Traducción de Javier Guerrero






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maître apareció con una enorme sonrisa en la cara.

—Señor Carmichael, tenemos su mesa preparada, señor.

—Gracias, David.

Braden pronunció el nombre con la dicción francesa, y me pregunté si el tipo era realmente francés o formaba parte de la imagen del restaurante. El restaurante en sí exudaba elegancia opulenta. Era un rococó francés moderno, con sillas de moldura dorada y motivos negro y plata, manteles granates, candelabros de cristal negro y arañas de luces de cristal claro. El restaurante estaba repleto.

David nos condujo a través de las mesas hasta una íntima y agradable del rincón este, lejos de la barra y del acceso a la cocina. Como un caballero, Braden apartó la silla para mí, y yo no pude recordar que alguien hubiera hecho eso conmigo antes. Estaba tan concentrada en el gesto y en el roce sensual de sus dedos en mi cuello al sentarme, que hasta que él tomo asiento y pidió el vino no me fijé en que estábamos en una mesa para dos.

—¿Dónde están los otros?

Braden me lanzó una mirada despreocupada al dar un sorbo del vaso de agua fría que el camarero acababa de servir.

—¿Qué otros?

¿Qué otros? Rechiné los dientes.

—Habías dicho que era una reunión de negocios.

—Sí, pero no te dije de qué negocios.

Oh, Dios mío. ¡Era una cita! Ni hablar. Primero el mandoneo, luego cogerme de la mano... no. No, no y no. Aparté la silla y, a los dos segundos de levantarme, las siguientes palabras de Braden me dejaron congelada.

—Si intentas levantarte, te placaré. —Aunque no me estaba mirando cuando lo dijo, sabía que lo decía completamente en serio.

No podía creer que me hubiera engañado de esa manera. Con una expresión hosca, volví a acercar la silla a la mesa.

—Capullo.

—Solo por eso, espero que esta noche me envuelvas la polla con esa boca sucia tuya. —Entornó los ojos.

Sentí el impacto de esas palabras que endurecieron mis pezones y me mojaron las bragas. A pesar de que mi cuerpo estaba completamente excitado, estaba anonadada. No podía creer que acabara de decirme eso en un restaurante elegante donde cualquiera podía oírnos.

—¿Estás de broma?

—Nena —dijo, y me lanzó una mirada que sugería que me estaba perdiendo algo obvio—, nunca hago broma con las mamadas.

El sonido de alguien atragantándose hizo que levantara la cabeza. Nuestro camarero acababa de acercarse justo a tiempo para oír esas palabras románticas y sus mejillas rosadas delataron su vergüenza.

—¿Ya saben lo que quieren? —preguntó con voz ronca.

—Sí —respondió Braden, sin que obviamente le importara que lo hubieran oído—. Yo tomaré el filete poco hecho. —Me sonrió con suavidad—. ¿Qué vas a tomar? —Echó un trago de agua.

¿Se creía guay y divertido?

—Al parecer salchicha.

Braden se atragantó con el agua, con espasmos de tos, pero tenía los ojos brillantes de alborozo al volver a dejar el vaso en la mesa.

—¿Está bien, señor? —preguntó el camarero con preocupación.

—Estoy bien, estoy bien. —Braden hizo una seña al camarero para que se alejara, con su voz un poco enronquecida cuando sus ojos me clavaron a la silla. Negó con la cabeza, con su sonrisa ensanchándose a cada segundo.

—¿Qué? —Me encogí de hombros, inocentemente.

—Me pones un montón.

El camarero ahora nos estaba mirando abiertamente, moviendo la cabeza de uno al otro, preguntándose qué frase escandalosa se diría a continuación. Le sonreí a él y cerré el menú.

—Yo también tomaré el filete. Poco hecho.

El camarero se llevó los menús y se apresuró a alejarse, probablemente para contar a los otros camareros lo que había oído que el dueño del restaurante le decía a su pareja. Haciendo una mueca, mantuve la misma expresión cuando volví a deslizar la mirada hacia Braden.

—Mira, la clave de este acuerdo es que no has de invitarme a una cena elegante para acostarte conmigo.

El sumiller se acercó con el vino tinto que había pedido Braden y los dos nos quedamos en silencio mientras le servía un poco para que lo probara. Satisfecho con el vino, Braden hizo un gesto para que el sumiller procediera. En cuanto este se hubo ido, levanté la copa y tomé un trago fortificante.

Podía sentir los ojos de Braden quemándome.

—Quizás esta es la parte de amigos —repuso con suavidad—. Quiero pasar tiempo con mi amiga Jocelyn.

Mientras fuera amable...

—Así es como las cosas se complican.

—No, si no lo permitimos.

Tuvo que ver la duda en mi rostro, porque a continuación sus dedos estaban en mi barbilla, levantando suavemente mi rostro hacia el suyo.

—Solo inténtalo esta noche.

Podía sentir su tacto como un escalofrío en mi piel. Lo había tenido en mi interior. Me había dado un buen número de orgasmos. Conocía su olor, sabor y tacto. Pensaba que había tenido bastante. Que terminaría. Pero al mirarlo me di cuenta de que distaba mucho de haber terminado. La atracción, la necesidad, lo que demonios fuera, solo acababa de prender fuego, y ninguno de nosotros estaba preparado para llamar a los bomberos todavía.

—Vale.

En respuesta, pasó su dedo pulgar por mi boca y me sonrió con los ojos antes de soltarme.

Y a partir de ese momento fuimos dos amigos pasando un rato juntos. Hablamos de todo lo habitual. Música. Películas. Libros. Aficiones. Amigos. Nos hicimos reír el uno al otro. Lo pasamos bien. Pero eran todo nimiedades. Braden tenía cuidado de no preguntarme nada que sabía que no iba a responderle. Hasta que tropecé con una pregunta, porque estaba relacionada con el pasado, pero él hizo una broma y cambió de tema. Era un hombre listo.

Estábamos acabando el postre cuando una voz sensual con un acento tan melódico como el de Ellie se acercó a nuestra mesa.

—Braden, cielo, pensaba que eras tú.

Levanté los ojos a la mujer que estaba de pie al lado de nuestra mesa, y que se estaba inclinando para besar a Braden en la mejilla, dándole la oportunidad de atisbar sus pechos pequeños pero bien formados. Su vestido era rojo, incitador y tan hosco como su voz. Me lanzó una sonrisa brillante al examinarme.

—Aileen, ¿cómo estás?

Ella sonrió y le frotó la mejilla a Braden cariñosamente.

—Mejor por verte.

Oh, Dios. Traté de no removerme en la silla con incomodidad cuando una rigidez inexplicable se alojó en mi garganta. Era una ex novia. Un momento incómodo.

—¿Cómo está Alan?

¿Quién demonios era Alan? «Por favor, que sea su marido.»

—Oh. —Ella desdeñó la pregunta con una mueca—. Nos hemos separado. Estoy aquí en una cita encantadora.

«Bueno, vuelve a tu cita, señora, para que podamos seguir con la nuestra. Mierda. No es una cita. No es una cita.»

Braden sonrió y se volvió para señalarme a mí con la cabeza.

—Aileen, ella es Jocelyn.

—Hola.

Sonreí con educación, sin estar realmente segura de cómo conversar con quien obviamente era una ex. Al mirar a la alta amazona rubia, me convencí más que nunca de que era lo opuesto al tipo usual de Braden.

Sus ojos estaban valorando al escrutarme. Después de un segundo, su sonrisa se ensanchó al volver a mirar a Braden.

—Por fin una chica que no se parece a Analise. —Volvió a tocarle el hombro afectuosamente—. Me alegro por ti.

—Aileen... —Braden se echó atrás, apretando la mandíbula.

¿Analise? Mis cejas estaban levantadas en pregunta. ¿Quién era Analise?

—Veo que todavía duele. —Aileen chascó la lengua y yo di un paso atrás—. Supongo que con el matrimonio nos pasa a todos. Hace falta tiempo.

Ella esperó para ver si alguien decía algo y entonces, como si de repente se hubiera dado cuenta de que estaba interfiriendo en nuestra cena, se rio un poco avergonzada.

—En todo caso, es mejor que vuelva con Roberto. Cuídate, Braden. Me he alegrado de verte. Y un placer conocerte, Jocelyn.

—Lo mismo digo —murmuré, tratando de ocultar el hecho de que sentía que me habían clavado la mesa en las tripas.

¿Matrimonio? Tomé aire y sentí que me habían clavado una inyección de adrenalina en el corazón mientras Aileen se alejaba pavoneándose, sin tener ni idea de la tensión que había causado entre Braden y yo.

Sentí los labios entumecidos.

—¿Esposa?

—Ex esposa.

¿Por qué me sentía traicionada? Era estúpido. ¿O no? Había dicho que éramos amigos. Y Ellie... Ellie era mi amiga, y no me había dicho que Braden tenía una ex mujer. ¿Importaba?

«Tú no le has contado nada, Joss.»

No, no lo había hecho. Pero yo no me había casado.

—Jocelyn... —dijo Braden con un suspiro, y levanté los ojos para ver su expresión como el granito—. Te habría hablado de Analise finalmente.

Hice un gesto de desdén.

—No es asunto mío.

—Entonces, ¿por qué pareces tan afectada?

—Porque me ha sorprendido. Me metí en esto contigo porque eras un tío de citas en serie, no de los de una mujer.

Me llevé una mano al pecho. ¿Qué demonios era ese dolor ahí?

Él se pasó una mano por el pelo y luego volvió a suspirar profundamente. Lo siguiente que supe era que había metido una pierna en la pata de mi silla y estaba atrayéndome hacia sí, hasta que nuestros hombros casi se estaban tocando.

Levanté la mirada hacia él inquisitivamente, pero me perdí por un momento en sus preciosos ojos.

—Me casé cuando tenía veintidós años. —Empezó en voz baja, delicada, estudiándome con la mirada al explicarse—. Se llamaba Analise. Era una estudiante australiana de posgrado. Solo estuvimos juntos un año antes de que le propusiera matrimonio, y solo estuvimos casados dos años. Los primeros nueve meses fueron geniales. Los tres siguientes, complicados. Él último año, un infierno. Luchamos mucho. Sobre todo de mi incapacidad de abrirme. —Dio vueltas a su copa de vino, bajando la mirada ahora—. Y cuando pienso en ello, eso era verdad. Gracias a Dios. —Sus ojos volvieron a mí—. La idea de que le pasara a ella (alguien tan vengativo como ella) toda mi mierda personal...

—Como munición en sus manos —murmuré, comprendiendo completamente.

—Exactamente. Creo que uno trabaja con tesón para hacer funcionar un matrimonio. No quería rendirme. Pero un día, no mucho antes de que mi padre muriera, me llamó y me pidió que fuera a ver una propiedad que estábamos tratando de vender en Dublin Street. No la de Ellie y tú —añadió con rapidez—. Me dijo que había recibido una queja sobre unas goteras en el piso de abajo, así que fui a mirar. —Apretó la mandíbula—. No encontré las goteras, pero encontré a Analise en la cama con un amigo mío de la escuela. Mi padre lo sabía. Llevaban seis meses engañándome.

Cerré los ojos, sintiendo que el dolor por Braden hacía eco en mi pecho. ¿Cómo alguien podía hacerle eso a él? ¿A él? Cuando volví a abrirlos, me miraba con expresión suave y me estiré hacia su brazo, apretándolo de manera consoladora. Para mi sorpresa su boca se curvó en una sonrisa.

—Ya no me duele, Jocelyn. Años de retrospectiva acabaron con eso. Lo que tenía con Analise era superficial. Las hormonas de un hombre joven llevándolo por el mal camino.

—¿Lo crees de verdad?

—Lo sé.

Torcí el gesto, negando con la cabeza.

—¿Por qué volviste a comprar un piso en Dublin Street?

Él se encogió de hombros.

—Puede que Analise se largara otra vez a Australia cuando se divorció de mí, y me aseguré de que se iba sin nada, pero aun así había manchado la ciudad que amaba. He pasado los últimos seis años creando nuevos recuerdos en toda la ciudad, reconstruyendo el desastre que ella había dejado. Lo mismo se aplica a Dublin Street. El piso en el que estás era un desastre. Una carcasa en un calle envenenada por la traición. Yo quería crear algo hermoso en lugar de toda la fealdad.

Sus palabras se hundieron dentro de mí tan profundamente que no podía respirar. ¿Quién era ese tipo? ¿Era real?

Levantó una mano a mi cara y deslizó los dedos suavemente por el contorno de mi mandíbula para luego empezar a descender por mi cuello. Temblé. Sí, era real.

Y durante los tres meses siguientes era mío.

Me levanté abruptamente, agarrando mi bolso.

—Llévame a tu casa.

Braden no discutió. Sus ojos destellaron con comprensión y pidió la cuenta. Antes de darme cuenta ya estábamos en un taxi.

16
No tenía ni idea de dónde vivía Braden y me sorprendió bajar del taxi en la universidad, en la pasarela que conducía a The Meadows. El edificio moderno, que se alzaba sobre un café y un pequeño supermercado, albergaba apartamentos de lujo. Subimos en ascensor hasta arriba y Braden me dejó entrar en su ático dúplex.

Debería haberlo imaginado.

El lugar era como mínimo asombroso, pero decididamente daba la impresión de que allí vivía un hombre. Suelo de madera noble en todas partes, un enorme sofá rinconero de ante color chocolate, una chimenea de cristal negro instalada en la pared, una enorme pantalla de televisión en la esquina. Una pared divisoria separaba la sala de la cocina y su isla. La cocina en sí era claramente de alta gama, pero estaba terminada en acero frío y daba la impresión de que no la hubieran usado nunca. En la parte de atrás del apartamento había unas escaleras que conducían a lo que supuse que serían los dormitorios.

Era todo el cristal lo que hacía el piso tan espectacular. Ventanales de suelo a techo en tres lados ofrecían vistas de la ciudad, con puertas cristaleras que comunicaban la sala con una enorme terraza privada. Descubriría después que, en el piso de arriba, del otro lado del edificio, el dormitorio principal tenía ventanas de suelo a techo y otra terraza, lo cual proporcionaba al ático una vista de trescientos sesenta grados de la ciudad.

La vista nocturna era espectacular. Mi madre nunca había hecho justicia a la ciudad cuando trataba de describírmela. Sentí un dolor que me desgarraba el pecho al encontrarme en medio de la sala de Braden, mirando al mundo dolorida y preguntándome con qué frecuencia Braden habría hecho lo mismo.

—No has dicho ni una palabra. ¿Estás bien?

Me volví hacia él, sabiendo que en él encontraría una cura temporal.

—¿Quieres follar?

Braden sonrió despacio, desconcertado, causando otro tirón de atracción en mis tripas.

—¿Follar?

—Follar y olvidar toda esa mierda. Lo que hizo ella. Lo que hizo él. Todas las perras sin alma que querían algo de ti.

Su expresión cambió de inmediato, tornándose dura, insondable, al dar un paso hacia mí.

—¿Estás diciendo que no quieres nada de mí?

—Quiero esto. Quiero nuestro acuerdo. Quiero... —Respiré hondo, sintiendo que se me escapaba el control— que me folles.

—¿Para olvidar qué, Jocelyn?

¿No lo veía? ¿De verdad era tan buena mi máscara? Me encogí de hombros.

—Todo, la nada.

Se quedó en silencio un momento, con ojos escrutadores.

Y entonces me arrastró a sus brazos, con una mano firme en mi nuca cuando su boca buscó la mía. Era un beso desesperado. No sabía si se trataba de su desesperación o de la mía. Solo sabía que nunca había besado tan profundamente, con tanta avidez. No era cuestión de delicadeza. Era cuestión de hundirnos uno dentro del otro.

Braden interrumpió el beso y su pecho subió y bajó con fuerza al tratar de recuperar el aliento. Levanté la cabeza hacia él, envuelta ya en una profunda niebla sexual, cuando él cogió mi cara entre sus manos y me plantó un beso delicado en la boca, con su lengua entrando y saliendo de la mía, incitándome. Cuando se apartó, sus manos bajaron susurrando por mis brazos y me dio la vuelta lentamente con sus manos en mi cintura. Me quedé de pie dándole la espalda, con mi respiración entrecortada mientras sus dedos buscaban la cremallera lateral del vestido. Su tacto era tan ardiente que podía sentir el calor a través de la tela. El único sonido en la sala era el de nuestras respiraciones excitadas y el agudo rumor de la cremallera, que Braden me bajó con exasperante lentitud, rozándome la piel con los dedos en su descenso. En cuanto terminó con la cremallera, volvió a deslizar sus manos por mis brazos hasta los tirantes del vestido, e igual de lentamente, los despegó de mis hombros. Ya solo tenía que sujetar el vestido a la altura de mis caderas y tirar hacia abajo hasta dejarlo a mis pies.
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