Seguramente estarán ustedes muy preocupados por­que hace tanto tiempo que no escribo. Mamá debe estar rezongando y Clara ha de creer que vivo aquí feliz y






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títuloSeguramente estarán ustedes muy preocupados por­que hace tanto tiempo que no escribo. Mamá debe estar rezongando y Clara ha de creer que vivo aquí feliz y
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fecha de publicación06.04.2017
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Nataniel estaba petrificado; demasiado claramente ha­bía visto que el rostro de cera mortalmente pálido de Olim­pia no tenía ojos; en su lugar había dos cavidades negras: era una muñeca sin vida.

Spallanzani se revolcaba en el suelo; los vidrios rotos le habían provocado heridas en la cabeza y en el pecho; la sangre manaba a borbotones. Pero consiguió reunir

fuerzas: "Síguelo, síguelo, ¿qué esperas? Coppelius, Cop­pelius me robó mi mejor autómata. Veinte años de tra­bajo... puse mi vida en ellos... el mecanismo de cuer­da ... la voz ... el andar ... míos... los ojos... los ojos que te robó... maldito... condenado... síguelo... bús­came a Olimpia, ahí tienes los ojos!" Nataniel vio que un par de ojos sanguinolentos lo miraban desde el piso; Spa­llanzani se apoderó de ellos con la mano sana y se los arro­jó al pecho. Entonces un delirio abrazó a Nataniel con sus garras hirvientes y penetró en su interior arrebatándole el sentido y la capacidad de pensar.

"¡Uy uy uy! Círculo de fuego... fuego... gira... lin­do... lindo... Muñequita de madera, oh, gira, gira, mu­ñequita de madera." Y diciendo esto se arrojó sobre el profesor y comenzó a apretarle la garganta. Lo habría as­fixiado, pero él alboroto había atraído a muchas personas que entraron violentamente, arrancaron del suelo al fu­ribundo Nataniel y salvaron así al profesor, que fue ven­dado de inmediato. Sigmundo no consiguió, a pesar de toda su fuerza, atar al loco, que seguía gritando con voz espantosa: "¡Gira, gira, muñequita de madera!% y lanzaba golpes al aire con los puños cerrados. Finalmente, la fuer­za conjunta de unos cuantos hombres logró someterlo, arro­jándolo al suelo y atándolo. Sus palabras se deshicieron en un aullido animal. Así, entre gritos espantosos, fue conducido al manicomio.

Antes de que te siga contando lo que pasó después con el desgraciado Nataniel, te diré, por si ello te interesa, que el hábil físico y fabricante de autómatas Spallanzani se ha restablecido totalmente de sus heridas. Debió abandonar la universidad, porque la historia de Nataniel armó gran revuelo, y en todos los círculos se consideró un engaño absurdo y un verdadero abuso llevar una muñeca de ma­dera en lugar de una persona de carne y hueso a reunio­nes de té formales (Olimpia las había frecuentado con éxito). Los juristas calificaron al hecho dé hábil estafa tanto más condenable por cuanto había sido realizada en perjuicio del público, y con tanta astucia, que ningún hom­bre (a excepción de algunos estudiantes muy inteligentes) la había notado, a pesar de que ahora todos afirman que Olimpia les había resultado sospechosa y apelan para ello a todo tipo de circunstancias que no revelaron nada razonable. Porque, por ejemplo ¿podía haberle resultado sospechoso a alguien -según lo manifestado por un ele­gante frecuentador de los tés- que Olimpia hubiese es­tornudado más veces que bostezado, contra todo uso y cos­tumbre? En primer lugar, según este elegante caballero, el mecanismo oculto hacía cierto ruido, etc. El profesor de literatura y retórica tomó una pizca. de tabaco, cerró la lata, tosió ligeramente y dijo en tono solemne: "¡Esti­madas señoras y señores! ¿Ataco no perciben ustedes que se trata de una alegoría, de una metáfora? Ustedes com­prenden: ¡Sapientisat!" Pero muchos estimados caballe­ros no se dieron por satisfechos; la historia del mecanismo automático se había arraigado profundamente en ellos, y comenzaron a sospechar espantosamente de toda persona. Para convencerse completamente de que no amaban a una muñeca de madera, muchos enamorados exigieron a sus amadas que cantaran desentonadamente y bailaran mal, que bordaran o tejieran cuando ellos les leían algo, que jugaran con el perrito, etc., pero sobre todo, que no sola­mente escucharan sino que también intervinieran en la conversación manifestando un pensamiento y una sensibi­lidad propias. En muchos casos, esto hizo que la rela­ción se fortaleciera y se hiciera más agradable; en otros, por el contrario, los enamorados fueron separándose más y más. "En verdad, no se pueden poner las manos en el fuego", decían muchos. En los tés se bostezaba constante­mente y jamás se estornudaba.

Spallanzani debió huir para evitar un juicio por haber introducido engañosamente un autómata en la comunidad humana. Coppola también desapareció.

Finalmente, también Nataniel despertó de su profunda pesadilla; abrió los ojos .y sintió que una indescriptible sen­sación de bienestar lo colmaba con una suave tibieza. Yacía en su cuarto de la casa paterna y Clara permanecía incli­nada sobre él; no lejos se hallaban la madre y Lotario. "¡Por fin, por fin, mi querido Nataniel! Por fin es­tás curado de una enfermedad tan terrible. i Ahora eres mío otra vez!" Así le dijo Clara desde lo más profundo de su corazón y abrazó a Nataniel. Éste, a su vez, no pudo con­tener un torrente de lágrimas de dolor y de placer y bal­buceó: "¡Clara, mi Clara!"

Sigmundo, que tan bien se había portado con su amigo en los momentos más difíciles, entró al cuarto en ese mo­mento. Nataniel le tendió una mano: "¡Hermano fiel, no me has abandonado!"

Toda huella de delirio y de locura había desaparecido; Nataniel se restablecía pronto bajo el cuidado constante de la madre, la amada y el amigo. Entretanto, la alegría había vuelto a la casa; porque un tío viejo y avaro de quien nadie esperaba nada, había muerto y le había deja­do a la madre, además de una fortuna no despreciable, una linda casita cerca de la ciudad. Allí pensaban mudarse la madre, Nataniel y Clara, que pronto se casarían, y Lotario.

Nataniel estaba más sereno que nunca y valoraba en su totalidad el alma pura y delicada de Clara. Nadie le recor­daba tampoco ni con una mínima alusión el pasado. Sólo cuando Sigmundo se marchó le dijo Nataniel: "Por Dios, hermano, iba por mal camino, pero un ángel me condujo a tiempo hacia el sendero de la luz: fue Clara". Sigmundo no lo dejó seguir hablando temeroso de que volvieran a su mente recuerdos e imágenes que podían afectarlo profun­damente.

Así llegó el día en que aquellas cuatro personas felices habrían de mudarse a la casita. Hacia el mediodía paseaban por las calles de la ciudad. Habían comprado algunas co­sas; la torre del ayuntamiento arrojaba sobre el mercado su sombra gigantesca. "¡Ay!", dijo Clara, "subamos una vez más y contemplemos desde lo alto las montañas leja­nas." Dicho y hecho. Los dos -Nataniel y Clara- subie­ron a la torre; la madre se fue a casa con la criada, y Lota­rio, sin ganas de subir tantos escalones, decidió esperar abajo.

Allá estaban los enamorados, del brazo en el mirador más alto de la torre, y contemplaban los etéreos bosques detrás de los que se erguían, como una ciudad de gigantes, las montañas azules. "Fíjate qué extraña esa mata gris que parece avanzar regularmente hacia nosotros", le dijo Clara. Nataniel introdujo mecánicamente una mano en el bolsillo, donde aguardaban los prismáticos de Coppola ; miró con ellos hacia el costado. ¡ Clara estaba ante la len­te! Entonces comenzó a sentir extrañas convulsiones en sus venas y arterias; mortalmente pálido, miraba a Clara, pero al. poco tiempo empezaron a arder y crepitar corrien­tes de fuego en sus ojos revueltos. Aulló como un animal acosado, dio un salto y con una carcajada estremecedora gritó: "Muñequita de madera, gira, gira, muñequita de madera". Luego, con fuerza descomunal, tomó a Clara y quiso arrojarla de la torre; pero ella se aferró desespera­damente a la baranda.

Lotario escuchó los aullidos del loco y también los gri­tos de Clara. Un presentimiento horrible lo estremeció; subió corriendo: la puerta de la segunda escalera estaba cerrada. Los gritos de Clara resonaban con mayor inten­sidad. Furioso y aterrado golpeó y golpeó la puerta hasta que por fin cedió. Los gritos de Clara comenzaban a apa­garse: "¡Socorro, socorro, sálvenme!" Así moría la voz en el viento. "¡Está muerta, el loco la asesinó!", gritó Lo­tario. También la puerta del mirador estaba cerrada. La desesperación le dio fuerzas desmesuradas; hizo saltar la puerta. ¡Dios Santo! Clara se mecía en el aire, por encima del balcón, en brazos de Nataniel. Sólo con una mano per­manecía aferrada a los barrotes de hierro. Con la velocidad de un rayo sujetó Lotario a su hermana atrayéndola hacia el mirador y en ese mismo instante golpeó con el puño cerrado al loco que retrocedió y soltó a su presa.

Lotario bajó las escaleras corriendo con su desvane­cida hermana en brazos. Estaba a salvo. Nataniel seguía delirando en el mirador. Daba saltos y gritaba: "¡Círculo de fuego, gira, gira, círculo de fuego!"

Al escuchar los gritos salvajes, la gente fue concen­trándose; entre todos se distinguía el gigantesco abogado Coppelius que había llegado ese día a la ciudad y se diri­gía al mercado.

Los hombres querían subir para agarrar al loco, pero Coppelius, lanzando una carcajada, dijo: "¡Ja ja ja! Espe­ren, que pronto bajará solo". Y siguió mirando hacia arri­ba, como los demás.

De repente, Nataniel quedó como petrificado, se inclinó y divisó a Coppelius, y con un grito salvaje: "¡Ah, lindos ojos, lindos ojos!", saltó por encima de la baranda.

Cuando cayó sobre el pavimento con el cráneo destro­zado, Coppelius ya no estaba entre los observadores. Años más tarde, algunas personas aseguran haber vis­to a Clara en una lejana aldea, sentada ante la puerta de una linda casita, de la mano de un hombre de aspecto apa­cible, y ante ella jugaban dos niñitos alegres. Habría que concluir pues que Clara encontró aún la tranquila paz ho­gareña que anhelaba su sensibilidad alegre y serena, y que Nataniel, interiormente desgarrado, jamás habría po­dido brindarle.


1 Los ojos eran un elemento básico en los preparados mágicos.


2 Lazzaro Spallanzani era un conocido naturalista de amplios conocimientos nacido en Módena (1729-1799).

3 El retrato de Cagliostro, de Chodowiecki, apareció en el "Berliner genealogischen Kalender auf dar Jahr 1789" (Almana­que genealógico berlinés para el año 1789).

4 Se alude aquí a la Magdalena Arrepentida de Pompeo Bat­toni (1708-1787), el pintor italiano más famoso del siglo XVIII. El cuadro se halla en el Museo de Dresde.

5 Seguramente se refiere Hoffmann a La novia de Corinto, de Goethe.

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