Traducción de Javier Guerrero






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kitsch que le encantaba a Ellie. Vendían unos paraguas que eran como parasoles pasados de moda y ella había estado insistiendo en comprarse uno, pero nunca lo había hecho. Así que iba a comprarle un pequeño regalo para su regreso al apartamento al día siguiente.

Acababa de terminar de comer y había salido al Grassmarket. Estaba tratando de volver a meter el monedero en el bolso cuando oí:

—¿Jocelyn?

Levanté la cabeza y mi corazón hizo eso de latir tan fuerte que se descolgaba de mi pecho y se precipitaba a la boca de mi estómago. Braden estaba delante de mí, y a su lado, esa rubia alta y sensacional. Ella llevaba un traje chaqueta entallado, de estilo victoriano y seductores zapatos de aguja. Lucía una larga melena rubia perfectamente alborotada y el maquillaje era tan impecable como sus facciones.

¿Era real?

La odié al instante.

—Braden —murmuré, con mis ojos volando a cualquier parte para evitar su mirada.

Debería mencionar que iba con mis vaqueros rotos en la rodilla y una camiseta vieja que anunciaba una famosa cerveza. Llevaba el pelo recogido en su habitual moño encima de la cabeza y nada de maquillaje.

Tenía un aspecto horrible.

La verdad es que facilitaba al máximo su elección.

—Te mandé un mensaje de texto —dijo con voz irritantemente severa.

Al oírlo mis ojos buscaron los suyos.

—Ya lo sé.

Apretó la mandíbula.

Isla se aclaró la garganta de manera educada y trató de relajarse, aunque su mirada penetrante no abandonó la mía cuando Braden dijo:

—Isla, ella es Jocelyn. Jocelyn, ella es Isla, la nueva gerente de Fire.

Recurrí a mis mejores aptitudes interpretativas para sonreír educadamente y le tendí la mano a Isla para que me la estrechara. Ella me sonrió con curiosidad.

—He oído todo de ti —dijo de manera significativa.

Todo el cuerpo de Braden se paralizó entonces y le envié una sonrisa amarga, transmitiendo mi propio mensaje con la mirada: «Sí, lo sé todo de ella, capullo.»

Isla se volvió hacia Braden torciendo la boca de una manera excepcionalmente atractiva y seductora.

—¿Has estado hablando de mí a la gente?

Él no respondió. Estaba demasiado ocupado matándome con los ojos.

—Isla, puedes darnos un momento, por favor.

Ajá.

Y entonces ocurrió un milagro. Bon Jovi acudió en mi auxilio. Había cambiado mi tono de móvil.

«Un disparo en el corazón y tú eres el culpable, le das un mal nombre al amor.»

Sí, no me sentía muy sutil el día que cambié el tono.

Braden levantó una ceja al oírlo y una sonrisa estúpidamente divertida curvó sus labios cuando saqué el móvil. Rhian. Gracias a Dios.

—Tengo que contestar. Ya hablaremos.

La sonrisa de Braden se convirtió rápidamente en una mirada asesina.

—Joc...

—Rhian —respondí con afectada alegría, haciendo un pequeño gesto de adiós a Isla que ella devolvió de manera ausente.

Rhian resopló.

—Suenas tensa.

Caminé con paso ligero más allá de los pubs dirigiéndome a Candlemaker Row, un atajo al puente y a Forrest Road.

—No te hice un regalo de Navidad lo bastante bueno, que lo sepas.

—Eh, ¿por qué?

—Porque acabas de salvarme el cuello. Te mandaré algo como agradecimiento.

—Oh, chocolate, por favor.

—Hecho.

Dejé que me hablara de algo y nada durante diez minutos en un intento desesperado de apagar el insoportable dolor en el pecho que me había producido ver a Braden. No duró mucho. Fui a casa, me acurruqué en las sábanas sin lavar que olían a él y lloré durante tres horas, antes de reunir por fin el valor de ponerlas en la lavadora.

25
Quizá todavía me sentía culpable por haberle fallado a Ellie aquella primera noche, así que me pasé un poco preparando el apartamento para su regreso. Estaba limpio de suelo a techo, pero había contenido mi propia inclinación al orden y había dejado las cosas de Ellie, porque sabía que eso la haría sentirse en casa. Encargué en Internet un espléndido juego de cama color verde pálido, porque sabía que le encantaba el verde, compré unos cuantos cojines decorativos y convertí su cama en la cama de una princesa. Compré también una bandeja para desayunar en la cama que rodaba por el lateral y se doblaba hacia dentro. Compré flores. Chocolate. Llené la nevera con su helado favorito de Ben & Jerry’s. Había una pila de todos los últimos números de todas las revistas que ella leía en el armarito de al lado de la cama. Un par de libros de sudokus y crucigramas. Y lo más extravagante... una pequeña televisión de pantalla plana con DVD incorporado. Probablemente era demasiado para un paciente que en principio solo tenía que estar en cama dos semanas, pero no quería que Ellie se aburriera.

—Oh, Dios mío. —Los ojos de Ellie se ensancharon en cuanto entró en la habitación.

Estaba de pie con el brazo enlazado en la cintura de Adam, y Elodie, Clark y Braden ya estaban en el dormitorio, sonriendo ante todo ello. Los niños habían vuelto a la escuela, así que se perdieron el «Joss se ha pasado». Los ojos de Ellie se clavaron en mí.

—¿Tú has hecho todo esto?

Me encogí de hombros sintiéndome muy incómoda de repente.

—No es nada.

Ellie rio y se acercó a mí, despacio.

—Eres asombrosa.

Resoplé.

—Si tú lo dices...

—Ven. —Me envolvió con sus brazos y yo la abracé, como siempre sintiéndome como una niña pequeña abrazada a su madre porque era muy alta—. Me encanta, gracias.

—Me alegro. —La aparté con suavidad y puse ceño—. Túmbate.

Ellie gruñó.

—Esto va a ser divertido.

Cuando Adam estaba ayudando a Ellie a sacarse los zapatos y meterla en la cama, Elodie se me acercó.

—El médico dice que has de asegurarte de que no se le humedezca el vendaje cuando se duche.

—Puede bañarse por ahora.

—Bien. Y tiene que descansar. Puede caminar un poco, pero no constantemente.

—Entendido.

—Tiene que volver dentro de dos semanas para que le quiten el vendaje.

—Vale.

—Y luego tiene un control dentro de tres meses. Si todo está bien, el siguiente será dentro de un año.

Puse ceño.

—Espera. —Lancé una sonrisa de esperanza en dirección a Ellie—. ¿Tenéis los resultados de la biopsia?

—¿Nadie se lo ha dicho? —Ellie arrugó el entrecejo al mirar de manera acusadora por la habitación.

Braden suspiró.

—A lo mejor si dejara de evitar a todo el mundo...

—Hola. —Moví la mano—. ¿Resultados, por favor?

Ellie sonrió.

—Benigno.

Suspiré aliviada al oír la confirmación de lo que el doctor Dunham había predicho.

—Tendrías que haber empezado por ahí.

—Perdón.

—Ajá. —Levanté una ceja a Elodie—. Posdata: voy a cuidar bien de ella. —Fijé mi atención en Adam, que se había aupado a la parte superior de las mantas en el otro lado de la cama—. Eso si el osito amoroso me deja.

Adam hizo una mueca.

—Soy demasiado mayor para que me llamen osito amoroso.

—A mí me gusta. —Ellie sonrió con malicia.

—Entonces, osito amoroso.

—Bueno, creo que iré a preparar algo de café antes de vomitar en la colcha nueva de Ellie. —Reí y me dirigí hacia la puerta.

Braden se interpuso, con rostro inexpresivo.

—Tenemos que hablar. —Dicho esto, dio media vuelta y salió de la habitación, sin dejarme otra opción que seguirle.

Lo encontré en mi dormitorio, y en cuanto entré, él pasó a mi lado para cerrar la puerta.

—Podemos hablar en la sala —le dije con irritación, odiando tenerlo allí, donde conservaba tantos recuerdos.

Además, su presencia en mi habitación siempre había sido abrumadora.

En respuesta, él se acercó a mí y solo se detuvo cuando estuvimos a dos dedos de distancia. Quería retroceder, pero no pensaba darle esa satisfacción. Lo miré desafiante y él inclinó un poco la cabeza para mirarme directamente a los ojos.

—He estado tratando de darte espacio, pero esto es ridículo.

Di un cabezazo al oírlo.

—Eh, ¿qué?

Observé sus ojos excepcionales y furiosos entornándose.

—Nunca estás aquí. ¿Estás viendo a otra persona? Porque juro por Dios...

Decir que me enfureció se quedaba muy corto.

—¿Me estás tomando el pelo? —grité, olvidando que había público al otro lado del pasillo.

—Bueno, ¿qué demonios está pasando?

Tomé una inspiración temblorosa, tratando de calmarme.

—Eres un capullo. Cómo se te ocurre entrar aquí y acusarme de hacer cosas a tu espalda cuando eres tú el que se está follando a la nueva gerente de tu club.

Ahora Braden echó la cabeza atrás, desconcertado. ¿Y la mirada que me dedicó? Bueno, digamos solo que no era una forma educada de expresar que pensaba que me faltaba un tornillo.

—¿Isla? ¿Crees que me estoy follando a Isla? No puedo creerlo.

Vale. Estaba completamente confundida. Crucé los brazos sobre el pecho en un intento de mostrar que controlaba esa conversación.

—Ellie me lo contó todo.

Se quedó con la boca abierta. Habría sido divertido si la situación no hubiera sido como un cuchillo en la tripa.

—¿Ellie? ¿Qué te dijo exactamente Ellie?

—Os vio en la comida. Los dos os encontrasteis con Adam y ella para comer y dijo que estabais coqueteando y que se os veía muy a gusto.

Ahora Braden cruzó los brazos sobre el pecho y la seda suave de su camisa se tensó contra los músculos de su bíceps. Tuve un flash de él encima de mí, con sus manos presionándome las muñecas al colchón, moviendo los músculos de sus brazos al empujar con fuerza en mi interior una y otra vez.

Me ruboricé, apartando la imagen de la cabeza.

Mierda.

—¿Ellie te contó que comió conmigo y con Isla y que yo estaba coqueteando con ella? —me preguntó lentamente, como si fuera una paciente psiquiátrica.

Respondí con los dientes apretados.

—Sí.

—Si no acabaran de operarle el cerebro juro por Dios que la mataría.

Pestañeé.

—¿Qué?

Braden dio un paso adelante, lo cual me obligó a dar un paso atrás, porque no quería que mis tetas chocaran con él.

—Nunca he comido con Isla y Ellie. Se conocieron cuando ella y Adam se pasaron por el club a traerme un USB que dejé en el piso. Se vieron dos segundos.

Me rasqué detrás de la oreja, porque no me gustaba en absoluto dónde me dejaba eso en esta conversación.

—¿Por qué iba a contarme eso?

Braden suspiró profundamente y se volvió, pasándose una mano por el pelo en señal de frustración.

—No lo sé. Probablemente porque le dije que iba a darte espacio como parte de la siguiente fase del plan para recuperarte, y a Ellie no le pareció buena idea. Aparentemente, pensó que el siguiente paso eran los celos. —Negó con la cabeza al lanzarme una mirada insondable—. Y aparentemente se equivocaba.

Lo observé paseando por mi habitación, claramente ordenando sus ideas tanto como yo trataba de afrontar la idea de que Braden no había pasado página en absoluto. Pero todavía no podía entender que Ellie me hubiera hecho daño de esa manera. También me preguntaba cuándo demonios había aprendido a mentir tan bien. No tenía ni idea de mentir cuando la conocí.

Oh.

¿Culpa mía?

—Todavía no lo entiendo. Conocí a esa Isla y es exactamente tu tipo, y está claro que coqueteaba contigo.

—¿Por qué te importa? —Sonrió, pasando las manos por mi estantería—. Dijiste que no querías... —Se detuvo, con el cuerpo tenso con una alerta repentina.

—¿Qué?

Tiró de algo en mi estantería, inclinando la cabeza, y luego se volvió hacia mí, con ojos acusadores.

—¿Vas a alguna parte? —Sostuvo mi billete electrónico impreso para mi viaje a Virginia.

Mi cerebro y mis emociones todavía estaban decidiendo si esta nueva información afectaba a mis planes, de modo que mi cerebro solo dijo la primera parte, que era técnicamente cierta.

—Me voy a casa.

Supe que me equivoqué. Supe que me equivoqué porque Braden no dijo nada. Me clavó en la pared con una expresión que nunca quería ver otra vez en sus ojos y a continuación se volvió y salió de mi habitación dando un portazo.

Sin argumento. Sin discusión.

Quería volver a llorar. Una vez que había iniciado el camino de ceder a las lágrimas después de años de contenerlas, parecía que ya no había forma de pararlas. Mi boca tembló y me abracé a mí misma para contener los temblores que me sacudían.

Diez minutos después estaba lo bastante calmada para preparar café para todos y llevarlo al dormitorio de Ellie. Braden estaba sentado en un rincón y ni siquiera me miró.

Basté decir que creamos una tensión horrible en la habitación de Ellie. Todos nos habían oído discutir y todos habían oído a Braden casi astillando la madera en la puerta de mi dormitorio al dar un portazo. Era incómodo.

Al darse cuenta por fin de que su humor estaba envenenando el regreso triunfal de Ellie a casa, Braden se levantó, besó a su hermana en la frente y le dijo que llamaría más tarde. Ellie asintió, mordiéndose el labio con preocupación al verlo salir. Me lanzó una mirada de colegiala culpable y yo aparté la cara.

Elodie y Clark salieron poco después, y yo ya me estaba levantando para dejar solos a Ellie y a Adam cuando ella me detuvo.

—¿Qué está pasando contigo y con Braden?

—Ellie, no voy a arrastrarte a nuestro drama cuando aún estás en recuperación.

—¿Es por esa mentirijilla piadosa que te conté sobre él e Isla?

Me volví, levantando una ceja ante la expresión abochornada de Ellie.

—Sí, acabo de descubrirlo.

Ellie miró a Adam, que estaba torciendo el gesto, claramente confundido.

—Hice una cosa mal.

Asintió.

—Me estoy dando cuenta. ¿Qué pasó?

—Le dije a Joss que tú y yo habíamos comido con Isla y Braden y que estaban coqueteando el uno con el otro.

Su novio retrocedió igual que había hecho Braden. De hecho me di cuenta de que los dos tenían muchos gestos similares. Pasaban demasiado tiempo juntos.

—Nunca comimos con ellos. Pasamos dos segundos por el club.

—Vale, este juego ya no tiene gracia —solté, olvidando que se lo estaba soltando a una convaleciente—. ¿Por qué me mentiste?

Los ojos de Ellie estaban llenos de pena. Podía salvarse del asesinato de bonita que era.

—Braden me contó que como ponerse delante no estaba funcionando, se le había ocurrido el estúpido plan de retirarse y hacer que lo echaras tanto de menos que volvieras con él. Le dije que eras demasiado terca para caer por eso.

De hecho, había estado echándolo de menos. El cabrón me conocía demasiado bien.

—Mmm —respondí sin comprometerme.

—Estabas siendo muy cabezota, Joss. Pensé que si provocaba tus celos te asustarías y saldrías corriendo detrás de él. —Tenía la cara pálida al mirar a los ojos de Adam—. Me salió el tiro por la culata.

—Ya lo veo —murmuró él, tratando de no sonreír.

¡No tenía gracia!

—Tienes suerte de que acabas de salir del quirófano.

Ellie hizo un gesto de dolor.

—Lo siento, Joss. —Entonces la esperanza asomó en su mirada—. Quería decírtelo antes de la cirugía, pero estaba tan asustada ese día que me olvidé. Pero ahora sabes la verdad. Puedes dejar de resistirte e ir a recuperarlo.

Era mi turno de suspirar.

—Ahora está cabreado conmigo.

—¿Por no confiar en él?

—Algo así —murmuré, preguntándome qué demonios iba a hacer a continuación.

—¿Me has perdonado? —preguntó Ellie con calma.

Puse los ojos en blanco ante la pregunta.

—Por supuesto. Pero... deja el negocio de celestina. Eres penosa. —Les dediqué un tímido y triste saludo con la mano y salí de la habitación, cerrando la puerta en silencio tras ellos.

Me senté ante mi máquina de escribir, mirando la última página, tratando de entender qué significaba eso para mí ahora. La doctora Pritchard dijo que lamentaría no ser sincera con Braden. Y la verdad era que todas las cosas que me preocupaban al respecto —no ser lo bastante buena, que Braden fuera tan intenso, qué podía ocurrirnos en el futuro— parecían calderilla después de tener un pequeño anticipo de lo que sería sentir que pensaba que ya no me quería.

Debería hablar con él.

De todos modos, iba a ir a Virginia para afrontar la muerte de mi familia.

Pero debería hablar con él.

Espera un minuto. Me volví en mi silla para mirar el estante donde había estado mi billete de avión. No estaba allí. Y ahora que lo pensaba, no había visto a Braden dejándolo otra vez.

Oh, Dios mío, ¡me había robado el billete!

Mi ira alimentó mi hiperenergía. ¡Intenso! ¿Braden intenso? ¡Era un puto capullo mandón! Me calcé las botas, me puse el abrigo, abotonándomelo mal y luego gritando entre dientes de exasperación. Cogí las llaves y el monedero e intenté armarme con un poco de calma cuando le dije a Adam y Ellie que iba a salir. Ellos me saludaron y yo salí dando un portazo, con la mano ya estirada para pedir un taxi.

No podía pensar. No podía respirar. O sea, era el colmo. Robarme el billete de avión.

Era un cavernícola.

Prácticamente le eché el importe de la carrera al taxista y bajé de un salto, corriendo por Quartermile hasta la entrada de su apartamento. Sabía que me enfocaba la cámara, así que levanté la mirada, medio esperando que no me dejara entrar.

Me dejó entrar.

Fue el trayecto en ascensor más largo de mi vida.

Al bajar me encontré a Braden de pie en su puerta, con aspecto despreocupado y natural, con suéter, vaqueros y pies descalzos. Se echó rápidamente atrás para sostener la puerta abierta para mí cuando yo pasé echa una furia a su lado.

Me volví, casi perdiendo el equilibrio por la inercia de mi ira.

El idiota me estaba sonriendo al cerrar la puerta y caminó hacia mí en la sala de estar.

—No tiene gracia —solté, probablemente reaccionando en exceso... pero estaba tratando con un conjunto de emociones que él me había hecho pasar en las últimas semanas.

Vale, quizá la mitad me las había ganado sola, pero también estaba enfadada conmigo misma. De todos modos, no podía discutir conmigo, así que lo iba a pagar él.

La sonrisa desapareció del rostro de Braden y apareció el ceño.

—Ya sé que no tiene ninguna gracia. Créeme.

Estiré la mano.

—Devuélveme el billete, Braden. No estoy de broma.

Asintió y sacó el billete del bolsillo de atrás.

—¿Este billete?

—Sí. Dámelo.

Entonces encendió mi furia volcánica.

Braden rompió mi billete y dejó que los trocitos cayeran al suelo.

—¿Qué billete?

A pesar de la idea que estaba alojada en la parte de atrás de mi cerebro de que podía volver a imprimirlo... perdí los estribos.

Con un gruñido animal del que ni siquiera me creía capaz, lancé mi cuerpo contra el suyo, arremetiendo con las manos por delante y empujándolo con fuerza suficiente para hacerlo trastabillar. De repente, estaba todo en mis tripas: los últimos seis meses de agitación emocional, los cambios drásticos que había traído a mi vida, la incertidumbre, los celos, el sufrimiento.

—Te odio —grité. Las palabras salieron de mi boca con voluntad propia. Me aparté de él—. Estaba bien hasta que llegaste.

Empezaron a picarme los ojos cuando miré su rostro pétreo.

—¿Por qué? —Se me quebró la voz y empezaron a resbalar lágrimas por mis mejillas—. Estaba bien. Estaba bien y a salvo. Estoy rota, Braden. Deja de tratar de arreglarme y déjame estar rota.

Él negó con la cabeza lentamente, también con los ojos brillantes, y yo me quedé petrificada cuando vino hacia mí. Cerré los ojos al notar su contacto, sus manos envolviéndome, los brazos atrayéndome hacia él.

—Tú no estás rota.

Abrí los párpados y miré su bello rostro, su bello y angustiado rostro.

—Sí lo estoy.

Esta vez me dio un enfadado zarandeo.

—No, no lo estás.

Inclinó su cara hacia la mía y me encontré atrapada en sus ojos celestes, hipnotizada por el brillo de vetas plateadas en ellos.

—Jocelyn, no estás rota, nena —susurró con voz ronca, con un ruego en la mirada—. Tienes unas pocas grietas, pero todos las tenemos.

Vertí más lágrimas y mi boca tembló cuando susurré:

—No te odio.

Nuestras miradas se encontraron: tanta emoción, tanta incertidumbre, tanto de todo se había construido a nuestro alrededor en esa tensión gruesa. El aire se notaba cargado, desesperado. La expresión de Braden había cambiado, sus ojos quemaban al bajar a mi boca.

No sé quién de los dos hizo el primer movimiento, pero segundos después mis labios estaban aplastados bajo los suyos y su mano estaba tirando casi dolorosamente de mi pelo al sacarme un clip para dejar que mi melena cayera en torno a mis hombros. Y al instante sentí su lengua deslizándose en la mía, y pude saborearlo, olerlo, percibir su fuerza a mi alrededor.

Lo echaba de menos.

Echaba de menos la asombrosa sensación de hacerle reír.

Pero todavía estaba enfadada, y en el beso doloroso del que no iba a apartarme, sentí lo enfadado que estaba Braden también. Eso no nos detuvo. Interrumpimos el beso durante dos segundos para que Braden pudiera soltar los botones de mi abrigo y quitármelo. Yo tiré del borde de su suéter y se lo quité frenéticamente antes de que mis manos volvieran a perderse en su pecho duro y caliente y en sus abdominales. Me abalancé para darle otro beso, pero Braden no había terminado de quitarme la ropa. Con impaciencia me eché atrás para ayudarle a que me quitara el suéter, pero no iba a esperar mucho más después de eso.

Mis manos en su nuca le obligaron a bajar la cabeza y lo besé por todos los días que no lo había besado. Era un nudo desesperado y sensual de lenguas y aliento caliente, con mi sexo pulsando inmediatamente después de la fuerza húmeda de ese único beso.

Así que en medio del beso, apenas reparé en que Braden me arrastraba sin demasiada delicadeza contra una pared, separando su boca de la mía al trazar un reguero de besos por mi cuello, cogiéndome con sus brazos fuertes por debajo de mis muslos para envolverse la cadera con mis piernas. Mi cuerpo subió por la pared, con su polla dura en mi entrepierna, vaquero contra vaquero.

—Joder —murmuró Braden con voz caliente, hundiendo su boca en la curva de mis pechos.

Me sostuvo con una mano en mi trasero mientras me bajaba el sujetador con la otra, dejando que el aire frío susurrara en mi pezón. Este se endureció con el beso de Braden y yo jadeé por el relámpago de placer que estalló entre mis piernas cuando él lo introdujo en su boca. Arqueé las caderas, frotándome contra la erección de Braden.

—No puedo esperar —jadeé, agarrándome a sus hombros.

Como para comprobarlo, Braden desabotonó mis vaqueros y deslizó una mano por debajo de mis bragas. Gimoteé, presionando contra sus dedos, que se hundían en mi interior.

—Joder. —Su cabeza cayó contra mi pecho al deslizarse dentro y fuera—. Tan mojada y tan cerrada, nena. Siempre.

—Ahora —gruñí, clavando mis uñas en su piel—, Braden.

Y entonces nos estábamos moviendo, yo sujetándome en él cuando él se volvió conmigo en brazos y nos tumbó en el sofá; sus manos rápidas al echarse atrás y bajarme los pantalones. Me desabroché el sujetador mientras él volvía a mis bragas, al tiempo que yo hacía un pequeño movimiento con el pie para desembarazarme de ellas. Jadeando con anticipación, con la piel ardiendo, caí de espaldas, separando las piernas para él.

—Braden, ahora.

Se había detenido, paralizado, mientras me miraba desnuda debajo de él, con mi pecho subiendo y bajando con respiraciones cortas y excitadas, mi pelo extendido alrededor de todo mi cuerpo. Observé que su expresión cambiaba, no menos excitada, pero más suave de algún modo. Presionó una mano en mi vientre, temblando, y subió suavemente por mi estómago, entre mis pechos, a mi mandíbula. Empezó a moverse encima de mí, erosionando mis piernas desnudas con el tejido de sus vaqueros.

—Pídelo —susurró con brusquedad contra mis labios.

Deslicé una mano entre nuestros cuerpos para bajarle la cremallera de los vaqueros. Mis dedos se colaron bajo sus calzoncillos bóxer y se curvaron en torno a su polla. La saqué de sus vaqueros y observé que cerraba los ojos, con su respiración entrecortada.

—Quiero que me folles. —Di un pequeño lametón a sus labios que volvió a abrirle los ojos. Me miró desde arriba—. Por favor.

Con el gemido que tanto había echado de menos, Braden se bajó un poco los vaqueros y envolvió su mano en torno a la mía para que ambos guiáramos su miembro entre mis piernas. Al sentir el más ligero roce de él me puse aun más mojada. Lo solté, liberando las manos para agarrar su trasero al tiempo que él se introducía lentamente dentro de mí. Le apreté las nalgas, instándolo a ir más deprisa.

Y él lo hizo encantado.

—Más fuerte —gemí—. Más fuerte, Braden, más fuerte.

Pedirle que me follara más fuerte nunca fallaba para espolear a Braden. Me besó y se hundió en mí. El placer se enrolló con tanta fuerza en mi cuerpo cuando su polla me besó tan adentro que eché la cabeza atrás para gritar, y mis gritos fueron subiendo de volumen a medida que él empujaba deliciosamente en mi interior. Lo que me estaba haciendo por dentro, la visión de él tensándose encima de mí, los sonidos de nuestros jadeos y gemidos de excitación y el húmedo sonido primigenio del sexo, todo ello me propulsó hacia la satisfacción, y deprisa. Estallé, gritando su nombre al correrme. Me corrí con tanta fuerza, con mi sexo pulsando en torno a Braden, que le provoqué su propio orgasmo. Su cuerpo se tensó, recorrido por el placer, y siguió moviendo las caderas adelante y atrás, prolongando nuestros dos orgasmos.

El mejor sexo de mi vida.

Braden gruñó y se derrumbó encima de mí. Yo froté las manos en sus nalgas con dulzura antes de deslizarlas en su espalda para acercarlo.

Él giró la cabeza para plantarme un beso familiar en el cuello.

—¿Todavía estás cabreada conmigo? —murmuró.

Suspiré.

—Iba a ir a casa para hacer lo que debería haber hecho ocho años antes. Iba a ir a casa para despedirme de mi familia.

Braden se quedó quieto y luego se echó atrás para mirarme a la cara, con los ojos cargados de remordimiento.

—Dios, lo siento, nena. Por el billete.

Me mordí el labio.

—Puedo volver a imprimirlo. Y... estaba pensando en quedarme en Virginia permanentemente después de que Ellie se recupere.

El remordimiento se volatilizó en un abrir y cerrar de ojos.

—Por encima de mi cadáver.

—Sí, pensaba que dirías eso.

Puso ceño.

—Todavía estoy dentro de ti.

—Ya lo noto. —Sonreí, desconcertada.

—Bueno, al menos déjame salir antes de que me digas que estás intentando dejarme.

Me incliné sobre él y le besé los labios.

—Todavía no sé si es eso lo que estoy haciendo.

Acostumbrado a que nada fuera sencillo conmigo, Braden soltó aire lentamente y se retiró de mí. Volvió a meterse la polla en los vaqueros y se incorporó ofreciéndome la mano. Decidiendo confiar en él, dejé que me pusiera de pie, y subí por la escalera detrás de él hasta su habitación. Él señaló con la cabeza a la cama.

—Métete dentro.

Como estaba desnuda y saciada y sin ganas de discutir, me metí en la cama y me tumbé de costado. Observé con placer cómo Braden se desnudaba por completo y se metía bajo las sábanas a mi lado. Inmediatamente me acomodé en su costado, con la cabeza en su pecho caliente.

—Entonces ¿qué estás haciendo?

Menuda pregunta. ¿Y por dónde empezar?

—Tenía una familia muy buena, Braden —le dije en voz baja, con un dolor que había ocultado demasiado tiempo enrollado en cada palabra.

Braden lo oyó y me agarró el brazo.

—Mi madre era huérfana. Creció en casas de acogida y luego se trasladó a Estados Unidos con un visado de trabajo. Estaba trabajando en la biblioteca del campus cuando conoció a mi padre. Se enamoraron, se casaron y durante un tiempo vivieron felices. Mis padres no eran como los padres de mis amigas. Yo tenía catorce años y ellos todavía estaban escapándose, besuqueándose cuando creían que no podía verlos. Estaban locos el uno por el otro. —Sentí que se me cerraba la garganta, pero traté de continuar—. Estaban locos por mí y por Beth. Mi madre era sobreprotectora y un poco autoritaria, porque no quería que nos sintiéramos tan solas como se había sentido ella al crecer. —Sonreí—. Yo pensaba que era más guay que todas las demás madres porque, bueno, tenía un acento guay, y era bastante seca, pero de una manera divertida que asombraba a algunas de las amas de casa pijas que vivían en nuestro pueblo.

—Suena como alguien que conozco —murmuró Braden, con diversión en la voz.

Sonreí al pensar que podría ser un poco como mi madre.

—¿Sí? Bueno, era asombrosa. Y mi padre era igual de genial. Era el padre que te preguntaba cada día para ver qué pasaba. Incluso al hacerme mayor y convertirme por completo en esa nueva criatura llamada chica adolescente, seguía siempre allí. —Sentí que me caía una lágrima—. Éramos felices —susurré, logrando apenas pronunciar las palabras.

Sentí el beso de Braden en mi pelo, con su agarre en mi brazo tan fuerte que casi dolía.

—Nena, lo siento mucho.

—Hay que joderse, ¿verdad? —Me limpié rápidamente las lágrimas—. Un día estaba sentada en clase y la policía vino a decirme que mi padre había chocado de frente con un camión para esquivar a un motorista que había caído de su moto. Muertos. Mamá. Papá. Beth. Perdí a mis padres y perdí a una niña pequeña a la que no había tenido oportunidad de conocer. Aunque la conocía lo suficiente para saber que la adoraba. Sabía que lloraría si no podía ver a su osito de peluche favorito, su pequeño oso raído con una cinta azul en torno al cuello que era mío y todavía olía como yo. Se llamaba Ted. Original, ya sé. Sé que tenía un gusto sofisticado en música porque lo único que tenías que hacer para que dejara de llorar era poner MMMBop de Hanson. —Reí con tristeza al recordarlo—. Sabía que cuando estaba pasando un mal día, lo único que tenía que hacer era cogerla en brazos, apretarla cerca, oler su piel y sentir su pequeño calor contra mí para saber que todo estaba bien.

»Descarrilé cuando los perdí. Mi primera casa de acogida estaba llena de otros niños, así que mis padres de acogida apenas se fijaron en que estaba viva, y eso ya me iba bien, porque significaba que podía hacer lo que quería. La única cosa que entumecía todo era hacer cosas estúpidas que me hacían sentirme como una mierda conmigo misma. Perdí la virginidad demasiado joven, bebía demasiado. Luego, después de que muriera Dru, paré. Me cambiaron a otra casa de acogida en el otro lado del pueblo. No tenían mucho, pero había menos niños allí y una niña en particular que era muy maja. Pero quería una hermana mayor... —Respiré hondo, sintiendo que la culpa me inundaba otra vez—. Yo no quería ser nada para nadie. Ella necesitaba a alguien, y yo no se lo concedí. Ni siquiera sé lo que le ocurrió después de que me fui. —Negué con la cabeza y suspiré, apesadumbrada—. Cuando estuve allí, fui a alguna fiesta a lo largo de los años, no muchas. Siempre terminaba con algún tío al que no conocía ni me importaba. —Solté un suspiro pesado—. La verdad es que salía el mismo día todos los años. A una fiesta, a un bar. No importaba siempre que me ayudara a olvidar. He pasado ocho años enterrando a mi familia, simulando que nunca había existido, porque sí, como dijiste, era más fácil simular que nunca los había tenido que afrontar lo mucho que me dolía haberlos perdido. Me doy cuenta ahora de lo injusta que fui con ellos. Con su recuerdo. —Apreté la mandíbula para contener las lágrimas, pero se derramaron de todos modos, goteando en el pecho de Braden—. La noche que salía era la del aniversario de su muerte. Pero dejé de hacerlo a los dieciocho. Salí esa noche y fui a una fiesta, pero no puedo recordar nada de lo que ocurrió después de que llegué. Me desperté al día siguiente y estaba desnuda en la cama con dos tíos a los que no conocía.

Braden maldijo entre dientes.

—Jocelyn.

Ahora estaba cabreado con retraso y lo sabía.

—Créeme, he estado allí. Estaba furiosa conmigo, me sentía violada, asustada. Podría haberme ocurrido cualquier cosa. Y sexualmente...

—No.

Me detuve porque su tono daba miedo.

—Me revisé y esos chicos no me habían pasado nada, gracias a Dios. Pero nunca volví a acostarme con nadie. Hasta que lo hice contigo.

Otro apretón fuerte por eso.

—Puede que no pare nunca de tener miedo al mañana, Braden —reconocí con calma—. Me asusta el futuro y lo que podría sacar de mí. Y en ocasiones me vuelvo loca, y en ocasiones mis locuras hacen daño a la gente que tengo más cerca.

—Eso lo entiendo. Puedo afrontarlo. Has de confiar en mí.

—Pensaba que eras tú el que tenía problemas con la confianza —gruñí.

—Confío en ti, nena. No te ves de la forma en que yo te veo.

Tracé una pequeña jota en su pecho.

—Yo confío en ti. No esperaba que Ellie me mintiera, y por eso la creí a pie juntillas. Lo siento.

Braden dejó escapar el aire.

—Te quiero, Jocelyn. Estas últimas semanas han sido una pesadilla por más de una razón.

Pensé en la rubia de piernas largas que me había hecho pasar un infierno.

—¿Y qué pasa con Isla?

—Juro que nunca me acosté con ella.

—¿Ocurrió algo?

Su pecho se puso frío debajo de mí.

—¿Braden?

Suspiró pesadamente.

—Ayer ella me besó. Yo no le devolví el beso. La aparté y le hablé de ti.

Me quedé un momento en silencio y entonces repliqué con determinación.

—Has de despedirla.

Braden resopló.

—¿Vas a reconocer finalmente que me quieres?

—No puedo prometer que será fácil, Braden. Probablemente siempre seré un poco irracional respecto al futuro. Me preocuparé mucho.

—Te he dicho que puedo manejarlo, nena.

—¿Por qué?

—Porque... —Suspiró—. Me haces reír, me retas, me excitas como nadie más puede hacerlo. Siento que me estoy perdiendo algo realmente importante cuando te vas. Tan importante que no me siento yo mismo. Nunca había sentido que alguien era mío antes. Pero eres mía, Jocelyn. Lo he sabido desde el momento en que nos conocimos. Y yo soy tuyo. No quiero ser de nadie más, nena.

Me incliné sobre un codo para poder mirarlo a los ojos antes de plantarle un beso suave en los labios y caer sobre él en el momento en que sus brazos me rodearon para aguantarme cerca y profundizar el beso. Cuando finalmente salí a buscar aire estaba jadeando un poco. Toqué sus labios con un dedo, decidida a que un día disfrutaría de esa satisfacción sin preocuparme porque me la quitaran.

—¿Crees que podrías venir a Virginia conmigo? ¿A revisar las cosas de mis padres?

Sus ojos sonrieron, y no puedo explicarte lo que significó para mí poder hacerle feliz.

—Por supuesto. Iremos cuando quieras. Pero volveremos.

Asentí.

—Solo iba a mudarme a Virginia porque pensaba que tú te habías mudado con Isla.

Braden gruñó.

—Muy bonito.

—Vas a despedirla, ¿verdad?

Entornó los ojos.

—¿Quieres que la despida sin más?

—Si te dijera que Craig me besó anoche me harías renunciar al trabajo.

—Entendido. Le encontraré empleo en otro sitio.

—En otro sitio en el que tú no trabajes.

—Joder, qué mandona.

—Eh, ¿no recuerdas cómo te echaste encima de mí en un escritorio después de que Craig me besara?

—Otra vez, entendido.

Enterré la cabeza en su pecho.

—Pensaba que la había cagado de verdad.

Me apretó la nuca.

—Los dos lo hicimos. Pero ya es pasado. De ahora en adelante estoy completamente a cargo. Creo que tendremos mucho menos drama y desde luego ninguna ruptura más, si yo controlo esto.

Le di un golpecito en el estómago.

—Lo que necesites decirte a ti mismo para pasar el día, nene.

—Todavía no lo has dicho, ¿sabes?

Volví la cabeza y le sonreí. Respiré hondo.

—Te quiero, Braden Carmichael.

Su sonrisa hizo que se me hinchara el pecho.

—Dilo otra vez.

Reí.

—Te quiero.

Se sentó rápidamente y luego bajó de la cama, atrayéndome hacia él. Me empujó hacia el baño en suite.

—¿Vas a decirlo otra vez mientras te follo en la ducha?

—Todo este rollo de tomar el control me pone.

—Te va a poner más, nena.

Me dio un tortazo en la nalga y di un gritito, con su risa y la mía llenando el cuarto de baño al meternos juntos en la ducha.

26
—Bueno, ¿estás segura de que vas a estar bien?

Ellie cruzó los brazos sobre el pecho y soltó aire entre los labios.

—Si me preguntas eso otra vez, no te molestes en volver.

Le lancé a Braden una mirada y él negó ligeramente con la cabeza.

—A mí no me mires. Ellie no tenía esa actitud hasta que te mudaste con ella.

Eso era justo.

Ellie sonrió ante mi falsa expresión de herida y levantó las manos.

—Chicos, vamos. Ha pasado un mes. Estoy bien. Adam prácticamente está viviendo aquí y tenéis que coger un avión.

Braden besó a su hermana en la mejilla antes de volverse para abrir la puerta con nuestra maleta en la mano. Al final, había sido buena idea que Braden rompiera mi billete, porque invitarlo a venir a Virginia conmigo significó reordenar su agenda y cambiar las fechas de vuelo. Y bueno, para ser sincera, queríamos asegurarnos de que Ellie volvía a estar en pie antes de marcharnos.

Después de un mes de que la cuidaran como una madre Adam, Braden y su madre real, probablemente Ellie estaba contenta de librarse de nosotros. Todavía estaba tratando de recuperar sus niveles de energía, y continuaba exhausta y muy agitada por la experiencia. Yo le había aconsejado que fuera a ver a la doctora Pritchard y Ellie tenía su primera visita al cabo unos días. Con un poco de suerte, la buena doctora la ayudaría. Me preguntaba si la buena doctora me ayudaría a mí. Estaba sintiendo un poco de angustia de separación.

—Joss, el taxi está esperando. —Ellie empezó a empujarme hacia la puerta.

—Bien —murmuré—. Pero si te pasa algo mientras no estoy, te mataré.

—Entendido.

—Dile a Adam que lo mismo va por él.

—Le avisaré. Ahora vete y ocúpate de esto, que es muy importante. —Me abrazó con fuerza—. Ojalá pudiera ir contigo.

Le di un apretón en el brazo y me aparté.

—Estaré bien. Tengo un hombre de negocios mandón cubriéndome las espaldas.

—Lo he oído —dijo Braden desde el otro lado de la puerta.

Maldición. Pensaba que ya estaba en el taxi.

—Será mejor que vaya antes de que terminé tomando ese vuelo sola.

—Llámame cuando aterrices.

—Lo haré.

Nos dijimos adiós y dejé que Braden me metiera en el taxi. Había sido un mes largo, nos habíamos preocupado por Ellie y seguíamos preocupándonos, pero un montón de sexo improvisado con Braden desde luego nos había quitado un peso de encima.

Todavía estábamos recolocándonos después de todo el lío de la ruptura, pero ese nuevo «nosotros» era caliente. Ah, y en ese nuevo nosotros no entraba Isla. Braden la «despidió» y le consiguió un trabajo en un club que no era de su propiedad. Creo que podría haber conseguido otro trabajo sola, porque era irritantemente hermosa, pero Braden se sentía culpable. Técnicamente, su gerente se le había echado encima, con lo cual no tenía nada por lo que sentirse culpable, pero Braden no estaba a gusto con la idea de que su gerente hubiera intentado de alguna forma aprovecharse de él. Eso no encajaba en su «mundo cavernícola».

Yo por mi parte todavía me sentía culpable por el lío emocional en el que me había metido. En un esfuerzo para compensarlo, despejé una de las mesitas de noche y dos cajones de la cómoda para que los usara Braden. Todavía no podía sacarme de la cabeza la imagen de su sonrisa estúpida cuando le dije eso. Había saltado de la cama —en medio de una sesión de besos, podría añadir— para vaciar su bolsa y meter su ropa en los cajones.

Era como un niño nervioso en una mañana de Navidad.

Braden tenía que estar por encima de mí y me dio una llave de su apartamento al día siguiente. Yo le habría dado una llave del nuestro, pero ya tenía una.

Estuve bastante callada de camino al aeropuerto y bastante callada cuando llegamos allí. Ya tenía la cabeza en Virginia, con mi familia. Íbamos a volar a Richmond y a hospedarnos en el Hilton. El almacén donde los abogados habían puesto todas las pertenencias de la familia hasta que yo las heredara estaba en la ciudad. En lugar de vaciarlo, yo continué pagando el alquiler para dejar las cosas allí. Una vez que lo ordenara todo y decidiera qué hacer con ello, Braden y yo nos dirigiríamos al pueblo donde había crecido, en el condado de Surry. Estaba a poco más de una hora de Richmond y el viaje en coche sería una experiencia para ambos, porque ninguno de los dos había conducido en mucho tiempo. Y Braden nunca había conducido por la derecha.

Medité sobre esto mientras Braden se ocupaba de la facturación y pasaba delante de mí el control de seguridad.

—Sé que tienes muchas cosas en la cabeza —dijo al tomar asiento junto a la puerta de embarque—, pero si empiezas a asustarte, avísame.

—Vale. —Asentí.

—¿Prometido?

Me senté a su lado, plantando un beso suave en sus labios al hacerlo.

—Prometido.

Permanecimos un momento callados, en un silencio agradable.

Y entonces...

—¿Te apetece hacerlo en el avión?

Lo miré entornando los ojos, y él me ofreció esa sonrisa lenta y sexy que me había conquistado.

—Sería divertido —añadió.

Negué con la cabeza, sonriendo a mi pesar.

—Braden... contigo siempre es divertido.

—Hum. —Hundió su cabeza hacia la mía y susurró en mis labios antes de darme un beso desgarrador—: Buena respuesta.

Richmond, Virginia
Tres días después —Oh, Braden, no pares —rogué, aferrándome a las sábanas.

Braden me acarició suavemente un pecho antes de pellizcarme el pezón entre el índice y el pulgar. Lo hizo al mismo tiempo que describía círculos con las caderas y empujaba hacia mí. Jadeé más todavía.

Me había despertado esa mañana tumbada de costado y sintiendo su cabeza en mi espalda, su brazo en mi cintura y su polla ya hundida dentro de mí.

—Ven conmigo, nena —me exigió sin aliento, con movimientos más rápidos—. Ven conmigo. —Deslizó la mano por mi camisón, entre mis piernas, recorriendo mi sexo con un dedo para describir círculos en mi clítoris.

Oh... Dios.

Eché la cabeza atrás, gritando su nombre al correrme en torno a él.

Braden se hundió en mí una última vez, enterrando su grito en mi cuello cuando su cuerpo se estremeció contra mí al alcanzar el orgasmo.

—Buenos días.

Su boca sonrió contra mi piel.

—Buenos días.

—Si me despiertas así al menos una vez por semana, seré una chica muy feliz.

—Es bueno saberlo.

Salió de mí con suavidad y yo me volví hacia él, levantando la mano para cogerle la mejilla y poder darle un beso delicioso.

Cuando Braden se echó atrás, estaba torciendo el gesto.

—No hay más retrasos. Hoy hacemos esto.

Tragué saliva, pero asentí. Habíamos llegado a Richmond dos días y medio antes y no habíamos podido salir de la habitación de hotel porque yo insistía en tener sexo constantemente con mi novio. La situación le resultaba difícil a Braden, porque realmente no le importaba el sexo constante, pero le preocupaba que no dejara de posponer lo que habíamos venido a hacer.

Obviamente, había llegado mi hora.

El almacén estaba a solo veinte minutos del hotel, en una calle no muy alejada de Three Lakes Park. Vi a Braden examinando la ciudad cuando cogimos un taxi —alquilaríamos un coche para el viaje a mi pueblo después— hacia el almacén, pero la verdad era que no estaba de humor para recordar el estado en el que había crecido. Ya iba a tener suficiente de eso, y estaba bastante asustada para ser sincera conmigo misma.

El tipo del almacén era amable. Le di mi documento de identidad y le dije el número de almacén, y él nos condujo por lo que parecían garajes de coche normales con puertas de color rojo brillante. Paró delante de una de ellas abruptamente.

—Aquí lo tienes. —Sonrió y nos dejó.

Braden me frotó el hombro, percibiendo mi vacilación.

—Puedes hacer esto.

Puedo hacer esto. Marqué el código en el teclado contiguo a la puerta de metal y esta empezó a levantarse. Cuando la puerta finalmente desapareció en el techo, dejé que mis ojos asimilaran la visión que tenía delante. Había cajas y cajas de cosas. Maletas. Un joyero. Temblando, di un paso al interior y traté de calmar mi corazón antes de que este me propulsara a un ataque de pánico.

Sentí la mano fría y grande de Braden deslizándose en la mía y apretando.

—Respira, nena. Solo respira.

Le sonreí; una sonrisa un poco temblorosa.

Decididamente podía hacerlo.

Epílogo
Edimburgo, Dublin Street
Dos años después Al oír que alguien se aclaraba la garganta levanté la mirada al espejo y vi a Braden apoyado en la jamba de nuestra habitación. Me volví y puse los brazos en jarras.

—¿Qué estás haciendo? Se supone que no deberías estar aquí.

Braden sonrió con delicadeza, devorándome con los ojos, y la expresión en ellos me puso sentimentaloide. Maldito fuera.

—Estás preciosa, nena.

Bajé la mirada al vestido y suspiré.

—No puedo creer que me convencieras de esto.

—Puedo ser muy persuasivo cuando me lo propongo. —Me estaba sonriendo con petulancia.

—Persuasivo es una cosa. Esto... Esto es un milagro. —Lo miré con atención—. Espera, ¿has venido por eso? ¿Para asegurarte de que salgo de casa? —La idea me molestó. Mucho. De hecho sentí que se me paraba el corazón.

Braden hizo una mueca.

—No. Estoy convencido de que vas a salir por esa puerta.

—Entonces, ¿por qué estás aquí?

—Porque hace días que no te veo y te echaba de menos.

—Vas a verme dentro de media hora. ¿No podías esperar?

—Pero allí habrá más gente. —Dio un paso hacia mí, dedicándome esa mirada.

Oh, no. ¡No!

—Eso puede esperar. —Levanté una mano para mantenerlo alejado—. Mira, tú me has metido en esto. No estaba segura de quererlo, pero tú has sido muy convincente, y me has hecho entrar de cabeza. Y quería que fuera perfecto, como en... bien hecho. Así que saca el culo de aquí, señor.

Estaba sonriendo de oreja a oreja al retroceder.

—Vale, tú mandas.

Resoplé al oír eso.

—Te veré dentro de media hora —soltó.

—¡Braden! —Ellie se precipitó en la habitación con un vestido de seda color champán largo hasta los pies—. Da mala suerte ver a la novia antes de la boda. ¡Sal! —Lo empujó por el pasillo hasta apartarlo de mi vista.

—Te veo pronto, nena —gritó Braden, riendo.

Negué con la cabeza, tratando de calmar los nervios y el vértigo que pugnaba con ellos al mirarme en el espejo de caballete. Estaba casi irreconocible en mi vestido de boda color marfil.

—¿Preparada, Joss? —preguntó Ellie, sin aliento después de haber sacado a su hermano del apartamento.

Rhian apareció a su lado con una sonrisa provocadora, el mismo vestido color champán que llevaba Ellie y un anillo de boda de oro al lado del anillo de diamante de compromiso que le había regalado James. Llevaban ocho meses casados.

—Sí, ¿estás lista, Joss?

Estábamos de pie en el dormitorio principal que había sido la habitación de Ellie, pero que ahora era mía y de Braden. En Virginia había encontrado algunas cosas: joyas de mi madre, Ted (el oso de peluche favorito de Beth), unos cuantos álbumes de fotos y una pintura que quería conservar. Todo lo demás lo regalamos o lo tiramos. Nos costó un par de días y un montón de pañuelos de papel, pero lo hicimos y después salimos para visitar sus tumbas. Eso fue duro y no pude contener el ataque de pánico, y durante un rato Braden simplemente se sentó en la hierba conmigo conteniéndome mientras yo trataba de disculparme con mi madre, con mi padre y con Beth por haber pasado ocho años tratando de no recordarlos.

Pasar por todo eso con Braden consiguió unirnos aun más. Cuando volvimos a Escocia, éramos prácticamente inseparables, y como Ellie y Adam eran inseparables del todo, resultaba incómodo que los cuatro viviéramos juntos teniendo en cuenta que Ellie y Braden eran hermanos. Ninguno de ellos quería oír hablar de sexo. Al final, Ellie se había mudado a la casa de Adam unos meses después de la cirugía, y Braden había puesto su apartamento en alquiler y se había instalado en Dublin Street. Un año después se había puesto de acuerdo con un taxista y me había propuesto matrimonio en un taxi, a las puertas de la iglesia evangélica de Bruntsfield, en reminiscencia de cómo y dónde nos conocimos. Y luego todo había ido muy deprisa hasta el presente. Después de la boda viajaríamos a Hawái para la luna de miel y al volver lo haríamos a Dublin Street como el señor y la señora Carmichael. Sentí un tirón en el pecho y respiré hondo.

Braden había estado hablando de tener hijos últimamente. Niños. Oh, Dios. Miré mi manuscrito completo en el escritorio. Después de veinte cartas de rechazo había recibido una llamada de una agente literaria que quería leer el resto. Le había mandado por correo electrónico el manuscrito completo solo dos días antes. Durante dos años ese manuscrito había sido como un niño para mí y había tenido muchos miedos respecto a publicar la historia de mis padres. ¿Hijos nuestros? Me dio un yuyu cuando Braden lo mencionó por primera vez, pero él se había quedado allí sentado bebiendo su cerveza mientras yo perdía el control. Diez minutos después había vuelto a mirarme y me había dicho:

—¿Has terminado?

Ya estaba acostumbrado a mis yuyus.

Lancé una mirada a la fotografía de mis padres que tenía en mi escritorio. Como Braden y yo, mamá y papá habían sido apasionados. Discutían mucho, tenían sus problemas, pero siempre los superaban por la profundidad de sus sentimientos. Eran todo lo que no podían ser sin el otro. Claro que podía haber momentos difíciles, pero la vida no era una película de Hollywood. Había que joderse. Luchabas, gritabas y de alguna manera trabajabas a brazo partido para llegar a salvo al otro lado.

Como Braden y yo.

Asentí con la cabeza ante la pregunta de Ellie y Rhian.

En ocasiones las nubes no eran ligeras. En ocasiones sus panzas se ponían oscuras y cargadas. Era la vida. Ocurría. No quería decir que no diera miedo ni que ya no estuviera asustada, pero al menos sabía que mientras tuviera a Braden a mi lado cuando esas nubes descargaran, estaría bien. Nos mojaríamos juntos. Sabía que Braden tenía un buen paraguas para protegernos de lo peor.

El futuro era incierto, pero podía afrontarlo.

—Sí, estoy preparada.

Agradecimientos
No puedo ni empezar a dar las gracias lo suficiente a mis lectores. Calle Dublín fue una aventura completamente nueva para mí en la novela romántica contemporánea para adultos, y no estaba preparada para la maravillosa acogida que recibió. Estoy verdaderamente abrumada y alucinada por la positividad y el amor que ha recibido Calle Dublín. El éxito de su publicación ha abierto muchas puertas nuevas para series y me ha permitido conocer a algunas personas maravillosas.

Primero quiero agradecer a Lauren E. Abramo, mi fenomenal agente en Dystel & Goderich Literary Management. Has sido tremenda, Lauren. No puedo agradecerte lo suficiente por defender Calle Dublín, y por aportar asombrosas nuevas experiencias a mi vida.

Esto me lleva a mi editora Kerry Donovan de New American Library. Kerry, gracias por creer en Calle Dublín y en mí. Tu entusiasmo con el mundo y los personajes que he creado me da un sinfín de felicidad y no puedo esperar para ver lo que podremos hacer juntas en el futuro.

También quiero dar las gracias a Ashley McConnell y Alicia Cannon, mis editoras originales en la edición autopublicada de Calle Dublín. ¡Sois asombrosas, señoras! Gracias por todo el trabajo intenso (y por comentarios que me hicieron reír). También un masivo agradecimiento a Claudia McKinney (alias Phatpuppy Art) por tu talento, por crear cubiertas que me hablan y sobre todo por ser una persona encantadora con la que trabajar.

También quiero dar las gracias a unos cuantos blogueros de libros de fantasía que no solo han apoyado de manera increíble Calle Dublín desde el momento en que anuncié mis planes de publicar novela romántica contemporánea para adultos, sino que me han apoyado casi desde el principio de mi carrera de escritora: Shelley Bunnell, Kathryn Grimes, Rachel y el blog Fiktshun, Alba Solorzano, Damaris Cardinali, Ana del blog Once Upon a Twilight, Janet Wallace, Cait Peterson y Jena Freeth. Siempre me asombráis con vuestro apoyo increíble, entusiasmo y palabras amables. Me hacéis sonreír a diario.

No puedo olvidar mostrar un enorme agradecimiento a mis compañeras autoras Shelly Crane, Tammy Blackwell, Michelle Leighton, Quinn Loftis, Amy Bartol, Georgia Cates, Rachel Higginson y Angeline Kace. No puedo deciros lo mucho que vuestra amistad en estos últimos meses ha significado para mí y lo maravilloso que es tener a mujeres tan asombrosas y amables a las que acudir en busca de ayuda, consejo y risas. No hay palabras para describir lo brillantes que sois todas.

Un enorme gracias a mis lectoras por darme una oportunidad, por alentarme y por llenar mis días con grandes sonrisas de oreja a oreja al leer vuestros mensajes de correo, comentarios de Facebook, Twitter y Goodreads. No tenéis ni idea de lo mucho que los aprecio :)

Y por último, un agradecimiento especial a mi madre, mi padre, mi hermano David, Carol, mis mejores amigas, Ashleen (¡felicidades señora Walker!), Kate y Shanine, y a toda mi familia y amigos por estar ahí y por ser como sois. Algunos elementos de Calle Dublín son personales para mí y personales para vosotros. A veces hace falta toda una vida para aprender lecciones importantes, parece que a todos nosotros nos han llegado muy deprisa.

Pena y pérdida son probablemente las criaturas más temibles que existen. Pueden enseñarnos a preocuparnos por el futuro, a cuestionar la longevidad de la satisfacción y demostrar la incapacidad de disfrutar de la felicidad cuando la tenemos. Pero la pérdida no debería ser una criatura a la que temer. Debería ser una criatura de prudencia. Debería enseñarnos a no temer ese mañana que podría no llegar y a vivir de manera plena como si las horas se estuvieran fundiendo como segundos. La pérdida debería enseñarnos a apreciar a los que queremos, a no hacer nunca algo de lo que luego arrepentirnos y a vitorear el mañana con todas sus promesas de grandeza.

En ocasiones la fuerza y el valor no son lo más importante. En ocasiones lo más valiente que podemos hacer es disfrutar lo que tenemos y ser positivos sobre lo que nos hace afortunados. Estar asustados de la vida es fácil, no es nada extraordinario. Es mucho más difícil armarte con lo bueno a pesar de todo lo malo y poner un pie en el mañana como un guerrero de cada día.

Para mis familias y amigos: sois los guerreros más fuertes que conozco.

Table of Contents
Portadilla

Créditos

Contenido

Prólogo

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Epílogo

Agradecimientos
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