El argumento y los personajes de esta novela son imaginarios. Cualquier semejanza con personas vivas o muertas es mera coincidencia






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EL SUEÑO DEL PERRO






NOVELA



MARCELO DEL CASTILLO

Copyright


DESOCUPADO LECTOR:
El argumento y los personajes de esta novela son imaginarios. Cualquier semejanza con personas vivas o muertas es mera coincidencia.

¡Ah, miserables condenados! Ahora

saben lo que quiere decir aquel

infierno que tantas veces se les

predicó, y nunca quisieron temer.”

Camino del Cielo

Libro de oraciones


La trama y la secuencia tradicionales no

tienen ya significado...el escritor tiende a

una conciencia más aguda de sí mismo en

el acto de crear. Lo exterior disminuye y el

escritor se aleja de la realidad objetiva, de

la historia, de la trama, del carácter definido,

hasta que la percepción subjetiva del

narrador es el único hecho garantizado en

la ficción.”



Rubem Fonseca

El caso Morel

Del verbo latino sommio, as. Son ciertas

fantasías que el sentido común rebuelve

quando dorminos, de las cuales n(o) ay
que hazer caso, y solo aquellos sueños
tienen alguna apariencia de verdad, por
los quales los médicos juzgan el humor
que predomina en el enfermo, y no entran

en esta cuenta las revelaciones santas

y divinas, hechas por Dios a Joseph y a
otros santos. “ Soñava el ciego que veya,
y soñava lo que quería”.Tornósele el
sueño del perro; soñava un perro que
estava comiendo un pedaço de carne,
y dava muchas dentelladas y algunos
aullidos sordos de contento; el amo,
viéndole desta manera, tomó un palo y
dióle muchos palos. Hasta que despertó
y se halló en blanco y apaleado.”

Sebastián de Covarrubias Orozco



“Si estás todavía aquí, te saco de una. Es la última vez.”
Alejo Felipe se despertó sobresaltado al oír el tono decidido, severo y vehemente del grito
de Lalia. Dudó, confundido, si aún estaba en el sueño de los extraterrestres, donde era
perseguido por áridos parajes polvorientos por un grupo de alienígenas tenaces que lo
capturaron y sujetaron con metales a una camilla, y después lo condujeron por un
intrincado laberinto de curvos pasillos metálicos en la inmensa nave que flotaba viajando
solitaria en el cosmos infinito, y después lo llevaron a una gran sala de cirugía iluminada
con cegadoras luces intensas, y después lo acostaron sobre un quirófano de un material
que no era de este mundo, cuando la cara fosforescente, luminosa y resplandeciente de luz
del jefe cirujano alienígena suspendida sobre él, dio la orden telepática de iniciar la
operación para estudiarlo como un bicho de no se sabe qué especie rara en extinción.
Entonces sintió una angustia pesada y demoledora. Quería gritar pero no podía emitir el
grito anhelante de salvación que sentía atorado en la garganta. Se regocijó íntimamente de
que haya sido apenas una sórdida pesadilla que aún poblaba su mente y que no se disipó
ni siquiera cuando oyó con un estremecimiento lacerante el portazo que dio Lalia cuando
se iba a su ejercicio matinal. Estaba ataviada como un ciclista. Llevaba puesto un casco en
su cabeza, con sus cabellos largos, lacios, sin horquilla, que siempre le ocupaba su tiempo
ponérselo. Llevaba puestos unos guantes que dejaban ver la mitad de sus dedos sin cubrir.
Lucia unas gafas espejeantes cubriéndole sus ojos color miel. Calzaba unas zapatillas de
goma que hacían juego con una camiseta amarilla pepeada que le destacaba sus senos
erguidos y sus pezones como dos botones simétricos. Llevaba ceñidos unos calzones
negros de lycra iridiscente que le modelaban sus espléndidos glúteos, los mismos por los


que Alejo Felipe quedó prendado desde el olvidado domingo soleado en la ciclovía cuando
la vio, pedaleando su bicicleta entre la multitud y él, caminando en el andén, la siguió
con la mirada pensando: culito mío. Se reacomodó otra vez en la cama, cobijándose.
Cerró los ojos pero ya no logró rescatar la continuidad del sueño con los extraterrestres. Se
volvió a dormir.

Un despertador rompió a sonar señalando las nueve en punto. Perezosamente cortó el
sonido. Abriendo los ojos miró sorprendido la hora y se incorporó como un resorte.
Se sacó apurado una camiseta blanca donde se leía: YO AMO EL OCIO* quedando en
calzoncillos con su magra humanidad. Corrió hacía una puerta que daba a un baño interior.
Entró.
En el umbral de la alcoba, se asomó Lalia vestida de ciclista. Su cara roja brillaba de
sudor. Llegó sigilosa hasta la puerta del baño y oyó el rumor de la ducha. Decidida,
pensó hacer algo, mientras se quitaba y tiraba por ahí el casco y los guantes.
No se oyó más el rumor de la ducha en el baño, pero sí el grito angustiado de Alejo
Felipe.
“¡Lalia, deja que acabe de bañarme!”
“¿Qué te dije cuando salí? Si estás todavía aquí, te saco de una...¿No me oíste?”
Alejo Felipe abrió enjabonado escurriendo agua en el piso.
“¿Abre el agua, sí, por favor?”

* En realidad eran Los 10 Mandamientos de un Vago 1- Viva para descansar. 2- Ame su cama, ella es su templo. 3- Si ve a alguien descansando, ayúdelo. 4-Descanse de día para poder descansar de noche. 5- El trabajo es sagrado no lo toque. 6- Nunca deje para mañana lo que pueda dejar para pasado mañana. 7- Trabaje lo menos posible, lo que deba ser hecho, deje que otra persona lo haga. 8- Calma, nunca nadie murió por descansar. 9- Cuando sienta deseos de trabajar, siéntese y espere que le pase. 10- No se olvide, el trabajo es salud. Déjelo para los enfermos.


Lalia se puso los brazos en la cintura, desafiante.
“¡Espera, ya sé lo que te voy a abrir!”
Alejo Felipe desnudo esperaba expectante, mojando el piso de madera. Lalia apareció
blandiendo una escoba y empezó a perseguirlo. Alejo Felipe esquivaba los escobazos que
ella seguía lanzándole y llegó hasta la puerta de salida de la casa mientras Lalia profería
insultos, gritándole:
“¡Sanguijuela inmunda! ¡Parásito! ¡Ve a trabajar! ¡Ya ni como amante sirves!”
Lalia, muy airada, se detuvo por un instante, le miró el pene encogido en la mata
ennegrecida de vellos púbicos. Olvidándose ahora que cuando se ponía erguido y enhiesto,
adquiría unas proporciones magníficas, que la hacían pedirle más duro, más duro hasta la
extenuación, deseando quedarse así: ensartada para siempre al tiempo que entre jadeos le
agradecía haberlo conocido.
Alejo Felipe se contoneaba como un ágil pugilista, cubriéndose el rostro.
“¡La preocupación quita las ganas! ¡Buscar trabajo es otro trabajo!”
Lalia volvió a lanzarle escobazos con más intensidad al ver a Alejo Felipe cerca de la
puerta de salida de la casa, y este optó por abrirla rápidamente, saliéndose.
Después, con urgencia golpeaba tras la puerta.
“¡Déjame entrar! ¡Creerán que soy un loco! ¡Déjame entrar!”
Lalia, oyendo, se quedó recostada de espaldas contra la puerta en actitud meditabunda,
con la íntima satisfacción de que ya no era su problema: lo echó a escobazos como a un
perro sarnoso, y qué más quería, aunque ese no era su plan, y le pasó doble cerrojo a la
cerradura.

Alejo Felipe tiritaba, mirando a todas partes. Vio, lejana, avanzando por un costado de la
esquina de la calle, una camioneta verde, que venía veloz y que frenó justo frente a la
casa. Se acurrucó, ocultándose tras unos rosales descuidados del jardín, observando siempre
hacia la camioneta. Vio que descendieron dos hombres.
El primero en saltar vestía un overol verde con altas y negras botas pantaneras de caucho.
Tenía bigote, era robusto y maduro. Descargó en su descenso un barretón pesado. El otro
estaba vestido como un oficinista: de traje oscuro con blanca camisa y corbata. Era
idéntico al otro: de bigote, pero más joven. Los dos tenían un aire tan familiar y parecido
que se podría afirmar que eran hermanos. Puestos los pies en el asfalto empezaron a bajar
una motobomba.
El obrero robusto y maduro, esforzándose, descargó una lona pesada y grande de
color naranja.
La camioneta después aceleró rauda y desapareció al doblar la esquina.
Los hombres caminaron hasta la mitad de la calle: el robusto y maduro, arrastró el
barretón y con él empezó a levantar la tapa de una alcantarilla, mientras el otro se
esforzaba con cierta prisa en extender sobre el redondel hueco la lona de color naranja;
Alejo Felipe descubrió que era una carpa. Después, como si diera aplausos, el hombre del
bigote, se sacudió las manos y se quitó el saco del vestido, aflojándose el nudo de la
corbata. Se metió, agachándose, debajo de la carpa.
El obrero robusto terminó de apuntalar la carpa y miró hacia adentro. Después,
con aire de cansancio, encendió un cigarrillo.
El obrero joven salió vestido también con un overol verde. Después envolvió con

cuidado el traje metiéndolo en una bolsa plástica y lo puso en un rincón dentro de la carpa.
El obrero robusto y maduro sacó del bolsillo una moneda.
“¿Qué pide?”
“El sello del país”, le respondió el obrero joven.
La moneda brilló rayando el aire soleado de la mañana y cayó dando vueltas sobre el
asfalto sucio de la calle. Al verla detenerse los obreros corrieron jugando como unos niños.
El obrero joven hizo un gesto de resignación; después de verla, se puso su casco y
comenzó a meterse por la abertura de la alcantarilla. El obrero robusto guardó la moneda y
empezó a arrastrar la motobomba. Luego tomó una gruesa manguera blanca con estrías
negras que parecía como un enorme gusano vivo y la introdujo por el hueco.
Se oyó la voz del obrero joven desde el interior de la alcantarilla:
“Me le echa un ojo a la ropa”, dijo.
Y desapareció por el hueco. El obrero robusto, sosteniendo entre los labios el cigarrillo
encendido, terminó de meter la manguera.
“¿Quién se va a robar unos trapos viejos?”
Desde adentro la voz del obrero joven se oyó en eco retumbante, preguntando.
“¿Cómo?”
Alejo Felipe se sintió cansado de estar acurrucado observando las acciones de los obreros.
Le dolía el cuello, que sentía tenso por estar siempre agazapado, ocultándose. La fría
brisa le había secado la piel, que sentía como de gallina , y cuarteada por el jabón ya
seco. Primero suspiró. Después bostezó, sintió la boca amarga. Seguro tengo mal aliento,
pensó, y deseó una changüa como desayuno. Esa está más cruda y lejana, se dijo.

El obrero robusto buscó cigarrillos. Se dio cuenta de que no había más en la cajetilla. La
arrugó entre su mano con aire pensativo. Luego la botó. Dijo algo y empezó a alejarse.
Alejo Felipe sintió vértigo. Le titilaban en sus ojos como estrellitas fugaces, que le
hicieron recordar los globos de las historietas cómicas que tanto le gustaba leer. Agarró la
ropa de debajo del rincón en la carpa. El obrero joven vio cómo Alejo Felipe, desnudo,
corría dando saltos, llevándose el atado plástico con el vestido y salió instintivamente
corriendo a perseguirlo.
“¡Ladrón! ¡Cójanlo! ¡Ladrón! ”, gritó en la calle desierta.
El obrero robusto llegó fumando, muy orondo, guardándose en el bolsillo la cajetilla
de cigarrillos.
Se acercó sorprendido al ver que llegaba el obrero joven, acezante y cansado.
“¡Por su descuido perdí mi ropa!”
El obrero robusto sonrió malicioso. Y sin que él lo oyera dijo:
“¡Ni que fuera un Armani!”

Una matrona con el cabello blanco, arqueada, se sostenía por el andén y se dejaba
arrastrar del fino collar de su perrito faldero. Observó hacia un jardín donde el
animal se detuvo a olisquear y de pronto empezó a dar ladridos. Después corrió alarmada
con pavor hacia el andén de enfrente arrastrando al perrito. Detrás de unos arbustos del
jardín apareció Alejo Felipe, vestido con la ropa del obrero que le quedaba grande; se
arremangaba las anchas mangas del saco. Los pantalones le quedaban cortos y estrechos
como un traje de torero. Indiferente ante la matrona, que al verlo como un indigente
trashumante, se alejaba con prisa, arrastrando a su perrito mientras este daba aullidos de
dolor.
Alejo Felipe iba a cruzar la calzada, caminaba sin zapatos, brincando por el
pavimento, mirando a un lado y otro; vio que al fondo de la calle surgió veloz un
automóvil grande y blanco, que se acercaba cada vez con más velocidad. Evitando un
atropellamiento, saltó al andén.
Al automóvil destartalado se le abrió una portezuela lateral y cayó algo como un
paquete, que rodó sobre el suelo. Al hacer una curva en la esquina el auto iba
dejando un chirriar de frenos. En la ventanilla, parapetado se asomaba un hombre
joven apuntando un arma y dispuesto a disparar. Su mirada, al pasar, se cruzó por un
segundo con la cara sobresaltada de Alejo Felipe, que al verlo recordó el rostro de
un niño. Instintivamente se tendió en el suelo y vio desaparecer el vehículo en la otra
bocacalle. Mientras estuvo tendido por largos segundos sobre el andén, observó con
extrañeza la forma de una pieza de un rompecabezas. La vio y le pareció como un
signo de la buena suerte. La recogió echándosela a un bolsillo. Cuando Alejo Felipe se

incorporó, surgió otro automóvil verde, que pasó raudo, rozando el paquete caído.
Al verlo, Alejo Felipe, corrió y lo recogió rápidamente y vio el automóvil verde
al fondo de la calle cuando hizo una curva persiguiendo al otro al doblar la esquina.

José Walca se había sentado frente al volante del Fairlaine 550, blanco, destartalado, una
carcacha, que conducía ahora frenéticamente, cuando Lalia despertó con su ultimátum a
Alejo Felipe impresionado con el sueño de los extraterrestres. Desde que cometieron el
asalto, llevaba conduciendo tres horas intensas y no sabía cuándo podría apagar el motor y
apearse en alguna parte para orinar. Tengo una meada que la boca me sabe a champaña, se
dijo.
El automóvil Fairlaine 550, blanco, destartalado, una tartana, al que le resonaban las latas,
ahora alcanzaba la esquina donde estaban los obreros. Al cruzar lanzó por los aires la
carpa.
El obrero robusto se quedó paralizado observando, mientras sostenía un par de botellas de
gaseosas y unos panes en una bolsa plástica.
El obrero joven, se asomó, alarmado por el hueco de la alcantarilla pero se introdujo
rápidamente al ver venir como un bólido a la distancia al otro automóvil Dodge Dart verde.
Como ya habían extraído agua negra fétida de la alcantarilla que estaba regada sobre la
calle, a cada pasada los autos salpicaban al obrero robusto que sostenía la bolsa plástica
con los panes y las gaseosas.
Se miró triste su lamentable estado.
El obrero joven salió por fin del hueco de la alcantarilla y al verlo así: salpicado de
lamparones de lodo fétido, empezó a reírse.


El obrero robusto no soportó la burla y empezó a regar las gaseosas y a tirar los panes
contra el pavimento inundado. El obrero joven dejó de reírse, poniéndose muy adusto.

Don Máx Gutiérrez acababa de estacionar su Fiat blanco 136 en un costado de la
calle y se dirigía hacia las anchas puertas del garaje de su casa para cerrarlas, cuando lo
sorprendió la embestida del enorme Fairlaine 550, blanco, destartalado, una carcacha, que
produjo un frenazo seco cuando se ubicó en un fuerte vaivén oscilante.
Alcanzó a reaccionar lanzándose tan rápido como pudo hacia un costado del antejardín
contiguo, donde se golpeó al caer, y aún temblaba del susto maldiciendo a estos
hijueputas, mientras del auto se bajó Wilber J. corriendo hacia la puerta y esforzándose
para cerrarla rápidamente.
Al ver a don Máx Gutiérrez con su notable cabeza blanca asomándose tras el muro
lateral del jardín contiguo, le apuntó inmediatamente con un revolver 38 largo, Smith
& Wesson conchas de nacar. Wilber J, un adolescente con una cara de niño que
contrastaba con sus acciones rápidas y violentas, terminó de cerrar la puerta. Pegó la
oreja quedándose expectante en el interior, mientras se oían los resoplidos del motor
encendido.
José Walca inmediatamente abrió la portezuela y empezó a orinar con un alivio parecido a
la felicidad, salpicando el piso de baldosas ajedrezadas del garaje. Por largos segundos le
dio por recordar los innúmeros motes que el miembro tenía: aparato, banano, cabezón,
canario, cíclope, cotopla, chimbo, chiche, estrolín, herramienta, huevo, instrumento,
gargamantúa, guasamayeta, machete, mandarria, mondá, órgano, pájaro, pajarillo, pajarita,
palo, pelado, pescuezo, pepito, pija, pipí, pinga, pilila, pichingo, picha, pito, plátano, polla,


porra, poderoso, pirulí, pirulito, pirulín, tolete, tranca, tripa, trola, viga, verga, víchiro, yuca;
por todos conocido: el pene.
Se miraron cómplices y turbados.
El Dodge Dart verde pasó velozmente frente a los desorbitados ojos de don Máx Gutiérrez
que todavía temblaba cuando lo vio pasar.
Se oyó desde adentro la voz ronca de José Walca que ordenó:
“¡Abre ya que se fueron!”
Wilber J. abrió con más celeridad la puerta.
José Walca maniobró sobre el volante marcha atrás con mucha pericia.
Cuando terminó de mover el carro a toda máquina, frenó violentamente al observar la
notable cabeza de cabellos blancos de don Máx Gutiérrez, que le daban un aura de
distinción: lo vio pálido y supo que aún temblaba. Mientras, Wilber J. subió rápido
tirando la portezuela al cerrar.
Con el auto otra vez en movimiento, desde la ventanilla le lanzó un billete arrugado de
veinte pesos.
“¡Lo del parqueo, catano!”
El Fairlaine 550, blanco, destartalado, una carcacha, dejó en los oídos de don Máx
Gutiérrez un rechinar de frenos. Luego vio formarse una patina negra sobre el pavimento
en el mismo instante en que el automóvil se alejaba velozmente. Al verlo desaparecer se
desmayó.
Alejo Felipe andaba esquivando los desniveles del andén, mientras palpaba con emoción
el paquete envuelto en un plástico de color rosado que llevaba en el sobaco. Sentía un
íntimo regocijo por el hallazgo, sin darse cuenta de que avanzaba hacia la esquina donde
estaban los obreros. Se detuvo al ver que disentían. Cuando se sintió reconocido por el
más joven decidió devolverse, echando a correr. Detrás de él corría el obrero joven y
emprendió a correr tras él.
“¡Ladrón! ¡Agarren al ladrón!”
En su carrera Alejo Felipe pisaba con dificultad los desniveles de concreto de la acera,
sintiendo las minúsculas piedras, descubriendo los retazos de yerbas cubiertas de rocío que
le humedecían con alivio las plantas de sus pies.
Empezó a dar una vuelta a la cuadra.
En un instante devolvió su mirada.
El obrero robusto trotaba con gran esfuerzo detrás de su compañero en la persecución.

La elegancia viene de Francia, pensó Lalia, viéndose en el espejo. Vestía un deslumbrante
vestido rojo vaporoso. Se terció una cartera roja, pensando que ya nadie podrá perturbarla.
Recordó, al cerrar la puerta, que llamaría a un cerrajero para cambiar las guardas de la
cerradura con nuevas llaves al verlas en su mano.
Lentamente bajó las escalinatas del porche, y se detuvo un instante. Tomó conciencia al
ver la enorme matera color terracota con una cheflera descuidada que adornaba la entrada.
“Tengo que regarla y limpiarla que se va a morir”, pensó.
Precisaba que hace sólo unas pocas horas había echado a Alejo Felipe desnudo a escobazos
a la calle. Sintió con desazón un cierto remordimiento como una piedrita metida en los
zapatos de tacones que le molestaba al caminar. “¿Dónde se habrá metido?”, se preguntaba
ensimismada mirando sin ver que mientras avanzaba sobre la acera, al frente unos ladrones
se esforzaban en cargar la motobomba cerca a la alcantarilla. Eran dos jóvenes cubiertos
con viseras negras, que al verla se apresuraron, cargando la aparatosa y pesada
motobomba.

Alejo Felipe llegó a la puerta y timbró con desesperación.
“Lalia! ¡Lalia linda! ¡Estoy en aprietos! ¡Por favor, ¡Abre! ¡Ábreme!”
Golpeaba frenético la puerta. De pronto miró la enorme matera con la cheflera de hojas
sucias de polvo. Metió la mano debajo del espacio vacío y encontró el duplicado de la
llave. La chocó varias veces contra el reborde de la cerradura, antes de que consiguiera
insertarla en el hueco. Sin cesar de maldecir, abrió la puerta, casi forzándola, y entró en la
casa. Cuando cerró, ya adentro en la sala, fue hasta la ventana, y fisgoneó detrás de la
cortina los movimientos de los obreros en la calle. Estos llegaron cansados y acezantes y
no encontraron la motobomba. El obrero robusto, angustiado, empezó a preguntarse.
“¿Dónde está la motobomba?”
El obrero joven, percatándose del robo de la motobomba, se llevó las manos a la
cabeza muy sorprendido.
“¿Y la carpa? ¿ el barretón? ¿Se robaron hasta mi casco? ¡Esto es una manguala!”
El obrero robusto se sintió anonadado y se sentó, desconsolado, observando a todos
lados, como queriendo hallar por ahí mágicamente ocultos los elementos robados. Sólo
veía una mancha muy oscura del agua turbia regada en los costados de la calle.
Levantó la mano con rencor y a gritos dijo:
“No me hace responsable de nada. ¡Por su culpa nos robaron!”
El obrero joven, nervioso y con voz trémula, dijo:
“¡Fíjese que es una manguala!”
El obrero robusto, aún jadeante, lo miró con sorna y dijo:
“Se reirán mucho a nuestras costillas.”

El hombre de las gafas Ray-Ban que los chocó por detrás, por el bómper, descendió de su
carro. José Walca lo vio desde el espejo retrovisor con su mirada oscura. Wilber J.
descendió, ocultando el revólver entre la chaqueta de bluyín. Con la mirada amenazante,
retrocedió retirándose, sin despertar sospechas en el hombre de las gafas Ray-Ban, que no
dejaba de mirarlo al verlo alejarse.
José Walca se estiró para cerrar la portezuela que dejó abierta Wilber.J.
Cuando vio de cerca al hombre de las gafas Ray-Ban, notó que su rostro estaba
cicatrizado por la viruela y advirtió en su mirada un rastro de pánico.
Con falsa amabilidad le sonrió.
“No me diga nada hombre. ¡Mejor, hágase el de las gafas!”
José Walca apretó el acelerador y avanzó como un bólido con otro consabido rechinar de
frenos, manchando el pavimento al arrancar velozmente.
El hombre de las gafas Ray-Ban se quedó sorprendido.
Regresó con apuro a su carro y se detuvo por un momento. Dio una mirada precisa y
vio con alegría que su carro no sufrió ninguna abolladura.
Sonriente se introdujo junto al volante, pensando que el mundo está al revés con gente
loca. Tocó la forma de un barquito en origami, que se movió en un vaivén desde el hilo
que lo sostenía en el espejo. Arrancó, raudo, a seguir tranquilo su actividad.

El paquete rosado estaba abierto sobre la cama. Alejo Felipe se sorprendió, incrédulo.
Con un brillo de codicia vio que aparte, también envuelto, había un fajo grueso de dólares
junto con un alijo de cocaína que tenía dibujada la silueta de un enigmático rompecabezas
sobre un retazo cuadrangular de un burdo papel. Palpándose sacó del bolsillo la pieza
recogida de otro rompecabezas y la comparó: las formas eran iguales. Le intrigó. Empezó a
reírse como un loco frenético. Contó los dólares: había diez billetes de cien; dieciocho de
cincuenta; cuatro de veinte y dos de un dólar. Sumaban: 1982 dólares. Esa cantidad le
recordó el año que transcurría. Pero se extrañó, aún más; comprobó que el número
de billetes sumaba también su edad: 34.¿Las coincidencias del azar? o ¿el azar de las
coincidencias?, se preguntó. Luego sacó unas tijeras de la mesita de noche y cortó
cuidadosamente el plástico rosado que envolvía el alijo. Tomó en los dedos como un terrón
blanco, lo olió; desmoronó un poco metiéndole una punta de las tijeras y se lo echó a la
boca. Saboreó. Se frunció al sentir el amargo sabor en la lengua, que ligeramente se le
adormeció. Después escupió. Volvió a cubrir el alijo y buscó de un lado a otro, pensando
dónde esconderlo. Empujó unos libros dentro de una biblioteca, colocando el alijo detrás,
pero los libros sobresalían. Volvió a sacar el alijo de ahí. Llegó a la ventana y miró. Los
obreros conversaban muy resignados en son de espera. Al ver el sofá cerca de la ventana,
quitó los cojines y puso en el fondo el alijo. Colocó de nuevo el cojín y sentándose sintió
que formaba una ligera sobresaliente. Volvió a quitar el cojín y acomodó otra vez el alijo
en el fondo del sofá. Con alegre actitud empezó a silbar, viendo el mullido sofá que no
mostraba sobresalientes. Allí mismo comenzó a quitarse la ropa del obrero. Al irse hacia la
cocina vio el teléfono, lo tomó y empezó a marcar un número.

Un amplio espacio  con un gran salón, adaptado como oficina con tres escritorios iguales,
donde en cada escritorio había un teléfono con un respectivo oficinista sentado,
uniformado de azul, aparentemente sin hacer nada. De pronto se oyó timbrar un teléfono
de tres aparatos idénticos. Simultáneamente cada uno de los tres oficinistas agarró su
respectivo auricular. Respondieron en coro:
“¡Aló! ¡Aló! ¡Aló!”
Los tres contestando se miraron con ferocidad y cada uno giró en su silla respectiva,
dándose entre sí la espalda. De pronto, dos se dieron vuelta nuevamente hacia su escritorio
colgando con frustración el auricular. Quien respondió la llamada, también empezó a
girarse en una vuelta con satisfacción y se levantó.
“No se le parece. No, se le parece. No sé, ¿Le parece? ¿En el centro? Me encantan
todos los centros como para poner mi chuzo. Listo.”
Colgó el aparato. Es Octavio Méndez. Miró el reloj y observó con ferocidad a sus
compañeros: uno sostenía en las manos un cubo Rubik y se apartó concentrándose a seguir
conformando las cuadriculas de un solo color, mientras el otro, con unas gafas sobre su
cabeza rapada, se puso  sobre una mesa a resolver un enorme crucigrama de grandes
titulares de un tabloide. Al verlo irse le preguntó:
“Los chilenos lo inventaron”
Octavio Méndez respondió con complicidad:
“Pa-que-te”
“¿Por qué sabe tanto?”
“¡Sólo sé que nada sé!”

Por la calle avanzaba un basuriego maduro. Tenía una barba enmarañada, la cabeza
cubierta con un gorro de lana amarillo, azul y rojo. Empujaba su desvencijado carro de
balineras. En realidad era un cajón grande, hecho de tablas diversas, pintadas con distintos
colores, donde también se veían resaltados los tres colores nacionales.
Alejó Felipe lo vio como una figura más del paisaje urbano de la calle y siguió por la
acera. En la calle ya no estaban los obreros.
Sólo brillaba el agua encharcada sobre el pavimento, haciendo manchas como espejos
al borde del sardinel. Alejo Felipe, al llegar al poste de la esquina, dejó una bolsa de
tienda de ropa y apuró el paso hacia la otra calle.
El basuriego lo vio y se acercó rápidamente hasta el poste. Tomó la bolsa y empezó a
extraer el contenido. La extendió, observando por un lado y otro. Era la ropa del obrero.
Se dio cuenta de que estaba en buen estado. Perfecta. Empezó allí mismo a quitarse su
ropa sucia y maloliente.
Se cambió. Buscó entre tantas cosas recogidas de su carro y sacó una bolsa arrugada. La
desplegó y metió ahí su ropa vieja y sucia y la depositó junto al poste. Observó con
curiosidad otra forma colorida de una pieza caída de un rompecabezas. La recogió,
echándosela a un bolsillo. Después, muy satisfecho con el hallazgo, continúo su marcha
por el lugar.

Octavio Méndez no bajó sus ojos del escote que mostraba la mesera del Café Mis
Buenas Piernas cuando se agachó al servirles los tintos. Bonita, pensó Alejo Felipe
cuando la vio. Agarró los cubitos de azúcar y los soltó en el pocillo humeante.
“¿Cuánto valdrá éso en la calle?”
Octavio Méndez no dejaba de ver a la joven mesera: le detalló sus piernas cortas, gordas,
macizas bajo la falda. Entre los pliegues azules del uniforme se le destaca su culo como
una pera, pensó. La imaginó desnuda en actos lascivos con él al borde de una cama hasta
que llegó a otra mesa a atender otros clientes.
“Como en los versos del poeta: no te asombre, que todo eso a gritos está pidiendo un
hombre!”, dijo Octavio Méndez.
Se interesó en lo que dijo Alejo Felipe.
“Averiguamos.”

 

Alejo Felipe terminó de rebullir el tinto.

 

“¿Quién?”

 

Octavio Méndez tomó el pocillo y bebió.
 “Conozco  un tipo por ahí que vende de esa mercancía.”
“¿Qué significará soñarse con alienígenas?”
“¿Cómo? Alie qué...”
“nígenas, alienígenas, marcianos, extraterrestres...”
“Tuve un sueño con ellos tan vívido.”
“Averigüe, investigue y crea, y sobretodo crea que existen!”

  
La noche vibraba en la Avenida Décima con la calle veintidós con una muchedumbre

 

abigarrada de vendedores ambulantes y solitarios noctámbulos. Travestidos trotacalles,

 

ávidas busconas de un furtivo momento de placer triste a cambio de un dinero. Era como si
el mundo de la noche los convocara con su atávica oscuridad al ejercicio de su actividad
sórdida. Un hombre solitario se paseaba entre los transeúntes que esperaban bus. Con
ansiedad aspiraba un cigarrillo. A cada transeúnte que lo miró, le devolvió una mirada
intensa, como de complicidad. Unos obreros, que también esperaban, lo confundieron con
un marica que buscaba contacto. Qué se le perdió papito, le dijo uno de ellos. Un anónimo
transeúnte de aspecto universitario se sintió intimidado por su mirada y se apartó,
viéndolo una y otra vez bajo las resplandecientes luces de los faros de los buses que
paraban atestados, bajando y subiendo filas de pasajeros. Es Riascos. Botó la colilla
encendida y la aplastó, apagándola. Se detuvo, ansioso, al lado de la puerta de una
droguería que iluminaba con su resplandor azul gran parte de la esquina. “Estoy embalado”,
pensó.

 

“Ese es quien puede decirnos.”

 

“¿Que le compramos para que nos diga?”

 

Octavio Méndez y Alejo Felipe se acercaron a Riascos. Este avanzó al encuentro con
ellos. De repente se dio vuelta girando sobre sí mismo y emprendió a correr.

 

Alejo Felipe se detuvo, azorado. Octavio Méndez con frustración dijo:

 

“Tenemos que variar de táctica. Sé de un lugar.”

 

 

 

Cuando Riascos entró con afán a los concurridos y bien iluminados billares Bol-y-bar,
Colmenares no le quitó la mirada y en el ámbito se oyó el sonido seco de las bolas
entrechocándose sobre las mesas. Después dejó de mirarlo y elevó el largo taco y corrió
con la punta las fichas tendidas arriba de un alambre, mientras retomó la conversación
que sostenía con Meneses.
“Nunca sabes con ellas, si las quieres te desprecian. Si las desprecias te quieren.
Pero es mejor tener una a tu lado porque la soledad siempre te jode más!”
Meneses hizo carambola y Colmenares descubrió que Riascos ahora hablaba por
teléfono.
“Esos manes no eran tombos, si dos están acá mirándome. Además tenían otra pinta.
¿Cómo? Eso no importa.”
Cuando Riascos dejó de hablar, detrás ya estaban Colmenares y Meneses. Riascos
habló con titubeos al estar frente a los dos. Dijo en el teléfono:
“Hablamos. Que aquí me necesitan. ¡Nos vemos!”
Riascos sonrió con nerviosismo al colgar el auricular. Meneses lo miró sonriéndole,
mientras Colmenares se le puso de frente, atravesado, sin dejarlo salir.
“¿Por qué tan nervioso?”, preguntó Colmenares.
“¿Muy apurado? Te meas del susto ¿Qué es?”, agregó Meneses desafiante.
Los miró en silencio. Colmenares tomó inmediatamente el teléfono, abriéndole paso
a Riascos, que definitivamente no les respondió y avanzó muy apurado. Meneses lo vio
cruzar entre el ruedo de curiosos que miraban la jugada de apuesta de un billarista
profesional en una mesa contigua (sin hacer caso a un aviso grande pegado a la pared

que en grandes letras rojas decía la administración no permite apuestas en las mesas)
hasta que llegó a las escalinatas de la entrada donde lo vio infinitamente repetido en
los espejos laterales antes de descender a la calle.
Colmenares esperó la marcación en el teléfono público.
Meneses con una mirada de complicidad dijo:

 

“Otra que te va a sacar sangre de la punta, reincidente. ¿Ya te apresó?”
Meneses hizo un triángulo entre los dedos desde donde hacía salir al centro un dedo
que gravitó obsceno. Colmenares negó con la cabeza. Oyó la voz de quien contestó.
Luego, sin responder, colgó.
“Es apenas un seguimiento. No es un allanamiento de morada”, dijo.

Una concurrencia espesa de hombres solos con aspecto de oficinistas veían con miradas
ávidas el estriptis de Mavesa La Fina, en el flamante Panamerican Club Internacional. Un
hombre viejo y calvo, con la cara redonda y los ojos brotados y rojos, fumaba viendo con
lascivia el contoneo de la mujer que bailaba sobre un piso de luces de colores intermitentes,
llevando el vaivén de una estridente música estilizada. La mujer se pasó por la entrepierna
con provocación un sostén rojo adornado con doradas lentejuelas brillantes, mientras en su
pecho quedó un arnés de correas negras que le ceñían el torso y las caderas, con aros
metálicos dorados en torno a los senos pesados y enormes que los sostenía con firmeza. El
hombre viejo y calvo se sacaba la lengua constantemente, humedeciéndose los labios de
una manera obscena. Después sacó un pañuelo y se secó el sudor que le brillaba en gotitas
en la frente. Bajó con urgencia del asiento de la barra donde estaba y empezó a salir,
apretujado, entre la multitud, chocándose con Octavio Méndez. Alejo Felipe se apartó,
para que siguiera. Luego fue a sentarse en el puesto vacío. Octavio Méndez le tocó
rápidamente el hombro y señaló con los ojos el asiento de la barra.
“Está meado.”
Alejo Felipe vio con un ligero gesto de asco y ya no se sentó. Prefirió seguir parado,
observando a Mavesa La Fina, que terminó su espectáculo tras contonearse, haciendo
venias y lanzando besos, despidiéndose de los concurrentes bajo una atronadora salva de
aplausos y chiflidos. Octavio Méndez dijo:
“¡Quien no la visto antes se mea del susto!”
Alejo Felipe se sintió arrozudo al verla desaparecer tras una enorme cortina de terciopelo
rojo. El peso de la palabra puta parecía aplastarla sobre todo su cuerpo, pensó, sintiendo

una ligera erección mientras preguntó:
“¿Pero sí son naturales?”
En un espacio pequeño, pero bien iluminado, improvisado como camerino, Mavesa La
Fina estaba frente al espejo, quitándose el complicado arnés de correas negras que le
dejaban marcas en la piel de las piernas, el torso y las caderas, sobretodo los aros metálicos
dorados tallados en torno a los senos enormes y una correa de cuero que se perdía en la
línea de las nalgas. Mavesa la Fina quedó viringa, decía ella misma, como cuando vino al
mundo…al puto mundo a divertir a tantos hombres, a metros de hombres, kilómetros de
hombres, porque sabía que les gustaba verla mientras se ponía las medias negras, rito
que hacía con gran lentitud, solazándose con cada movimiento. Octavio Méndez, quien
desde la primera vez que la vio, así, en privado, desnuda completamente, pensó que esa era
otra forma mejor de la diversión. “Valdría instalar aquí la cámara para la perubólica de la
tevecable y me hago millonaria”, le dijo esa vez. Alejo Felipe al entrar silencioso junto con
Octavio Méndez, le llamó la atención que Mavesa La Fina, avanzó desnuda hasta un paral
donde colgaba una especie de chaleco de color rosado, se metió en él y empezó a
abrochárselo muy ceñido a su cuerpo. “Parece una armadura” pensó Alejo Felipe al verla
que realzaba más el volumen de sus enormes senos.



Extendió una mano y alguien le alcanzó una blusa de chablís de color beige. Al recibir la
prenda y poniéndosela dijo:
“Eres un incorregible mirón.”
“Mirones.”
Mavesa La Fina se dio vuelta inmediatamente. Al lado de Octavio Méndez vio la figura

magra y enjuta de Alejo Felipe, que la miraba muy sorprendido. Octavio Méndez dijo:
“Duda que sean naturales.”
Mavesa La Fina con desafío se colocó frente a Alejo Felipe y con descaro se sacó las tetas
de manera lúbrica. Se las agitó mirándolo fijamente. Alejo Felipe se sintió más arrozudo,
con un ahogo en la garganta. Recordó la escena de los extraterrestres en el sueño; los
labios resecos y temblorosos, sintió que surgía firme la erección de su pene. Mavesa La
Fina le mostraba, como quien ofrece un delicioso manjar del que hay que saber esperar
para degustarlo, en un contoneo breve, sus naturales protuberancias mamarias.
“Creo que no eres de palo”, dijo.
Y otra vez abrochó sus grandes senos espléndidos.
Volvió a ver a Octavio Méndez.
“¿Qué te trae: placer o negocios?”
“Negocios.”
Octavio Méndez estuvo muy sonriente, alcanzándole la ropa y mirando a Alejo Felipe.
Mavesa La Fina se sentó en un butaco de madera y agachándose sacó unas zapatillas
charoladas con tacón de punta.
“Si son los tuyos, siguen siendo pura pérdida. El contestador que me vendiste, ya no
sirve. El cartier, pura pajarilla: chimbo como el vendedor. ¿Ahora qué me traes?”
Octavio Méndez, que estaba muy cerca, con el rostro tan próximo al suyo que podía
sentir el aliento  con aroma a menta del chicle que masticaba, la acarició con ternura,
pellizcándole una mejilla.
“Ninguna de esas cosas me las pagaste.”

Mavesa La Fina lo rechazó con suavidad al sentir que su aliento exhalaba un acre olor
de cigarrillos. Sonrío.
“Mijo, peor, porque te lo pagué en especie.”
Alejo Felipe sonrió, festejado.
Mavesa La Fina ya vestida, con innata vanidad, volvió a recomponerse el vestido,
pasándose sus manos sobre sus turgentes tetas y se las acarició de arriba abajo frente a
Alejo Felipe. Este la vio extasiado y con el íntimo deseo de decirle a solas: cuándo un
polvito. Pensó que ella le adivinó el pensamiento. Inmediatamente la mujer, con la
risa a plenitud, movió los hombros y los senos enormes le rebotaban, tras una sonora
carcajada, mostrando hasta las calzas de amalgama plomizas de sus muelas.
“¿Este tan tímido y desgalamido es el negocio que me traes? Acuérdate, yo no pago
comisión por clientela. Me sobra, mijo.”
Octavio Méndez volvió a acariciar a Mavesa La Fina. Alejo Felipe con seriedad, dijo:
“Tengo un negocio. Realmente es un gran negocio.”
Al oír la vibración de sus palabras, pensaba que estaba invocando el deseo de tener un
negocio propio. Al decirlo intuía, con el fervor del creyente, que con la devoción de su
plegaria a través de las palabras principiaba a hacerse realidad, así apenas sea una idea
embrionaria forjada en su imaginación desde la última vez que trabajó.
Octavio Méndez siguió abrazando a Mavesa La Fina que al oír a Alejo Felipe se quedó
sorprendida y al verlo soltó otra carcajada.
Octavio Méndez y Mavesa La Fina  salieron abrazados como unos enamorados y
esperaron, viendo a Alejo Felipe levantando una y otra vez su mano, haciendo la señal de
pare a los taxis amarillos que uno tras otro pasaban ocupados o se deslizaban raudos
sobre la calle, apenas alumbrada por el resplandor de las luces de un poste esquinero.
Un taxi paró. Alejo Felipe avanzó hasta donde se detuvo.
“¿Nos lleva al centro?”
“Allá no voy a estas horas.”
“¿A cuál hora puede, güevón?”
“¡Güevón, no, tú boca es muy chiquita, gran marica!”, le respondió el taxista.
El taxi siguió raudo su marcha. Esa tarde había llovido y la calle estaba oscura. Delante del
sitio donde esperaban un nuevo taxi, había un enorme charco de agua que relucía como un
negro espejo. De pronto el taxi reapareció, pasó a toda velocidad sobre las sucias aguas y
salpicó a Alejo Felipe, que no se había dado cuenta del charco enfrente de sus narices por
estar ocupado en detener los taxis. Mavesa La Fina y Octavio Méndez no pudieron reprimir
la carcajada cuando vieron cómo se alejaba el taxista muy orondo, gritándole:
“¡Para que te bañes y te despiertes, gran marica!”
Alejo Felipe, sacudiéndose con un pañuelo los lamparones de agua sucia, volvió a extender
su mano sin desfallecer. Por fin un taxi amarillo, frenó un poco distante. El grupo corrió.
Alejo Felipe fue el primero en llegar. Abrió la portezuela y apareció Lalia, que al verlo
cara a cara hizo un gesto de sorpresa.
“¡Qué divertidas tus horas de buscar trabajo!”
Octavio Méndez la reconoció tras el vidrio empañado de la ventanilla en el perfil

iluminado bajo las luces interiores del taxi. Mientras Lalia descendía, se fue llevando del
brazo con suavidad a Mavesa La Fina y se alejaron. Lalia no se dio cuenta de su presencia.
Con arrogante desdén ella siguió avanzando hacia la discoteca Marandúa, que tenía un
aviso luminoso de un rojo neón palpitante y lanzaba un sonido asordinado de música salsa
que tronaba desde el interior. Allí estaban parqueados unos carros con cierto orden, que
permitía circular a través de ellos como entre pasillos estrechos. “Está más hermosa”,
pensó Alejo Felipe al ver a Lalia vestida con el traje rojo, vaporoso, que al trasluz dejaba
ver su espléndido cuerpo. Se amargó. No atinaba qué decirle, pero al fin pudo pronunciar:
“Buscando empleo, así sea de portero. Pero tú, entrando ahí. ¡Sí es raro, no! ¿Ya
encontraste mi reemplazo?”
Lalia se detuvo desafiante para verlo.
“¡Puedo entrar a donde me dé mi regalada gana! Para eso trabajo.¿Y eso te
preocupa, tu reemplazo? Sí, ya lo tengo para mi alegría y tu disgusto!”
Lalia con la mirada altiva, viendo hacia al frente ( como le enseñó su madre que hay que ir
en la vida) continúo avanzando. Alejo Felipe la siguió detrás, silencioso, sintiéndose como
un perro con el rabo entre las piernas. Lalia se detuvo sólo por un instante para mirarlo
con arrogancia por encima del hombro.
“¡Ah! Para que no te molestes en volver, dejé tus cosas en el basurero. Esta noche
pasa el carro y aproveché para botarlas. Recibida la lección se acaba aquí esta sesión
de los dos!”
Alejo Felipe la oyó anonadado, sin entender nada. Se sintió débil, bruscamente desvalido.
Recordó su ropa, sus cosas personales. Recordó, sobre todo, vivamente, el alijo

escondido en el sofá. Se sentía otra vez como un perro pateado dos veces. Lalia llegó hasta
la puerta donde un corpulento portero negro, muy reverente, vestido con un largo abrigo
rojo de dorados botones, con charreteras en los hombros y cubierta la cabeza con un
kepis rojo, le abrió, solícito y muy sonriente, con dientes que brillaron luminosos de
blancura en su cara morena. Alejo Felipe con amargura la vio desaparecer tras la puerta.

Los faros hicieron brillar los ventanales de varias casas del barrio, alumbrando la calle
oscura y desolada. El taxista desde el volante, con un potente reflector de mano, iba
alumbrando también hacia los andenes. Alejo Felipe veía con ansiedad deseando hallar por
ahí sus cosas tiradas. Mavesa La Fina y Octavio Méndez caminaban explorando los
lugares. El taxista, un hombre gordo, con la cara redonda, con unas espesas patillas, sacó la
mano por la ventanilla en ademán de molestia. Con aire de cansancio dijo:
“Ya no va encontrar nada. Es la segunda vez que pasamos por aquí. Me paga la carrera y
confórmese, que más se pierde en la guerra de Las Malvinas.”
Octavio Méndez lo escuchó con atención y fue y le extendió un billete. Mavesa La Fina
sintió escalofríos. Estaba aburrida. Se sentía desprogramada. Alejo Felipe, apesadumbrado,
permanecía callado. Repentinamente Mavesa La Fina subió al taxi. Octavio Méndez pensó
que se le desbarataba el plan del trío que él había planeado.
“¿Y el negocio?”
Mavesa La Fina sintió en su rostro la brisa fría de la noche.
“¿Cuál negocio? ¿A un vago que lo bota la mujer? Mejores he tenido y he botado también.
Señor, por favor, me lleva a Teusaquillo.”
“ Como usted ordene.”
Octavio Méndez con frustración cerró silencioso la puerta. Mavesa La Fina abrió
rápidamente la ventanilla cuando el taxi arrancaba y gritó:
“¡Tu negocio es puro sudor y pedos!”
Se oyó la ruidosa carcajada del taxista al desaparecer tras la esquina. Alejo Felipe con
resentimiento gritó: “¡Puta tenías que ser!”

Pu-ta, ra-me-ra, me-re-triz, pros-ti-tu-ta, gam-be-rra, gro-fa, lo-ba, hori-zon-tal,
hur-ga-man-de-ra, co-na, lu-mia, zo-rra, zu-rru-pio, pe-lan-dus-ca, zu-rro-na, cor-te-
sa-na, he-te-ra, he-tai-ra, mos-co-rra ,pin-go-na, pin-don-ga, chi-rri-ana .Pu-te-ría pu-
ta-ísmo, ra-me-ría, me-re-tri-cio” son del diccionario español de sinónimos y
equivalencias.”
“Pero ahí falta una linda palabra del cumanagota.
“¿De qué?”
Cu-ma-na-go-ta y la palabra sinónima es Gua-ri-cha. Es un noble aporte de nuestros
ancestros indígenas.”
Octavio Méndez abandonó a un lado el diccionario.
“Usted y sus palabras.”
Alejo Felipe se dejó caer como un bulto sobre un sofá-cama. Al fondo, cerca de la
pared, cruzó los brazos tras la nuca y se puso a observar con mayor detenimiento el lugar:
una bodega enorme que también era un cuarto de dormir que también era una vivienda que
también era un depósito muy amplio lleno de cajas de electrodomésticos. En las paredes de
ladrillos a la vista, afiches con exóticas modelos orientales que anunciaban las marcas de
los electrodomésticos. Verlas le produjo bostezo.
Varias lámparas empacadas. Una de pie, cubierta con un plástico protector. La enchufó
Octavio Méndez y el ámbito se iluminó.
“Años que no vengo por acá.”
“Los mismos desde que dejó la soltería.”
Alejo Felipe se puso pensativo y suspiró hondo.

“¿Tiene algo para comer?”
Octavio Méndez se acercó, ofreciéndole un cigarrillo. Alejo Felipe le dijo no con un
dedo. Como pensando en voz alta empezó a decir.
“No encontró el paquete, claro.”
“¿Y dónde está?”
“En el sofá bajo los cojines. Ahí lo puse. Pero: ¿cómo entrar?”
“¿Y no tiene llaves?”
“Amanecerá y veremos, dijo un ciego.”

“La clientela de arriba es fácil con el billete, pero hay que ir a lo bien con la mercancía
que se les vende, porque si no vea, lo cortan a uno de por vida y paila, perdemos.”
“El indio no tenía por qué asustarme. Si llegamos ahí fue porque a él le soplaron.
Nunca pensé encontrar de esa cosa, hermano. Le cuento que sentí blandito el atado
cuando lo cogí, porque como los otros nos perseguían a toda. Y el indio asegura que
me dijo en el correcorre “guarde esa vaina” ¿Cuál vaina? ¿ vaina? No le entendí .La puerta
de su carcacha se abrió, y se cayó ¿Quién la recogió después?”
“Para saberse. Pero no la monte de achante. Si esa merca se cayó donde dice, lógico
que alguien le montó visaje por el correcorre de los carros y más si vieron que les
disparaban. Salieron en pura verraca, mandados a recogerla. Y rico. Ahora ellos,
disfrutándola. Y gratis. Con lo cara que está. Esa merca vale un billete bien largo. Con
decirle la última, según supe: esa era la muestra de un envío grande. Los verdaderos dueños
dizque están muy emputados porque el negocio grande del embarque se les cayó por el
robo de la muestra a los mensajeros que los bajaron de una, los que a su vez ustedes
tumbaron del material. Así que ladrón que roba a ladrón...Yo de usted y el indio, me
quedaría agradecido y sano y muy quieto, mientras bajan las aguas un tanto por ahora.
Porque esa gente de arriba, la dueña, es muy rencorosa, es muy chanda, bien casposa: no
perdona nada fácilmente.”

Isidro Peralta, apodado El Tuerto, observó sus manos limpias y suaves, pero gruesas,
puestas sobre la mesa de caoba brillante. Recordó que ese fue el motivo esencial que lo
obligó a salir de los surcos de la tierra, porque la actividad de palear le produjo callos y se
las ensanchó, cuando decidió ver el horizonte y optar por el camino supuestamente fácil
del crimen. Siendo un muchacho imberbe, traspasó la frontera del sur del país, decidido a
buscar a su padre. “Vine a Quito porque me dijeron que acá vivía mi padre, un tal Manuel
Benalcazar
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