Traducción de Javier Guerrero






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Sex on Fire a todo volumen. Refunfuñé al darme cuenta de que se inmiscuían en mi soledad tan deprisa. Incliné la cadera para sacar el teléfono del bolsillo y sonreí al ver el identificador de llamada.

—Hola —respondí con afabilidad.

—Bueno, señorita autoindulgente, ¿ya te has mudado a tu nuevo piso exorbitantemente pretencioso? —preguntó Rhian sin ningún preámbulo.

—¿Es envidia eso que detecto?

—Exacto, afortunada. Casi me sientan mal los cereales de esta mañana cuando he visto las fotos que me has mandado. ¿Esa casa es de verdad?

—Tengo la impresión de que el apartamento de Londres no cumple con tus expectativas.

—¿Expectativas? Estoy pagando una fortuna por una caja de zapatos.

Resoplé.

—Joder —gruñó Rhian sin muchas ganas—, te echo de menos a ti y nuestro palacio de los ratones.

—Yo también te echo de menos a ti y nuestro palacio de los ratones.

—¿Lo estás diciendo mientras miras tu bañera con pies y grifos dorados?

—No... mientras estoy tumbada en mi cama de cinco mil dólares.

—¿Cuánto es eso en libras?

—No lo sé. ¿Tres mil?

—Joder, duermes en seis semanas de alquiler.

Refunfuñando, me incorporé para sentarme en la cama y abrir la siguiente caja.

—Ojalá no te hubiera dicho cuánto pago de alquiler.

—Bueno, te daría un sermón sobre cómo derrochas ese dinero tuyo en alquiler cuando podrías haberte comprado una casa, pero ¿quién soy yo para hablar?

—Sí, y no necesito sermones. Esa es la parte buena de ser huérfana. No hay sermones de preocupación.

No sé por qué dije eso.

No había ninguna parte buena en ser huérfana.

O en que nadie se preocupara por ti.

Rhian se quedó en silencio al otro lado de la línea. Nunca hablábamos de mis padres ni de los suyos. Era terreno vedado.

—De todos modos —dije aclarándome la garganta—, será mejor que siga abriendo cajas.

—¿Está ahí tu compañera de piso? —Rhian retomó la conversación como si yo no hubiera dicho nada sobre mi orfandad.

—Acaba de irse.

—¿Has conocido a alguno de sus amigos? ¿Hay algún chico? ¿Alguno lo bastante sexy para sacarte de tus cuatro años de sequía?

La risa escéptica se congeló en mis labios cuando saltó en mi mente una imagen del tío del traje. Noté un cosquilleo en la piel al pensar en él y me quedé callada. No era la primera vez que aparecía en mis pensamientos en los últimos siete días.

—¿Qué pasa? —preguntó Rhian en respuesta a mi silencio—. ¿Hay alguno que está bueno?

—No. —Me la quité de encima al tiempo que apartaba de mis pensamientos al tío del traje—. Todavía no he conocido a ninguno de los amigos de Ellie.

—Qué coñazo.

«La verdad es que no. Lo último que necesito en mi vida es a un tío.»

—Escucha, tengo que acabar con esto. ¿Hablamos más tarde?

—Claro, cielo, hablamos luego.

Colgamos y yo suspiré, mirando todas mis cajas. Lo único que de verdad quería hacer era volver a echarme en la cama y regalarme una larga siesta.

—Oh, vamos a hacer esto.

Al cabo de unas horas había terminado de desempaquetar. Tenía todas las cajas bien dobladas y almacenadas en el armario empotrado. Había colgado y guardado la ropa. Tenía los libros alineados en la estantería y el portátil abierto en el escritorio, esperando mis palabras. Había puesto una fotografía de mis padres en la mesita de noche, otra de Rhian y yo en una fiesta de Halloween decoraba un estante y, en la mesa, junto a mi portátil, estaba mi foto favorita. Era una fotografía en la que aparecía yo con Beth en brazos y mis padres detrás de mí. La habían sacado en el patio de atrás, durante una barbacoa del verano antes de que murieran. Mi vecino había hecho la foto.

Sabía que las fotos por lo general provocaban preguntas, pero esas no podía guardarlas. Eran un doloroso recuerdo de que amar a la gente solo causaba sufrimiento..., pero no podía soportar desprenderme de ellas.

Me besé las yemas de los dedos y toqué con suavidad la foto de mis padres.

Os echo de menos.

Al cabo de un momento, una gota de sudor que me corría por la nuca me sacó de la neblina de melancolía, y arrugué la nariz. Era un día de calor y yo había afrontado la faena de desempaquetar con la energía con la que Terminator perseguía a John Connor.

Hora de probar esa bañera espléndida.

Al echar un poco de líquido para hacer burbujas y abrir el grifo de agua caliente, empecé de inmediato a relajarme por el rico olor de las flores de loto. De nuevo en el dormitorio, me quité la blusa sudada y los shorts, y sentí una liberación petulante al recorrer el pasillo, desnuda en mi nuevo apartamento.

Sonreí, mirando en torno a mí, sin creer todavía que todo aquello era mío durante al menos seis meses.

Me hundí en la bañera y empecé a adormecerme, incluso con la música que atronaba desde mi smartphone. Solo el progresivo frío del agua hizo que me espabilara. Sintiéndome calmada y tan contenta como podía estar, salí de manera poco elegante de la bañera y me estiré hacia mi teléfono. En cuanto el silencio reinó a mi alrededor, miré hacia el toallero y me quedé helada.

Mierda.

No había toallas. Miré al toallero como si fuera culpa suya. Habría jurado que Ellie tenía toallas allí la semana anterior. Me iba a tocar ir goteando por todo el pasillo.

Dejé la puerta del cuarto de baño abierta de par en par y salí al espacioso pasillo, maldiciendo entre dientes.

—Eh..., hola —dijo una voz profunda, y mis ojos saltaron del charco que estaba creando en el suelo de madera noble.

Un grito de asombro estalló en mi laringe al mirar a los ojos del tío del traje.

¿Qué estaba haciendo ahí? ¿En mi casa? ¡Acosador!

Me quedé boquiabierta, tratando de entender qué demonios estaba ocurriendo; tardé un momento en darme cuenta de que no me estaba mirando a la cara. Su atención recorría mi cuerpo desnudo.

Con un ruido de angustia indescifrable puse un brazo delante de mis pechos y una mano delante de mi conejito. Los ojos azul pálido del intruso se encontraron con mi mirada gris horrorizada.

—¿Qué estás haciendo en mi apartamento? —Miré apresuradamente a mi alrededor en busca de un arma.

¿Un paraguas? Tenía punta de metal... podría servir.

Otro ruido ahogado hizo que mis ojos volvieran a los suyos y noté un indeseado y completamente inapropiado calor entre las piernas. Él tenía esa mirada otra vez. Esa expresión oscura, de avaricia sexual. Odiaba que mi cuerpo respondiera de forma tan instantánea a esa mirada, considerando que el tipo podía ser un asesino en serie.

—¡Date la vuelta! —grité, tratando de encubrir lo vulnerable que me sentía.

De inmediato, él levantó las manos en ademán de rendición y se volvió despacio, dándome la espalda. Entrecerré los ojos ante la visión de sus hombros temblando. El cabrón se estaba riendo de mí.

Con el corazón acelerado, corrí hacia mi habitación para coger algo de ropa —y posiblemente un bate de béisbol— cuando una foto del tablón de anuncios de Ellie captó mi atención. Era una foto de Ellie... y el tío del traje.

¿Qué demonios?

¿Por qué no me había fijado en eso? Ah, claro. Porque no me gusta hacer preguntas. Enfadada con mi lamentable capacidad de observación, lancé una mirada por encima del hombro. Me gratificó descubrir que el tío del traje no estaba espiando. Al correr resbalando hacia mi habitación, su voz profunda me siguió, atronando por el pasillo hasta mis oídos.

—Soy Braden Carmichael, el hermano de Ellie.

Por supuesto que lo era, pensé, malhumorada, secándome con una toalla antes de ponerme unos shorts y una camiseta corta.

Con mi pelo castaño apilado en un moño torpe y húmedo encima de la cabeza, volví a salir al pasillo para enfrentarme a él.

Los labios de Braden, que se había dado la vuelta, se curvaron hacia arriba al mirarme de pies a cabeza. El hecho de que estuviera vestida no importaba. Él todavía me estaba viendo desnuda. Estaba segura.

Puse los brazos en jarras en un gesto de humillación beligerante.

—¿Y acabas de entrar sin llamar?

Levantó una ceja oscura ante mi tono.

—Es mi piso.

—Llamar a la puerta es una norma de cortesía elemental —argumenté.

Su respuesta consistió en encogerse de hombros y luego meterse las manos en los bolsillos del pantalón del traje como si tal cosa. Se había quitado la chaqueta en alguna parte y se había arremangado la camisa hasta los codos, revelando unos antebrazos fuertes, masculinos.

Un nudo de necesidad se tensó en mis tripas ante la visión de esos antebrazos sexys.

«Mierda.»

«Mierda, mierda y mierda.»

Me ruboricé por dentro.

—¿Vas a disculparte?

Braden me regaló una sonrisa gamberra.

—Nunca me disculpo a menos que lo haga en serio. Y no voy a disculparme por esto. Ha sido el punto culminante de mi semana. Posiblemente de todo el año. —Su sonrisa era tan fácil, que me persuadía a devolvérsela.

No iba a hacerlo.

Braden era el hermano de Ellie. Y tenía novia.

Y la atracción tan intensa que sentía por ese desconocido no podía ser sana.

—Vaya vida más aburrida llevas —repliqué con débil altanería al pasar a su lado.

Esperas ser ocurrente después de enseñarle tus encantos femeninos a un tipo al que apenas conoces. Yo no podía rehuirlo y tenía que pasar por alto el cosquilleo en mi estómago al captar el aroma de la deliciosa colonia que llevaba.

Braden gruñó ante mi observación y me siguió. Sentía el calor de él en mi espalda al entrar en el salón.

Su chaqueta estaba sobre el respaldo de un sillón y había una taza de café casi vacía al lado de un periódico abierto en la mesita. Se había puesto cómodo mientras yo estaba en remojo en la bañera, completamente ajena a su presencia.

Enfadada, le lancé una mirada sucia por encima del hombro.

Su expresión burlona e infantil me golpeó en el pecho y aparté rápidamente la mirada. Me senté en el brazo del sofá mientras Braden se dejaba caer como si tal cosa en el sillón. La burla había desaparecido. Me miró con solo una pequeña sonrisa en los labios, como si estuviera pensando en un chiste privado. O en mí desnuda.

A pesar de mi resistencia, no quería que pensara que mi desnudez tenía gracia.

—Así que eres Jocelyn Butler.

—Joss —le corregí mecánicamente.

Él asintió y se relajó en su asiento, deslizando el brazo por el respaldo del sillón. Tenía una manos preciosas. Elegantes, pero masculinas. Grandes. Fuertes. Una imagen de esa mano subiendo por la cara interior de mi muslo destelló en mi mente antes de que pudiera detenerla.

Joder.

Desenganché mi mirada de sus manos para verlo por completo. Tenía aspecto de sentirse cómodo y plenamente al mando de la situación. Se me ocurrió de repente que ese era el Braden con todo el dinero y responsabilidades, una novia jactanciosa y una hermana pequeña a la que sin duda sobreprotegía.

—Le caes bien a Ellie —dijo.

«Ellie no me conoce.»

—Me gusta Ellie, pero de su hermano no estoy tan segura. Parece bastante grosero.

Braden me mostró sus dientes blancos, ligeramente torcidos.

—Él tampoco está seguro de ti.

«Eso no es lo que dicen tus ojos.»

—¿No?

—No estoy seguro de cómo me sienta que mi hermanita viva con una exhibicionista.

Puse mala cara y solo a duras penas logré resistirme a sacarle la lengua. Sacó a relucir mi lado más adulto.

—Los exhibicionistas se desnudan en público. Yo no sabía que había nadie más en el apartamento, y me había olvidado la toalla.

—Gracias a Dios por sus pequeños regalos.

Lo estaba haciendo otra vez, mirándome de esa manera. ¿Sabía que era tan descarado con eso?

—En serio —continuó, bajando la mirada a mi pecho antes de volver a mi rostro—, deberías ir por ahí siempre desnuda.

El halago me hizo mella. No pude evitarlo. Una ligera sonrisa curvó la comisura de mis labios y negué con la cabeza como si estuviera hablando con un niño malo.

Braden, complacido, se rio con suavidad. Una plenitud extraña e inesperada se formó en mi pecho y supe que tenía que cortar la extraña atracción instantánea que existía entre nosotros. Eso no me había ocurrido nunca antes, así que iba a tener que improvisar.

Puse los ojos en blanco.

—Eres un capullo.

Braden se incorporó con un resoplido.

—Normalmente, las mujeres solo me dicen eso después de que folle con ellas y les pida un taxi.

Parpadeé con rapidez ante su lenguaje obsceno. ¿En serio? ¿Ya estábamos usando esa palabra cuando apenas nos conocíamos?

Él se dio cuenta.

—¿No me digas que no soportas esa palabra?

No. Supongo que esa palabra puede ponerte cuando se dice en el momento adecuado.

—No. Solo pensaba que no deberíamos estar hablando de follar cuando acabamos de conocernos.

Vale. Eso sonó fatal.

Los ojos de Braden se iluminaron con una risa silenciosa.

—No sabía que estábamos haciendo eso.

Cambié de tema abruptamente.

—Si has venido a ver a Ellie, está dando clase.

—En realidad he venido a conocerte a ti. Solo que no sabía que ibas a ser tú. Menuda coincidencia. He pensado mucho en ti desde la semana pasada en el taxi.

—¿Cuando estabas cenando con tu novia? —pregunté con malicia, sintiendo que estaba nadando contra corriente con ese tipo. Quería que saliéramos de ese lugar de flirteo sexual en el que habíamos aterrizado y nos asentáramos en un terreno normal de «es solo el hermano de mi compañera de piso».

—Holly está en el sur visitando a sus padres esta semana. Es de Southampton.

«Me importa un rábano.»

—Ya veo. Bueno... —Me levanté, esperando que el gesto lo invitara a salir—. Diría que ha sido un placer conocerte, pero estaba desnuda... así que no lo ha sido. Tengo mucho que hacer. Le diré a Ellie que has pasado.

Riendo, Braden negó con la cabeza y se levantó para ponerse la chaqueta.

—Eres un hueso duro de roer.

Vale, tenía que poner las cosas muy claras a ese tipo.

—Eh, no vas a roer este hueso. Ni ahora ni nunca.

Se estaba atragantando de risa al caminar hacia mí, obligándome a retroceder hacia el sofá.

—De verdad, Jocelyn... ¿Por qué tienes que hacer que todo suene tan sucio?

Me quedé boquiabierta de indignación cuando él se volvió y se fue... diciendo la última palabra.

Lo odiaba.

De verdad.

Lástima que mi cuerpo no opinara lo mismo.

3
El Club 39 no era tanto un club como un bar con una pequeña pista de baile al fondo. En el sótano de George Street, los techos no eran muy altos, los sofás circulares y los cubos cuadrados que hacían las veces de asientos eran bajos, y la zona de barra en realidad estaba construida en un nivel inferior, lo que significaba que los borrachos tenían que descender tres escalones para llegar a nosotros. El que había añadido ese pequeño detalle al plano de los arquitectos desde luego se había fumado algo.

Los jueves por la noche normalmente la barra poco iluminada estaba repleta de estudiantes, pero con el semestre terminado y el verano escocés ya encima, la noche era tranquila y habían bajado la música, porque no había nadie en la pista de baile.

Le pasé al tipo que estaba al otro lado de la barra sus bebidas y él me dio un billete de diez libras.

—Quédate con el cambio. —Me hizo un guiño.

No hice caso del guiño, pero metí el cambio en el bote de las propinas. Nos las dividíamos al final de la noche, aunque Jo argumentaba que ella y yo conseguíamos la mayoría de las propinas por el escote bajo del
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