Seguramente estarán ustedes muy preocupados por­que hace tanto tiempo que no escribo. Mamá debe estar rezongando y Clara ha de creer que vivo aquí feliz y






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títuloSeguramente estarán ustedes muy preocupados por­que hace tanto tiempo que no escribo. Mamá debe estar rezongando y Clara ha de creer que vivo aquí feliz y
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Debía ser medianoche cuando se escuchó un ruido es­pantoso, como el disparo de un arma. Toda la casa re­tumbó; oí pasos por el corredor; la puerta de entrada se cerró de golpe, estrepitosamente. "Es Coppelius", grité despavorido, y salté de la cama. Alguien lanzó un grito desgarrador y sin consuelo. Me abalancé al cuarto de mi padre. La puerta estaba abierta, un humo asfixiante salía del cuarto, la criada exclamaba: "¡Ay! ¡El señor, el señor!"

Junto al horno humeante, en el suelo, yacía mi padre, muerto, con el rostro espantosamente contraído, quemado, negro; a su alrededor mis hermanos lloraban y mi madre yacía desvanecida en el piso.

"¡Coppelius, maldito demonio, tú mataste a mi pa­dre!", exclamé, y perdí el sentido.

Cuando dos días más tarde mi padre fue colocado en el ataúd, los rasgos de su rostro habían vuelto a adquirir aquella mansedumbre y serenidad que lo habían caracte­rizado. Me consolaba pensando que su pacto con el satá­nico Coppelius no había conseguido sumirlo en los in­fiernos.

La explosión había despertado a los vecinos; se supo lo que había sucedido y la policía quiso citar a Coppelius como responsable del hecho. Pero éste había desapare­cido sin dejar huellas.

Si te digo ahora, querido Lotario, que aquel vendedor de barómetros era justamente el maldito Coppelius, su­pongo que no vas a enojarte conmigo porque piense que su nefasta aparición es señal de alguna tremenda des­gracia.

Estaba vestido de otro modo, pero el aspecto general y los rasgos de Coppelius están demasiado intensamente grabados en mi alma como para que pueda equivocarme. Además, ni siquiera se ha cambiado el nombre. Aquí se hace pasar por un óptico piamontés llamado Giuseppe Coppola.

Estoy decidido a enfrentarlo .y vengar la muerte de mi padre, pase lo que pase.

No le cuentes nada a mamá de la reaparición de este ogro inmundo. Cariños para mi querida y adorable Clara; le escribiré cuando esté más tranquilo.

Saludos...

Clara a Nataniel:
Aunque hace mucho que no me escribes, creo que de vez en cuando te acuerdas de mí. Debías de estar pensando intensamente en mí cuando mandaste tu última carta a mi hermano Lotario, ya que pusiste en el sobre mis datos en lugar de los suyos. Abrí la carta muy contenta y sólo cuando llegué a ¡Ah, mi querido Lotario!, me di cuenta del error. No tendría que haber seguido leyendo y debí haberle dado la carta a mi hermano. Tantas veces me dijiste bromeando que yo tenía un temperamento tan re­posado y femenino que si la casa amenazara derrumbarse antes de huir seguramente yo trataría de alisar alguna arruguita en la cortina de la ventana. No obstante, pue­do asegurarte que el comienzo de tu carta me conmovió profundamente. Apenas podía respirar; todo me daba vueltas ante los ojos. ¡Ay, querido Nataniel ! ¿Qué podía ser eso tan terrible que había penetrado en tu vida? La idea de una separación, de no volver a verte, se clavó en mi corazón como un puñal ardiente. ¡Seguí leyendo y le­yendo! Tu descripción del horrible Coppelius es aterra­dora. Recién ahora me entero de qué modo espantoso y violento murió tu padre. Mi hermano Lotario, a quien le di después tu carta, procuró tranquilizarme pero no lo consiguió. El fatídico vendedor de barómetros Giuseppe Coppola me seguía a todas partes y casi me da vergüenza confesar que consiguió perturbar mi sueño, siempre tan sereno, con increíbles pesadillas. Pero ya al día siguiente todo se me presentó muy de otra manera. No te enojes conmigo, querido Nataniel, si Lotario te dice que a pesar de tu extraño presentimiento de que Coppelius trama algo malo contra ti, yo sigo tan contenta y despreocupada como siempre.

Voy a confesarte algo: creo que todo lo espantoso .y terrible de que hablas sólo sucedió en tu interior, y que el mundo exterior, el mundo real, poco tuvo que ver en todo eso. No pongo en duda que el viejo Coppelius debe haber sido repugnante, pero el hecho de que odiara a los niños provocó en ustedes un verdadero horror hacia él. Era natural que en tu alma infantil se relacionaran el horrendo hombre de arena del cuento de la nodriza con el viejo Coppelius que siguió siendo para ti -aunque ya no creyeras en el hombre de arena- un fantasma mons­truoso que amenazaba a los niños. La ocupación nocturna de tu padre era seguramente la alquimia; tal vez ambos hacían experimentos en los que tu madre no podía estar de acuerdo porque posiblemente se iba en ello mucho di­nero-; y además -como parece ser el caso con estos ex­perimentadores- el espíritu de tu padre, arrastrado por ese impulso engañoso hacía una sabiduría suprema, se ais­laba del resto de la familia. Seguramente tu padre pro­vocó él mismo su muerte por un descuido y Coppelius no debió tener la culpa de ello. Créeme; ayer le he preguntado a un farmacéutico vecino, de mucha experiencia, si es po­sible que efectuando, pruebas alquímicas pueda provocarse repentinamente una explosión mortal. "Claro que sí", me dijo, y me describió minuciosamente cómo puede llegar a suceder algo así pronunciando un montón de palabras extrañas que no he logrado retener.

Y ahora, seguramente, vas a enojarte con tu Clara y vas a decir: "En ese espíritu frío no penetra ni un solo rayo del misterio que tantas veces captura a los seres humanos con brazos invisibles; ella sólo ve la variada superficie del mundo y se alegra como una niña ante la fruta madura y dorada que alberga un veneno mortal en su interior".

Ay, mi querido Nataniel ! ¿No crees acaso que tam­bién en los espíritus alegres, despreocupados y cándidos puede habitar el presentimiento de que existe una poten­cia oscura que trata por todos los medios de destruirnos dentro de nosotros mismos?

Perdóname si como una muchacha ingenua me atrevo a insinuarte de algún modo lo que verdaderamente pienso respecto de esa lucha que se libra en nuestro interior. Seguro que al final no encontraré las palabras adecuadas y entonces vas a burlarte de mí, no porque lo que piense sea tonto, sino porque soy tan torpe para expresarlo.

Si existe una oscura potencia que tiende maliciosa y traidora un hilo en nuestro interior para apresarnos y arrastrarnos por el peligroso camino de la destrucción (que de no ser así jamas habríamos emprendido), si en verdad existe una fuerza como ésa, tiene que formarse a nuestra imagen y semejanza, convertirse en nosotros mis­mos; porque solamente de esa manera creeremos en ella y le daremos el lugar que necesita para llevar a cabo su obra- oculta. Si tenemos un sentido resistente, fortalecido a la largo de una vida serena, que nos permite reconocer toda acción extraña y maligna como tal y seguir con paso calmo el camino por el que nos lleva nuestra vocación, en­tonces aquella fuerza monstruosa sucumbe en su lucha inútil por configurarse para llegar a ser nuestro propio reflejo. "También es seguro", añade Lotario entonces, "que la oscura fuerza física, si nosotros mismos nos en­tregamos a ella, arrastra hacia nuestro interior a seres extraños que el mundo exterior nos pone en el camino. Así, somos nosotros mismos los que provocamos la idea que engañosamente creemos que se expresa en ese ser. Es el fantasma de nuestro propio yo el que con su íntima afinidad y profunda influencia sobre nuestra alma nos sume en el infierno o nos lleva al cielo." Te habrás dado cuenta, querido Nataniel, que Lotario y yo hemos hablado bastante sobre este tema de las potencias ocultas que aho­ra, después de haber escrito no sin esfuerzo lo fundamen­tal, me parece bastante profundo. No entiendo bien estas últimas palabras de Lotario. Intuyo lo que quiere decir; sin embargo, siento que tiene razón. Espero que te sa­ques totalmente de la cabeza al horrible abogado Coppe­llus y al vendedor de barómetros Giuseppe Coppola. Ten la seguridad de que esos extraños personajes no pueden hacer nada contra ti; sólo la creencia en su poder maligno puede hacértelos realmente hostiles.

Si no brotara de cada renglón de tu carta la más pro­funda agitación espiritual, si no me doliera en lo hondo del alma tu situación, hasta podría bromear sobre el abo­gado de arena y vendedor de barómetros Coppelius. ¡Arriba ese ánimo! Me he propuesto ser para ti como un ángel de la guarda y espantar al horrible Coppola a car­cajadas si se le ocurre perturbar tus sueños. No le tengo ningún miedo a él ni a sus manos inmundas, ¡ no me va a echar a perder una golosina como abogado, ni me va a dañar los ojos como hombre de arena!

Bueno, mi adorado Nataniel.. .
Nataniel a Lotario
Realmente me desagradó mucho que Clara abriera la carta dirigida a ti, por un descuido mío, y la leyera. Me escribió una carta muy sensata y filosófica, donde me prueba minuciosamente que Coppelius y Coppola sólo existen en mi interior y son fantasmas de mi yo que des­aparecerán apenas yo los reconozca como tales.

En realidad uno no tendría que creer que el espíritu que a menudo brota de aquellos ojos claros y sonrientes romo un delicioso sueño, pudiera ser tan razonable y re­flexionar con tanta precisión. Cita también palabras tuyas. Ustedes dos hablaron de mí. Seguramente le habrás dado clases de lógica para que pudiera hacer tan sutiles distin­ciones. ¡ Acaba con eso! Además, seguramente es cierto que el vendedor de barómetros Giuseppe Coppola no es el viejo abogado Coppelius. Asisto ahora a las clases de un profesor de física recién llegado; su nombre es Spa­llanzani2 como aquel conocido naturalista, y es de origen italiano. Conoce a Coppola desde hace años, y bien se ve por su pronunciación que es piamontés. Coppelius era alemán, pero creo que no puro. De todos modos, no estoy demasiado tranquilo. Clara y tú podrán pensar que soy un loco que ve visiones sombrías, pero no consigo borrar la impresión que provoca en mí el fatídico semblante de Coppelius. Me alegro de que se haya ido de la ciudad, como me ha dicho Spallanzani. Este profesor es un tipo increí­ble. Un hombrecito gordo, el rostro de huesos prominen­tes, nariz fina, labios abultados y pequeños ojitos saltones. Pero mejor que en cualquier descripción podrás verlo en el Cagliostro que hizo Chadowiecki en un almanaque ber­linés de bolsillo3. Spallanzani es exactamente su réplica.

El otro día, mientras subía la escalera, vi que la cor­tina que tapa la puerta de vidrio estaba un poquito corrida y dejaba una rendija libre. No sé cómo, acaso por simple curiosidad, se me ocurrió echar un vistazo. Una mujer alta y muy delgada estaba sentada en el cuarto ante una mesita con los brazos apoyados y las manos plegadas. Como estaba mirando hacia la puerta, pude ver su rostro de belleza angelical. Parecía no verme, sus ojos estaban inmóviles, como si no fuese capaz de ver. Me pareció que dormía con los ojos abiertos. Sentí algo extraño y me deslicé hasta el Auditorio que está al lado sin hacer ruido. Más tarde me enteré de que aquella mujer era Olimpia, la hija de Spallanzani, a la que tiene encerrada de tal modo que ningún hombre puede acercarse a ella. En defi­nitiva, algo raro le pasa: quizás sea tonta o. . .

No sé por qué te escribo todo esto. Mejor y con más detalles te lo habría podido contar personalmente, porque dentro de catorce días estaré con ustedes. Quiero ver a Clara, a mi dulce ángel. Entonces habrá desaparecido el disgusto que, debo confesártelo, me provocó aquella carta fatal y tan razonable. Por eso tampoco le escribo hoy. Saludos.. .

Nada más singular ni extraordinario podría imaginar­se que lo sucedido a mi pobre amigo, el joven estudiante Nataniel, y que he decidido contarte, querido lector.

¿Alguna vez te ha pasado algo que colmara de tal modo tu pecho, tu mente, tus pensamientos, desalojando cual­quier otra cosa de allí? Se agitaba y bullía en tu interior, la sangre hervía en las venas y hacía más intenso el color de tus mejillas. Mirabas de una manera extraña, como queriendo captar imágenes invisibles para los demás en el espacio, vacío, .y las palabras se te deshacían en oscuros sollozos. Los amigos te preguntaban: "¿Qué le sucede, querido? ¿Qué tiene usted?" Y tú querías expresar en­tonces esa imagen de tu interior con los colores más vívi­dos, con luces y sombras, y te agotabas buscando las pa­labras para comenzar. Sentías que ya con la primera palabra debías captar acertadamente todo lo maravilloso, lo magnífico, lo terrible, lo alegre y lo estremecedor de modo que impresionara a todos como una descarga eléc­trica. Pero cada una de las palabras y todas las posibi­lidades del lenguaje te parecían descoloridas, frías, muer­tas. Buscas y buscas, balbuceas, dudas y las preguntas superficiales de los amigos golpean como heladas ráfagas de viento contra el fuego que arde en tu pecho hasta que lo apagan. Pero si hubieras logrado trazar, como un pin­tor osado, con unas pocas líneas precisas el contorno de esa imagen interior, después habrías podido pintarlo fá­cilmente con colores más y más brillantes, y el movimiento de tantas figuras habría arrebatado a tus amigos que, lo mismo que tú, se habrían reconocido claramente dentro de aquel cuadro brotado de tu alma.

A mí, querido lector, debo confesarlo, nadie me ha pedido que cuente la historia del joven Nataniel. Pero tú sabes bien que yo pertenezco a la extraña raza de los autores, que si tienen en su interior alguna cosa como la que acabo de describirte, sienten que todo el que se les acerca, el mundo entero, les preguntará: "¿Qué ha sucedido? ¡Cuente, cuente, por favor!" Así pues, me sien­to impulsado a hablarte de la vida funesta de Nataniel. Lo fantástico, lo singular que alienta en ella colmaba mi alma; pero justamente por eso, querido lector, y porque de entrada tuve que obligarte a soportar lo extraordinario -¡y no es poca cosa !-, he procurado comenzar la his­toria de Nataniel de manera original, conmovedora, sig­nificativa. Había una vez ... El comienzo más hermoso para cualquier cuento, habría resultado demasiado sereno. 0: En la pequeña ciudad de S. vivía... Eso ya habría estado algo mejor, por lo menos habría servido como pre­paración para el clímax. También podría haber comen­zado in media res:

-¡Váyase usted al demonio! -exclamó con odio y terror en la mirada salvaje el. estudiante Na­taniel, cuando el vendedor de barómetros Giuseppe Cop­pola. .

-A decir verdad, eso ya lo había escrito cuando creí percibir en la mirada salvaje del estudiante Nataniel algo cómico; pero la historia no es nada graciosa. No se me ocurría nada que pareciera reflejar en lo más mínimo algo del matiz que tenía aquella imagen interior. Enton­ces decidí no empezar de ninguna manera.

Acepta, querido lector, las tres cartas que gentilmente me ofreció el amigo Lotario, cómo si se tratara del con­torno de un dibujo que ahora, al continuar con el relato, procuraré ir coloreando más y más. Quizá logre captar alguna que otra figura, como haría un buen retratista; acaso entonces pretendas conocerla, aunque nunca hayas visto el original. Sí, como si creyeras haber visto ya mu­chas veces a la persona con tus propios ojos. Es posible que entonces comprendas, querido lector, que nada es más singular y extraordinario que la vida real, y que el poeta sólo puede captarla como su oscuro reflejo sobre un es­pejo opaco.

Para que te resulte más claro lo que es necesario saber desde un principio, conviene que conozcas aquellas cartas que al poco tiempo de morir el padre de Nataniel, Clara y Lotario -hijos de un pariente lejano que también había muerto dejándolos huérfanos- quedaron al cuidado de la madre de Nataniel. Clara y Nataniel sentían una pro­funda inclinación el uno por el otro, a la que nadie podía oponerse; así pues estaban de novios cuando Nataniel abandonó su ciudad natal para continuar sus estudios en G. . . Allí es donde se encuentra cuando escribe su última carta, y asiste a las clases del famoso profesor de física Spallanzani.

Ahora podría continuar sin inconvenientes con el re­lato; pero en este preciso momento la imagen de Clara se me aparece tan vívida ante los ojos, que no puedo apar­tar de ella mi mirada, como sucedía cada vez que posaba en mí sus ojos angelicales.
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