Siempre me siento atraído por los lugares en donde he vivido, por las casas y los barrios. Por ejemplo, hay un edificio de roja piedra arenisca en la zona de






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—Cree que no la han seguido —me dijo Joe Bell cuando llegó con el recado de que Holly quería que me reuniese allí con ella lo antes posible, al cabo de media hora como máximo, cargado con—: Las joyas. La guitarra. Cepillo de dientes y todo eso. Y una botella de un brandy de hace cien años, dice que la encontrarás escondida en el fondo del cesto de la ropa sucia. Sí, ah, y el gato. Quiere el gato. Aunque, diablos —dijo—, no estoy muy seguro de que esté bien que la ayudemos. Habría que protegerla de sí misma. A mí me vienen ganas de decírselo a la poli. Podría volver al bar y darle unas cuantas copas, a lo mejor la emborracho lo suficiente como para que se quede.

A trompicones, subiendo y bajando a toda velocidad la escalera de incendios entre su apartamento y el mío, azotado por el viento y calado hasta los huesos (y también arañado hasta esos mismos huesos, porque al gato no le gustó la idea de la evacuación, sobre todo con un tiempo tan inclemente) me las arreglé para reunir con notable eficacia las pertenencias que Holly quería llevarse. Incluso encontré la medalla de San Cristóbal. Lo amontoné todo en el suelo de mi habitación hasta construir una conmovedora pirámide de sujetadores y zapatillas y fruslerías, que luego metí en la única maleta que Holly poseía. Introduje los montones de cosas que no cupieron allí en bolsas de papel de las de la tienda de comestibles. No se me ocurría cómo llevar el gato, hasta que decidí hundirlo en una funda de almohada.

No importa ahora el porqué, pero en una ocasión me recorrí a pie todo el camino que va desde Nueva Orleans hasta Nancy’s Landing (Mississippi), casi ochocientos kilómetros. Pues bien, aquello fue una nadería en comparación con el viaje hasta el bar de Joe Bell. La guitarra se llenó de lluvia, la lluvia ablandó las bolsas de papel, las bolsas se rompieron y se derramó el perfume por la acera y las perlas cayeron rodando en las alcantarillas, y todo eso mientras el viento me empujaba y el gato lanzaba arañazos y maullidos; pero lo peor de todo era que tenía muchísimo miedo: yo era tan cobarde como José; me parecía que aquellas calles batidas por la tempestad se encontraban infestadas de presencias invisibles que de un momento a otro me atraparían, me encarcelarían por estar ayudando a una delincuente.

—Llegas tarde, chico —dijo la delincuente—. ¿Has traído el brandy?

Y el gato, una vez en libertad, saltó y se instaló sobre su hombro, desde donde comenzó a balancear la cola como si se tratase de una batuta dirigiendo alguna rapsodia. También Holly parecía habitada por cierta melodía, airoso chumpachumpachum de bon voyage. Abrió la botella de brandy y me dijo:

—Tenía que haber formado parte de mi ajuar de novia. Mi idea era pegarle un trago en cada aniversario. Gracias a Dios, jamás llegué a comprarme el baúl donde meterlo todo. Mr. Bell, tres copas.

—Sólo harán falta dos —le dijo él—. No pienso beber por el éxito de esta locura.

Cuanto más trataba ella de camelarle («Ay, Mr. Bell. No todos los días desaparece la dama[10]. ¿Seguro que no quiere brindar por ella?»), de peor humor iba poniéndose él:

—No pienso participar en nada de esto. Si piensa irse al infierno, tendrá que hacerlo sin mi ayuda.

Una afirmación, por cierto, inexacta: pues al cabo de unos segundos de haberla pronunciado frenó delante del bar una limusina con chófer, y Holly, la primera que se fijó, dejó su copa en la barra y enarcó las cejas como si creyese que iba a apearse el fiscal del distrito en persona. Lo mismo me ocurrió a mí. Y cuando vi que Joe Bell se azoraba no tuve más remedio que pensar, Santo Dios, de modo que sí ha llamado a la policía. Hasta que, con las orejas al rojo, anunció:

—No os preocupéis. Sólo es uno de esos Cadillac de la Carey. Lo he alquilado yo. Para que la lleve al aeropuerto.

Nos dio la espalda y se puso a manipular uno de sus ramos.

—Tenga la amabilidad, querido Mr. Bell —le dijo Holly—. Vuélvase a mirarme.

El se negó a hacerlo. Sacó las flores del jarrón y se las tiró a Holly; pero falló el blanco, y se esparcieron por el suelo.

—Adiós —dijo Joe Bell; y, como si estuviera a punto de vomitar, se escabulló en dirección al retrete de caballeros.

Oímos correr el cerrojo.

El chófer de la Carey era un espécimen con mucho mundo que aceptó nuestro chapucero equipaje de la forma más cortés, y que mantuvo su expresión pétrea cuando, mientras la limusina se deslizaba hacia la parte alta de la ciudad bajo una lluvia no tan torrencial como antes, Holly se desnudó de la ropa de montar a caballo que aún no había tenido oportunidad de cambiarse, y logró ponerse con no pocas contorsiones un ajustado vestido negro. No dijimos nada: hablar nos habría conducido a discutir; y, por otro lado, Holly parecía demasiado preocupada como para sostener una conversación. Tarareó para sí, dio algunos tragos de brandy, estuvo acercándose una y otra vez a la ventanilla para mirar afuera, como si buscara unas señas; o, según acabé deduciendo, para llevarse una última impresión de unos escenarios que quería recordar. Pero no lo hacía por ninguna de esas dos cosas. Sino por esta otra:

—Pare aquí —le ordenó al chófer, y nos detuvimos junto a la acera de una calle del Harlem latino.

Un barrio salvaje, chillón, triste, adornado con las guirnaldas de grandes retratos de estrellas de cine y vírgenes. El viento barría los desperdicios, pieles de fruta y periódicos putrefactos, porque aún silbaba el viento, aunque la lluvia había amainado y se abrían estallidos de azul en el cielo.

Holly bajó del coche, llevándose consigo al gato. Acunándolo, le rascó la cabeza y preguntó:

—¿Qué te parece? Creo que éste es un lugar adecuado para alguien tan duro como tú. Cubos de basura. Ratas a porrillo. Montones de gatos con los que formar pandillas. Así que sal zumbando —dijo, y le dejó caer al suelo; y como él se negó a alejarse, y prefirió permanecer allí, con su cabeza de criminal vuelta hacia ella e interrogándola con sus amarillentos ojos de pirata, Holly dio una patada en el suelo—. ¡Te he dicho que te largues!

El gato se frotó contra su pierna.

—¡Te digo que te largues por ahí a tomar por…! —gritó Holly, y entró en el coche de un salto, cerró de un portazo y dijo—. Vámonos. Vámonos.

Me quedé pasmado.

—La verdad es que lo eres. Eres una mala puta.

Recorrimos toda una manzana antes de que contestase.

—Ya te lo había contado. Nos encontramos un día junto al río, y ya está. Los dos somos independientes. Nunca nos habíamos prometido nada. Nunca… —dijo, y se le quebró la voz, le dio un tic, y una blancura de inválida hizo presa de su rostro.

El coche había parado porque el semáforo estaba en rojo. Abrió de golpe la puerta y se puso a correr calle abajo. Yo corrí tras ella.

Pero el gato no estaba en la esquina donde le habían dejado. No había nadie, absolutamente nadie en toda la calle, aparte de un borracho que estaba meando y un par de monjas negras que apacentaban un rebaño de niños que cantaban dulcemente. Salieron más niños de algunos portales, y algunas mujeres se asomaron a sus ventanas para ver las carreras de Holly, que corría de un lado para otro gritando:

—Eh, gato. Oye, tú. ¿Dónde te has metido? Ven, gato.

Siguió así hasta que un chico con muchos granos en la cara se adelantó hacia ella con un viejo gato agarrado de los pelos del cuello:

—¿Quiere un gato bonito, señora? Se lo doy por un dólar.

La limusina nos había seguido. Por fin Holly me dejó que la llevara hacia el coche. Junto a la puerta todavía dudó; miró por encima de mi hombro, por encima del chico que seguía ofreciéndole su gato («Medio dólar. ¿Lo quiere por veinticinco centavos? Veinticinco centavos no es tanto»), hasta que se estremeció y tuvo que agarrarse a mi brazo para no caer.

—Joder. Eramos el uno del otro. Era mío.

Le dije que yo volvería a buscarlo.

—Y cuidaré de él. Te lo prometo.

Ella sonrió: aquella nueva sonrisa, apenas una muequecilla desprovista de alegría.

—Pero, ¿y yo? —dijo, susurró, y volvió a estremecerse—. Tengo mucho miedo, chico. Sí, por fin. Porque eso podría seguir así eternamente. Eso de no saber que una cosa es tuya hasta que la tiras. La malea no es nada. La mujer gorda tampoco. Eso otro, eso sí, tengo la boca tan reseca que sería incapaz de escupir aunque me fuera en ello la vida —subió al coche, se hundió en el asiento—. Disculpe, chófer. Vámonos.

DESAPARECE LA CHICA DE TOMATO. Y SE TEME QUE LA ACTRIZ COMPLICADA EN EL CASO DE LOS TRAFICANTES HAYA SIDO VÍCTIMA DE LA MAFIA. Sin embargo, pasado algún tiempo la prensa informó: APARECE EN RÍO LA PISTA DE LA ACTRIZ DESAPARECIDA. Las autoridades norteamericanas no hicieron, al parecer, ningún esfuerzo por recobrarla, y el caso fue perdiendo importancia hasta quedar reducido a alguna que otra mención en las columnas de cotilleo; como gran noticia, sólo resucitó una vez: por Navidad, pues Sally Tomato murió de un ataque cardíaco en Sing Sing. Transcurrieron los meses, todo un invierno, sin que me llegara ni una sola palabra de Holly. El propietario del edificio de piedra arenisca vendió las pertenencias que ella había abandonado: la cama de satén blanco, el tapiz, sus preciosos sillones góticos; un nuevo arrendatario alquiló el apartamento, se llamaba Quaintance Smith y reunía en sus fiestas un número de caballeros ruidosos tan elevado como Holly en sus mejores tiempos, pero en este caso Madame Spanella no puso objeciones, es más, idolatraba al jovencito, y le proporcionaba un filet mignon cada vez que aparecía con un ojo a la funerala. Pero en primavera llegó una postal: «Brasil resultó bestial, pero Buenos Aires es aún mejor. No es Tiffany’s, pero casi. Tengo pegado a la cadera a un “Señor” divino. ¿Amor? Creo que sí. En fin, busco algún lugar adonde irme a vivir (el Señor tiene esposa, y siete mocosos) y te daré la dirección en cuanto la sepa. Mille tendresses». Pero la dirección, suponiendo que llegase a haberla, jamás me fue remitida, lo cual me entristeció, tenía muchísimas cosas que decirle: vendí dos cuentos, leí que los Trawler habían presentado sendas demandas de divorcio, estaba a punto de mudarme a otro lugar porque la casa de piedra arenisca estaba embrujada. Pero, sobre todo, quería hablarle de su gato. Había cumplido mi promesa; le había encontrado. Me costó semanas de rondar, a la salida del trabajo, por todas aquellas calles del Harlem latino, y hubo muchas falsas alarmas: destellos de pelaje atigrado que, una vez inspeccionados detenidamente, no eran suyos. Pero un día, una fría tarde soleada de invierno, apareció. Flanqueado de macetas con flores y enmarcado por limpios visillos de encaje, le encontré sentado en la ventana de una habitación de aspecto caldeado: me pregunté cuál era su nombre, porque seguro que ahora ya lo tenía, seguro que había llegado a un sitio que podía considerar como su casa. Y, sea lo que sea, tanto si se trata de una choza africana como de cualquier otra cosa, confío en que también Holly la haya encontrado.

Notas

[1] Alusión a la columna del periodista Walter Winchell (1897-1972), a la que estaban abonados numerosos periódicos de la mayor parte de los Estados de EE.UU. (N. del T.)

[2] Margaret Sullavan (1911-1960) fue una actriz muy popular en los años treinta gracias a la originalidad de sus peinados voluminosos con suave flequillo. Su especialidad eran los papeles de joven inocente y romántica en películas lacrimógenas como Only Yesterday (Frank Borzage, 1933). También protagonizó The Shop around the Corner (Ernst Lubitsch, 1940). (N. del T.)

[3] Father Divine (1875-1965), predicador de raza negra que decía ser Dios, arrastró a las masas norteamericanas en los años treinta y cuarenta sobre todo. Sus seguidores formaban comunas, «Heavens» (Cielos). (N. del T.)

[4] Unity Mitford, fallecida en 1948, era hermana de la novelista Nancy Mitford e hija del barón de Redesdale; mientras Nancy satirizaba a su clase, la aristocracia inglesa, Unity se enamoraba de Hitler, y hasta parece que intentó suicidarse cuando el Führer la rechazó. Sus afinidades nazis eran compartidas por otra de las hermanas, Diana, que llegó a casarse con sir Oswald Mosley, fundador y principal dirigente del fascismo británico. (N. del T.)

[5] Víspera de la festividad de Todos los Santos, que los niños norteamericanos celebran rondando disfrazados las casas del vecindario, iluminándose con velas colocadas en el interior de calabazas vacías en las que practican unos orificios a modo de ojos y boca. (N. del T.)

[6] Población del estado de Nueva York que alberga el penal de Sing Sing. (N. del T.)

[7] Wendell L. Wilkie (1892-1944) fue un influyente político norteamericano, y rival republicano de Roosevelt en las elecciones presidenciales de 1940. (N. del T.)

[8] Un vestido diseñado por el modisto Mainbocher. (N. del T.)

[9] El Roseland era uno de los más populares salones de baile en la época del swing. Entre sus atracciones destacaba la presencia de las dance-hostess, señoritas que, a cambio de una módica cantidad, accedían a bailar con todo aquel que se lo propusiera. (N. del T.)

[10] El original contiene una referencia al título The Lady Vanishes (Alarma en el expreso), película dirigida por Alfred Hitchcock en 1938. (N. del T.)

TRUMAN CAPOTE es un periodista y escritor estadounidense nacido en Nueva Orleans el 30 de septiembre de 1924.

De nombre Truman Strekfus Persons, adoptaría el nombre del segundo marido de su madre, un cubano llamado Joe García Capote.

Pasa su infancia en granjas del sur de Estados Unidos, y en 1933 se traslada a Nueva York, en donde estudió en el Trinity School y en la St. John’s Academy. A los diecisiete años consigue un trabajo en la revista The New Yorker.

Con 21 años abandona la revista y publica un relato —Miriam— en la revista Mademoiselle, que le hace acreedor del Premio O’Henry. La crítica lo aplaude sin reservas y lo considera un discípulo de Poe. En 1948, a los 23 años, publica su primera novela, Otras voces, otros ámbitos, una de las primeras en las que se plantea de forma abierta el tema de la homosexualidad. Otras novelas suyas serían: El arpa de hierba (1951) y Se oyen las musas (1956), además de la famosa Desayuno en Tiffany’s (1958), que también sería adaptada al cine por Blake Edwards, con Audrey Hepburn en el papel de Holly Golightly.

En 1966 escribe A sangre fría que será su trabajo más celebrado. Con ella acuñaría el término non-fiction-novel, creando un referente para lo que luego sería el nuevo periodismo estadounidense. La novela, publicada tras cinco años de intensa investigación, cuenta el suceso real del asesinato de la familia Clutter, y es llevada al cine en 1967 por Richard Brooks. Del libro se venderían más de trescientos mil ejemplares, permaneciendo en la lista de los libros más vendidos de The New York Times durante treinta y siete semanas.

Escribió también para diversas revistas como The Atlantic Monthly, Harper’s Bazaar o The New Yorker, y más tarde se involucró en el cine y la comedia musical escribiendo guiones. Continuó su labor creativa, compaginándola con la escritura en revistas y periódicos, y posteriormente se dedicó a las entrevistas en la revista Play Boy y en televisión.

Fallece en Los Ángeles el 25 de agosto de 1984.
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