Traducción de Javier Guerrero






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fecha de publicación19.07.2015
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boutique y las habitaciones de arriba pertenecían a esta. No había visto las habitaciones, pero la boutique era muy bonita, con ropa hecha a mano muy especial. El apartamento...

Buf.

Las paredes eran tan suaves que me di cuenta de que las habían enlucido recientemente, y quien había restaurado la casa había obrado maravillas. Los zócalos altos y las amplias molduras hacían honor al período de construcción. Los techos no se acababan nunca, igual que en mi apartamento. Las paredes eran de un blanco frío, pero esa uniformidad quedaba rota por objetos de arte coloridos y eclécticos. El blanco debería haber sido severo, pero el contraste con las puertas de nogal oscuro y el suelo de madera noble daba a la vivienda un aspecto de elegancia simple.

Ya me encantaba, y ni siquiera había visto el resto de la casa.

Ellie se apresuró a quitarse el sombrero y el bigote, volviéndose para decirme algo, pero se detuvo y sonrió con timidez antes de quitarse el monóculo que todavía llevaba. Por fin lo dejó sobre el aparador de nogal y sonrió con entusiasmo. Era una persona alegre. Normalmente evitaba a la gente alegre, pero Ellie poseía un encanto especial.

—Te enseñaré la casa antes, ¿vale?

—Buena idea.

Ellie se acercó a la puerta situada a mi izquierda y la abrió.

—El cuarto de baño. Está en un sitio poco convencional, ya sé, justo al lado de la puerta de la calle, pero tiene todo lo necesario.

«Oh... y tanto», pensé, entrando de manera vacilante.

Mis sandalias resonaron en las pequeñas baldosas de color crema del suelo, baldosas que cubrían cada centímetro del cuarto de baño salvo el techo, que estaba pintado de color mantequilla y tenía focos empotrados.

El cuarto de baño era enorme.

Al pasar la mano por la bañera de pies dorados, me imaginé de inmediato allí metida, con música sonando, velas encendidas y una copa de vino tinto en la mano mientras me sumergía en el agua y me olvidaba de... todo. La bañera ocupaba el espacio central. En la esquina de atrás, a la derecha, había una doble ducha con el grifo más grande que había visto. A mi izquierda, tenía un moderno cuenco de vidrio situado encima de una balda de cerámica blanca. ¿Era eso el lavabo?

Lo organicé todo rápidamente en mi cabeza. Grifos de oro, espejo enorme, secatoallas...

En el cuarto de baño de mi viejo apartamento nunca tuve un secatoallas.

—Caray. —Le lancé a Ellie un sonrisa por encima del hombro—. Esto es una pasada.

Ellie, casi saltando de puntillas, asintió y me sonrió con sus ojos azules y brillantes.

—Lo sé. No lo uso mucho, porque tengo uno en suite en mi habitación. Pero es un plus para mi potencial compañera de piso. Lo tendrá casi en exclusiva.

«Hum», pensé ante el atractivo del cuarto de baño. Estaba empezando a comprender por qué el alquiler era tan astronómico. Claro que si tienes dinero para vivir en una casa así, ¿por qué marcharte?

Al seguir a Ellie a través del pasillo y hasta la enorme sala de estar, pregunté con educación.

—¿Tu compañera de piso se muda?

Hice que sonara como simple curiosidad, pero en realidad estaba escudriñando a Ellie. Si el apartamento era tan impresionante, entonces a lo mejor el problema era con Ellie. Antes de que ella pudiera responder, me paré en seco, volviéndome para asimilar lentamente el salón. Como en todos los edificios antiguos, los techos de las habitaciones eran muy altos. Las ventanas altas y anchas permitían que la luz del sol entrara a espuertas desde la ajetreada calle en esa encantadora sala. En el centro de la pared del fondo había una chimenea enorme que claramente solo se usaba como elemento decorativo y no para encender fuego, pero daba sensación de unidad a la elegante pero informal sala. «Eso sí, está demasiado llena de cosas para mi gusto», pensé al mirar las pilas de libros diseminados aquí y allá junto con pequeños elementos estúpidos... como un juguete de Buzz Lightyear.

Ni siquiera iba a preguntar por él.

La habitación atestada empezó a cobrar sentido cuando observé a Ellie. Llevaba el cabello rubio recogido en un moño torpe y una sandalia de cada par, y en el codo del vestido aún tenía pegada una etiqueta con el precio.

—¿Compañera de piso? —preguntó Ellie, volviéndose para sostenerme la mirada.

Antes de que pudiera repetir la pregunta, la arruga entre sus cejas desapareció y ella asintió, como si comprendiera. Bien. No había sido una pregunta tan difícil.

—Oh, no. —Negó con la cabeza—. No tenía compañera de piso. Mi hermano compró este piso como inversión y lo ha reformado. Luego decidió que no quería que yo tuviera que preocuparme de pagar un alquiler mientras estudio el doctorado, así que simplemente me lo cedió.

Buen hermano.

Aunque no hice comentarios, debió de ver la reacción en mis facciones. Sonrió y una expresión amable suavizó su mirada.

—Braden es un poco exagerado. Nunca regala nada sencillo. Pero ¿cómo iba a decir que no a esta casa? Lo único es que llevo aquí un mes y es demasiado grande y solitaria, y eso que mis amigos se pasan los fines de semana. Así que le dije a Braden que iba a buscar una compañera de piso. No le entusiasmó la idea, pero cambio de opinión cuando le conté a qué precio podía alquilarse. Es un empresario nato.

Supe de manera instintiva que Ellie adoraba a su (obviamente adinerado) hermano y que los dos mantenían una estrecha relación. Se percibía en el brillo de sus pupilas cuando hablaba de él, y conocía esa expresión. La había estudiado a lo largo de los años, afrontándola de cara y construyendo una coraza contra el dolor que me provocaba ver esa clase de amor en los rostros de otras personas, personas que todavía tenían familias en sus vidas.

—Da la impresión de que es muy generoso —repliqué con diplomacia; no estaba acostumbrada a que la gente me echara encima sus sentimientos íntimos nada más conocerme.

Ellie no pareció molestarse por mi respuesta, que no era exactamente amable ni invitaba a más explicaciones. Se limitó a seguir sonriendo, me sacó de la sala de estar y me acompañó hasta el fondo de un largo pasillo. Era bastante estrecho, pero al extremo se abría en un semicírculo donde habían colocado una mesa de comedor y unas sillas. La cocina en sí tenía unos acabados tan caros como el resto de las cosas del apartamento. Todos los electrodomésticos eran de primera calidad y había una enorme cocina económica moderna en medio de los muebles de madera oscura.

—Muy generoso —repetí.

Ellie soltó un gruñido ante mi observación.

—Braden es demasiado generoso. Yo no necesitaba todo esto, pero insistió. Simplemente es así. Basta con ver a su novia, le consiente todo. Estoy esperando que se aburra de ella como del resto de las anteriores, porque es una de las peores con las que ha estado. Es muy evidente que ella está más interesada en su dinero que en él. Hasta él lo sabe. Dice que el convenio le viene bien. ¿Convenio? ¿Quién habla así?

¿Quién habla tanto?

Oculté una sonrisa cuando Ellie me mostró el dormitorio principal. Era tan caótico como su ocupante. Ella siguió parloteando un poco más de la obviamente insulsa novia de su hermano y me pregunté cómo se sentiría ese tal Braden si supiera que su hermana estaba divulgando su vida privada a una completa desconocida.

—Y este podría ser tu cuarto.

Estábamos en el umbral de una habitación situada al fondo del apartamento. Una enorme ventana en voladizo con alféizar y cortinas de Jacquard hasta el suelo; alucinante cama estilo rococó francés y un escritorio de nogal y silla de cuero. Un sitio perfecto para escribir.

Me encantó.

—Es precioso.

Quería vivir allí. Al cuerno, el precio. Al cuerno, la charlatanería de mi compañera de piso. Ya había vivido bastante tiempo con austeridad. Estaba sola en un país que había adoptado. Me merecía un poco de comodidad.

Me acostumbraría a Ellie. Hablaba mucho, pero era dulce y encantadora, y había algo amable por naturaleza en sus ojos.

—¿Por qué no tomamos una taza de té y hablamos un poco? —Ellie estaba sonriendo otra vez.

Segundos después, me encontré sola en la sala de estar mientras Ellie preparaba el té en la cocina. De repente, se me ocurrió que no importaba si me caía bien Ellie. Yo tenía que caerle bien a ella para que me ofreciera esa habitación, y sentí que la preocupación me roía las entrañas. Yo no era la persona más comunicativa del planeta, y Ellie parecía de las más locuaces. A lo mejor no me aceptaba.

—Ha sido difícil —anunció Ellie al volver a entrar en la sala. Llevaba una bandeja de té y unos snacks—. Me refiero a encontrar una compañera de piso. Poca gente de nuestra edad puede permitirse algo así.

Yo había heredado mucho dinero.

—Mi familia es rica.

—¿Oh? —Empujó una taza de té caliente hacia mí, junto con una madalena de chocolate.

Me aclaré la garganta, pero me temblaban los dedos en torno a la taza. Había empezado a notar un sudor frío y se me agolpaba la sangre en los oídos. Así era como reaccionaba siempre que estaba al borde de tener que contarle la verdad a alguien. «Mis padres y mi hermana pequeña murieron en un accidente de coche cuando yo tenía catorce años. La única familia que me queda es un tío que vive en Australia. Él no quiso mi custodia, así que viví en casas de acogida. Mis padres tenían mucho dinero. El abuelo de mi padre era un petrolero de Luisiana y mi padre había cuidado muy bien de su propia herencia. Todo quedó para mí cuando cumplí dieciocho.» La frecuencia de mi pulso se redujo y el temblor cesó cuando recordé que Ellie no necesitaba conocer mi cuento de terror.

—Mi familia paterna era de Luisiana. Mi bisabuelo ganó mucho dinero con el petróleo.

—Vaya, qué interesante. —Sonó sincera—. ¿Tu familia se trasladó desde Luisiana?

Asentí.

—A Virginia, pero mi madre era de origen escocés.

—Tienes sangre escocesa. ¡Qué bien! —Me lanzó una sonrisa secreta—. Yo también soy escocesa solo en parte. Mi madre es francesa, pero su familia se mudó a St. Andrews cuando ella tenía cinco años. Es curioso, pero ni siquiera hablo francés. —Ellie resopló y esperó mi comentario.

—¿Tu hermano habla francés?

—Qué va. —Desdeñó mi pregunta—. Braden y yo somos hermanastros. Compartimos el mismo padre. Nuestras madres siguen vivas, pero papá murió hace cinco años. Era un hombre de negocios muy conocido. ¿Has oído hablar de Douglas Carmichael and Co.? Es una de las agencias inmobiliarias más antiguas de la zona. Papá la heredó de su padre cuando era muy joven y empezó una empresa de construcción. También era propietario de unos cuantos restaurantes e incluso de varias de las tiendas para turistas de por aquí. Es un pequeño emporio. Cuando murió, Braden se lo quedó todo. Ahora todos le hacen el juego a Braden, todos los que quieren sacarle algo. Y todos saben lo bien que nos llevamos, así que también han intentado utilizarme a mí. —Su bonita boca se torció con amargura en una expresión que parecía completamente intrusa en su rostro.

—Lo siento.

Lo dije en serio. Comprendía cómo se sentía. Fue una de las razones por las que decidí marcharme de Virginia y empezar de nuevo en Escocia.

Como si notara mi absoluta sinceridad, Ellie se relajó. Nunca comprendería que alguien pudiera confiarse así a un amigo, y mucho menos a un desconocido, pero por una vez no me asustó la franqueza de Ellie. Sí, tal vez esperara que compartiera mis sentimientos de igual manera, pero en cuanto me conociera sabría que eso no iba a ocurrir.

Para mi sorpresa, se había hecho un silencio extremadamente cómodo entre nosotras. Ellie, como si acabara de darse cuenta ella también, me sonrió con dulzura.

—¿Qué estás haciendo en Edimburgo?

—Vivo aquí. Doble nacionalidad. Me siento más a gusto aquí.

Le complació la respuesta.

—¿Eres estudiante?

Negué con la cabeza.

—Acabo de licenciarme. Trabajo las noches de los jueves y los viernes en el Club 39 de George Street. Pero ahora mismo estoy intentando concentrarme en escribir.

Ellie se entusiasmó con mi confesión.

—¡Es fantástico! Siempre he querido ser amiga de una escritora. Y es muy valiente intentar hacer lo que de verdad quieres. Mi hermano cree que estudiar un doctorado es una pérdida de tiempo porque podría trabajar para él, pero a mí me encanta. También doy clases en la universidad. Es solo..., bueno, me hace feliz. Y soy una de esas personas espantosas que pueden salirse con la suya y disfrutar haciendo lo que les gusta aunque no les paguen mucho. —Hizo una mueca—. Eso suena terrible, ¿no?

La verdad es que yo no era de las que juzgan.

—Es tu vida, Ellie. Tienes la suerte de no tener problemas económicos. Eso no te convierte en una persona terrible.

Había tenido una terapeuta en el colegio secundario y casi pude oír su voz nasal en mi cabeza: «Dime ¿por qué no puedes aplicar el mismo proceso mental contigo, Joss? Aceptar tu herencia no te convierte en una persona terrible. Es lo que tus padres habrían deseado para ti.»

Entre los catorce y los dieciocho años, había vivido con dos familias de acogida en mi pueblo de Virginia. A ninguna de las familias le sobraba el dinero, y yo pasé de una casa enorme y elegante y comida y ropa cara a alimentarme con un montón de espaguetis de lata y compartir ropa con una «hermana» menor que resultaba que tenía mi misma talla. Al acercarse mi decimoctavo cumpleaños, y con el conocimiento público de que iba a recibir una jugosa herencia, se me acercaron varios hombres de negocios de nuestra localidad que buscaban un inversor y esperaban aprovecharse de quien suponían que era una chica ingenua, y también un compañero de clase quiso que invirtiera en su sitio web. Supongo que vivir como vivía «la otra mitad» durante mis años de formación y luego sentir que me daba coba gente falsa más interesada en mi bolsillo que en mí eran dos de las razones de mi reticencia a tocar el dinero que tenía.

Sentada allí con Ellie, alguien en una situación económica similar que se enfrentaba con la culpa (aunque de una clase diferente), sentí una sorprendente conexión con ella.

—La habitación es tuya —anunció Ellie de repente.

Su erupción de vitalidad llevó una sonrisa a mis labios.

—¿Así de fácil?

Ellie se puso seria de repente y asintió con la cabeza.

—Tengo una buena sensación contigo.

«Yo también tengo una buena sensación contigo.» Le dediqué una sonrisa de alivio.

—Entonces me encantará instalarme aquí.

2
Una semana más tarde me había mudado al lujoso apartamento de Dublin Street.

A diferencia de Ellie, a mí me gustaba tenerlo todo organizado a mi alrededor, y eso suponía ponerme de inmediato a abrir las cajas de la mudanza.

—¿Estás segura de que no quieres sentarte a tomar una taza de té conmigo? —preguntó mi nueva compañera de piso desde el umbral cuando yo estaba en mi habitación rodeada de cajas y un par de maletas.

—La verdad es que me gustaría desmontar todo esto para poder relajarme. —Sonreí de manera tranquilizadora para que no pensara que no le hacía caso.

Siempre había detestado esa parte de una amistad floreciente: los agotadores rodeos en torno a la personalidad del otro, el tratar de entender la posible reacción de una persona a cierto tono o actitud.

Ellie se limitó a asentir para indicarme que comprendía.

—Bueno, tengo que dar clase dentro de una hora. Podría ir caminando en lugar de coger un taxi, y eso significa que he de salir ya. Así tendrás un poco de espacio y de tiempo para ponerte cómoda.

«Ya me gustas más.»

—Que vaya bien la clase.

—Que vaya bien con las cajas.

Yo resoplé y la saludé con la mano cuando ella me obsequió con una bonita sonrisa antes de salir.

En cuanto se cerró la puerta del piso, me tiré en mi cama increíblemente cómoda.

—Bienvenida a Dublin Street —murmuré mirando al techo.

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