Hace poco tiempo una querida amiga norteamericana me confesó su asombro por la situación de Colombia. No entiendo -me decía-, con el país que ustedes tienen






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Sus enemigos comprendieron entonces que la democracia llevaría a Gaitán al poder y procedieron a ofrecerle su apoyo a cambio de que él aceptara su asesoría, es decir, compartiera con ellos su triunfo y les permitiera escoltarlo. Gaitán se negó, y arreciaron en su campaña difamatoria. La última ráfaga de aquella oposición rabiosa debió armar la mano fanática o mercenaria que le dio muerte. Y así comenzó la gigantesca contrarrevolución (o antirrevolución, ya que conjuraba algo que aún no se había cumplido) que marcó de un modo trágico el destino de Colombia en los 50 años siguientes. 
Esta contrarrevolución tuvo tres etapas, cada una de ellas peor que la anterior. La primera fue el asesinato del caudillo, que provocó el incendio de la capital. La segunda fue la Violencia de los años cincuenta, que despobló los campos de Colombia e hizo crecer dramáticamente las ciudades con millones de desplazados arrojados a la miseria. La tercera fue el pacto aristocrático del Frente Nacional, mediante el cual los instigadores de la violencia se beneficiaron de ella y se repartieron el poder durante 20 años, proscribiendo toda oposición, cerrando el camino de acceso a la riqueza para las clases medias emprendedoras, y manteniendo a los pobres en condiciones de extremo desamparo mientras acrecentaban hasta lo obsceno sus propios capitales. 
El 9 de abril de 1948 fue la fecha más aciaga del siglo para Colombia. No porque en ella, como lo pretenden los viejos poderes, se haya roto la continuidad de nuestro orden social, sino porque ese día se confirmó de un modo dramático. La estructura del movimiento gaitanista, con su sujeción a la figura y el pensamiento del caudillo, permitió la desmembración y la disolución de aquella aventura en la que se cifraba el porvenir del país. Gaitán tenía clara la necesidad de un proyecto nacional donde cupiera el país entero; una nación de blancos y de mestizos, de negros y de inmigrantes que pudiera reconciliarse con el espíritu de los pueblos nativos del territorio, y extraer de esa complejidad una manera singular de estar en el mundo. Pero esa claridad lo llevó a enfrentarse ingenuamente, es decir, de un modo valeroso, sincero y desarmado, a esa clase dirigente que se lucraba de la miseria nacional y que despreciaba profundamente todo lo que no cupiera en su mezquina órbita de privilegios. Una casta de mestizos con fortuna que nunca había intentado ser colombiana, ni identificarse con nuestra geografía, con nuestra naturaleza, con nuestra población; que continuamente se avergonzaba, como sigue haciéndolo hoy, de este mundo tan poco parecido al idolatrado mundo europeo. Una élite deplorable que viajaba a Europa y a Norteamérica, no a llevar con orgullo el mensaje de un pueblo dignificado por el respeto y afirmado en su territorio, sino a simular ser europea, y a procurar por los métodos más serviles ser aceptada por un mundo que no ignoraba su condición de rastacueros y su falta de carácter. 
El discurso de Gaitán merece muchas reflexiones. Es singular que en un país envanecido por la retórica de sus gramáticos y de sus académicos haya sido un hombre de origen humilde quien ennobleció el lenguaje de la política; quien, exhibiendo un gran refinamiento sintáctico y una notable claridad de pensamiento, haya tenido eco en un pueblo pretendidamente ignorante y salvaje. No podemos olvidar que también la gran empresa de renovar la lengua castellana y de convertirla en una lengua americana había sido liderada por un indio nicaragüense, Rubén Darío; y que la gran poesía colombiana de entonces estaba siendo escrita por un hijo de campesinos de Santa Rosa de Osos que práctica mente nunca había estado en la escuela. Ello parece asombroso pero es natural: la lengua, como el sentimiento religioso, es hija de los pueblos; son ellos sus creadores y sus transformadores, y las academias, como los eclesiásticos, no son más que los avaros administradores de un tesoro que no siempre comprenden. 
Lo que parecía insinuarse en el horizonte del gahanismo era una suerte de revolución nacional, de transformación de la ideología que reinaba por el poder de los partidos en el alma del pueblo; y la conformación de una gran franja de opinión capaz de llevar no sólo a Gaitán a la presidencia sino al país a un nuevo comienzo. Lo que parcialmente habían conquistado países como México, cuya identificación consigo mismos, cuyo respeto por las raíces nativas, cuya afirmación en su propio pueblo, en su música, en su gastronomía, en su indumentaria, en sus tradiciones, eran un ejemplo para el desconcertado continente mestizo, y cuya revolución, sin duda llena de errores y de hechos dolorosos y trágicos, había conferido sin embargo un profundo sentimiento de orgullo y de dignidad a sus gentes. 
Como suele ocurrir con los magnícidios, el asesinato de Gaitán nos ha sido presentado como el crimen solitario de un enajenado o de un fanático. Lo que no podemos ignorar es el clima social y político en que se cumplió el hecho, los sectores visiblemente interesados en la desaparición del líder, y los que se beneficiaban con ella. Si la mano que lo mató fue fanática o fue mercenaria, es algo indiferente: la causa evidente del crimen fue la campaña de difamación realizada contra él por la gran prensa, que lo mostraba como un peligro para la sociedad, como alguien que venía a destruir el país, y que lo caricaturizaba como un salvaje a la cabeza de una banda de caníbales. El crimen produjo en todo el país un espontáneo levantamiento hecho de frustración y de desesperanza, pero incapaz de grandes propósitos y aun de trazarse nobles tareas inmediatas. Entre incendios y rapiña y estragos, el pueblo comprendió que una vez más sus esperanzas habían muerto, y tal vez comprendió también que el poder imperante jamás permitiría una transformación de la sociedad por las vías democráticas y pacificas que Gaitán había escogido. Pero allí comenzó también la segunda fase de esa poderosa contrarrevolución, porque advertidos del peligro de un movimiento popular, los partidos políticos tradicionales se lanzaron a la reconquista de sus huestes y se esforzaron por contrarrestar los efectos del discurso de Gaitán. Para ello radicalizaron su lenguaje partidista, magnificaron una maraña de diferencias retóricas entre los dos partidos, y utilizando todos los recursos y todos los medios de influencia, fanatizaron a la ingenua población campesina. 
Tal vez no se proponían desatar una oleada de violencia, pero el modo criminal e irresponsable como atizaron las hogueras del odio para ganar la fidelidad de sus prosélitos condena para siempre a los jefes de ambos partidos que precipitaron a Colombia en la más siniestra época de su historia. Gentes humildes que se habían conocido toda la vida, que se habían criado juntas, se vieron de pronto conminadas a responder a viejos odios insepultos, y sin saber cómo, sin saber por qué, sin el menor beneficio, se dejaron arrastrar por el increíble poder de la retórica facciosa que los bombardeaba desde las tribunas, desde los pulpitos y desde los grandes medios de comunicación, y la carnicería comenzó. Entre 1945 y 1965 Colombia vivió una verdadera orgía de sangre que marcó desalentadoramente su futuro. Más asombroso aún es que quienes precipitaron al país en ese horror sean los mismos que siguen dirigiéndolo, aquellos cuyo discurso es el único que impera en la sociedad, aquellos que se resisten a entender que si bien se han enriquecido hasta lo indecible, han fracasado ante la historia; que tuvieron el país en sus manos durante más de un siglo y que el resultado de su manera de pensar y de obrar es esto que tenemos ante nosotros: 
violencia, caos, corrupción, inseguridad, cobardía, miseria y la desdicha de millones de seres humanos. Afortunadamente ya no es necesario agotarse en argumentos para demostrar el fracaso de los dos partidos y de sus élites: basta mostrar el país que tenemos. 
Alguna vez, con triste ironía, el historiador inglés Eric Hobsbawm escribió que la presencia de hombres armados forma parte natural del paisaje colombiano, como las colinas y los ríos. Es difícil, ciertamente, encontrar épocas de la historia en que nuestros campos no hayan sido escenario de hombres en armas, y el mismo Hobsbawm ha dicho que la Violencia colombiana de los años cincuenta representó una de las mayores movilizaciones de civiles armados del hemisferio occidental en el siglo XX- Las huestes de los revolucionarios mexicanos recorrieron su país luchando por la Tierra y la Libertad que les predicaba Emiliano Zapata. Es triste comprobar que los hombres en armas de mediados de siglo en Colombia no luchaban por ninguna reivindicación popular, sino instigados por poderes que siempre los habían despreciado, y cuando empezaron a luchar por algo propio, fue por espíritu de venganza, para cobrarse las injurias que esa misma guerra les había hecho. El gobierno conservador había politizado la policía, habia soltado la siniestra "chulavita" a hostilizar liberales. Estos a su vez reaccionaron armándose, y empezaron a ver en todo conservador un enemigo. La causa de aquello estaba en el poder y en los predicadores del odio, pero muy pronto cada quien tuvo argumentos propios para proseguir la retaliación. Para las cadenas del rencor basta con comenzar, todo lo demás se dará por su propio impulso.

Diez anos después de aquellas primeras hostilidades y agresiones, la Violencia ya se había fabricado sus propios monstruos, y un clima generalizado de terror y de impunidad daba los frutos más demenciales. Los nombres de Chispas, de Desquite, de Tarzán, del Capitán Veneno, de Sangrenegra, todavía nos congelan la sangre, y sólo muy recientemente las sierras eléctricas de Trujillo han venido a igualar las cumbres de horror y de depravación humana que se vivieron entonces en Colombia. 
Siempre nos dijeron que la Violencia de los años cincuenta fue una violencia entre liberales y conservadores. Eso no es cierto. Fue una violencia entre liberales pobres y conservadores pobres, mientras los ricos y los poderosos de ambos partidos los azuzaban y financiaban su rencor, dando muestras de una irresponsabilidad social infinita. La Violencia no podía ser una iniciativa popular, pues no iba dirigida contra quienes se lucraron siempre del pueblo. Era más bien la antigua historia de los pobres matándose unos a otros con el discurso del patrón en los labios. Una persistente y venenosa fuente de odio fluía de alguna parte y alimentaba la miseria moral del país. Los dirigentes, esos que todavía le dictan por la noche a la opinión pública lo que ésta respondía mañana en las encuestas, simulaban no advertir cuál era la causa, ese desangre generalizado, y sin dejar de predicar el odio al godo y rojo se quejaban del salvajismo del pueblo. La verdad es que bastó Alberto Lleras y Laureano Gómez se abrazaran y pactaran la alianza que la vasta Violencia colombiana dejara de ser un caos generalizo y se redujera a la persecución final de unas bandas de asesinos emparentadas con el poder, y cerró las posibilidades de acceso a la riqueza a las clases medias emprendedoras, persistiendo en la política de negar el crédito y la capitalización a las clases humildes. Finalmente, fue incapaz de garantizar fuentes de trabajo para las multitudes que seguían llegando a los grandes centros urbanos, les cerró a los pobres la posibilidad de acceso a niveles mínimos de vida y condiciones mínimas de dignidad, permitió el crecimiento y la proliferación de cinturones de miseria alrededor de las ciudades, y persistió en la vieja actitud señorial de no considerar que el Estado tuviera deberes frente a los pobres, de modo que le bastó con estimular campañas privadas de caridad. Nadie podía advertir entonces que en el auge de campañas como El Minuto de Dios, las granjas de beneficencia y las "telefones", con enorme despliegue y difusión, lo que se ocultaba era la incapacidad o la indiferencia del Estado para cumplir prioritarios deberes sociales, y su creciente hábito de dejar en manos de los particulares no la solución, sino el esfuerzo por mitigar los dramas de la pobreza y del desorden social. 
Todo lo que somos socialmente desde entonces es fruto del Frente Nacional. Los sectores sensibles lo deploraron en su hora como una gran derrota. Un sector del liberalismo, el MRL, lo combatió vigorosamente, lo mismo que el movimiento literario de los Nadaístas. Hay páginas memorables de Gonzalo Arango en las que cuenta que el Nadaismo existió porque había muerto Gaitán, que un movimiento rebelde y excéntrico como el Nadaismo había sido necesario porque se había destruido la esperanza de un pueblo, y que si Gaitán hubiera triunfado los Nadaístas habrían sido jóvenes normales dedicados a construir a su lado un gran país. Pero en su momento los colombianos no advirtieron el terrible mal que representaba para Colombia el pacto s' aristocrático, por el cual se sepultaba de un modo oficial el derecho ^popular a expresarse políticamente. Ahora nos resulta increíble que se atreviera hablar de democracia mientras se prohibía expresamente la Sapiencia de partidos políticos distintos de los oficiales. Mientras se llenaba al país a un bipartidismo que además era puramente aparentemente después desde hacía mucho tiempo las palabras liberal y conservador fin perdido en Colombia todo contenido programático, toda huella BF pensamiento o de una idea, y se habían envilecido hasta ser tan dos maneras hereditarias de odiar a los semejantes. Como ocurre al final de todas las guerras, sobre los campos todavía humeantes de la Violencia se firmó un pacto, y ese pacto que el llamado Frente Nacional, por el cual los dos partidos irreconciliables se convertían en uno solo con dos colores y la misma ideología, y se repartían el poder durante 20 años. En nombre del bipartidismo el pueblo se había hecho la guerra a sí mismo: ahora se sucederían en el poder precisamente los representantes de la vieja clase dirigente que había sido la principal promotora de la violencia. Así se consumó la tercera fase de aquella implacable contrarrevolución. El liberalismo y el conservatismo no tendrían problemas para compartir el poder, y las reformas que Gaitán había prometido podían posponerse hasta el fin del mundo. Después de una guerra y de 300 mil muertos, Colombia debía seguir siendo el país inauténtico, mezquino, antipopular y excluyente que era 20 años atrás, y la clase dirigente amenazada por el gaitanismo se había salvado. 
El país que surgía de aquella catástrofe no era sin embargo el mismo. Millones de campesinos expulsados por la Violencia llegaban a las ciudades buscando escapar al terror y a la ruina. Lo que Gaitán había procurado impedir se cumplía ante la indiferencia de los poderosos y la frialdad de los eruditos. Había cambiado el cuadro de la propiedad sobre la tierra, los terratenientes habían pescado en rio revuelto, se habían invertido los índices de población urbana y de población campesina, las ciudades crecían inconteniblemente, Colombia tenía muchos menos propietarios que antes, y un oscuro porvenir de miseria y de desempleo se cernía sobre las nuevas muchedumbres urbanas. En ese panorama el Frente Nacional mostró al país sus innovaciones. Como si el peligro para Colombia no fueran los partidos tradicionales que la habían desangrado, y blandiendo abiertamente la amenaza de un posible retomo de la Violencia que sólo ellos podían provocar, repartió el poder entre liberales y conservadores y prohibió en el marco legal toda oposición política. Confirmó al Estado, previsiblemente, como un instrumentó para garantizar privilegios; sólo permitió la iniciativa económica en el ámbito de las clases, familias y empresas tradicionalmente emparentadas con el poder, y cerró las posibilidades de acceso a la riqueza a las clases medias emprendedoras, persistiendo en la política de negar el crédito y la capitalización a las clases humildes. Finalmente, fue incapaz de garantizar fuentes de trabajo para las multitudes que seguían llegando a los grandes centros urbanos, les cerró a los pobres la posibilidad de acceso a niveles mínimos de vida y condiciones mini-mas de dignidad, permitió el crecimiento y la proliferación de cinturones de miseria alrededor de las ciudades, y persistió en la vieja actitud señorial de no considerar que el Estado tuviera deberes frente a los pobres, de modo que le bastó con estimular campanas privadas de caridad. Nadie podía advertir entonces que en e! auge de campañas como El Minuto de Dios, las granjas de beneficencia y las "telefones"', con enorme despliegue y difusión, lo que se ocultaba era la incapacidad o la indiferencia del Estado para cumplir prioritarios deberes sociales, y su creciente hábito de dejar en manos de los particulares no la solución, sino el esfuerzo por mitigar los dramas de la pobreza y del desorden social.
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