Traducción de Javier Guerrero






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CALLE DUBLÍN
Samantha Young
Traducción de Javier Guerrero

Título original: On Dublin Street
Traducción: Javier Guerrero
1.ª edición: abril 2013
©  Samantha Young, 2012
©  Ediciones B, S. A., 2013
Consell de Cent, 425-427 - 08009 Barcelona (España)
www.edicionesb.com
Depósito legal: B. 19.301-2012
ISBN DIGITAL: 978-84-9019-384-6
Todos los derechos reservados. Bajo las sanciones establecidas en el ordenamiento jurídico, queda rigurosamente prohibida, sin autorización escrita de los titulares del copyright, la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio o procedimiento, comprendidos la reprografía y el tratamiento informático, así como la distribución de ejemplares mediante alquiler o préstamo públicos.
Contenido
Portadilla

Créditos

Prólogo

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Epílogo

Agradecimientos

Prólogo
Condado de Surry, Virginia Estaba aburrida.

Kyle Ramsey daba pataditas al respaldo de mi silla para captar mi atención, pero el día anterior había estado haciendo lo mismo con la silla de mi mejor amiga, Dru, y no quería que ella se molestara conmigo. Dru estaba colgada de Kyle. Así que la miré a ella. Estaba sentada a mi lado, dibujando un millón de minúsculos corazoncitos en la esquina de su libreta mientras el señor Evans garabateaba otra ecuación en la pizarra. Tendría que haber estado prestando atención, porque soy pésima con las matemáticas. A mamá y papá no iba a hacerles gracia que suspendiera el primer semestre de mi primer curso.

—Señor Ramsey, ¿quiere salir a la pizarra y responder a esta pregunta o prefiere quedarse detrás de Jocelyn para poder seguir dando patadas a su silla un rato más?

La clase se rio y Dru me observó con expresión acusatoria. Yo hice una mueca y le lancé una mirada envenenada al señor Evans.

—Me quedaré aquí si no le importa, señor Evans —contestó Kyle con imprudente arrogancia.

Puse los ojos en blanco, resistiéndome a volverme, aunque sentía el calor de la mirada de Kyle en la nuca.

—En realidad era una pregunta retórica, Kyle. Ven aquí.

Una llamada a la puerta detuvo el gruñido de conformidad de Kyle. Al ver a la directora, la señora Shaw, toda la clase se apaciguó. ¿Qué estaba haciendo la directora en nuestra aula? Solo podía ser una señal de problemas.

—Uf —exclamó Dru entre dientes.

La miré y ella señaló con la cabeza hacia la ventana.

—La poli.

Asombrada, me volví hacia la puerta al tiempo que la señora Shaw murmuraba algo al señor Evans, y desde luego, vi a dos agentes del sheriff esperando en el pasillo, al otro lado de la puerta entreabierta.

—Señorita Butler.

La voz de la señora Shaw me sorprendió e hizo que mi atención se centrara en ella.

La directora dio un paso hacia mí y sentí que el corazón se me subía a la garganta. Su expresión era cautelosa, compasiva, e inmediatamente tuve la tentación de retroceder de ella y de lo que estuviera a punto de decirme.

—¿Puedes acompañarme, por favor? Coge tus cosas.

Ese normalmente era el momento en que a la clase se le escaparía alguna exclamación por el lío en el que me había metido. Sin embargo, igual que yo, mis compañeros sintieron que no se trataba de eso. Fuera cual fuese la noticia que me aguardaba en el pasillo, nadie iba a tomarme el pelo con eso.

—¿Señorita Butler?

Yo estaba temblando por un pico de adrenalina y apenas podía oír nada por encima del rugido de la sangre que se me agolpaba en los oídos. ¿Le había ocurrido algo a mamá? ¿O a papá? ¿O a mi hermanita Beth? Mis padres se habían tomado unas pequeñas vacaciones esa semana para desestresarse de lo que había sido un verano loco. Se suponía que ese día se habían llevado a Beth de pícnic.

—Joss.

Dru me tocó con el codo para captar mi atención. En cuanto sentí el contacto en el brazo, me aparté de la mesa, y la silla chirrió en el suelo de madera. Busqué a tientas la mochila, sin mirar a nadie, y metí en ella todo lo que había sobre la mesa. Los susurros habían empezado a extenderse por toda el aula como una ráfaga de viento frío a través de una rendija en el cristal de la ventana. Necesitaba salir de allí, pese a que no quería saber lo que me esperaba.

De alguna manera, recordé cómo poner un pie delante del otro y seguí a la directora al pasillo. Escuché que la puerta de la clase del señor Evans se cerraba detrás de mí. No dije nada, me limité a mirar a la señora Shaw y luego a los dos agentes, que me observaron con compasión distante. Junto a la pared había una mujer en la que no me había fijado antes. Tenía aspecto serio pero calmado.

La señora Shaw me tocó el brazo y yo observé su mano apoyada en mi suéter. ¿No había hablado ni dos palabras con la directora antes y me estaba tocando el brazo?

—Jocelyn... estos son los agentes Wilson y Michaels. Y ella es Alicia Nugent del DSS.

La miré con expresión inquisitiva.

La señora Shaw se puso pálida.

—El Departamento de Servicios Sociales.

El miedo me atenazó el pecho y pugné por respirar.

—Jocelyn —continuó la directora—, siento decirte esto..., pero tus padres y tu hermana Elizabeth han sufrido un accidente de coche.

Esperé, sintiendo que se me cerraba el pecho.

—Todos han muerto en el acto, Jocelyn. Lo siento mucho.

La mujer del DSS dio un paso hacia mí y empezó a hablar. Yo la miré, pero lo único que alcancé a ver fueron los colores que la componían. Lo único que oí fue el sonido ahogado de sus palabras, como si alguien hubiera abierto un grifo detrás de ella.

No podía respirar.

Presa del pánico, busqué algo, cualquier cosa que pudiera ayudarme a respirar. Noté unas manos en mí. Un murmullo de palabras tranquilizadoras. Las mejillas mojadas. Sal en la lengua. Y sentí que me iba a estallar el corazón de tan deprisa que latía.

Me estaba muriendo.

—Respira, Jocelyn.

Esas palabras me las dijeron al oído, una y otra vez hasta que me centré en inspirar y espirar. Al cabo de un rato, mi pulso se calmó y se me abrieron los bronquios. Los puntos que salpicaban mi campo de visión empezaron a desaparecer.

—Eso es. —La señora Shaw estaba susurrando y me frotaba la espalda en círculos con una mano caliente—. Eso es.

—Tendríamos que ponernos en marcha. —La voz de la mujer del DSS irrumpió a través de mi neblina de confusión.

—Escucha, Jocelyn, ¿estás preparada? —preguntó la señora Shaw en voz baja.

—Están muertos —respondí, necesitada de apreciar el significado de las palabras. No podía ser real.

—Lo siento, cariño.

Un sudor frío se abrió paso entre los poros de mi piel, en las palmas de mis manos, bajo las axilas, en la nuca. Tenía carne de gallina y no podía dejar de temblar. Un vahído inesperado hizo que me bamboleara y el vómito hizo erupción desde mis tripas revueltas. Me incliné hacia delante y derramé mi desayuno sobre los zapatos de la señora de los servicios sociales.

—Está en estado de shock.

¿Lo estaba?

¿O era un mareo?

Un minuto antes estaba sentada en la clase, donde había calor y seguridad. Y en cuestión de segundos, en un abrir y cerrar de ojos... Estaba en un sitio completamente diferente.

1
Escocia
Ocho años después... Era un día hermoso para encontrar un nuevo hogar. Y una nueva compañera de piso.

Salí de la escalera húmeda y vieja de mi edificio de apartamentos georgiano y me recibió un día asombrosamente caluroso en Edimburgo. Me miré los bonitos shorts a rayas blancas y verdes de tela vaquera que me había comprado unas semanas antes en Topshop. Casi no había parado de llover desde entonces y me moría de ganas de estrenarlos. Por fin el sol había salido y asomaba en la esquina, por encima de la torre de la iglesia evangélica de Bruntsfield, fundiendo mi melancolía y devolviéndome un poco de esperanza. Para ser alguien que había empaquetado toda su vida en Estados Unidos y había partido hacia el país natal de su madre cuando solo tenía dieciocho años, no me llevaba muy bien con los cambios. Ya no, al menos. Me había acostumbrado a mi enorme apartamento con su interminable problema de ratones. Echaba de menos a mi mejor amiga, Rhian, con quien había vivido desde mi primer año en la Universidad de Edimburgo. Nos conocimos en la residencia de estudiantes y congeniamos. Las dos éramos muy reservadas y nos sentíamos cómodas una en compañía de la otra, por el mero hecho de que nunca nos presionábamos para hablar del pasado. Nos hicimos muy amigas en primer curso y decidimos alquilar un apartamento (o un «piso» como lo llamaba Rhian) en segundo año. Ahora que nos habíamos licenciado, Rhian se había marchado a Londres para empezar su doctorado y yo me había quedado sin compañera de piso. La guinda del pastel era la pérdida de mi otro gran amigo, James, el novio de Rhian. Él había salido corriendo a Londres (un lugar que detestaba, podría añadir) para estar con Rhian. Y para colmo, mi casero se había divorciado y necesitaba que desocupara el apartamento.

Había pasado las últimas dos semanas respondiendo anuncios de mujeres jóvenes que buscaban una compañera de piso. Y hasta el momento había sido un palo. Una chica no quería compartir piso con una estadounidense. Me quedé con cara de alucinada. Tres de los apartamentos eran sencillamente... un asco. Estoy casi segura de que una chica pasaba crack, y el apartamento de otra tenía pinta de tener más tráfico que un burdel. Había depositado muchas esperanzas en que mi cita inminente con Ellie Carmichael iría bien. Era el apartamento más caro de mi lista, y se hallaba del otro lado del centro de la ciudad.

Estaba siendo austera en lo referente a mi herencia, como si gastar lo menos posible fuera a mitigar la amargura de mi «buena» fortuna. Pero me estaba desesperando.

Quería ser escritora y necesitaba el apartamento y la compañera de piso adecuados.

Vivir sola era otra opción, por supuesto. Podía permitírmelo. No obstante, la verdad auténtica era que no me seducía la idea de la soledad absoluta. A pesar de mi tendencia a guardarme el ochenta por ciento de mí misma sólo para mí, me gustaba estar rodeada de gente. A veces me hablaban de situaciones que no comprendía personalmente, y eso me ofrecía la oportunidad de ver las cosas desde otro punto de vista. Estaba convencida de que todos los buenos escritores necesitaban una perspectiva amplia. Por eso trabajaba en un bar de George Street las noches de los jueves y los viernes, pese a que no lo necesitaba. El viejo clisé era cierto: las camareras escuchan las mejores historias.

Era amiga de dos de mis colegas, Jo y Craig, pero en realidad solo estábamos juntos en el trabajo. Si quería tener un poco más de vida a mi alrededor, necesitaba una compañera de piso. Un aspecto positivo: el apartamento que iba a ver estaba a solo unas manzanas de mi trabajo.

Mientras trataba de contener la ansiedad de encontrar un nuevo domicilio, me mantenía atenta en busca de un taxi con la luz encendida. Miré la heladería, lamentando no tener tiempo de pararme y darme el capricho, y casi se me pasó el taxi que venía hacia mí desde el otro lado de la calle. Estiré el brazo, miré si había tráfico por mi lado y me alegré de que el taxista me hubiera visto y hubiera parado el coche. Me apresuré a cruzar la amplia calzada, logrando no acabar aplastada como un insecto verde y blanco en el parabrisas de un pobre desgraciado, y corrí hacia el taxi con la firme determinación de abrir la puerta.

En lugar de la manija, cogí la mano de una persona.

Desconcertada, seguí la mano bronceada masculina por un largo brazo hasta unos hombros anchos y un rostro que quedaba oscurecido por el sol que le daba desde atrás. El tipo, de más de metro ochenta, se alzaba sobre mí como todas las personas altas. Yo era una diminuta de metro sesenta y cinco.

Preguntándome por qué ese tipo tenía la mano en mi taxi, me fijé en su traje caro.

Un suspiro escapó de su cara en sombra.

—¿Hacia dónde vas? —me preguntó con voz bronca y atronadora.

Llevaba cuatro años viviendo en Edimburgo y el acento escocés todavía me provocaba escalofríos. Y el suyo sin duda lo hizo, a pesar de la pregunta lacónica.

—A Dublin Street —respondí maquinalmente, con la esperanza de que la distancia de mi trayecto fuera superior a la del suyo para que me cediera el taxi.

—Bien. —Abrió la puerta—. Yo voy en esa dirección, y como ya llego tarde, ¿puedo proponerte que compartamos el taxi en lugar de perder diez minutos decidiendo quién lo necesita más?

Una mano cálida me tocó la parte baja de la espalda y me empujó con suavidad. Desconcertada, de alguna manera dejé que me metieran en el taxi. Me deslicé por el asiento y me puse el cinturón mientras me preguntaba en silencio si había dado mi consentimiento con la cabeza. No creía haberlo hecho.

Al oír el sucinto «a Dublin Street» al taxista, torcí el gesto y murmuré:

—Bueno, gracias.

—¿Eres americana?

Ante la pregunta fácil, por fin miré al pasajero que tenía al lado. «Oh, vale.»

«Uf.»

El hombre del traje, de en torno a los treinta años, no era guapo al estilo clásico, pero había un brillo en su mirada y una mueca en la comisura de su boca sensual que, junto con el resto del envoltorio, emanaba atractivo sexual. Me di cuenta, por las líneas del traje gris plata perfectamente entallado que llevaba, de que hacía ejercicio. Se sentó con la desenvoltura de un tipo en forma, con un estómago plano y duro bajo el chaleco y la camisa blanca. Sus ojos azul pálido parecían desconcertados bajo unas pestañas largas, y por mi vida que no salía de mi asombro por el hecho de que tenía el pelo oscuro.

Los prefería rubios. Desde siempre.

Sin embargo, ningún rubio había logrado nunca que mi bajo vientre se encogiera de deseo a primera vista. Un rostro masculino y fuerte me miró: mandíbula marcada, hoyuelo en la barbilla, pómulos amplios y una nariz romana. La barba de dos días le ensombrecía las mejillas y tenía el pelo un poco alborotado. En conjunto, su aspecto descuidado contrastaba con el traje de diseño.

El tío levantó una ceja ante mi descarado escrutinio y el deseo que estaba sintiendo se cuadruplicó, pillándome completamente por sorpresa. Nunca había sentido atracción instantánea por los hombres. Y desde mis años alocados de la adolescencia, nunca había contemplado aceptar el ofrecimiento sexual de un hombre.

Y en cambio, no estaba segura de que pudiera rechazar una proposición del que tenía a mi lado.

En cuanto la idea destelló en mi cabeza, me tensé, sorprendida e incómoda. Mis defensas se elevaron de inmediato y adopté una expresión flemática y educada.

—Sí —respondí, recordando por fin que el hombre me había hecho una pregunta.

Aparté la mirada de su sonrisita de complicidad, simulando aburrimiento y dando gracias al cielo de que mi tez aceitunada contuviera mi rubor.

—¿Solo de visita? —murmuró.

Por más irritada que estaba por mi reacción al hombre del traje, decidí que cuanta menos conversación hubiera entre nosotros mejor. A saber qué tonterías podía decir o hacer.

—No.

—Entonces eres estudiante.

Discrepé del tono. «Entonces eres estudiante.» Lo dijo como si estuviera poniendo los ojos como platos. Como si los estudiantes fueran el escalafón más bajo, personas sin ningún propósito real en la vida. Volví la cabeza para fulminarlo con una mirada mordaz y lo pillé contemplándome las piernas con interés. Esta vez, levanté las cejas hacia él y esperé a que apartara esos ojos preciosos de mi piel desnuda. Al notar mi atención, él me miró a la cara y se fijó en mi expresión. Esperaba que simulara que no había estado mirándome o al menos que apartara la vista enseguida. Y desde luego no esperaba que se limitara a encogerse de hombros y ofrecerme la sonrisa más lenta, pícara y sexy que me habían dedicado jamás.

Puse los ojos en blanco, luchando contra el calor entre mis piernas.

—Era estudiante —respondí, con un toque muy leve de sarcasmo—. Vivo aquí, tengo doble nacionalidad. —¿Por qué estaba dándole explicaciones?

—¿Eres en parte escocesa?

Apenas asentí con la cabeza, pero me regodeé en secreto por la forma en que pronunció la palabra «escocesa».

—¿Qué haces ahora que te has licenciado?

¿Por qué quería saberlo? Lo miré con el rabillo del ojo. Con lo que costaba el terno que llevaba, Rhian y yo podríamos habernos pagado la comida bazofia de estudiante durante cuatro años de universidad.

—¿Qué haces tú? Me refiero a cuando no estás metiendo mujeres en taxis contra su voluntad.

Su sonrisita fue la única reacción a mi pulla.

—¿Qué crees que hago?

—Creo que eres abogado. Prepotencia, sonrisitas de suficiencia, respondes a preguntas con más preguntas...

Prorrumpió en una risotada espléndida y profunda que resonó en mi pecho. Me miró con un destello en las pupilas.

—No soy abogado. Pero tú podrías serlo. Me parece recordar una pregunta contestada con otra pregunta. Y eso —dijo haciendo un gesto hacia mi boca, y sus ojos adoptaron un tono más oscuro al acariciar visualmente la curva de mis labios— es una sonrisita de suficiencia sin ninguna duda. —Su voz se había hecho más ronca.

Se me aceleró el pulso cuando nuestras miradas se encontraron y las sostuvimos mucho más tiempo de lo que es educado entre dos desconocidos. Tenía las mejillas calientes... y no solo las mejillas. Estaba cada vez más excitada con él y con la conversación silenciosa entre nuestros cuerpos. Notar que se me endurecían los pezones bajo el sujetador me sorprendió lo suficiente para volver a la realidad. Apartando mi mirada de la suya, me fijé en el tráfico que pasaba y rogué por que el trayecto en taxi acabara cuanto antes.

Al acercarnos a Princes Street y ver otro desvío causado por el proyecto de tranvía municipal, empecé a preguntarme si conseguiría escapar del taxi sin tener que volver a hablar con él.

—¿Eres tímida? —me preguntó, haciendo trizas mis esperanzas.

No pude evitarlo. Su pregunta hizo que me volviera hacia él con una sonrisa de perplejidad.

—¿Perdón?

Inclinó la cabeza para mirarme con los ojos entrecerrados. Parecía un tigre perezoso, observándome con cautela para decidir si era una presa que merecía la pena cazar. Noté un escalofrío cuando él repitió:

—¿Eres tímida?

¿Era tímida? No. Tímida no. Solo completamente indiferente. Lo prefería así. Era más seguro.

—¿Por qué piensas eso? —No mandaba vibraciones de timidez, ¿no? Hice una mueca al pensarlo.

Él se encogió de hombros otra vez.

—La mayoría de las mujeres se aprovecharían de mi aprisionamiento en el taxi con ellas: me hablarían hasta por los codos, me tirarían en la cara su número de móvil... y alguna cosa más.

Sus ojos bajaron a mi pecho antes de regresar enseguida a mi rostro. Notaba la sangre caliente bajo las mejillas. No podía recordar la última vez que alguien había conseguido avergonzarme. No estaba acostumbrada a sentirme intimidada y traté de sobreponerme.

Asombrada por su exceso de confianza, le sonreí de forma burlona, y enseguida me sorprendió el placer que me inundó cuando sus pupilas se dilataron ligeramente al ver mi sonrisa.

—Vaya, no te hace falta abuela.

Él me devolvió la sonrisa, de dientes blancos pero imperfectos, y sentí que su expresión descarada me provocaba un sentimiento desconocido en el pecho.

—Solo hablo por experiencia.

—Bueno, no soy la clase de chica que le da el teléfono a un tipo al que acaba de conocer.

—Ahhh. —Asintió con la cabeza como si hubiera comprendido algo sobre mí. Su sonrisa se desvaneció y sus rasgos parecieron endurecerse y resguardarse de mí—. Eres la clase de mujer que no tiene sexo hasta la tercera cita, de las que se casan y tienen hijos.

Hice una mueca ante su juicio precipitado.

—No, no y no.

¿Matrimonio e hijos? Me dio un escalofrío al pensarlo, y los miedos que se me subían a los hombros a diario resbalaron para atenazarme el pecho demasiado fuerte.

El hombre del traje me miró en ese momento, y fuera lo que fuese que captó de mi rostro lo hizo relajarse.

—Qué interesante —murmuró.

No. Nada de interesante. No quería ser interesante para ese tipo.

—No voy a darte mi número.

Sonrió otra vez.

—No te lo he pedido. Y aunque lo quisiera, no te lo pediría. Tengo novia.

No hice caso del vuelco de decepción que sentí en el estómago, y al parecer funcionó el filtro entre mi cerebro y mi boca.

—Entonces deja de mirarme así.

Él parecía divertido.

—Tengo novia, pero no soy ciego. Solo porque no pueda hacer nada no significa que no tenga derecho a mirar.

No estaba excitada por la atención de ese hombre. «Soy una mujer fuerte e independiente.» Mirando por la ventana reparé con alivio en que estábamos en los jardines de Queen Street. Dublin Street estaba a la vuelta de la esquina.

—Aquí está bien, gracias —le dije al taxista.

—¿En qué lado? —me preguntó.

—Aquí —respondí un poco más bruscamente de lo que pensaba.

Dejé escapar un suspiro de alivio cuando el taxista puso el intermitente y el coche se detuvo. Sin otra mirada al hombre del traje, le pasé algo de dinero al taxista y puse la mano en la manija de la puerta.

—Espera.

Me quedé paralizada y miré al tipo del traje con cautela por encima del hombro.

—¿Qué?

—¿Tienes nombre?

Sonreí, sintiéndome aliviada ahora que estaba escapando de él y de la extraña atracción entre nosotros.

—De hecho, tengo dos.

Bajé del taxi, sin hacer caso del traicionero estremecimiento de placer que me inundó al oír su risa de respuesta.

En cuanto se abrió la puerta y vi por primera vez a Ellie Carmichael intuí que me caería bien. Era alta y rubia, y llevaba un vestidito de moda, un sombrero de fieltro azul, un monóculo y un bigote postizo.

Me miró parpadeando con unos ojos grandes, de color azul pálido.

Desconcertada, tuve que preguntar.

—Eh... ¿vengo en mal momento?

Ellie me miró un instante como si estuviera confundida por mi pregunta, más que razonable considerando su aspecto. Como si se le hubiera ocurrido de repente que llevaba un bigote postizo, lo señaló.

—Llegas pronto, estaba ordenando.

¿Ordenando con un sombrero de fieltro, un monóculo y un bigote? Miré detrás de ella a un recibidor espacioso y con mucha luz. Una bicicleta sin la rueda delantera estaba apoyada en la pared del fondo; había fotografías y un surtido de postales y recortes diversos enganchados a un tablero recostado contra un armario bajo de nogal. Vi también dos pares de botas y unos zapatos negros de tacón esparcidos sin orden ni concierto bajo una fila de colgadores desbordados de chaquetas y abrigos. El suelo era de madera noble. Muy bonito.

Volví a mirar a Ellie con una enorme sonrisa, sintiéndome bien por toda la situación.

—¿Estás huyendo de la mafia?

—¿Perdón?

—Por el disfraz.

—Oh. —Se rio y se separó del umbral, haciéndome un gesto hacia el apartamento—. No, no, vinieron amigos anoche, y nos pasamos un poquito con la bebida. Sacaron todos mis viejos disfraces de Halloween.

Volví a sonreír. Sonaba divertido. Echaba de menos a Rhian y James.

—Eres Jocelyn, ¿no?

—Sí, Joss —la corregí. No había sido Jocelyn desde antes de que mis padres murieran.

—Joss —repitió ella, sonriéndome cuando yo daba los primeros pasos en el interior del apartamento de planta baja. Olía fantástico, fresco y limpio.

Como el apartamento que estaba dejando, ese también era de estilo georgiano, salvo que el edificio en el que me encontraba había sido todo él una casa, que posteriormente habían dividido en dos apartamentos. Bueno, en realidad, en la puerta de al lado había una
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