. Miento de maravilla.

—O eso está bien, grítalo mientras todavía te estás alejando de ellos.

Mierda. Me volví para asegurarme de que había puesto suficiente distancia entre nosotros. Sí. Mi corazón se enlenteció.

—Eres un grano en el culo —dije casi gruñendo, olvidando que acababa de hacerme un favor.

Resopló.

—Eres tú la que me ha mentido. En serio, ¿qué está pasando?

Suspiré.

—¿Puede esto ser una de las cosas de las que no hablamos?

—No.

—Por favor, Rhian.

—¿Has hablado de esto con tu terapeuta?

Torcí el gesto, preguntándome por qué me había preguntado eso.

—No...

—Bien. —Suspiró profundamente—. No preguntaré por eso si me prometes hablar de ello con tu terapeuta. Y podrías mentir, pero sé que nunca romperías una promesa.

—Rhian...

—Promételo.

Negué con la cabeza.

—No merece la pena hablarlo en terapia.

—Si merecía la pena mentirme a mí, merece la pena hablarlo en terapia. Aclárate, Joss, y promételo.

—Está bien —accedí, pero solo porque sabía que era la forma gruñona que tenía Rhian de ser una buena amiga.

La doctora Pritchard tenía flores en el escritorio. Sonreí. Había tomado nota.

—¿Mentiste para no tener que pasar un rato con Braden?

Me retorcí, lamentando que Rhian me hubiera obligado a hacer la promesa.

—Sí.

—Antes, cuando te he preguntado si te sentías atraída por Braden dijiste que lo estabas. En pasado. ¿Estabas diciendo la verdad?

No.

—Puede que no.

—Entonces ¿te sientes atraída por él?

Oh, qué demonios...

—Nunca me he sentido tan atraída por nadie como me siento atraída por él.

La buena doctora me lanzó una sonrisa irónica.

—Vale. Pero lo estás evitando, aunque ha dejado perfectamente claro que está interesado en ti. ¿Le tienes miedo, Joss?

¿Sinceramente?

—Sí.

—¿No tienes intención de mantener ninguna clase de relación con él?

—¿No estaba aquí cuando le hablé de mi pasado con los tíos?

—No es lo mismo. Para empezar, conoces a Braden.

—No quiero tener nada que ver con él, estoy bien.

—Acabas de decirme que te sientes extremadamente atraída por ese hombre. Cuando hablas de él, me queda claro que te gusta. Yo no diría que estás bien; no quieres querer tener nada que ver con él.

—Es lo mismo.

—No, no lo es. ¿Por qué tienes miedo de él, Joss?

—No lo sé —repliqué, molesta con el tema y con Rhian por obligarme a discutirlo—. Simplemente sé que no quiero empezar nada con él.

—¿Por qué no?

Joder, a veces era como hablar a la pared con esa mujer.

—Complicaría las cosas. Con Ellie, conmigo, con él. No.

Ella inclinó la cabeza a un lado, impávida. Era buena en eso.

—Joss, a lo mejor es hora de dejar de pensar cincuenta pasos por delante y dejar que las cosas funcionen de manera natural.

—La última vez que hice eso me desperté en una cama con dos tíos desconocidos y sin bragas.

—Te he dicho que no es lo mismo. No eres la misma persona y Braden no es un desconocido. No te estoy diciendo ni pidiendo que hagas nada que no quieras hacer, ni con Braden ni con nadie. Pero te estoy sugiriendo que dejes de predecir el futuro y aceptes cada día tal y como viene. No para siempre, ni siquiera para unos meses. Inténtalo unos días, unas semanas incluso. Sé que puede dar miedo, pero solo... inténtalo.

Como había hecho durante las últimas semanas, el sábado estaba trabajando en el Club 39. Ellie había llegado a casa antes, en torno a la hora de cenar, a rebosar del pícnic y con ganas de simplemente sentarse allí conmigo un rato mientras yo engullía algo de comida antes de que tuviera que prepararme para mi turno.

—¿Así que va todo bien con Rhian? —preguntó, con un pequeño ceño formándose entre las cejas.

La culpa se alojó en mi garganta. No me había sentido muy mal mintiendo a Braden, porque su giro radical para convertirse otra vez en un tío bueno depredador de mirada pícara y una sonrisa que decía fóllame era la única razón que había tenido para recurrir a la mentira. Pero mentir a Ellie era una cuestión completamente diferente, y eso hizo que me sintiera más que un poco incómoda.

Murmuré con la boca llena de pasta, asintiendo y evitando su mirada, con la esperanza de que entendiera que no quería hablar de ello.

Ante su silenciosa respuesta levanté la cabeza y la descubrí observándome con curiosidad. Tragué saliva.

—¿Qué?

Ellie se encogió de hombros.

—Solo... cuando Braden me ha acompañado a casa ha dicho que pensaba que quizá... que quizás estabas mintiendo sobre la llamada de Rhian para poder salvarte del pícnic.

Joder, ¡tenía tanto ego!

No importa que tuviera razón.

Solté una risotada.

—¿Qué? ¿Por él?

Ella se encogió de hombros otra vez.

—¿Tenía razón?

Seguí rehuyendo su mirada.

—No.

—Bueno, solo para que lo sepas, tengo la impresión de que está planeando algo.

Levanté una ceja.

—¿Como qué?

Ella suspiró recostándose en su silla.

—Con Braden nunca se sabe. Acabo de aprender a reconocer los signos. Conozco a mi hermano mejor de lo que cree que lo conozco. Lo tienes coladito, Joss. De hecho, me impresiona que esté siendo tan paciente. Aunque eso probablemente significa que está planeando hacer lo que haga falta para conquistarte.

Estaba sorprendida, y no podía simular que no lo estaba. Me recosté en la silla, abandonando momentáneamente mi comida.

—¿Coladito? ¿Lo que haga falta?

—Por más que me dé aprensión la vida sexual de mi hermano, a veces no puedo evitar oír hablar de eso, y lo que oigo es que Braden siempre consigue lo que quiere.

Resoplé.

—Por favor, Ellie, ¿crees que yo soy lo que quiere? No soy exactamente su tipo. Jocelyn Butler no viene de
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