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(Publicado el 16 de junio del 2011 en Beatles Examiner)

NOWHERE BOY: LENNON ANTES QUE BEATLE

Por: Laura Salces
Antes de los gritos, de las fans y de las interminables giras de conciertos, los Beatles fueron adolescentes. 'Nowhere boy' narra la vida de un chico llamado John Lennon en busca de preguntas y respuestas.
Érase una vez un adolescente llamado John Lennon que vive en una familia un tanto desestructurada para estar hablando de Liverpool en 1955. Tal es el punto de partida de 'Nowhere Boy', el primer largometraje de Samantha Taylor-Wood, una videoartista y fotógrafa conocida por su aportación al movimiento britart, del que el excéntrico Damien Hirst también forma parte.
Recientemente llegada a las salas españolas la cinta cuenta los años de un adolescente Lennon, sus primeras relaciones y sus amistades, entre las que se encuentra un quinceañero llamado Paul McCartney con el que comparte una de sus pasiones, la música, y con el que forma parte del embrión de los Beatles, The Quarrymen.
No es un filme sobre los Beatles, de hecho el espectador no encontrará entre su banda sonora ninguna de sus canciones, sino más bien la historia de un adolescente que busca su propio camino y lo encuentra en la música del momento Jerry Lee Lewis, Elvis o Chuck Berry. El título de la cinta hace referencia a un diálogo entre Lennon y uno de sus profesores que le acusa de no tener ningún futuro ni rumbo fijo y donde el adolescente afirma "¿es ningún lado un lugar lleno de genios, señor? Porque probablemente pertenezca allí".
La ausencia de su madre, la evolución de todo adolescente en busca de su propio camino y el papel de una tía estricta dejan paso a un joven que encuentra en la música su camino, un camino que le llevará hasta los clubes de Hamburgo, punto de giro para el cuarteto que volvería a Liverpool convertido ya en todo un fenómeno de masas.
Dos años ha tardado en llegar la película a las carteleras españolas desde que fuera presentada de manera oficial en el Festival de Londres y coincide con noticias sobre una cinta de Brat Pitt sobre el de Liverpool y su grupo, que contaría con el beneplácito de su viuda, Yoko Ono. No habrá ningún dato biográfico desconocido hasta ahora sobre el personaje para fervor de sus incondicionales, dado que el grupo ha sido pasto hasta la fecha de todo tipo de biografías pero si una oportunidad para descubrir al Lennon más desconocido y en transformación antes de que los flashes y los micrófonos entraran de plano en su vida.
(Publicado en el 10 de junio del 2011)
PAUL McCARTNEY’S SOLO MUSIC CAREER

John Cherry
Desafortunadamente, no puedo recordar cuando se me dio la oportunidad de reseñar este libro … Fue a fines del año pasado o a inicios de este año. Cualquiera sea el caso, mis disculpas al autor y editor por la tardanza. Si vamos de frente al punto, creo que el autor de este libro grafica el tono que emplea en todo su obra en el prologo del libro cuando desperdicia tanto tiempo criticando a los críticos de su primer libro y luego se refiere a la película ‘Give My Regards to Broad Street’ como superficial. A mi en lo personal me encantó la película. John Cherry (el autor) parece muy superficial en su presentación de los hechos de la trayectoria solista de McCartney. No estoy del todo seguro de lo que estaba leyendo. Este libro no es una guía … ya que no hay un índice de canciones. Me parece que podría ser una biografía, pero hay tantas omisiones … ¡incluyendo títulos de canciones!
Varias veces en el libro, el autor emplea párrafos completos detallando una canción … pero falla al mencionar el título de la canción. “Mull Of Kintyre” es un ejemplo. El lector también se ve inmerso en la vida privada de Cherry ya que el autor menciona continuamente los eventos personales de su vida y como estos estuvieron relacionados con la música de McCartney. ¿Cuál es el objetivo de este libro?. Sea que tenga demasiada información o que la información no sea suficiente no lo encuentro. Para mayor información o para ordenar este libro pueden visitar Amazon.com. Si tengo que calificar este libro le daría 1 de 4 escarabajos.
(Publicado en Beatles-Freak's Reviews en junio del 2011)
NOWHERE BOY
Por: Celso Hoyo Arce

Título original: Nowhere Boy

Año: 2009

Duración: 98 min.

País: Reino Unido

Director: Sam Taylor Wood

Guión: Matt Greenhalgh

Música: Alison Goldfrapp & Will Gregory

Fotografía: Seamus McGarvey

Reparto: Aaron Johnson, Kristin Scott Thomas, Thomas Brodie-Sangster, Sam Bell, Anne-Marie Duff, David Morrissey, Ophelia Lovibond, Josh Bolt, Jack McElhone, Calum O'Toole, Ellie Jeffreys, Les Loveday

Productora: Aver Media / Ecosse Films / Film4 / Lipsync Productions / North West Vision / UK Film Council

Valoración: 4

El biográfico suele ser un género cinematográficamente abonado al lugar común. Resulta tarea casi imposible condensar en 100 minutos de largometraje la vida de una eminencia o de un personaje histórico relevante. De ahí que la mayoría de las veces este ejercicio acabe concretándose en una mera concatenación de las puntualidades insignes, por las que ha transcurrido la biografía del sujeto sometido a análisis. Es decir, a un somero repaso por el escaparate de esa figura, a una superficial recreación de los momentos más distinguidos en los que el fulgor de la celebridad ha ido cuajando su estrella o su ocaso. Por eso, quien esto escribe, siempre ha sido partidario de que semejante intención evocativa despejara la intentona de la totalidad. Entiendo que resulta mucho más interesante acotar la parte para significar la profundidad del todo: definir sólo un periodo puntual, un suceso, una circunstancia vital y, a través de ella, dar idea de la categoría, de las contradicciones, de las luces y de las oscuridades del personaje en cuestión.
Así, por ejemplo la excelente Capote, de Bernat Miller, suponía una brillantísima indagación en la figura del imprescindible autor de A Sangre Fría, cuando, de partida, el film no pretende la exposición de toda su existencia. Su aproximación a los hechos reales que sirvieron de inspiración al escritor en la

calculadísima elaboración de ese hito literario, de resultas, acababan (apoyados en la impresionante labor interpretativa del gran Philip Seymour Hoffman) dirimiendo un retrato apasionante del talento mordaz, elitista y opaco que paseaba el inigualable literato.
Por eso, conocida la proposición argumental del film que ahora nos ocupa, no ha de extrañarnos las serias expectativas creadas en torno a él. Nowhere Boy cumple esta centrada premisa. La película de la debutante Sam Taylor Wood se atreve a merodear por la juventud de uno de los iconos mediáticos más importante del siglo XX. Por la antesala de uno de los músicos indispensables de ese periodo, un creador absoluto cuya influencia no dejará de verse alumbrada durante todos los posteriores que dure la posterioridad: me estoy refiriendo a John Lennon, el problemático chico de Liverpool que se encargó de fundar The Beatles. La directora pretende acercarnos al ser humano, justo en los albores del personaje. Al joven John antes de ser John Lennon. Nowhere Boy intenta aproximarnos, por un lado, al comienzo de su inquietud musical y, por otro, a la incómoda biografía familiar con la que debió apechugar desde pequeño. Lennon tuvo una dificilísima infancia por causa del inestable carácter materno, por la ausencia de la figura paterna y por la decisión judicial que obligó, a la primera, a dejarlo a recaudo de su tía Mimí. La película se centra, especialmente, en la época en la que el joven intentó una reconciliación con su

madre y, por lo tanto, en los problemas que le supuso tanto la oposición de su tía como el contacto con aquella. Taylor Wood se somete, por tanto, a los imperativos convulsos y discutidores del melodrama familiar. Aunque en este caso sea con buena músico al fondo.
Sin embargo, el film estropea su loable propósito. El guión que le da soporte peca de inconsistencia, de tibieza y, sobre todo, de indefinición. Pese a partir de esa positiva acotación biográfica, la historia no se decanta jamás por apurar convenientemente ninguna de las dos líneas apuntadas en el párrafo anterior.

Como rastreo por las borrascosas relaciones familiares que no cesaron jamás de definir al artista –ahí están las magníficas canciones dedicadas a la memoria de su madre-, Nowhere Boy queda reducido a fotonovela postelera, raquítica y trivial. Los vaivenes afectivos están resueltos con una falta de tacto pasmosa, que ocasiona la escasa profundidad con la que está contemplada la inestabilidad del comportamiento de la madre. Y, desde luego, como entramado investigativo de su proeza artística, como aportación al germen de su posterior genialidad compositora y musical, el film es completamente ligero, tirando a nulo, nulito, nulero. El preciosismo fotográfico y escenográfico impuesto aplasta la observación desacomplejada y tortuosa que está exclamando el personaje central.
Descorazona constatar cómo se desperdicia la ocasión del oportuno criterio observador del ser humano que hubo una vez antes del genio La película exhibe siempre la bisoñez de su realizadora. En Nowhere Boy se exhibe constantemente la pelea insatisfactoria de dos líneas argumentales que se desarreglan la una a la otra. Es un film chirriado, con desajustes en la partitura, en la ejecución y en la megafonía. Lennon hubiera debido ser escuchado con otro coraje y con otra rabia. El interés de su contemplación se diluye como una música de fondo a la que va ignorando hasta el que la ha puesto. El de Liverpool no merecía la pulcra corrección de un relato familiar con disturbios de manual. Como periplo hacia su

dolor, a quines le admiramos, nos quedará siempre “Mother”. El artista, siempre, siempre, siempre, mucho mejor que quien pretende ser su voz.
(Publicado el 11 de junio del 2011 en SlithersMusicZine)
ROLLING STONED: ANDREW LOOG OLDHAM Y THE ROLLING STONES
Rolling Stoned.

Andrew Loog Oldham

Mondadori

432 Pg.
 

Hijo pillo y pródigo de la educación aristocrática, fascinado por la revolución cultural inglesa que empezó por la moda y deseoso de inventar lo mismo en el mundo de la música, conoció a unos chicos que tocaban rhythm & blues y durante seis años se dedicó a ellos: encerró a Jagger y a Richards para que compusieran sus propias canciones, les cambió el look, los apuntó hacia el pop y les inventó la leyenda. Después de cincuenta años, toneladas de drogas, infinidad de fiestas e instalado en Colombia, Andrew Loog Oldham publica sus memorias en castellano (Rolling Stoned, Mondadori) y lo cuenta todo: desde el primer minuto con los Stones hasta el último con Charly García.
Andrew Loog Oldham era un adolescente extraño. En poco tiempo habría muchos como él, pero en 1963 su visión era la de un pionero, sobre todo porque apenas tenía 17 años. Hijo de una enfermera madre soltera que se encargó de darle una educación aristocrática y cara, Andrew había crecido entre veranos en la Costa Azul – pagados por el novio de su mamá –, escuelas exigentes recargadas de homoerotismo – tal como cuenta la leyenda sobre los internados británicos – y una tempranísima obsesión por el mundo del espectáculo y la moda. La parte más extraña de la obsesión era que los personajes que Andrew más amaba no solían ser las estrellas: le llamaban profundamente la atención los productores, los managers, los compositores, los hombres que hacían andar ese mundo. “No tengo idea de por qué los productores y los managers me llamaban tanto la atención como las estrellas”, dice, desde su casa en Bogotá: hace tiempo que dejó Inglaterra.
No tenía mucha idea de qué hacía un productor o un manager; sabía que no eran los que cantaban ni los que actuaban, eso sí. Todo lo que sabía cuando era joven era que cada vez que veía la foto de un artista o un manager o un productor, todos se veían increíblemente bien y totalmente diferentes a los trabajadores ingleses entre los que yo crecía. Cuando tenía unos 9 años, vi una foto de Elizabeth Taylor, el productor Mike Todd, el cantante Eddie Fisher y la actriz Debbie Reynolds caminando orgullosamente por Ascot, la carrera de caballos tradicional de la clase alta. Hoy en día cualquiera con un sombrero extravagante y dinero puede ser invitado... ¿Pero entonces? ¿Actores, cantantes, productores? Y los dos hombres eran judíos, algo muy inusual. Yo quería entrar a ese mundo y no quería perder tiempo en la escuela para hacerlo.”
No lo perdió: a los 17 estaba en el corazón del Londres que cambiaría la historia, trabajando en Bazaar, la boutique de Mary Quant en King’s Road. “Bastante antes de que 1963 cambiara la cara de la música tal como la conocemos, Gran Bretaña ya tenía un motivo pop: la moda. Yo tomé esas libertades establecidas y las apliqué dentro de los límites del seguro mundo de la música, donde resultaban innovadoras”, escribe Andrew Loog Oldham en Rolling Stoned, su autobiografía recién editada en castellano, que compila en un solo volumen sus dos libros de memorias que fueron un éxito no bien despuntado el siglo, Stoned (1998) y 2Stoned (2001). ALO elige ese título porque, claro, poco después de dejar la boutique de Quant para convertirse en agente de prensa conoció al grupo que cambiaría su vida y la del mundo: los Rolling Stones.
ALO sería productor, manager, amigo, cómplice y devoto de la banda hasta su traumática partida, en 1967, cuando tenía apenas 23 años. Esos seis años de los Rolling Stones son conocidos como la primera época dorada, la que dio canciones como “Paint It, Black”, “Let’s Spend The Night Together”, “The Last Time”, “Ruby Tuesday”, “Under My Thumb”, “Mother’s Little Helper”, “As Tears Go By”, “I’m Free” y, por supuesto, “(I Can’t Get No) Satisfaction”. ALO fue el hombre que, famosamente, encerró a Jagger y Richards en una habitación durante casi todo un día para que compusieran su primera canción: con su inefable olfato, entendía que el grupo no iría a ninguna parte sin composiciones propias, que estaban muy bien el blues de Chicago y Chuck Berry, pero que el mundo iba hacia Lennon-McCartney y ellos debían moverse en esa dirección.


Rolling Stoned es un gran libro porque no es solamente la biografía del genial manager adolescente con sus chicos de clase trabajadora que se hicieron estrellas forajidas; es el retrato de un cambio de época y de esos años ’60 dorados. Y la mirada de ALO es bastante diferente a las habituales crónicas de época. En primer lugar, le da su lugar a la moda de una manera que pocos protagonistas lo hacen, entre otras cosas porque los rockers suelen negar la influencia de la moda por miedo a ser acusados de frívolos, de faltos de autenticidad. Una tara bastante reciente y asombrosamente traicionera: después de todo, hasta los Sex Pistols contaron con el diseño de Malcolm McLaren y Vivianne Westwood, y hoy mismo Keith Richards hace publicidades para Louis Vuitton. (El pop, en ese sentido, siempre ha sido mucho más honesto, desde Diana Ross hasta Lady Gaga.) En segundo lugar, y en el mismo sentido, rescata la crucial importancia de los artistas gays cuando todavía Stonewall quedaba muy lejos.
La homosexualidad era ilegal en Inglaterra”, recuerda ALO. “El show business y la marina eran las casas seguras naturales para ser gay, y nosotros no estábamos en la marina.” Si bien él mismo limita sus aventuras a los descubrimientos de la sexualidad adolescente en el internado, pone en primer plano a todo el resto de los homosexuales que construyeron la sociedad de los ’60: Joe Orton como el dramaturgo fuera de la ley que murió atacado por su amante con un martillo; los hermanos Reggie y Ronnie Kray, capos del crimen organizado en el East End durante toda la década; el compositor Lionel Bart, que escribió “Living Doll” para Cliff Richard y el tema de Desde Rusia con amor para James Bond; Brian Epstein, el atribulado manager de Los Beatles; Tony Richardson, uno de los pilares del Free Cinema; Francis Bacon y su amante, el ladronzuelo George Dyer; y desde Estados Unidos, Bob Crewe, el autor de “Can’t Get My Eyes Off You” y “Lady Marmalade”. Todos ellos le enseñaron la importancia de construir una imagen ambigua, para sí mismo y para sus muchachos.
Para los otros era difícil, pero Mick entiende perfectamente la ambigüedad. Como lo hace David Bowie. O James Dean. Es una ventaja. No tienen que vivir así, pero aumentan la capacidad de significar más cosas para más gente” . Y en tercer lugar, Oldham pone en primer plano la Nouvelle Vague y la cultura pop francesa como centrales para la construcción de la imagen de los británicos. “Yo iba seguido a Francia, Saint Tropez era mi lugar de escape. Y no me iba como rico, ¿eh? En aquellos años todavía era posible rebuscárselas por allí” . Escribe en Rolling Stoned: “Mendigar era parte de la acción: la mayoría dibujaba sus Picassos sobre el pavimento por el pan de cada día. Mi arte era el don de la charla, de modo que ensayaba una buena historia y luego comenzaba a mendigar”. Fue ese arte de charlar el que le consiguió su siguiente trabajo en Inglaterra y lo llevó a los Stones.
Los Años Dorados
A principios de 1963, ALO trabajaba como agente de prensa independiente. Básicamente se ocupaba de conseguirles notas a artistas sin que ninguno fuera un cliente fijo, y así trabajó para Bob Dylan, Sam Cooke, Los Beatles y Phil Spector. Pero en un show de TV vio a Los Beatles y conoció a Epstein; y ese mismo año asistió a la química entre Albert Grossman y Bob Dylan. ALO decidió que él también quería tener un artista, pero había muchos hombres de la industria discográfica y jóvenes ambiciosos a la caza de otros Beatles por Londres.

ALO tuvo suerte un domingo a la tardecita, a principios de abril de 1963. Fue hasta una sala detrás del Station Hotel, en Richmond, a ver una banda recomendada, que entonces se llamaban The Rollin’ Stones. Quedó shockeado. El grupo tocaba rhythm & blues, estilo que ALO apenas conocía, pero no importó. “Nunca había visto algo como eso”, escribe en Rolling Stoned. “El grupo se me vino encima. Todas mis preparaciones, ambiciones y deseos habían encontrado su propósito. Estaba enamorado. Vi y escuché aquello para lo cual mi vida había sido hecha. No puedo ser inteligente y experimentado, sutil u oblicuo acerca de esto. Estamos hablando de Mick Jagger, uno de los tres artistas del espectáculo más competentes del siglo XX y del grupo que desafió al tiempo, a todas las apuestas y a la mayoría de las drogas, cerrando el siglo como la banda de rock & roll más grande del mundo” .
Claro que entonces ninguno sabía qué le deparaba el futuro. Lo más importante era que el grupo consiguiera un contrato. ALO hizo eso por ellos, y bastante más. Les explicó que no debían vestirse uniformados, que bastaba con despeinarse un poco y usar la ropa que usaban: su estilo era innato. El grupo era demasiado bluesero, demasiado purista: ALO les hizo entender el pop, sumarlo a su sensibilidad. “La verdad es que todos eran fans del pop en el closet – cuenta en charla con Radar –. Salvo Charlie. No entendían bien qué canción podía ser un hit. Pero aprendieron rápido” . Otra decisión, que lo hizo pasar a la historia como un jovencito cruel y frívolo, fue “echar” al pianista Ian Stewart de la banda. “Stu” era mayor, no era atractivo, y ALO no creía en los grupos de seis personas. Pero hoy insiste en que si bien él sugirió separar a Stu de la banda, ninguno de sus compañeros saltó para defenderlo.
Era conveniente en el momento culpar a Andrew. Es natural. Por un lado éramos muy jóvenes y por el otro, eso es lo que los managers hacen. Estoy seguro de que se sintieron culpables. Pero Stu se quedó con ellos y siguió tocando con los Stones hasta el día en que murió. Yo sigo siendo muy amigo de su mujer. Ella trabajaba conmigo. Y Ian sabía cómo habían sido las cosas”

A quien Stu en serio no quería era a Brian Jones. Y nadie lo quería. El retrato que hace ALO en Rolling Stoned es espeluznante. Un joven tanático, cruel, viejo antes de tiempo; el primer manager no cree que tuviera talento alguno para componer, además. “En carne y hueso, Brian fue una de las primeras personas que conocí que estaba realmente muerta en vida. Puedo recordar sus ojos, buscaban algo que no le deseo a nadie, algo que ni siquiera Anne Rice imaginó... Era como si hubiera tenido nueve vidas, como un gato, y hubiera sido enviado por error de vuelta a la número diez” . ALO ya había visto algo de esto cuando tomó la otra célebre decisión: la de encerrar a los Stones en una habitación para que escribieran un tema. Poco antes, gracias a su anterior relación con ellos, había conseguido que Lennon y McCartney escribieran para los Stones “I Wanna Be Your Man”, uno de los primeros hits de la banda. Pero nadie quería ese destino de cantar canciones ajenas. En Rolling Stoned cuenta ese legendario momento:
Una noche les dije a Mick y a Keith que me iba a comer a lo de mamá, que los dejaba encerrados en el departamento. Vivíamos los tres juntos. Y les dije que a mi regreso esperaba que tuvieran una canción, y que era mejor que la tuvieran si esperaban algo de comida”. Lo hicieron. Aquella no fue una gran canción – ALO ni siquiera la menciona –, pero desde entonces Jagger-Richards no se detuvieron. “La gente dice que yo hice a los Stones”, dice. “No es cierto. Ya estaban allí. Me limité a sacar lo peor de ellos” . En Rolling Stoned, ALO reconoce que como productor musical no hacía demasiado: daba opiniones que eran respetadas, intuía el mejor material, pero los responsables de los discos eran los propios Stones y Jack Nitzsche.
Nunca fui director o maestro de voz de Mick. El se encontró a sí mismo, se metió en el personaje. Yo le recordaba las posibilidades. Keith era el conductor, el recaudador; era una maravilla verlo... Tiempo después, Allen Klein me preguntó: ‘Andrew, ¿Quién hace los discos?’. Sin dudar le contesté: ‘Los hace Keith’.” ¿Y qué hacía ALO? El pensaba en la banda como estilo de vida, él promovía la idea de ‘el grupo que a los padres les encanta odiar’, él llamaba a los diarios y sugería ‘¿Dejaría que su hija se fuera con un Rolling Stone?’; él los cuidaba y hasta les pegaba a los periodistas que hablaban mal de sus muchachos, acompañado de Reg, su chofer, un matón gay apodado ‘El Carnicero’. Conseguía las fechas, peleaba los shows, intentaba los mejores contratos, les presentaba a Sinatra y a Spector. El, en fin, les escribía la leyenda.
Hacia 1964, además, tenía su propia orquesta: la Andrew Loog Oldham Orchestra. El disco que editó en 1966 incluía una versión de “The Last Time” de los Stones, cuyas cuerdas usaría The Verve en los años ’90 para la canción “Bittersweet Symphony”, préstamo inocente que acabó en juicio y créditos para los implacables Stones y Allen Klein. En el invierno de 1967 se desató el lado oscuro: Mick y Keith fueron detenidos después de una redada en la casa de Keith, en Redlands; poco después cayó Brian y la caza de brujas se extendió. Inglaterra reaccionaba contra los jóvenes forajidos. ALO tenía 23 años. Tuvo miedo, supo que estaba en la mira de las autoridades y se fue a Estados Unidos. Los Stones se sintieron abandonados, sin el amigo y manager que hablara por ellos para la prensa, mientras esperaban el juicio y eran filmados esposados antes de ir al calabozo. No se lo perdonaron y durante la grabación de Their Satanic Majesties Request lo ignoraron, se burlaron de él, le dieron a entender que estaba fuera. ALO renunció por teléfono.


P: ¿Hoy piensas que hubieras hecho algo diferente? Quedarte en Inglaterra, con ellos, durante la persecución...
ALO: No, no me arrepiento de nada. Para nada. Tenía 23 años. Si me hubiera quedado, me habría muerto. Y era el momento de irme, después lo vi claro. No estaba preparado para continuar con la banda, no tenía la experiencia que era necesaria para arreglar su situación financiera, ni lo que hacía falta para transformarlos de una banda instigadora e inspiradora en una marca de entretenimiento de larga duración.


P: En el libro reconoces que tuviste una crisis después de dejar a la banda, y que te costó mucho tiempo superarlo. ¿Por qué es tan traumático salir de la órbita de los Stones?
ALO: Yo estuve ahí desde el principio. Me costó mucho reponerme, sí. No fue como las otras bajas de la banda: fue como un primer matrimonio con todo el dolor que implica que deje de funcionar. Los otros, Jimmy Miller, Marshall Chess, Mick Taylor... vinieron cuando los Stones eran celebridades y querían esa vida mágica. Muchos fueron eyectados; yo no. Keith es muy hábil para saber quiénes son los débiles y ni él ni Mick soportan a los estúpidos. Salvo cuando ellos mismos se comportan como estúpidos.
Stones y Después
ALO fue productor de Small Faces, de The Poets, de Donovan; fue uno de los organizadores de Monterrey Pop, el gran festival anterior a Woodstock y Altamont. Produjo varios otros éxitos. Pero, ¿Cómo superarse cuando uno ha sido el que descubrió a los Stones? Además, durante años, arrastró depresiones y adicciones, todas gráfica y brutalmente expuestas en su autobiografía: las tóxicas fiestas en casa de John Philips de The Mamas & The Papas, las sobredosis, los tratamientos de electroshock, las noches cuidando a Marianne Faithfull, golpeada por alguno de sus violentos novios. La reinvención costó mucho, pero llegó. En los años ’80 se casó con una modelo colombiana y se mudó a Bogotá. La leyenda de que el hombre que descubrió a los Stones estaba en América latina llegó al país más Stone del continente, y Los Ratones Paranoicos contrataron a ALO para los discos Fieras lunáticas (1991) y Hecho en Memphis (1993). Ahí hay canciones como “Cowboy”, “Ya morí”, “Rock del pedazo” o “Vicio”; el sonido que ALO les ayudó a encontrar era el soñado. Por esa misma época, ALO comenzó a pensar en su libro:
Empecé a llevar diarios en 1993. Diarios sobre el pasado. Cuando me limpié, ya tenía la base para los libros. Todo lo que tenía que hacer era sacar la retórica drogona y toda la basura que la acompañaba. Mandé a alguien a hacer las entrevistas. La verdad es que era alguien que pensaba que podía escribir un libro sobre mí, y yo pensé que no. Después escribí de 1997 a 2000 cada día”.
Fue complicado: ALO sufre recaídas. Este año acaba de salir de una clínica de rehabilitación en Inglaterra, otra vez:
Cuando me limpié, elegí métodos alternativos. Me resistí a alcohólicos y narcóticos anónimos; yo quería ser más ‘inteligente’ que eso. Al final, todo ese camino me equipó para ser un budista o un cientólogo, no un adicto o un alcohólico. Me hice cargo de todo en enero de este año. Me interné en una clínica en Londres. Me ha tomado un tiempo larguísimo, es una enfermedad muy severa, pero la manera en que lo pensé en la clínica fue ‘Inglaterra me hizo, ahora puede rehacerme’. Estoy bromeando y siendo mortalmente serio al mismo tiempo. Es lo mejor que pude haber hecho. Lo recomiendo”.
No es su única enfermedad: hace años que lidia con depresiones, que en Rolling Stoned denomina un trastorno bipolar, aunque ahora mismo la etiqueta lo sulfura:
Es sólo bipolar cuando mi vida no está en orden. En general, ‘bipolar’ es una gran excusa para la profesión médica, ganan un montón de dinero prescribiendo drogas que nublan la mente, pero no hacen nada con la causa del problema. Por supuesto, yo me diagnostiqué a mí mismo. Pero cuando supe que muchos médicos estaban de acuerdo, decidí que no quería comprar todo lo que implicaba la bipolaridad. Míralo así: cuando estaba drogado, podía estar deprimido y en posición fetal por cuatro días; cuando estoy limpio, es una tarde cuanto mucho. No digo que no exista la bipolaridad, pero es sospechoso que últimamente se haya multiplicado”


Hace tres años, también, ALO se encontró con otro artista genial y otro adicto de fuste: Charly García. Le produjo el muy accidentado Kill Gil. Y fue complicado.
P: ¿Estás satisfecho con el disco?

ALO: No. Tuve que lidiar con toda la mierda de su compañía discográfica (EMI) y que él quisiera que echaran a su hijo, que estaba grabando un disco con ellos. Y con la estupidez de su ingeniero, que puso la grabación en Internet. Un juego de niños demente. Decir que era comportamiento de retardados es ofender a los retardados. El resultado fue que no me pagaban aunque, bueno, al final tuve el depósito... pero me lo busqué. No pude resistir la oportunidad de trabajar con un genio, yo fui el tonto porque pensé que podía parar su antinatural perversión, su deseo de autodestruirse. Pero me alegro de los momentos que tuvimos juntos cuando funcionó. Valió la pena el precio de admisión.
P: ¿Sabes que está en rehabilitación?
ALO: Sí. Desconfío mucho sobre esa rehabilitación. No lo vi en persona, pero para mi gusto está bastante vegetal. Una recuperación tipo Brian Wilson. Las drogas matan; también puede matar la medicación que se supone debe recuperarte. Pero yo sólo puedo hablar por mí mismo. El era un talento increíble. Tan grande como al menos dos de Los Beatles. No está mal para un solo tipo. Sólo espero que cada día esté diciendo: “Soy Charly, soy un adicto y un alcohólico”. Por supuesto le deseo lo mejor, pero no parece que esté listo para hacer stand up todavía.


Mientras tanto, ALO prepara el que, cree, será su último disco, The Andrew Loog Oldham Orchestra & Friends Play The Rolling Stones Songbook Vol. 2. El Vol. 1 se editó en 1966 y recién ahora el productor se siente capaz de volver al estudio.
Esta segunda parte fue inspirada por una película. Vi Children of Men y había una gran versión de Franco Battiato de ‘Ruby Tuesday’. No sé por qué, pero ese uso de la canción me inspiró a hacer el Vol. 2”. Pablo Memi de los Ratones Paranoicos estará en el disco; también Gruff Rhys de Super Furry Animals y el guitarrista de jazz fusion Gary Lucas. Y todos los días, desde la oficina de su casa en Bogotá, pasa música en la radio. Trabaja para Steve van Zandt, el legendario guitarrista de la E Street Band de Bruce Springsteen. Tres horas cada día de semana y cuatro los sábados y domingos elige canciones para el show Little Steven’s Underground Garage, en Sirius XM21. Su trabajo ideal, que además lo mantiene asombrosamente actualizado. “Ojala mi madre hubiera vivido lo suficiente para verme hacer esto. Hubiera suspirado de alivio y dicho: ‘Al fin un trabajo de verdad’”
P: ¿Alguno de los Stones leyó tu libro?
ALO: Keith. Me llamó para decírmelo. Nunca voy a dejar de estar en contacto con Keith. Ni siquiera necesitamos palabras: nuestra relación no ha cambiado.


P: ¿Y leíste su libro de memorias, Vida?
ALO: La verdad es que leí partes. ¡Son 950 páginas! Quizá la próxima Navidad.
(Reseña proporcionada por Beatriz Deluca de La Plata, Argentina)

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