Traducción de Javier Guerrero






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shorts de Topshop y una bonita blusita de seda verde oliva. Salimos hacia Stockbridge y paramos literalmente cinco minutos más tarde a las puertas de una casa que se parecía mucho a la nuestra.

Dentro, no me sorprendió descubrir que el hogar de los Nichols se asemejaba al nuestro. Enormes habitaciones, techos altos y una agradable colección de objetos que me recordó un montón a Ellie. Ya sabía de dónde lo había sacado.

Elodie Nichols me saludó con un beso muy francés en cada mejilla. Como Ellie, era alta y de una belleza delicada. Por alguna razón, esperaba un acento francés, pese a que Ellie me había contado que su madre se había trasladado a Escocia cuando tenía cuatro años.

—Ellie me ha hablado mucho de ti. Me ha dicho que enseguida os habéis hecho amigas. Me alegro mucho. Estaba un poco preocupada por ella cuando dijo que iba a buscar una compañera de piso, pero todo ha ido sobre ruedas.

Sentía que volvía a tener quince años. Elodie tenía esa forma maternal de hablarte.

—Sí —respondí con simpatía—, Ellie es fantástica.

Elodie sonrió, con aspecto de tener veinte años menos y de parecerse mucho a su hija mayor.

A continuación, me presentaron a Clark, un tipo un poco anodino de pelo negro, con gafas y una sonrisa dulce.

—Ellie dice que eres escritora.

Le lancé a Ellie una sonrisa irónica. Le contaba a todo el mundo que era escritora.

—Lo intento.

—¿Qué escribes? —preguntó Clark, pasándome una copa de vino.

Nos habíamos reunido en la sala de estar mientras Elodie se ocupaba de algo en la cocina.

—Fantasía. Estoy trabajando en una serie de fantasía.

Los ojos de Clark se ensancharon levemente detrás de las gafas.

—Me encantan las novelas de fantasía. ¿Sabes?, me encantaría leerla antes de que la mandes.

—¿Te refieres a una lectura de corrección?

—Sí. Si quieres.

Recordando que Clark era profesor universitario y que estaba acostumbrado a evaluar trabajos, me sentí secretamente complacida por su oferta. Le ofrecí una pequeña sonrisa de gratitud.

—Sería fantástico. Te lo agradezco. Por supuesto, me falta mucho para terminar.

—Bueno, cuando termines, me avisas.

Sonreí.

—Lo haré, gracias.

Estaba empezando a pensar que superaría la prueba de la cena con esa particular familia cuando oí risas infantiles.

—¡Papá!

La voz de un niño llegó desde el pasillo hasta nosotros y acto seguido apareció su propietario en el umbral. La cara del niño que corría hacia Clark se iluminó de excitación. Supuse que era Declan, el hermanastro de diez años de Ellie.

—Papá, mira lo que me ha traído Braden. —Puso una Nintendo DS y dos juegos delante de las narices de Clark.

Clark los miró, sonriendo.

—¿Era la que querías?

—Sí, la última versión.

Levantando la mirada hacia el umbral, Clark chascó la lengua en un gesto de fingida desaprobación.

—No es su cumpleaños hasta la semana que viene. Lo malcrías demasiado.

Me volví y las palmas de mis manos se pusieron sudorosas al instante al ver a Braden de pie en el umbral, con la mano en el hombro de una versión en miniatura de Ellie. La adolescente estaba acurrucada al lado de él, con el flequillo grueso y el pelo corto con un estilo sorprendente para una criatura tan pequeña. Mis ojos no se entretuvieron demasiado en la mini Ellie, que deduje que era Hannah. No, se deslizaron sobre Braden, devorándolo antes de que pudiera contenerlos.

La atracción me quemó en la sangre.

Braden llevaba vaqueros negros y una camiseta gris. Era la primera vez que lo veía vestido de manera informal, la primera vez que mis ojos tenían acceso a sus bíceps fuertes y sus hombros anchos.

Sentí un latido entre las piernas y aparté enseguida la mirada, odiando que hiciera eso con mi cuerpo.

—Lo sé —respondió Braden—, pero no quiero pasar otra tarde de domingo con Dec dándome la lata sobre esa maldita consola.

Declan se limitó a reír, bajando su mirada triunfante a la consola al tiempo que se dejaba caer a los pies de su padre y empezaba a cargar un juego de Super Mario Bros.

—Mira lo que tengo. —Hannah sonrió con timidez, sosteniendo algo que parecía una tarjeta de crédito.

Dios, esperaba que no lo fuera.

Clark entrecerró los ojos.

—¿Qué es?

Las pupilas de Hannah se iluminaron.

—Una tarjeta de regalo grande de verdad para la librería.

—Qué bien. —Ellie le sonrió y le tendió los brazos—. ¿Qué te vas a comprar?

Su hermana pequeña corrió hacia ella, acurrucándose a su lado al tiempo que se dejaban caer en el sofá. La niña me lanzó una sonrisa tímida antes de mirar a Ellie.

—Hay una nueva serie de vampiros que quiero.

—Hannah devora los libros —explicó una voz masculina grave justo encima de mi cabeza.

Me volví y vi a Braden de pie junto al sofá, mirándome con una simple sonrisa amistosa. Aunque un poco desconcertada por su cambio de actitud, descubrí que yo también le sonreía.

—Ya veo.

Noté un vuelco en el estómago y me encogí interiormente, apartando la mirada de él. Nunca se me ocurrió que Braden iba a asistir a la comida, aunque debería haberlo supuesto, considerando que Ellie había dejado claro que él era una parte importante de su familia.

—¿Le habéis dado las gracias a Braden? —preguntó Clark de repente a sus hijos, atrayendo mi atención hacia ellos y lejos del sexo con piernas que tenía al lado.

Un par de «sí» murmurados respondieron la pregunta.

—Hannah, Dec, esta es mi compañera de piso, Joss —me presentó Ellie.

Sonreí a los dos.

—Hola. —Hannah me saludó tímidamente con la mano. Sentí que se me encogía el pecho de lo encantadora que era.

—Hola. —Le devolví el saludo.

—¿Te gusta la Nintendo? —preguntó Declan, esperando mi respuesta con una mirada valorativa.

Sabía que la respuesta sería decisiva.

—Oh, sí, Mario y yo nos conocemos desde hace mucho.

Me regaló una sonrisa de respuesta.

—Tienes un acento muy guay.

—Tú también.

Eso pareció complacerle y enseguida regresó a su juego. Creo que aprobé.

Clark dio una palmadita en la cabeza de Declan.

—Hijo, ponlo en silencio, por favor.

Casi de inmediato los sonidos familiares de Mario desaparecieron y decidí que me gustaban esos niños. Leyendo entre líneas, supuse que Braden los malcriaba, y mirando la casa no parecía que les faltara de nada, pero eran muy educados, como Ellie.

—¡Braden! —Elodie entró arrastrando los pies con una enorme sonrisa de amor en la cara—. No te había oído llegar.

Braden le sonrió y le dio un fuerte abrazo.

—¿Clark te ha puesto algo para beber?

—No, pero me serviré algo yo mismo.

—Oh, no, deja. —Clark se levantó—. ¿Cerveza?

—Sí, gracias.

—Siéntate. —Elodie sentó a Braden en el sillón de mi derecha al tiempo que Clark salía. Se acomodó en el brazo del sillón y apartó el pelo despeinado de Braden de su frente—. ¿Cómo estás? Me he enterado de que has roto con Holly.

Braden no me parecía de los que les gusta que los mime una madre, pero se quedó allí sentado, aparentemente disfrutando de la atención de Elodie. Él le tomó la mano y le besó los nudillos de manera afectuosa.

—Estoy bien, Elodie. Ya iba siendo hora, nada más.

—Hum —respondió ella frunciendo el ceño. Y luego, como si recordara algo, se volvió hacia mí—. ¿Ya conoces a Joss, no?

Braden asintió, con una sonrisa delicada, casi secreta, curvándole la comisura de los labios. Aun así, era amistosa, sin carga sexual, y no sabía si estar contenta o decepcionada por eso. Estúpidas hormonas.

—Sí, Jocelyn y yo ya nos conocemos.

Sentí que se me juntaban las cejas. ¿Por qué insistía en llamarme Jocelyn?

El ceño enseguida desapareció cuando Clark regresó y la conversación ganó impulso. Me esforcé todo lo posible, respondiendo sus preguntas y preguntando a mi vez, aunque nunca había estado tan agradecida a Ellie. Ella acudió en mi auxilio cuando su madre empezó a hacer preguntas sobre mis padres, desviando las preguntas con facilidad de mí hacia Elodie, y suspiré aliviada por haber escapado de tener que ser directamente grosera. Hasta logré mantener una charla amistosa y sin carga sexual con Braden.

Entonces pasamos al comedor.

Había algo en la risa, en toda la charla y el ruido, al acomodarnos allí y servirnos patatas, verduras y puré para comer con las generosas porciones de pollo que Elodie puso en nuestros platos. Al servirme salsa sobre en el plato, su charla, su afecto, la cálida normalidad desencadenaron los recuerdos...

«—He invitado a Mitch y Arlene a comer —dijo mi madre, poniendo dos cubiertos más.

»Dru se había quedado a comer porque estábamos trabajando juntas en un proyecto escolar y mi padre estaba poniendo a la pequeña Beth en la trona.

»Papá suspiró.

»—Me alegro de haber hecho un montón de chili, porque Mitch es capaz de comérselo todo.

»—Sé amable —le advirtió mamá con una sonrisita en los labios—. Llegarán en un momento.

»—Solo decía que es de buen comer.

»Dru se rio a mi lado, lanzándole a papá una mirada de adoración. El padre de Dru nunca estaba en casa, así que papá era como Superman para ella.

»—Bueno, ¿cómo va el proyecto? —preguntó mamá, sirviéndonos zumo de naranja.

»Obsequié a Dru con una sonrisa secreta. No estaba yendo ni para atrás ni para delante. Habíamos pasado la última hora cotilleando sobre Kyle Ramsey y Jude Jeffrey. Más que nada no paramos de decir Juuude en lugar de Jude y con eso nos reíamos como idiotas.

»Mi madre resopló, captando la mirada.

»—Ya veo.

»—Eh, vecinos —se oyó que saludaban en voz alta cuando Mitch y Arlene abrieron la puerta cristalera, entrando sin llamar.

»No pasaba nada por eso. Estábamos acostumbrados a su exceso de familiaridad, porque eran los únicos vecinos cercanos a la casa. A mi madre le encantaba su exceso de familiaridad. ¿A mi padre? No tanto.

»Después de un montón de saludos —Mitch y Arlene eran incapaces de decir hola una sola vez—, todos nos sentamos por fin en torno a la mesa de la cocina con el famoso chili con carne de papá.

»—¿Por qué no cocinas nunca para mí? —se quejó Arlene a Mitch después de gemir de manera un poco inapropiada al probar el chili de papá.

»—Nunca me lo has pedido.

»—Apuesto a que Sarah nunca ha de pedirle a Luke que cocine, ¿verdad, Sarah?

»Mamá pidió ayuda a papá poniendo los ojos como platos.

»—Hum...

»—Sí, es lo que pensaba.

»—Papá, Beth ha tirado el zumo. —Señalé con la cabeza al suelo.

»Como él era el que estaba más cerca, se agachó para recoger el vaso.

»—Mi padre nunca cocina —intervino Dru, tratando de conseguir que Arlene se sintiera mejor.

»—Mira —murmuró Mitch con la boca llena—, no soy el único.

»Arlene torció el gesto.

»—¿Qué quiere decir “mira”? Como si el hecho de que otro hombre no cocine para su mujer de alguna manera justificara que tú no lo hagas.

»Mitch tragó saliva.

»—Muy bien. Cocinaré.

»—¿Sabes cocinar? —preguntó mamá con suavidad, y oí que mi padre se atragantaba.

»Oculté mi sonrisa dando un trago de zumo de naranja.

»—No.

»Se hizo el silencio en la mesa cuando todos nos miramos unos a otros y luego rompimos a reír. Beth chilló al oír el ruido y su manita golpeó el zumo y lo hizo salir volando otra vez, y eso hizo que nos riéramos más todavía...

Ese recuerdo fue seguido por otro recuerdo de una comida de Navidad. Acción de Gracias. Mi decimotercer cumpleaños...

Los recuerdos desencadenaron un ataque de pánico.

Primero sentí cada vez mayor confusión y enseguida dejé la salsera con mano temblorosa. Noté un cosquilleo en la piel de la cara y un sudor frío se filtró en mis poros. El corazón me latía tan deprisa detrás de la caja torácica que pensé que iba a explotar. Se me cerró el pecho y sentí que no podía respirar.

—¿Jocelyn?

Mi pecho subía y bajaba rápidamente con inspiraciones tenues; busqué la voz con ojos aterrorizados.

Braden.

Dejó el tenedor y se inclinó por encima de la mesa hacia mí con el entrecejo arrugado con expresión de preocupación.

—¿Jocelyn?

Necesitaba salir de allí.

Necesitaba aire.

—Jocelyn... por Dios —murmuró Braden, echándose atrás en la mesa decidido a rodearla para llegar hasta mí.

Sin embargo, yo me levanté de la silla, haciendo un gesto con las manos para pararlo. Sin decir una palabra, me volví y salí corriendo del comedor. Eché a correr por el pasillo hasta el cuarto de baño, donde me encerré dando un portazo.

Subí la ventana con manos temblorosas y di gracias por la ráfaga de viento que me dio en la cara, aunque fuera aire caliente. Sabía que necesitaba calmarme y me concentré en respirar más despacio.

Al cabo de unos minutos, mi cuerpo y mi mente habían vuelto en sí y me derrumbé en el asiento del inodoro, con los miembros como gelatina. Me sentía agotada otra vez. Mi segundo ataque de pánico.

Genial.

—¿Jocelyn? —Su voz atronó a través de la puerta.

Cerré los ojos, preguntándome cómo demonios iba a explicarme. El bochorno me calentó la sangre en las mejillas.

Pensaba que lo había superado. Habían pasado ocho años. Debería haberlo superado ya.

Con el sonido de la puerta al abrirse, mis ojos también se abrieron y observé que un preocupado Braden entraba y volvía a cerrar. Me pregunté brevemente por qué él me había seguido y Ellie no. Cuando no dije nada, se acercó, poniéndose rápidamente en cuclillas para que nuestros ojos quedaran a la misma altura. Mi mirada buscó su rostro atractivo, y por una vez deseé poder romper mis estúpidas reglas. Tenía la sensación de que Braden sería capaz de hacerme olvidar de todo por un rato.

Nos miramos el uno al otro durante lo que pareció una eternidad, sin decir una palabra. Estaba esperando un montón de preguntas, porque tenía que haber quedado claro para todos, o al menos para los adultos sentados a la mesa, que había sufrido un ataque de pánico. Desde luego, todos estarían preguntándose por qué, y la verdad es que no quería volver allí.

—¿Mejor? —preguntó finalmente Braden con suavidad.

Espera. ¿Eso era todo? ¿Sin preguntas de sondeo?

—Sí. —No, en realidad no.

Debió de leer en mi expresión la reacción a su pregunta, porque inclinó la cabeza a un lado, con mirada reflexiva.

—No hace falta que me lo expliques.

Esbocé una sonrisa carente de humor.

—Dejaré que pienses que estoy como una cabra.

Braden sonrió.

—Eso ya lo sabía. —Se levantó, tendiéndome una mano—. Vamos.

Miré la mano que me ofrecía con cautela.

—Creo que será mejor que me vaya.

—Y yo creo que deberías comer un poco de comida casera con unos buenos amigos.

Pensé en Ellie y en lo afable y cordial que había sido conmigo. Sería un insulto marcharme de la cena de su madre, y decidí que no quería hacer nada que hiciera sentir mal a Ellie.

Tomé la mano de Braden de manera tentativa y dejé que me pusiera en pie.

—¿Qué voy a decir?

No servía de nada simular tranquilidad y serenidad con él. Ya me había visto en mi estado más vulnerable. Dos veces.

—Nada —me tranquilizó—. No has de dar explicaciones a nadie.

Su sonrisa era amable, no podía decidir qué sonrisa me gustaba más, si esa o la pícara de antes.

—Vale.

Respiré hondo y lo seguí. Él no me soltó la mano hasta que llegamos al comedor, y yo me negué a reconocer la sensación de pérdida en mi pecho cuando dejé de notar su tacto.

—¿Estás bien, cielo? —preguntó Elodie en cuanto entramos en la sala.

—Mucho sol —dijo Braden para tranquilizar a la madre de Ellie—. Ha estado demasiado rato al sol esta mañana.

—Oh. —Elodie centró su preocupación maternal en mí—. Espero que al menos llevaras protección solar.

Asentí, deslizándome en mi silla.

—Solo me he olvidado de ponerme un sombrero.

Cuando se reanudó la conversación y la tensión desapareció de la mesa, no hice caso de las miradas suspicaces de Ellie y le lancé a Braden una sonrisa de agradecimiento.

6
Al final de la cena estaba un poco más relajada, aunque tenía ganas de llegar a casa y estar sola un rato. Decidida a que no me pillaran otra vez con la guardia baja, volví a levantar esa barrera entre mis recuerdos y yo, y traté de disfrutar de la compañía de los Nichols. No fue difícil. Eran una familia muy agradable.

Mis planes para quedarme sola se vieron frustrados por Braden y Ellie, que iban a reunirse a tomar unas copas con Adam. Traté de librarme de ir con ellos, pero Ellie no estaba dispuesta a ceder. Era como si sintiera que iba a quedarme en casa comiéndome la cabeza o algo así.

Después de despedirme de los Nichols y prometerle a Elodie que volvería, salimos a pillar un taxi para que nos llevara al apartamento y yo pudiera coger mi bolso. Solo tenía encima el móvil y estaba decidida a que nadie —es decir, Braden— me pagara las copas esa noche. Cuanto menos le debiera, mejor.

Cuando el taxi se acercó al apartamento, vi una figura alta y desgarbada sentada delante de la entrada de la casa. Se me encogió el pecho. Con el corazón acelerado, bajé del coche la primera y me apresuré hacia James, que se levantó, con la mochila a sus pies. Tenía grandes ojeras oscuras, la cara demacrada y pálida, las comisuras de la boca tensas por el dolor y la rabia.

—Solo dime una cosa. ¿La animaste a que me dejara?

Pillada a contrapié por toda la rabia acumulada contra mí, negué con la cabeza, dando un paso cauteloso hacia él, aturdida.

—James, no.

Me señaló con el dedo, con la boca retorcida con amargura.

—Las dos estáis tan locas... Has tenido que participar en esto de alguna manera.

—Eh. —Braden se puso delante de mí, calmado pero intimidatorio cuando habló con James—. Lárgate.

—Braden, no pasa nada. —Miré a Ellie, que estaba observando con los ojos como platos. Hice un gesto hacia Braden, rogando a Ellie con la mirada—. Podéis ir delante sin mí.

—Ni hablar. —Braden negó con la cabeza, sin apartar en ningún momento la mirada de James.

—Por favor.

—Braden. —Ellie tiró de su codo—. Vamos. Démosles un poco de intimidad.

Con el enfado ardiendo en sus pupilas, Braden me cogió el móvil y empezó a usarlo.

—¿Qué...?

Me cogió la mano y puso mis dedos en torno al móvil otra vez.

—Ahora ya tienes mi número. Llámame si me necesitas. ¿Vale?

Asentí, aturdida. Mientras Ellie tiraba de su hermano, bajé la mirada al teléfono que tenía en la mano. ¿Braden me estaba cuidando? ¿Estaba preocupado? Lo miré por encima del hombro. No podía recordar la última vez que alguien había hecho algo parecido. Era solo un detalle, pero...

—¿Joss?

La voz impaciente me devolvió a mis cavilaciones. Suspiré profundamente. Estaba exhausta, pero sabía que tenía que ocuparme de eso.

—Pasa.

Una vez que estuvimos en la sala de estar con sendos cafés, fui directa al grano.

—Le dije a Rhian que pensaba que estaba cometiendo un error. Nunca la animaría a que te dejara. Eres lo mejor que le ha pasado.

James negó con la cabeza, con expresión funesta.

—Lo siento, Joss. Por lo de antes. Es que... siento que no puedo respirar. No parece real, ¿sabes?

Sintiéndome desesperanzada, me incliné para frotarle los hombros y calmarlo.

—A lo mejor Rhian cambiará de opinión.

—Pensaba que había superado esa mierda —continuó como si yo no hubiera dicho nada—. Es todo por sus padres, ya lo sabes, ¿no?

—Más o menos. En realidad, no. No hablamos de esas cosas.

Me miró con algo parecido a la incredulidad.

—Se supone que vosotras dos sois las mejores amigas, pero a veces os hacéis más mal que bien.

—James...

—La madre de Rhian amaba al padre de Rhian. Su padre era un capullo alcohólico emocionalmente atrofiado, pero esa perra lo quería más a él que a Rhian. Él le daba palizas a Rhian y a su madre cada dos por tres. Y la madre de Rhian siempre volvía con él. Al final, él se largó, pidió el divorcio y conoció a otra. La madre de Rhian la culpó a ella. Dijo que era una fracasada y que terminaría como su padre. Durante años le dijo a Rhian que era como su padre, un desastre en ciernes. Y Rhian lo cree.

»¿Sabes que su madre se intentó suicidar dos veces? La muy egoísta dejó que Rhian la encontrara así. Dos veces. Y ahora Rhian cree que va a hacerme a mí lo que su padre le hizo a su madre. No puedo hacerla entrar en razón. Si ni siquiera bebe, joder. ¡Es todo mental! Y pensaba que lo habíamos superado. Por eso le propuse matrimonio. —Agachó la cabeza en un esfuerzo por ocultar las lágrimas que brillaban en sus ojos—. No puedo creer que esto esté ocurriendo de verdad. —Dio una patada a la mesita de café por la frustración y yo apenas pestañeé.

Mi mente estaba con Rhian. ¿Cómo había podido ser su mejor amiga durante cuatro años y no saber nada de eso? Su historia era mucho más jodida de lo que podría haber imaginado. Por supuesto, Rhian tampoco sabía nada de mi pasado. De repente, me pregunté si James tenía razón. ¿Cómo podíamos aconsejarnos la una a la otra cuando no sabíamos nada de los demonios de cada una?

Entonces se me ocurrió, mirando a James llorando por la mujer que amaba, que Rhian estaba mucho menos jodida que yo. Ella le había contado todo a James, porque confiaba en él para resolver sus problemas, y lo había superado con él. O casi.

Aun así, había dado un paso enorme en esa dirección.

—Joss —me estaba rogando James ahora—, habla con ella, por favor. Ella te escucha. Ella cree que si tú eres feliz sola, ella también puede serlo.

¿Feliz? Yo no era feliz. Solo estaba a salvo.

Suspiré profundamente, sin estar segura de qué hacer.

—Oye, puedes quedarte aquí todo el tiempo que necesites.

James me miró un momento demasiado largo, con expresión inescrutable. Por fin se limitó a asentir.

—Te agradecería que me dejaras dormir en tu sofá esta noche. Mañana voy a casa de mamá. Hasta que me aclare.

—Vale.

No dijimos nada más después de eso, hasta que encontré una manta en el armario y la dejé en el sofá, junto con una de mis almohadas. Sentía la decepción que James experimentaba conmigo cada vez que me acercaba a él, así que lo dejé en la sala y me encerré en mi habitación.

Llamé a Ellie.

—Eh, ¿estás bien? —preguntó, con el sonido de música y ruido de fondo desvaneciéndose a medida que ella iba saliendo del bar en el que se encontraran a una calle un poco más silenciosa.

«No. No estoy bien. Ni mucho menos.»

—Sí, estoy bien. Espero que no te importe, pero le he dicho a James que podía quedarse en el sofá esta noche. Mañana se irá a su casa.

—Claro... ¿qué? —La boca de Ellie se apartó del teléfono para hablar con otra persona—. Joss está bien. Él va a dormir en el sofá.

¿Era Braden?

—No, he dicho que está bien. Braden, está bien. Vete. —Su suspiro se hizo más alto al volverse hacia su teléfono—. Lo siento, Joss. Sí, no hay problema. ¿Necesitas que vaya a casa?

¿Necesitas que vaya a casa?

¿Yo estaba en casa? ¿La necesitaba?

Apenas la conocía. Pero, igual que Braden, Ellie se me había metido dentro de alguna manera. Agotada por lo que se había convertido en un día excepcionalmente emotivo, negué con la cabeza.

—No, Ellie, estoy bien, en serio. Quédate. Pasadlo bien. Solo acuérdate de que hay un desconocido durmiendo en tu sofá cuando llegues a casa.

—Vale.

A regañadientes, ella colgó y yo me quedé mirando la pared. Me estaba tambaleando. ¿Por qué me sentía tan desequilibrada? ¿Tan fuera de control? ¿Tan asustada?

¿Por qué mudarme a Dublin Street había cambiado tantas cosas en tan poco tiempo?

Muchas cosas habían cambiado, pero aparentemente no lo suficiente. Todavía estaba sola. Pero estaba sola porque lo quería. Me di cuenta de repente de que Rhian era una criatura completamente distinta. Ella no sobreviviría sola.

Marqué su número.

Ella contestó cuando ya estaba a punto de colgar.

—¿Hola?

Joder, sonaba fatal.

—¿Rhian?

—¿Qué quieres, Joss? Estaba durmiendo.

Sí, podía imaginarme que había pasado todo el tiempo en la cama desde que James se había ido. De repente, me sentí enfadada con ella.

—Te llamo para decirte que eres una idiota integral.

—¿Perdón?

—Ya me has oído. Ahora coge el teléfono y llama a James y dile que has cometido un error.

—Vete a la mierda, Joss. Sabes mejor que nadie que estoy mejor sola. ¿Has estado bebiendo?

—No. Estoy aquí sentada mientras tu novio está hecho polvo en mi sofá.

Su respiración se elevó.

—¿James está en Edimburgo?

—Sí. Y está destrozado. Y me ha contado todo lo de tu padre y tu madre.

Esperé una respuesta, pero Rhian se había quedado en un silencio sepulcral.

—Rhian, ¿por qué no me lo contaste?

—¿Por qué tú nunca me has hablado de tus padres? —contraatacó.

Contuve el parpadeo cuando mis ojos aterrizaron en la fotografía de mi familia en la mesilla de noche.

—Porque murieron junto con mi hermana pequeña cuando yo tenía catorce años y no hay mucho más que decir.

No sabía si era cierto o no. De hecho, después de los ataques de pánico, me estaba preguntando si el problema no era el hecho de no decir nada. Respiré hondo y le dije algo que nunca había contado a nadie.

—Cuando murieron —continué—, la única persona que tenía era mi mejor amiga Dru, y cuando ella murió un año después no me quedó nadie. Estaba completamente sola. Pasé los años que más influyen cuidándome sola. Nunca hubo llamadas de teléfono de personas preocupadas. Quizá las habría habido si lo hubiera permitido, pero estoy acostumbrada a cuidar de mí y no quiero fiarme de nadie más.

Después de otro momento en que el único sonido que pude oír fue el latido de mi corazón, Rhian sollozó.

—Creo que nunca habías sido tan sincera conmigo.

—Nunca había sido tan sincera con nadie.

—Siempre has sido muy reservada. Pensaba que estabas bien. Pensaba que no necesitabas que nadie se preocupara...

Me acomodé en la cama y dejé escapar otro profundo suspiro.

—El objetivo de tirarte toda mi mierda encima no es que te sientas culpable. Eso es lo que quiero decir. No sé si eso cambiará algún día. No lo estoy pidiendo. Pero Rhian, cuando confiaste a James todo tu bagaje, ese día decidiste que querías que alguien se preocupara. Estabas cansada de estar sola. ¿Estar con él será duro? Sí. ¿Luchar contra tus miedos cada día será difícil? Sí. Pero lo que él siente por ti... Joder, Rhian, merece la pena. Y decirte que está bien que huyas de él y estés sola simplemente porque yo estoy sola y me va bien es una tontería. Yo estoy sola porque lo estoy. Tú estás sola porque lo has decidido. Y es una decisión equivocada.

—¿Joss?

—¿Qué?

—Siento no haber sido una buena amiga. No estás sola.

«Sí lo estoy.»

—Yo también siento no haber sido una mejor amiga.

—¿James todavía está ahí?

—Sí.

—No quiero estar sola cuando puedo tenerlo a él. Joder, esto suena tan cursi.

Negué con la cabeza sonriendo, con la tirantez en el pecho aliviada.

—Sí, suena cursi. A veces la verdad es cursi.

—Voy a llamarlo.

Sonreí.

—Pues cuelgo.

Colgamos y me quedé tumbada en la oscuridad, escuchando. Al cabo de veinte minutos, oí que la puerta de la calle se abría y se cerraba.

Encontré el salón vacío, la manta enrollada en el sofá. Un trozo de papel en ella. Una nota de James.

«Te debo una.»

Agarré con fuerza el papel y, aturdida, volví a entrar en mi dormitorio para mirar la foto en la que aparecía con mi familia. Si algo me habían enseñado esas últimas semanas, era que obviamente yo —como Rhian— no lo había superado. Tenía que hablar con alguien. Pero a diferencia de Rhian, yo no quería hablar con alguien que pudiera usar esa mierda contra mí. Mi terapeuta de la escuela secundaria había tratado de ayudarme, pero yo me había cerrado cada vez. Era adolescente. Creía que lo sabía todo.

Pero ya no era una niña y no lo sabía todo. Y si quería que los ataques de pánico se detuvieran tenía que hacer una llamada por la mañana.

7
—¿Así que el hombre misterioso se ha ido?

La voz me asustó y di un salto, y el café saltó de mi cucharita a la encimera.

Lancé a Braden una mirada mordaz por encima del hombro.

—¿Nunca trabajas? ¿Ni llamas a la puerta?

Estaba repantigado contra el quicio de la puerta, observando cómo me preparaba el café de la mañana.

—¿Puedo tomar uno? —Señaló con la cabeza a la cafetera.

—¿Cómo lo quieres?

—Leche. Dos de azúcar.

—Y yo que esperaba que dijeras «solo».

—Si alguien está sola aquí eres tú.

Puse mala cara.

—¿Quieres café o no?

Gruñó.

—Estás de buen humor por la mañana.

—¿Y cuándo no? —Eché las dos cucharadas en su taza con decisión.

La risa de Braden me impactó en las entrañas.

—Claro.

Mientras hervía el agua, me volví, apoyándome contra la encimera con los brazos cruzados sobre el pecho. Era muy consciente del hecho de que no llevaba sujetador bajo la camisola. De hecho, no creo que nunca hubiera sido tan consciente de mi cuerpo como cuando estaba cerca de Braden. Para ser sincera, había dejado de preocuparme mi apariencia y toda la mierda que eso conlleva después de que mis padres y Beth murieran. Llevaba lo que me gustaba, tenía el aspecto que tenía, y me importaba un pimiento lo que pensara cualquier tío. De alguna manera, eso parecía jugar a mi favor.

Pero al estar de pie delante de Braden, me di cuenta de que ya no percibía tanta seguridad en eso. Sentía curiosidad por saber lo que pensaba de mí. Yo no era alta y delgada como todas las glamurosas amazonas que seguramente orbitaban en el mundo de Braden. No era muy baja, pero no era alta. Tenía piernas delgadas y una cintura pequeña, pero tenía tetas, caderas y un culo rotundo. Contaba con un cabello bonito los días que me preocupaba de soltármelo, pero esos días no abundaban. Era de un color indefinido, entre rubio y castaño, pero largo y grueso, con un rizo natural. No obstante, mi pelo era tan abundante que tendía a molestarme a menos que lo llevara por encima de la nuca, y por eso rara vez, casi nunca, lo llevaba suelto. Los ojos eran probablemente mi mejor rasgo, al menos era lo que me decía la gente. Tenía los ojos de mi padre. De color gris claro, con reflejos metálicos, pero no eran enormes y adorables como los de Holly y Ellie; eran estilizados y felinos, y eso sí, eran muy buenos lanzando miradas penetrantes.

No. Yo no era hermosa ni guapa ni glamurosa. Tampoco pensaba que fuera fea, pero preocuparme por ser extraordinaria era algo que no se me había pasado por la cabeza antes. Que Braden hiciera que me preocupara... me sacaba de quicio.

—En serio, ¿no trabajas?

Se enderezó en el umbral y se acercó a mí, paseando como si tal cosa. Llevaba otro traje de tres piezas fantástico. Alguien tan alto y con los hombros tan anchos como él probablemente se habría sentido más cómodo con vaqueros y camiseta, sobre todo con el pelo alborotado y la barba de tres días, pero por Dios que le sentaba bien el traje. Al acercarse, descubrí que mi mente vagaba hacia una tierra de fantasía: Braden besándome, levantándome en la encimera, separándome las piernas, apretado contra mí, con su lengua en mi boca, una mano en mi pecho y la otra entre mis piernas...

Increíblemente caliente, me di la vuelta, deseando que el agua hirviera pronto.

—Tengo una reunión dentro de media hora —dijo, deteniéndose a mi lado y cogiendo la tetera antes de que pudiera hacerlo yo—. He pensado que podía pasarme para ver si todo iba bien. Las cosas parecían tensas anoche antes de que Ellie y yo nos marcháramos.

Observé que ponía agua en las tazas, tratando de decidir si le contaba lo de James y Rhian.

—Buenos días —dijo Ellie, al entrar en la cocina, ya bien despierta y lavada y vestida.

Llevaba el cárdigan del revés. Me estiré y tiré de la etiqueta para que lo viera. Sonriendo con timidez, se lo quitó, le dio la vuelta y se lo volvió a poner.

—Bueno, llegué a casa y James no estaba en el sofá. ¿Ha dormido en tu habitación?

Braden se tensó a mi lado y yo levanté la mirada y lo vi poniendo ceño. Obviamente no había considerado eso. Esbocé una sonrisita, sintiéndome petulante.

—No. —Estudié un momento a Ellie y cuando desaparecieron mis reservas sobre compartir la noticia, me di cuenta de que casi, quizá, de alguna manera, confiaba en ella—. James es el novio de Rhian.

—Rhian, ¿tu mejor amiga Rhian? —preguntó, sirviéndose un poco de zumo de naranja.

Se acomodó con el vaso en la mesa y pensé que estar a su lado en lugar de estar al lado de su hermano sería una buena idea. Me senté en la silla enfrente de ella.

—Le propuso matrimonio y ella se asustó y lo dejó.

Ellie abrió la boca, horrorizada.

—Estás de broma. Pobre chico.

Sonreí, pensando en su nota.

—Lo van a arreglar.

—¿Han hecho las paces?

Dios, parecía tan esperanzada, y ni siquiera los conocía.

—Eres un cielo —le dije en voz baja, y la expresión de Ellie se ablandó.

—Los has juntado tú, ¿verdad? —anunció con la máxima confianza en mí.

Solo Ellie podía tener esa clase de confianza en alguien como yo. Estaba condenadamente convencida de que yo no era tan distante como pretendía. Que tuviera razón en esta ocasión era un poco irritante y muy engañoso.

—Estaba cabreado contigo —intervino Braden antes de que yo pudiera responder.

Yo lo miré, todavía reclinado en la encimera, sorbiendo el café como si tuviera todo el tiempo del mundo.

—Creía que la había convencido yo; de romper con él.

Braden no pareció sorprenderse por ello. De hecho, levantó una ceja y contestó:

—¿Cómo es que no me sorprende?

Ellie chascó la lengua.

—Braden, Joss no haría eso.

—Sé que no lo haría. Pero no creo que no lo hiciera por las razones que tú crees que no lo haría, Els.

Mierda. Así que pensaba que me conocía mejor que Ellie. Hice una mueca interna. A lo mejor sí. Cabrón perceptivo. Irritada, aparté la mirada de él, dando un sorbo a mi propio café y tratando de no hacer caso de su mirada perforadora.

—Demasiado enigmático —gruñó Ellie antes de concentrarse otra vez en mí—. Pero los has juntado, ¿no?

«Te debo una.»

Las palabras hicieron que sonriera en mi taza.

—Sí. Sí, lo he hecho.

—¿Lo has hecho? —Braden sonó tan anonadado por esto, que fue insultante.

Vale, a lo mejor el cabrón solo creía que me conocía.

—Es mi mejor amiga. He ayudado. No soy una zorra sin corazón, ¿sabes?

Braden se encogió.

—Yo nunca he dicho eso, nena.

Sentí un escalofrío cuando me inundó la expresión de cariño, tocando un nervio que ni siquiera sabía que tuviera. Mis palabras salieron de manera cáustica.

—No me llames nena. No me llames nunca nena.

Mi tono brusco y mi rabia repentina causaron una intensa tensión entre los tres, y de repente no pude recordar por qué estaba tan agradecida a Braden el día anterior cuando me había ayudado después del ataque de pánico. Eso es lo que pasaba cuando confiabas en la gente. Empezaban a pensar que te conocían cuando no sabían una mierda.

Ellie se aclaró la garganta.

—¿Así que James ha vuelto a Londres?

—Sí. —Me levanté y vacié el poso del café en la pila—. Voy a pasarme por el gimnasio.

—Jocelyn... —empezó Braden.

—¿No tienes una reunión? —lo corté, a punto de salir de allí, dejando atrás la tensión.

—Jocelyn... —sonó preocupado.

Contuve un profundo suspiro interno.

«Ya lo has dejado claro, Joss.» No tenía que continuar siendo impertinente. Suspirando externamente, levanté la mirada hacia él y le ofrecí con caridad irritada:

—Tengo una taza termo en el armario de arriba a la izquierda si quieres llevarte un poco de café.

Braden me miró un momento, con ojos escrutadores. Negó con la cabeza, con una sonrisa socarrona en los labios.

—No hace falta, gracias.

Asentí, simulando indiferencia con la atmósfera que habíamos provocado, y entonces me volví hacia Ellie.

—¿Quieres venir conmigo al gimnasio?

Ellie arrugó su nariz chata.

—¿Al gimnasio? ¿Yo?

Miré su constitución delgada.

—¿Quieres decir que eres así de estupenda de natural?

Se rio, ruborizándose un poco.

—Tengo buenos genes.

—Sí, bueno, yo he de hacer ejercicio para caber en los míos.

—Qué mona —murmuró Braden en su café, riéndose con la mirada.

Le sonreí, mi segunda disculpa no verbal por mi brusquedad con él.

—En fin, supongo que voy sola. Os veo luego.

—Gracias por el café, Jocelyn —dijo Braden con descaro cuando yo ya me alejaba por el pasillo.

Me estremecí.

—¡Es Joss! —le grité refunfuñando, tratando de no hacer caso del sonido de su risa.

—Así que ahora que hemos hecho las presentaciones y hemos dejado atrás lo básico, ¿quieres contarme por qué sientes que era el momento de hablar con alguien? —me preguntó con suavidad la doctora Kathryn Pritchard.

¿Por qué todos los terapeutas hablaban en voz tan suave y relajante? Se suponía que el objetivo era calmarte, pero sonaba igual de condescendiente que cuando tenía quince años. Miré a mi alrededor en el amplio consultorio de North St. Andrews Lane.

Era sorprendentemente agradable y moderno, nada parecido a la consulta llena de cosas de la terapeuta que había visto en el instituto. Además, la terapia del instituto era gratis. Esa tía me iba a costar una pequeña fortuna.

—Necesita flores o algo —observé—. Un poco de color. Este consultorio no es muy acogedor.

Me sonrió.

—Tomo nota.

No dije nada.

—Jocelyn...

—Joss.

—Joss. ¿Por qué estás aquí?

Sentí un nudo en el estómago y empezaron los sudores fríos. Tuve que darme prisa para recordarme que cualquier cosa que le dijera era privada. Nunca la vería fuera del consultorio, y ella nunca usaría mi pasado ni mis problemas contra mí, ni para conocerme personalmente. Respiré hondo.

—He empezado a tener ataques de pánico otra vez.

—¿Otra vez?

—Tenía muchos cuando tenía catorce años.

—Bueno, los ataques de pánico son provocados por toda clase de ansiedades. ¿Por qué entonces? ¿Qué estaba pasando en tu vida?

Me tragué el ladrillo de mi garganta.

—Mis padres y mi hermana pequeña murieron en un accidente de coche. Yo no tenía más familia, salvo un tío al que no le importaba en absoluto, y pasé el resto de mi adolescencia en casas de acogida.

La doctora Pritchard había estado escribiendo mientras hablaba. Se detuvo y me miró a los ojos.

—Lo siento mucho, Joss.

Noté que mis hombros se relajaban por su sinceridad y asentí a modo de reconocimiento.

—Después de que murieron, empezaste a tener ataques de pánico. ¿Puedes describirme los síntomas?

Lo hice y ella fue asintiendo.

—¿Hay un desencadenante? ¿Al menos eres consciente de alguno?

—No me permito mucho pensar en ellos. En mi familia, me refiero. Recuerdos de ellos, reales, recuerdos sólidos, no solo impresiones vagas... los recuerdos desencadenan los ataques.

—¿Pero pararon?

Hice una mueca.

—Soy muy buena en no pensar en ellos.

La doctora Pritchard levantó una ceja.

—¿Durante ocho años?

Me encogí de hombros.

—Puedo mirar fotos, puedo tener una idea sobre ellos, pero evito cuidadosamente recuerdos concretos de nosotros juntos.

—¿Pero tus ataques de pánico han empezado otra vez?

—Bajé la guardia. Dejé que llegaran los recuerdos, tuve un ataque de pánico en el gimnasio y luego en una cena familiar con una amiga.

—¿En qué estabas pensando en el gimnasio?

Me moví con inquietud.

—Soy escritora. Bueno, lo intento. Empecé a pensar en la historia de mi madre. Es una buena historia. Triste. Pero creo que a la gente le gustaría. La cuestión es que tuve un recuerdo (unos pocos) de mis padres y de su relación. Tenían una buena relación. Lo siguiente que supe fue que había un tío ayudándome a que me levantara de la cinta de correr.

—¿Y la cena familiar? ¿Fue la primera cena familiar que has tenido desde las casas de acogida?

—Nunca tuvimos cenas familiares en las casas de acogida. —Sonreí sin humor.

—¿Así que fue tu primera cena familiar después de perder a los tuyos?

—Sí.

—¿Y eso también desencadenó un recuerdo?

—Sí.

—¿Has tenido algunos cambios importantes en tu vida recientemente, Joss?

Pensé en Ellie y Braden y en nuestro café matinal de una semana antes.

—Me he mudado. Nuevo apartamento, nueva compañera de piso.

—¿Algo más?

—Mi antigua compañera de piso, mi mejor amiga, Rhian, se trasladó a Londres y ella y su novio acaban de comprometerse. Pero eso es todo.

—¿Tú y Rhian estabais muy unidas?

Me encogí de hombros.

—Lo más unida que puedo estar.

La doctora me sonrió con la tristeza presionando en sus labios.

—Bueno, esa frase dice mucho. ¿Y tu nueva compañera de piso? ¿Permites que tu nueva compañera de piso se te acerque?

Pensé en ello. Supongo que dejaba que Ellie se acercara más de lo que habría imaginado.

—Ellie. Nos hemos hecho amigas deprisa. No lo esperaba. Los amigos de Ellie son majos y nos vemos a menudo con su hermano y su grupo. Supongo que tengo más vida social ahora.

—¿Fue en casa de la familia de Ellie y su hermano donde tuviste el ataque de pánico?

—Sí.

La doctora Pritchard asintió y garabateó algo más.

—¿Bueno? —pregunté.

Ella me sonrió.

—¿Estás buscando un diagnóstico?

Levanté una ceja.

—Siento decepcionarte, Joss, pero apenas hemos arañado la superficie.

—Pero ¿cree que estos cambios tienen que ver con eso? Quiero que los ataques de pánico paren.

—Joss, llevas quince minutos en mi oficina y ya puedo decirte que esos ataques de pánico no van a parar pronto... a menos que empieces a afrontar la muerte de tu familia.

¿Qué? Bueno, eso era simplemente estúpido.

—La he afrontado.

—Mira, has sido lo bastante lista para saber que tienes un problema y que necesitas hablar con alguien sobre tu problema, así que eres lo bastante lista para darte cuenta de que enterrar los recuerdos de tu familia no es una forma sana de afrontar su muerte. Los cambios en la vida cotidiana, gente nueva, nuevas emociones, nuevas expectativas pueden desencadenar sucesos pasados. Sobre todo si no te has enfrentado a ellos correctamente. Pasar tiempo con una familia después de años de no tener la tuya ha derribado el muro que habías levantado en torno a la muerte de tu familia. Creo que es posible que estés sufriendo de un trastorno de estrés postraumático, y eso no es algo que se pueda pasar por alto.

Gruñí.

—¿Cree que tengo TEPT? ¿Lo que tienen los veteranos de guerra?

—No solo es cosa de soldados. Cualquiera que sufra alguna clase de pérdida o trauma emocional o físico puede sufrir TEPT.

—¿Y cree que lo tengo?

—Posiblemente, sí. Sabré más cuanto más hablemos. Y con suerte cuanto más hablemos, más fácil te resultara pensar en tu familia y recordar.

—Eso no suena como una buena idea.

—No será fácil. Pero ayudará.

8
Me encantaba el olor de los libros.

—¿No crees que es un poco brutal para Hannah? —preguntó la voz suave pero preocupada de Ellie por encima de mi cabeza.

Sonreí a Hannah, que me sacaba dos dedos. Como su madre y su hermana, la chica era alta. Al retorcer el cuello para mirar a Ellie alzándose sobre mí, mi expresión era de incredulidad.

—Tiene catorce años. Es un libro de jóvenes adultos.

El libro se escurrió de entre mis dedos, porque Hannah lo cogió antes de que Ellie pudiera detenerla. Estaba disfrutando de la mañana del domingo con ellos en la librería y Hannah estaba pasando un buen rato gastando la tarjeta regalo de Braden.

Ellie parecía perturbada.

—Sí, sobre un mundo distópico donde los adolescentes se matan unos a otros.

—¿Lo has leído por lo menos?

—No...

—Entonces confía en mí. —Sonreí a Hannah—. Es una pasada.

—Lo voy a comprar, Ellie —dijo Hannah categóricamente, añadiendo el libro a la creciente pila.

Ellie, soltando un suspiro de derrota, asintió a regañadientes y volvió hacia la sección de novela romántica. Estaba a punto de enterarme de que era una defensora acérrima del final feliz. Habíamos visto al menos tres dramas románticos esa semana. No obstante, antes de sufrir una sobredosis de adaptaciones de Nicholas Sparks, estaba decidida a que esa noche viéramos a Matt Damon rompiendo algunas cabezas en el papel de Jason Bourne.

Me sonó el móvil y me apresuré a buscarlo solo para descubrir que era Rhian.

Le había enviado un mensaje de correo electrónico la noche anterior.

—¿Me dejas que responda la llamada? —le pregunté a Hannah.

Ella me dijo adiós con la mano, con la nariz prácticamente pegada a la librería mientras examinaba los títulos. Con una sonrisa, me alejé de ella para responder en privado.

—Eh.

—Hola —replicó Rhian, de forma casi tentativa.

Me preparé.

Mierda. A lo mejor no debería haber compartido la noticia. ¿Iba a empezar a tratarme como una loca a partir de entonces? ¿Iba a andarse con pies de plomo? Porque eso sería demasiado raro. Echaría de menos que me insultaran por algo.

—¿Cómo estáis tú y James? —pregunté antes de que pudiera decir nada.

—Mucho mejor. De hecho, me ha pedido que vea a alguien. A un terapeuta.

Me quedé de piedra en el pasillo de ciencia ficción.

—¿Estás de broma?

—No. No le hablé de tu mensaje, lo juro. Solo me lo soltó. Una coincidencia. —Respiró hondo—. ¿Tú de verdad vas a ver una?

Miré a mi alrededor para asegurarme de que estaba sola.

—Necesito hablar con alguien, y una profesional sin interés personal en mi vida es la única persona en la que confiaría... bueno... para hablar sobre lo que necesito hablar... —Puse ceño. Diez puntos por mi capacidad expresiva.

—Ya veo.

Me estremecí por su tono. Había un punto definitivamente mordaz en él.

—Rhian, no quiero hacerte daño.

—No me haces daño. Solo pienso que deberías hablar con alguien al que de verdad le importes. ¿Por qué crees que le conté todo a James? Sabes que tenías razón antes. Confié en él. Y me alegro de haberlo hecho.

—No estoy preparada para eso. Yo no tengo un James. No quiero un James. Y de todos modos, tu James todavía quiere que hables con un terapeuta.

Rhian hizo un sonido de gruñido.

—Creo que él piensa que si doy luz verde a toda la cuestión de la terapia, entonces hablo en serio cuando digo que quiero que las cosas con él funcionen.

Pensé en lo devastado que había estado James la noche en que vino a verme.

—Entonces deberías hacerlo.

—¿Cómo fue? ¿Fue raro?

Fue espantoso.

—Estuvo bien. Extraño al principio, pero voy a volver.

—¿Quieres hablar de ello?

«Sí, por eso estoy pagando cien libras por hora a una profesional, para hablar contigo.» Contuve mi sarcasmo.

—No, Rhian, no.

—Bien, no hace falta que muerdas, gruñona.

Puse los ojos en blanco.

—Sabes que echo de menos los insultos cara a cara. No es lo mismo por teléfono.

Ella resopló.

—Echo de menos a alguien que me entienda. Llamé zorra a una mujer de mi equipo de investigación, de buen rollo, ¿sabes?, y ella me mandó al infierno. Y creo que lo dijo en serio.

—Rhian, ya hemos hablado de esto. A las personas normales no les gusta que las insulten. Por alguna razón, tienden a tomárselo como algo personal. Y tú tienes un poquito de mala leche, por cierto.

—La gente normal es demasiado sensible.

—Joss, ¿has leído este? —Hannah apareció doblando la esquina del pasillo para mostrarme otro libro de distopía.

Lo había leído. ¿Qué puedo decir? Tengo debilidad por la distopía.

—¿Quién es? —preguntó Rhian—. ¿Dónde estás?

Asentí a Hannah.

—Es buena. Y sale un tío cañón. Creo que te encantará.

Hannah se quedó encantada con eso y se llevó el libro al pecho, antes de ponerlo en el cesto de artículos y volver a la sección de ficción juvenil.

—¿Joss?

—Era Hannah —Incliné la cabeza ante una novela de Dan Simmons. Oh, esa no la había leído.

—¿Y Hannah es...?

—La hermana de catorce años de Ellie.

—Y estás con una adolescente... ¿por qué?

¿Qué pasaba con el tono? Su pregunta podría también haber sido «y estás fumando
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