Esparto (relatos) Antonio González Al pueblo donde nací, que dejó para siempre un almendro en flor en mi corazón Índice






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ESPARTO



(RELATOS)

Antonio González

Al pueblo donde nací,
que dejó para siempre
un almendro en flor en mi corazón

ÍNDICE



  1. El gazpacho en la era

  2. Primer amor

  3. Viernes

  4. Odi et amo

  5. Con padre

  6. R. I. P.

  7. La charca

  8. El Fraile del Collado

  9. Abundio




1

EL GAZPACHO EN LA ERA




Estábamos en la era, ocupados en las tareas de la parva: mi padre, mi tío Santiago, mis hermanos... En la sombra del granado cercano estaba colgada la damajuana del agua, forrada de pleita. En los alrededores los pollos picoteaban. Se trabajaba desde las primeras luces del alba, de modo que, cuando apretaba el calor en las horas cenitales, el cuerpo nos pedía un descanso. “La hora del Ángelus”, decía mi tío sin pensar para nada en el rezo de la oración. No sé si para él tendría algún sentido religioso la operación que seguía: los prolegómenos del gazpacho. En la glorieta formada por un grupo de olivos grandes nos juntábamos para colaborar en aquel sabroso menester: pelar el pepino, picar el tomate, migar el pan. Con frecuencia acudían amigos: los que no tenían parva, o salud, o edad para trabajarla, los que vivían en un mundo de inocencia, más allá de las agrias obligaciones del trabajo, y se sostenían al arrimo de vecinos y familiares. Ciertamente era un rito aquel frugal almuerzo de cuchara --¡malo para quien no tuviera la suya en la mano!--; rito también por lo mucho que nos reíamos. Desaparecía misteriosamente la cuchara del Antoñico, que ya andaba enredado en los vericuetos de la demencia senil. Y el tío Santiago decía solemne: "Antoñico no quiere gazpacho." "Sí quiere", respondía Antoñico compungido. "Antoñico no quiere gazpacho", repetía, como si no lo oyera, el tío Santiago, provocando varias veces idéntica respuesta, cada vez más vehemente y desolada. Hasta que Antoñico soltaba su "sí quiere" precedido de una contundente blasfemia. Entonces estallaban las risas, y aparecía, con idéntico misterio, la cuchara del Antoñico. Y ya todo era paz y todo era concordia en torno de aquella fuente, a la que acudían diligentes las cucharas de todos. Y los ruidos y las voces del parco refrigerio formaban como una isla, rodeada por la monodia cansina de las chicharras.





2

PRIMER AMOR



Veni Creator Spiritus. Buscaba no recuerdo qué libro en la estantería de los de Historia. De pronto bajé la vista y lo vi, negro de pastas y lomo, con sus letras doradas de Oremus en medio de la cubierta negra. Era el de arriba de un rimero de libros sacros de los lejanos tiempos del Seminario. Allí estaba acumulando el polvo de los años, de tantos años. Tantos años buscando yo mi palabra entre gritos o susurros, guardando él su palabra en el silencio del estante. Cuántas veces pasadas entonces y repasadas aquellas hojas amarillas repletas de rezos latinos. Cuántas veces rezados, cantados, pensados, rumiados, con devoción, con frío, con ilusión, con fiebre, con rutina. Ubi caritas et amor, Deus ibi est. Lo alcé en mis manos como quien levanta el cadáver consumido de una golondrina, sólo huesos y plumas a temperatura neutra. Lo abrí al azar. Y allí estaba ella todavía: el mismo pelo largo y suelto movido por el mismo viento. La misma pureza en los ojos y la misma pasión. Seguía apenas asomada, apenas visible tras el hombro y el brazo izquierdo del joven de gafas, patillas largas y chaqueta de pana. Era el centro de aquella multitud -¿la Plaza de San Pedro, un Congreso Eucarístico, un clamoroso recibimiento del obispo en visita pastoral?-. Ella era el centro y nadie lo sabía. No lo sabían los cientos de caras que la rodeaban, los cientos de seminaristas ensotanados que me rodeaban a mí. Congregavit nos in unum Christi amor. Y allí permanecía mi primer amor. Era mi primer amor y yo la había olvidado para siempre en su pequeña estampita, rodeada de desconocidos, sobre la exhortación del apóstol en negrita en el centro del margen inferior, Estote fortes in fide, entre las páginas cuarenta y tres y cuarenta y cuatro de mi viejo libro de oraciones, entre el Ubi caritas y el Veni Creator. Había sido mi compañera espiritual por penumbres rincones anegados por el olor de la cera, en las luminosas laderas de la sierra entre malezas y castañares en las estupendas excursiones primaverales, en el frío de los pasillos silenciosos, en la soledad de mi cuarto gélido y umbrío, en el fulgor devoto de los inefables retiros espirituales. Era mi primer amor y yo la había olvidado, enterrado en aquellas hojas amarillas y otoñales del Oremus. Aturdido por aquel golpe seco de melancolía, distraído o absorto, cerré y abrí de nuevo al azar mi viejo libro. Y allí estaba yo, o allí estaba mi amor, que había seguido viviendo solo, sin necesidad de mí, sólo por la magia de las palabras y su música:
“Que la constelación de tus dos ojos

acompañe siempre nuestro navegar;

que disipe las tinieblas

y alumbre nuestra nave por el mar.”
3
VIERNES


Ya no picaba en los pozos. Había ascendido treinta metros y trabajaba en la plata de hormigonado, en Laguna. Terminaba mi jornada a las seis. El autobús me dejaba junto al Palacio de Exteriores. Yo bajaba hasta Sol y allí adquiría mi modesta merienda de napolitana que iba comiendo sin reparos por la acera de Arenal. En la pensión descansaba un rato mientras oía una cinta en mi cassette. Luego me duchaba y emprendía mi periplo nocturno, mi poliplo, mi travesía urbana por bares, cines y prostíbulos, e iniciaba el día siguiente merodeando por acechantes esquinas donde se rozaba el delito con las yemas de los dedos, el delito, el navajazo del chulo o el cacheo policial. Eran tiempos amargos y yo destilaba la mía en el laberíntico alambique de la ciudad oscura, con la ayuda de malas bebidas y un poco de amor casi siempre comprado.
Crucé Ópera con unos pasos de danza macarra, con los que tomaba nota del estado de mis fibras musculares, o ellas la tomaban del aire fresco de la tarde. Me gustaba saludar al viejo Lope al comienzo de mi ronda. Su alma de bronce respira serenidad en el pequeño jardín, en medio de los pinos. Era viernes. La entrada del Real hervía de esmoquins y visones. Olería de cerca los efluvios de las hembras de lujo, me rascaría las orejas con breves retazos de conversaciones exquisitamente jilipollas. Sin embargo aquel viernes, quién hubiera podido predecirlo, allí mismo recalé. Me la había presentado, tiempo atrás, un amigo del Ramiro de Maeztu. Para mi semiproleta gusto personal, de Licenciado en Filología de los Pozos de Ventilación de las Líneas del Metro, ella estaba demasiado de película. Pero se ve que quería epatar a sus congéneres, dando trato amistoso y casi íntimo a un truhán con aquel inquietante aspecto de miseria sin pulir. Le seguí la corriente. Al fin y al cabo era viernes y el cuerpo me pedía fiesta como a cada hijo de cualquiera. Es verdad que no me apetecía su concierto, pero me invitó y acepté. Me tragué un primer plato de Haydn, un segundo de Beethoven y un postre de Sibelius. Todo un empacho de acordes y melodías sacrosantos. Ella disfrutaba rebosante con el río de sonidos que subían de la orquesta. Su arrobamiento, una Santa Teresa parecía, era intenso; su sonrisa, beatífica.
Al terminar el concierto estaba como envuelta en un halo de felicidad concentrada, que comenzó entonces a fundirse en una retozona jovialidad sin fisuras, alegría sin sombras que fue el disparadero que nos lanzó por una noche de luces de colores, de verbena rutilante. Hacíamos una extraña pareja: la dama y el oso, Ceniciento y la Princesa. Estuvimos por antros donde su atuendo encajaba como una corbata en el mío. Pero todo resultaba perfecto y divertido. Hablábamos sin parar y sus continuas risas eran una catarata de vitalidad que yo observaba extasiado. Sin sentir me estaba olvidando del dolorido lobo que dentro de mí se lamía las heridas. Ella enseñaba Filosofía, y a mí me estaba enseñando a gozar minuto a minuto de la vida. Como quien te dice mírate el bolsillo; y metes mano y lo encuentras lleno de dinero. Gasta tus monedas y no te compadezcas más de tu pobreza.
Madrid cojonudo Madrid, siempre te portaste bien conmigo, pero aquella noche estuviste de puta puta madre. Me hiciste la fiesta y el regalo. Nunca se me olvidará. Fuimos felices durante casi mil minutos, nos amamos durante dieciséis horas enteras, hicimos el amor infinito.
A las doce del sábado desayunamos café con leche y porras en el bar mismo de Ópera, a un paso de donde nos habíamos encontrado. Y no volvimos a vernos.


4
ODI ET AMO



¿Qué será lo que recuerdes tú de aquella noche de febrero? El acordeón deshojaba melodías con dulzura socarrona, con la alegre paciencia de una abuela que desgrana mazorcas de maíz. Sobre un minúsculo tablado, sentado, junto a un botijo de vino, en una silla baja de anea, el acordeonista Juanelo ladeaba la cabeza con un gesto mutante; prodigiosamente desdoblado, el lenguaje gestual de su cara dialogaba absorto con las frases musicales que sus manos expertas sacaban del instrumento. No obstante no perdía ripio, a mí me parecía, de todo lo que a su alrededor se cocía o se amasaba: sin duda se sabía sacerdote de un rito, pontífice de una sacra ceremonia, y desempeñaba orgulloso su ministerio.

Las parejas estaban a lo suyo. Las había tan ternes como tiernas, de casi críos que tenían aún muy lejos su propia fiesta de quintos. Las había de quintos con sus novias o pretendientas; eran las más trajeadas y relucientes. Y entre la gente mayor alguna había que celebraba la entrada en quintas del hijo, allí presente y bailante como ellos. Yo estaba acodado en la barra, y escuchaba la cara de Juanelo o miraba caer lentas en la pista las melodías, como una lluvia de confeti y serpentinas. Había gente que deambulaba, que pedía bebida, amigos todos con los que yo mantenía conversaciones breves y vehementes, sobre cualquier cosa de nulo interés para cualquier persona en sus cabales, o para alguien que como yo hubiese perdido el hilo de sus propios afectos.

Tiene cojones el motivo por el que te saqué a bailar. Te habías sentado en la silla en cuyo espaldar yo había colocado mi americana nueva de quinto, y estabas aplastándole el cuello con tu espalda. Ni recuerdo qué te dije ni cómo te miré sin verte. Fue en el momento en que nuestros cuerpos se enlazaron en la danza cuando se iluminaron las burbujas de todos los cubatas que llevaba bebidos. Estabas tan hecha a mi medida, tu cuerpo era tan exactamente la mitad que me faltaba que al instante me dejó la jumera, espabilado como a las ocho de la mañana de un martes cualquiera. Y fue entonces cuando quise mirarte: sólo pude ver el largo arco de tu ceja, la corrección de las líneas de tu nariz, la oscura cascada de tu pelo, cuyas puntas estallaban en mi mano produciendo luminosos cosquilleos de bengala. No me perdoné, nunca me he perdonado no haberte mirado, no haberte visto en la primera mirada, no haber leído lo que tus ojos pudieran haberme dicho a la justa distancia. Después supe que tú me esperabas, que descansabas sobre mi chaqueta como quien usa algo propio, que estabas habituada y resignada a mis desplantes cuando aún ninguno habías recibido. Lo supe mucho después, cuando ya nuestras relaciones habían entrado en el camino de la tortura.

Aquella noche sólo te descubrí, o me descubrí. Cuando después de la primera, indeleble impresión de nuestros cuerpos acoplados, pude hablarte, confirmé el punto y aparte que en mi vida se había producido. Porque tú me contestaste con palabras, con frases que yo cientos de veces me había formulado, eran mis frases, que yo entonces te hubiera podido mostrar escritas de mi puño y letra (meses o años antes de que tú las pronunciaras) de no haber tenido la implacable costumbre de romper cuanto salía de mi pluma. Tú eras yo. Y te odié con la dulzura amarga con que me odiaba a mí mismo. A partir de aquella noche, mi noche de quintos, te amé y te odié, te odié y te amé.

¿Por qué no te alejaste de mi vida cuando estabas a tiempo? Han pasado tres años. He pasado tres años ni conmigo ni sin mí, ni contigo ni sin ti. He terminado, como si no hubiera empezado, los cursos de Facultad. Soy un mugriento recluta. El caqui, que a tanto mamón que pulula bajo estas encinas enajena y arruga, a mí algo me alivia de mi propia enajenación. Te amo y te odio. Te odio y te amo. Sólo añado al poema latino que te he subido a mi cruz.

Hace un par de noches soñé contigo. Tampoco el sueño fue feliz; mejor dicho, fue pesadilla tan amarga que me echó del sueño. Desvelado, a la memoria, por librarme de ella, la recompuse en una letra para un cante; tal vez algún día se la pase a mi tío Turro, pa que él le dé cuerpo con su arte. Pero en justa ley y orden, tú debes leerla antes que nadie, porque tu cara era la que yo veía cuando miraba a través de la tronera del infierno. Y aquí te la mando:
El infierno recorría

tranquilamente.

Por donde el humo salía

yo vi tu cara

resplandeciente.

¡Ay!, que mis penas son penas,

mare del alma.

¡Ay!, que mis penas son penas

y no aguardiente.

Que yo no bebo ni agua,

mare, ni agua,

que aquí no hay fuentes.

5
CON PADRE
El cementerio está horroroso, padre, con tanto marmolerío de tan pésimo gusto. La gente del pueblo se ha quitado el hambre de los estómagos, pero no la miseria de los espíritus. ¡Qué petulancia tan cutre! Ganas me dan de sacar ahora mismo tus huesos de ese nicho tan triste y llevármelos al pago, y enterrarte debajo del granado, donde tus nietos se te sienten encima, donde el polvo de tus restos alimente al árbol que te daba su fresca sombra en verano, y magníficos frutos en otoño; es cierto: los frutos, a mí y a mis hermanos, es verdad. Tú eras de poco comer.

Tarde plácida ésta, y templada. ¡Estupenda para la escarda! Sí, está muy bien que ya no se escarde, que los trabajos duros los hagan mayormente los tractores. Pero ¿a ti te gusta lo que ves? Ya no se padece en el campo la esclavitud que te tocó a ti sufrir. Pero mira los campos: están comidos del veneno de los pesticidas. Y la gente, muy harta de comer, pero mucho más zafia que antes. En cuanto hemos tenido un duro en el bolsillo y un trozo de queso en la alacena, hemos comenzado a mirar con recelo a los vecinos, se ha perdido la costumbre de tener abiertas las puertas de las casas. Nos ahitamos con el queso, obsesionados con el hambre antigua, sin pensar, ni por asomo, en la famelia de los que vienen detrás a la cola del rancho. Y gastamos el duro en horripilencias cualesquiera, como estos mármoles, que le quitan a uno esas ganas de morirse que a veces le entran.

¡Raza de víboras!

¿Quién os librará de la ira que os amenaza?

Quomodo fugietis a iudicio?

Hacía tiempo que no entraba yo en este recinto. ¡Coño! Ahora caigo en la explicación del nombre: se llama cementerio porque aquí el cemento parece que brota espontáneo, con la misma pujanza que los jaramagos al otro lado de las tapias.

Ya hacía tiempo. Y mira que paso veces por la puerta. De ti prefiero ver lo que hay dentro de mí. Además, ¿qué prisa hay? Este lugar espera. Aunque ojalá para cuando yo muera se haya perdido la costumbre de enterrar a todos los muertos en la misma corraleta. Bajo la Peña del Fraile me gustaría a mí que me enterraran; mirando al pueblo, pero de lejos; y desde la altura. Yo creo que mi alma no se separará mucho de mi cuerpo; se quedará sentada sobre la tierra que me cubra, como un perro guardián, como estoy yo sentado ahora mismo sobre los escombros de tu amigo Teodoro.

¡Hay que ver! Había pasado la noche entera andando por los cerros, aullando como un lobo sin hembra y sin manada. Era una noche de sábado. Después de la cena había salido de casa en dirección al bar, pero no muy decidido. Y al llegar a la puerta del bar, pasé de largo. Seguí andando. Y seguí y seguí... La luna llena iluminaba las sendas. Pasé momentos de apuro en algunas quiebras ocultas a la luna. Por la mañana volvía exhausto. Y, al pasar por aquí, entré. No sé bien por qué: porque ya no podía tirar de mi cuerpo, porque quería morirme y estarme contigo, como cuando nos acostábamos en la parva, y antes de dormirnos tú me celebrabas la felicidad de estar bajo la paz de las estrellas, arrullados por el canto incesante de los grillos. Estuve un buen rato ahí sentado, tumbado casi, sin pensar en nada, sin sentir nada. Después creo que me quedé algo dormido. Me sentí muy aliviado. Y de pronto me entró un hambre feroz. Y te dejé aquí, y me fui a poner la cocina patas arriba. Sólo después de hincharme de comer y de vaciar entera la cafetera, supe que aquel día, lo mismo que hoy, era el aniversario de tu muerte. Lo supe porque mi madre tenía un ramo de flores en un cubo. Flores de floristería. En el ramo que hoy tienes adornando tu lápida veo el gusto y las manos de mis sobrinas: flores del campo, ahora del camposanto. Caí en la cuenta. Le dije a mi madre que ya había estado yo aquí, sin más explicaciones. Nos llevamos bien, pero hablamos muy poco. Ella se alegra de que esté con ella, pero no le gusta la vida que llevo. A mí tampoco.

Y ¿qué es lo que tiene de malo? Seguramente debiera morderme la lengua –mordérmela de verdad, apretando los dientes- antes que quejarme. ¡Con la de miseria que hay por el mundo! ¡Miseria! Es como la grama, a la que tanto teméis los campesinos. Cualquier tallito de nada, que incluso parecía seco, ¡se preproduce con esa fuerza, con ese aferrarse a la vida! Y se alimenta de la vida; de la de aquéllos en quienes enraíza, y ésos somos todos. La miseria es la enfermedad endémica del hombre (y el hombre es la enfermedad pangenésica de la tierra). La miseria te coge, y ya no te libras. Y ¿a quién no atrapa la miseria?

Homo sum, ergo miser.

El problema no es que esté desempeñando un trabajo no adecuado a mi capacidad, no lo es la soledad, no lo es la escasez pecuniaria o la ausencia de mujer. El problema –el delito, decía Segismundo- es ser hombre. Hace unas cuantas noches –una de estas pasadas noches primaverales, traspasadas de vida-, como un arúspice, encontré en mis entrañas un angosto poema:

Me cabe.

Todo el dolor del mundo en el pecho me cabe;

por eso me llamo hombre.

El problema es que no me cabe, que es más grande. Duele tanto el dolor del amor.

Llevadme, por piedad.
Duele tanto el dolor de la memoria.

El amor es un pájaro.

El trabajo me va bien. Me ha dado amigos. trato con gente diversa. He enriquecido mi mundología, pero no mi economía: mi sueldo es poco más que un tapabocas. En fin, yo no soy gastoso, y mi madre tiene su pensión. Sé que a ella le gustaría que buscara otro trabajo, y que ha hablado con amigos míos a los que ella considera ‘personas de influencia’, para pedirles que me busquen algo; algo que me saque del pueblo. Pero yo no estoy en el pueblo, no vivo en el pueblo; vivo en mí.

Mi madre está más vieja. ¡Qué pronto se le notó el desgarrón de la viudez! Creo que ella nunca hubiera pensado que le habría de repercutir tanto tu muerte. ¡Qué pronto te perdonó todos los agravios! ¡Con cuánto íntimo respeto habla ahora de ti! Yo me llevo bien con ella. Apenas hablamos. Me tiene la cena preparada cuando llego, ya tarde. Ceno, y me

siento a su lado a ver la televisión. En lo peliculero que soy –como en tantas otras cosas- te he salido a ti. Yo elijo cadena –a ella no le importa porque se duerme enseguida-; y casi siempre veo una película. Ha envejecido mucho; pero mi inquietud por su vejez sólo se abre en el sueño, en la densa tristeza de algunas pesadillas.

En el trabajo me entrego sin reservas. La mayor parte del tiempo estoy en la oficina. Atiendo llamadas de clientes, o de proveedores; me ocupo de la contabilidad, hago el cobro y la caja de las ventas del diario... Lucas está malo. Y ya he ido yo dos veces con el camión a cargar una partida. El otro día estuvo por allí Pepe Mentiras a retirar un porte de cebollas para el matadero donde trabaja. Les estuve ayudando a cargarlas en la furgoneta. Sin mayores miramientos hizo un comentario que, aunque iba en mi halago, me incomodó por mis compañeros: “Más cojones tiene el oficinista que los peones”. Cándido y Rogelio son muy trabajadores, y más buenos que el pan; pero están muy gastados. Y fuman mucho, y beben más. Sobre todo Rogelio. Entre el bocadillo y el almuerzo se carga un litro de blanco. Y cuando da de mano lo primero que hace es convidarse otra vez. Son nervudos y fuertes, pero están muy quemados, sobre todo Rogelio. A mí me aprecian mucho. Y yo a ellos. La nuera de Cándido va a dar a luz cualquier día, si no ha parido ya.
El trabajo es el único sitio donde toco tierra. Salgo de allí, me despido de los compañeros y comienzo a flotar. Y ya no estoy ni en este mundo ni en el otro. No obstante, padre mío, sé que hay un lazo que me mantiene ligado a la tierra, y que no es el trabajo: es mi madre. A mi hermana la veo poco. Ella tiene su vida, sus hijos, sus marido, su casa... Sin explicármelo muy bien, sospecho que piensa de mí que algún día pueda serle una carga. Poco me conoce; o poco me conozco. Tengo claro que no me casaré. No quiero sufrir más por ninguna mujer. O no me creo que ninguna mujer esté dispuesta a sufrir por mí. Aunque los poetas las han puesto por las nubes, y más altas, las mujeres son seres muy terrestres. Y, como te he dicho, el que flota soy yo. Perdí mis raíces en el pueblo cuando me fui tan pequeño al internado. Y después nunca he sido de ninguna parte. Cuento con mis amigos, a los que quiero y admiro, pero ellos tienen sus vidas más o menos resueltas, no creo que sufrieran demasiado por mi pérdida. Me acuerdo muchas veces de la frase del Azarías a la Régula: “Ni para finos ni para bastos”. Mi madre descansaría si me viera casado antes de morirse. Tendrá que morirse para descansar; y para que yo me pregunte de una vez por todas qué mierda pinto en este puto mundo.

Adiós, padre. Elegiste un buen día para morirte. La tarde está templada, el poniente es una verbena a lo divino, los grillos ya han empezado su concierto, los olores de la vegetación palpitante se meten hasta los tuétanos. Siempre te gustó la primavera: aquí la tienes, ha estallado alrededor de este feo cementerio.


6

R. I. P.



Me lo contó Marcelo al día siguiente, cuando estaba todavía bajo el impacto de la impresión. No era para menos. Llegó al filo del olivar de Alacaena –el sol se estaba poniendo- a tirar a los zorzales que remontaban el cerro, sobrevolando la ladera de monte bajo, para pernoctar en los olivos. Es un método bastante seguro de gastar la munición, aunque él siempre se queja de que cada año que pasa la cosa está peor. Resguardado tras un tronco, se disponía, como digo, a disparar a los zorzales y a los tordos, asomando el cañón de la escopeta por la cruz del árbol. Oyó ruido a sus espaldas, entre los olivos. Volvió la cara y vio a Fatimico manipulando en algo. No le prestó atención: él estaba a lo suyo. Creyó que podía estar cortando una rameta para cazar al día siguiente camachuelos con liga y reclamo. Siguió atento a la llegada de los pájaros; quedaba poco rato de utilidad para los tiros. Luego volvió otra vez la cabeza, con la normal curiosidad de ver qué hacía el otro. Y lo vio: bambolearse a medio metro del suelo. Se había ahorcado. Soltó la escopeta y al mismo tiempo saltó hacia Fatimico. Lo aupó abrazándolo por los muslos, sin tener nada claro lo que hacer a continuación. Tenía –pensó- que levantarle las piernas hasta que le pudieran descansar sobre una rama. En seguida cortaría la cuerda, gracias a que llevaba la navaja en el bolsillo. Fatimico dio un buen costalazo en la tierra no muy blanda del olivar, pero se había salvado del infierno.
O había vuelto a él. Luego se supo que aquel mediodía el muchacho había intervenido en una disputa de los padres, que había tomado partido y había echado las manos al cuello del padre con ánimo evidente de estrangularlo. La madre, que seguramente había buscado el apoyo del hijo en la reyerta sin prever hasta dónde podría llegar aquel apoyo, cuando vio las manos del hijo engarfiadas en la garganta del marido, había conseguido a tiempo que el retoño se horrorizara de su conducta parricida, a tiempo de que el desgraciado volviera sus manos contra sí, con el aditamento de la soga.
De niño fatimico era algo raro. Le gustaba mucho, cuando apenas era un crío, leer. Lo recuerdo ahora mismo, como si lo estuviera viendo, acuclillado en el hueco de la peana de un olivanco enorme, al resol invernizo de mediodía, en otro olivar, el Olivar del Cura. La cuadrilla entera charlando –en el suelo mondas de naranja de la comida y ramillas de olivo del reciente vareo-, hablando de cualquier cosa; y él apartado un poquito, como quien no quiere ser interrumpido, concentrado en su libro. Un caso raro.
Después de aquel intento de castigarse a sí mismo con la pena de muerte –eso es lo que yo creo que ocurrió aquella tarde hace diecinueve años- Fatimico se volvió a ojos vistas más reconcentrado y silencioso. Casi siempre estaba en el campo, siempre solo; pero donde daba más no sé qué de verlo era en el bar, pidiendo una cerveza e incrustándose en el rincón más apartado para mirar la televisión.
Pasaron unos dos años. A la Fati –la madre era la que realmente se llamaba Fátima; y la gente había dado en llamarlo como a la madre, pero su nombre era Rafael, como su tío paterno, muerto poco antes del nacimiento de su sobrino: otra desgracia de la familia-, a la Fati, decía, le entró una enfermedad, en el hígado creo. Despachó rápido: estuvo menos de un mes en la cama y se fue. Después se fue su hijo mayor, Mateo; este a Badalona, a trabajar en la construcción. Allí sigue, aunque ahora dicen que es portero de un inmueble. Quedaron solos en la casa fatimico y su padre: un tronco roto en pleno vigor por la desdicha, y un vástago tan seco que era como la imagen anticipada del primero. No eran ya una familia, eran los brazos vivos de un cuerpo muerto.
Fatimico hizo un gran corral y echó cabras. Se hizo más y más taciturno; dejó de ir al bar y nunca se le veía por el pueblo. Durante un tiempo se rumoreó que tenía relaciones maritales con la Dalmira, una cortijera guapísima que estropeaba su figura con su andar oscilante, como si caminara siempre por un campo recién arado. Su larga melena rubia y el bermellón de sus mejillas fueron durante años algo tan del pueblo como el olmo de la plaza, aunque tampoco ella pisaba mucho el asfalto de las calles. ¿Eran verdaderos los rumores acerca de aquellos esponsales campestres? A mis oídos llegó por entonces otro bien diferente infundio: Fatimico se tiraba a una de sus cabras; lo habían visto en lo más intrincado del barranco, el cuerpo del pastor montado, quebrado, retorcido y derrotado sobre el lomo del animal, al que sujetaba por los cuernos.
Fatimico era un buen hombre, como también lo era su padre; pero ambos habían sido encerrados por el destino en una cárcel de soledad. Las raras veces que se les veía juntos más daban la impresión de ser dos ánimas del purgatorio que un padre y un hijo. Compartían el vino y la comida; no había contencioso entre ellos; pero cada uno por su cuenta estaba tan abocado en el pozo de su pasado, que cuando realmente se miraban no identificaban al padre o al hijo de su enfermiza memoria con el ser extraño y silencioso que tenían delante. Al menos es lo que a mí me parecía.
En fin, a la historia de esta familia se le ha acabado otro capítulo. Anteayer ganaron –ganamos- las elecciones generales los socialistas. Vamos a tener un gobierno de izquierdas en este país de hidalgos, señoritos, sacristanes, caudillos y prostitutas. Parece increíble. El recuento de los votos duró hasta las tantas: no cuadraba y hubo que repetir el cómputo. Salió un voto más para el PSOE. Un buen palo a la derecha... ¡Que se jodan! Esto, ya digo, anteayer. Fatimico votó. Yo, que estaba de presidente de la mesa, tuve en mis mano su carné –que no recuerdo haber mirado, la verdad-, y empujé su papeleta al interior de la urna. Y esta mañana lo he visto tieso como la madre que lo parió, sobre una camilla no muy limpia, en el cuarto del cementerio en que el forense practica las autopsias. Estaba pálido y tenía la cabeza vendada con un trapo blanco. A los diecinueve años del ahorcamiento, anoche se pegó un tiro debajo de un olivo, en una pequeña finca de la familia, no lejos del pueblo. Esta vez no ha habido fallo. Nadie sabe dónde estaría guardado el viejo revólver con el que se ha disparado, pero todo el mundo da por sentado que estaría escondido en algún agujero del pajar de su casa, desde Dios sabe cuándo. Se ha conservado apto para todo servicio en tantísimos años de inactividad.
En el pueblo esta mañana se palpaba el duelo. A pesar de que Fatimico tenía últimamente más de zombi que de criatura humana. Pero otra noticia se difundió rápidamente, que vino a sustituir la tristeza de los vecinos por la sorpresa: la polvareda la ha levantado la carta que le han encontrado en el bolsillo de la chaqueta, en la que escuetamente dice que deja sus cabras a la Reme. La Reme es una gran mujer, una tía como un castillo, y una puta de profesión, que lo es desde antes que al difunto le despuntaran los cañones. Ella ha

ejercido siempre –a sabiendas de todo el mundo- en la capital; y ha sido muy discreta –discretísima, según vemos ahora- si ha abierto su puerta a alguien en el pueblo.
Las santas mujeres han ido a ver al cura, al juez; han hablado con el padre del testante: que eso no es un testamento legítimo, que no puede ser, que sin plenas facultades, que a una ramera, que el Estado, que la Iglesia, que la Moral... La Reme ha dicho –y las orejas que están sobre mi cuello lo han oído- que se vayan todos a la mierda, que tiene ganas y edad de cambiar de oficio, y que tentada está de echarse al monte con las cabras, y de darle a cada bicho del rebaño el nombre de una de las muchas meapilas del pueblo a las que ella ha puesto una cornamenta mucho más lucida que la de las cabras de Fatimico; que era muy hombre el Fatimico, y que en paz descanse su alma, que se lo merece. Amén.

7
LA CHARCA
No eran del aire. Se deslizaban enhiestos y lentos por entre la acuática vegetación sin apenas un roce. Sus miradas, en el remate de sus cuerpos silentes y sinuosos, eran estáticas, flamígeras e imperiales. Atraído por el silencio abismal de aquellas aguas cenagosas, germinales y nutrientes, llegaba yo fascinado a sus riberas. Me sentaba en el suelo junto al borde fangoso, la espalda apoyada en alguna junquera o en un tronco de mimbre, y miraba los lentos movimientos que en la superficie se iban produciendo. Las hojas de las aneas, más que moverse por la brisa, alentaban o respiraban sin rumor. Pasaba ratos y ratos allí, y jamás hablé de ello con nadie. Supongo que la atracción que ejercían en mí aquellos parajes pantanosos, de aguas túrbidas y tibias, de vivos silencios palpitantes, se asemejaba al sobrecogimiento religioso que el creyente experimenta en la inmensidad divina de una catedral. Algunos años después, cuando me vino la fiebre del estudio, supe de aquel personaje llamado Deucalión, el superviviente que vio brotar de nuevo la vida a partir de las aguas limosas del diluvio. Parecida a la suya debía de ser mi contemplación extática y admirada.

Entonces mi edad de joven barbiponiente, fronteriza de la escuela y del trabajo de campesino al que estaba destinado, me permitía esas temporadas de libertad iniciática, en las que yo asimilaba, a través del contacto con la tierra y sus criaturas, una herencia de vida rural tan antigua que se perdía en las brumas neolíticas. De las prácticas cinegéticas a las sexuales, y de éstas a aquéllas; de la lícita recolección de los frutos espontáneos del suelo o de los árboles (collejas, macucas, madroños), al sigiloso y vulpino robo de animales de corral: todo en aquella época tenía significado y valor de rito de acceso al mundo de los adultos. Al niño la vida le viene de sus padres; el campesino la encuentra en la tierra. La amistad era el rito del secreto compartido: se comparte el paraje recóndito donde se ha pasado el día en furtivos acosos venatorios, el momento triunfal de la posesión de una mujer en un umbrío ribazo, una cuita sentimental, el escondrijo en que un vecino guarda oculta una vieja y dudosa pistola.

¿Dónde está ahora aquel mundo? Sé que algunos amigos de aquella remota adolescencia han quedado atrapados en ella, y siguen viviendo como si aquellos ámbitos no se hubiesen terminado. Alguno, me consta, ha mantenido el ritual de masturbarse cada tarde en la espesura del olivar o la alameda; en el maizal, el sotobosque o la maleza de un regato; bajo la lluvia fina del otoño gris o en las siestas sudorosas de la canícula: ¡ya cuadragenarios! Se han parado en un recodo del tiempo del que a mí sólo me es dado recomponer una imagen borrosa y frágil con algunas piezas de desguace del desván polvoriento de la memoria.

Mi vida familiar ya había perdido su consistencia. Mi padre había dejado de ser mi padre, y los dos, tras una seca respuesta, nos mirábamos a veces con el mismo silencio expectante, buscando cada cual los indicios de la identidad de su oponente. ¡Qué lejos estaba aún de saber cuánto están condenados a parecerse los contrarios! Todas las edades de mi vida las tengo asociadas a sueños reiterados, sueños que se hacían familiares a fuerza de visitarme; con ropajes que los hacían novedosos, pero sustancialmente idénticos; quizá evolucionados con las lentas variaciones que las cosas vivas van experimentando por el paso del tiempo. De la edad de mi adolescencia, el sueño reiterado que recuerdo tenía por centro del escenario a mi padre. Aparecía dentro de un ataúd destapado, su cuerpo yacente completamente rodeado de flores, siempre amarillas las de las proximidades de sus sienes algo canas. Mantenía los

ojos abiertos y videntes, mas lo miraba todo con la misma ausencia de emoción. Ajenos y ausentes eran también los leves movimientos de su rostro y de sus manos –manos grandes, que parecían desorientadas, perplejas, olvidadas de su viejo oficio, que sólo se alzaban en un gesto automático para espantar alguna mosca que se había posado sobre ellas, o sobre la piel cetrina, rugosa y áspera de su cara-. Frente a esta pasividad ultraterrena y muda de mi padre, llegaba la voz (no siempre ella misma: como si hablara desde otra habitación), la voz impaciente y percutente de mi madre, que emitía quejas y reproches cuyo contenido jamás era claro, pero que duraban mientras mi padre vivimoriente yacía en escena. A veces también aparecía ella arrastrando dolencias, y yo veía cómo el gesto de su rostro era exactamente el contrario del de mi padre: expresaba sufrimiento, exasperación, ira, fatiga, rencor. Nunca supe la razón de su reproche o de su queja, en aquel sueño en el que yo era sólo una mirada absorta y silenciosa. Una mirada semejante, seguramente, a la que mantenía mientras contemplaba los demones en el pantano de Lamoya.

Mi igual atención no obstante, la atracción con que me atrapaban aquellas dos fuerzas misteriosas convergía en mi espíritu desde polos opuestos. No sé si entonces lo supe, pero no tengo duda ahora sobre ello: en el fango de la charca, en aquel limo pútrido y cálido estaba enterrado todo mi pasado, que yo no debo remover para no irritar a sus impasibles y silenciosos veladores; en la impasibilidad del rostro de mi padre estaba escrito mi futuro, siempre igual de mudo en aquel presente preñado de preguntas.
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