Siempre me siento atraído por los lugares en donde he vivido, por las casas y los barrios. Por ejemplo, hay un edificio de roja piedra arenisca en la zona de






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Y no lo hice. Durante bastante tiempo. Bajábamos la vista cuando nos cruzábamos por la escalera. Si ella entraba en el bar de Joe Bell, yo me iba. Hubo una ocasión en la que Sapphia Spanella, la soprano y aficionada al patinaje que vivía en el primer piso, hizo circular entre los demás inquilinos de la casa una demanda de deshaucio contra Miss Golightly, que, decía Madame Spanella, era una persona «moralmente censurable» que «perpetra reuniones nocturnas que ponen en peligro la seguridad y la salud mental de sus vecinos». Aunque me negué a firmarla, admití interiormente que las quejas de Madame Spanella eran justificadas. Pero su demanda fracasó, y, cuando abril se aproximaba a mayo, las cálidas noches primaverales de ventanas abiertas se cargaron del espantoso estruendo de los ruidos de las fiestas, el tocadiscos a todo volumen y las risas de martini que salían del apartamento 2.

No era una novedad, sino todo lo contrario, que hubiese tipos sospechosos entre los invitados de Holly; pero un día de finales de esa primavera, al entrar en la casa, me fijé en un hombre muy provocativo que estaba examinando el buzón de Holly. Un tipo de cincuenta y pocos años, facciones duras y curtidas, y ojos grises tristes. Llevaba un viejo sombrero gris con manchas de sudor, y su barato traje de verano, azul pálido, le caía muy holgado sobre su largirucho esqueleto; sus zapatos marrones eran nuevos. No parecía tener intención de llamar al timbre de Holly. Se limitaba a pasar, lentamente, como si leyera Braille, un dedo por el relieve de las letras de su nombre.

Por la noche, cuando me iba a cenar, volví a verle. Estaba en la acera de enfrente, apoyado en un árbol y mirando las ventanas de Holly. Por mi cabeza circularon toda clase de siniestras especulaciones. ¿Podía tratarse de un detective? ¿Algún enviado de los bajos fondos, relacionado con Sally Tomato, su amigo de Sing Sing? La situación reavivó mis más tiernos sentimientos por Holly; era justo que interrumpiese nuestro enfado el tiempo suficiente como para advertirle que estaban vigilándola. Mientras me encaminaba a la esquina y dirigía mis pasos hacia el Hamburg Heaven de la esquina de Madison con la Setenta y nueve, noté que la atención de aquel hombre se centraba en mí. Al poco rato, sin volver la cabeza, noté que me seguía. Porque le oí silbar. Y no era una cancioncilla corriente, sino la quejumbrosa canción de las praderas que Holly tocaba a veces con su guitarra: No quiero dormir, no quiero morir, sólo quiero seguir viajando por los prados del cielo. Seguí oyendo el silbido por Park Avenue y Madison arriba. Una vez, mientras esperaba a que el semáforo cambiase, vi por el rabillo del ojo que se agachaba para acariciar a un sucio pomeranio.

—Magnífico animal —le dijo al dueño, con una voz rural, afónica.

El Hamburg Heaven estaba vacío. Sin embargo, tomó asiento en el mostrador, justo a mi lado. Olía a tabaco y sudor. Pidió un café, pero cuando se lo sirvieron ni lo tocó. En lugar de tomárselo, estuvo mordisqueando un palillo y estudiándome en el espejo que teníamos delante de nosotros.

—Disculpe —le dije, hablándole por el espejo—, ¿se puede saber qué quiere?

La pregunta no le azoró; pareció aliviado de que se la hubiese hecho.

—Muchacho, necesito un amigo —dijo.

Sacó una cartera. Estaba tan gastada como sus curtidas manos, casi rota; y en el mismo estado se encontraba la instantánea agrietada, borrosa y frágil que me tendió. Había siete personas en la foto, amontonadas bajo el hundido porche de una espantosa casa de madera, y, aparte de él, que le pasaba el brazo por la cintura a una chica gorda y rubia que se hacía sombra con la mano sobre los ojos, todos eran niños.

—Ese soy yo —dijo, señalándose—. Esa es ella… —dio un golpecito sobre la chica rolliza—. Y ese de ahí —añadió, indicando a un chico alto como un chopo y con pelo de estopa— es su hermano Fred.

Volví a mirarla a «ella»: y, en efecto, ahora pude encontrar cierto parecido embriónico con Holly en la chica de gordas mejillas que bizqueaba bajo el sol. Justo en ese momento comprendí quién debía de ser aquel hombre.

—Usted es el padre de Holly.

El hombre parpadeó, frunció el ceño.

—No se llama Holly. Antes se llamaba Lulamae Barnes. Antes —dijo, cambiando de sitio el palillo que tenía aún en la boca— de casarse conmigo. Soy su marido. Doctor Golightly. Soy médico de caballos, veterinario. También trabajo un poco la tierra. Cerca de Tulip, en Texas. ¿De qué se ríe, muchacho?

No era una verdadera risa: simple nerviosismo. Tomé un poco de agua, me atraganté; él me golpeó la espalda.

—Esto no es cosa de risa, muchacho. Soy un hombre cansado. Hace cinco años que busco a mi mujer. En cuanto recibí la carta de Fred en la que me decía dónde estaba, compré un billete de la Greyhound. Lulamae debería estar en casa, con su marido y sus hijos.

—¿Hijos?

—Son ésos —dijo, casi gritando.

Se refería a los otros cuatro rostros jóvenes de la foto, dos niñas descalzas y un par de chicos con mono. Bueno, era obvio: aquel hombre era un demente.

—Es imposible que Holly sea la madre de esos chicos. Son mayores que ella. Más altos.

—No he dicho, muchacho —dijo él, explicándomelo con calma—, que los haya parido ella. La maravillosa madre de estos niños, aquella maravillosa mujer, que Dios la tenga en su gloria, falleció el cuatro de julio, Día de la Independencia, de 1936. El año de la sequía. Cuando me casé con Lulamae ya era 1938, diciembre, ella estaba a punto de cumplir los catorce. Es posible que una persona corriente, con sólo catorce años, no supiera lo que se hacía. Pero Lulamae es otra cosa, una mujer excepcional. Sabía muy bien lo que estaba haciendo cuando me prometió ser mi esposa y la madre de mis hijos. Y nos rompió el corazón a todos cuando se fue de aquella manera —sorbió un poco de café ya enfriado, y me miró con interrogadora vehemencia—. Y ahora, muchacho, ¿dudas de lo que te digo? ¿Crees que lo que te digo es cierto?

Le creí. Era demasiado implausible para no ser cierto; es más, encajaba con la descripción que había hecho O. J. Berman de la Holly que conoció en California. «No sabías si era una palurda, o si venía de Oklahoma o qué». No se le podían echar las culpas a Berman por no haber adivinado que era una niña casada, de Tulip, estado de Texas.

—Nos rompió el corazón a todos cuando se fue de aquella manera —repitió el médico de caballos—. No tenía por qué. El trabajo de la casa lo hacían las niñas. Lulamae podía darse la buena vida: revolotear ante los espejos y lavarse el pelo. Teníamos vacas, teníamos huerto, gallinas, cerdos: muchacho, esa chica se puso gorda de verdad. Y, mientras, su hermano crecía y crecía hasta convertirse en un gigante. Todo un mundo de diferencia en comparación a como estaban cuando se quedaron a vivir con nosotros. Fue Nellie, mi hija mayor, fue Nellie la que los trajo a casa. Vino una mañana y me dijo: «Papá, tengo a un par de pilletes encerrados en la cocina. Les he sorprendido afuera, robando leche y huevos de pava». Eran Lulamae y Fred. Bueno, pues en su vida habrá visto dos críos que dieran tanta pena como ellos. Les asomaban las costillas por todos lados, y tenían las piernas tan canijas que no les sostenían en pie, y los dientes se les movían tanto que no les servían ni para masticar un puré. Contaron que su madre había muerto de tuberculosis, lo mismo que su papá; y que todos los hijos, un buen montón, fueron enviados a vivir con diversas personas a cuál más mezquina. Pues bien, Lulamae y su hermano habían estado en casa de algún mezquino don nadie, a ciento cincuenta kilómetros al este de Tulip. Lulamae tuvo buenos motivos para escaparse de aquella casa. Y ninguno para irse de la mía. Era su hogar —apoyó los codos en el mostrador y, apretándose los ojos cerrados con los dedos, suspiró—. Engordó tanto que acabó convirtiéndose en una mujer verdaderamente guapa. Y muy animada. Locuaz como un arrendajo. Siempre tenía algún comentario ingenioso sobre el tema que fuese: mejor que la radio. Y antes de que me diera cuenta ya me había puesto a recoger flores. Domestiqué un cuervo para regalárselo, y le enseñé a decir Lulamae. Y le di a ella lecciones de guitarra. De sólo mirarla se me saltaban las lágrimas a los ojos. La noche de mi declaración lloré como un crío. «¿Por qué lloras, Doc? —me dijo ella—. Pues claro que podemos casarnos. Será mi primera boda». Me hizo reír, la verdad, y la abracé y la besé: ¡Será mi primera boda! —rió un poco, y durante un momento volvió a morder el palillo—. ¡No me diga que no era una mujer feliz! —dijo, en tono desafiante—. Todos la mimábamos. No tenía que levantar un dedo, como no fuera para comerse algún pedazo de pastel. Como no fuera para peinarse y mandar a alguien por todas las revistas. Debieron de entrar revistas por valor de cien dólares en esa casa. Si quiere saber mi opinión, eso fue lo que tuvo la culpa. Tanto mirar fotos de gente ostentosa. Tanto leer sueños. Eso fue lo que la empujó a dar los primeros pasos por el camino. Cada día andaba un poco más: un kilómetro, y volvía a casa. Dos kilómetros, y volvía a casa. Un día, simplemente, siguió adelante —volvió a posar las manos sobre sus ojos; su respiración producía un ruido ronco—. El cuervo que le di se volvió loco y huyó. Seguimos oyéndole todo el verano. En la era. En el huerto. En los bosques. El maldito pájaro se pasó todo el verano gritando: Lulamae, Lulamae.

Se quedó encorvado y silencioso, como si estuviera escuchando la canción de aquel antiguo verano. Llevé la cuenta de los dos a la caja. Mientras yo pagaba, se me acercó. Salimos juntos y nos fuimos andando hacia Park Avenue. Era una noche fría, ventosa; la brisa agitaba sonoramente los fláccidos toldos. Seguimos andando en silencio hasta que yo le dije:

—¿Y su hermano? ¿No se fue?

—No —dijo, carraspeando—. Fred se quedó con nosotros hasta que se lo llevó el ejército. Buen chico. Bueno para los caballos. Tampoco él entendió qué le había pasado a Lulamae, cómo había podido abandonar a su hermano y su marido y sus niños. Pero en cuanto estuvo en el ejército, Fred comenzó a tener noticias de ella. El otro día me mandó una carta con sus señas. Por eso vine a buscarla. Sé que lamenta haber hecho lo que hizo. Sé que quiere volver a casa.

Parecía estar pidiéndome que me mostrara de acuerdo con él. Yo le dije que en mi opinión iba a encontrar bastante cambiada a Holly, o Lulamae.

—Escúchame, muchacho —dijo, cuando llegamos a la escalera del portal—, ya te he dicho que necesito un amigo. Porque no quiero darle una sorpresa. Nada de sustos. Por eso he estado esperando. Pórtate como un amigo: dile que he venido.

La idea de hacer las presentaciones entre Miss Golightly y su marido tenía aspectos satisfactorios; y, alzando la vista hacia sus iluminadas ventanas, confié en que estuvieran con ella sus amigos, pues la perspectiva de ver el momento en que el tejano les estrechara la mano a Mag y Rusty y José, me resultaba más satisfactoria incluso. Pero la grave y orgullosa mirada de Doc Golightly, su sombrero sudado, hicieron que me avergonzase de mis expectativas. Entró detrás de mí en el edificio, y se dispuso a esperar al pie de la escalera.

—¿Tengo buen aspecto? —susurró, desempolvándose las mangas, ajustándose el nudo de la corbata.

Holly estaba sola. Abrió enseguida; en realidad estaba a punto de salir: las zapatillas de satén blanco y las grandes dosis de perfume anunciaban la inminencia de una fiesta lujosa.

—Lo siento, idiota —me dijo, y, jugando, descargó el bolso contra mí—. Tengo demasiada prisa para hacer las paces ahora. ¿Te parece que dejemos para mañana lo de fumar la pipa?

—Claro, Lulamae. Suponiendo que mañana estés todavía por aquí.

Se sacó las gafas oscuras y me miró bizqueando. Era como si sus ojos fuesen prismas fragmentados, y las notas azules y grises y verdes no fueran más que pedazos rotos de su antiguo centelleo.

—Tiene que ser él quien te lo ha dicho —me dijo con una vocecilla temblorosa—. Dímelo, por favor. ¿Dónde está? —dejándome atrás, se precipitó escaleras abajo—. ¡Fred! —gritó por el hueco—. ¡Fred! ¿Dónde estás, mi Fred?

Oí los pasos de Doc Golightly, que empezaba a subir los peldaños. Su cabeza se asomó por la barandilla, y Holly retrocedió, no tan asustada como para refugiarse en una concha de desengaño. Hasta que él llegó a su altura, avergonzado y tímido.

—Caray, Lulamae —comenzó a decir, pero tuvo un momento de vacilación porque Holly le miraba con desconcierto, como si no consiguiera identificarle del todo—. Vaya, cariño —añadió por fin—, ¿no te dan de comer por estos pagos? Qué flaquísima estás. Como el día en que te conocí. Con ojos de loca.

Holly le tocó la cara; palpó con sus dedos la realidad de su mentón, de su barba de dos días.

—Hola, Doc —dijo Holly con amabilidad, y le besó en la mejilla—. Hola, Doc —repitió alegremente mientras él la levantaba del suelo con un abrazo capaz de estrujarle las costillas.

—Caray, Lulamae —dijo él, estremecido por una risa de alivio—. La venida del Reino.

Ninguno de los dos se fijó en mí cuando me colé por detrás de ellos para subir a mi habitación. Tampoco parecieron darse cuenta de la presencia de Madame Sapphia Spanella, que abrió su puerta y chilló:

—¡Callarse! Qué vergüenza. Lárgate a hacer de puta a otra parte.

—¿Divorciarme de él? No me he divorciado. Pero, por Dios, si yo tenía sólo catorce años. No pudo ser legal —Holly dio unos golpecitos en su vacía copa de martini—. Otros dos, Mr. Bell.

Joe Bell, en cuyo bar estábamos sentados, aceptó el pedido de mala gana.

—Es muy temprano para agarrar una curda —se quejó, masticando una pastilla digestiva.

Según el negro reloj de caoba que había al otro lado de la barra, aún no era mediodía, y ya nos había servido tres rondas.

—Pero si es domingo, Mr. Bell. Los relojes van más lentos los domingos. Además, todavía no me he acostado —le dijo, y, más confidencialmente, me confesó—. Al menos para dormir —se sonrojó, y desvió la mirada con aire culpable. Por vez primera desde que la conocía, parecía sentir necesidad de justificarse—. Mira, tenía que hacerlo. Doc me quiere de verdad, sabes. Y yo le quiero a él. Es posible que a ti te haya parecido viejo y repulsivo. Pero no sabes lo dulce que es, la confianza que puede inspirarles a los pájaros y a los mocosos y a otras cosas frágiles. Cuando alguien te da su confianza, siempre te quedas en deuda con él. Siempre me he acordado de Doc en mis oraciones. ¡Y deja de burlarte, por favor! —me pidió, aplastando una colilla—. Suelo rezar mis oraciones.

—No me burlo. Sólo sonrío. Eres la persona más desconcertante del mundo.

—Supongo que sí —dijo, y su rostro, al que la luz de la mañana daba un aspecto macilento, castigado, se iluminó; se alisó el despeinado cabello, y sus variados colores brillaron como en un anuncio de champú—. Seguro que tengo un aspecto terrible. Pero lo mismo le hubiese ocurrido a cualquiera. Nos hemos pasado el resto de la noche caminando de un lado para otro en una estación de autobuses. Hasta el último minuto, Doc estaba convencido de que me iría con él. A pesar de que yo le estaba repitiendo todo el rato: Pero Doc, ya no tengo catorce años, y no soy Lulamae. Pero lo más terrible, y lo comprendí mientras estábamos esperando allí, es que lo soy. Todavía ando robando huevos de pava y corriendo entre zarzales. Con la diferencia de que ahora lo llamo tener la malea.

Joe Bell dejó desdeñosamente los nuevos martinis delante de nosotros.

—No se enamore nunca de ninguna criatura salvaje, Mr. Bell —le aconsejó Holly—. Esa fue la equivocación de Doc. Siempre se llevaba a su casa seres salvajes. Halcones con el ala rota. Otra vez trajo un lince rojo con una pata fracturada. Pero no hay que entregarles el corazón a los seres salvajes: cuanto más se lo entregas, más fuertes se hacen. Hasta que se sienten lo suficientemente fuertes como para huir al bosque. O subirse volando a un árbol. Y luego a otro árbol más alto. Y luego al cielo. Así terminará usted, Mr. Bell, si se entrega a alguna criatura salvaje. Terminará con la mirada fija en el cielo.
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