Charla I el Sexo: El Origen del Amor






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INDICE

Charla I.. El Sexo: El Origen del Amor

Charla II. De la Represión a la liberación

Charla III La Cima de la Meditación

Charla IV Sexo: El Super Átomo

Charla V. Del Deseo a Dios

Biografía

Título Original en Inglés

From Sex to Superconsciousness.

Traducción: discípulos de Bhagwan,

2da. Edición en Español

© BY NEOSANNYAS INERNATIONAL

@ EDITORIAL VOCH UNIA HAR SA.

Edificio la Torre de Lima 2504

Lima - Perú
ler. Edición en Perú, 18 de Enero 1989,

2000 Ejemplares Impresos en Lima

Av. Eduardo de Habich No. 516 - S.M.P.


Bhagwan Shree Rajneesh es un maestro iluminado en nuestra época.
Todas las palabras aquí impresa; han sido pronunciadas ante una audiencia en vivo
Somos conscientes que toda traducción es susceptible a deformaciones, pese a esto es la única forma de que Bhagwan pueda llegar al público hispano hablante, para transmitir su visión, su pensamiento, su enfoque sobre de hombre, su estado, su potencial y sus posibilidades de realización tanto en el aspecto material como en el aspecto espiritual.


EL SEXO:

EL ORIGEN DEL AMOR
EL amor ¿Qué es el amor? Vivirlo y sentirlo es fácil, pero definirlo es en verdad difícil. Por ejemplo, si le preguntas a un pez cómo es el mar, el pez dirá: "Este es el mar, mira a tu alrededor...y esto es lo que es". Pero si insistes: "Por favor defínelo, no me lo muestres", entonces el problema resultará muy difícil. Aquello en lo cual uno debe transformarse, aquello que es lo mejor, lo hermoso, la verdad en la vida, puede ser vivido, puede ser conocido; mas es difícil definirlo, describirlo. Esta es la desgracia del hombre: aquello que debiera ser vivido en forma intensa, aquello que debiera ser comprendido desde nuestro interior, acerca de eso, el hombre se ha limitado a hablar y hablar desde hace cuatro o cinco mil anos. Hay conferencias acerca del amor; se cantan canciones de amor, se entonan himnos devocionales en templos e iglesias ¿Y qué es lo que no se hace para alabar el amor? Pero no hay lugar para el amor en la vida humana Si examinamos al hombre con detenimiento, veremos que no existe palabra más falsa que "amor" en el lenguaje humano.

La religión predica acerca del amor, pero la clase de amor que predomina que ha envuelto a la humanidad como una desgracia intrínseca sólo ha logrado cerrar todas las entradas al amor en la vida del hombre. Y la muchedumbre idolatra como creadores del amor a aquellos que lo han falsificado, que han secado todas las corrientes del amor. Respecto a esto, no existe diferencia básica en cuanto a actitud entre Oriente y Occidente, entre un indio y un americano. El manantial del amor aún no emerge en la vida del hombre. Y la responsabilidad de esta situación le es atribuida al hombre. Suponemos que el amor no ha surgido porque el hombre se halla viciado. Creemos que el amor no aparece porque esta mente, nuestra mente, es venenosa... La mente no es veneno. Aquellos que están corrompiendo a la mente han envenenado al amor, no han permitido que el amor florezca. Nada es venenoso en este mundo. Nada es tan malo en toda la creación de Dios: todo es néctar. Es el hombre quien ha convertido todo el néctar en veneno; ¡los mayores culpables de esto son los llamados profesores, santones, santos y demagogos!

Es necesario reflexionar detenidamente respecto a esto. Si esta enfermedad no es comprendida, si no es corregida ahora mismo, tampoco en el futuro habrá posibilidades para el amor en la vida humana. La ironía es que hemos aceptado como válida a esa misma fuente que ha originado que el amor aún no brille en el horizonte humano. Si los principios que nos hacen errar el camino son repetidos, reiterados, a través de los siglos, no lograremos ver la falsedad fundamental de los principios originales. El caos surge debido a que el hombre es intrínsecamente incapaz de ceñirse a normas antinaturales, y así el hombre aparece como errado.

He oído que en tiempos remotos, un buhonero de abanicos de mano solía pasar frente al palacio de un rey, vociferando acerca de lo excepcionales y estupendos que eran los abanicos que tenía a la venta. Proclamaba que nunca nadie había fabricado ni visto abanicos como estos. El rey tenía una colección de todo tipo de abanicos provenientes de todos los rincones del planeta. Sintió curiosidad, y atisbó desde el balcón para ver al vendedor de tan extraordinarios y estupendos abanicos. Sin embargo, le pareció que los abanicos eran corrientes, a lo más, valdrían una rupia cada uno. El hombre fue llamado arriba.

El rey preguntó: "¿Por qué son tan extraordinarios estos abanicos y cuál es su precio?" El buhonero respondió: "Su Señoría, el precio no es muy alto. En comparación con la calidad de estos abanicos el precio es mucho menor. Cien rupias cada abanico". El rey estaba asombrado. "¿Cien rupias? Estos abanicos que valen una rupia cada uno... que pueden encontrarse en todas partes... ¿y pides cien rupias por cada uno? ¿Qué tienen de especial estos abanicos?" El hombre dijo: "¡La calidad! Están garantizados por cien años. No se arruinarán ni siquiera en cien años". "Si me baso en su aspecto, parece imposible que duren ni siquiera una semana. ¿Estás tratando de engañarme? Un completo fraude, ¿y además con el rey?" El buhonero replicó: "¡Mi Señor! ¿Cómo me atrevería? Usted sabe muy bien, Señor, que paso diariamente bajo su balcón vendiendo abanicos... El precio es de cien rupias por abanico, y me hago responsable si no dura cien años. Me puedes encontrar todos los días en la calle. Y además, tú eres el soberano de estas tierras; ¿cómo podría estar a salvo sí te engaño?" El abanico fue comprado por el precio solicitado. Aún cuando el rey no confiaba, se moría de curiosidad por saber en que se basaba el buhonero para defender una mentira tan obvia. Se le ordenó al hombre que se presentara después de siete días.

La varilla central se desprendió en tres días, y el abanico se desintegró antes de una semana. El rey estaba seguro de que el hombre de los abanicos nunca se presentaría nuevamente; sin embargo, para su completa sorpresa, el hombre vino por sí mismo tal como se le había solicitado, a tiempo, al séptimo día: "¡A su servicio, Su Señoría"

El rey estaba furioso: "¡Canalla! ¿Eres un bobo? Mira ahí está tu abanico, todo roto. Este es el estado en que se encuentra después de una semana, y tú me garantizaste que duraría cien años. ¿Estás loco o eres un super-timador?" El hombre replicó humildemente: "Con las debidas excusas, parece ser que mi Señor no sabe utilizar un abanico. El abanico debe durar cien años. Esta garantizado... ¿Cómo lo utilizó?" El rey dijo:

"!Gran Dios! ¡Ahora también deberé aprender a utilizar un abanico!"

"Por favor no se enfade. ¿Cómo llegó el abanico a este estado en siete días? ¿Cómo lo utilizó?"

El rey tomó el abanico y demostró la forma según la cual uno se abanica. Y el hombre dijo:

"Ahora comprendo el error. Uno no debiera abanicarse de esa forma".

"¿Qué otro método existe para abanicarse?"

El hombre explicó: "Sostenga el abanico, manténgalo inmóvil frente a usted, y luego mueva la cabeza de un lado a otro... El abanico durará cien años. Puede que usted muera, pero el abanico seguirá intacto. El abanico no tiene nada malo. Su forma de abanicarse es equivocada: usted mantiene la cabeza inmóvil y agita el abanico. ¿Qué culpa tiene mi abanico de eso? La culpa es suya, no de mi abanico".

¡La Humanidad, el hombre, es acusado de un error parecido! Vean a nuestra humanidad. El hombre se halla tan enfermo, consecuencia de cinco, seis o diez mil años. Se afirma una y otra vez que el hombre está mal, y no la cultura. El hombre se está pudriendo, la cultura es ensalzada. ¡Nuestra grandiosa cultura! ¡La grandiosa religión!... ¡Todo es grandioso, y vean los frutos de ello! Sin embargo, afirman que el hombre está mal, que el hombre debiera cambiar... Y sin embargo, ningún hombre del rebaño se pone de pie y pregunta si la cultura y la religión, que no han logrado llenar al hombre de amor desde hace diez mil años, se basa acaso en valores falsos... Y, si el amor no se ha desarrollado en los últimos diez mil años, tomen mi palabra de que no existe ninguna posibilidad futura de un hombre amoroso si nos hemos de basar en esta cultura y religión. Aquello que no pudo lograrse en los últimos diez mil años no puede ser alcanzado en los próximos diez mil años, porque el hombre de hoy será el mismo mañana. Aun cuando las capas externas de etiqueta, civilización y tecnología han cambiado de una época a otra, el hombre es el mismo y será siempre el mismo. ¡Y sin embargo, no estamos dispuestos a reexaminar la cultura y la religión, acerca de las cuáles hemos estado cantando loas a voz en grito, y a mirar más detenidamente a los santos y custodios cuyos pies besamos! Ni siquiera estamos dispuestos a mirar atrás, a reflexionar acerca de nuestra forma de vida y el curso de nuestro pensamiento, para verificar si no nos conducen por caminos equivocados. Si es que no están totalmente errados...

Quiero decir que la base es defectuosa, que los valores son falsos. Prueba de ello es el hombre actual. ¿Qué otra prueba podría haber? Plantamos una semilla, ¿qué conclusión extraemos si los frutos son venenosos y amargos? Se deduce que la semilla debe haber sido venenosa y amarga... Pero, por supuesto, es difícil vaticinar si una semilla determinada producirá o no frutos amargos. Puedes observada, mirarla por todos lados, exprimirla, romperla; sin embargo, no podrás predecir con seguridad si los frutos serán dulces o no lo serán. Tendrás que esperar la prueba del tiempo. Planta una semilla. Una planta brotará. Pasarán los años y crecerá un árbol, que se elevará más y más, sus ramas se extenderán hacia el cielo, dará frutos y sólo entonces podrás saber si la semilla que plantaste era o no amarga. El hombre moderno es el fruto de estas semillas de cultura y religión que fueron plantadas y nutridas durante, más o menos, los últimos diez mil años. Y este fruto es amargo, lleno de conflictos y sufrimiento. Y sin embargo, nosotros mismos alabarnos estas semillas y esperamos que el amor florezca de ellas. Eso no va a ocurrir, lo repito, porque la posibilidad misma de que el amor surja ha sido destruida por la religión, ha sido envenenada.

Podemos ver más amor en las aves, animales y plantas; en aquellos que no tienen religión ni cultura. Podemos ver más amor en el hombre incivilizado, en un montañés subdesarrollado, que el que podemos encontrar en el mal llamado progresivo, culto y civilizado hombre actual. Y, se lo recuerdo, los aborígenes no han desarrollado civilización, cultura o religión. ¿Por qué el hombre se está volviendo cada vez más estéril respecto al amor cuanto más civilizado, culto y religioso; acudiendo regularmente a orar a templos e iglesias? Existen motivos, y quisiera discutirlos. El manantial perenne del amor podrá brotar si logramos comprender esto. Sin embargo, ahora está cubierto de piedras: no puede fluir. Está cerrado por todos lados, y el río Ganges no puede salir a borbotones y fluir libremente. El amor se halla en el interior del hombre. No es necesario importarlo desde el exterior. No es una mercancía que debamos adquirir en algún mercado. Está allí, como la fragancia misma de la vida, está en el interior de todo el mundo.

La búsqueda del amor, la aspiración de alcanzarlo, no es una acción positiva o un acto abierto de acudir aun, lugar determinado y extraerlo... Un escultor se hallaba tallando una roca. Alguien que había ido a ver cómo se hace una estatua, observó que no había indicio alguno de una estatua. Sólo había una roca que era tallada aquí y allá con cincel y martillo. El hombre preguntó: "¿Qué estás haciendo? ¿No vas a hacer una estatua? He venido a ver cómo se hace una estatua, pero veo que estás rompiendo una roca". El artista respondió: -La estatua se halla oculta en su interior. No es necesario hacerla. Sólo hay que quitar cantidades de piedra inútil que están pegadas a ella, y la estatua aparecerá”. “Una estatua no se fabrica: es descubierta, es revelada, es traída a la luz".

El amor se halla encerrado en el interior del hombre: sólo hay que liberarlo. No se trata de producirlo: hay que descubrirlo. Sin embargo1 ¿con qué nos hemos cubierto, qué es lo que le impide salir? Trata de preguntarle a un médico qué es la salud. Es algo muy extraño el hecho de que ningún médico en el mundo pueda decirte qué es la salud. Aun cuando toda la ciencia médica se basa en la salud, ¿no hay acaso nadie que pueda decirte qué es la salud? Si le preguntas a un doctor, te responderá que puede decirte lo que son las enfermedades, lo que son los síntomas; puede que conozca diferentes términos técnicos para cada una y todas las enfermedades, y también puede prescribir la cura...

¿Pero la salud? Acerca de la salud no tiene idea. Sólo puede decir que la es salud es aquello que permanece cuando no está presente ninguna enfermedad. Esto se debe a que la salud se halla oculta en el interior del hombre: trasciende sus posibilidades de definición. La enfermedad proviene de afuera, y por tanto, puede ser definida; la salud proviene de nuestro interior, por lo tanto no puede ser definida. Se resiste a la definición. Sólo podemos decir que la salud es la ausencia de enfermedad. Eso está bien, ¿Pero es ésta la definición de salud? En ella, no se dice nada respeto a la salud en sí. El hablar acerca de la ausencia de enfermedad nos dice algo acerca de la enfermedad, no acerca de la salud. Y la verdad es que no es necesario crear la salud. O bien se halla oculta por la enfermedad o aparece si la enfermedad desaparece, se retira o es expulsada. La salud se encuentra en nuestro interior; la salud es nuestra naturaleza.

El amor se halla en nuestro interior. El amor es nuestra naturaleza intrínseca. Es un completo error pedirle al hombre que dé amor. El problema no consiste en crear amor, sino en indagar y descubrir los motivos por los cuales no logra manifestarse. ¿Cuál es el obstáculo? ¿La dificultad? ¿Dónde está el dique que lo refrena? Si no existen barreras, el amor aparecerá. No es necesario persuadirle o guiarle. Cada hombre se hallará lleno de amor si no existen barreras de cultura errada o de tradiciones degradantes y dañinas. Nada puede sofocar al amor, el amor es inevitable. El amor es nuestra naturaleza.

El Ganges fluye desde los Himalayas. Su corriente de agua es fuerte y fluida. No solicita un pase de transeúnte, no le pregunta a un sacerdote por el camino hacia el océano. ¿Has visto alguna vez a un río en un cruce de caminos, solicitándole a un policía las indicaciones para llegar al océano? Por muy lejos que el mar se encuentre, por oculto que esté, es seguro que el río hallará el camino. Eso es inevitable. Tiene el impulso interno. No tiene ninguna guía de indicaciones, pero es 1totalinente seguro que llegará a su destino. Hará grietas en las montañas, cruzará el llano, atravesará el campo e irá velozmente en pos del océano, debido a un deseo insaciable, a una impresionante energía que posee en lo más profundo de su corazón. Sin embargo, ¿qué pasaría si el hombre interpone obstáculos en su camino? ¿Si los seres humanos construyen diques? Un río supera, atraviesa las barreras naturales, que en realidad no constituyen un verdadero obstáculo para él, pero si el hombre crea barreras, si ingenieros humanos construyen diques que lo atraviesen, es posible que el río nunca llegue al océano. Uno debiera tener presente la obvia diferencia en esta situación. El hombre, la inteligencia suprema de la creación, puede impedir, si así decide, que el río llegue al mar.

En la naturaleza existe una unidad fundamental, una armonía. Las obstrucciones, los aparentes obstáculos que se ven en la naturaleza, son desafíos para despertar la energía; cumplen la función de toques clarinete que despiertan aquello que se halla latente en el interior. No existe desarmonía en la naturaleza. Cuando sembramos una semilla parece ser que la capa de tierra que se haya sobre la semilla la está presionando, le está impidiendo crecer. Es así como parece ser; pero en realidad, esa capa de tierra no constituye una obstrucción. Sin esa capa, la semilla no puede germinar: la tierra presiona a la semilla a fin de ablandarla, desintegrarla y transformarla en un árbol joven. Aparentemente, la tierra está sofocando a la semilla, pero la tierra está realizando la labor de un amigo. Esta es una operación clínica.

Si una semilla no se transforma en una planta, pensamos que la tierra puede no sería apropiada o que la semilla no ha tenido suficiente agua o suficiente luz solar. No culpamos a la semilla. Sin embargo, si no se producen flores en la vida del hombre, afirmamos que el hombre es el responsable de ello. Nadie piensa en abonos de mala calidad, falta de agua o de luz solar, y hace algo en consecuencia. En este caso, todo se limita a acusar al hombre de "maligno". Y es así que la planta del hombre se ha quedado subdesarrollada; es reprimida por una actitud inamistosa, no ha logrado alcanzar el estado de florecimiento.

La naturaleza es una armonía rítmica, pero la artificialidad que el hombre ha impuesto sobre ella, la ingeniería que ha llevado a cabo sobre ella; el conocimiento mecánico que ha arrojado a la corriente, han creado obstrucciones en muchos lugares, han detenido el flujo... Y el río es culpado: El hombre es malo, la semilla es venenosa... Quiero atrae tu atención hacia el hecho de que los obstáculos fundamentales han sido construidos por el hombre, creados por él mismo; de otro modo, el río del amor podría correr libremente y llegar al océano de Dios. El amor es algo inherente al hombre. Si los obstáculos son eliminados con discernimiento, el amor podrá fluir. El amor podrá elevarse hasta alcanzar a Dios, al Sublime Supremo.

¿Cuáles son estas imposiciones hechas por el hombre?

En primer lugar, la obstrucción más obvia ha sido la oposición respecto al sexo, el oprobio de la pasión. Esta prohibición ha destruido la posibilidad de que el amor nazca en el hombre. Y la simple verdad es que el sexo es el punto de partida del amor. El sexo es el inicio del viaje en pos del amor. El origen, el Gangotri del Ganges del amor es el sexo, la pasión, y todo el mundo se comporta como si éste fuese el enemigo. Todas las culturas, todas las religiones, todos los gurus, todos lo profetas y videntes han atacado a este Gangotri, a esta fuente, y el río se ha quedado detenido allá arriba. El vocerío público siempre ha dicho que el sexo es un pecado, es irreligioso: el sexo es veneno. Nunca nos damos cuenta de que, en último término, es la misma energía sexual la que viaja y llega al océano del amor. El amor es la transformación de la energía sexual. El amor florece de la semilla del sexo.

Si ves un trozo de carbón, no se te ocurriría pensar que ese carbón, si es transformado, se convierte en diamante. Los elementos presentes en el carbón son los mismos que en el diamante. En esencia no existe diferencia fundamental entre los dos. Después de ser sometido a un proceso de miles de años, el carbón se convierte en diamante. Pero al carbón no se le otorga importancia alguna: aun si se le almacena en una casa, se le pone en un lugar en que no sea visto por los visitantes; y los diamantes, por otra parte, se llevan alrededor del cuello, sobre el pecho, de modo que todo el mundo pueda verlos. El diamante y el carbón son los mismos, aun cuando los puntos de la jornada del mismo elemento. ¿Y sin embargo, es acaso obvia en alguna parte del mundo esta afinidad interna entre ellos? Si te transformas en un enemigo del carbón, lo que sería muy natural, dado que a primera vista el carbón sólo puede ofrecer hollín negro, la posibilidad de su transformación en diamante finalizaría en ese punto. Ese mismo carbón podría haberse transformado en un diamante; sin embargo, odiamos al carbón, y de allí la anulación de cualquier posibilidad de progreso posterior.

Sólo la energía del sexo puede florecer en amor; pero todo el mundo, incluyendo a los grandes pensadores del hombre, está en su contra. La oposición no permite que la semilla germine. El palacio del amor es saboteado en la etapa de construir los cimientos. La hostilidad en contra del sexo ha destruido la posibilidad del amor. Al carbón se le quita la posibilidad de transformarse en diamante. Es debido a este concepto fundamental erróneo que nadie siente la necesidad de atravesar las etapas de aceptación, desarrollo y transformación del sexo. ¿Cómo podemos transformar algo de lo cual somos enemigos, ante lo cual nos oponemos, con lo cual estamos en guerra constante?

Al hombre se le ha impuesto una lucha constante en contra de su energía. Se le enseña a luchar en contra de la energía sexual, a oponerse a las tendencias sexuales. La mente es veneno; por lo tanto, lucha en su contra. Pero la mente está en el hombre y el sexo también. Y sin embargo, se espera del hombre que se encuentre libre de conflictos internos; se espera de él que tenga una existencia armoniosa. Debe luchar en contra de los conflictos y también hacer la paz con ellos, esas son las enseñanzas. Por un lado, haz que el hombre se vuelva loco, y por el otro, construye manicomios para someterlo a tratamiento. Esparce los gérmenes de la enfermedad y construye, paralelamente, los hospitales para curarla.

Otra consideración importante es que el hombre no puede ser separado del sexo. El sexo es su punto primario: es de allí de donde nace. Dios ha aceptado la energía del sexo como el punto de partida de la creación. Los "grandes hombres" lo consideran un pecado, y el mismo Dios no lo considera así. Si Dios considera el sexo como un pecado, significa que no hay pecador más grande que Dios en este mundo, en el universo. ¿Has pensado alguna vez que el florecimiento de una planta es una expresión de pasión, un acto sexual? Un pavo real danza en toda su gloria, y un poeta hará una canción de ello. Un santo también se sentirá lleno de júbilo. Pero ellos no saben que la danza es también una expresión abierta de pasión; es también, en lo fundamental, un acto sexual. ¿A quién desea agradar el pavo real con su danza? El pavo está llamando a su amada, a su pareja. Las aves, el cucú, cantan; un hombre llega a la adolescencia, una muchacha se transforma en una mujer; ¿qué es todo esto? ¿Qué juego es éste? Todos éstos son índices de amor, energía sexual. Estas son formas transformadas del sexo, expresiones del amor. Burbujean con energía, reconocen y aceptan al sexo. La vida. La vida entera: todos los actos, actitudes, tendencias, todos los florecimientos corresponden a la energía sexual primaria. La religión cultura están volcando, en la mente del hombre, veneno en contra del sexo: intentan crear un conflicto, una guerra. El hombre se halla luchando en contra de su energía primaria, y de ese modo se ha vuelto débil y extraño, tosco y vulgar, falto de amor y lleno de nada.

Debemos ser amigos, y no enemigos del sexo. El principio del sexo debiera ser elevado a alturas más puras. Un sabio, mientras bendecía a la pareja de recién casados, le dijo a la novia: "Que seas madre de diez niños y que, finalmente, tu esposo se transforme en tu décimo primer hijo". Si la pasión es transformada, la esposa puede transformarse en una madre; si la lascivia es transcendida, el sexo puede transformarse en amor. Sólo la energía sexual puede florecer en una fuerza amorosa, pero hemos llenado al hombre de oposición hacia el sexo. El producto neto de esto es que el amor no florece, porque ésta es una etapa posterior, que sólo puede ser posible si se acepta el sexo. El amor no pudo crecer debido a la oposición cerrada. Al contrario: el sexo, agitándose en el interior de la consciencia del hombre, se halla enturbiado por la sexualidad. La conciencia moral del hombre se está volviendo más y más sexual. Nuestras canciones, poemas, pinturas e incluso las figuras de ídolos en el templo están virtualmente centradas en torno al sexo, porque nuestra mente también se halla rotando en torno al eje sexual. ¡Ninguno de los animales del mundo es tan sexual como el hombre! El hombre es sexual por todas partes, por donde quiera que se le mire; despierto o dormido, en sus modales así como en su etiqueta. Siempre está obsesionado por el sexo.

Debido al rechazo, la oposición, la supresión, el hombre se halla arruinado en su interior. No podría liberarse de aquello que es la raíz de la vida; pero debido a sus constantes conflictos internos, todo su ser se ha vuelto neurótico. Está enfermo. Esta obvia inundación de la sexualidad en el ser humano se debe a los mal llamados líderes y santos. Ellos son los culpables de esto, y la posibilidad de que el amor florezca seguirá siendo nula hasta que el hombre se libere de estos profesores, directores de escuelas, custodios, vanguardistas y sus pseudo­sermones.

Recuerdo una historia. Un domingo, un pobre granjero estaba saliendo de su casa. Al llegara la cerca, se encontró con un amigo de la infancia que venía a visitarlo. El granjero dijo: "¡Bienvenido! ¿Dónde has estado durante tantos años? Entra... pero prometí ir a ver a unos amigos. Es difícil postergar ese compromiso. Por favor descansa en mi casa. Regresaré en una hora, más o menos. Volveré pronto y podremos conversar por largo rato". El amigo respondió: "¡Oh, no, querido! ¿No sería mejor que fuera contigo? Mis ropas están sucias, si sólo me pudieras dar ropa limpia, me podría ir contigo".

Mucho tiempo atrás, un rey le había regalado al granjero unas vestiduras muy valiosas y las había conservado para alguna gran ocasión. Alegremente las fue a buscar. El amigo se vistió con el precioso abrigo, turbante, dhoti y los atractivos zapatos. Parecía un rey. Mirando a su amigo, el granjero sintió un poco de envidia. Comparado con él, el granjero parecía un sirviente. Pensó que había sido un error el darle sus mejores vestiduras. El granjero se vio afectado por un complejo de inferioridad. Ahora todo el mundo miraría al amigo y él sólo parecería ser un asistente, un sirviente. Intentó aquietar su mente diciéndose a sí mismo que era un granjero noble, un hombre de Dios: sólo debía pensar en Dios y en las cosas buenas. Y, después de todo, ¿qué hay en un hermoso abrigo o un buen turbante? Sin embargo, mientras más trataba de convencerse a sí mismo, más se obsesionaba con el abrigo y el turbante.

En el camino, y aun cuando iban juntos, los transeúntes sólo miraban al amigo. Nadie se daba cuenta de la presencia del granjero, que se sentía deprimido. Conversaba con su amigo, pero interiormente sólo pensaba en el abrigo y el turbante.

De uno u otro modo, llegaron a la casa a la cual se dirigían. Presentó a su amigo: "Este es mi amigo, un amigo de la niñez. Es un hombre muy hermoso...”, pero de pronto explotó con la verdad," ¿y las ropas? Son mías". Esto debido a que todos los habitantes de la casa tenían la vista
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