Seguramente estarán ustedes muy preocupados por­que hace tanto tiempo que no escribo. Mamá debe estar rezongando y Clara ha de creer que vivo aquí feliz y






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títuloSeguramente estarán ustedes muy preocupados por­que hace tanto tiempo que no escribo. Mamá debe estar rezongando y Clara ha de creer que vivo aquí feliz y
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De ningún modo podría decirse que Clara fuese linda; ésa era la opinión de quienes por su profesión saben algo de belleza. Sin embargo, los arquitectos alababan las pu­ras proporciones de su cuerpo; los pintores consideraban que la nuca, la espalda y el cuello eran casi excesivamente castos, pero se enamoraban de su maravilloso cabello de Magdalena y desvariaban acerca de su colorido battonia­no4. Uno de ellos, un verdadero soñador, comparó los ojos de Clara con un lago de Ruisdael en el que se reflejan el azul puro de un cielo sin nubes, bosques, flores y toda la vida variada y alegre de la campiña. Los poetas y ar­tistas se aventuraban aún más y decían: "¡Ni lagos ni espejos!... ¿Acaso podemos contemplar a la muchacha sin que nos salgan al encuentro maravillosas melodías y cánticos celestiales que penetran en nuestro ser desper­tando y conmoviéndolo todo? Y si ante su presencia no cantamos algo realmente bueno, es porque en verdad no valemos mucho, juicio que también podemos leer en la sonrisa delicada que se desliza sobre los labios de Clara cuando nos disponemos a entonar algo que procura pare­cerse a una canción, aunque sólo sea una mezcla. de soni­dos aislados y confusos". Y así era. Clara tenía la fan­tasía despierta de una criatura cándida y alegre, un espí­ritu profundo y delicadamente femenino y una inteligencia clara y aguda. Los charlatanes no lo pasaban bien con ella, porque sin muchas palabras -como convenía a su naturaleza silenciosa-, su mirada y su delicada sonrisa les decía: ";Queridos amigos! ¡Cómo se les ocurre pedir­me que considere aquellas sombras elusivas como verda­deras formas animadas de vida y movimiento propio!"

Por eso muchos decían que Clara era fría, insensible y prosaica; pero otros, que comprendían la vida en su profundidad transparente, amaban con devoción a esa mu­chacha infantil, sensible y sensata. Pero nadie tanto como Nataniel, que incursionaba con éxito en las ciencias y las artes. Clara lo quería profundamente. Las primeras som­bras que cruzaron por su vida fueron provocadas por su alejamiento de la ciudad natal. Con inmensa alegría arrojó en sus brazos cuando por fin, tal como le había prometido a Lotario en su última carta, regresó a la ciu­dad y entró al cuarto de su madre. Sucedió tal como Nataniel lo había imaginado: cuando volvió a ver a Clara, ya no se acordó más del abogado Coppelius ni de aquella carta demasiado razonable: todo su descontento había desaparecido.

Y sin embargo Nataniel tenía razón cuando le escribió a su amigo Lotario que la figura del repulsivo vendedor de barómetros Coppola había penetrado en su vida como un elemento hostil. Todos lo sintieron así, porque ya des­de el primer día percibieron que Nataniel había cambiado radicalmente. Se sumía en lúgubres ensoñaciones, y pron­to empezó a actuar de un modo desacostumbrado en él. La vida entera se le había vuelto sueño y presagio; cons­tantemente hablaba de cómo todos los hombres servían sin saberlo al fatídico juego de las fuerzas oscuras; en vano el hombre procuraba oponerse; convenía aceptar humildemente lo que el destino había decidido. Llegó in­cluso a afirmar que pretender que tanto en el arte como en la ciencia era uno el que creaba a voluntad, era absur­do; porque el entusiasmo -único estado anímico en el que es posible crear, decía- no procede de nuestro inte­rior, sino de la acción que ejerce sobre nosotros algún principio superior y externo.

A Clara, tan sensata, toda esta charlatanería mística le desagradaba profundamente, pero parecía inútil tratar de refutarla. Pero cuando Nataniel afirmó que Coppelius era el principio del mal que lo había capturado cuando espiaba detrás de la cortina, y que ese demonio destro­zaría su felicidad de manera espantosa, Clara se puso seria y le dijo: "¡ Sí, Nataniel ! Tienes razón: Coppelius es un principio maligno y hostil y puede actuar como una fuerza diabólica y nefasta en tu vida, pero sólo lo hará en tanto no lo expulses de tu mente y de tus pensamientos.

Mientras creas en él, él seguirá existiendo y actuando; sólo tu creencia en él es su poder".

Nataniel, furioso porque Clara limitaba la existencia del demonio a su propio interior, quiso apelar entonces a las doctrinas místicas de fuerzas malignas y demonía­cas, pero Clara lo interrumpió malhumorada con alguna frase sin importancia, que lo disgustó bastante.

Nataniel, por su parte, pensaba que misterios tan pro­fundos no se les revelan a espíritus fríos e insensibles, sin ser consciente de que contaba a Clara entre esas natu­ralezas inferiores. Y por eso no cedía en sus intentos de iniciarla en tales misterios. Temprano, mientras Clara ayudaba a preparar el desayuno, se paraba a su lado y le leía todo tipo de libros místicos, hasta que ella le decía en tono de súplica:

-"Pero, querido Nataniel, ¿y qué si te digo que eres tú el principio maligno que actúa sobre mi café? Porque si yo tengo que dejar todo para mirarte a los ojos mientras lees, como pretendes, el café hervirá y ninguno podrá tomar su desayuno`. Entonces Nataniel cerraba el libro violentamente y se iba furioso a su cuarto.

En otras épocas, solía escribir cuentos agradables y animados que Clara escuchaba con íntimo placer; pero ahora sus obras eran lúgubres, incomprensibles, amorfas, de modo que aunque Clara no decía nada, él sentía que no la conmovían en absoluto. Nada había para Clara tan espantoso como lo aburrido; con miradas y palabras ex­presaba entonces su irreprimible cansancio espiritual.

Las obras que escribía Nataniel eran verdaderamente tediosas. Su desagrado ante el espíritu frío y prosaico de Clara iba en aumento. Clara tampoco lograba superar su

disgusto ante aquella mística oscura, lúgubre y cansador de Nataniel. De ese modo, sin darse cuenta, ambos fueron separándose interiormente cada vez más.

El mismo Nataniel tuvo que confesar que la figura del horrendo Coppelius haba empalidecido en su fantasía, y muchas veces le costaba trabajo darle un colorido vivo en sus obras, donde aparecía siempre como un ogro fatí­dico y terrible. Finalmente, se le ocurrió componer un poema, cuyo argumento contendría aquel oscuro presenti­miento de que Coppelius destruiría su felicidad. Se re­presentó a sí mismo y a Clara ligados por un amor inten­so; pero con frecuencia ocurría como si una mano negra se metiera en sus vidas y arrancara de allí alguna alegría. Cuando por fin se hallan ante el altar, aparece el espe­luznante Coppelius y toca con sus manos los delicados ojos de Clara; éstos saltan de sus órbitas y se clavan en el pecho de Nataniel como chispas de sangre y fuego; Cop­pelius lo arroja dentro de un círculo de fuego que gira con la velocidad del rayo y lo arrebata entre silbidos. Se escucha un estrépito, como si un huracán azotara enfu­recido las espumantes olas del mar que se alzan como negros gigantes de cabezas blancas, en una lucha feroz. Pero a través de ese bramido salvaje, él oye la voz de Clara que le dice: "¿Acaso no puedes verme? Coppelius te ha engañado; no eran mis ojos los que te quemaban el pecho; eran gotas ardientes de sangre de tu propio co­razón. ¡Yo tengo mis ojos, mírame!" Nataniel piensa "Es Clara, y le pertenezco para siempre". Sucede enton­ces como si ésa idea se introdujera violentamente dentro del circulo de fuego y lo hiciera detenerse; en el abismo negro el estrépito se ensordece hasta callar. Nataniel mira los ojos de Clara; pero es la muerte quien lo mira son­riendo desde aquellos ojos.

Mientras estuvo ocupado con el poema, Nataniel se mostró muy reflexivo y sensato; pulía cada verso, y cons­treñido por el ritmo, no descansó hasta dejarlo perfecto. Pero cuando estuvo concluido, lo leyó en voz alta para escucharlo. Al terminar, una angustia y un terror des­mesurados se apoderaron de él, y gritó: `¿De quién es esa voz pavorosa?" Pero al momento volvió a parecerle

un poema muy logrado, que conmovería el alma helada de Clara, aunque no sabía muy bien para qué tenia que conmoverla y qué sentido tenía atemorizarla con aquellas imágenes espantosas que hablaban de un destino tremendo que destruiría el amor de ambos.

Los dos, Clara b, Nataniel, estaban un día sentados en el pequeño jardín de la casa materna. Clara estaba muy contenta, porque desde hacía tres días el tiempo durante el cual estuvo escribiendo su poema- Nataniel no la tor­turaba más con sus sueños y presentimientos. También él hablaba entusiasmado de cosas alegres, como en los vie­jos tiempos, y entonces Clara le dijo: "Recién ahora vuel­vo a tenerte del todo. Hemos ahuyentado al horrible Coppelius". Pero entonces Nataniel recordó que tenía en su bolsillo el poema que había pensado leerle. Ordenó las hojas, y comenzó; Clara, sospechando que se trataba de algo tedioso, como de costumbre, y resignándose a ello, se puso a tejer tranquilamente. Pero al ver que el cielo se ensombrecía más y más, dejó caer la media que estaba tejiendo y clavó su mirada en los ojos de Nataniel. Éste seguía leyendo, emocionado; el fervor teñía de púrpura sus mejillas y brotaban lágrimas de sus ojos. Cuando por fin terminó, dio un suspiro, interiormente agotado, luego tomó la mano de Clara y sollozó como abandonado a un dolor sin consuelo: "¡Ay, Clara, Clara!" Clara lo abrazó tiernamente contra su pecho y le dijo en voz baja, pero seria y con lentitud: "Nataniel, mi adorado Nataniel. Arro­ja ese extraño, absurdo y espantoso poema al fuego". Nataniel se levantó entonces enfurecido y empujando a Clara de su lado le gritó: "¡Maldita autómata sin vida!" Y se fue corriendo mientras Clara lloraba amargamente y repetía: "¡Ay, nunca me quiso, porque nunca me ha comprendido!"

En ese momento Lotario entró al pequeño pabellón y Clara no tuvo más remedio que contarle lo sucedido; él amaba a su hermana con toda el alma, cada una de sus palabras penetró en su interior como una brasa ardiente, y la mala disposición que durante mucho tiempo albergara en su corazón hacia Nataniel y sus fantasías, se convirtió en ira desatada. Corrió hasta donde aquél estaba y le reprochó duramente su absurda conducta. Enfurecido, Nataniel le respondió en los mismos términos. Al insulto de fatuo, fantasioso y loco le respondió otro de aquél, llamándolo miserable y mediocre. El duelo era inevitable. Decidieron batirse a la mañana siguiente en los fondos del jardín, según las. costumbres académicas del lugar, con floretes aguzados.

Ambos andaban silenciosos y sombríos. Clara había escuchado la discusión y vio al profesor de esgrima cuan­do traía los floretes. Intuyó lo que iba a suceder. Llega­dos al sitio del duelo, Lotario y Nataniel, mudos e igual­mente sombríos, se quitaron las capas: con los ánimos agresivos y sedientos de sangre se disponían a pelear cuando Clara se precipitó corriendo. Entre sollozos excla­mó: "¡Salvajes, malvados! ¡ Mátenme a mí antes de ma­tarse entre ustedes! ¿Cómo podré seguir viviendo en este mundo luego que mi amado haya matado a mi hermano o mi hermano a mi amado?" Lotario dejó caer el arma y bajó los ojos: también en el interior destrozado de Na­taniel volvió a encenderse aquel amor apasionado que ha­bía sentido por Clara en los días más hermosos de la ma­ravillosa juventud. Cuando el arma asesina cayó de su mano, se arrojó a los pies de Clara. "¿Podrás perdonarme alguna vez, mi única, mi adorada Clara? ¿Podrás perdo­narme también tú, mi querido Lotario T' Éste se conmo­vió ante el intenso dolor de su amigo, y los tres se abra­zaron reconciliados, entre lágrimas, jurando no separarse nunca y amarse eternamente.

Nataniel se sintió libre de la pesada carga que hasta entonces lo había agobiado, como si hubiese conseguido salvar su ser amenazado de destrucción oponiéndose a las fuerzas oscuras. Tres días permaneció junto a sus amados y luego regresó a G., donde debía permanecer un año más antes de retornar definitivamente a su ciudad natal.

A la madre se le ocultó todo lo relacionado con Coppelius, porque se sabía que no podía acordarse de él sir horror. También ella lo creía culpable de la muerte de su esposo.

Cuál no habrá sido la sorpresa de Nataniel cuando a regresar a G. comprobó que la casa donde vivía había sido destruida por el fuego. Del montón de cenizas sólo quedaban en pie las paredes medianeras. A pesar de que el fuego se había iniciado en el laboratorio del farma­céutico que vivía en la planta baja, y por lo tanto la casa se había quemado desde abajo hacia arriba, los arriesga­dos y ágiles amigos de Nataniel habían conseguido entra¡ todavía a tiempo a su cuarto en el piso superior y rescatar libros, manuscritos e instrumentos. Habían llevado todo intacto, a otra casa donde tomaron una habitación a la que Nataniel se mudó de inmediato. Sin extrañeza obser­vó que viviría justo frente a la casa del profesor Spallan­zani ; tampoco le pareció raro que desde su ventana pu­diera ver directamente el cuarto donde a menudo solía estar Olimpia, de modo que podía observar claramente su figura aunque no pudiera distinguir bien los rasgos de su rostro. Sí le llamó la atención el hecho de que Olimpia permaneciera durante horas en la misma posición en que él la había visto un día a través de la puerta de vidrio: sentada frente a una pequeña mesa, sin hacer nada, y además, mirándolo tan fijamente. También debió confe­sarse que nunca había visto una criatura tan bella; sin embargo, profundamente enamorado de Clara, la rígida Olimpia le era por completo indiferente, y sólo de vez en cuando levantaba sus ojos del compendio y echaba una rápida mirada a la bella estatua; eso era todo.

Estaba un día escribiéndole a Clara cuando sintió que alguien llamaba suavemente a su puerta; a su señal, ésta se abrió y apareció la cara repulsiva de Coppola. Nata­niel sufrió una sacudida. Recordando lo que Spallanzani le había dicho sobre su compatriota Coppola y también lo que le había prometido y jurado a Clara respecto del hombre de arena Coppelius, él mismo sintió vergüenza de su terror infantil; consiguió dominarse y le dijo con la mayor tranquilidad que le fue posible: "No voy a com­prarle ningún barómetro, amigo, así que váyase, por fa­vor". Pero entonces Coppola se metió en el cuarto y dijo con voz chillona mientras la enorme boca se le deformaba en una horrible sonrisa y los ojitos le centelleaban salto­nes debajo de las largas pestañas grises: "¡ Ah, no, ba­rómetro no, no barómetro! ¡Tengo lindos ojos, lindos ojos!" Aterrado, Nataniel le gritó: "¡ Cómo puedes tener ojos, ojos, ojos! ¡Estás loco!" Pero en ese mismo instan­te, Coppola apartó los barómetros, metió la mano en las faltriqueras y empezó a sacar anteojos y más anteojos que iba poniendo sobre la mesa. "Anteojo, anteojo para en­cima de la nariz; eso son mis ojos ... ¡lindos ojos!" Y se­guía sacando más y más anteojos, de modo que toda la mesa empezó a brillar y lanzar extraños destellos. Mil ojos miraban y se contraían convulsivamente y se clava­ban en Nataniel, pero él no podía apartar la mirada de la mesa, y Coppola seguía poniendo anteojos, y cada vez eran más salvajes las miradas llameantes que se mezcla­ban y disparaban sus rayos rojos como sangre contra el pecho de Nataniel. Aterrado gritó entonces: "¡Basta, basta, hombre espantoso!" Había tomado del brazo a Coppola, que en ese momento metía la mano en el bolsillo para sacar más anteojos.

"¡Ah! Nada para usted, pero aquí lindos prismáticos." Con estas palabras y una carcajada penetrante, juntó to­dos los anteojos, los guardó y sacó de otro bolsillo de su capa una cantidad de largavistas de distintos tamaños. No bien desaparecieron los anteojos, Nataniel se tran­quilizó, y pensando en Clara, comprendió que aquel espec­tro terrible sólo había surgido de su propio interior, y también que Coppola era un óptico honorable que no po­día ser de ninguna manera el doble maldito y el espíritu resucitado de Coppelius. Además, todos los prismáticos que Coppola había puesto sobre la mesa no tenían nada de extraordinario, o por lo menos no eran tétricos como los anteojos, y para quedar bien, Nataniel decidió com­prarle algo a Coppola. Tomó entonces un par de prismá­ticos de bolsillo, pequeños y muy bien terminados, y para probarlos, miró con ellos por la ventana. Nunca en su vida había visto una lente que acercara los objetos a los ojos con tanta pureza y claridad. Involuntariamente miró hacia la habitación de Spallanzani; Olimpia estaba sen­tada frente a la mesita, como siempre, con los brazos apoyados y las manos plegadas.
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