La venganza de Nitocris






descargar 0.74 Mb.
títuloLa venganza de Nitocris
página1/19
fecha de publicación31.05.2015
tamaño0.74 Mb.
tipoDocumentos
l.exam-10.com > Derecho > Documentos
  1   2   3   4   5   6   7   8   9   ...   19
Tennessee Williams

La noche de la iguana
y otros relatos


Traducción de Mariano Antolín Rato

La venganza de Nitocris 5

I
Osiris es vengado 5

II
Un faraón es vengado 7

Algo de Tolstoi 14

Arena 21

Una manzana regalada 25

La habitación a oscuras 30

Retrato de una chica
en cristal 34

El ángel del ático 41

Lo importante 47

La noche de la iguana 56

I 56

II 64

El poeta 68

Rubio y Morena 72

Tres participantes en
un juego veraniego 81

I 81

II 89

El Reino de la Tierra 97

Inventario en
Fontana Bella 105

El chapero asesino
y el carroza disimulón 110


Tennessee Williams (1911-1985) es uno de los grandes de la literatura norteamericana del siglo XX. Nacido Thomas Lanier Williams en el Profundo Sur y educado en la agobiante tradición episcopaliana, pasó por la universidad sin entusiasmo. En 1945 consiguió un éxito inesperado en Broadway con El zoo de cristal. Seguirían otras obras teatrales, como Un tranvía llamado deseo, Verano y humo, La rosa tatuada, La gata sobre el tejado de cinc caliente y La noche de la iguana, esta última en 1961, que lo hicieron mundialmente famoso y confirmaron como un autor entregado a la vivisección de las relaciones humanas en un mundo agonizante; generalmente el de su Sur natal, donde el sexo, la violencia y el arte desempeñan un papel fundamental. Antes de cumplir los veinte años ya había escrito poesía y relatos, género este último al que se dedicó durante toda su vida. Personaje controvertido y aparatoso, alcohólico, drogadicto y homosexual, publicó, antes de morir, unas apasionantes memorias.

Aunque sus obras teatrales son las mas conocidas, también escribió novelas: La primavera romana de la señora Stone (1950) y Moisés y el mundo de la razón (1975), así como cuatro volúmenes de relatos cortos Un brazo y otros relatos1 (1948), Caramelo fundido2 (1954), Un empeño caballeresco3 (1966) y Ocho damas poseídas4 (1974). Menos conocida es su faceta de poeta.

La venganza de Nitocris


The Vengeance of Nitocris (1928)

I
Osiris es vengado


Silenciosas estaban las calles de Tebas, la muy poblada. Los pocos que las recorrían se desplazaban con la vaga fugacidad de murciélagos cerca del alba, y apartaban la cara del cielo como si temieran ver lo que en sus fantasías podría amenazar desde allí arriba. Extraños y agudos conjuros de tono quejumbroso se oían a través de las puertas atrancadas. En las esquinas, grupos de sacerdotes desnudos y ensangrentados se arrojaban repetidamente y soltando fuertes gritos sobre las desiguales piedras de los caminos. Hasta perros, gatos y bueyes parecían afectados por alguna extraña amenaza y, desalentados, presentían algo malo; se encogían, malparían. Toda Tebas estaba aterrorizada. Y sin duda había motivo para su miedo y sus lamentosos gemidos. Se había cometido un sacrilegio espantoso. En todos los anales de Egipto no existía registro de algo tan monstruoso.

Hacía cinco días que no se encendían los fuegos del altar del dios de dioses, Osiris. Los sacerdotes consideraban que era una grave ofensa permitir, aunque sólo fuera un momento, que los altares del dios estuviesen a oscuras. Se sabía que años enteros de escasez y hambruna serían resultado de semejante ofensa. Pero ahora los fuegos de los altares se habían extinguido a propósito, y llevaban extinguidos cinco días. Era un sacrilegio que no tenía nombre.

De hora en hora se esperaba el acontecimiento de alguna tremenda calamidad. Tal vez en el transcurso de la noche que se acercaba, un potente temblor de tierra sacudiera la ciudad, o un fuego del cielo la barrería; una plaga espantosa se abatiría sobre ellos, o un monstruo del desierto, donde se contaba que moraban monstruos enfurecidos y horrorosos, se les echaría encima, y el propio Osiris se alzaría, como anteriormente había hecho, y devoraría todo Egipto con su furia. Sin duda una aterradora catástrofe semejante se abatiría sobre ellos antes de que hubiera terminado la semana. A no ser... a no ser que se reparara el sacrilegio.

Pero ¿cómo se podría reparar? Tal era la cuestión que grandes señores y sacerdotes debatían. Sólo el faraón había cometido sacrilegio. Fue obra de él, encolerizado porque el puente, en cuya construcción había empleado cinco años para un día poder cruzar el Nilo en su carroza como una vez había alardeado que haría, había sido barrido por la crecida de las aguas. Bramando de rabia, el faraón había azotado a los sacerdotes del templo. Había atrancado las puertas del templo y con su propio aliento había apagado las antorchas sagradas. Había profanado los altares que fueron consagrados con los cadáveres abiertos en canal de animales. Hasta, se decía en tenues susurros sobresaltados, que en una burlesca ceremonia de adoración había quemado la carroña de una hiena, el animal que Osiris más aborrecía, sobre el santo altar dorado, ¡un altar sobre el que ni siquiera los sacerdotes de mayor dignidad osaban dejar descansar sus manos desnudas!

Sin duda, aun cuando él fuera faraón, soberano de Egipto y detentador del águila dorada, no se le podía permitir que cometiese tamaños sacrilegios sin castigo por parte de los hombres. El dios Osiris esperaba que le infligieran ese castigo, y si dejaban de hacerlo, sobre ellos caería un castigo de los cielos.

De pie ante la aterrorizada asamblea de nobles, el gran Kha Semblor hizo un gesto con las manos. Se alzó un grito de los que miraban. Se había dictado sentencia. Se había dictado sentencia de muerte como condena para el faraón.

Las pesadas puertas atrancadas se abrieron lentamente. La multitud salió, y al cabo de una hora un grupo bien organizado recorría las calles de Tebas camino del palacio del faraón. La justicia de la multitud se iba a llevar a cabo.

En el interior de los pórticos resplandecientes del palacio, el faraón, soberano de todo Egipto, observaba con cejas enarcadas el ordenado pero amenazador acercarse de la multitud. Adivinaba su propósito. Pero ¿acaso no era él su faraón? Él era capaz de competir con los dioses, ¿cómo iba a temer a unos meros perros humanos?

Una mujer se agarraba a su rígido brazo. Era alta y tan majestuosamente hermosa como él. Una túnica de lino, tan doradamente brillante como el sol, envolvía su cuerpo estrechamente, y había adornos de azabache alrededor de su cuello y frente. Era la bella y muy amada Nitocris; la hermana del faraón.

—¡Hermano, hermano! —exclamó—. ¡Enciende los fuegos! ¡Apacigua a los perros! ¡Vienen a matarte!

Sólo más firmeza hizo presa de la mirada del faraón. Apartó a un lado a su implorante hermana, e hizo señas a sus servidores.

—Abrid las puertas.

Sobresaltados, temblorosos, los hombres obedecieron.

El arrogante señor de Egipto desenvainó su espada. Hendió el aire con un mandoble que hubiera partido en dos una piedra. Se plantó en los empinados escalones que, entre elevados pilares polícromos, llevaban a las puertas del palacio. El pueblo le vio. De sus labios se alzó un bramido.

—¡Enciende las llamas!

La efigie del faraón se mantuvo inflexible como una roca. Soberbiamente alto y musculoso, con los brazos y piernas descubiertos resplandeciendo como cobre bruñido a la luz del brillante sol, con el cuerpo erguido y tenso en actitud de desafío, parecía sin duda un mortal casi capaz de desafiar a los dioses.

La multitud, encabezada por nobles y sacerdotes de negra vestidura, que había llegado a los pies de los escalones, retrocedió ante el desafío imponente y magnífico de su gran gobernante. Se sentían como demonios que habían asaltado los cielos y habían quedado desconcertados y llenos de vergüenza ante la mera visión de lo que habían asaltado. Sobre ellos se impuso el silencio. Sus brazos levantados vacilaron y descendieron. Un momento más y hubieran caído de rodillas.

Lo que pasó después no pareció menos que un milagro. En su triunfo y exultación, el faraón había olvidado los bordes desmenuzados de los escalones. Antiguos de siglos, había partes de esos escalones que se hundían. A una de esas partes había descendido el pie con sandalia dorada del faraón, y el escalón no fue lo bastante fuerte para soportar su enorme peso. Con ruido de barreno se rompió. Un grito de asombro salió de la multitud; el faraón iba a caer. Vacilaba, se tambaleaba en el aire, esforzándose por conservar el equilibrio. Parecía como si luchara cuerpo a cuerpo con una serpiente monstruosa, invisible, enroscada en torno a su resplandeciente cuerpo. Un grito ronco salió despedido de sus labios; cayó su espada; y luego su cuerpo se derrumbó con ruido sordo con una serie de tremendos saltos mortales, y aterrizó, despatarrado, a los pies de la multitud boquiabierta. Por un momento hubo un intenso silencio. Y luego llegó el grito de un sacerdote.

—¡Una señal de dios!

Aquel vibrante grito pareció devolver a la multitud toda su rabia de lobos. Se echó hacia adelante. El cuerpo que se debatía del faraón fue levantado y hecho trizas por sus manos y sus armas. Así fue vengado el dios Osiris.
  1   2   3   4   5   6   7   8   9   ...   19

Añadir el documento a tu blog o sitio web

similar:

La venganza de Nitocris iconEl nazismo, la otra cara de Vidisterra en “herederos de una venganza”

La venganza de Nitocris iconResumen «Buscaré la venganza contra aquellos que traicionaron a mi...
«Buscaré la venganza contra aquellos que traicionaron a mi familia. Soy Ezio Auditore di Firenze. Soy un assassin…»

La venganza de Nitocris iconWolverine es un mutante que busca venganza contra Sabertooth, después...

La venganza de Nitocris iconSinopsis El Maestro Gregory es un caballero que siglos atrás capturó...

La venganza de Nitocris iconSeductora inocencia gaelen foley 1 Londres, 1814
«La venganza es un plato que se sirve frío». Ahora era un anciano sin ilusiones, distante y cauto como un Papa intrigante. La belleza...






© 2015
contactos
l.exam-10.com