Obra periodística (1953-1977)






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RODOLFO WALSH

El violento oficio

de escribir

Obra periodística (1953-1977)

Espejo de la Argentina

PLANETA

espejo de la argentina

Diseño de cubierta: Mario Blanco,

sobre una ilustración de Tulio de Sagastizábal

Diseño de interiores: Alejandro Ulloa

Segunda edición: enero de 1998

© 1995, Herederos de Rodolfo Walsh

Derechos exclusivos de edición en castellano

reservados para todo el mundo:

© 1995, Editorial Planeta Argentina S.A.I.C.

Independencia 1668, 1100 Buenos Aires

Grupo Editorial Planeta

ISBN 950-742-616-7
Hecho el depósito que prevé la ley 11.723

Impreso en la Argentina

Ninguna parte de esta publicación, incluido el diseño de la cubierta, puede ser

reproducida, almacenada o transmitida en manera alguna ni por ningún medio,

ya sea eléctrico, químico, mecánico, óptico, de grabación o de fotocopia, sin

permiso previo del editor.

PRÓLOGO
EL PERIODISMO DE WALSH

Rogelio García Lupo
El periodismo de Rodolfo Walsh continúa siendo una lectura apasio­nante, treinta o cuarenta años después de haber sido escrito y aun­que la actualidad sea cada vez más remota, o haya desaparecido por completo para los lectores jóvenes.

La explicación de que Walsh fue un gran escritor puede llegar a confundir. Grandes escritores no pudieron superar la muerte de su prosa periodística una vez que perdieron actualidad.

Tal vez la clave se encuentra en que Walsh jamás renunció a la regla del periodismo, y la información sigue siendo uno de los re­sortes que despiertan el interés del público. La información de Walsh vuelve a atrapar a pesar de que los protagonistas están muer­tos, que los conflictos son diferentes y han caído naciones y siste­mas políticos.

Walsh no podía escribir de otra manera que como lo hizo siem­pre, extraordinariamente bien, pero no redactó sus artículos de pren­sa pensando que estaba labrando una obra literaria. Escribía rápido, sobre todo en la época de la agencia Prensa Latina, cuando las teletipos de La Habana engullían centenares de páginas cada hora. Corre­gía poco porque sabía que las entrelineas y los remiendos molesta­ban a los operadores de las máquinas. Y a causa de estas urgencias y de su obsesión por la exactitud, cuando Walsh escribía, aunque fuera una página, su poder de concentración desconcertaba, hasta podía herir a los demás. Para él, había que depositar la misma dosis de in­teligencia y pulcritud en una narración literaria y en un breve despa­cho "de la mesa", ese mundo de las redacciones de diarios y agen­cias donde a menudo tropiezan la noticia con el idioma, la emoción, el sentido común.

Es conocida la ironía que Walsh empleaba al referirse a los di­versos oficios que desempeñó en su vida, la mayoría por temporadas cortas, y a menudo producto de circunstancias tan originales como las que lo llevaron al comercio de antigüedades. Pero el núcleo re­sistente de su personalidad fue el periodismo; hasta extremos de ten­sión que, de vez en cuando, le imponían una temporada de descanso en otros oficios terrestres, y que también es la explicación de la asombrosa vitalidad de lo que para millares de periodistas es apenas trabajo cotidiano, textos condenados al olvido.

Volver a leer el periodismo de Walsh es encontrarse con una mirada sobre su tiempo, a menudo generosa, frecuentemente ácida, pero nunca recargada por el discurso.

Escribió con una franqueza que en su época causaba tanto estu­por como ahora, al releerlo.

En un manual de estilo para novatos que escribió en 1959, Walsh afirma que "las dos cualidades esenciales del periodista son exactitud y rapidez". Y agrega: "Este orden correlativo no excluye que ambas se ejerciten al unísono".

Un gran periodista, que como Walsh escribió inolvidables na­rraciones, cuentos policiales y artículos de diarios que pueden leerse y releerse una y otra vez, el jesuíta Leonardo Castellani, que tanta influencia ejerció sobre nuestra generación, escribió en la dedicato­ria de un libro:

"Para el espejo de periodistas y argentinos Rodolfo Walsh".

Fue el 1 de enero de 1959. Walsh, que admiraba a Castellani, solamente leyó la mitad de ese libro, porque ese mismo día la victoria de la revolución cubana lo arrancó de uno de sus oficios terres­tres para colocarlo otra vez en su lugar, allí donde la exactitud y la rapidez debían practicarse al unísono.

Se presentan aquí las notas periodísticas publicadas por Rodolfo Walsh. La selección ha sido realizada con el siguiente criterio:

* Sólo se tuvieron en cuenta los artículos publicados con la firma de Ro­dolfo Walsh, sus iniciales (R.W., o R.J.W.) o seudónimo (Daniel Hernández). Muchos de los partes de ANCLA y Cadena Informativa y seguramente varias no­tas de Noticias quedaron excluidos de este libro y la nómina final de artículos de Walsh.

* De las series de artículos que integran sus grandes investigaciones (Ope­ración Masacre, ¿Quién mató a Rosendo? y Caso Satanowsky) sólo se incluyen ejemplos aislados porque éstos eran necesarios para dar una visión más o menos fiel del "progreso" de la obra periodística de Walsh. Esas notas deberán integrar una edición crítica de esas investigaciones, cuya publicación en estos momentos se planifica.

* Los artículos y prólogos que podrían considerarse de crítica literaria tam­poco se recogen aquí (salvo tres excepciones), a la espera de un libro que los contenga más adecuadamente.

* No se consideran periodísticos los escritos íntimos (como la "Carta a Vicki" o la "Carta a mis amigos"), que aparecerán próximamente en un volumen separado.

* No se consideran periodísticos los escritos políticos (como los documen­tos a la conducción de Montoneros). Tanto temática como retóricamente estos textos no guardan relación con el resto de los artículos. De todos modos, apare­cen consignados en el repertorio incluido al final de este libro.
Del conjunto de artículos así acotado, hemos optado por publicar la totali­dad del material conocido (y esto significa que la lista está incompleta por definición), con la sola excepción de algunas poquísimas notas ya muy reproducidas o cuya debilidad temática las hacía escasamente interesantes para el criterio de or­ganización de este libro.
Las referencias de cada uno de los artículos debe buscarse en la nómina que figura al final del libro. Cada tanto, he intercalado notas que pretenden contextualizar los artículos. Espero que esas notas no distraigan la atención del lector.
Este libro se llama El violento oficio de escribir porque Walsh, en un texto autobiográfico, escribió: "En 1964 decidí que de todos mis oficios terrestres, el violento oficio de escritor era el que más me convenía". Otra nota, sobre Hemingway, fue titulada como "El común oficio del periodismo". Ambas formula­ciones citan irónicamente la célebre consigna de Raymond Chandler, "el simple arte de matar".
Hace diez años Patricia Walsh recibió de mí una carpeta que, con el título de "Aquí cerraron sus ojos", pretendía ser una primera antología de la obra perio­dística de su padre, Rodolfo Walsh. Desde entonces hasta ahora, muchas perso­nas contribuyeron a completar el número de artículos. Bárbara Crespo, Roberto Baschetti y Roberto Ferro son quienes más pasión demostraron en la localización de textos y revistas, pero sin la tenacidad de Patricia este libro no existiría. Yo (casualmente) soy el editor de esta "Obra periodística", ellos son sus constructo­res. Rogelio García Lupo, Horacio Verbitsky, Lilia Ferreyra, Jorge Lafforgue, José Fernández Vega y Chiquita Constela de Giussani abrieron generosamente sus bibliotecas y Rodrigo Peiretti impacientó a cientos de recepcionistas para conseguir lo inhallable. Sólo queda la súplica, para quien tenga o conozca la lo­calización de una nota de Walsh sobre Iguazú publicada en Extra que nos lo haga saber. Sólo eso nos separa del Cielo.

D.L

RODOLFO WALSH NACIÓ EN 1927. A los 17 años está ya trabajando en Hachette, donde permanecerá hasta el 15 de diciembre de 1950 con el cargo de "Auxiliar de ediciones propias". Corrector de pruebas, traductor, editor de antologías y autor premiado de esa casa: nada de lo que tiene que ver con la construcción material del libro le fue ajeno. En 1950, "Las tres noches de Isaías Bloom" reci­be una mención en el Primer Premio de Cuentos Policiales que Vea y Lea y Emecé organizan y que la revista publica. Al año siguiente, cuando ha cumplido ya los 24 años, Walsh comienza a publicar cuentos en Leoplán. "Los nutrieras" es el título del cuento que publica en 1951 y que encabeza la lista. En 1953, el año en que aparece el artículo que se reproduce a continuación, su primera nota para Leoplán, publica además la antología Diez cuentos policiales argentinos y su libro de relatos Variaciones en rojo, que obtendría el Premio Municipal de Li­teratura. Esa es, pues, la "obra " de un joven escritor de 26 años sin fortuna per­sonal ni respaldo familiar, que tiene además una esposa (Elina Tejerina, con quien se casó en 1950) y dos hijas de tres y de un año, que no simpatiza con el gobierno de Perón (al que califica con los lugares comunes intelectuales de la época) y que aspira a que su discreta fama le permita vivir un poco mejor de lo que ha podido hasta entonces. Antes de su casamiento, Walsh compartía el cuar­to de una pensión con su hermano. Casado, vive primero en otra pensión con su mujer hasta que ella (maestra, estudiante de letras) es designada como directora de una escuela para ciegos en La Plata, a donde se trasladan. Un escritor, diga­mos, módico y con pretensiones seguramente nada módicas, que tal vez sabe que un "gran autor" se reconoce, años después, por la manera de relacionarse con los autores canónicos de la literatura. Y Walsh, entonces, "descubre " a Ambroce Bierce y lo propone para el canon.

LA MISTERIOSA DESAPARICIÓN DE

UN CREADOR DE MISTERIOS
UN FAMOSO ESCRITOR DESCONOCIDO
Nombrar a Ambrose Bierce es evocar la memoria ilustre de Edgar Allan Poe. Ambos cultivaron asiduamente el horror en literatura; am­bos padecieron el desprecio o la incomprensión de sus contemporá­neos. Ambos murieron misteriosa muerte. En 1842, Poe había dado una receta famosa para escribir cuentos. Lo esencial, según él, era buscar "un efecto único", ya fuera de horror, de misterio, de "suspen­so", y atenerse estrictamente a él. De los escritores posteriores a Poe, Bierce es quien sirve más fielmente esa regla: sus cuentos producen siempre una impresión definida, a menudo desagradable, a menudo terrible, casi siempre memorable. Posee elementos de técnica que Poe desconoce: el final sorpresivo, el incisivo humorismo, la lúcida facul­tad descriptiva. Para algún crítico, es Poe resucitado después de me­dio siglo y equipado con todos los sutiles perfeccionamientos que se han ido añadiendo al género.

Y con todo, Ambrose Bierce es casi un desconocido, no sólo en el extranjero, sino también en su propio país. Las antologías transmi­ten dos o tres de sus cuentos, los críticos de mala gana le reconocen talento, estilo brillante, invención feliz, pero su obra sólo se lee en re­ducidos círculos. Según Arnold Bennet, Bierce es uno de los ejemplos más sorprendentes de lo que él llama "celebridades subterráneas". Fa­moso, sin duda, pero sólo entre unos pocos.

Naturalmente, no faltan motivos para esta indiferencia, que en vida del escritor fue algo más: resentimiento y aun odio. Ambrose Bierce no se preocupó por hacerse querer de sus contemporáneos, ni tampoco de la posteridad. (Dejó una expresa maldición, a la que espe­ro escapar, para quienes se ocuparan de escribir su biografía o trazar de él una mera semblanza periodística.)

Había empezado su carrera "literaria" en San Francisco, estam­pando inscripciones terroristas en las paredes de la Casa de Moneda. Allí mismo ejerció durante más de veinte años el periodismo, provo­cando descomunales polémicas, sin que nadie escapara al latigazo de su sátira. "Su pluma", dice George Sterling, "estaba empapada en hiel y ácido, sus ataques eran más temidos que el cuchillo y el revólver". El anatema de Bierce contra la ciudad de San Francisco merece un lu­gar aparte en la historia de la invectiva. "Es el paraíso de la anarquía, la cobardía y la ignorancia. Necesita otro terremoto, otro incendio, y, por sobre todas las cosas, un buen bombardeo. Moralmente, es una colonia penal, la peor de las Sodomas y las Gomorras del mundo mo­derno."

No es extraño que más adelante los editores de la ciudad así va­puleada se negaran a publicar sus libros de cuentos, que corrieron igual fortuna en el resto del país. Uno de ellos trae la siguiente nota aclaratoria: "La publicación de este libro, al que las principales edito­riales del país han negado el derecho a la existencia, se debe al señor E. L. G. Steele, comerciante de esta ciudad. La mayor ambición del autor es que la obra justifique le fe del señor Steele en su propio juicio y en su amigo, A. B."

Esta proscripción de la obra de Bierce, como es natural, trascien­de las fronteras de su patria. Para los lectores de habla castellana es desconocido, salvo por la traducción de dos o tres de sus cuentos.

Bierce escribió cuentos de misterio, cuentos de terror y otros simplemente truculentos. Se han señalado sus defectos: es sensacionalista, a veces es retórico, no ahorra el pormenor espantoso, la alusión macabra. Y, sin embargo, en algunos de sus relatos alcanza la difícil perfección del género. En uno de ellos nos presenta a un espía en tran­ce de ser ahorcado, describe las atroces formalidades de la ejecución, que se realiza en un puente, sobre un río: los soldados inmóviles, la soga en el cuello, el puntapié que abre la trampa fatal. En ese instante, que debiera ser el último, la cuerda se corta, el prisionero cae al río. Desata sus ligaduras, huye a nado, perseguido por las balas del pique­te. Se interna, ya a salvo, en un bosque. Camina interminablemente. Llega después de mucho tiempo a la entrada de su casa, ve el pórtico blanco, ve a su mujer que sale a recibirlo con una sonrisa, siente un golpe lacerante en la nuca, ve una luz blanquísima que lo ciega, y en­tonces todo ha terminado. Está muerto. La soga no se ha cortado. To­da la aventura no ha sido más que una fugaz ensoñación desarrollada en los dos o tres segundos previos a la muerte.

VIDA
Ambrose Bierce nació en 1842, en el estado de Ohio. Al estallar la guerra civil se enrola en las filas, donde alcanza el grado de mayor. Esta experiencia guerrera se refleja en muchos de sus relatos. Finali­zada la contienda, se radica en San Francisco, donde colabora en dis­tintas publicaciones. En 1872 se traslada a Londres, donde publica, con seudónimo, una brillante serie de fábulas satíricas: "Telarañas de un cráneo vacío". A propósito de seudónimos, los empleó en abun­dancia, y aun ahora no ha sido posible rastrearlos a todos. Siempre lo poseyó el gusto por la intriga, por la mistificación. Llegó a comentar sus propios libros y a entablar polémicas consigo mismo. Pero lo me­jor de su obra está contenido en dos breves tomos de cuentos.

En 1876 volvió a San Francisco. En 1893 había dejado de escri­bir cuentos. Sin embargo, aun cultivaba el periodismo. Hemos dado una imagen del escritor: un hombre solitario, amargado, cínico. Dare­mos ahora otra, diametralmente opuesta, la que nos presenta Van Wyck Brooks en su semblanza de Bierce. Nos dice que en sus últimos años Bierce es un hombre apacible y bondadoso, rodeado de discípu­los, a quienes comunica desinteresadamente las experiencias artísticas que ha recogido en su vida. Deja una vasta correspondencia en la que explica, compara, aconseja y juzga sin acritud, con benevolencia. Sin embargo, no ha perdido del todo el gusto por la mistificación, por el escándalo. En 1899, en complicidad con Carroll Carrington y Hermann Scheffauer, hace publicar un poema de este último, atribuyén­dolo a Poe, con la clásica historia del manuscrito encontrado por ca­sualidad. El poema no es malo, y podía haber sido escrito por Poe. Lo cierto es que nadie protesta. Nadie se pronuncia. Bierce publica un ar­tículo en el que se declara escandalizado por el escaso eco que ha te­nido el hallazgo; no garantiza –dice– la autenticidad del mismo, pe­ro opina que debería haber despertado un poco más de interés en los críticos. Y paradójicamente es aquí, al comentar una fábula elaborada por él mismo, donde Bierce afirma que "el arte es la única ocupación seria que hay en la vida".
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