Hace poco tiempo una querida amiga norteamericana me confesó su asombro por la situación de Colombia. No entiendo -me decía-, con el país que ustedes tienen






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Todo lo que somos socialmente desde entonces es fruto del Frente Nacional. Los sectores sensibles lo deploraron en su hora como una gran derrota. Un sector del liberalismo, el MRL, lo combatió vigorosamente, lo mismo que el movimiento literario de los Nadaístas. Hay páginas memorables de Gonzalo Arango en las que cuenta que el Nadaismo existió porque había muerto Gaitán, que un movimiento rebelde y excéntrico como el Nadaismo había sido necesario porque se había destruido la esperanza de un pueblo, y que si Gaitán hubiera triunfado los Nadaistas habrían sido jóvenes normales dedicados a construir a su lado un gran país. Pero en su momento los colombianos no invirtieron el terrible mal que representaba para Colombia el pacto aristocrático, por el cual se sepultaba de un modo oficial el derecho popular a expresarse políticamente.

Ahora nos resulta increíble que se Iludiera hablar de democracia mientras se prohibía expresamente la sentencia de partidos políticos distintos de los oficiales. Mientras se transformaba al país a un bipartidismo que además era puramente aparentes desde hacía mucho tiempo las palabras liberal y conservador «n pedido en Colombia todo contenido programático, toda huella VS pensamiento o de una idea, y se habían envilecido hasta ser tan utos maneras hereditarias de odiar a los semejantes. Después de la revolución cubana, la política hemisférica exigió que los ejércitos de América Latina cambiaran sus prioridades de defensa de las fronteras por lo que llamaron "seguridad interna". Así se institucionalizó uno de los fenómenos más aberrantes del siglo. Cuando nuestros países requerían acceder a la democracia real y madurar políticamente, una teoría perversa según la cual los latinoamericanos no estábamos maduros para la democracia, culpablemente apoyada por los gobiernos norteamericanos, permitió que la América Latina viviera una de sus épocas más sombrías. Una progresión de dictaduras militares antipopulares se abrió camino para garantizar en el continente la aplicación de las políticas económicas y acallar los reclamos de justicia social y el libre ejercicio de la oposición, sin la cual la democracia es inconcebible. Curiosamente, Colombia había vivido el fenómeno de una dictadura militar casi accidental que, impuesta a mediados de los arios cincuenta por una coalición de los partidos tradicionales como una suerte de ensayo de lo que sería el Frente Nacional, se fue desviando de su propósito inicial cuando el dictador, general Gustavo Rojas Pinilla, comprendió que el Estado, hecho para defender determinados privilegios desde siempre, podía servir a otros fines. Allí se dio una curiosa amalgama de obras benéficas para el pueblo y aprovechamiento del poder para beneficio propio que, por supuesto, provocó una rápida reacción de la clase política que había sido la inspiradora de! experimento. No sobra recordar que las principales obras de modernización que emprendió Colombia a mediados de siglo fueron fruto de esa pausa casi involuntaria en la mezquina dominación de las élites, y que en una atmósfera tan enrarecida por el egoísmo de los poderosos ni siquiera el ejército resultó un aliado seguro. A tal punto el general se les salió de las manos, que diez anos después fue el protagonista de una aventura electoral que puso en peligro la dominación bipartidista, y obligó al democrático gobierno del Frente Nacional a modificar a última hora los resultados electorales, con cifras llegadas de remotas provincias. También en tiempos de Gaitán se había dado el fenómeno de que la policía, compuesta por gentes del pueblo, terminara volviéndose gaitanista, para desconsuelo de los dueños del poder. Estas experiencias despertaron una gran desconfianza de los poderosos en la iniciativa de sus fuerzas armadas, y con gran inteligencia se procuró que los jefes militares amasaran grandes fortunas, manejaran inmensos presupuestos, tuvieran el control de la ciudadanía y aun de la justicia, y gozaran de excesivos privilegios, pero no se les soltó el timón del Estado ni siquiera en los tiempos en que Colombia era una de las poquísimas barcas con apariencia democrática en un océano de sables. 
Esos 20 años de Frente Nacional trajeron algunos de los males mayores de la sociedad colombiana actual, males que se sumaron a los muchos que ya arrastrábamos desde los viejos tiempos, para conformar el cuadro de impotencia y de desesperación que ahora tenemos ante los ojos. Como se prohibió toda oposición legal, cosa que sólo puede ocurrir en las dictaduras más cerriles, surgió y se fortaleció la oposición ilegal, la oposición armada, que ha crecido hasta ser dueña de la mitad del país. Durante mucho tiempo los ideólogos del poder explicaron la existencia de las guerrillas como un producto de la infiltración de ideologías foráneas, en particular del movimiento comunista internacional, Lo explicaban así a pesar de saber que en Colombia, como lo ha dicho Hobsbawm, siempre hubo en los campos hombres en armas y es una tradición la práctica de la rebelión focalizada en pequeña escala y el bandidaje rural. Pero muchas de las guerrillas colombianas no fueron en rigor comunistas, o sólo se revistieron de ese ropaje mientras duró el auge mundial de aquella ideología, y en cambio todos I: hemos podido comprobar que el acallamiento del discurso castrista y I la caída abrumadora de la Unión Soviética y la gradual incorporación 1. de la China a la economía de mercado no sólo no precipitaron el fin de la guerrilla colombiana sino que fueron simultáneos con su auge inusitado en nuestro territorio. A pesar de su bandidaje y de su falta de participación con la sociedad, la guerrilla no es un caso de policía, no es problema militar sino un problema político y por ello salta a la vista que cuanto más se la combate y cuanto más se invierte dinero en recurrí militares contra ella, más fuerte se hace. ¿Quién ignora que el campo colombiano está arruinado? ¿Que el país no les ofrece ninguna motiva, ningún futuro, a los habitantes del campo? ¿Con qué cara l viene a decir este Estado que los campesinos no tienen motivos i rebelarse, cuando hasta los profesionales en Colombia tienen que irse a taxistas, y todo reclamo, por justo que sea, está prohibido en práctica? Prohibamos en Francia los reclamos de la ciudadanía, el hecho a la indignación, y el derecho soberano de los trabajadores franceses a hacer temblar a sus instituciones, y no sólo harán guerrillas sino otra Revolución Cortacabezas, porque en Francia si saben que ser ciudadano es fundamentalmente no dejarse pisotear de nadie, y menos si es uno el que les paga el sueldo. Yo sostengo que es el Estado colombiano imperante, con su ineficiencia y su irrespeto por los reclamos de la ciudadanía, el que fuerza a los campesinos a adherir a esos movimientos armados que no tienen ningún futuro, pero que por lo menos tienen presente. 
El Frente Nacional cerró además el acceso a la riqueza para las clases medias emprendedoras, y éstas se vieron empujadas por ello hacia actividades ilícitas como el contrabando y el narcotráfico, ya que sí una sociedad niega las posibilidades legales en el marco de la democracia económica, quienes aspiran a la riqueza sólo tienen el camino de la ilegalidad. Cierto rey babilonio, en un relato de Voltaire, consulta desesperado al oráculo porque su hija la princesa se ha rugado con un vagabundo, y el oráculo le responde con estas palabras: "Cuando uno no casa a las muchachas, majestad, las muchachas se casan solas". Fue esto lo que ocurrió en Colombia desde comienzos de los anos setenta. La vieja ideología señorial había impuesto aquí la absurda lógica de que cualquier concesión a los pobres es un escándalo. Para ser rico, la única condición era haber tenido la precaución de serlo desde la cuna, y todo lo demás era pretensión descabellada y ridicula. Ello es aún más extraño si pensamos que nuestra clase dirigente, por una voltereta tramposa, abandonó la vieja teoría medieval de la nobleza de sangre y fingió adoptar los principios de la democracia liberal debidos a la Revolución Francesa. Todo ello era muy bien visto en la letra, pero que la servidumbre no buscara propasarse, ni intentar escenas bochornosas. Es muy difícil sostener una sociedad señorial, racista, excluyente y mezquina, en la que sobreviven términos como "gente bien", "gente de buena familia" y al mismo tiempo barnizarla con un discurso liberal aureolado por la pretensión de que todos son iguales ante la ley y viven bajo el imperio de la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano. La gente terminará creyendo que de verdad tiene derechos y hasta puede intentar hacerlos valer. Y ello se agrava si el modelo económico expone a las gentes al discurso de las metrópolis, pues lentamente empezarán a percibir que el modelo que se les predica se parece muy poco al que se les ofrece. Allá al norte estaban los Estados Unidos, con su respeto por el ciudadano, su igualdad de derechos, sus salarios decentes, sus oportunidades de empleo y consumo; y aquí vivíamos en una disparatada sociedad de consumo en la cual hasta las clases medias tenían que pensarlo muchas veces para comprar lo que veían en las vitrinas. Se puede jugar así con la gente, pero no con toda.

Tarde o temprano alguien sentirá que le están haciendo trampa en el juego y descubrirá que él también puede hacer trampa. Ya se sabe que la única pedagogía es la pedagogía del ejemplo, y un Estado no puede exigir que se respete la ley si él mismo no la respeta. Gobernar en función de unos cuantos privilegiados, saquear el tesoro público, abusar de la autoridad, es violar la ley de manera grave, y puede generar en la conciencia de algunos la sensación de que si los encargados de aplicarla violan la ley, no puede ser tan grave que la violen los particulares. Pero se da además el caso de que el discurso público de la sociedad industrial, es decir, la publicidad, pregona en todos los tonos posibles que la única condición digna de admiración y de respeto es la riqueza. Los mensajes de autos y perfumes y cigarrillos y tarjetas de crédito exhiben esa refinada vulgaridad como la condición necesaria de todo éxito y de toda felicidad. Y el pobre espectador descubre que le están vendiendo el suplicio de Tántalo; que, ávido por ser rico para obedecer las órdenes melodiosas de los medios y para merecer el respeto de su condición humana, la sociedad no se lo permite porque está organizada para impedir toda promoción, para perpetuar a los ricos en su riqueza y dejar que los pobres se mueran a las puertas de los hospitales. Y descubre además que los únicos en el vasto mundo que parecen tener la obligación de a entrarse ejemplares y virtuosos son los que están condenados a vivir las sentinas, a padecer como buenos pobres los laberintos de la burocracia y los tacones de la ley en la nuca. Realmente no se me hace raro que en una situación como ésa, algún hombre sea victima de pensamientos y empiece a fantasear con fortunas menos virtuoso .pero más posibles Esos conflictos. El caso de la sociedad colombiana en los últimos 50 años es el caso de un Estado criminal que criminalizó al país. 

Porque la consecuencia principal del Frente Nacional es que, abolida toda oposición, toda vigilancia ciudadana, el Estado se convirtió en un nido de corrupciones, en una madriguera de apetitos sin control entre dos partidos cómplices que no admitieron fiscalización alguna. Por un camino muy distinto, curiosamente, México llegó a una situación semejante. Así como allá la existencia de un solo partido, sin oposición posible, fue corrompiendo al Estado hasta convertirlo en un nido de burócratas sin entrañas y de ambiciosos sin escrúpulos, así también nuestra dictadura de un solo partido (con dos cabezas y con dos colores) convirtió al Estado en una eficiente mole de corrupción, continuamente enfrentada consigo misma, a la que ningún presupuesto le alcanza, donde cada pequeño funcionario manipula la ley a su antojo con toda impunidad, y donde una vasta red de compadres y amigos parásita del caos y exprime a todo el que cae en sus manos. Desde las más altas hasta las más bajas esferas el tráfico de influencias es la norma. 
Ahora bien, ¿puede esta larga enumeración de causas explicar por qué nuestra sociedad es incapaz de reaccionar y de modificar una situación que se ha vuelto intolerable? "Ser maltratado no es un mérito", dijo Bemard Shaw a un visitante que le enumeraba sus males. He referido los precedentes de nuestra situación, pero el propósito de estas páginas es pensar en el porvenir y atrever reflexiones sobre la Nueva República, como la llamaba Gaitán, que estamos en el deber de construir. Una república capaz de superar una larga historia de negligencias y de crímenes, capaz de ofrecer al mundo algo mejor que un recurrente, memorial de agravios. El Proyecto Nacional tantas veces postergado que volver a alzarse, hasta que la cordura y la nobleza de corazón impongan en el mismo escenario donde hoy persisten los negadores del país y los destructores de su esperanza. "Todo recuerdo es triste y .presentimiento es alegre", dijo Novalis. El más inmediato deber Colombia es presentir ese futuro y adueñarse de él con pasión y con ficción. Las viejas castas dominantes se han destituido a sí han hecho indignas de respeto y no creo que merezcan un lugar historia. Es hora de que nos preguntemos cuál es nuestro lugar, nuestro papel y nuestro destino. En todo este tiempo se han visto crecer la pasividad ciudadana, la indiferencia y el miedo. Pero en los últimos 50 años también se vieron grandes procesos de iniciativa social, de lucha por los derechos de la comunidad, expresiones orgullosas y dignas. ¿Qué fue del movimiento sindical colombiano? ¿Qué fue de los valerosos reclamos de los campesinos? ¿Qué fue de las movilizaciones de los estudiantes? Estremece pensar que mientras en todo país democrático el derecho al reclamo, la indignación, y la resistencia a la opresión son pilares de la vida social, aquí toda indignación popular es causa de feroces persecuciones. Impedido en la práctica el acceso legal a la riqueza, todo enriquecimiento es ilícito, así como toda resistencia y todo reclamo son automáticamente ilegales. Estamos hablando de tiempos innobles. Una cosa es lanzarse a las calles, como en Francia, sabiendo que el Estado respeta a la población y responde por su legitimidad, sabiendo que si la fuerza oficial fuera utilizada ilegalmente contra el pueblo sería severamente sancionada, y otra salir a las calles a reclamar sabiendo que después de las marchas pacíficas, cuando los manifestantes dispersos vuelven solos a sus hogares, hay desapariciones silenciosas y ejecuciones anónimas. 


Un pueblo incapaz de darle la cara a los males se merece su postración y su angustia. Pero cuando uno se pregunta dónde están los que protestaron, los que se rebelaron, los que exigieron, los que se creyeron con derecho a reclamar un país más justo, más respetuoso, el pensamiento se ensombrece. Los héroes están en los cementerios, nos dice una voz al oído. Y entonces recordamos aquella pieza teatral en la que un personaje exclama: "¡Desgraciado el país que no tiene héroes!" y otro le responde: "¡No, desgraciado el país que los necesita!". 
Colombia ha tenido ya muchos héroes, pero lo triste es que los necesita, porque siendo evidente la injusticia, siendo evidente el monstruoso contraste entre los que tienen mucho y los que no tienen nada, siendo evidente la corrupción y el delito, el increíble exterminio de todo un partido político de oposición, las calles populosas de indigentes que bandas de muchachos ricos salen a asesinar en la noche, siendo evidente el abandono de los campos, la quiebra de las empresas nacionales en nombre de la modernización, siendo evidente que la mitad del país no parece merecer respeto ni futuro, decirlo es ilegal y combatirlo puede ser mortal. Los dueños del poder en Colombia parecen dispuestos a sacrificar lo que sea con tal de conservar sus privilegios. No les tembló la mano para hacer que el viejo país campesino se desgarrara a sí mismo en un conflicto que ellos habrían podido impedir con un poco de conciencia patriótica, de generosidad y de previsión.

El surgimiento de las guerrillas comunistas a comienzos de los años sesenta los hizo pensar que cualquier concesión significaría sacrificar sus riquezas, y la guerra a muerte contra la izquierda revolucionaria fue desde entonces la única consigna de los gobiernos y de los orientadores de la opinión pública. La ideología comunista puso a toda una generación de jóvenes a pensar que se trataba de derribar violentamente a las élites para transformar a la sociedad en una dictadura a la manera soviética o cubana, y subordinó los esfuerzos de transformación de la sociedad a la repetición de esas fórmulas con las cuales la sociedad rusa pasó de la autocracia zarista a la dictadura estatista de José Stalin. Ello impidió que nuestro país pudiera seguir el camino que le había trazado sabiamente Gaitán, la búsqueda de un destino propio que consultara su naturaleza, su singularidad, su riqueza de matices y de culturas. Las sectas comunistas se alimentaron aquí de la vieja tradición escolástica, parasitaria, dependiente, y también cuando buscaba soluciones a su drama Colombia persistió en el culto dogmático de modelos ilustres y de fórmulas prestadas. 
Es innegable nuestra pertenencia al orden mental europeo. Un país cuya lengua es hija del latín y del griego; que ha profesado por siglos una religión de origen hebreo, griego y romano; que se ha propuesto el modelo democrático debido a la Revolución Francesa y que se reclama defensor de la Declaración de los Derechos del Hombre; una sociedad que se ha formado instituciones siguiendo el modelo liberal europeo, no puede pretender encontrar soluciones ignorando esa tradición. La democracia sigue siendo para nosotros una promesa y aún necesitamos en Colombia una crítica lúcida, vigorosa, implacable, de las iniquidades del poder imperante, como la que emprendió Voltaire en su día, y una propuesta seria de sensatez, de lógica, de generosidad y de valor civil. 


GRUPO EDITORIAL NORMA, Santa Fe de Bogotá. Titulo original: Colombia, el Proyecto Nacional y la Franja Amarilla, William Ospina, 1997, de esta edición Editorial Norma SA.. 1999, Primera edición: septiembre de 1999. 
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