De viaje por los países socialistas






descargar 295.35 Kb.
títuloDe viaje por los países socialistas
página9/11
fecha de publicación20.06.2016
tamaño295.35 Kb.
tipoDocumentos
l.exam-10.com > Derecho > Documentos
1   2   3   4   5   6   7   8   9   10   11

X
EL HOMBRE SOVIETICO COMIENZA A CANSARSE DE LOS CONTRASTES

En un banco de Moscú me llamó la atención que los empleados, en vez de atender a la clientela, parecían extasiados en contar las bolitas de colores de un bastidor. Más tarde había de ver empeñados en la misma tarea a los administradores de los restaurantes, a los funcionarios de las oficinas públicas, los cajeros de los almacenes y aún a los encargados de vender las entradas en los cines. Había tomado nota de ese detalle, dispuesto a averiguar el nombre, el origen y las características del que creía era el juego más popular de Moscú, cuando el administrador del hotel donde vivíamos nos hizo la aclaración: aquellas bolitas de colores, iguales a los abacos que se usan en las escuelas para que los niños aprendan a contar, son las calculadoras de que se sirven los soviéticos. Esa comprobación era más sorprendente, cuanto que en unos folletos oficiales que se repartían en el festival, se decía que la Unión Soviética tiene 17 modalidades distintas de calculadoras electrónicas. Las tienen, pero no las producen en escala industrial. Aquella explicación había de abrirme los ojos en relación con los dramáticos contrastes de un país donde los trabajadores viven amontonados en un cuarto y sólo tienen derecho a comprar dos vestidos al año, mientras engordan con la satisfacción de saber que un proyectil soviético ha llegado a la luna.

La explicación parece radicar en que la Unión Soviética, en 40 años de revolución, decidió dedicar todos sus esfuerzos, toda su potencia de trabajo, al desarrollo de la industria pesada, sin prestar mayor atención a los artículos de consumo. Así se entiende que hayan sido los primeros en lanzar al comercio de la navegación aérea internacional el avión más grande del mundo, mientras la población tiene problemas de zapatos. Los soviéticos que se esforzaban por hacernos entender estas cosas, hacían un énfasis especial en el hecho de que aquel programa de industrialización en grande escala había sufrido un accidente colosal: la guerra. Cuando los alemanes invadieron la Unión Soviética, el proceso de industrialización estaba llegando a su punto culminante en Ucrania. Por allí entraron los nazis. Mientras los soldados se encargaban de frenar la invasión, la población civil, en una de las grandes movilizaciones de la historia, desarmó pieza por pieza el sistema industrial de Ucrania. Fábricas enteras fueron transportadas a Siberia, el gran traspatio del mundo, donde se les reconstruyó apresuradamente, y se les puso a producir a marchas, forzadas. Los soviéticos piensan que aquella mudanza espectacular retrasó en 20 años la industrialización.

No cabe duda de que el esfuerzo nacional exigido por esta enorme aventura del género humano, tuvo que pagarlo una sola generación, primero en las jornadas revolucionarias, después en la guerra y por último en la reconstrucción. Es ese uno de los cargos más duros que se hacen contra Stalin, a quien se le considera como un gobernante despiadado, sin sensibilidad humana, que sacrificó una generación entera en la construcción apresurada del socialismo. Para impedir que la propaganda occidental llegara a los oídos de sus compatriotas, cerró por dentro las puertas del país, forzó el proceso, y logró un salto histórico que tal vez no tenga precedentes. Las nuevas generaciones, que indudablemente empiezan a madurarse con un sentimiento de revuelta, pueden ahora darse el lujo de protestar de sus zapatos.
El férreo aislamiento en que Stalin tuvo a la nación, es la causa más frecuente de que los soviéticos, sin saberlo, hagan el ridículo frente a los occidentales. En nuestra visita a una granja colectiva tuvimos ocasión de pasar un amargo rato, por cuenta del orgullo nacional soviético. Nos transportaron por una carretera trepidante,a través de aldeas embanderadas cuyos niños salían cantando al paso del autobús, y nos lanzaban por la ventanilla tarjetas postales con sus direcciones escritas en todos los idiomas occidentales. A 120 kilómetros de Moscú estaba la granja colectiva, un enorme feudo del estado, rodeado de aldeas tristes de calles embarradas y casitas de vivos colores. El administrador de la granja, una especie de señor feudal socializado, completamente calvo y con un ojo sin luz tapado con un parche, como los piratas de las películas, nos habló durante dos horas de la producción masiva de las tierras. El intérprete se limitó, casi exclusivamente, a traducirnos cifras astronómicas. Después de un almuerzo al aire libre, en el que un coro escolar nos roció los alimentos con canciones antiguas, nos llevaron a conocer las instalaciones de ordeño automático. Una mujer muy gorda, excesivamente saludable, parecía preparada para mostrarnos la ordeñadora hidráulica que se consideraba en la granja como el paso más avanzado en el proceso de tecnificación de la industria lechera. Era, ni más ni menos, un caucho de lavativa conectado a una cantina. En el extremo del caucho, un dispositivo de succión que funcionaba conectándolo de un lado al pezón de la vaca, y del otro lado al grifo. Bastaba con abrir el grifo para que la fuerza del agua realizara el oficio que en la Edad Media hacían los ordeñadores. Todo eso, naturalmente, en la teoría, En la práctica, aquel fue uno de los momentos más incómodos de nuestra visita. La saludable experta en ordeñadoras automáticas no logró asegurar el dispositivo al pezón, después de intentarlo durante un cuarto de hora, y de haber cambiado por último a la vaca. Cuando por fin logró su propósito, todos estábamos dispuestos a aplaudir sin crueldad, sinceramente alegres de haber salido victoriosos del atolladero.

Un delegado norteamericano, con una cierta exageración pero con bastante fundamento en el fondo, le contó al administrador de la granja que en los Estados Unidos meten la vaca por un lado, y por el otro sale la leche pasteurizada, y hasta la mantequilla en latas. Muy cortesmente, el administrador manifestó su admiración, pero con una cara de no haberse tragado el cuento. Más tarde nos confesó que, en realidad, estaba convencido de que antes de la ordeñadora hidráulica de los soviéticos, el género humano no había concebido un sistema mecánico de extraer la leche de las vacas.

Un profesor de la Universidad de Moscú, que había estado varias veces en Francia, nos comentaba que en general, los obreros soviéticos estaban convencidos de haber inventado muchas cosas que se encuentran en servicio desde hace muchos años en occidente. El viejo chiste norteamericano de que los soviéticos se atribuyen la invención de las cosas más simples, desde el tenedor hasta el teléfono, tiene en realidad su explicación. Mientras la civilización occidental se abría paso a través del siglo XX, con los espectaculares progresos de la técnica, los soviéticos trataban de resolver solos sus problemas elementales, a puertas cerradas. Si alguna vez un turista occidental se encuentra en Moscú con un muchacho nervioso y despelucado que dice ser el inventor del refrigerador eléctrico, no debe tomarlo por un embustero o por un loco: muy probablemente, es cierto que ese muchacho inventó el refrigerador eléctrico en su casa,mucho tiempo después de que era un artículo de uso corriente en occidente.

La realidad de la Unión Soviética se comprende mejor cuando se descubre que el progreso se desarrolló en sentido contrario. La preocupación primordial de los gobernantes revolucionarios fue alimentar al pueblo. Hay que creer, con la misma buena fe con que hemos creído las cosas desfavorables, que en la Unión Soviética no hay hambre ni desempleo. Al contrario, es una especie de obsesión nacional la falta de mano de obra. La oficina de investigación del trabajo, recientemente creada, se encarga de establecer científicamente cuánto cuesta el trabajo de un hombre. En una rueda de prensa que tuvimos con los encargados de esa dependencia del Ministerio del Trabajo, se nos dijo que algunos gerentes de fábrica ganaban menos que ciertos obreros especializados, no sólo porque invertían una cantidad menor de fuerza de trabajo, sino porque requerían una menor responsabilidad. Yo pregunté por qué en la Unión Soviética las mujeres trabajan a pico y pala en las carreteras y ferrocarriles, hombro a hombro con sus hombres, y si eso estaba bien desde el punto de vista socialista. La respuesta fue terminante: las mujeres realizan trabajos fuertes, porque hay una dramática escasez de mano de obra, y el país está desde la guerra en una especie de situación de emergencia. El director de la dependencia fue enfático en que, por lo menos en el trabajo físico, había que reconocer una enorme diferencia entre el hombre y la mujer; dijo que de acuerdo con sus investigaciones, las mujeres ofrecen un mejor rendimiento en trabajos que requieren paciencia y atención, y aseguró que cada día hay menos mujeres trabajando a pico y pala en la Unión Soviética. Insistió muy seriamente en que una de las mayores preocupaciones de su oficina es resolver ese problema.

Así, mientras las mujeres trabajan en las carreteras, se desarrolló una alta industria que hizo de la Unión Soviética una de las dos grandes potencias del mundo en 40 años, pero se descuidó la producción de los artículos de consumo. Cuando los soviéticos revelaron que tenían armas termonucleares, quien hubiera visto las escuetas vitrinas de Moscú no habría podido creerlo. Pero había que creerlo justamente por eso: las armas termonucleares soviéticas, sus proyectiles espaciales, su agricultura mecanizada, sus fabulosas instalaciones de transformación y la posibilidad titánica de convertir los desiertos en campo de cultivo, son el resultado de 40 años de zapatos ordinarios, de vestidos mal cortados; casi medio siglo de la más férrea austeridad. El proceso de desarrollo al revés ha ocasionado algunos desequilibrios que hacen torcerse de risa a los americanos. Por ejemplo, el poderoso TU—104, considerado como una obra maestra de la ingeniería aeronáutica, al cual no se le concedió licencia para aterrizar en el aeródromo de Londres porque los psiquiatras ingleses conceptuaron que podría sionar trastornos psicológicos al vecindario, y que tiene servicio telefónico entre sus diferentes pisos, está sin embargo dotado de los más primitivos inodoros de cadenita. También, por ejemplo, un delegado sueco, que se había tratado de una eczema persistente, con los más notables especialistas de su país, aprovechó el viaje a Moscú para someter su caso al médico de turno más cercano a su delegación. El médico le formuló una pomada que le borró hasta el último vestigio de la eczema en cuatro días, pero el farmacéutico que se la despachó la sacó del tarro con el dedo y se la envolvió en un pedazo de periódico. En materia de higiene, tal vez el episodio extremo fue el que presenciamos de regreso de la granja colectiva, cuando nos detuvimos a tomar un refresco en un establecimiento al aire libre, en los suburbios de Moscú. El instinto nos llevó a los servicios sanitarios. Era una larga plataforma de madera, con media docena de huecos, sobre los cuales media docena de respetables ciudadanos hacían lo que debían hacer, acuclillados, conversando animadamente, en una colectivización de la fisiología no prevista en la doctrina.

La juventud que llegó al uso de la razón en un país donde las bases estaban echadas, se está rebelando contra los contrastes. En la Universidad se llevan a cabo debates públicos y se plantea al gobierno la necesidad de que la Unión Soviética se incorpore al ritmo del confort occidental. Recientemente, las muchachas del Instituto de Lenguas de Moscú provocaron un escándalo, al salir a las calles vestidas a la moda de París, con cola de caballo y tacones altos. Algo había pasado: algún funcionario imprevisivo había autorizado al Instituto de Lenguas para recibir revistas occidentales, donde los aspirantes a intérpretes pudieran familiarizarse con el lenguaje diario y las costumbres del occidente. La medida dio resultado. Pero las muchachas aprovecharon las revistas para cortarse sus propios trajes y modernizar su peinado. Al verlas en la calle, como en todas partes y en todos los tiempos, las gordas matronas soviéticas se llevaban las manos a la cabeza, escandalizadas, y exclamaban: "La juventud está perdida". Pero mucho tiene que ver la sistemática presión de esa juventud en los cambios de la política soviética. Cuando murió en París el modisto Christian Dior, acababa de recibir propuestas del gobierno soviético para que lanzara sus colecciones en Moscú.

Mi última noche en la ciudad, habría de cerrarse precisamente con un episodio que refleja bastante el espíritu de esa juventud. En la avenida Gorki, un muchacho no mayor de 25 años me detuvo para preguntarme por mi nacionalidad. Estaba, según me dijo, preparando una tesis de grado sobre la poesía infantil universal. Quería datos de Colombia. Le hablé de Rafael Pombo, y él, con un rubor ofendido, me interrumpió: "Naturalmente, tengo todos los datos sobre Rafael Pombo". En torno a una cerveza, recitó hasta la media noche, con un fuerte acento pero con una fluidez admirable, una antología de la poesía infantil latinoamericana.

48 horas después Moscú había vuelto a su vida normal. Las mismas multitudes densas, las mismas vitrinas polvorientas y la misma cola de dos kilómetros frente al Mausoleo de la Plaza Roja, pasaron como una visión de otra época por la ventanilla del bus que nos condujo a la estación. En la frontera, un intérprete voluminoso, que parecía hermano gemelo de Charles Laughton, subió trabajosamente al vagón. "Vengo a pedirles excusas", nos dijo. "¿Por qué?", le preguntamos. "Porque nadie ha venido a traerles flores" respondió. Casi al borde las lágrimas, nos explicó que era el encargado de organizar las despedidas de los delegados en la frontera. Esa mañana, creyendo que ya habían pasado todos, ordenó por teléfono que no se mandaran más flores a la estación, y dispuso que los niños que salían a cantar himnos al paso de los trenes regresaran a la escuela.

XI
YO VISITE HUNGRÍA

Hace un año en octubre la tragedia del levantamiento húngaro estremeció al mundo entero. Sofocada la revuelta, el país quedó literalmente aislado de Occidente, hermético para los periodistas, inaccesible, nadie pudo romper el misterio de Budapest. Hace algunas semanas, por primera vez las puertas de Hungría se abrieron para dejar entrar a un grupo minúsculo de observadores extranjeros. Entre ellos iba García Márquez, joven pero famoso periodista corresponsal de MOMENTO. García quería saber la verdad. Fuera de toda propaganda intencionada en uno u otro sentido. García estuvo en la misma tribuna con Kadar; rompió el cerco tendido a su llegada para hablar con las gentes en las calles y tabernas, habló con líderes comunistas. Al regresar dijo: "Voy a escribir en forma cruda y destapada". Este es su relato:

Janos Kadar —Presidente del consejo de gobierno de Hungría— hizo una aparición pública el 20 de agosto, frente a los 6.000 campesinos que se concentraron en el terreno de fútbol de Ujpest, a 132 kilómetros de Budapest, con motivo del aniversario de la constitución socialista. Yo estaba allí, en la misma tribuna de Kadar, con la primera delegación de observadores occidentales que llegó a Hungría después de los sucesos de octubre.

Durante diez meses Budapest había sido una ciudad prohibida. El último avión occidentalque salió de su aeródromo —el 6 de noviembre de 1958— fue un bimotor austríaco contratado por la revista "Match" para evacuar a su enviado especial Jean Carlos Pedrazzini, herido de muerte en la batalla de Budapest. Hungría se cerró desde entonces y sólo volvió a abrirse para nosotros diez meses después por influencias del Comité preparatorio del festival de Moscú que logró del gobierno húngaro una invitación a Budapest para una delegación de 16 observadores. Había dos arquitectos, un abogado alemán, un campeón de ajedrez noruego y solamente otro periodista: Maurice Meyer, belga, de bigotes rojos, endiabladamente simpático, bebedor de cerveza y contador de chistes tontos, que inició su carrera en la guerra civil española y fue herido en Liege durante la ocupación alemana. Yo no conocía a ninguno de ellos. En la frontera húngara, después de que las autoridades de aduana examinaron nuestros papeles durante tres horas, un intérprete nos concentró en el vagón restaurante, hizo las presentaciones y pronunció un discurso breve de bienvenida. Luego leyó el programa para los próximos quince días: museos, almuerzos con organizaciones juveniles, espectáculos deportivos y una semana de reposo en el lago Balaton.

Maurice Mayer agradeció la invitación en nombre de todos pero dio a entender que las experiencias turísticas nos interesaban muy poco. Nosotros queríamos otra cosa: saber qué pasó en Hungría, a ciencia cierta y sin mistificaciones políticas, y darnos cuenta de la situación actual del país. El intérprete respondió que el gobierno de Kadar haría todo lo posible por complacernos. Eran las tres de la tarde del 4 de agosto. A las 10:30 de la noche llegamos a la desierta estación de Budapest, donde nos esperaba un grupo de hombres aturdidos, enérgicos, que nos escoltó durante 15 días e hizo todo lo posible para impedir que nos formáramos una idea concreta de la situación.

No habíamos acabado de bajar las maletas cuando uno de esos hombres —que se presentó como intérprete— leyó la lista oficial con nuestros nombres y nacionalidades y nos hizo responder a ella como en la escuela. Luego nos invitó a subir al autobús. Dos detalles me llamaron la atención: el número de nuestros acompañantes —once, para una delegación tan reducida— y el hecho de que todos se hubieran presentado como intérpretes a pesar de que la mayoría no hablaba sino el húngaro. Atravesamos la ciudad por calles sombrías, desiertas, entristecidas por la llovizna. Un momento después estábamos en el hotel "Libertad" —uno de los mejores de Budapest— sentados a una mesa de banquete que ocupaba todo el comedor. Al otro lado, silenciosos y lúgubres, comían los intérpretes. Algunos de ellos tenían dificultades para manejar los cubiertos. El comedor con espejos, grandes arañas y muebles forrados en peluche rojo, parecía hecho de cosas nuevas pero con un gusto anticuado.

En el curso de la cena un hombre desgreñado con un cierto desdén romántico en la mirada pronunció un discurso en húngaro que fue traducido simultáneamente a tres idiomas. Fue una bienvenida breve, absolutamente convencional, y en seguida una serie de instrucciones concretas. Se nos recomendó, no salir a la calle, llevar siempre el pasaporte, no hablar con desconocidos, restituir la llave en la recepción cada vez que abandonáramos el hotel y recordar que "Budapest está en régimen marcial y está por tanto prohibido tomar fotografías". En ese momento había siete intérpretes más. Se movían sin ningún objeto en torno a la mesa, conversaban en húngaro en voz muy baja, y yo tenía la impresión de que estaban asustados. No estuve solo en esa apreciación. Un momento después, Maurice Mayer se inclinó hacia mi y me dijo: "Esta gente se está muriendo de miedo".

Antes de acostarnos recogieron nuestros pasaportes. Cansado del viaje, sin sueño y un poco deprimido, yo traté de ver un pedazo de la vida nocturna de la ciudad desde la ventana de mi pieza. Los edificios grises y rotos de la avenida Rakoszi parecían deshabitados. El alumbrado público escaso, la llovizna sobre la calle solitaria, el tranvía que pasaba rechinando entre chispas azules, todo contribuía a crear una atmósfera triste. En el momento de acostarme me di cuenta de que las paredes interiores de mi pieza mostraban todavía impactos de proyectiles. No pude dormir estremecido por la idea de que aquel cuarto forrado en colgaduras amarillentas, con muebles antiguos y un fuerte olor a desinfectante, había sido una barricada en octubre. De esa manera terminó mi primera noche en Budapest.
1   2   3   4   5   6   7   8   9   10   11

similar:

De viaje por los países socialistas iconEn los países cálidos, ¡allí sí que calienta el sol! La gente llega...

De viaje por los países socialistas iconLas novelas tienen, además, una intención moral. Influidos por las...

De viaje por los países socialistas icon¿Por qué son pobres los países pobres y por qué son ricos, los ricos?...

De viaje por los países socialistas iconBlog del viaje por segovia y su provincia (un viaje entre el románico y el mudéjar)

De viaje por los países socialistas iconMarginación del tercer mundo y de la naturaleza
«la lógica de una decisión de verter los residuos tóxicos en África es una lógica impecable. Es preciso contaminar los países menos...

De viaje por los países socialistas iconResumen Un viaje en tren por tierras de Jaén le hace evocar irremediablemente...

De viaje por los países socialistas iconBlog del viaje por los atlas centrales de marruecos

De viaje por los países socialistas iconPsoe. Entre las más destacadas operaciones a favor de los intereses...

De viaje por los países socialistas iconMorphynoman
«cadena» o «pirámide», que de cuando en cuando asola a los países capitalistas, y cuya última aparición registrada -hace unos diez...

De viaje por los países socialistas iconResumen: El deporte es el fenómeno social más importante de los últimos...






© 2015
contactos
l.exam-10.com