Henry James






descargar 2.2 Mb.
títuloHenry James
página1/81
fecha de publicación17.07.2015
tamaño2.2 Mb.
tipoDocumentos
l.exam-10.com > Derecho > Documentos
  1   2   3   4   5   6   7   8   9   ...   81


Retrato de una dama

Henry James



Volumen 1

1

Era la hora dedicada a la ceremonia del té de la tar­de y sabido es que, en determinadas circunstancias, hay en la vida muy pocas horas que puedan compararse a ésa por el agrado y atractivo que ofrece a quienes saben disfru­tarla. Hay momentos en los cuales, se tome o no se tome té -cosa que, desde luego, algunos no hacen jamás-, la situación constituye por sí misma una verdadera delicia. Las personas que están presentes en mi imaginación al intentar escribir la primera página de esta sencilla histo­ria ofrecían a la vista un cuadro admirablemente ilustra­dor del disfrute de tan inocente pasatiempo. Los utensi­lios de ágape tan parco e íntimo se hallaban dispuestos sobre el tierno césped de una antigua casa de campo in­glesa durante una hora que yo calificaría de momento su­premo de una espléndida tarde de verano. Se había des­vanecido parte de dicha tarde, pero aún quedaba de ella bastante, que era precisamente su parte de más bella y ex­traordinaria calidad. Faltaban todavía algunas horas para el verdadero atardecer, mas el torrente de intensa luz de verano había empezado ya a decrecer, se había vuelto más suave el aire, y las sombras, como desperezándose, se iban estirando poco a poco sobre la tupida y tierna hierba. Era, como decimos, pausado su alargamiento, y el escenario de la naturaleza contribuía a favorecer el nacimiento de ese estado de ánimo, de solaz y abandono, que constituye la fuente principal de placer en semejante actividad y a semejante hora. Puede decirse que el intervalo de tiem­po comprendido entre las cinco y las ocho de la tarde de un día estival es a veces una pequeña eternidad; mas en mo­mentos como éste cabe afirmar que es y no puede ser más que una eternidad de placer. Los participantes en la mis­ma parecían estar disfrutando tranquilamente de él, y, por añadidura, no eran de los pertenecientes al sexo que se supone proporciona el mayor número de adeptos a tales ceremonias. Sobre el perfecto prado se recortaban unas sombras rectas y angulosas, que eran la de un hombre ya viejo, sentado en un profundo sillón de mimbre cerca de la mesa donde se había servido el té, y las de un par de jó­venes que iban de un lado para otro en presencia del an­ciano mientras mantenían con él una conversación, por parte de ellos completamente deshilvanada. Sostenía el viejo la taza de té en la mano; una taza desacostumbra­damente grande, de forma distinta de la del resto del ser­vicio y pintada de brillantes colores. Sorbía su contenido con gran calma, manteniéndola durante largo rato cerca de su barbilla, con el rostro vuelto hacia la casa. Los jó­venes que le acompañaban habían ya terminado de tomar el té, o acaso sentían una gran indiferencia hacia el privi­legio que tal ceremonia implicaba, y preferían fumar ex­quisitos cigarrillos mientras continuaban su ir y venir an­te el apacible anciano. Uno de ellos le miraba con gran curiosidad cada vez que pasaba ante él, sin que el bueno del viejo se diese cuenta, como lo demostraba el que no apartara sus ojos de la fachada de su mansión coloreada de rojo. La casa, que se alzaba al otro lado de la prade­ra, era un edificio merecedor del tributo de admiración que parecía estársele rindiendo y el objeto más caracte­rístico del cuadro netamente inglés que estoy intentan­do describir.

La casa señoreaba la cima de un altozano próximo al caudaloso río -el Támesis-, y se hallaba a unas cuaren­ta millas de Londres. Era espaciosa su fachada de ladrillo rojo coronada de aleros y sobre la cual el paso del tiempo y las inclemencias de las estaciones parecían haberse com­placido en dejar toda suerte de pinceladas y retoques pictóricos, no para estropearla sino para mejorarla, em­bellecerla y darle un aire señorial con sus gualdrapas de hiedra, el enjambre de sus chimeneas y sus numerosas ven­tanas ahogadas de enredadera. Tenía la mansión su nom­bre y su historia; y cabe suponer el agrado con que el vie­jo que la contemplaba se habría puesto a explicar el uno y la otra. Seguramente hubiera contado con sumo gusto que su construcción databa de la época de Eduardo VI; que en ella había pasado una noche la gran Isabel (que se había dignado estirar sus augustos miembros en aquel lecho im­ponente, magnífico, y terriblemente inclinado que cons­tituía la más preciada joya de los dormitorios de la seño­rial mansión); que durante las guerras de Cromwell fue víctima de deterioros y daños, para ser después, y duran­te la Restauración, remodelada y agrandada hasta llegar al siglo dieciocho, que se encargó de desfigurarla al querer modernizarla, dejándola en el estado actual, en que pasó a poder y diligente cuidado de un sagaz banquero nortea­mericano -quien la adquirió en primer lugar porque, de­bido a circunstancias difíciles y penosas de explicar, se la ofrecieron como una verdadera ganga-, el cual, al ad­quirirla, refunfuñó hasta cansarse por su fealdad, su anti­güedad, su incomodidad, y que, en cambio ahora, al cabo de veinte años, había terminado por descubrir su verda­dero valor, concibiendo una verdadera pasión estética por ella, hasta el extremo de conocerla en todos sus detalles y aspectos y de poder decir dónde debía uno ponerse pa­ra apreciarlos en conjunto a tal o cual hora, cuando las sombras de todos sus salientes, al caer suavemente sobre la superficie cálida y desgastada de su ladrillo, ofrecían las proporciones requeridas para la contemplación placentera. Aparte de ello, como he dicho, habría podido enumerar a la mayoría de sus antiguos moradores, los nombres de mu­chos de los cuales habían sonado en el mundo por obra de la trompeta de la fama, y, seguramente, lo habría hecho de manera que, como quien no quiera la cosa, habría apa­recido el del último y actual morador de la misma como uno de sus no menos prestigiosos. La fachada de la casa que daba a esa parte de la pradera que nos interesa no era precisamente la del frente de la mansión, que caía ha­cia otro lado. Aquí podía estarse en la más completa inti­midad, y la extensa alfombra de césped que parecía de­rramarse hacia abajo desde la cima del altozano hubiérase dicho que de la misma casa salía y colgaba. Los grandes e inmóviles robles y las numerosas hayas proyectaban tam­bién hacia abajo una sombra tan densa como la de pesa­dos cortinajes de terciopelo, y el amplio espacio hubiéra­se dicho amueblado como una habitación, con sus mullidos asientos, sus esteras de abigarrados colores, los libros y pe­riódicos que yacían esparcidos sobre el césped. No lejos discurría el río, en cuya ribera podía decirse que termina­ba el prado, y el paseo por dicho prado hasta la orilla del río no era de los menos placenteros que esos parajes ofrecían.

El anciano caballero de la mesa del té, que había venido de Norteamérica treinta años atrás, había traído consigo, como parte más importante de su equipaje, su fisonomía típicamente americana, y no sólo la había traí­do, sino que también la había conservado en perfecto es­tado por si se presentaba el caso de tener que volver a su país con ella. A pesar de todo, en esos momentos no se sentía en disposición de viajar; se habían acabado ya sus días de transhumancia, y ahora disfrutaba del breve des­canso que precede inevitablemente al descanso definiti­vo. Tenía nuestro hombre una cara enjuta y perfectamente rasurada, de rasgos apacibles y expresión de plácida agu­deza. Era evidentemente uno de esos rostros que no dis­ponen de una gran gama de expresiones, de modo que su aire de satisfecha sagacidad era aún más meritorio. Al con­templarlo, hubiérase dicho que estaba pregonando el éxi­to que su poseedor había logrado en la vida, mas parecía pregonarlo de suerte que no se lo tomara por un éxito ofensivo y exclusivo, sino que se pudiera considerar que tenía la inofensividad del fracaso.

El personaje había, en efecto, tenido una gran ex­periencia en el trato de los hombres, pero mostraba una sencillez casi rústica en aquella desmayada sonri­sa que se extendía sobre sus anchas y huesudas mejillas en el momento en que depositaba cuidadosamente su tazón en la mesa. Iba pulcramente vestido de negro y con el traje bien cepillado. Sobre las rodillas tenía, ple­gado, un chal y calzaba unas gruesas zapatillas borda­das. Un hermoso pastor escocés yacía a sus pies en la hierba, la cara vuelta hacia la de su amo, al que con­templaba con mirada casi tan tierna como la de aquél al contemplar la autoritaria fachada de su mansión. Un revoltoso e hirsuto perrillo terrier jugueteaba con los otros contertulios.

Uno de los dos caballeros mencionados era un hom­bre de treinta y cinco años de edad aproximadamente, muy bien constituido físicamente, con una cara tan in­glesa como poco inglesa era la del anciano que acabo de describir: rostro verdaderamente hermoso, de frescos colores, noble y franco, de rasgos correctos y bien di­bujados, ojos grises muy vivos, y encuadrado por una barba de suave color castaño. Ofrecía tal caballero el aspecto de ser persona excepcionalmente brillante y afortunada, y tenía aire de poseer un fuerte tempera­mento fertilizado por una refinada civilización que habría sido la envidia de cualquier observador ocasional. Cal­zaba altas botas con espuelas, pues acababa de desmon­tar después de una larga cabalgada. Su blanco sombre­ro parecía demasiado ancho para él. Llevaba las manos cruzadas a la espalda, y en uno de sus blancos, anchos y bien modelados puños apretaba un par de ricos guantes de piel de cerdo.

Su compañero, que marchaba a su lado a lo largo del prado, ofrecía un aspecto completamente distinto, y, si bien habría suscitado en cualquiera una gran curiosidad al verle, no era capaz, como el otro, de provocar en nadie el deseo de cambiarse por él. Alto y delgado, desgalichado, era de rostro feo, enfermizo, vivo, sim­pático, provisto, aunque no pueda decirse que decorado, de bigote ralo y patillas. Parecía muy inteligente y achacoso, combinación nada oportuna por cierto, y lle­vaba una chaqueta de terciopelo de color castaño os­curo. Llevaba las manos metidas en los bolsillos, de una manera tan natural que demostraba que esa postura era en él habitual. Su porte era extraño, pues andaba con paso vacilante e indeciso, como si no se sintiera firme sobre sus piernas. Como ya dije, cada vez que pasaba ante el anciano posaba en él los ojos, y si uno se fija­ba en ellos dos en tal instante y examinaba los rostros de ambos, no le era difícil darse cuenta de que eran pa­dre e hijo. El padre se percató al fin de la mirada de su hijo y correspondió a ella con una amable sonrisa, di­ciendo:

-Me siento perfectamente bien.

-¿Has tomado ya tu té? -le preguntó el hijo.

-Sí; lo he tomado y lo he saboreado.

-¿Quieres que te sirva un poco más?

El anciano, después de pensarlo un momento, res­pondió:

-Te diré. Me parece que prefiero esperar y ver... Al hablar, se le notaba un acento marcadamente ame­ricano.

-¿Tienes frío? -preguntó el hijo.

El padre se frotó suavemente las piernas y dijo:

-La verdad, no lo sé. No podré decirlo hasta que lo sienta. El joven, sonriendo, replicó:

-Tal vez otro pueda sentirlo por ti.

-Claro. Espero que haya siempre quien pueda sen­tir algo por mí. Lord Warburton, ¿no siente usted algo por mí?

-¡Oh, sí, muchísimo! -replicó apresuradamente el caballero a quien se acababa de llamar lord Warbur­ton-. Pero me inclino a creer que se siente usted ad­mirablemente.

-No digo que no lo esté en muchos aspectos -di­jo el anciano y, acariciando suavemente el chal que tenía sobre sus rodillas, añadió-: Lo cierto es que me he sen­tido tan bien durante tantos años que estoy por creer que me he acostumbrado de tal manera a ello que ya no lo noto.

A lo que replicó lord Warburton:

-Ése es el inconveniente del bienestar: que única­mente lo conocemos cuando nos sentimos mal. Su com­pañero dijo:

-Me llama la atención ver lo extraños que somos. Lord Warburton murmuró:

-Oh, sí; verdaderamente somos muy extraños. Durante un rato permanecieron en silencio los tres hombres, los dos más jóvenes en pie y mirando al anciano sentado, el cual pidió un poco más de té. Lord Warburton, verdad es que no le perturba gran cosa. Apenas si re­cuerdo haberle visto tan pesimista como ahora. Muchas veces es él quien trata de animarme.

El joven de quien tal se decía miró a lord Warbur­ton y se echó a reír. Dijo:

-¿Qué encierran tus palabras: encendido panegíri­co o acusación de ligereza? ¿Es que quieres que saque a relucir mis teorías, papá?

Lord Warburton exclamó:

-¡La de cosas estrambóticas que tendríamos que oír, Santo Dios!

-Supongo que no se te ocurrirá adoptar ese tono -dijo el anciano.

-El de Warburton es mucho peor todavía que el mío; él presume de estar ya aburrido. Yo, en cambio, no lo estoy, en absoluto; por el contrario, la vida me parece sumamente interesante.

-¡Ah, conque sumamente interesante! Pues no de­berías admitir que lo es, ya sabes.

-Cuando vengo aquí, nunca me aburro. Aquí se puede disfrutar de una conversación desusadamente ex­celente -apuntó lord Warburton.

-¿Es otra clase de chiste eso que está diciendo? -preguntó el anciano-. No tiene usted derecho a abu­rrirse, sea donde fuere. Cuando yo tenía sus años, no oía , jamás hablar de semejante cosa.

-Seguramente habrá tardado mucho en madurar, en desarrollarse.

-Todo lo contrario, crecí con gran rapidez. A los veinte años ya estaba desarrollado por completo en lo físico y en lo moral. Trabajaba ya con toda mi alma, con uñas y dientes. Cuando se tiene algo que hacer no se puede estar aburrido, pero ustedes los jóvenes de aho­ra son demasiado perezosos. Piensan demasiado en sus propios placeres, son demasiado exigentes, indolentes y ricos.

-¡Ah, vamos! -dijo lord Warburton-. -¡No es us­ted el más indicado para acusar a los demás de ser demasiado ricos!

-¿Lo dice usted porque soy banquero? -pregun­tó el anciano.

-Quizá sea por eso, y, además, porque posee usted... ¿es o no cierto?... medios ilimitados.

El otro joven dijo, como quien pide disculpas:

-No es tan extraordinariamente rico. Ha donado ya una enorme cantidad de dinero.

-Sería porque era suyo, digo yo -exclamó lord Warburton-, y, si así es, ¿qué mayor y mejor prueba de riqueza quiere usted? Los bienhechores de la humani­dad no deberían meterse con los amantes del placer.

-Mi padre se apasiona por el placer... de los demás. El anciano movió la cabeza como negando tal afir­mación y dijo:

-Pero yo no presumo de haber contribuido en na­da a la diversión de mis contemporáneos.

-Querido papá, eres demasiado modesto.

-Eso es otro chiste -dijo lord Warburton.

-Ustedes, la gente joven -dijo el anciano-, tie­nen siempre demasiados chistes a flor de labios. Cuan­do se les acaban, no les queda nada.

A lo que el joven feo replicó:

-Por fortuna, siempre los hay nuevos.

-No lo creo así. Por lo contrario, creo que las co­sas van siendo más serias cada día. Ustedes, los jóvenes, llegarán también a convencerse de ello con el tiempo.

-¡La seriedad cada día mayor de las cosas! He ahí un gran pretexto, una gran oportunidad para nuevos chistes.

-Pues puedo asegurar que no tendrán nada de gra­ciosos -replicó el anciano-. Por mí parte, estoy con­vencido de que van a producirse grandes cambios... y, por desgracia, no para bien.

-Estoy completamente de acuerdo con usted -di­jo lord Warburton-. Yo también tengo la seguridad de que va a haber cambios profundos y van a suceder cosas verdaderamente estrafalarias. Por eso me está re­sultando tan difícil poner en práctica el consejo que me dio usted el otro día, al decirme que debo agarrarme a algo. La verdad, uno no se siente con ánimos de aga­rrarse a algo que a los pocos minutos puede volar por los aires.

A esto, su compañero replicó:

-De lo que debes posesionarte es de una hermosa mujer. Está viendo si consigue enamorarse -añadió di­rigiéndose a su padre y como explicación de sus ante­riores palabras.
  1   2   3   4   5   6   7   8   9   ...   81

Añadir el documento a tu blog o sitio web

similar:

Henry James iconAula 103 de la Universidad Cayetano Heredia (av. Armendáriz 445 Miraflores)...

Henry James iconAula 103 de la Universidad Cayetano Heredia (av. Armendáriz 445 Miraflores)...

Henry James iconHenry miller

Henry James iconHenry Miller (1891 – 1980)

Henry James iconHenry Reagan en blue bloods

Henry James iconHenry david thoreau: Walden, La Vida en los Bosques

Henry James iconPacket by Henry Gorman, Thomas Littrell, Benji Nguyen, & Chris Romero

Henry James iconUn profesor trabaja para la eternidad: nadie puede decir dónde acaba...

Henry James iconLa maravillosa historia de henry sugar
«Ferrari» que debía de haberle costado más o menos lo mismo que una casa de campo

Henry James iconDocente: James Velasco






© 2015
contactos
l.exam-10.com