Veinte días en el mundo de los muertos






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Veinte días en el mundo de los muertos
Jorge Adoum (Mago Jefa)
Prólogo para la primera edición en español

PRIVADO

El Dr. Jorge Elias Adoum (MAGO JEFA) falleció el 4 de mayo de 1958, antes de concluir este libro, legándonos su mensaje sólo hasta el decimocuarto día. Es más, sintiendo cercana su muerte, escribió de prisa, consignando apenas apuntes algo desordenados de sus experiencias, mezcladas con ideas y re­cuerdos que usaría posteriormente. Por evidencias incon­trovertibles, apenas los releyó fragmentariamente, si es que llegó a hacerlo, porque el tiempo le venía estrecho. De esta manera, no ordenó sus pensamientos, ni desarrolló literariamente sus ideas y, como lo hizo con todos sus libros anteriores, empleó, en sus apuntes, conceptos extremadamente lacónicos. Así, por ejemplo, cuando en algún momento se limita a decir «¿veía?», no estaba poniendo en duda la certeza de su testimonio, sino la posibilidad de hacerlo sin sus ojos físicos, que estaban ce­rrados, durmiendo. Sus notas manuscritas están llenas de recuadros encerrando párrafos enteros, con evidente intención de volver a escribirlos o reubicarlos en el texto. Donde es más elocuente lo provisional de sus apuntes, es en las notas al margen, escritas en árabe —su lengua materna— con orienta­ciones futuras para sí mismo que, en su mayoría, dicen algo semejante a «recordar mejor» y «pensar más», por cuanto no escribió mientras los hechos tenían lugar, sino con posteriori­dad, lo que le obligaba a consignar referencias bastante desordenadas y no concatenadas. Finalmente, en otro momen­to, deseó dar denominaciones a los capítulos —desde él Segundo en adelante— y dejó espacios en blanco, con la evidente inten­ción de agregar, más tarde, ciertas experiencias sobre las que quiso meditar cuidadosamente, antes de escribirlas, pero jamás alcanzó a hacer esto.

La primera edición —póstuma— de este libro, la hizo en portugués su más abnegado, leal, dedicado y ferviente discípulo, señor don Paulo de Paula, presidente de la Comisión Divulgadora de las Obras de Jorge Adoum, con sede en Santos Dumont, Minas Gerais, Brasil, quien hizo una traducción al
portugués, absolutamente literal y fidedigna, de esos apuntes, aunque ignorando completamente las anotaciones al margen... Señaló expresamente en el prefacio: «Se aclara también que tradujimos este libro del español, siguiendo enteramente el estilo del autor, que lo escribió sin la preocupación de pulir sus pensamientos y frases».

En oportunidad de su primera publicación en español, por intermedio de editorial KIER de Buenos Aires, Argentina, he releído los apuntes del Mago JEFA y me he sentido obligado a retomar mi tarea de la adolescencia, de ordenar, corregir y mecanografiar sus manuscritos, ya que nuestro padre confiaba más en nuestro conocimiento del idioma español que en el suyo propio y, por otro lado, porque siempre fue poco hábil para usar la máquina de escribir. Al respecto, puedo narrar un aspecto gracioso de sus hábitos: es la única persona que yo he conocido, que, a diferencia de algunos reporteros y escritores, quienes usan sus dos dedos índices para golpear las teclas, el Dr. Jorge Adoum escribía a máquina con un solo dedo: el índice derecho, cazando las letras. Por eso, le llevaba un tiempo interminable redactar unas pocas líneas. De ahí que nuestro hermano mayor, Jorge Enrique, hizo la trascripción dactilográfica de «Adonay» y «Poderes» y, cuando él debió viajar a Santiago, Chile, yo pasé a ser el encargado del «editing» de los siguientes libros que escribió mientras vivía en Ecuador.

Al asumir esta delicada responsabilidad, procedí, como en­tonces, a hacer ajustes de expresión y desarrollo de las ideas, con la diferencia, lamentable por cierto, de que ahora ya no pude discutir con el autor las frases que había que aclarar, reubicar, suprimir o añadir, como lo hacía entonces. Por ello, he respetado rigurosamente, con toda fidelidad, sus ideas, ordenándolas según sus propias insinuaciones escritas y cambiando única­mente, por sinónimos, palabras aisladas. A estos efectos, he debido dejar repetidos ciertos párrafos que el Dr. Adoum no recordó que ya los había escrito antes, de suerte que yo agregué simplemente "como ya he dicho"; tan sólo he hecho una lige­rísima modificación, que no altera en absoluto el contenido del libro, la misma que, estoy seguro, él habría autorizado, si hubiera sobrevivido para conocer ciertos acontecimientos que tuvieron lugar después de su muerte.

Handel O. Adoum A.

Enero 1997

Historia de este libro

En un día agradable, a fines de abril de 1957, en Río de Janeiro, después de mi regreso desde la Argentina, me encontré en la calle con una querida amiga, a quien invité a almorzar en un restaurante árabe de la calle Senhor dos Passos. El ambien­te, el día, la comida, nos fueron muy gratos y me sentía contento. Al terminar el almuerzo la invité al cine, para que pasáramos un par de horas distraídos, sin pensar en nada importante. La película, intrascendente, estaba cumpliendo el propósito cuando, a las 15.40 exactamente, momentos antes de que ter­minara la función, sentí un malestar general de todo el cuerpo, mareos y dolor de cabeza. Percibí que mi pierna y brazo derechos se movían sin control, balanceándose de izquierda a derecha y, por último, lo más grave, había enceguecido. No veía nada; absolutamente nada...

Hice un esfuerzo y miré —mejor dicho— moví la cabeza de un lado a otro y sólo veía tinieblas. En el cine, sabía yo, había una luz roja sobre la puerta de escape y la busqué, angustiado. Allí estaba, pero yo la veía como a través de gafas sin transpa­rencia, totalmente opacas, que tuvieran una hendija de un centímetro de alto y un milímetro de espesor. La luz se me manifestaba como si fuese de tres colores: blanca, roja y amarilla.

Traté de que mi amiga no percibiera lo que me estaba pa­sando, para no asustarla, pero evidentemente, ella se dio cuenta de que algo anormal me acontecía y preguntó:

—¿Le pasa algo, doctor Jorge?

—No me siento bien.

—Es mejor que salgamos, entonces.

—Bueno, pero será necesario tomar un taxi, porque creo que tendré dificultad para caminar.

—Voy en seguida a buscarlo. Espéreme aquí, que ya vuelvo.

Ella salió y yo permanecí inventando métodos para reponer­me.

Dos minutos más tarde terminó la función y la gente comen­zó a salir de la sala, mientras yo recuperaba paulatinamente la vista. Fue entonces cuando advertí cómo mi pie derecho se comportaba a la manera de un metrónomo. Lo mismo acontecía con mi mano derecha. Luego de otros dos minutos pude levan-

tarme e intenté salir a buscar a mi amiga, pero, sin que yo la hubiera visto, ella había regresado y ya estaba a mi lado.

Me ayudó a llegar hasta el taxi, que nos esperaba en la puerta. Ella dio la dirección de su casa y no podía hacer otra cosa, porque sabía que yo era como el Hijo del Hombre, que no tiene dónde reposar su cabeza.

Llegados a su casa, me condujo a un dormitorio muy con­fortable, claro y ventilado. Me ayudó a acostarme sobre el mullido colchón; de inmediato llamó a un médico conocido suyo y mientras llegaba, preparó una cocción de hierbas medicinales que me dio a beber.

Mientras tanto, yo permanecía en un estado tan extraño que ahora se me hace especialmente difícil describirlo, porque estoy seguro de que el mero hecho de contarlo podría hacer reír y provocar las burlas del lector. Cuando cerraba los ojos, me encontraba en otro mundo, en otro estado físico: entre tanta gente que veía, reconocí a personas que habían muerto hacía varios años. Me encontraba compartiendo su vida; ellos me hablaban y yo les respondía, mas, cuando abría los ojos, volvía al mundo presente, a la habitación donde me hallaba.

Llegó el médico, una persona madura. Me preguntó, me examinó con sus instrumentos, con sus dedos. Me hizo una autotransfusión de sangre, me recetó, cobró y ofreció volver a la mañana siguiente. Y volvió varias mañanas, en las cuales yo pasé literalmente por una docena de diagnósticos y, mientras tanto, al cerrar los ojos, me veía entre los muertos que viven y, al abrirlos, me encontraba entre los vivos que mueren.

Varías veces aconteció que, en el momento en que yo con­versaba con un ser del «más allá», la señora de la casa me preguntaba algo y mi contestación resultaba incoherente y tonta, como por ejemplo:

—¿Le pareció bien el almuerzo? —averiguó mi amiga.

—No lo sé todavía —respondí al abrir los ojos; pero mi contestación no estaba dirigida a ella, sino a otra amiga, muerta hacía muchos años, que me había preguntado: «¿Te agrada estar con nosotros?»

Pero, para qué estoy adelantando el relato de los sucesos, ¡si todo debe llegar a su debido tiempo!

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Capítulo Primero

El Primer Día. El Desprendimiento

El mismo día en el que se presentó mi malestar, a las nueve de la noche, mi amiga me deseó buenas noches, apagó la luz y cerró la puerta tras de sí.

Yo estaba acostado de espaldas, pero tenía la cabeza alta, reposando sobre tres almohadas.

Me sentía cansado de una manera diferente a todo cansancio físico. Si cerraba los ojos para meditar, experimentaba un ansia rara y vehemente deseo de librarme de mi cuerpo, como si éste fuera una carga pesada.

En ese trance, con un definido sentimiento de que estaba al borde de la muerte, reflexioné y percibí que yo no sentía apego a la vida y que, mientras lo común era que todos se aferraran a ella, para mí, en esos momentos, era como si ya hubiese vivido mil años, llevando un enorme fardo, en búsqueda de un propósito que no pude conseguir y, lo peor, ya no tenía espe­ranzas de alcanzar.

Haciendo el lógico balance propio de esas circunstancias, sólo llegué a la conclusión de que mi vida había sido totalmente inútil y, yo mismo, un ser insignificante. Fue ella, mi vida, como una falsa alarma, que se vería bien representada en el refrán árabe que dice: «Oigo el ruido del molino, pero no veo la harina». Siempre busqué la superación en todo, mas en nada sobresalí. No podía culpar a nada ni a nadie y eso tornaba más dolorosa aún esa inutilidad e insignificancia. Siempre actué sabiendo que era mi obligación dar mucho al mundo y, ahora, sólo podía inferir que lo había defraudado. Sin disponer ya de tiempo, lo único que tenía sentido era morir...

En forma violenta fui sacado de esa meditación, por lo más extraño e imposible que yo haya jamás sentido o visto, al extremo de que sólo podía explicármelo a mí mismo con la pregunta: ¿Será esto la muerte? De no serlo, entonces es el principio de la locura. Pero, ¿Es que la locura tiene esta lucidez?

Seguramente, el lector a quien interese este relato deseará saber qué es lo que sucedía, pero me cuesta mucho esfuerzo

describirlo, por lo raro, insólito e increíble. Trataré de hacerlo mediante una narración lo más detallada posible.

Estaba yo parado al pie de la cama, contemplando mi cuerpo tendido sobre la espalda, con la cabeza algo levantada, apoyada sobre las almohadas. Así me vi, así sentí, de una manera muy precisa. No era, como en los sueños, una imagen irreal, sino como si se hubiese producido una duplicación material de mi ser. Tenía plena conciencia de lo objetivo del hecho y traté de analizar esta situación rara y extravagante, la misma que se complicó más aún cuando me percaté de que, aunque no había luz en la habitación, yo veía todo —hasta el mínimo detalle— de una manera desconocida, porque todos los objetos estaban rodeados de una aureola luminosa de diferentes colores.

Al principio, estuve más preocupado por no comprender cómo podía yo ver mi cuerpo tendido en la cama, emanando luz y, simultáneamente, estar de pie junto a él; pero luego, cuando la primera sorpresa pasó, reparé —como dije— en que todo emitía luz de diferentes colores e intensidades. Los árboles del parque que se veían por la ventana, irradiaban tonos cenicientos y claros. Todo emitía luz, hasta el mármol de la mesa, aunque la de ésta era más tenue y opaca.

Entonces comprendí que todo tiene vida, la cual se mani­fiesta a través de un aura que emana de su interior.

Súbitamente sentí un fuerte deseo de regresar a mi cuerpo. Era una atracción irresistible e incontrolable, aunque yo nada sabía hacer para conseguirlo; pero sin que pudiera explicar cómo, de pronto estuve en él, afectado por un tremendo dolor de cabeza. La bolsa de hielo, que me habían colocado en la frente, había resbalado hasta el hombro.

No tengo la menor idea de cuánto tiempo había transcurri­do...

«¡Qué puede haberme pasado!» me pregunté. «Debo estar muy enfermo, para tener estas alucinaciones. Bueno, —acepté— ha llegado el momento de devolver, al barro de donde procede, este pobre cuerpo que ya vivió suficiente y que tanto soportó en la presente vida. Sí, sí; así tiene que ser...»

Otra vez he salido del cuerpo. «Seguramente este estado debe

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ser el preludio de la muerte o es el resultado de estudiar tantos libros de esplritualismo», reflexioné, recordando a Don Quijote. Pero ya no estaba tan sorprendido como en la primera ocasión y pude contemplar con curiosidad y extasiado, mi cuerpo, el cuarto, los muebles y, por primera vez, me vino la sensación de que yo no era aquél que estaba acostado en la cama. El seguía tendido, con la cabeza levantada, pero ahora era transparente, acribillado por miles de agujeros que dejaban ver los órganos internos funcionando muy lentamente. Envolviendo esa masa transparente había otra mucho más sutil, que se asemejaba a una lamparilla eléctrica inmersa en una densa neblina.

Y acudía la misma pregunta: «¿Será esto la muerte?». «No creo, porque rae siento vivo, aunque esté fuera de mi cuerpo». Entonces me percaté de la verdad que encerraba aquello que, hace años, había leído en libros de ocultismo, sobre la existencia de varios vehículos o cuerpos que tiene el hombre, además del físico. Después de razonar sobre el hecho, concluí que el cuerpo físico es como la bujía; el cuerpo luminoso, llamado astral, es como la llama que la enciende, y la mente o cuerpo mental es como la luz que emite.

Pero, ¡por qué estoy sacando ya conclusiones si lo que tengo que escribir, en este momento, es un relato y no un tratado de metafísica o una obra sobre ocultismo!

Mi cuerpo me llamaba mucho la atención, pero más me intrigaba cómo estaba yo fuera de él. ¿En qué estado me en­contraba? ¿Soñaba? No obstante, estaba en mis perfectos cabales. Veía con la objetividad de quien está en vigilia; razo­naba y argumentaba conmigo mismo; mas no sentía como si fuera una sola persona, sino como un conjunto de seres que, al mismo tiempo, estaban unidos y separados. Evidentemente, mi estado era anormal, más aun si experimentaba un gran bienestar y me sentía feliz por hallarme en un proceso de descubrir la dulzura del dolor, el encanto del sufrimiento y la amargura de la alegría. ¿Puede describirse de alguna manera esa sensación que tenía, donde el dolor y el placer se mezclaban, sin poder separarlos?.

Me hallaba inmerso en dulce calma, que podría extenderse por una eternidad. Fue entonces cuando inclusive creí percibir que esa calma estaba envuelta en una música incomparable­mente más bella que cualquier otra que hubiese oído alguna vez. En ese momento pensé en los ascetas, los budistas y los

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morfinómanos: tanto los unos como los otros se embriagan por la feo por el opio. Los primeros se elevan en sus ensueños, más allá de la naturaleza, y los otros, a su vez, descienden a lo más bajo de sus elementos.

Todo hablaba a mi alrededor, con su brillo propio; todo emitía sonido y color distintos, en armonía con los demás.

¿Veía u oía yo? No sé qué contestar. Las palabras ver y oír son empleadas aquí para la comprensión de percepciones; mas no era ver y oír lo que experimentaba. ¿Qué era, entonces? No lo sé. Lo único que puedo agregar es que me sentía más ágil, más sensible. Mi voluntad me guiaba sin alteración y conservaba mi juicio intacto.

Al final, llegué a convencerme de que mi estado era anormal y concluí que, si esto no era la muerte, sólo podía ser su preludio.

Por primera vez me alejé del sitio donde reposaba acostado mi cuerpo y me desplacé hacia el dormitorio de mi amiga. ¿Cómo llegué allá?, ¿caminando? No lo creo. No caminé, pero allí estaba. Mi pudor me hizo pensar: «¿No tienes vergüenza de entrar en el cuarto de una mujer, sin llamar a la puerta? Caramba, los pacientes con mi enfermedad pierden los escrúpulos». Lo que vi me retrajo de esos pensamientos y me alarmé de nuevo ante la gravedad de lo que me estaba pasando. ¡Cómo era posible esto!, ¡Mi amiga se encontraba sentada junto a su cuerpo y hasta la vi pensar! Estaba rodeada de una aureola luminosa, manchada por algunas nubes de varios colores. La aureola en tomo a su cabeza era grande, mas no de color definido o nítido. Se me ocurrió tratar de ver lo que pensaba y lo conseguí: mi amiga estaba haciendo cálculos y ansiaba varias cosas a la vez. Deseaba invertir en inmuebles, buscando grandes lucros; viajar mucho, comprar vestidos y joyas; poseer propiedades, todo esto en una forma atropellada y confusa. Súbitamente se detuvo y se acordó de mí y, de inmediato, entró en su cuerpo, se levantó, caminó descalza hasta mi habitación y se detuvo ante mi cuer­po, contemplándolo. De su cabeza, en especial, y de su cuerpo, en general, emanaban luces coloreadas, en tonos confusos. Entonces yo no comprendía el lenguaje de las luces, pero ahora, cuando escribo esto, ya puedo descifrarlo: de su cabeza ema­naba un color amarillo verdoso que expresa simpatía; luego cambió a rosado claro, que denota ternura. Al verme dormido, retrocedió con cautela y volvió a acostarse en su cama.

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Mientras esto sucedía, aprendí que habito en dos cuerpos: un cuerpo denso, que lo veo dormido ante mí y otro al que sigo adherido. El segundo cuerpo de mi amiga no era muy diferente del otro físico, sino que estaba rodeado por un aura de colores brillantes y era de una naturaleza muy sutil, vaporosa y fina. También comprendí que éste es una especie de vehículo, un puente o un medio de transporte entre el cerebro físico y la mente; que actúa en un medio más diáfano y sutil, al cual podría denominarse el Cerebro de la Mente o Cuerpo Mental.

En verdad, este cuerpo luminoso sólo difería del físico porque estaba rodeado de aquella aura de colores centelleantes y com­puesto de materia mucho más fina y sutil. Más tarde supe que es el que transporta los sentimientos, pasiones y deseos, según se explicará después. Es también el puente que une el cerebro a la mente.

Mi cuerpo físico seguía dormido, mientras yo comencé a ir de un lado a otro. Me acerqué a la ventana que daba al parque que hay frente al edificio y nuevamente tuve una sorpresa in­descriptible: el parque estaba repleto de gente, unos de pie, inmóviles, otros caminaban y, finalmente, otros se desplazaban muy lentamente, como si fueran empujados por una leve brisa. Pero lo más sorprendente es que, aquéllos que caminaban, atravesaban los cuerpos de quienes estaban inmóviles, sin que ninguno de los grupos se percatase de la existencia del otro.

El fenómeno me llamó tanto la atención, que quise acercarme al lugar; mejor dicho, tuve deseo de verificar el misterio de la penetrabilidad de esos cuerpos y ... acto seguido, estuve en el parque, de una manera que me dejó más perplejo aún: ¡Estuve en el parque, pero sin ningún cuerpo! ¿Cómo? ¡De qué manera! Ojalá pudiera explicarlo. Estaba en el parque, como dije, sin ningún cuerpo. ¡Sentía pero sin sentidos y estaba junto a la gente del parque, mientras mi cuerpo astral parecía estar es­perándome en la ventana, cerca de mi cuerpo físico!

¡El asunto se complicaba más! Al escribirlo, reparo que está tornándose en un texto apto para lectores aficionados a las novelas de suspenso o de ciencia ficción.

Seguía sintiéndome un solo ser, con varios cuerpos o como si estuviese vestido con varias piezas de ropa superpuestas: camiseta, camisa y saco. En el parque estaba como con una camiseta, en la ventana, con una camisa, y en la cama, como con el saco. Curioso, ¿verdad? Sí, querido lector, yo también

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estaba pensando —como probablemente piensa usted— que era una alucinación, un principio de locura, pero voy a continuar el relato, porque después de todo, es una locura inofensiva.

Me confirmó mi estado de anormalidad, el percibir la vesti­menta de la gente que se hallaba en el parque aquella noche. Unos iban normalmente vestidos, como cualquier persona que se ve en la calle; otros vestían como en épocas pasadas, aun de tiempos muy remotos, y otros no llevaban ropa alguna y sus cuerpos eran gaseosos, como si estuviesen constituidos por una neblina densa, apenas iluminada por los últimos rayos del Sol poniente.

Otro fenómeno sorprendente me llamó la atención: yo veía a las personas que estaban en el parque, pero ellos no se per­cataban de mi presencia y algunos pasaban a través de mí, como si mi textura fuera la de una brisa imperceptible. Así mismo, cuantos estaban allí, se interpenetraban con aquella materia diáfana y flotaban en un mar de partículas elementales lu­minosas que los envolvía y llenaba todos los intersticios de la materia física.

Algunos de aquellos seres estaban rodeados de una aureola mal organizada, en cualquier dirección, tosca, de color oscuro y denso. En muy pocas personas era muy grande y de hermosa luminosidad; lo más sorprendente eran sus colores.

Vi que no sólo el cuerpo físico del hombre posee aura lumi­nosa, sino que también todo objeto material tiene su grado propio, en permanente acción. Todo objeto tenía su aura lu­minosa en constante movimiento.

La mayoría de los cuerpos de aquellos seres estaba cubierta en toda la superficie, por pequeños remolinos y corrientes entrecruzadas, como si batallaran entre sí, en loco conflicto. Presté más atención a esa característica y me imaginé que era el resultado de las emociones y preocupaciones que ocupan al hombre. Vi también que un ser tenía cinco colores bien defi­nidos en diferentes zonas de su cuerpo, con cinco grados de vibración, entre ellos, amarillo brillante alrededor de su cabeza, rosado en el cuerpo, con un carmesí que matizaba todo el conjunto. Aquellas nubes de luz en rápido movimiento eran de una belleza que no podría definir con palabras ni intentar si­quiera plasmar en pintura.
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