Siempre me siento atraído por los lugares en donde he vivido, por las casas y los barrios. Por ejemplo, hay un edificio de roja piedra arenisca en la zona de






descargar 276.93 Kb.
títuloSiempre me siento atraído por los lugares en donde he vivido, por las casas y los barrios. Por ejemplo, hay un edificio de roja piedra arenisca en la zona de
página9/11
fecha de publicación29.03.2017
tamaño276.93 Kb.
tipoDocumentos
l.exam-10.com > Derecho > Documentos
1   2   3   4   5   6   7   8   9   10   11

—Dentro de unos cuantos años, de muchísimos años, uno de esos barcos me traerá de regreso con mis mocosos brasileños. Porque, sí, tienen que ver esto, estas luces, el río… Adoro Nueva York, aunque esta ciudad no sea tan mía como pueden llegar a serlo algunas cosas, un árbol o una calle o una casa, algo, en fin, que sea mío porque yo le pertenezco.

Y yo le dije: «Cierra el pico», porque me sentía enfurecedoramente excluido, apenas un remolcador en el muelle seco mientras ella, deslumbrante viajera de seguro destino, salía del puerto entre estruendosas sirenas y flotante confeti.

De modo que los días, esos últimos, revolotean en mi memoria neblinosa, otoñales, tan iguales los unos a los otros como hojas: hasta que llegó un día completamente distinto de todos los que he vivido.

Fue por azar el treinta de septiembre, el día de mi cumpleaños, hecho que no tuvo efecto alguno en los acontecimientos, aparte de que, como yo estaba esperando la visita de alguna forma de recordatorio pecuniario por parte de mi familia, me encontraba aguardando con impaciencia la llegada del cartero de las mañanas. De hecho, bajé a esperarle en la calle. Si no me hubiese encontrado haraganeando por allí, Holly no me habría pedido que fuese con ella a montar a caballo; y, en consecuencia, no le hubiese dado aquella oportunidad de salvarme la vida.

—Anda —me dijo cuando me encontró esperando al cartero—. Ven conmigo al parque, alquilaremos un par de caballos —se había puesto un chaquetón, tejanos y zapatillas de tenis; se dio una palmada en el estómago, para subrayar lo plano que lo tenía—. No creas que voy a perder al heredero. Pero es que hay una yegua, mi queridísima Mabel Minerva… No puedo irme sin haberme despedido de Mabel Minerva.

—¿Despedido?

—El sábado de la semana próxima. José ya ha comprado los billetes —completamente en trance, dejé que me arrastrara hasta la acera—. Haremos transbordo de avión en Miami. Luego sobrevolaremos el mar. Y los Andes. ¡Taxi!

Sobrevolar los Andes. Mientras el taxi nos llevaba hacia Central Park tuve la sensación de estar también yo volando, flotando desoladamente sobre picos nevados, territorios peligrosos.

—Pero no deberías irte. Al fin y al cabo, para qué. Y bien, para qué. Mira, no puedes largarte y abandonar a todo el mundo.

—No creo que nadie me eche de menos. No tengo amigos.

—Yo sí. Te echaré de menos. Y también Joe Bell. Y, oh, habrá millones de personas que te echen de menos. Por ejemplo, Sally. El pobre Mr. Tomato.

—Cómo me gustaba el viejo Sally —dijo, y suspiró—. ¿Sabes que hace todo un mes que no voy a verle? Cuando le dije que iba a irme se portó como un ángel. De hecho —dijo, frunciendo el ceño—, pareció encantado de que me fuera al extranjero. Dijo que mejor que mejor. Porque tarde o temprano habría líos. En cuanto descubriesen que yo no era su sobrina. Ese abogado gordo, O’Shaughnessy, me mandó quinientos dólares. Por si acaso. Es el regalo de bodas de Sally.

Sentí deseos de mostrarme antipático:

—También tendrás un regalo mío. Cuando se celebre la boda, suponiendo que os caséis.

Ella se rió.

—Pues claro que se casará conmigo. Por la Iglesia. Y con toda su familia presente. Por eso esperamos a llegar a Río para la boda.

—¿Sabe él que ya estás casada?

—¿Se puede saber qué te pasa? ¿Quieres echarme el día a perder? Es un día precioso, no lo estropees.

—Pero sería perfectamente posible…

—No lo es. Ya te lo he dicho. Aquello no fue legal. Es imposible que lo fuera —se frotó la nariz, y me miró de soslayo—. Como se lo cuentes a alguien te colgaré de los pies, te aliñaré y te asaré como un cerdo.

Las cuadras —creo que ahora hay allí unos estudios de televisión— estaban en la calle Sesenta y seis oeste. Holly eligió para mí una vieja yegua blanca y negra de balanceante espinazo.

—No te preocupes, es más segura que la cuna de un bebé.

Lo cual, en mi caso, era una garantía imprescindible, pues mi experiencia ecuestre no pasaba de los paseos de diez centavos en pony durante las fiestas de mi infancia. Holly me ayudó a encaramarme sobre la silla, montó luego en su propio caballo, un animal plateado que se adelantó al mío en cuanto sorteamos el tráfico de Central Park West y entramos en el camino especial para jinetes, moteado por las hojas que la brisa hacía bailar en el aire.

—¿Lo ves? —gritó ella— ¡Es fantástico!

Y de repente lo fue. De repente, mientras miraba el centelleo del multicolor cabello de Holly a la luz amarillo rojiza que filtraban las hojas, la amé tanto como para olvidarme de mí mismo, de mis autocompasivas desesperaciones, y contentarme pensando que iba a ocurrir una cosa que a ella la hacía feliz. Los caballos adoptaron un trote suave, comenzaron a salpicamos, a fustigamos el rostro olas de viento, fuimos sucesivamente zambulléndonos en charcos de sol y de sombra, y cierto júbilo, cierta alegría de vivir intensísima se puso a brincar en mi interior como si me hubiese tomado una copita de nitrógeno. Esto duró un minuto; el siguiente dio paso a la farsa, macabramente disfrazada.

Porque de súbito, como si se tratara de una emboscada de salvajes en la selva, una pandilla de muchachos negros surgió de entre los matorrales y se plantó en mitad del camino. Los chicos, soltando abucheos, maldiciones, se pusieron a tirarles piedras a los caballos y a fustigar con palos sus grupas.

El mío, la yegua blanca y negra, se levantó sobre sus patas traseras, gimoteó, se balanceó como un funámbulo en la cuerda, y luego salió disparado como un rayo por el camino, dando tumbos que hicieron que se me salieran los pies de los estribos, y dejándome así muy mal sujeto a él. Sus cascos arrancaban chispas de la gravilla. Se inclinó el cielo. Los árboles, un estanque con veleros de juguete, las estatuas, iban pasando como una exhalación. Las niñeras corrían a rescatar a los críos para salvarles de nuestra terrible carrera; los hombres, los vagabundos, y otras personas me gritaban: «¡Tire de las riendas!» y «¡So, caballo, so!» y «¡Salte!». Sólo más tarde llegué a recordar esas voces; en aquel momento sólo tenía conciencia de Holly, de su veloz galopar de cowboy en pos de mí, sin jamás llegar a alcanzarme, repitiéndome gritos de ánimo a cada momento. Sin parar: cruzamos el parque y salimos a la Quinta Avenida: desbocada, la yegua se metió en medio del tránsito de mediodía, por entre taxis y autobuses que giraban brusca, chirriantemente, para esquivarme. Pasé delante de la mansión Duke, el museo Frick, el Pierre y el Plaza. Pero Holly fue ganando terreno; es más, un policía a caballo también andaba persiguiéndome: flanqueando, uno a cada lado, a mi desbocada yegua, sus caballos llevaron a cabo un movimiento de pinza que la obligó, envuelta en vapor, a detenerse. Fue entonces cuando, por fin, me caí de la silla. Me caí, me levanté y me quedé allí plantado, sin saber muy bien en dónde estaba. Se formó un gran corro. El policía resopló y tomó unos datos; luego se mostró más amable, sonrió, y dijo que ya se encargaría él de que nuestros caballos fuesen devueltos a su cuadra.

Holly paró un taxi.

—¿Cómo te encuentras?

—Bien.

—Pero si no tienes pulso —dijo, palpándome la muñeca.

—Entonces, será que me he muerto.

—No seas idiota. Esto es grave. Mírame.

El problema era que no podía verla; veía, más bien, varias Hollys, un trío de rostros sudorosos y tan empalidecidos de preocupación que me sentí a la vez conmovido y azorado.

—De verdad. No me pasa nada. Sólo que me da vergüenza.

—¿Estás seguro? Por favor, dime la verdad. Podrías haberte matado.

—Pero no ha sido así. Y gracias. Por salvarme la vida. Eres maravillosa. Única. Te amo.

—Maldito imbécil.

Me besó en la mejilla. Luego vi cuatro Hollys, y caí desmayado.

Aquella tarde salieron fotos de Holly en la primera plana de la última edición del Journal-American y en las primeras ediciones del Daily News y del Daily Mirror. Tanta publicidad carecía por completo de relación con caballos desbocados. Tenía que ver con un asunto muy diferente, tal como revelaban los titulares: PLAYGIRL DETENIDA EN UN ESCÁNDALO POR NARCOTRÁFICO (Journal-American), ACTRIZ DETENIDA POR CONTRABANDO DE DROGAS (Daily News), DESARTICULADA UNA RED DE TRAFICANTES. LA POLICÍA INTERROGA A UNA JOVEN DEL GRAN MUNDO (Daily Mirror). El News era el que publicaba la foto más impresionante: Holly, entre dos musculosos policías, un hombre y una mujer, en el momento de entrar en la comisaría. En aquel ambiente tan vil, incluso su forma de vestir (seguía llevando la ropa de montar a caballo, el chaquetón y los tejanos) hacía pensar que se trataba de la fulana de algún gángster: y las gafas oscuras, el pelo revuelto, y el pitillo de marca Picayune que colgaba de sus malhumorados labios no contribuían precisamente a borrar aquella impresión. El pie de foto decía: Holly Goligbtly, de veinte años, guapa starlet y conocida personalidad del mundillo elegante, ha sido acusada por el fiscal del distrito de ser una de las figuras clave de una banda dedicada al contrabando internacional de drogas cuyo jefe parece ser el gángster Salvatore «Sally» Tomato. Los inspectores Patrick Connor (izq.) y Sheilah Fezzonetti (der.) aparecen en la imagen conduciéndola a la comisaría de la calle Sesenta y siete. Más información en la pág. 3. La información, acompañada por la foto de un hombre identificado como Oliver «Father» O’Shaughnessy (que ocultaba el rostro bajo un sombrero flexible), ocupaba tres columnas. Parcialmente condensados, éstos son los párrafos pertinentes: Los miembros de la sociedad elegante se quedaron hoy pasmados ante la detención de la deslumbrante Holly Golightly, una starlet de Hollywood que cuenta veinte años de edad y que es una de las más conocidas figuras del gran mundo neoyorquino. A la misma hora, las dos de la tarde, la policía sorprendió a Oliver O’Shaughnessy, de cincuenta y dos años, alojado en el Hotel Seabord de la calle Cuarenta y nueve oeste, cuando salía del Hamburg Heaven de Madison Avenue. Según el fiscal del distrito, Frank L. Donovan, ambos son figuras destacadas de una red internacional de traficantes cuyo jefe es Salvatore «Sally» Tomato, el famoso führer de la mafia, que actualmente cumple en Sing Sing una condena de cinco años por un delito de soborno político… O’Shaughnessy, un sacerdote que colgó la sotana y que en los círculos de la delincuencia es conocido por los motes de «Father» y «El Padre», tiene un historial de detenciones que se remonta a 1934, fecha en la que cumplió dos años de cárcel en su condición de director de un falso manicomio, El Monasterio, instalado en Rhode Island. Miss Golightly, que no tiene antecedentes penales, fue detenida en su magnífico apartamento, situado en un barrio de lujo del East Side… Aunque la oficina del fiscal del distrito no ha emitido aún ningún comunicado oficial, fuentes bien informadas aseguran que la bella actriz rubia, hasta hace poco compañera permanente del multimillonario Ruthetfurd Trawler, había sido el «enlace» entre Tomato y su principal lugarteniente, O’Shaughnessy… Fingiendo ser pariente de Tomato, Miss Golightly visitaba semanalmente, según esas fuentes, la cárcel de Sing Sing, desde donde Tomato le facilitaba mensajes en clave que ella transmitía luego a O’Shaughnessy. Gracias a este correo, Tomato, de quien se dice que nació en Cefalú, Sicilia, en 1874, pudo controlar personalmente una mafia mundial dedicada al contrabando de narcóticos, con agentes esparcidos por México, Cuba, Sicilia, Tánger, Teherán y Dakar. Pero la oficina del fiscal del distrito se ha negado no sólo a ampliar detalles sobre estas acusaciones sino también a confirmarlas… Avisados con antelación, un gran número de periodistas se encontraban en la comisaría de la calle Sesenta y siete este cuando los dos acusados han llegado allí para prestar declaración. O’Shaughnessy, un fornido pelirrojo, se ha negado a hablar con la prensa y le ha propinado una patada en los riñones a uno de los fotógrafos. En cambio, Miss Golightly, frágil y despampanante, aunque vestida como un muchacho, con vaqueros y chaquetón de cuero, no parecía en absoluto preocupada. «A mí no me pregunten de qué diablos va todo esto» les dijo a los periodistas. «Parce-que je ne sais pas, mes chers» (Porque yo no lo sé, amigos), añadió. «Es cierto, he visitado a Sally Tomato. Iba a verle cada semana. ¿Acaso tiene eso algo de malo? Sally cree en Dios, y yo también».

Más adelante, bajo un ladillo que decía ADMITE SER DROGADICTA: Miss Golightly sondó cuando uno de los periodistas le preguntó si ella tomaba drogas. «He probado alguna vez la marihuana. No es ni la mitad de perjudicial que el brandy. Y sale más barata. Por desgracia, yo prefiero el brandy. No, Mr. Tomato no me ha hablado nunca de drogas. Me enfurece que ande persiguiéndole todo ese atajo de desdichados. Es una persona sensible, religiosa. Un anciano encantador».

Hay un error especialmente grave en esta información: no la detuvieron en su «magnífico apartamento». Fue en mi cuarto de baño. Yo estaba tratando de aliviar mis dolores de jinete en una bañera llena de agua hirviendo con sales de Epsom; Holly, como una buena enfermera, permanecía sentada en el borde de la bañera, dispuesta a frotarme con linimento Sloan y meterme en la cama. Llamaron a la puerta. Como no estaba cerrada, Holly gritó «Pase». Y entró Madame Sapphia Spanella, seguida por un par de inspectores vestidos de paisano, uno de los cuales era una mujer que llevaba un par de gruesas trenzas rubias sujetas en lo alto de la cabeza.

—Ahí está. ¡Ella es la de la orden de busca y captura! —dijo con voz atronadora Madame Spanella, invadiendo el baño y alzando un dedo acusador primero contra Holly y luego contra mi propia desnudez—. Ya lo ven. La muy puta.

El policía pareció azorarse, por culpa de Madame Spanella y de la situación; pero un austero goce puso en tensión el rostro de su colega, que dejó caer la mano sobre el hombro de Holly y, con una voz sorprendentemente aniñada, dijo:

—Ven, chica. Tú y yo nos vamos de paseo.

A lo cual Holly le contestó, con la mayor frialdad:

—Ya puedes sacarme de encima esas manos de palurda, bollera repugnante, marimacho ridículo.

Esto contribuyó a que la mujer se enfureciese todavía más: le dio a Holly una tremenda bofetada. Tan tremenda que le hizo volver la cara hacia el otro lado, y la botella de linimento, que salió despedida, se hizo añicos contra el suelo, que fue donde yo, que había salido corriendo de la bañera dispuesto a echar mi cuarto a espadas en la reyerta, la pisé, y a punto estuve de rebanarme los dos pulgares. Desnudo, y dejando un rastro de huellas ensangrentadas, seguí el desarrollo de los acontecimientos hasta el mismo portal de la calle.

—Y no te olvides —se las arregló Holly para pedirme mientras los inspectores la empujaban escaleras abajo— de darle de comer al gato, por favor.

Creí, naturalmente, que Madame Spanella tenía toda la culpa: no era la primera vez que reclamaba la presencia de las autoridades para quejarse de Holly. No se me ocurrió que el asunto pudiera tener dimensiones mucho más calamitosas hasta que, por la tarde, apareció Joe Bell blandiendo los periódicos. Estaba demasiado nervioso para hablar con sensatez; mientras yo leía las informaciones, estuvo armando jaleo en mi habitación, golpeándose un puño contra el otro.

Hasta que por fin dijo:

—¿Crees que es verdad? ¿Es posible que estuviera mezclada en un asunto tan repugnante?

—Pues sí.

Se metió una pastilla digestiva en la boca y, lanzándome una mirada llameante, se puso a masticarla como si estuviera triturando mis huesos.

—¿No te da vergüenza? Y decías que eras amigo suyo. ¡Hijo de puta!

—Eh, espera un momento. No he dicho que estuviera mezclada en eso a sabiendas. Ella no lo sabía. Pero es cierto que lo hacía. Transmitía mensajes y qué se yo qué más…

—Así que te lo tomas con toda la calma del mundo, ¿eh? —dijo él—. Joder, pero si podrían caerle diez años. O más —me arrancó los periódicos de las manos—. Tú conoces a sus amigos. Los ricachones ésos. Baja conmigo al bar. Empezaremos a telefonear. Nuestra amiga necesitará uno de esos abogados tramposos de postín, y no creo que a mí me alcance para pagarle.
1   2   3   4   5   6   7   8   9   10   11

similar:

Siempre me siento atraído por los lugares en donde he vivido, por las casas y los barrios. Por ejemplo, hay un edificio de roja piedra arenisca en la zona de iconArgentina
«que hay lugares en los Andes Meridionales donde van a morir los guanacos». Otra vez, en mi sueño, era un esquimal cargado de años...

Siempre me siento atraído por los lugares en donde he vivido, por las casas y los barrios. Por ejemplo, hay un edificio de roja piedra arenisca en la zona de iconO acepta los cimientos del conocimiento aceptados por sus predecesores...

Siempre me siento atraído por los lugares en donde he vivido, por las casas y los barrios. Por ejemplo, hay un edificio de roja piedra arenisca en la zona de iconDr. Roberto Brólio
«choque» a muchas personas, por no comprender o asimilar el abordaje de conceptos espiritualistas en los dominios medico-científicos...

Siempre me siento atraído por los lugares en donde he vivido, por las casas y los barrios. Por ejemplo, hay un edificio de roja piedra arenisca en la zona de iconEs, sin duda, entre los diálogos de Platón, uno de los que más bibliografía...
«naturaleza» (physei), por lo que al­gunos no corresponden a quienes los llevan, por ejemplo: el mismo de Hermógénes. Éste, por el...

Siempre me siento atraído por los lugares en donde he vivido, por las casas y los barrios. Por ejemplo, hay un edificio de roja piedra arenisca en la zona de iconY ante ustedes, hermanos, que he pecado mucho de pensamiento, palabra...

Siempre me siento atraído por los lugares en donde he vivido, por las casas y los barrios. Por ejemplo, hay un edificio de roja piedra arenisca en la zona de iconCapítulo XVIII el trabajo y los sindicatos obreros
«conflicto laboral» significa, normalmente, un desacuerdo sobre la remuneración y las condiciones de trabajo, cuando, en la mayoría...

Siempre me siento atraído por los lugares en donde he vivido, por las casas y los barrios. Por ejemplo, hay un edificio de roja piedra arenisca en la zona de iconEs, sin duda, entre los diálogos de Platón, uno de los que más bibliografía...
«naturaleza» (physei), por lo que algunos no corresponden a quienes los llevan, por ejemplo: el mismo de Hermógénes. Éste, por el...

Siempre me siento atraído por los lugares en donde he vivido, por las casas y los barrios. Por ejemplo, hay un edificio de roja piedra arenisca en la zona de iconProgramación de aula tobih compact
«Gracias por», añadiendo cada vez un elemento nuevo de la Creación (por ejemplo: «Gracias por los pájaros»)

Siempre me siento atraído por los lugares en donde he vivido, por las casas y los barrios. Por ejemplo, hay un edificio de roja piedra arenisca en la zona de iconProgramación de aula tobih compact
«Gracias por», añadiendo cada vez un elemento nuevo de la Creación (por ejemplo: «Gracias por los pájaros»)

Siempre me siento atraído por los lugares en donde he vivido, por las casas y los barrios. Por ejemplo, hay un edificio de roja piedra arenisca en la zona de icon¿Porqué intitular a un poemario “Hoteles de Paso”?, ¿Cuál es el encanto...






© 2015
contactos
l.exam-10.com